(OBRA ILUSTRADA CON NUMEROSOS FOTOGRABADOS)
MADRID
IMPRENTA DE JUAN PUEYO
LUNA, 29. TELÉF. 14-30
1923
RECUERDOS DE MI VIDA
S. RAMÓN Y CAJAL
RECUERDOS
DE MI VIDA
3." EDICION
(OBRA ILUSTRADA CON NUMEROSOS FOTOGRABADOS)
PRIMERA PARTE
1 l
MI INFANCIA Y JUVENTUD
. iS&:_X
MADRID
IMPRENTA DE JUAN PUEYO
ES PROPIEDAD DEL AUTOR
PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN
Allá por los años de 1896 a 1900 se puso en moda el género de la autobio¬
grafía. Varios ingenios, en su mayoría pertenecientes a los gremios mili¬
tar, político y literario, iniciaron esta moda literaria redactando intere¬
santes y amenos Recuerdos, que serán de seguro consultados con fruto por los
actuales y futuros historiadores.
Yo fui entonces un caso de contagio de la general epidemia. Para complacer a
algunos amigos que deseaban saber en qué condiciones se desarrolló mi modesta
actividad científica, resolví escribir la historia de una vida vulgar, tan pobre de
peripecias atrayentes, como fértil en desilusiones y contrariedades.
Además de aportar el consabido documento humano, me proponía ofrecer al
público un caso de psicología individual y cierta crítica razonada de nuestro régi¬
men docente. En el Prólogo advertencia, precedía al primer tomo, decía con
leves variantes:
«Contendrá este libro, más que narración de actos, exposición de sentimientos
e ideas. En él se reflejará sintéticamente la serie de las reacciones mentales, pro¬
vocadas en el autor por el choque de la realidad del mundo y de los hombres.
»Enseñan Taine (entonces Taine estaba a la moda) y otros modernos críticos
que el hombre es función del medio físico y moral que le rodea. Referir las ideas
que le guiaron y los efectos que le movieron, es tanto como mostrar los efectos
casi necesarios del ambiente, las causas mecánicas de la obra realizada; pero es
también señalar los gérmenes de error, de atraso o de progreso existentes en el
medio social; es mostrar los vicios de la enseñanza y de la educación, y es, enfín,
por lo que toca a nuestro caso particular, señalar los obstáculos contra los cuales
se estrella a menudo la juventud cuando, a impulsos de generosa ambición, preten¬
de, en la modesta esfera de sus aptitudes, colaborar en la magna y redentora em-
’’"!Ta?es^^iust¡BSn de la presente obrlUa. Ahí está también, según yo pie^
so el único y menguado interés que mi- autobiografía puede inspirar a aquellas
reíslas steramínte preocupadas del arduo problenra de -a e~ na^
podrá ver en ellas un caso educación fué muy principalmente obra
peTs»t“rsigniS de‘ una reacción compensadora excesiva contra
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S. RAMÓN Y CAJAL
los gustos y cultura, harto utilitarios y positivistas, que padres y maestros quisie¬
ron imponer al autor.
«Cumplióse en mi cierto principio de mecánica moral que podría llamarse ley
de la inversión de los efectos. Esta ley, que padres y maestros debieran tener muy
presente para no extremar ciertas doctrinas ni imponer con celo exagerado deter¬
minados gustos e inclinaciones (con lo que se evitarían resultados contraprodu¬
centes), explica cómo las voluntades más rebeldes y los revolucionarios más radi¬
cales han salido tan a menudo del seno de las corporaciones religiosas.
•Desde otro punto de vista, una biografía sincera, aun: referente a persona tan
vulgar e indigna de los honores de la historia como yo, encierra algún interés para
el pensador. La vida es, ante todo, lucha. La inteligencia se adapta a las cosas,
pero éstas se adaptan también a la inteligencia. La teoría del medio moral no lo
explica todo; en el resultado final de la educación entra por mucho el carácter
individual, es decir, la energía específica traída del fondo histórico de la raza. Es
para nosotros indudable que el hombre nace con un cerebro casi siempre algo ori¬
ginal en su organización, porque la naturaleza, preocupada ante todo del progreso
de la especie, cuida de no repetirse demasiado; y así, a cada generación cambia
sus tipos, desarrollando en ellos inclinaciones diferentes. Mas el medio social,
gran demagogo de la vida, propende, en virtud de cierta contrapresión deformante,
a unificarnos, achicándonos o elevándonos según la energía mental nativa, con
la mira de transformar el carácter disonante traído del seno del protoplasma huma¬
no, en un producto uniforme, anodino, especie de diagonal o término medio entré
todas las tendencias divergentes.
»Pero ni gobiernos, ni familias, ni educadores pueden crear, a pesar de las más
exquisitas precauciones, un medio moral rigurosamente idéntico para todos; de
donde resulta que las discrepancias y los estridores surgen por todas partes.
Constreñida entre las mallas de la educación impuesta, la naturaleza reclama de
vez en cuando sus fueros, y asistida por esas desigualdades irremediables del
ambiente social, por el azar de las impresiones personales o el choque de lecturas
imprudentes, hace surgir diariamente, para preocupación de maestros y tormento
de padres, espíritus díscolos, celosos de su individualidad y resueltos a defenderse
de los efectos aplanadores del rodillo igualitario.
«Faltaría a la sinceridad que debo a mis lectores si no confesara que, además
de las razones expuestas, me han impulsado también a componer este librito mó¬
viles egoístas. Cuando el hombre ha entrado en el último cuarto de la vida y
siente ese molesto rechinar de piezas desgastadas por el uso y aun por el abuso;
cuando los sentidos pierden aquella admirable precisión y congruencia que tu¬
vieron en la edad juvenil, convirtiéndose en averiados instrumentos de física...
gusta saborear el recuerdo de los tiempos plácidos y luminosos de la juventud; de
aquella dichosa edad en que la máquina, pulida y rozagante como recién salida de
la fábrica, podía funcionar a todo vapor, derrochando entusiasmo y energías, al
parecer inagotables. ¡Época feliz en que la naturaleza se nos ofrecía cual brillante
espectáculo cuajado de bellezas, en que la ciencia se nos aparecía como esplén¬
dida antorcha capaz de disipar todos los enigmas del Cosmos, y la filosofía como
el verbo infalible de la tradición y de la experiencia, destinado a mostrarnos, para
consuelo y tranquilidad de la existencia, los gloriosos títulos de nuestra prosapia
•y la grandeza de nuestro destino!
«Una advertencia antes de terminar. Ha dicho Renán «que no es posible hacer
la propia biografía como se hace la de los demás. Lo que de uno mismo se dice
RECUERDOS DE MI VIDA
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es siempre poesía». El gran Goethe encabeza también su autobiografía con el
significativo subtítulo de Poesía y Realidad. En igual pensamiento se han inspi¬
rado literatos como Voltaire, Heine, Alfieri y d’Azeglio, artistas como Wagner, filó¬
sofos como Stuart Mili, naturalistas como C. Vogt, Waldeyer, Kolliker, etc., y
entre nosotros, dramaturgos como Echegaray y pensadores como Unamuno. To¬
dos han formado el ramillete de sus recuerdos con las flores más bellas escogidas
en las márgenes, no siempre verdes y rientes, del accidentado camino de la vida.
Y con mayor razón deberemos inspirarnos en él las medianías, los grises y monó¬
tonos obreros de la ciencia y de la enseñanza.»
Hasta aquí el prólogo de 1901, de que hemos entresacado solamente los párra¬
fos más significativos.
Como se ve, nuestro propósito era escribir una autobiografía con tendencias
filosóficas y pedagógicas.
Hoy, transcurridos diez y ocho años (1917), me sorprendo un poco de mis
arrogancias de entonces. Engolfado hasta la preocupación en estudios de índole
analítica, mi cultura psicológica y literaria dejaba harto que desear. Había leído
poco o nada de los admirables educadores ingleses, americanos y franceses. Mi
documentación era, pues, demasiado deficiente para dar cima a la empresa aco¬
metida. Si hoy debiera repensar y redactar este libro, adoptaría de seguro plan,
tendencia y estilo diferentes.
Pero carezco del vagar necesario para refundir por completo el viejo texto. En
la edición actual me he limitado, por consiguiente, a sanearlo un poco, abreviando
digresiones, condensando o descartando desahogos líricos y filosóficos asaz in¬
oportunos, y limando el estilo sin tocar esencialmente a lo fundamental del
relato.
En algunos capítulos aparecen adiciones introducidas con la doble intención
de hacer menos ingrata la lectura y de mitigar en lo posible las monótonas des¬
cripciones de travesuras estudiantiles, en el fondo bastante vulgares, corrientes y
fastidiosas. Se han multiplicado también los grabados.
A pesar de las referidas correcciones y adiciones, el contenido del primer vo¬
lumen de los Recuerdos dista mucho de ser comparable, a los fines educativos,
con la materia del segundo. Poco me falta hoy para pensar que su valor pedagó¬
gico es francamente negativo.
Mas considerando que el indulgente lector ha agotado unk primera edición,
sin contar las aparecidas en dos revistas literarias (1), y los extractos suntuosa¬
mente presentados, debidos a tres literatos insignes, me animo a sacar a luz esta
segunda, confiando en que el público la acogerá con igual bondadoso interés que
la anterior.
Madrid, junio de 1917.
(1) Aparedó allá por los años de 1900 a 1903 en Nuestro Tiempo y en la Revista de Aragón.
PRÓLOGO DE LA TERCERA EDICIÓN
De esta tercera edición, hecha cuatro años después de agotada la anterior
poco tengo que decir. Reproduce la segunda con abreviaciones y correcciones
impuestas por mi deseo de condensar en un tomo los dos volúmenes de las edi¬
ciones precedentes, y por mis tendencias de cada vez más acentuadas hacia la
sencillez y claridad del estilo. Sólo añado tal cual episodio, no desprovisto, en mi
sentir, de valor educativo.
Madrid, diciembre de
PRIMERA PARTE
MI INFANCIA Y JUVENTUD
CAPITULO PRIMERO
MIS PADRES, EL LUGAR DE MI NACIMIENTO Y MI PRIMERA INFANCIA
Nací el 1.“ de mayo de 1852 en Petilla de Aragón, humilde lugar de Navarra,
enclavado por singular capricho geográfico en medio de la provincia de
Zaragoza, no lejos de Sos (i). Los azares de la profesión médica. llevaron
a mi padre, Justo Ramón Casasús, aragonés de pura cepa, y modesto cirujano por
entonces, a la insignificante aldea donde vi la primera luz, y en la cual trascurrie¬
ron los dos primeros años de mi vida.
Fué mi padre un carácter enérgico, extraordinariamente laborioso, lleno de
noble ambición. Apesadumbrado en los primeros años de su vida profesional, por
no haber logrado, por escasez de recursos, acabar el ciclo de sus estudios médi¬
cos, resolvió, ya establecido y con familia, economizar, a costa de grandes priva¬
ciones, lo necesario para coronar su carrera académica,' sustituyendo el humilde
título de Cirujano de segunda clase con tinamdiníe diploma de Médico-cirujano-
Sólo más adelante, cuando yo frisaba en los seis años de edad, dió cima a tan
loable empeño. Por entonces (corrían los años de 1849 y 1850), todo su anhelo se
cifraba en llegar a ser cirujano de acción y operador de renombre; y alcanzó su
propósito, pues la fama de sus curas extendióse luego por gran parte de la Nava¬
rra y del alto Aragón, granjeando con ello, además de la satisfacción de la negra
honrilla, crecientes y saneadas utilidades.
El partido médico de Petilla era de los que los médicos llaman de espuela; tenía
anejos, y la ocasión de recorrer a diario los montes de su término, poblados de
abundante y variada caza, despertó en mi padre las aficiones cinegéticas, dándose
al cobro de liebres, conejos y perdices, con la conciencia y obstinación que ponía
en todas sus empresas. No tardó, pues, en monopolizar por todos aquellos con¬
tornos el bisturí y la escopeta.
Con los ingresos proporcionados por el uno y la otra, pudo ya, cumplidos los
dos años de estada en Petilla, comprar modesto ajuar y contraer matrimonio con
Cierta doncella paisana suya, de quien hacía muchos años andaba enamorado.
Era mi madre, al decir de las 'gentes que la conocieron de joven, hermosa y
robusta montañesa, nacida y criada en la aldea de Larrés, situada en las inmedia¬
ciones de Jaca, casi camino de Panticosa. Habianse conocido de niños (pues mi
padre era también de Larrés), simpatizaron e intimaron de mozos y resolvieron
(1) En el Diccionario Geográfico de Madoz hallamos la expUcacióa de esta cnnosidad topográfica
El pueblo de Petilla perteneció a la Corona de Aragón, pero en 1209 D. Pedro de Aragón lo empeñó.
como garanda de deudas contraídas, a D. Sancho el Fnerte de Navarra, y en 1231, no pndiendo pagar sus
débitos, D. Jaime I lo cedió definitivamente a la Monarqnía navarra.
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S. RAMÓN Y CAJAL
formar hogar común, en cuanto el modesto peculio de entrambos, que había de
crecer con el trabajo y la economía, lo consintiese.
No poseo, por desgracia, retratos de la época juvenil, ni siquiera de la madurez
de mis progenitores. Las fotografías adjuntas fueron hechas en plena senectud
pasados ya los setenta años. ’
No puedo quejarme de la herencia biológica paterna. Mi progenitor disponía de
mentalidad vigorosa, donde culminaban las más excelentes cualidades. Con su
sangre me legó prendas morales, a que debo todo lo que soy: la religión de la
voluntad soberana; la fe en el trabajo; la convicción de que el esfuerzo perseve¬
rante y ahincado es capaz de modelar y organizar desde el músculo hasta el cere¬
bro, supliendo deficiencias de la Naturaleza y domeñando hasta la fatalidad del
carácter, el fenómeno más tenaz y recalcitrante de la vida. De él adquirí también
la hermosa ambición de ser algo y la decisión de no reparar en sacrificios para el
logro de mis aspiraciones, ni torcer jamás mi trayectoria por motivos segundos y
causas menudas. De sus excelencias mentales, faltóme, empero, la más valiosa
quizá: su extraordinaria memoria. Tan grande era que, cuando estudiante, recitaba
de coro libros de patología en varios tomos, y podía retener, déspués de rápida
audición, listas con cientos de palabras nombradas al azar. Con ser grande su re¬
tentiva natural u orgánica, aumentábala todavía a favor de ingeniosas combina¬
ciones ranemotécnicas que recordaban las tan celebradas y artificiosas del abate
Moigno.
Para juzgar de la energía de voluntad de mi padre, recordaré en breves térmi¬
nos su historia. Hijo de modestos labradores de Larrés (Huesca), con hermanos
mayores, a los cuales, por fuero de la tierra, tocaba heredar y cultivar los campos
del no muy crecido patrimonio, tuvo que abandonar desde muy niño la casa pa¬
terna, entrando a servir de mancebo a cierto cirujano dejavierre de Latre, aldea
ribereña del Gállego, no muy lejana de Anzánigo.
Otro que no hubiese sido el autor de mis días, habría acaso considerado su
carrera como definitivamente terminada, o hubiera tratado de obtener como ideal
y remate de sus ambiciones académicas el humilde título de ministrante; pero sus
aspiraciones rayaban más alto. Las brillantes curas hechas por su amo; la lectura
asidua de cuantos libros de cirugía encontraba (de que había copiosa colección
en la estantería del huésped); el cuidado y asistencia de los numerosos enfermos
de cirugía y medicina que su patrón, conocedor de la excepcional aplicación del
mancebo, le confiaba, despertaron en él vocación decidida por la carrera médica.
Resuelto, pues, a emanciparse de la modestia y estrechez de su situación, cierto
día (frisaba ya en los veintidós años) sorprendió a su amo con la demanda de su
modesta soldada. Y despidiéndose de él, y en posesión de algunas pesetas presta¬
das por sus parientes, emprendió a pie él viaje a Barcelona, en donde halló por fin,
tras muchos días de priv.ación y|abandono (en Sarriá), cierta barbería cuyo- maes¬
tro le consintió asistir a ias clases y emprender la carrera de cirujano.
A costa, pues, de la más absoluta carencia de vicios, y sometiéndose a un rép-
men de austeridad inverosímil, y sin más emolumentos que el salario y los gajes
de su mancebía de barbero, logrú mi padre el codiciado diploma de cirujano, con
nota de Sobresaliente en todas las asignaturas, y habiendo sido modelo insupera¬
ble de aplicación y de formalidad. Allí, en esa lucha sórda y obscura por la con-
quista del pan del cuerpo y del alma, respirando esa atmósfera de indiferencia y
despego que envuelve al talento desvalido, aprendió mi padre el terror de la po¬
breza y el culto, un poco exclusivo, de la ciencia práctica, que más tarde, por r
Lámina III,
Petilla.
lita, destartalada, arruinada y situada en el centro de la calle, fué donde na(
Mi niñera, fotograflada el pasado año (1892)
A LOS OCHENTA Y SIETE AÑOS DE SU EDAD,
uzeo esta imag-en como homenaje a la venerable anciana, que conoció a mis
jóvenes y soportó las impertinencias y antojos de un diablillo de pocos meses
Lámina IV.
Petilla. Vista del lado Norte.
Nótese la pobreza del terreno, cortado por paredoi
que sostienen menguadísimas e irregulares fajas de 1
Larrés, tomado a vista de pájaro.
En la fotografía no aparece el Pirineo nevado, que hacia el Norte
cierra el horizonte. Esta es la aldea donde nacieron mis padres.
La vista está tomada desde muy lejos y resulta pobre en detalles.
RECUERDOS DE MI VIDA
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ción mental de los hijos, tantos disgustos había de proporcionarle y proporcio¬
narnos.
Años después, casado ya, padre de cuatro hijos y regentando el partido médico
de Valpalmas (provincia de Zaragoza), alcanzó el ansiado ideal, graduándose de
doctor en Medicina.
Cuento estos sucesos de la biografía de mi padre porque, sobre ser honrosísi¬
mos para él, constituyen también antecedentes necesarios de mi historia. Prescin¬
diendo de la influencia hereditaria, es innegable, que las ideas y ejemplos paternos
representan normas decisivas de la educación de los hijos, y causas, por tanto,
principalísimas de los gustos e inclinaciones de los mismos. ,
De mi pueblo natal, así como de los años pasados en Larrés y Luna (partidos
médicos regentados por mi padre desde los años 1850 a 1856), no conservo apenas
memoria. Mis primeros recuerdos, harto vagos e imprecisos, refiérense al lugar de
Larrés, al cual se trasladó mi progenitor dos años después de mi nacimiento, hala¬
gado con la idea de ejercer la profesión en su pueblo natal, rodeado de amigos y
parientes. Esas brumosas remembranzas tienen por escenario el taller de tejedor
de mi abuelo materno, a quien, barajando hilos y lanzaderas, di hartas desazones*
Porque al decir de mis parientes, era yo entonces Un diablillo inquieto, voluntarioso
e insoportable. En Larrés nació mi hermano P’edro, actual catedrático de la Facul¬
tad de Medicina de Zaragoza.
Cierta travesura cometida cuando yo tenía tres o cuatro años escasos, pudo
atajar trágicamente mi vida. Era en la villa de Luna (provincia de Zaragoza).
Hallábame jugando en una era del ejido del pueblo, cuando tuve la endiablada
ocurrencia de apalear a un caballo; el solípedo, alg® loco y resabiado, sacudióme
formidable coz, que recibí en la frente; caí sin sentido, bañado en sangre, y quedé
tan malparado, que me dieron por muerto. La herida fué gravísima; pude, sin
embargo, sanar, haciendo pasar a mis padres días de dolorosa inquietud. Fué ésta
mi primera travesura; luego veremos que no debía ser la última.
CAPITULO II
EXCURSIÓN TARDÍA A MI PUEBLO NATAL.— LA POBREZA DE MIS PAISANOS.— UN
PUEBLO POBRE Y AISLADO QUE PARECE SÍMBOLO DE ESPAÑA
Aun cuando trunque y altere el buen orden de la narración, diré ahora 'algo
de mi aldea natal, que, conforme dejo apuntado, abandoné a los dos años
de edad. De mi pueblo, por tanto, no guardo recuerdo alguno. Además
mis relaciones ulteriores con el nativo lugar ;no han sido parte a subsanar esta
ignorancia, puesto que se han reducido solamente a solicitar, recibir y pagar serie
inacabable de fées de bautismo. Carezco, pues, de patria chica bien precisada (en
virtud de la singularidad ya mentada de pertenecer Petilla a Navarra, no obstante
estar enclavada en Aragón). Contrariedad desagradable de haberme dado el naipe
por la política; pero ventaja para mis sentimientos patrióticos, que han podido
correr más libremente por el ancho y generoso cauce de la España plena.
Así y todo, y después de confesar que mi amor por la patria grande supera,
con mucho, al que profeso a la patria chica, he sentido más de una vez vehemen¬
tes deseos de conocer la aldehuela humilde donde nací. Deploro no haber visto la
luz en una gran ciudad, adornada de monumentos grandiosos e Ilustrada po
genios; pero yo no pude escoger, y debí contentarme con mí villorrio triste y hu¬
milde, el cual tendrá siempre para mí el supremo prestigio de haber sido el teatro
de mis primeros vagidos y la decoración austera con que la Naturaleza hirió mi
retina virgen y desentumeció mi cerebro.
Impulsado, pues, por tan naturales sentimientos, emprendí, hace diez y ocho
años, cierto viaje a Petilla. Después de determinar cuidadosamente su posición
geográfica (que fué arduo trabajo) y de estudiar el enrevesado itinerario (tan
escondido y fuera de mano está mi pueblo), púseme en camino. Mi primera etapa
fué Jaca; la segunda. Verdón y Tiermas (villa ribereña del Aragón, célebre por sus
baños termales), y la tercera y última, Petilla.
Hasta Verdún y Tiermas existe hermosa carretera, que se recorre en los coches
que hacen el trayecto de Jaca a Pamplona; pero la ruta de Tiermas a Petilla,
larga de tres leguas, es senda de herradura, flanqueada por montes escarpadísi¬
mos, cortada y casi borrada del todo, en muchos parajes, por ramblas y barrancos.
Caballero en un mulo, y escoltado por peatón conocedor del país, púsome en
camino cierta mañana del mes de agosto. En ^cuanto dejamos atrás las relativa¬
mente verdes riberas del Aragón, aparecióseme la típica, la desolada, la tristísima
tierra española. El descuaje sistemático de los bosques había dejado las monta-
as desnudas de tierra vegetal. Sabido es que en estas tristes comarcas cada
aguacero, en vez de ser grata esperanza del agricultor, constituye trágica ame-
RECUERDOS DE MI VIDA
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naza. Precisamente dos días antes ocurrió tormenta devastadora. Campos antes
fecundos aparecían cubiertos de légamo arcilloso; y la denudación de valles y
laderas había convertido ríos y arroyos en barrancos y pedregales.
A medida que me aproximaba a la aldea natal, apoderábase de mí inexplicable
melancolía, y que llegó al colmo cuando me hizo escuchar el guía el tañido de la
campana, tan extraña a mi oído, como si jamás lo hubiera impresionado.
No dejaba, en efecto, de ser algo singular mi situación sentimental; Al regresar
al pueblo natal, todos los hombres saborean anticipadamente el placer de abra¬
zar a camaradas de la infancia: y adolescencia; alegra su espíritu el grato recuerdo-
de comunes placeres y travesuras; todos, en fin, ansian recorrer las calles, la igle¬
sia, la fuente y los alrededores del lugar, en los cuales cada árbol y cada piedra
evoca una emoción o un recuerdo agradable.— Yo sólo— me decía — tendré el triste
privilegio de hallar a mi llegada por único recibimiento la curiosidad, acaso algo-
hostil, y la frialdad de los corazones. Nadie me espera, porque nadie me conoce,
Y sin embargo, me engañaba. El cura y el Ayuntamiento habían barruntado mi
visita y me aguardaban en la plaza del pueblo. Y hubo además un episodio con¬
movedor. Al pie del altozano, coronado por la aldea, cierta anciana, que no tenía
la menor noticia de mi excursión, y que se ocupaba en lavar ropa a la vera de un
arroyo, volvió de pronto el rostro, dejó su faena y, encarándose conmigo y mirán¬
dome de hito en hito, exclamé- —¡Señor!... si usted no es don Justo en persona»
tiene que ser el hijo de don Justo Es milagroso!... ¡La misma cara del padre!...
¡No me lo niegue usted! ¿Vive aún la señora Antonia? ¡Qué buena y qué her¬
mosa era!... (1).
Felicité a la pobre anciana por su admirable memoria y excelentes senti¬
mientos, y dejando en sus manos una moneda, continué mi ascensión a Petilla.
Es Petilla uno de los pueblos más pobres y abandonados del alto Aragón, sin-
carreteras ni caminos vecinales que Jo enlacen con las vecinas villas aragonesas-
de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana de Aoiz, cabeza del partido a que perte¬
nece. Sólo sendas ásperas y angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos na¬
turales desconocen el uso de lo carreta, ■
Álzase aquel . casi en la cima de enhiesto cerro, estribación de próxima y empi¬
nada sierra, derivada a. su vez, según noticias recogidas sobre el terreno, de la
cordillera de la Peña y de Gratal,
El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de la iglesia no puede ser más
romántico y a la vez más triste y desolado. Más que asilo de rudos y alegres al¬
deanos, parece uquello lugar de expiación y de castigo. Según mostramos en el
adjunto grabado, una gran montaña, áspera y peñascosa, de- pendientes descarna¬
das y abruptas, llena con su mole casi todo el horizonte; a los pies del gigante y
bordeando la estrecha cañada y accidentado sendero que conduce al lugar, corre
rumoroso un arroyo nacido en la vecina sierra; los estribos y laderas del monte»
única tierra arable de que disponen los petillenses, aparecen, como rayados por
infinidad de estrechos campos dispuestos en graderías, trabajosamente defendi¬
dos de los aluviones y lluvias torrenciales por robustos contrafuertes y paredo-
(1) Esta buena mujer vive, probablemente todavía. Acaso sea la fotografiada recientemente en Pe-
tilla por la Comisión navarra, formada por ilustres representantes, de todas las fuerzas vivas de la región,
que con motivo de mi jubileo universitario tuvo la gentileza de trasladarse a mi pueblo, poner una placa
conmemorativa en la casa en que nací y celebrar mi modesta labor científica, en términos tan cariñosos-
como extremadamente encomiásticos. Adjunto va la efigie de mi niñera, sólida anciana de ochenta y sie~
te años. ¡Salud a la veterana que recuerda los años lloridos de mis padres, hace tiempo fallecidos!
u
S. RAMÓN Y CAJAL
nes; y allá en la cumbre, como defendiendo la aldea.del riguroso cierzo, cierran el
horizonte y surgen imponentes colosales peñas a modo de tajantes hoces, especie
de murallas ciclópeas Surgidas alli a impulso de algún cataclismo geológico. Al
amparo de esta defensa natural; reforzada todavía por castillo feudal actual¬
mente en ruinas, se levantan las humildes y^'pobr es casas del lugar, en núme¬
ro de cuarenta a sesenta, cimentadas sobre rocas y separadas por calles irregula¬
res cuyo tránsito dificultan grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por
el violento rodat de. las aguas' torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casu-
chas, siéntese honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni el más ligero ador¬
no en las fachadas, nada, en fin, que denote álgún sentido del arte, alguna aspi¬
ración a la comodidad y al cón/orí. Bien se echa de ver, cuando se traspasa el um¬
bral de tan mezquinas viviendas, que los campesinos que las habitan gimen con¬
denados a una existencia dura, sin otra preocupación que la de procurarse, a costa
de rudas fatigas, el cotidiano y frugalísimo sustento.
Desgraciadamente, no es mi pueblo una excepción de la regla; así viven tam¬
bién, con leves diferencias, la inmensa mayoría de nuestros aldeanos. Su ignoran¬
cia es fruto de su pobreza. Para ellos no existen los placeres intelectuales que tan
agradable hacen la vida y cuya brevedad compensan.
- ¡Oh, los heroicos labriegos de nuestras mesetas esteparias!... Amémosles cor¬
dialmente. Ellos han hecho el milagro de poblar regiones estériles, de las cuales
el orondo francés o el rubicundo y linfático alemán huirían como de peste. Y, de
pasada, rechacemos indignados la brutal injusticia con que ciertos escritores fran¬
ceses, italianos, ingleses y alemanes, y en general los felices habitantes de los
países de yerba, desprecian o desdeñan a los amojamados, cenceños, tostados,
pero enérgicos pobladores de las austeras mesetas castellanas, extremeña y arago¬
nesa, como si esos humildes labriegos tuvieran la culpa de haber visto la luz bajo
un sol de fuego y bajo un cielo implacablemente azul la mitad del año.
Pero arrastrado por mis pensamientos, olvido hablar de la visita a mi pueblo.
Diré, pues, que a mi llegada fui recibido con grandes agasajos por el ecónomo, a
quien el párroco, residente en otro lugar y sabedor de mi visita, habíame reco¬
mendado. Fina y generosa hospitalidad dispensáronme también diversas personas,
particularmente algunos ancianos que se acordaban de mi padre, con quien me
encontraban sorprendente parecido. Complacíanse todos en mostrarme su buena
voluntad y en colmarme de agasajos que yo agradecí cordialmente. Y para hacer
agradable mi breve estancia allí, concertáronse algunas jiras campestres. Recuer¬
do entre ellas: la exploración de las ruinas del vetusto castillo; la jira a los secu¬
lares bosques de la vecina sierra, y la visita a modesta ermita, situada a corta
distancia del pueblo, tenida en gran devoción, y en cuyas inmediaciones se extien¬
de florido y deleitoso oasis, donde hubimos de reconfortarnos con suculenta y
bien servida merienda. Mostráronme, también, la humilde casa en que nací, fábri¬
ca ruinosa casi abandonada, albergue hoy de gente pordiosera y trashumante (1).
Algunas ancianas del lugar, que se ufanaban bondadosamente de haberme tenido
en sus ^brazos, recordáronme la robustez de mis primeros meses, la incansable
laboriosidad de mi madre y las hazañas quirúrgicas y cinegéticas de mi padre
cuya fama de Nemrod duraba todavía.
Al despedirme de los rudos pero honrados montañeses, mis paisanos, oprimió-
seme el corazón: había satisfecho un anhelo de mi alma, pero llevábame una gran
(1) La casa— me dicen— ha sido recientemente reparada y adecentada.
RECUERDOS DE MI VIDA
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tristeza. Cierta voz secreta me decia que no volvería más por aquellos lugares (1);
que aquella decoración romántica que acarició mis ojos y mi cerebro al abrirse por
primera vez al espectáculo del mundo no impresionaría nuevamente mi retina;
que aquellas manos de ancianos, enoblecidas con los honrosos callos del trabajo,
no volverían a ser estrechadas con efusión entre las mías.
(1) Y en efecto, no he vuelto, no obstante las simpatías que me inspiran mis paisanos, y lo que es
peor, no puedo volver. El sobretrabajo debe pagarse al precio oneroso de la senilidad prematura y de sus
consiguientes achaques..
CAPITULO III
MI PRIMERA INFANCIA,— VOCACIÓN DOCENTE DE MI PADRE.— MI CARÁCTER Y TEN¬
DENCIAS.— ADMIRACIÓN POR LA naturaleza Y PASIÓN POR LOS PÁJAROS
LOS primeros años de mi niñez, salvo los dos pasados en Petilla y uno en La-
rrés, transcurrieron, parte en Luna, villa populosa de la provincia de Zara¬
goza, edificada no lejos del Monlora, empinado cerro coronado por antiguo
y ruinoso monasterio, y parte en Valpalmas, pueblo más modesto de la misma
provincia y distante tres leguas no más del precedente. En este último habitó mi
familia cuatro años, desde 1856 a 1860; en él nacieron mi dos hermanas Paula
y Jorja-
Mi educación e instrucción comenzaron en Valpalmas, cuando yo tenía cuatro
años de edad. Fué en la modesta escuela del lugar donde aprendí los primeros
rudimentos de las letras; pero en realidad mi verdadero maestro fué mi padre, que
tomó sobre sí la tarea de enseñarme a leer y a escribir, y de inculcarme nociones
elementales de geografía, física, aritmética y gramática. Tan enojosa misión cons¬
tituía para él, más que obligación inexcusable, necesidad irresistible de su espíri¬
tu inclinado, por natural vocación, a la enseñanza. Sentía deleite incomprensible
en despertar la curiosidad infantil y acelerar la evolución intelectual, tan perezosa
a veces en ciertos niños. De mi progenitor puede decirse justamente lo que Sócra¬
tes blasonaba de sí; que era excelente comadrón de inteligencias.
Hay, realmente, en la función docente algo de la satisfacción altiva del doma
dor de potros; pero entra también la grata curiosidad del jardinero, que espera
ansioso la primavera para reconocer el matiz de la flor sembrada y comprobar la
bondad de los métodos de cultivo.
Tengo para mí que desenvolver un entendimiento embrionario, recreándose
en sus adelantos e individualizándolo progresivamente, es alcanzar la paternidad
más alta y más noble; es como corregir y perfeccionar la obra de la Naturaleza,
Fabricar cerebros originales: he aquí el gran triunfo del pedagogo.
Esta función docente ejercitábala mi padre no solamente con sus hijos, sino
con cualquier niño con quien topaba; porque para él la ignorancia era la mayor
de las desgracias, y el enseñar el más noble de los deberes.
Recuerdo bien el tesón que puso, no obstante mi corta edad, en enseñarme el
francés. Por cierto que el estudio de este idioma tuvo lugar en cierta renegrida
cueva de pastores, no lejana del pueblo (Valpalmas), donde solíamos aislarnos
para concentrarnos en la labor y evitar visitas e interrupciones. Por tan curiosa
circunstancia, en cuanto tropiezo con un ejemplar del Telémaco surge en mi me-
RECUERDOS DE MI VIDA 17
moría la imagen de la citada caverna, cuyos socavones y recovecos veo ahora,
transcurridos cerca de sesenta y cinco años, como si los tuviera presentes.
En resumen: gracias a los cuidados de mi padre, adelanté tanto y tan rápida¬
mente, que a los seis años escribía corrientemente y con pasadera ortografía, y po¬
seía algunas nociones de geografía, francés y aritmética.
A causa de esta relativa precocidad vine a ser el amanuense y el secretario de
la casa; y así, cuando un año después mi padre se trasladó a Madrid para comple¬
tar su carrera y graduarse de doctor en Medicina y Cirugía, fui yo el encargado de
la correspondencia familiar y de enterarle dé los sucesos del partido médico, re¬
gentado a la sazón por facultativo suplente. Mis progresos dieron ocasión a que
mis padres, llenos de ese optimismo tan natural en todos, auguraran para su hijo,
un poco a la ligera, como luego veremos, lisonjero porvenir.
En el orden de los afectos y tendencias del espíritu, era yo, como la mayoría
de los chicos que se crían en los pueblos pequeños, entusiasta dé la vida de aire
libre, incansable cultivador de los juegos atléticos y de agilidad, en los cuales so¬
bresalía ya entre mis iguales. Entre mis inclinaciones naturales había dos que pre¬
dominaban sobre las demás y prestaban a mi fisonomía moral aspecto un tanto
extraño. Eran el curioseo y contemplación de los fenómenos naturales, y cierta
antipatía incomprensible por el trato social. Mi encogimiento y cortedad al encon¬
trarme entre personas mayores constituía gran contrariedad para mis padres.
Para decirlo de una vez: durante mi niñez fui criatura díscola, excesivamente
misteriosa, retraída y antipática. Aún hoy, consciente de mis defectos, y después
de haber trabajado heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca
insociabilidad tan censurada por mis padres y amigos.
Preciso es reconocer que hay un egoísmo refinado en rumiar las propias ideas
y en huir cobardemente del comercio intelectual de las gentes. Ello aporta cierto
deleite morboso. Lejos de los hombres, nos hacemos la ilusión de ser completa¬
mente libres. La soledad produce algo así como una autoposesión. En cuanto un
diálogo se entabla, nuestras palabras responden al ajeno pensamiento. Piérdese la
iniciativa mental y el señorío de nuestros actos; las asociaciones de ideas sucé-
dense en el orden marcado por el interlocutor, que viene a ser en pierio modo
dueño de nuestro cerebro y de nuestras emociones. No podremos evitar ya en
adelante que evoque con su cháchara indiscreta o impertinente recuerdos doloro¬
sos, que ponga en acción registros de ideas que quisiéramos enterrar en las ne- '
gruras del inconsciente.
¡Qué de veces acudimos en busca de distracción al café o a la tertulia, y sali¬
mos con un abatimiento de ánimo, con una sedación de voluntad, que esteriliza o
imposibilita, y a veces por mucho tiempo, la cuotidiana labor!
Pero atajemos reflexiones impertinentes y reanudemos la narración.
La admiración de la Naturaleza constituía también, según llevo dicho, una de
las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No me saciaba de contemplar los es¬
plendores del sol, la magia de los crepúsculos, las alternativas de la vida vegetal
con sus fastuosas fiestas primaverales, el misterio de la resurrección de los insec¬
tos y la decoración variada y pintoresca de las montañas. Todas las horas de
asueto que mis estudios me dejaban pasábalas correteando por los alrededores
del pueblo, explorando barrancos, ramblas, fuentes, peñascos y colinas, con gran
angustia de mi madre, que temía siempre, durante mis largas ausencias, algún ac- •
cidente. Como derivación de estos gustos, sobrevino luego en mí la pasión por los
animales, singularmente por los pájaros, de que hacía gran colección. Complacía-
2
18
S. RAMÓN Y CAJAL
me en criarlos de pequeñuelos, en construirles jaulas de mimbre o de cañas, y en
prodigarles toda clase de mimos y cuidados.
Mi pasión por los pájaros y por los nidos se extremó tanto, que hubo prima¬
vera que llegué a saber más de veinte de éstos, pertenecientes a diversas espe¬
cies de aves. Esta instintiva inclinación ornitológica aumentó todavía ulterior¬
mente (1). Recuerdo que frisaba ya en los trece años, cuando di en coleccionar
huevos de toda casta de pájaros, cuidadosamente clasificados. Para facilitar la
colecta (que mi padre veía con buenos ojos), ofrecí a los muchachos y gañanes
una cuaderna por cada nido que me enseñasen. De este modo, la colección se en¬
riqueció rápidamente, llegando a contar 30 ejemplares diferentes. Mostrábala ya
orgullosamente a mis camaradas del pueblo cual si fuera tesoro inapreciable.
Desgraciadamente, mi colección— que guardaba cuidadosamente en una caja es¬
pecial de cartón dividida en compartimientos rotulados— se malogró: los ardores
del mes de agosto dieron al traste con mi tesoro, provocando la putrefacción de
las yemas y la rotura de las cáscaras. ¡Grande fué mi pena cuando comprendí toda
la extensión del irreparable daño! Estaba inconsolable al ver que los huevos de
engaña-pastor (chotacabras), tordo, gorrión, pardillo, pinzón, cogullada (cogujada),
cudiblanca, mirlo, picaraza (garza), cardelina (jilguero), cuco, ruiseñor, codor¬
niz, etc., rezumaban al través de las cáscaras entreabiertas líquido corrompido y
maloliente.
Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de clemencia hacia los animales.
Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y sorprender sus
curiosos instintos; pero jamás los torturé haciéndoles servir de juguetes, como
hacen otros muchos niños. Para cazarlos prefería los procedimientos que permi¬
tían cogerlos vivos (desque o liga) llenas (2) con hoyos hondos, la red, etc.). Cuan¬
do había reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los
soltaba o los devolvía, todavía pequeñuelos e implumes, a sus nidos y a las
caricias maternales. En estos caprichos no entraba para nada el interés gas¬
tronómico ni la vanidad del cazador, sino el instinto del naturalista. Bastaba para
mi satisfacción asiátir al maravilloso proceso de la incubación y a la eclosión de
los polluelos; seguir paso a paso las metamorfosis del recién nacido, sorpren¬
diendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de los frioleros pe¬
queñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que ensaya sus fuerzas y despe¬
reza las alas, y finalmente, el raudo vuelo con que toma posesión de las anchuras
del espacio.
(1) Aludo a mi estancia, varios años después, en Siera de Luna, pueblo ds la provincia de Zaragoza.
(2) Trampas hechas con una losa y ciertos 'palillos fácilmente desbaratables por el pájaro al picar el
cebo. Perdone el lector las voces aragonesas que empleo; algunas de ellas no figuran en el Diccionario.
CAPÍTULO IV
MI ESTANCIA EN VALPALMAS.— LOS TRES ACONTECIMIENTOS DECISIVOS DE MI NIÑEZ
LOS FESTEJOS DESTINADOS A CELEBRAR NUESTRAS VICTORIAS DE ÁFRICA, LA
CAÍDA DE UN RAYO EN LA ESCUELA Y EL ECLIPSE DE SOL DEL AÑO 60
DURANTE los Últimos años pasados en Valpalmas (pueblo de la provincia de
Zaragoza, no lejos de Egea), ocurrieron tres sucesos que tuvieron deci¬
siva influencia en mis ideas y sentimientos ulteriores. Fueron éstos: la
conmemoración de las gloriosas victorias de Africa; la caída de un rayo en la es¬
cuela y en la iglesia del pueblo, y el famoso eclipse de sol del año 60. Tendría yo
por entonces siete u ocho años.
Los festejos acordados por el Ayuntamiento de Valpalmas para celebrar los
triunfos de nuestros bravos soldados en Africa fueron rumbosos y proporcionados
al entusiasmo patriótico que reinaba entonces en toda España. «Por fin — oía yo
decir—, las lanzas y espadas, a menudo esgrimidas contra nosotros mismos, se
han vuelto contra los odiados enemigos de la raza.» ¡Hacía tanto tiempo que la
gloriosa bandera española no había flameada sobre los muros de extranjera ciu¬
dad!... No cabía duda; la raza hispana había vuelto en sí, readquiríendo conciencia
de su propio valer. Aquéllos eran los mismos esforzados infantes de Pavía, San
Quintín y Flandes.
¡Con qué cordial e ingenuo entusiasmo vitoreábamos a los bravos soldados de
Africa, y singularmente a los generales Prim y O’Donnell! ¡Cuán orgullosos está¬
bamos de la derrota de Muley-el-Abbas y de la sangrienta toma de Tetuán, y
cuán indignados también contra la diplomacia inglesa— la pérfida Albión, como se
decía entonces, con olvido de los inestimables servicios que nos prestara en nues¬
tra guerra contra tos franceses—, por haber detenido con un ademán de altivez y
displicencia el avance triunfal de nuestras tropas!... No tenía yo entonces repre¬
sentación muy clara del carácter de las ofensas recibidas, de la legitimidad y ne¬
cesidad de la venganza, ni de las ventajas morales y materiales que ,1a guerra po¬
día traernos; pero al ver alegría y entusiasmo en todo el mundo, me entusiasmé y
alborocé también, aceptando mi parte en los obsequios y finezas con que nuestros
rudos pero patrióticos ediles de Valpalmas quisieron exteriorizar la gran satisfac¬
ción y noble orgullo rebosantes de todos los corazones.
Entre los festejos preparados para celebrar la entrada de nuestras tropas en
Tetuán, recuerdo las marchas, pasodobles y jotas, ejecutadas con más fervor que
afinación, por cierta murga traída de no sé dónde; y una hoguera formidable encen¬
dida en la plaza pública, y en cuyas brasas se asaron y cocieron, a semejanza de
lo contado por Cervantes en las bodas de Camacho, muchos carneros y gallinas.
20
S. RAMÓN Y CAJAL
'AI compás de la ruidosa y desapacible orquesta, circulaban de mano en mano, sin
darse punto de reposo, botas rebosantes de vino añejo, asi Como sabrosas tajadas,
a las cuales, como se comprenderá bien, no hicimos asco los chicos; antes bien,
jubilosos por la fiesta y el jolgorio, y entusiasmados con esta especie de comu¬
nión patriótica, nos pusimos ahitos de carne y medio calamocanos de mosto.
Fué ésta la primera vez que surgieron en mi mente, con alguna clarividencia,
el sentimiento de la patria y sus raíces históricas. Representa, pqr lo común, el
patriotismo pasión tardía; invade el espíritu durante la adolescencia, cuando pe¬
netran en el sensorio las primeras nociones precisas acerca de la historia y geogra¬
fía nacionales. Estas nociones exceden y dilatan el mezquino concepto de familia,
y, sin mitigar la devoción al campanario, nos enseñan que más allá de ios térmi¬
nos de la región viven millones de hermanos nuestros que aman, esperan, luchan
y odian al unísono con nosotros; que hablan, en suma, la misma lengua y tienen
iguales prosapia y destino. Tamaño sentimiento de solidaridad se exalta todavía
en el niño cuando lee el relato de las hazañas de sus mayores: tales lecturas des¬
piertan en él la admiración y. el culto fervoroso hacia los héroes de la raza, defen¬
sores del territorio nacional contra las agresiones de los extraños, y sugiéranle
además el noble deseo de emular a las grandes figuras de la historia y de sacrifi¬
carse, si preciso fuera, en el altar sagrado de la patria.
Harto sabido es que el sentimiento de patria es doble; entran en él afectos y
aversiones. De una parte, el amor aj terruño y el culto a la raza; y de otra, el odio
a los extranjeros con quienes la nación hubo de contender en defensa de la inde¬
pendencia. Por entonces reinaban en Aragón, como en la mayor parte de España,
estas dos formas del patriotismo, y singularmente la negativa. No me daba yo
cuenta entonces de cuán instintivo y natural era en nosotros el aborrecimiento al
feroz marroquí, enemigo legendario del cristiano, y cuán excusable la aversión al
francés, cuyos incontrastables poder y riquezas habían atajado nuestro movimien¬
to de expansión en Europa. Ello, sin embargo, envolvía una injusticia que más
adelante corregí.
Andando el tiempo y creciendo en luces y reflexión, eché de ver que, en punto
a agresiones injustas y desapoderadas, allá se vam todos los pueblos. Todos he¬
mos hecho guerras justas e injustas. Y, al fin, han prevalecido, no los más valero¬
sos, sino los más ricos, industriosos e inteligentes. No es, pues, de extrañar que,
más adelante, repudiara la inquina y antipatía al extranjero, para no cultivar sino
la faz positiva del patriotismo, es decir, el amor desinteresado de la casta y el fer¬
viente anhelo de que mi país desempeñara en la historia del mundo y en las em¬
presas de la civilización europea lucido papel.
De todos modos, y sin desconocer que en mi exaltación patriótica han entra¬
do muchos y muy diversos factores, parece incuestionable que tuvo positiva in¬
fluencia el suceso referido, muy adecuado para inflamar las almas juveniles y
sembrar gérmenes de entusiasmo fecundo florecidos en la madurez.
El segundo acontecimiento a que hice referencia, es decir, el rayo caldo en la
escuela, con circunstancias y efectos singularmente dramáticos, dejó también
ancha estela en mi memoria. Por la primera vez aparecióse ante mí, con toda su
imponente majestad, esa fuerza ciega e incontrastable imperante en el Cosmos,
fuerza indiferente a la sensibilidad y que parece no distinguir entre inocentes y
malvados.
He aquí el trágico sucesoí Estábamos los niños reunidos una tarde en la es¬
cuela y entregados, bajo la dirección de la maestra, a 1§ oración (el maestro guar-
RECUERDOS DE MI VIDA
21
daba cama aquel día). Corridas ya las primeras horas de la tarde, encapotóse rá¬
pidamente el cielo y retumbaron violentamente algunos truenos, que no nos inmu-
taron;|cuando de repente, en medio del íntimo recogimiento de la plegaria, vibran¬
tes aún en nuestros labios aquellas suplicantes palabras: «Señor, líbranos de todo
mal», sonó formidable y horrísono estampido, que sacudió dejraíz el edificú», heló
la sangre en nuestras venas y cortó brutalmente la comenzada oración. Polvo
espesísimo, mezclado con cascotes y pedazos de yeso, desprendidos del techo,
anubló nuestros ojos, y acre olor de azufre quemado se esparció por la estancia,
en la cual, espantados, corriendo como locos, medio ciegos por la polvareda y ca¬
yendo unos sobre otros bajo aquel chaparrón de proyectiles, buscábamos ansiosa¬
mente, sin atinar en mucho rato, la salida. Más afortunado o menos paralizado por
el terror, uno de los chicos acertó con la puerta, y en pos de él nos precipitamos
despavoridos los démás.
La viva emoción que sentíamos no nos permitió darnos cuenta de lo ocurrido:
creíamos que había estallado una mina, que se había hundido la casa, que la
iglesia se había desplomado sobre la escuela..., todo se nos ocurrió, menos la
caída de un rayo.
Algunas buenas mujeres, que nos vieron correr desatinados, socorriéronnos
inmediatamente; diéronnos agua; limpiáronnos el sudor polvoriento, que nos daba
aspecto de fantasmas, y vendaron provisionalmente a los que íbamos heridos.
Una voz salida de entre el gentío nos llamó la atención acerca de cierta figura
extraña, negruzca, colgante en el pretil del campanario. En efecto, allí, bajo la
campana, envuelto en denso humo, la cabeza suspendida por fuera del muro,
yacía exánime el pobre sacerdote, que creyó poder conjurar la formidable bo¬
rrasca con el imprudente doblar de la campana. Algunos hombres subieron a
socorrerle y halláronle las ropas ardiendo y una terrible herida en el cuello, de
que murió pocos días después. El rayo había pasado por él, mutilándole horrible¬
mente. En la escuela, la maestra yacía sin sentido sobre el pupitre, fulminada
también, aunque sin heridas importantes.
Poco a poco nos dimos cuenta de lo ocurrido: un rayo o centella había caído
en la torre, fundiendo parcialmente la campana y electrocutando al párroco; con¬
tinuando después sus giros caprichosos, penetró en la escuela por una venta¬
na, horadó el techo del piso bajo, donde los chicos estábamos, derrumbando buena
parte de la techumbre; pasó por detrás de la maestra, a quien privó de sentido, y,
después de destrozar un cuadro del Salvador, colgante del muro, desapareció en
el suelo por un boquete, especie de madriguera ratonil, labrada junto a la pared.
Ocioso fuera encarecer el estupor que me causara el trágico suceso.
Por primera vez cruzó por mi espíritu, profundamente conmovido, la idea del
desorden y de la inarmonía. Sabido es que para el niño la naturaleza constituye
perpetuo milagro. La noción científica de /ey penetra en el cerebro infantil muy
tardíamente, con las revolucionarias enseñanzas de la física y de la geografía as¬
tronómica. No inquieta, sin embargo, al niño ese caprichoso ñuir de los fenóme¬
nos. Se lo estorba el profundo optimismo de toda vida que empieza, y sobre todo
la certeza, adquirida por las enseñanzas del catecismo, de que existe en las altu¬
ras un Dios bueno que vigila piadosamente la marcha del gran artilugio cósmico
e impone y sostiene la concordia entre los elementos. Padres y maestros le han
revelado también que el Principio psicológico del Universo es, además, tiernísimo
padre y excelso artista. En su infinito poder, adapta ingeniosamente las vicisitu¬
des de las estaciones a las necesidades de la vida, y descendiendo del empíreo se
22
S. RAMÓN Y CAJAL
digna componer y conservar, para edificación y deleite de la sensibilidad humana,
cuadros soberbios: el cielo y sus celajes arrebolados; los prados y campos verna¬
les, sembrados de amapolas y cernidos de mariposas; la negra noche, tachonada
de estrellas; los árboles y vides cuajados de frutos...
Mas he aquí que de improviso tan hermosa concepción, que yo, como todos
los niños, había adoptado, se tambalea. La riente paleta del sublime Artista se
entenebrece; inopinadamente, el idilio se trueca en tragedia. Mi espíritu flotaba
en un mar de confusiones, y las interrogaciones angustiosas se sucedían sin
hallar respuesta satisfactoria.
Afortunadamente, la edad de los ocho años no es propicia a la filosofía, ni
consiente largas abstracciones. En la aurora de la vida es harto fugaz el senti¬
miento para que ningún suceso, por conmovedor que sea, pueda perturbar, de
modo duradero, la serenidad del niño, entregado, por irresistible instinto, a mode¬
lar y robustecer el cuerpo con el juego y la gimnasia espontáneos, y a enriquecer
y vigorizar el espíritu con ese continuo curioseo del espectáculo de la Naturaleza.
El tercer acontecimiento que me produjo también efecto moral importante, fué
el eclipsé de sol del año 60. Anunciado por los periódicos, esperábase ansiosa¬
mente en el pueblo, en el cual muchas personas, protegidos los ojos con cristales
ahumados, acudieron a cierta colina próxima, desde la cual esperaban observar
cómodamente el sorprendente fenómeno. Mi padre me había explicado la teoría
de los eclipses, y yo la había comprendido bastante bien. Quedábame, empero, un
resto de desconfianza. ¿No olvidará la luna la ruta señalada por el cálculo? ¿Se
equivocará la ciencia? La inteligencia humana, que no pudo prever la caída
de un rayo en mi escuela, ¿será capaz, sin embargo, de predecir fenómenos ocu¬
rridos más allá de la tierra, a millones de kilómetros? En una palabra: el saber
humano, incapaz de explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra
vida y nuestro pensamiento, ¿gozará del singular privilegio de comprender y vati¬
cinar lo lejano, aquello que menos puede interesarnos desde el punto de vista de
la utilidad material? Claro que estas interrogaciones no fueron pensadas de esta
forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis sentimientos de entonces.
Es justo reconocer que la casta Diana acudió a la cita, cumpliendo a concien¬
cia y con admirable exactitud su programa. Parecía como que los astrónomos,
además de profetas, habían sido un poco cómplices, empujando la luna con las
palancas de sus enormes telescopios hasta el lugar del cielo donde habían acor¬
dado ensayar el fenómeno. Durante el eclipse, hízome notar mi padre esa especie
de asombro y de indefinible inquietud que se apodera de la naturaleza entera,
acostumbrada a ser regulada en todos sus actos por el acompasado ritmo de luz
y de obscuridad, de calor y de frío, resultante del eterno girar de la tierra. Para
animales y plantas, el eclipse parece constituir un contrasentida, algo así como
inexplicable equivocación del mecanismo cósmico, distraído de los perennes inte¬
reses de la vida.
Se comprenderá fácilmente que el eclipse del 60 fuera para mi tierna inteligen¬
cia luminosa revelación. Gaí en la cuenta, al fin, de que el hombre, desvalido y
desarmado enfrente del incontrastable poder de las fuerzas cósmicas, tiene en la
ciencia redentor heroico y poderoso y universal instrumento de previsión y de do¬
minio.
CAPÍTULO V
AYERBE.— JUEGOS Y TRAVESURAS DE LA INFANCIA.— INSTINTOS GUERREROS Y ARTÍS¬
TICOS.— MIS PRIMERAS NOCIONES EXPERIAIENTALES SOBRE ÓPTICA, BALÍSTICA Y
EL ARTE DE LA GUERRA ‘
CUMPLIDOS mis ocho años, mi padre solicitó y obtuvo el partido médico de
Ayerbe, villa cuya riqueza y población prometíanle mayores prestigios
profesionales y más amplio escenario para sus proezas quirúrgicas que
Valpalmas, amén de superiores facilidades para lá educación de sus hijos.
• Es Ayerbe villa importante de la provincia de Huesca, y famosa por sus vinos
en todo el Somontano. Está situada en la carretera de dicha ciudad a Jaca y Pan-
ticosa, no lejos de la Sierra de Gratal, primera estribación del Pirineo aragonés.
Sus pintorescas casas extiéndense al pie de un monte elevado de doble cima, una
de las cuales aparece coronada por las ruinas, aún imponentes, de vetusto cas¬
tillo feudal. En el centro del pueblo, dos grandes y regulares plazas dan amplio
espacio a sus mercados y ferias, famosas en toda la comarca. Entre ambas plazas
sirve de lindero, al par que de adorno, cierta opulenta mansión señorial, que anta¬
ño perteneciera a los marqueses de Ayerbe.
Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fué saludada por una rechifla gene¬
ral de los chicos. De las burlas pasaron a las veras. En cuanto se reunían algunos
y creían asegurada su impunidad, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me
acribillaban a pedradas. ¡Qué bárbaros éramos los chkos de Ayerbe!
¿Por qué esta imbécil aversión al chico forastero? Lo ignoraba y aún hoy no
me lo explico bien. Creo, empero, ver en ella un efecto de esa sorda inquina, no
siempre traducida en actos, que el labrador pobre siente contra el burgués ’y el
hombre de carrera: contenida en los hombres por la prudencia, estalla violenta¬
mente en los rapaces, en quienes las artes del disimulo no han enfrenado aún los
más salvajes impulsos. En semejante malquerencia colaboran, sin duda, la rusti¬
cidad, la envidia y la ignorancia. . ’
Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a los hijos del pueblo. Vestido
humildemente -porque la estricta economía que reinaba en mi casa no consentía
lujos—, de cara trigueña y aspecto amojamado, que a la legua denunciaba larga
permanencia al sol y al aire, nadie me hubiera tomado como hijo de burgués aco¬
modado. Pero yo no gastaba calzones ni alpargatas, ni ceñía con pañuelo mi cabe¬
za, y esto bastó para que entre aquellos zafios pasara por señorito.
Contribuyó también algo a la citada antipatía la extrañeza causada por mi
lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un dialecto extraño, desconcertante
revoltijo de palabras y giros franceses, castellanos, catalanes y aragoneses anti-
24
S. RAMÓN Y CAJAL
guos. Allí se decía: /o/aío por agujero, no pas por no, tiengo y en tiengo por tengo
o tengo de eso, aivan por adelante, muller por mujer, fierro y ferrero por hierro y
herrero, chiqué y mócete por chico y mocito, abrios por caballerías, dámene por
dame de eso, en ta allá por hacia allá, m’en voy por me voy de aquí, y otras muchas
voces y locuciones de este jaez, borradas hoy de mí memoria (1).
En boca de los ayerbenses hasta los artículos habían sufrido inverosímiles elip¬
sis, toda vez que el, la, lo se habían convertido en o, o y o, respectivamente. Di¬
ríase que estábamos en Portugal.
A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el castellano relativamente
castizo que yo usaba, es decir, el hablado en Valpalmas y Cinco Villas, insufrible
algarabía, y hacían burla de mí llamándome el forano (forastero).
Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y como no era cosa de que
ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno, sino al reves, acabé por
acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi memoria de vocablos bár¬
baros y de solecismos atroces.'
He dicho más de una vez que sentía particular inclinación a los. parajes solita¬
rios y a las excursiones por los alrededores de los pueblos; pero en Ayerbe, una
vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus montañas, por su humilde río, cor¬
tado por alto azud y flanqueado por frondosos huertos, y sobre todo por su ruinoso
y romántico castillo, que desde lo alto del monte parecía contarnos heroicas le¬
yendas y lejanas grandezas, sentí la necesidad de sumergirme en la vida social,
tomando parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla a
cuadrilla, y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los chicos de
pueblo suelen solemnizar las horas de asueto.
Tienen los juegos de la niñez, y particularmente los juegos sociales, en los que
se combinan, en justa proporción, los ejercicios físicos con las actividades men¬
tales, gran virtud educadora. En esos certámenes de la agilidad y de la fuerza, en
esos torneos donde se hace gala del valor, de la osadía, y de la astucia, se avaloran
y contrastan las aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el espí¬
ritu para la ruda concurrencia vital de la edad viril. No es, pues, extraño que mu¬
chos educadores hayan dicho que todo el porvenir de un hombre está en su inian-'
cia, y que Rod, Froébel, Oros, France, etc., y en nuestra patria Giner, Leta-
mendi. Castillejo y otros muchos, hayan concedido al juego de los niños gran im¬
portancia para el desarrollo fisiológico y para el adiestramiento metódico de los
sentidos y la formación del carácter.
«Jugar— ha dicho Thomas— es aplicar los propios órganos, séntirse vivir y pro¬
curarse la ocasión de conocer los objetos que rodean al niño, objetos que son para
él un perpetuo milagro.» Por mi parte, siempre he creído que los juegos de los
niños son preparación absolutamente necesaria para la vida; merced a ellos el ce¬
rebro infantil apresura su evolución, recibiendo, según los temas preferidos y las
diversiones ejercitadas, cierto sello específico moral e intelectual, de que depen¬
derá en gran parte el porvenir.
En cuanto amainó la mala voluntad de los muchachos para conmigo, concurrí
pues, a sus diversiones y zalagardas; tomé parte en los juegos del peón, del tejo'
de la espandiella, del marro, sin olvidar las carreras, luchas y saltos en competen¬
cia; hallando en todas estos deportes la sana alegría asociada a la actividad
sobrexcitada de todos nuestros órganos y a la conciencia personal del acrecenta-
(1) Las cito aquí porque esta jerga altoaragonesa ha desaparecido hoy casi del todo, y posee
tanto, el interés filológico de .los dialectos muertos.
RECUERDOS DE MI VIDA
25
miento de la energía muscular y de la acuidad sensorial. Ya lo dijo Aristóteles y
lo han repetido muchos pedagogos, singularmente Bouillier: «Hay placer— dice
este autor— cuantas veces la actividad del alma se ejerce de acuerdo con su natu¬
raleza y según el sentido de la conservación y desenvolvimiento del ser.» ¿Quién
ignora que la inactividad constituye para el niño la mayor de las torturas? El
dolor mismo es preferido al reposo. Además, hay positivo deleite en se/zí/r nuestra
evolución física y moral y en advertir cómo, en fin, en esa pugna diaria de ardi¬
des, ordinarios recursos de toda pelea entre muchachos, se afina la atención vigi¬
lante y se fortalece la aptitud para rechazar agresiones inopinadas e injustas.
Pero los chicos de Ayerbe no se entregaban solamente a juegos inocentes: el
tejo y el marro alternaban con diversiones harto más arriesgadas y pecaminosas.
Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin consideración a nada ni a nadie, consti¬
tuían el estado natural de mis traviesos camaradas. Descalabrarse mutuamente a
pedrada limpia, romper faroles y cristales, asaltar huertos y, en la época, de la
vendimia, hurtar uvas, higos y melocotones: tales eran las ocupaciones favoritas
de los zagalones del pueblo, entre los cuales tuve pronto la honra poco envidiable
de contarme.
Muchas veces he procurado darme cuenta de esa tendencia al merodeo, a que V-x
con tanta fruición se entregan los chicos, sin acertar a explicármela de modo satis¬
factorio. A tan peligrosa conducta debe contribuir, sin duda, el ansia de las golo¬
sinas impuesta al niño por la naturaleza, la cual exige el consumo diario de gran
cantidad de substancias azucaradas, indispensables para reparar el continuo de¬
rroche de energía muscular (el azúcar oxidado produce calor y energía motriz);
pero esto no parece bastante. Precisamente casi todos los chicos que tomábamos
parte en la rebatiña de' huertos y viñas teníamos en nuestras casas la fruta a ca- ' '
nastas. Además, y por lo que a mí se refiere, mi familia poseía frondoso huerto y,
durante el estío y otoño, raro era el día en el que los clientes, agradecidos a los
servicios médicos de mi padre, no aportaran algún presente de frutas o verduras.
Sin embargo, leyendo los libros que tratan del gran problema de la educación y de
la psicología de los juegos, he creído hallar la clave principal del enigma: el ansia .-í ' '
de emoción, la atracción irresistible del riesgo.
Con razón hacen notar los educadores que el niño, en sus juegos y empresas,
gusta bordear constantemente él peligro; y así, como cuando pasea, prefiere al
; camino llano gatear por tapias y peñas, cuando juega se entrega a aquellas diver¬
siones en que sólo merced a su agilidad, sangre fría o vigor logra sortear un acci-
dente.
Desde otro punto de vista, puede considerarse el ñiño como representante de
aquella hermosa edad de oro en la cual, al decir de Cervantes, se desconocía el
significado de las palabras tuyo y mío. En el fondo de cada cabeza juvenil hay un
perfecto anarquista y comunista. Hasta por la forma de sus facciones y despro¬
porción de sus miembros se parece el niño al salvaje, conforme nota Herbert
Spencer. A semejanza del indio bravo, el niño es todo voluntad. Ejecuta antes que
piensa, sin dársele un ardite dé las consecuencias. Ante su tiránico querer, ante
su absorbente individualismo, afirmado constantemente con actos de pillaje y de
vandalismo, las leyes son papeles mojados, y la propiedad, mera ficción sosténida
por jueces y gobiernos.
A los instintos anarquistas del niño deben añadirse estos otros dos: la cruel¬
dad y la inclinación al dominio. Muy a menudo, a despecho de las reglas de la
moral y de la buena crianza, complácese la infancia en abusar de sus fuerzas.
26
S. RAMÓN Y CAJAL
maltratando a los débiles y sujetándolos a su autocrática soberanía, que ejerce
sin más límites que los trazados por el alcance de sus fuerzas y osadía.
No diré yo con Rousseau «que el corazón del niño no siente nada, que es inac¬
cesible a la piedad y que sólo comprende la justicia»; pero fuerza es confesar que
los sentimientos de humanidad, caridad y compasión hállanse en estado embrio¬
nario. Y aun su anhelo de justicia, es harto vago o discutible.
Yo opuse al principio algunas resistencias a los juegos brutales, así como a
las poco recomendables hazañas del escalo de huertos y rebatiña de frutos. Pero
el espíritu de imitación pudo más en mí que los sabios consejos de mis padres y
los mandamientos del Decálogo. Algo hubo, con todo eso, en que mi caballerosi¬
dad nativa no transigió jamás: fué el abuso de la fuerza con el débil, así como la
agresión injusta y cruel.
Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira, hijo, con lo que sabes de
latín y retórica, serás singular en el arte de verdugo». Esta frase graciosa de Que-
vedo, que parece una chuscada, encierra un fondo de verdad. Los rápidos progre¬
sos que yo hice en la vida airada de pedreas y asaltos, de ataques a la propiedad
pública y privada, prueban, sin duda, que la geografía, la gramática, la cosmogra¬
fía y los rudimentos de física con que mi padre había espabilado mis turbias enten¬
dederas, entraron por algo en mis hazañas de mozalbete. Tengo para mí que dichos
conocimientos, tempranamente adquiridos, produjeron cierto hábito de reflexión
que me valió sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilliielos que me ro¬
deaban, superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides, picar¬
días y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas más o menos brutales.
Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de glorias y fatigas que emu¬
laban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a Tolosana, Pena, Fenollo,
Sanclemente, Caputillo y otros, a los que vino a juntarse más adelante mi hermano
Pedro, dos años más joven que yo. Merced a gimnasia incesante, mis músculos
adquirieron vigor, mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Brincaba
como un saltamonte; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una
tapia con la viveza de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo de las alturas, aun
en los aleros de los tejados y en la copa de los nogales, y, en fin, manejaba el
palo, la flecha, y sobre todo la honda, con singular tino y maestría.
Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar ociosas. Mi habilidad en
asaltar tapias y en trepar a los árboles diéronme pronto triste celebridad. Como
el buscón de Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huer¬
tos, viñas y olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí criábanse los más sa¬
brosos albérchígos, las más almibaradas brevas y los más suculentos melocoto¬
nes. De nuestras reivindicaciones comunistas, inspiradas en normas de estricta
equidad, no se libraban ni el huerto del cura, ni el cercado del alcalde. Ambas
potestades, la eclesiástica y la civil, nos tenían completamente sin cuidado.
En conclusión, yo me di tal maña en asimilarme y superar las bellaquerías,
tretas y picardías de los chicos de Ayerbe, que tuve la honra de figurar rápida¬
mente en el Indice de las malas compañías, formado por los timoratos padres de
familia.
Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género de travesuras y alga¬
radas, había algunas, singularmente aquellas en que entraba por algo la mecánica,
en que todos reconocían mi superioridad. Mi concurso, pues, era solicitado por
muchos y no para cosa buena.
¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casadas en segundas o
RECUERDOS DE MI VIDA
27
terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo los tambores y cencerros y fabri¬
cando las flautas y chifletes, que hacía de caña, con sus correspondientes agujeros,
lengüetas y hasta llaves. Una observación cuidadosa, fecundada por larga práctica,
me había revelado las distancias a que debían hacerse los agujeros para que resul¬
tasen los tonos y semitonos, así como la forma y dimensiones de las lengüetas.
Recuerdo que algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de dos octavas, sonaban
con el timbre e intensidad del clarinete. Ocurrióme alguna vez, ejecutando de oído
algunas melodías populares, ser tomado por músico ambulante.
¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o camino de la fuente? Pues yo
cargaba con el delicado cometido de fabricar las hondas, que hacía de cáñamo
y de trozos de cordobán traídos por los camaradas. Más de Una vez ocurrió que,
faltando el becerro viejo, tuvimos que echar mano del material de los borceguíes,
cuya altura, claro es, disminuía progresivamente. ¡Quién podrá contar la indigna¬
ción de nuestros padres al comprobar aquella evolución retrógrada del calzado,
en cuya virtud la que fué flamante botina venía a parar en raquítiea y mujeril za¬
patilla!
¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria se acudía para los yel¬
mos y corazas, que fabricaba de cartón o de latas viejas, y sobre todo para labrar
las flechas, en cuya elaboración adquirí gran pericia. En efecto, mis flechas no
sólo tenían gran alcance, sino que marchaban sin cabecear ni volverse del revés-
El espíritu de observación desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome
notar pronto que el asta o varilla de la flecha debe pesar menos que el hierro, y
ser perfectamente lisa y recta, a fin de que el proyectil no oscile y se desvíe de la
trayectoria inicial. De acuerdo con esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y
sustituía los clavos o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el cuento
de las leznas rotas, de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de lanza, pesa
bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de caña mediante
bramante embreado, constituye excelente dardo . En cuanto al arco, me valía de
largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente encorvado, y de cuya excelen¬
cia en punto a fuerza y elasticidad me aseguraba, estudiando comparativamente
arcos fabricados con casi todas las maderas conocidas en el país. Excusado es
decir que para procurarme la primera materia (las leznas rotas), entablé rélaciones
comerciales con todos los aprendices de obra prima de la población. Ellos me
proporcionaban también, a veces, corambre para las hondas, a cambio del regalo
de una de ellas.
Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con camaradas
solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban exclusivamente en
vanos simulacros de guerra antigua; servían también para menesteres más utilita¬
rios. Cazábamos con ellas pájaros y gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y cone¬
jos, si a tiro se presentaban.
Tan arriesgadas empresas cinegéticas costáronme soberbias palizas, disgustos
y persecuciones sin cuento. Pues aunque mi cuadrilla entera colaboraba en las
citadas fechorías, no se mataba perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en
corral, cuya responsabilidad no se me imputara, bien en concepto de autor mate¬
rial, bien a título de fabricante del cuerpo del delito, ora, en fin, como instiga¬
dor a su comisión.
Merecida o exagerada, mi fama de picaro y de travieso crecía de día en día,
con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación cada vez que
recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las tundas domésticas vinieron fre-
28
S. RAMÓN Y CAJAL.
cuentemente a reforzar las sufridas de las manos, harto menos clementes, de los
querellosos. Vine de esta suerte a pagar, con las propias, culpas de muchos, con
gran complacencia de mis cómplices, que esquivaban el bulto, abandonándome
constantemente en la estacada.
Y sin embargo, y a pesar de todo, yo era un infeliz. En mis desmanes ponía
mas vanagloria y condescendencia que mala voluntad. Y cuando causaba un daño
lo deploraba con sincero arrepentimiento. Pero el ansia loca de sobresalir y de
templar mi espíritu con fuertes emociones, me obsesionaba. Y pasadas algunas
semanas de^ reposo y contrición, las diabólicas instigaciones de los amigos me
hacían vp^lyqrja las andadas, bien seguro de que los futuros desmanes perraane
cenan secretos y no. causarían la menor desazón a mis padres..
Lámina VI.
Para quienes psten de estas bagatelas, reproducimos aquí dos acuarelas encontra¬
das rebuscando entre mis viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando
yo tema nueve o diez años, poco después de la época del desahucio del revocador
Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles defectos de dibujo y proporcio¬
nes. Esta representa cierto labriego de Ayerbe, bebiendo en la taberna Nótese
una tendencia decisiva hacia la caricatura y la ignorancia de la Anatomía, tenden¬
cia que hoy cultivan sistemáticamente muchos pintores modernistas y futuristas
con aplauso ardoroso de una crítica de circunstancias.
Ermita de la Virgen de Casbas, en los Anguiles, cerca de Ayerbe.
Otras acuarelas dibujadas durante mi niñez.
La segunda representa el castillo de Loarre, situadt
Este castillo, de que damos más adelante una fotc
obsesiones artísticas.
legua y media di
ifía, constituía ui
CAPÍTULO VI
DESARROLLO DE MIS INSTINTOS ARTÍSTICOS.— DICTAMEN DE UN REVOCADOR SOBRE
MIS APTITUDES.-¡ADIÓS MIS SUEÑOS DE ARTISTAl-UTILITARISMO E IDEALISMO.
DECIDE MI PADRE HACERME ESTUDIAR PARA MÉDICO Y ENVIARME A JACA
POR entonces, si mi memoria no me es infiel, comenzaron, o al menos cobra¬
ron gran incremento, mis instintos artísticos. Tendría yO como ocho o nue¬
ve años, cuando era ya en mí. manía irresistible manchár papeles, trazar
garambainas en los libros y embadurnar las tapias, puertas y fachadas recién re¬
vocadas del pueblo, con toda clase de garabatos, escenas guerreras y lances
del toreo. Una pared lisa y blanca ejercía VoFre mí irresistible fascinación. En
cnmio afanaba una cuaderna, compraba papel o lapiceros; mas como no podía
dibujar en casa, porque mis padres consideraban la pintura cual distracción ne¬
fanda, salíame al campo, y sentado en un ribazo lindero a la carretera, copiaba ca¬
rretas, caballos, aldeanos y cuantos accidentes del paisaje me parecían interesan¬
tes. De todo ello hacía gran colección, que guardaba como oro en paño. Holgábame
también en embadurnar mis diseños con colores, que me proporcionaba raspando
las pinturas de las paredes o poniendo a remojo el forro, carmesí o azul obscuro,
de los librillos de fumar (entonces las cubiertas estaban pintadas con colores so¬
lubles). Recuerdo que adquirí rara habilidad en la extracción del color de los pa¬
peles pintados, los cuales empleaba también a guisa de pinceles, humedecidos y
enrollados en forma de difumino; industria a que me obligaba la falta de caja de
colores y la carencia de dinero para comprarlos.
Mis gustos artísticos, de cada vez más definidos y absorbentes, crearon en mí
hábitos de soledad y contribuyeron no poco al carácter huraño que tanto disgus¬
taba a mis padres. En realidad mi sistemático arrinconamiento no nacía de aver¬
sión al trato social, toda vez que, según dejamos dicho, el de los niños me con¬
tentaba y me satisfacía; nació de la necesidad de sustraerme, durante mis ensayos
artísticos y fabricaciones clandestinas de instrumentos músicos, y guerreros, a la
severa vigilancia de las personas mayores.
Mi padre, trabajador y estudioso como pocos, adolecía de una laguna mental:
carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o menospreciaba toda
cultura literaria y de pura ornamentación y recreo. Se había formado de la vida
un ideal extremadamente ^austero y positivo. Era lo que los educadores llaman un
puro intelectaalista. Consideraba al hombre cual mero instrumento de conocimien¬
to y producción que había que adiestrar precozmente para prevenir posibles con¬
tingencias y reveses dé la vida.
Tengo para mí que dicha tendencia harto positivista de mi p'adre no fué ori-
30
S. RAMÓN Y CAJAL
ginaria, sino adquirida; constituia adaptación excesiva impuesta por el hosco am¬
biente moral que rodeó su juventud. Ese sagrado temor a la pobreza representa a
menudo el poso amargo que deja en el corazón la áspera lucha contra la miseria,
la injusticia y el abandono.
En la esfera familiar, la citada concepción utilitaria y un tanto pesimista pro¬
dujo dos consecuencias: el sobretrabajo y la economía más austera. Mi pobre
madre, ya muy económica y hacendosa de suyo, hacía increíbles sacrificios para
descartar todo gasto superfino y allanarse a aquel régimen de exagerada pre¬
visión. Era preciso a todo trance hacer economías.
Lejos de mí la idea de censurar una conducta que permitió a mis padres adqui¬
rir el peculio necesario para trasladarse a Zaragoza, dar carrera a los hijos y crear¬
se una posición, si no brillante y fastuosa, desahogada y libre de inquietudes; pero
es preciso reconocer que el espíritu de economía tiene limites prudenciales' que
es harto arriesgado traspasar . El ahorro excesivo declina rápidamente hacia la
tacañería, cayendo en la exageración de reputar superfino hasta lo necesario; des-
tieira del hogar la alegría que brota comúnmente de la satisfacción de mil inocen¬
tes bagatelas y poco onerosos caprichos; impide las gratas expansiones de la no¬
vela, del teatro, de la pintura o de la música, que no son vicios, sino necesidades
instintivas del joven, a que debe atender toda discreta y perfecta educación; y en
fin, relaja en la familia los lazos del amor, porque los hijos se acostumbran a mi¬
rar a sus padres como los perennes detentadores de la felicidad del presente. Ni
es lícito olvidar tampoco que cada edad tiene sus deleites como tiene su cruz, y
que es áspera regla de conducta sacrificar enteramente la dicha de la edad juve¬
nil a los lejanos y problemáticos placeres de la madurez.
Confío en que el lector hallará natural que yo reaccionase obstinadamente con¬
tra un ideal tan triste de la vida, ideal que mataba en flor todas mis ilusiones de
mozuelo y cortaba bruscamente los arranques de mi naciente fantasía. Ciertamen¬
te, sin el misterioso atractivo del fruto prohibido, las alas de la imaginación hubie¬
ran crecido, pero no hubieran llegado quizás a adquirir el desarrollo hipertrófico
que alcanzaron. Descontento del mundo que me rodeaba, refugióme dentro de mí.
En el teatro de mi calenturienta fantasía, sustituí los seres vulgares que trabajan
y economizan por hombres ideales, sin otra ocupación que la serena contempla¬
ción de la verdad y de la belleza. Y traduciendo mis ensueños al papel, teniendo
por varita mágica mi lápiz, forjé un mundo a mi antojo, poblado de todas aquellas
cosas que alimentaban mis ensueños. Paisajes dantescos, valles amenos y rientes,
/ guerras asoladoras, héroes griegos y romanos, los grandes acontecimientos de la
historia... todo desfilaba por mi lápiz inquieto, que se detenía poco en las escenas
de costumbres, en la copia del natural vulgar y en los tráfagos de la vida común.
Eran mi especialidad los terribles episodios bélicos; y asilen un santiamén cubría
una pared de barcos echados a pique, de náufragos salvados en una tabla, de
héroes antiguos cubiertos de brillantes arneses y defendidos por empenachado
yelmo, de catapultas, muros, fosos, caballos y jinetes. Excusado es decir que, di-
bujadas de memoria, estas escenas no pasaban de la categoría de monigotes pre¬
tensiosos o de reproducciones estilizadas.
Pocas veces dibujaba soldados modernos: hallábalos insignificantes, prosaicos,
cargados con mochila y manta que les da aire de faquines, con su feo 'ros, triste
parodia del caballeresco y majestuoso casco, y con la corta y casi inofensiva bayo¬
neta, especie de asador sin mango, caricatura ridicula de la elegante y tajante
espada. .
RECUERDOS DE MI VIDA
31
Además, la guerra moderna, a tiro limpio, considerábala antiartística y cobar¬
de. Pensaba yo que en ella no puede vencer ya el guerrero más gallardo, intrépido
y arrogante, sino acaso el más pusilánime y ruin que disparó su fusil desde un re¬
paro y a mansalva. Antojábaseme semejante manera de combatir más propia para
degradar la raza humana que para mejorarla; una verdadera selección al revés.
Sin duda que las guerras antiguas eran mortíferas, pero poseían el prestigio de la
elegancia del gesto y del indumento. De acuerdo -con el principio evolutivo, en
ellas ceñían casi siempre el lauro los supremos artistas de la energía, de la forma
y del ritmo. Hoy el plomo enemigo diezma preferentemente a los corpulentos, va¬
lerosos y arrojados, y respeta a los pequeños, flojos y pusilánimes. —En adelan¬
te— decía para mis adentros— no triunfarán los griegos, sino los persas; ej heroís¬
mo desarmado será arrollado por la riqueza y el frío cálculo; el zorro desarmará al
león, y aquellos imponentes atletas, lustre y prez de la especie humana, los Milo-
nes de Crotona, cuyos esforzados brazos, endurecidos en mil combates gloriosos
fueron el escudo y el antemural de la patria, quedarán relegados a la triste y baja
condición de Hércules de feria. Claro está que en mi ignorancia era incapaz de.
pensar estas razones; pero ellas corresponden esencialmente al estado de mi espí¬
ritu durante aquella época.
De los asuntos guerreros pasaba al santoral. Pero cuando pintaba santos, pre¬
fería los de acción a les contemplativos; adoraba a los de caballería, entre los cua¬
les, según adivinará fácilmente el lector, gozaba de todas mis simpatías el mío
es decir, Santiago apóstol, patrón de las Españas y terror de la moj;¡sma. Gompla- ■
cíame en representarlo tal como lo había contemplado en las estampas, o sea ga¬
lopando intrépido sobre una parva dé cádaveres de moros, la espada sangrienta
en la diestra y el escudo en la siniestra. ¡Con qué piadoso esmero iluminaba yo el
yelmo con un poco de gutagamba y pasaba una raya azul por la espada, y me de¬
tenía en las negras barbas, que me salían largas, borrascosas, cual suponía yo que
debían ser las de los apóstoles!
Una de las copias del apóstol Santiago, ejecutada en papel e iluminada con
ciertos colores que pude anjear en la iglesia, fué causa de grave disgusto, y de
que mis aficiones artísticas tuvieran en mi padre, ya de suyo mal avenido con toda
clase de inclinaciones estéticas, enemigo declarado. Aburrido ya, sin duda, de qui¬
tarme lápices y dibujos, y viendo la ardiente vocación demostrada hacia la pin¬
tura, decidió mi progenitor averiguar si aquellos monos tenían algún mérito y pro¬
metían para su autor las glorías de un Velázquez o los fracasos de un Orbaneja.
Y como no hubiese nadie en el pueblo suficientemente idóneo en achaques de
dibujo, recurrió el autor de mis días a cierto levocador y decorador forastero,
llegado por aquellos tiempos a Ayerbe, cuyo cabildo le había contratado para
enjalbegar y pintar las paredes de la iglesia, averiadas y chamuscadas por recien¬
te incendio.
Llegados a presencia del Aristarco, desplegué tímidamente mi estampa harto
incorrecta; miróla y remiróla el pintor de brocha gorda; y después de mover signi¬
ficativamente la cabeza y de adoptar actitud magistral y solemne, exclamó:
— ¡Vaya un mamarracho! Ni esto es apóstol, ni la figura tiene proporciones, ni
los paños son propios... ni el chico será jamás un artista!... (1).
Aterrado quedé ante el categórico veredicto, osó mi padre replicar: —¿Pero de
veras no tiene el chico aptitudes para el arte? — Ninguna, amigo mío — contestó
(1) ¡Y pensar que aquellos monigotes podrían pasar hoy por una de tantas manifestaciones tolera¬
bles de la pintura modernista! Pero entonces imperaba el clasicismo y se rendía culto fanático a la verdad.
32
S. RAMÓN Y CAJAL
inexorable el rascaparedes. Y dirigiéndose a mí, añadió:— Venga acá, señor pin¬
tamonas, y repare usted en las manazas del apóstol, que parecen muestras de
guantero; en la cortedad del cuerpo, donde las ocho cabezas prescritas por los
cánones han menguado a siete escasas, y, en fin, fíjese en el caballo, que parece
arrancado de un tío vivo.
Aplanado por la emoción, alegué algunas tímidas excusas; pero el cultivador
del almazarrón y del albayalde hablaba ex cathedra y me desahució definitiva¬
mente. El silencio harto significativo de mi padre dióme a entender que todo
estaba perdido. En efecto, la opinión del manchaparedes cayó en mi familia como
el dictamen de una Academia de Bellas Artes. Decidióse, por tanto, que yo renun¬
ciara a los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera médica. En
consecuencia, arreció la persecución contra mis pobres lápices, carbones y pape¬
les; y necesité emplear todas las artes del disimulo para ocultarlos y ocultarme
cuando, arrastrado por mi pasión favorita, holgábame en la copia de toros, caba¬
llos, guerreros y paisajes. Todavía conservo algunos de aquellos infantiles ensa¬
yos tan execrados por el famoso revocador. Como muestra de mis dibujos de
entonces reproduzco cierta acuarela donde saltan a la vista graves defectos de
proporción. Presenta, harto grotescamente, a un baturro en la taberna, empu¬
ñando el clásico porrón. ¿Pero quién dibuja bien, sin guía ni estudios metódicos,
a los ocho años de edad? Y añado algún otro dibujo salvado de las injurias del
tiempo, y copiado por el indulgente y admirable escritor D. Luis Zulueta (1).
' Así comenzó entre mis progenitores y yo guerra sorda entre el deber y el que¬
rer; así surgió en mi padre la oposición obstinadísima contra una vocación tan
claramente afirmada y definida; oposición que había de prolongarse aún diez o
doce años, y en la cual, si no naufragaron del todo mis tendencias artísticas,
murieron definitivamente mis aspiraciones.
¡Adiós ambiciosos ensueños de gloria; ilusiones de futuras grandezas! ¡Era
menester trocar la mágica paleta del pintor por la roñosa y prosaica bolsa de
operaciones! ¡Era forzoso cambiar el mágico pincel, creador de la vida, por el
cruel bisturí, que sortea la muerte; el tiento del pintor, semejante a cetro de rey,
por el nudoso bastón de médico de aldea!
Mis conocimientos literarios hacían, entretanto, débiles progresos. Asistía a la
escuela; pero atendía poco y aprendía menos. En realidad, mi instrucción elemen¬
tal era bastante buena gracias a las lecciones de. mi padre, que me enviaba al aula
municipal antes con la mira de sujetarme'que con la de que me ilustrara. Este
prudente freno a mi libertad imponíalo mi carácter díscolo y mi afición a hacer
novillos. Mi progenitor hubiera querido vigilarme y castigarme a la primera trans¬
gresión; pero se lo impedía la numerosa clientela del pueblo y, sobre todo, sus
salidas frecuentes a los anejos de Linas, Riglos, Los Anguiles y Fontellas. El
seguimiento de mis pasos y la reprensión de mis travesuras corría, pues, a cargo
del maestro y de mi madre, que, harto atareada con la crianza de los pequeños y
el gobierno del hogar, no podía consagrar a su primogénito toda la atención
deseada. , j-
No obstante las precauciones tomadas, el diablo me tentaba a menudo. En
cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase hacíamos pimienta,
solemnizándola unas veces con peleas que armábamos en las afueras; otras explo¬
rando y escalando las ruinas del histónco castillo, en donde nos complacíamos en
rn .Cuando yo era nifio*. Manual de la casa Reus pormenores de mi puericia entresacados de mis
Memorias, por el Rustre escritor D. Luis Zulueta.
RECUERDOS DE MI VIDA
remedar las batallas medioevales; en fin, a veces, engolfándonos en la vecina sarda,
bosque secular de encinas, en donde pasábamos largas horas disparando fiecha-
zos a los pájaros y buscando nidos de picaraza (garza).
Por cierto que en este último entretenimiento sufrí cierta vez dolorosa sorpre¬
sa: encaramado en la copa de una encina, afanábame en explorar un nido de gar¬
za, cuando, después de tocar cierta cosa peluda y blanduja, saqué súbitamente la
diestra ensangrentada y dolorida a puros mordiscos: una familia de ratas, que ha¬
bía hecho presa del nido y devorado ios huevos, revolvióse furiosamente contra el
intruso que venía a molestarla en la pacífica posesión del hogar ajeno.
En otra ocasión, mi pasión por los nidos púsome en apretadísimo trance. De¬
seoso de explorar un nido de águilas, descendí como pude la gradería de imponen¬
te escarpa (Sierra de Linás); contemplé de cerca los aguiluchos todavía implumes,
que me miraban espantados; pero no pude llegar hasta ellos. Temiendo la acome¬
tida de las águilas, cuyos chillidos creía oir, traté de escapar de la cornisa en que
me había metido; pero al intentar la ascensión tropecé con dificultades insupera¬
bles. La especie de repisa en que, mediante temerario salto, había caído mostraba
las paredes altas y casi lisas; quedé cogido como en trampa, pasando horas de te¬
rrible ansiedad bajo un sol abrasador y con el riesgo de morir de hambre y sed,
pues nadie podía socorrerme por aquellas soledades. Mi industria y la navaja de
que iba siempre acompañado salváronme al fin. Gracias a la herramienta y a la re¬
lativa blandura de la roca logré ensanchar algunas angostas grietas que, sirvién¬
dome de peldaños y de agarradero para las manos, pusiéronme en franquía. ¡Qué
de temeridades como éstas podría contar si no. temiera abusar de la paciencia del
lector!
A su regreso de los pueblos, mi padre se enteraba de las demasías y algaradas
de sus hijos y, montando en cólera, nos gratificaba con formidable paliza, amén
de increpar a mi pobre madre (cosa que sentíamos mucho), por lo que él llamaba
sus descuidos y excesivas blanduras para con nosotros.
El anuncio de estas zurras paternas, las cuales, por lógica progresión y por
adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra piel, se iniciaron con vergajos y
terminaron con trancas y tenazas, infundíanos verdadero terror; y así aconteció en
alguna ocasión que, por evitar la harto expresiva caricia paternal, huíamos de casa,
causando con ello honda pena a nuestra madre, que angustiada nos buscaba por
todo el pueblo.
Recuerdo que habiendo hecho mi hermano y yo novillos cierta tarde, y sabedo- y'
res de que alguien había llevado el soplo al severo autor de nuestros días, resol- ■
vimos escaparnos a los montes, en donde permanecimos media semana o más,
merodeando por los campos y alimentándonos de frutas y raíces; hasta que una
noche, y cuando ya íbamos tomando gusto a la vida salvaje, mi padre, que nos
buscaba por todos los escondrijos del vecino monte,hallóiios:durmiendo'.tranquila-
mente en un horno de cal. Sacudiónos de lo lindo, atónos codo con codo, y en tan
afrentosa disposición nos condujo al pueblo, en cuyas calles tuvimos que sopor¬
tar la chacota de chicos y mujeres.
Eran las somantas o tundas, según habrá colegido el lector, ordinario término
de nuestras hazañas; pero, en virtud del proceso adaptativo susodicho, los palos
nos escocían, pero no nos escarmentaban. Mientras los cardenales estaban frescos
guardábamonos muy bien de reincidir; pero una vez borrados, olvidábamos el pro¬
pósito de la enmienda. Y es que los impulsos naturales, cuando son muy imperio¬
sos, se deforman algo, se disimulan siempre, mas no se anulan jamás. Contraria-
3
■^4
S. RAMÓN Y CAJAL
dos en nuestros gustos, privados del placer de campar por breñas y barrancos, a
fin de ejercitar el lápiz del dibujante, la flecha del guerrero o la red del naturalista,
asistíamos regonzando a la escuela, sin corregirnos ni formalizarnos. Todo se re¬
ducía a variar el teatro de nuestras diabluras: los diseños del paisaje se convertían
en caricaturas del maestro; las pedreas al aire libre se transformaban en escara¬
muzas de banco a banco, en las cuales servían de proyectiles papelitos, tronchos,
acerolas, garbanzos y judías; y en fin, a falta de papel de dibujo servíame de las
anchas márgenes delFleury, que se poblaban de garambainas, fantasías y muñe¬
cos, alusivos unos al piadoso texto, otros harto irreverentes y profanos.
En la escuela, mis caricaturas, que corrían de mano en mano, y mi cháchara
irrestañable con los camaradas, indignaban al maestro, que más de una vez recu¬
rrió, para intimidarme, a la pena del calabozo, es decir, al clásico cuarto obscuro;
habitación casi subterránea plagada de ratones, hacia la que sentían los chicos
supersticioso terror y yo miraba como ocasión de esparcimiento, pues me procuraba
la calma y recogimiento necesarios para meditar mis travesuras del día siguiente.
Allí, en las negruras de la cárcel escolar, sin más luz que la penosamente cer¬
nida a través de las grietas de ventano desvencijado, tuve la suerte de hacer un
descubrimiento físico estupendo, que en mi supina ignorancia creía completamen¬
te nuevo. Aludo a la cámara obscura, mal llamada de Porta, toda vez que su ver¬
dadero descubridor fué Leonardo de Vinci.
He aquí mi curiosa observación: El ventanillo cerrado de mi prisión daba a la
plaza, bañada en sol y llena de gente. No sabiendo qué hacer, me ocurrió mirar al
techo, y advertí con sorpresa que tenue filete de luz proyectaba, cabeza abajo y
con sus naturales colores, las personas y caballerías que discurrían por el exte¬
rior. Ensanché el agujero y reparé que las figuras se hacían vagas y nebulosas,
achiqué la brecha del ventano sirviéndome de papeles pegados con saliva, y ob¬
servé, lleno de satisfacción, que, conforme aquélla menguaba, crecía el vigor y de¬
talle de las figuras. Por donde caí en la cuenta de que los rayos luminosos, gracias
a su dirección rigurosamente rectilínea, siempre que se les obliga a pasar por an¬
gostísimo orificio, pintan la imagen del punto de que provienen. Naturalmente, mi
teoría carecía de precisión, ignorante como estaba de los rudimentos de la óptica.
En todo caso, aquel sencillo y vulgar experimento dióme altísima idea de la física,
que diputé desde luego como la ciencia de las maravillas. Claro es que no olvida¬
ba ios portentos del ferrocarril, de la fotografía (recientemente inventada por
entonces), la aerostación, etc. Y mis entusiasmos, algo instintivos, no me engaña¬
ban. Porque a la física somos deudores de la gloriosa civilización europea. Silfuera
posible restar del patrimonio del humano saber las leyes y aplicaciones de dicha
ciencia, el hombre retrocedería bruscamente al estado cavernícola.
Por entonces, muy ajeno a las grandiosas perspectivas que abre al espíritu el
estudio de las fuerzas naturales, propúseme sacar partido de mi impensado des¬
cubrimiento. Y montado sobre una silla entreteníame en calcar sobre papel aque¬
llas vivas y brillantes imágenes que parecían consolar, como una caricia, las sole¬
dades de mi cárcel.
—¿Qué me importa— pensaba yo— carecer de libertad? Se me prohíbe corre¬
tear por la plaza, pero en compensación la plaza viene a visitarme. Todos estos
fantasmas luminosos son fiel trasunto de la realidad y mejores que ella, porque
son inofensivos. Desde mi calabozo asisto a los juegos de los chicos, sigo sus
pendencias, sorprendo sus gestos, y gozo, en fin, lo mismo que si tomara parte en
sus diversiones.
RECUERDOS DE MI VIDA
cierrAloAAi íiT ? A “““““'■ ”' camaradas de en¬
no carédaTeTmírf que dicho fenóme-
O carecía de importancia, por ser cosa natural y como juego que hace la lu7 al
S eArr l"‘eresa!.tefdSe conve
tirse en descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observXes
qj eran cosas naturales y corrientes, indignas de análisis^y meditación! ¡Oh la
//zadm/rcftiYidad de los igriorantes! ¡Qué de retrasos’ha
causado en el conocimiento del Universo! ^
alimenta su fantasía con narraciones de
P^McZXlZpZZie^^^^^^ annqne no
CAPITULO Vil
MI 7RASLACtÓN A JACA.— LAS PINTORESCAS ORILLAS DEL GÁLLEGO.— MI TÍO JUAN
Y EL RÉGIMEN VEGETARIANO.-EL LATÍN Y LOS DÓMINES.-EMPEÑO VANO DE
LOS FRAILES EN DOMARME.— RETORNO A LOS DEVANEOS ARTÍSTICOS
CORRÍA el año 61. Hallándome próximo a cumplir los diez de mi edad, deci¬
dió mi padre llevarme a estudiar el bachillerato a Jaca, donde había un
Colegio de padres Escolapios, que gozaba famá de enseñar muy bien el
latín y de educar y domar a maravilla a los muchachos díscolos y revoltosos. Tra¬
tada la cuestión en familia, opuse algunos tímidos reparos: dije a mi padre que
sintiendo decidida vocación por la pintura, prefería cursar la segunda enseñanza
en Huesca o en Zaragoza, ciudades que contaban con Escuelas de dibujo. Añadí
que no me agradaba la medicina, ni esperaba, dados mis gustos e inclinaciones,
cobrar afición al latín; de que se seguiría perder el tiempo y el dinero.
Pero mi padre no se avino a razones. Mostróse escéptico acerca de mi voca¬
ción, que tomó acaso por capricho de chiquillo voluntarioso y antojadizo.
Dejo ya apuntado más atrás que mi padre, intelectuali sta y practicista a ul¬
tranza, estaba muy lejos de ser un sentimental. Se lo estorbaba cierto concepto
equivocado del arte,‘considerado’como profesión social. En su sentir, la pintura,
la escultura, la música, hasta la literatura, no constituían modos formales de vivir
sino ocupaciones azarosas, ‘irregulares, propias de gandules y de gente voltaria y
trashumante, y cuyo término, salvo casos excepcionales, no podía ser otro que la
miseria y la desconsideración social. En su concepto, la obsesión artística de al¬
gunos jóvenes representa algo así como enfermedad de crecimiento, que es preci¬
so combatir a todo trance con la disciplina del trabajo metódico.
Para persuadirme y traerme a lo que él consideraba el mejor camino, contába¬
me historias de conocidos suyos, artistas fracasados, pintores de historia con de"
masiada historia y poco dinero; de literatos que se criaban para genios y deseen"
dieron a miserables gacetilleros o a famélicos secretarios de Ayuntamiento d"
pueblo; de músicos resueltos a emular a Beethoven y Mozart que pararon e d ^
rrotados y mugrientos organistas de villorrio. Como última razón, y a eu ” d '
consuelo, prometíame que, cuando fuera médico, es decir, a los veintiún^ d
edad, asegurada mi situación económica, podría divagar cuanto quisies
regiones quiméricas del arte; pero entretanto su deber era proporcionarmJ^^^ ^
de vivir honesto y tranquilo, capaz de preservarme de la miseria ^
No era mi progenitor de los que, tomada una resolución fírnie vüelupn
ella, y menos por las observaciones aducidas por sus hijos Dphí’r,^ ven sobre
j ’ ^cui, por tanto, so-
RECUERDOS DE MI VIDA
37
meterme y prepararme al estudio del antipático latín y a trabar conocimiento con
los frailes.
En los días siguientes, que eran los postreros de septiembre, escribió mi pa¬
dre a Jaca, anunciando a unos parientes, tan honrados como laboriosos, la deci¬
sión tomada jr su deseo de que recibiesen a su hijo, en concepto de pupilo, duran¬
te el tiempo que durasen los estudios. La contestación fué afirmativa, según era
de suponer, dado el parentesco de mi tio Juan, y los sentimientos de afecto y grati¬
tud que le ligaban a mi familia.
El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un hábil tejedor de Jaca, en:^
donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de hombre cabal. Pero su sitúa- :
ción económica, años antes desahogada, había sufrido recientes reveses, que vinie¬
ron todavía a agravarse por la' muerte de su mujer y la escapatoria del hijo mayor,
brazo derecho del taller y amparo del anciano. Estas desgracias de familia obligá¬
ronle a contraer algunas deudas, siendo mi padre el principal, aunque desintere-
resado, acreedor.
Cuento estos detalles para que se comprenda mejor mi especial situación en
casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo prestado, convino con mi pa¬
riente en pagarle un pequeño estipendio mensual por el hospedaje, destinando
otra parte del importe de éste a enjugar la deuda.
Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse grave error; porque si bien
la calidad del parentesco y la bondad de mis patrones alejaba toda sospecha de
malos tratos, era imposible que mi tío, escaso de recursos, y no muy bien de sa¬
lud para trabajar, se sacrificara para procurar a su sobrino, sin compensaciones
pecuniarias suficientes e inníediatas, alimentación y regalo que para sí deseara.
Dispuesto todo para la partida, despedíme con sentimiento.de mis amigos,
compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije adiós al maestro, a quien tanto
había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de septiembre púseme en camino
para la ciudad fronteriza, en compañía de mi padre, que deseaba recomendarme
eficazmente a los Escolapios.
Sirviónos de vehículo el carro del ordinario; en el cual, y cubriendo el equipa¬
je, habíase extendido mullido colchón. Yo me instalé junto a las lanzas del carro
a fin de explorar cómodamente el paisaje.
Las dos primeras horas del viaje transcurrieron lentas y tristes. Era la primera
vez que abandonaba el hogar y una impresión de vaga melancolía embargaba mi
ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al desgarrarse de su hijo y en los con¬
sejos con que trató de persuadirme del cariño y obediencia debidos a mis tíos y
del respeto y veneración a mis futuros maestros.
Paulatinamente cedió mi tristeza, que dura poco en los ñiños. El instinto y la
curiosidad de lo pintoresco se sobrepusieron a mi languidez y abatimiento.
El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo, tórnase interesante desde
esta población hasta Jaca. Durante gran parte del trayecto, la carretera serpentea
por las orillas del Gállego, cuyas corrientes marchan en unos puntos someras y
desparramadas, mientras que en otros se concentran y precipitan tumultuosamente
entre cantiles gigantes o medio ocultas en angostas gargantas.
No me cansaba de admirar los mil detalles pintorescos que los recodos del ca¬
mino y cada altura, penosamente ganada, permitían descubrir. Entre otros acciden¬
tes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi retina: los gigantes
mallos de Riglos, semejantes a columnatas de un palacio de titanes; el bloque ro¬
coso de Lapeña, que amenaza desplomarse sobre el pueblo, al pie del cual corre.
S. RAMÓN Y, CAJAL
embutido en profundísimo canal, el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte
Paño, cuya formidable cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por úl¬
timo, el sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina el valle de Jaca, y
parece colosal esfinge que guarda la entrada del valle del Aragón,
Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia de tan hermosos y acci¬
dentados paisajes; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía a palmos el
terreno, noticias detalladas sobre las aldeas, montañas y ríos cerca de los cua¬
les pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad, sino que me contó multitud de
anécdotas y episodios de su juventud transcurrida en aquellos lugares, y algunos
sucesos históricos de que las orillas del Gállego fueron teatro durante la primera
guerra civil.
Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué la primera providencia de
mi padre presentarme a los reverendos Escolapios, a quienes me recomendó enca¬
recidamente. Encargóles que vigilaran severamente mi conducta y me castigaran
sin contemplaciones en cuanto me desmandara en lo más mínimo.
El Director del Colegio dió plena satisfacción a mi padre acerca de este punto,
y para tranquilizarle nos presentó al padre Jacinto, profesor de primero de Latín,
que era por entonces el terrible desbravador de la Comunidad y a quien, según
fama, no se había resistido ningún rebelde. A la verdad, yo me alarmé algo, sólo
un poco, al contemplar la estatura ciclópea, los anchísimos hombros y macizos
puños del dómine, que parecía construido expresamente para la doma de potros
bravios. Y me limité a decir para mi capote: «Allá veremos».
Días después sufrí el examen de ingreso. Tan lisonjero fué el éxito, que rae
consideraron los frailes como uno de los alumnos mejor preparados para la se¬
gunda enseñanza.
Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las cosas, y esperanzado de
que yo pagaría con una aplicación ejemplar los afanes y sacrificios que se impo¬
nía, regresó a Ayerbe y quedé entregado a mi santa voluntad, que era como
quedar entregado al diablo mismo.
Dejo apuntado ya que mi tío era* muy anciano y estaba achacoso; vivía casi
solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño, mi primo Timoteo, a la sazón
aprendiz en una fábrica de chocolate, le acompañaba. Absorto en su telar, cuida¬
ba poco de la casa, que abandonaba al manejo de vieja criada. Los conocimien¬
tos culinarios de esta buena mujer no podían ser más sumarios ni mejor encami¬
nados a evitar el despilfarro y la indigestión.
Las coles, nabos y patatas constituían los platos fundamentales y de resisten¬
cia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa compensación abundaban
las gachas de maíz, llamadas allí farinetas, que era una bendición. Nuestro postre
habitual eran manzanas, fruta de que se cultivan en Jaca variedades excelentes.
Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata sorpresa: añadía a las plebe¬
yas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver los gestos de contrariedad que
hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería del cucharón nos agraciaba con
sólo un premio, reservando la mayoría de los sabrosos tropezones para otros co¬
mensales!
Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro estómago insatisfecho
exigía algún suplemento, hallábamoslo en los montones de las sabrosas manzanas
del granero y en la improvisación de un plato de patatas al natural, que prepará¬
bamos asando estos tubérculos sobre el rescoldo y adobando la amarilla miga con
algunos granos de sal y gotas de vinagre.
BECUERDOS DE MI VIDA
Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos de castigo de que más ade¬
lante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que hasta mis entendederas, no
muy despiertas, declinaron bastante, Dijérase que el engrudo de maiz se me em¬
bebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues, según veremos luego, los
buenos de los frailes se vieron negros para imprimir en ellos algunos pocos latines.
Debo añadir que al final de aquel año el trato de mis patrones mejoró muchí¬
simo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal (1), regresado de sus correrías, se
estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco después matrimonio con
doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con aquel inesperado refuerzo, el
gobierno de la casa entró en orden y el menú se hizo más variado y suculento.
No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la austeridad de mis maestros
exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al traste con promesas formales. Algo
debieron influir quizá; imagino, sin embargo, que no fueron las condiciones pri¬
mordiales de mis extravíos. La loca de la casa con que mi padre no había conta¬
do y que de día en día iba exaltándose, contribuyó harto más a mis crecientes
desbarros y botaratadas.
Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios artísticos. Cobré odio a la Gramá¬
tica latina, en donde no veía sino un chaparrón abrumador de reglas desautoriza¬
das por infinitas excepciones, que había que meter en la cabeza, quieras que no,
a martillazo limpio, como clavo en pared. Desazonábame también esa aridez des¬
consoladora del estilo didáctico, seco y enjuto, cual carretera polvorienta en
verano.
Con la citada antipatía hacia la Gramáticaj inauguróse en mí esa lucha sorda
y tenaz, física y moral entre el cerebro y el libro, en la cual lleva éste siempre la
peor parte; porque de los sabios preceptos del texto pocos o ninguno penetran en
el ánimo; pero, en cambio, las divagaciones y ensueños de la fantasía invaden las
hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de vegetaciones parásitas de versos,
paisajes, episodios guerreros y regocijadas caricaturas.
Mis textos latinos— el Cornelio Nepote, el Arte poética de Horacio, etc.— ven¬
cidos en esta batalla, transformáronse rápidamente en álbumes donde mi desbor¬
dante imaginación depositaba diariamente sus estrafalarios engendros. Y como
las márgenes de los libros resultaban harto angostas para contener holgadamente
todas mis alegres «escapadas al ideah, más de una vez exclamaba: «¡Lástima de
Gramática que no sea todo márgenes!»
Pero si mi Nebrija no me enseñaba casi nada, aprovechaba, en cambio, para
divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a clase, rodeábanme los golosos
de las ilustraciones del texto, que corría de mano en mano y era más zarandeado
y sobado que rueda de barquillero.
(1) Mi primo, trabajador infatigable y dueño de saneada fortuna, lieva actualmente sus ochenta y
cuatro años infinitamente mejor que yo mis setenta. Convertido en patriarca feliz, sobre sus rodillas jue¬
gan numerosos biznietos.
CAPITULO VIH
E*. PADRE JACINTO, MI DÓMINE DE LATÍN —CARTAGINESES Y ROMANOS —EL RÉGI¬
MEN DEL TERROR— MI AVERSIÓN AL ESTUDIO —EXALTACIÓN DE MI FIEBRE
ARTÍSTICA Y ROMÁNTICA.— EL RÍO ARAGÓN, SÍMBOLO DE UN PUEBLO
NO trato de disculpar mis yerros. Confieso paladinamente que del mal éxito
de mis estudios soy el único responsable. Mi cuerpo ocupaba un lugar en
las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los espacios imagina¬
rios. En vano los enérgicos apostrofes del profesor, acompañados de algún furi¬
bundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban por arrancarme a mis dis¬
tracciones; los golpes sonabaii en mi cabeza como aldabonazo en casa desierta.
Todos los bríos del padre Jacinto, que hizo mi caso cuestión de amor propio, fra¬
casaron lastimosamente.
Hecha esta confesión, séame lícito declarar también que en mi desdén por el
estudio entró por algo él sistema de enseñanza y el régimen de premios y casti¬
gos usados por aquellos padres Escolapios. ■
Como único método pedagógico, reinaba allí el memorismo puro (1). Preocupá¬
banse de crear cabezas almacenes en lugar de cabezas pensantes. Forjar una in¬
dividualidad mental, consentir que el alumno, sacrificando la letra al espíritu, se
permitiera cambiar la forma de los enunciados... eso, ni por pienso. Allí, según
ocurre todavía hoy en muchas aulas, sabia solamente la lección quien la recitaba
fonográficamente, es decir, disparándola en chorro continuo y con gran viveza y
fidelidad; la ignoraba, y era, por ende, severamente castigado, el escolar a quien se
le paraba momentáneamente el chorro, o titubeaba en la expresión, o cambiaba el
orden de los enunciados.
A guisa de infalibles estimulantes de las retentivas tardas o de las inteligen¬
cias atrasadas, empleábanse el puntero, la correa, las disciplinas, los encierros,
los reyes de gallos y otros medios coercitivos y afrentosos.
Como se ve, el viejo adagio la letra con sangre entra reinaba entre aquellos
buenos padres sin oposición; pero la letra resbalaba en mi cabeza sin grabarse en
el cerebro. En cambio penetraba en muchos aversión decidida a la literatura lati¬
na y antipatía a los maestros. Así se perdía del todo esa intimidad cordial, mezcla
de amistad y de respeto, entre maestro y discípulos, sin la cual la labor educado¬
ra constituye el mayor de los martirios.
Cometería grave injusticia si dijera que todos los frailes aplicaban, con igual
rigor, los citados principios pedagógicos; teníamos dómines excelentes y hasta
(1) Desgraciadamente, ocurría lo mismo en los Institutos. El sistema era general... ¡qué digo! lo es
todavía.
RECUERDOS DE MI VIDA
41
cariñosos y simpáticos. Pero yo no tuve la dicha de alcanzarlos, porque explica¬
ban asignaturas de los últimos cursos y vime forzado, por causas de que luego
hablaré, a abandonar la escuela calasancia en el segundo. Entre estos maestros
simpáticos recuerdo al padre Juan, profesor de Geografía y excelente pedagogo.
Este no pegaba, pero en cambio sabía excitar la curiosidad y cautivar la atención
de los jóvenes.
Obedeciendo, sin duda, a la regla del perfecto amolador, que consiste en hacer
la primera afiladura del cuchillo con la piedra de asperón más basta, para acabar
de repasarlo con las más finas y suaves, el claustro de Jaca encargó muy sabia¬
mente el desbaste de los alumnos del primer año al más áspero desbravador de
inteligencias. ,
Tocónos, en efecto, a los pobretes del primer curso de latín el más severo de
todos lós frailes, el padre Jacinto, de quien hablé ya en el anterior capítulo. Era na-
-tural de Egea y estaba en posesión de los bríos y arrestos de los imponentes moce-
tones de las Cinco Villas. Su voz corpulenta y estentórea atronaba la clase, sonan¬
do en nuestros oídos cual rugido de león. Bajo el poder de este Heredes caímos
unos cuarenta infelices muchachos, llegados de distintos pueblos de la montaña, y
nostálgicos aún de las ternuras maternales. Alto sitial constituía su trono; su cetro
era tlgato de siete colas; sus ministros, dos alumiios predilectos encargados de la
vigilancia. •
Dividiónos en dos bandos o grupos, llamados de cartagineses y romanos, se¬
gún rezaban unos letreros puestos en alto en cada lado del aula. Tocóme en suerte
ser cartaginés, y acredité bien pronto el nombre según lo que me zurraba Scipión,
quiero decir, el formidable dómine, capaz él solo de acabar con todos los cartagi¬
neses y romanos. Para mí, pues, todos los días se tomaba Cartago, sin que llega¬
sen nunca los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua.
. Acobardados por aquel régimen de terror, entrábamos en clase temblando, y
en cuánto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor tal, que no dábamos pie
con bolo. ¡Pobre del que se trabucaba en la conjugación de un verbo o deí que bal¬
buceaba en la declinación del quisnam quaenam, quodnam o del no’ menos estra¬
falario quicumque! Los correazos caían sobre él como torrencial aguacero, atur-
diéndole de cada vez más e inhibiendo su débil retentiva.
Al abandonar el aula nuestras caras irradiaban la alegría bulliciosa de la libe¬
ración; sin considerar, ¡pobretes!, que al día siguiente debía renovarse el vapuleo,
entregando nuestras muñecas, no bien deshinchadas aún de las ronchas del día
anterior, a la terrible correa del dómine.
El educador que comienza pronto a castigar corre el riesgo de no acabar ja¬
más de castigar. El empleo exclusivo de la violencia, sin las prudentes alternati¬
vas de la bondad, de la indulgencia y aun del halago, embota rápidamente la sen¬
sibilidad, física y moral y mata en el niño todo resto de pundonor y de dignidad
personal. A fuerza de oirse llamar torpe, acaba por creer que lo es, e imagina que
su torpeza carece de remedio. Tal me ocurrió a mí y a muchos de mis camaradas.
Insultados y azotados desde los primeros días, y persuadidos de que aquel trato
carecía de término, hubimos de aceptar filosóficamente nuestro papel de pigres y
de víctimas, buscando el remedio en la adaptación al castigo. En nuestra inge¬
nuidad creíamos que la mejor manera de vengarnos era hacer lo contrario de lo
aconsejado por el dómine.
Aparte mis distracciones, adolecía yo de un defecto fatal, dado el régimen pe¬
dagógico imperante: mi retentiva verbal era infiel; faltóme siempre— y de ello ha-
42
S. RAMÓN Y CAJAL
blaré más adelante— esa vivacidad, seguridad y limpidez de palabra, signos ca-
racteristicos de los temperamentos oratorios. Y para colmo de desgracia, dicha
premiosidad exagerábase enormemente con la emoción. En cambio, mi memoria
de ideas, sin ser notable, era pasadera y regular mi comprensión. Mi padre habia
ya reparado en ello. Por lo cual solía prevenir a mis preceptores, diciéndoles:
—Tengan ustedes cuidado con el chico. De concepto lo aprenderá todo; pero no
le exijan ustedes las leccioues al pie de la letra, porque es corto y encogido de
expresión. Discúlpenle ustedes si en las definiciones cambia palabras empleando
voces poco propias. Déjenle explicarse, que él se explicará,— Desgraciadamente,
pocos profesores tuvieron en cuenta tan prudentes avisos; ¡jamás aguardaron para
juzgarme a que me explicara!...
El mal nace— según nota muy bien Herbert Spencer— de que el maestro de¬
biera ser exquisito psicólogo, cuando, por desgracia, no es otra cosa, por punto
general, que recitador rutinario de textos y de fórmulas tradicionales. Por ley de
herencia suele ejecutar en sus discípulos la mala obra que sus maestros le hicie¬
ron- Y al hablar así aludimos, no sólo a mis maestros de Jaca, sino a la mayoría
de nuestras instituciones de enseñanza. Pero de este grave defecto hablaré más
adelante.
Consecuencia de esta actitud docente es cierta equivocada apreciación de
las aptitudes; estímanse como cualidades relevantes y loables la sugestibili¬
dad y el automatismo nervioso; y como defectos vitandos dignos de corrección y
vituperio, la espontaneidad del pensamiento y el espíritu crítico, Norma común en
este linaje de maestros es tomar la viveza por despejo, la retentiva por talento y
la docilidad por virtud.
No he de negar yo, ciertamente, que la agilidad de la palabra y la retentiva tenaz
y pronta asócianse, a menudo, y presagian entendimientos privilegiados; es más,
estimo que 'no hay talento superior que no nutra sus raíces en el terreno de exce¬
lente memoria; pero, conforme acredita la experiencia, es también frecuente hallar
un tanto divorciados entendimiento y retentiva; circunstancia que no se escapó a
nuestro Huarte, el cual, en su Examen de ingenios, hace notar ya que los jóvenes
dptados de gran capacidad mnemónica y que aprenden fácilmente los idiomas,
suelen gozar de mediano intelecto para las ciencias y la filosofía. Fácil sería re¬
cordar otros testimonios, el de Locke, por ejemplo.
He consignado varias veces el pavor que nos infundía el padre Jacinto. Aun-
que sea insistiendo una vez más en el tema, recordaré cierto suceso que acredita
cuánta era la fuerza de aquel hombrón con sotana. A un infeliz, llamado Barba,
que amedrentado y aturdido había contestado no sé qué desatino, descargóle el
dómine tan formidable trompada, que lanzó al cuitado, a guisa de proyectil, con¬
tra una pizarra distante lo menos dos metros: la violencia del choque derribó el
encerado, rompió el caballete que lo sostenía, y del rebote de aquél y del volar
de las astillas de éste quedaron malparados dos pobres muchachos más.
Semejante régimen de intimidación y de castigos rigurosos daba resultados
contraproducentes. Nuestra conducta empeoraba de día en día. Se nos acostum¬
braba demasiado al bochorno y se embotaba el pundonor. Caíamos tan bajo que
perdíamos la esperanza y hasta el deseo de elevarnos. Para aquellos educan¬
dos el educador no era ya el guía paternal, sino el adversario que abusaba de sus
fuerzas y de cuya superioridad física sólo podían vengarse con la impasibilidad
y la desobediencia. Digan lo que quieran los partidarios de la ortopedia mo
ral, el empleo discreto y preferente del halago y de la persuasión con alegación
RECUERDOS DE MI VIDA
43
de los motivos racionales de cada mandato, y, sobre todo, la confianza fingida o
real en el talento potencial del niño, talento que sólo espera ocasión propicia para
manifestarse, constituyen recursos pedagógicos muy superiores a los castigos cor¬
porales.
Afortunadamente, hallaba yo en el cultivo del arte y en la contemplación de la
naturaleza grandes cdnsuelos. En presencia de aquella decoración de ingentes
montañas que rodean la histórica ciudad del Aragón, olvidaba mis bochornos, des¬
alientos y tristezas.
Porque el panorama del valle de Jaca es uno de los más bellos y variados que
nos ofrece la cordillera pirenaica. Al Norte cierra el horizonte, elevándose majes¬
tuosamente el Pirineo, coronado de perpetuas nieves; al Oeste, apartado de la
ciudad por fértil y amena llanura, asoma su robusta cabeza el monte Paño, en
cuya ladera occidental, regada más de una vez con agarena sangre, se abre la
cueva sagrada, que fue antaño cuna y altar de la independencia aragonesa; en el
lado oriental se columbran las montañas de Biescas, por cima de las cuales emer¬
gen, cubiertos de blanco sudario, los Picos de Panticosa y Sallent; y hacia el
Mediodía, cerrando el paso de las tibias auras de la tierra llana, yérguese hasta
las nubes el fantástico Uruel, mudo testigo de las legendarias hazañas de la raza,
y cuya roja cabeza parece mirar obstinadamente al Sur, como señalando al duro
almogávar el camino de las gloriosas empresas.
La cindad misma tenía para mí inefables encantos. Gustábame saborear las
bellezas de su vieja catedral, encaramarme en las murallas y explorar torreones y
almenas. ¡Cuántas veces, sentado en lo alto de un baluarte, y explorando la llanu¬
ra, a guisa de vigía medioeval, por las angostas ballesteras, daba rienda suelta a
mis ensueños artísticos, y me consolaba de mi soledad sentimental!... De cuando
en cuando, la aparición de una friolera lagartija o el vuelo del milano sacábame
del ensimismamiento, despertando mis aficiones de naturalista. Para estas corre¬
rías de tejas arriba, dábame grandes facultades la casa de mi patrón, cuyo huerto
lindaba con un torreón de la muralla.
Gomo es natural, en Jaca hallé también amigos y camaradas con quienes com¬
partir juegos y travesuras. País extremadamente frío el jaquense, nuestra diver¬
sión favorita consistía, durante el invierno, en arrojarnos a la cabeza bolas de
nieve, en cuya diversión tomaban parte hasta las señoritas, que disparaban sus
proyectiles a mansalva desde ventanas y balcones. Cuando los glaciales cierzos
del enero formaban grandes taludes de nieve junto a las murallas, nuestro predi¬
lecto deporte consistía en socavar en el espesor de aquélla corredores y aposen¬
tos. Otras veces, con nieve apretada, construíamos casas, roqueros castillos y
cavernas de trogloditas. El hábito de bregar diariamente con nieves y carámba¬
nos, bien pronto me hizo insensible al frío,’ endureciendo mi piel y adaptándome
perfectamente al riguroso clima montañés.
Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me interesaban tanto como los paseos
y excursiones solitarias. Una de mis jiras predilectas era bajar al río Aragón, corre¬
tear por los bordes de su profundo y peñascoso cauce, remontando la corriente
hasta que me rendía el cansancio. Sentado en la orilla, embelesábame contem¬
plando los cristalinos raudales y atisbando a través del inquieto oleaje los platea-
M
S. RAMÓN Y CAJAL
dos pececillos y los pintados guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente de
aígún peñasco desprendido de la montaña, intenté, aunque en vano, copiar fiel¬
mente en mi álbum ios cambiantes fugitivos de las olas y las pintadas piedras
que emérgían a trechos, cubiertas de verdes musgos.
A menudo, tras largas horas de contemplación, caia en dulce sopor; el suave
rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al resbalar sobre los guijarros, paraliza¬
ban mi lápiz, anublaban insensiblemente mis ojos y creaban en mi cerebro un
estado de subconciencia propicio a las fantásticas evocaciones. El murmullo de la
corriente adquiría poco a poco el timbre de trompa guerrera; y el susurro del
viento parecía traer de las azules playas del pasado la voz de la tradición, hen¬
chida de heroicas gestas y de doradas leyendas...
^ —Este es— pensaba a mi modo— el río sagrado del solar aragonés; el que
fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el que dió nombre a
un gran pueblo y hoy simbolizTa aún toda su historia. Nacido en los valles del
Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de frígidos veneros, crece caudaloso*
por el valle de Jaca y desagua generosamente en el Ebro. Así la raza montañesa,
que vegetó humilde, pero valerosa y libre, en los angostos valles pirenaicos, corrió
por el ancho cauce de la patria aragonesa, a su vez desembocada también, a im¬
pulsos de altos móviles políticos, en el dilatado mar de la patria española. Sus
frías corrientes templaron el acero de los héroes de la reconquista: ellas son acaso
las que, circulando por nuestras venas, templan el resorte de la voluntad obsti¬
nada de la raza...
Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado, descubrir sus fuentes, e
ibones y escalar las cimas del Pirineo, tentación perenne a mi codicia de panora¬
mas nuevos y de horizontes infinitos. «¿Qué habrá allí— me preguntaba a menu¬
do-tras esos picos gigantes, blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia
quizá, con sus verdes montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades?
¡Quién sabe si desde la ingente cumbre del C olí de Ladrones o de la cresta divi¬
soria del Sumpori no aparecerán lagos cristalinos y. serenos bordeados por altísi¬
mos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones se despeñen irisadas cascadas!
¡Qué asuntos^más cautivadores para un lápiz romántico!»... Por desgracia, carecía
de dinero y libertad para emprender tan largas y peligrosas excursiones.
Con todo, tan resuelto estaba-a saciar mi frenética pasión por la montaña, que
en una ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué, por encima de
Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero cercana la noche e informado
por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para ganar la cima, tuve
el disgusto de renunciar a la empresa, regresando mustio y cariacontecido.
Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del Uruel; mas sólo pude ganar,
falto de tiempo, las primeras estribaciones cubiertas de selvas seculares. En mi*
ansia de lopas aventuras, hubiera dado cualquier ’cosa por topar con algún oso o
jabalí descomunales, o siquiera con inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en
mis esperanzas, retorné a casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de
ropa y zapatos, y, lo que más me desconsolaba, sin poder contar a los amigos nin¬
gún lance extraordinario.
De alguna otra excursión, harto más larga y cómoda, como por ejemplo la
hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna ocasión. ’
CAPÍTULO IX
CONTINÚAN MIS DISTRACCIONES.-LOS ENCIERROS Y AYUNOS. -EXPEDIENI ES USA¬
DOS PARA ESCAPARME.-MIS EXÁMENES-RETORNO A AYERBE Y VUELTA A I AS
ANDADAS
Dejo apuntado ya en otra parte, que no sentía la, menor afición por los estu¬
dios llamados clásicos, y singularmente por el latín, la filología y la gra¬
mática. Vivía aún en esa dichosa edad en que el niño siente más admira¬
ción por las obras de la Naturaleza que por las del hombre; época feliz cuya única
preocupación es explorar y asimilarse el mundo exterior. Mucho tiempo debía
transcurrir aun antes de que esta fase contemplativa de mi evolución mental ce¬
diera su lugar a la reflexiva, y pudiera el intelecto, maduro para la comprensión
de lo abstracto gustar de las excelencias y primores de la literatura clásica, las
“m?s^ad:“ tardíamente, como
Por entonces pues, más que el insufrible martilleo de las conjugaciones y las
enrevesadas reglas de la construcción latina, atraíanme, según dejo consignado
los pintorescos alrededores de la ciudad, cuya topografía general (carreteras, cai
ri^fd^edma’ ^ ^ y ^
Hombre de tesón el padre Jacinto, había dado palabra solemne de domar el
potro y se propuso cumplirla a todo .trance. Se] imponía, empero, un cambio de
t™nad f los castigos, contra los cuales hallLame perfectLen-
^ vacunado, acordaron los domines ensayar conmigo la pena del ayuno. Todas
mis faltas constaban en un libro especial llevado por uno de los alurínós mima¬
dos, el primero del bando cartaginés. Desgraciadamente, mis débitos crecían de
continuo, y no, pudiendo ser pagados sino a razón de ayuno por día, temióse
fundadamente que el curso entero fuera insuficiente para enjugar el déficit. Al
objeto, pues, de aligerar la deuda, conmutáronse algunos ayunos por sendas
tandas de correazos y aun por exhibiciones afrentosas; mas todos los arbitrios
fueron vanos. Estábamos en abril y mi deuda apenas había disminuido, no obs¬
tante lo macizo de mis espaldas y las torturas de mi estómago.
Cada día, como dejo dicho, debía cumplir mi condena. Al acabar la clase se
me encerraba en el aula, quedándome sin comer hasta la noche. Poco a poco me
transforme en comensal veinticuatreno. Al principio, mi estómago protestó algo-
^ piel, acabó por acomodarse. Enmienda, ni pizca'
iQue digo. Ocurrió todo lo contrario. Discurriendo con la lógica del pigre con-
s.deré que, Legado al Itaite de la pena, Igual daba peca, por que pl" dentó.
46
S. RAMÓN Y CAJAL
Y puesto que el fallo irremediable — el temible sus/je/zso — teníalo descontado
acabé por echarme la vergüenza a la espalda, y díme con furia a enredar y hablar
en clase, a distraer a mis camaradas con caricaturas grotescas, y a tramar, en fin,
todo género de burlas y desafueros.
Con todo eso, transcurridos algunos meses del citado régimen dietético, refle¬
xioné si no sería posible retornar alguna vez al ritmo alimenticio natural, comien¬
do a medio día como todo el mundo, y evitando así la dilatación estomacal, obli¬
gada consecuencia de concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o me¬
nos recalentado, las materias de dos yantares y de dos digestiones. El proyecto
merecía ensayarse y se ensayó.
En efecto, aprovechando un día la falta de vigilancia de los claustros, motivada
por suculento banquete con que los padres celebraban no sé qué fiesta, probé
mover el muelle de la cerraja de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero
sirvióme de palanca; cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de ron¬
dón. ¡Eureka!... Había descubierto el secreto de comer diariamente. Al presentar¬
me en casa sorprendí mucho a mi patrona, que se había acostumbrado ya a supri¬
mir mi parte de la común refacción.
Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A pesar de mi cautela, averi¬
guáronse mis escapadas, y castigóseme rigurosamente, haciéndome pasar, además,
por la afrenta de vestirme de rey de gallos.
Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó con mitra descomunal, or¬
nada de plumas multicolores. Parecía un indio bravo. Mi cínica tranquilidad al ser
paseado por entre los camaradas exasperó al padre Jacinto, que me añadió de
propina algunos cachetes y pescozones. Yo le miraba frío, iracundo, sin pestañear.
Mi rencor, o si se quiere, mi dignidad ultrajada, no me consintió llorar y no lloré.
¿Qué venganza mejor podía tomar contra mis opresores?
En los días siguientes cambióse la cerraja, y arreció la vigilancia de tal mane¬
ra, que todos mis arbitrios quedaron frustrados.
Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes se olvidaron de libertarme
al anochecer, y así hube de pasar la noche en el aula, acostado en un banco, tiri¬
tando de frío, sin comer ni beber en treinta y dos horas. Al día siguiente, acabada
la clase, dejáronme ir a comer, excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me
irritó la negligencia de mis guardianes.
Juré no sufrir nuevamente trance semejante; y así, durante las horas del pró¬
ximo encierro, díme a imaginar el modo de librarme de una vez de mis cuotidianas
gazuzas. El aula donde se me encerraba estaba en el piso primero y tenía ancho
ventanal, que daba al jardín del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por
la ventana y exploré la topografía del, jardín, la altura de las tapias y la posición
de los árboles. Este rápido examen sugirióme un plan osado y peligroso, pero fac¬
tible, que debía poner en práctica al siguiente día: consistía en convertir la pared
por debajo de la ventana, en una especie de escalera de estacas y, de grietas, qué
permitiera descender desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al
muro. Para realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las ta¬
pias del cercado, crucé los paseos del huerto y llegué hasta el pie del muro oué
soportaba mi cárcel, trepé en seguida hasta lo alto del emparrado y encaramé
en sólido madero, descarné en dos o tres parajes las junturas de loé ladrillos fiia °
do, para mayor seguridad, dos cortas estacas a diversas alturas. Mi plaé sah"
a pedir de boca. °
Al siguiente día, y cuando los escolapios yantaban en el refectorio, escabuUíme
BECUERDOS DE MI VIDA
47
apoyando los pies en las grietas y estacas del muro, gané el jardín, metíme en
cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin, reanudar triunfante la salutífera
costumbre de comer en casa, con gran sorpresa de mi tío, que, teniendo pésimos
informes de mí, extrañó tan rápido arrepentimiento. Para evitar sospechas, una
vez saboreado el condumio, y antes de que mis profesores terminaran las pláticas
de sobremesa, me restituía a mi encierro, donde a la tarde me encontraban con
aire plácido y resignado.
Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo. Orgulloso estaba de mi inven¬
ción, por cuya virtud había regularizado el régimen digestivo. Pero el diablo, que
todo lo enreda, hizo que algunos de pis camaradas, casi tan torpes como yo, y a
quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro, averiguasen mi
procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo, sin estudiar a fondo la
topografía del huerto y los accidentes del muro. Anticipada contra mis consejos
la hora de la liberación, se enredaron en el juego de estacas' de:la pared, y cogidos
in fraganti, precisamente en el momento de ganar el patio, fueron severamente
castigados, confesando su delito y el plan de ejecución. Y los ingratos delataron
al inventor de la traza.
La indignación de los frailes contra mí fué enorme; hablaban de expulsarme y
de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba yo al presumir las terri¬
bles represalias. Al fin dejé de asistir a clase y escribí a mi padre lo que pasaba.
No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer mi desaplicación, y el tris¬
te concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado estuvo por abandonarme
a la indignación de los dórnines, caso de que éstos consintiesen en admitirme en
el colegio. Sin embargo, sus sentimientos de padre se sobrepusieron a todo, y es¬
cribió a los escolapios rogándoles que cediesen algo en sus rigores para conmigo,
-en consideración a mi salud gravemente quebrantada por el régimen de los dia¬
rios ayunos y de las correcciones harto contundentes.
Al efecto moral de la carta se juntó también la recomendación verbal de mi
tío, que tenía alguna amistad con los 'dómines. Los citados ruegos produjeron
impresión; en todo caso cesaron mis encierros. Las campanas de mis tripas to¬
caron a gloria. Tuve, pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme
como todo el mundo, aunque tan desusado régimen cogiera de nuevas a mi estó¬
mago, resignado ya a funcionar por acumulación y a grandes intervalos, cual
molleja de buitre.
Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal desenlace. El suspenso parecía
irremisible. Mas a fin de parar el golpe, si ello era posible, mi progenitor buscó
recomendaciones para tos catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incum¬
bía la tarea de examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era don Vicente Ven¬
tura, gran amigo suyo. Este redentor mío estaba agradecido y obligado a las proe¬
zas quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a su mujer de gravísima dolencia
que exigió peligrosa intervención.
Llegado el examen, propusieron los frailes, según era de prever, mi suspensión;
pero los profesores de Huesca, apoyados en un criterio equitativo, y recordando
que habían sido aprobados alumnos tan pigres o más que yo, aunque bastante
más dóciles, lograron mi indulto.
CAPITULO X
MI REGRESO A AYERBE.— NUEVAS HAZAÑAS BÉLICAS.— EL CAÑÓN DE MADERA.
TRES DÍAS DE CÁRCEL.— EL MOSQUETE SIMBÓLICO
CUANDO regresé a Ayerbe en las próximas vacaciones, mi pobre madre
apenas me reconoció: tal me pusieron el régimen del terror y el laconis¬
mo alimenticio. De mí podía contarse con verdad cuanto Quevedo dice
en su Gran Tacaño de los pupilos del dómine Cabra. Seco, filamentoso, poliédrica
la cara y hundidos los ojos, largas y juanetudas las zancas, afilados la nariz y el
mentón, semejaba tísico en tercer grado. Gracias a los mimos de mi madre, a la
vida de aire libre y a la suculenta alimentación, recobré pronto las fuerzas. Y,
viéndome otra vez lustroso y macizo, volví a tomar parte en las peleas y zalagar¬
das de los chicuelos de Ayerbe.
En aquel verano mis juegos favoritos fueron los guerreros, y muy especial^
mente las luchas de honda, de flecha y de boxeo.
Pronto las encontré sosas e infantiles. Yo acariciaba más altas hazañas:
aspiraba al cañón y a la escopeta. Y rae propuse fabricarlos fuese como fuese.
Para dar cima a la ardua empresa, tomé un trozo de viga remanente de cierta obra
de albañilería hecha en mi casa, y con ayuda de gruesa barrena de carpintero, y a
fuerza de trabajo y de paciencia, labré en el eje del tronco un tubo, que alisé des¬
pués todo lo posible a favor de una especie de sacatrapos envuelto en lija. Para
aumentar la resistencia dél cañón, lo reforcé exteriormente con alambre y cuerda
embreada; y a fin dé evitar que, al cebar la pólvora, se ensanchase el oído y salie¬
se el tiro por él, lo guarnecí mediante ajustado canuto de hoja de lata desprendido
de vieja alcuza. .
Engreído y satisfecho estaba con mi cañón, que encomiaron extraordinariamen¬
te los amigos; todos ardíamos en deseos de ensayarlo. Fué mi intención añadirle
ruedas antes de la prueba oficial; pero mis camaradas no lo consintieron: tan viva
era la impaciencia que sentían por cargarlo y admirar sus formidables efectos.
Después de madura deliberación, decidimos izar el cañón por encima de las
tapias de mi huerto y ensayarlo spbre la flamante puerta de vecino cercado, puerr
ta que daba a cierto callejón angosto, bordeado de altas tapias y apenas fre¬
cuentado.
Cargóse a conciencia la improvisada pieza de artillería, metiendo primero buen
puñado de pólvora, embutiendo después recio taco y atiborrando, en fin, el tubo
de tachuelas y guijarros. En el oído, relleno también de pólvora, fué fijada larga
mecha de yesca.
RECUERDOS DE MI VIDA
Los momentos eran emocionantes y la expectación ansiosa. A favor de un fós¬
foro puesto en un alambre prendí fuego al cebo, hecho lo cual nos retiramos to¬
dos, con el corazón palpitante, a esperar, a prudente distancia, la terrible ex¬
plosión.
El estampido resultó horrísono y ensordecedor; pero contra los vaticinios de los
pesimistas, el cañón no reventó; antes bien desempeñó honrada y dócilmente su
contundente función. Un ancho boquete abierto en la puerta nueva, por el cual,
airada y amenazadora, asomó poco después la cabeza del hortelano, nos reveló
los efectos materiales y morales del disparo, que, según presumirá el lector, no
fué repetido aquel día. Excusado es decir que pusimos pies en polvorosa, aban¬
donando en la refriega el cuerpo del delito. Gran suerte fué que la puerta, desba¬
ratada y entorpecida por la lluvia de astillas, no acertase a girar en seguida, no
obstante las furiosas sacudidas del colérico huertano. Merced a tan feliz circuns¬
tancia, le tomamos gran ventaja en la carrera, aunque' no tanta que dejaran de
trompicarnos éralas piernas algunas piedras lanzadas por el energúmeno.
Mi travesura tuvo para mí, de todos modos, consecuencias desagradables. El
bueno del labrador querellóse amargamente al alcalde, a quien mostró la pieza
de convicción, o sea el pesado madero con que fué ejecutada la hazaña.
El monterilla, que tenia también noticias de otras algaradas mías, aprovechó la
ocasión que se le ofrecía para escarmentarme; y viniendo a mi casa en compañía
del alguacil, dió con mis huesos en la cárcel del lugar. Esto ocurrió con beneplá¬
cito de mi padre, que vió en mi prisión excelente y enérgico recurso para corre¬
girme; llegó hasta ordenar se me privase de alimento durante toda ia duración del
encierro.
Yo protesté durante el camino contra los muchos rumores calumniosos que
corrían sobre mí. Casi todos los delitos que se me imputaban habíanlos cometido
otros granujas. No negué el disparo hecho sobre la puerta; pero me excusé diciendo
que no creí jamás producir tamaño destrozo; y en fin,' alegué la falta de equidad
que resultaba del hecho de purgar solamente yo faltas cometidas entre varios
camaradas.
Pero no me valieron excusas, e incontinenti diose cumplimiento a la sentencia
municipal. Al oir el rechinamiento del cerrojo, que me recluía quién sabe hasta
cuándo; al sentir el rumor, cada vez más lejano, de las pisadas de mi carcelero ;
quebró mi serenidad. Comprendí al fin que mi encierro constituía formal condena.
De mi estupor sacáronme luego los pasos de gente que se acercaba^a la cárcel;
pronto una caterva de chicos y mujeres se agolpó al pie de las rejas para con¬
templar y burlarse del preso. Esto no lo pude sufrir y, saliendo de mi apatía, aga¬
rré un pedrusco y amenacé con descalabrar a cuantos se encaramaran en la reja
Supe entonces, y en bien temprana edad (once años), cuán exactas son aque¬
llas tan conocidas expresiones con que Cervantes encarece las molestias que
amargan la existencia del prisionero; allí, en efecto, «toda incomodidad tiene su
aliento, y todo triste ruido su natural habitación».
Libre ya de la rechifla de curiosos, parecióme necesario explorar ''el hediondo
recinto. Después de asegurarme de la solidez de la puerta y de la imposibilidad
de forzar los cerrojos, noté con disgusto que mi lecho se reducía a jergón de paja
mohosa, donde crecían y medraban flora y fauna desbordantes. Aquel hervor de
vida hambrienta puso pavor en mi ánimo. Porque allí extendía sus'obscuros tapi¬
ces el aspergillus niger, y campaban por sus respetos la pulga brincadora, la noc¬
támbula chinche, el piojo vil, y hasta la friolera blata orientalis, plaga de cocinas
4
50
S. RAMÓN Y CAJAL
y tahonas. Todos estos comensales, que esperaban hacía meses el siempre apla¬
zado festín, parecieron estremecerse de gusto al olfatear la nueva presa.
Jungando demasiada simpleza alimentar con mi pellejo a tanto buscón ham¬
briento, llegada la noche, me tendí sobre las duras losas, en paraje relativa¬
mente limpio. Y aunque asombre mi tranquilidad, confesaré que dormí algo, a
despecho del cosquilleo sentido en el vacío estómago y de las tristes ideas que
cruzaban por mi cabeza.
Así transcurrieron tres o cuatro días. Lo del ayuno, sin embargo, fué pura ame¬
naza; y no porque mi padre se arrepintiese de la dura sentencia fulminada, sino
por la conmiseración de cierta buenísima señora conocida nuestra, doña Bernar¬
dina de Normante, la cual, de acuerdo sin duda con mi madre, forzó la severa
consigna, enviándome, desde. el siguiente día del encierro, excelentes guisados y
. apetitosas frutas. El bochorno de mi situación no fué parte a desairar la cariñosa
solicitud de doña Bernardina; a gloria me supieron, pues, las chuletas, tortas,
sequillos y cascarañas (1). Con ser muy sincero el remordimiento que sentía, bien
sabe Dios qué no me privó del apetito.
Se equivoca de medio a medio el paciente lector si presume que el pasado
percance me haría aborrecer las armas de fuego; al contrario, sobrexcitó mi incli¬
nación a la balística. Redujese el escarmiento a ser más cauteloso en ulteriores
fechorías. Se fabricó otro cañón, que disparamos contra una terrera; pero esta vez,
cargada el arma hasta la boca, reventó, como un barreno, sembrando el aire de
astillas. Eramos incorregibles.
En fin, si no temiera aburrir soberanamente al lector, contaría detalladamente
un lance de que nos salvamos milagrosamente. Para este nuevo experimento
empleóse larga espita de bronce cargada hasta la boca. Mas en vez de salir el tiro
por la boca, estalló el cañón en mil fragmentos; y, a. pesar de las precauciones
tomadas, ambos hermanos fuimos heridos levemente. Ignoro cómo no perdí la
vista, pues una partícula metálica penetró en un ojo, produjo seria inflamación y
dejó en el iris señal indeleble. Ni aun este percance entibió mi admiración por la
pólvora. Sólo que en vez de usar cañones de madera, dimos en agenciarnos esco¬
petas de verdad.
Nuestro gozo mayor era salir al campo armados de cierto escopetón, que dispa¬
rábamos contra los pájaros, y cuando no los había, sobre piedras y troncos de
árboles. Claro es que mi padre tenía encerrada su magnífica escopeta de caza,
amén de las municiones; pero nuestra industria lo suplía todo. He aquí cómo nos
procuramos el arma codiciada.
Corrían tiempos de represión política. Un Gobierno suspicaz y receloso, que
veía conspiradores por todas partes, perseguía y encarcelaba a cuantos gozaban
fama de liberales o eran sospechosos de mantener inteligencia con los generales
desterrados. Operaciones frecuentes eran la colecta de armas y requisa de caballos.
. Escarmentado mi padre por la incautación abusiva de cierta magnífica esco¬
peta, cándidamente entregada a la Guardia civil, se proporcionó un escopetón
enorme, roñoso, qne debió de ser de chispa, pero desprovisto de portapedernal y
por consiguiente inútil. Tal era el arma que mi padre conservaba para las requi¬
sas. No hay que decir cuán fielmente le era siempre devuelto el inofensivo mos¬
quete, pasadas las jaranas.
* Este era el fusil que nos propusimos a utilizar mi hermano y yo en excursiones
(l) Sabrosas tortas fabricadas en Ayerbe y otros pueblos del Alto Aragón.
RECUERDOS DE MI VIDA
51
y cacerías. Púsele una especie de llave de latón, portadora de yesca encendida;
arreglé.Ia cazoleta, limpié el cañón y el oído, fabriqué la pólvora necesaria, hice
balines y perdigones con trozos de plomo; y, una vez listos todos los preparativos,
nos lanzamos al cobro de.pájaros, perdices y conejos.
Orgullosos estábamos con nuestra arcaica carabina, que no hubiéramos cam¬
biado por la mejor escopeta del mundo; imaginábamos, además, en nuestro infan¬
til candor, que aquella arma formidable nos daba aspecto terrible. Recuerdo que
una vez, en las afueras, cierto grandullón me amenazó con una tercerola; pero yo,
lejos de intirnidarme, le encañoné con mi imponente trabuco. El efecto fué instan¬
táneo: a la vista de la anchurosa boca del arma, que amenazaba vomitar una nube
de metralla, nuestro bravo se escurrió prudentemente. Si mi contrario dispara,
apurado me hubiera visto para contestar.
Nada más cómico que nuestro talante cuando nos descolgábamos por las bar¬
das del huerto uncidos a nuestro pesadísimo escopetón y emprendíamos la cami¬
nata en busca .de aventuras.
En cuanto columbrábamos' un pájaro, hacíamos alto; encendía yo la mecha; en¬
filaba el armatoste hacia el ave; bajaba gravemente el gatillo, es decir, la porción
inferior del pcrtamechas: comenzaba entonces en la cazoleta cierto chisporroteo
de pólvora mojada, y, finaimente, transcurrido medio minuto o más, y cuando ya
el pájaro había volado, producíase la espantable detonación, que nos llenaba de
admiración y de orgullo.
¡Hermosa candidez de la infancia! ¡Qué felices nos sentíamos con aquel esco¬
petón inofensivo! Jamás matamos nada, y, sin embargo, habíamos puesto en él las
más gratas esperanzas y el más férvido entusiasmo. Verdad es que, en la edad
adulta, ocurre casi lo mismo.
En el fondo de mi afición a las armas de fuego latía, aparte el ansia de emo- ,
ción, admiración sincera por la ciencia y curiosidad insaciable por el conocimiento
délas fuerzas naturales. La energía misteriosa de la pólvora causábame indefinible
sorpresa. Cada estallido de un cohete, cada disparo de un arma de fuego, eran
para mí estupendos milagros. ,
Falto de dinero para comprar pólvora, procuré averiguar cómo se fabricaba. Y,
al fín, a fuerza de probaturas, salí con mi empeño. Proporcionábame el azufre en
la tienda, el nitro en la cueva de la casa y el carbón en las maderas ligeras cha-
.muscadas. Obtenida la mezcla, graneábala con exquisito cuidado y la secaba al
sol; menos una vez que, impacientándome la excesiva humedad de la atmósfera,
puse el cacharro con los ingredientes en baño maría, y quiso el diablo que una
chispa prendiera en la pólvora, no del todo seca, produciendo grande llamarada.
Afortunadamente, todas estas operaciones de alquimia las hacía en el tejado de la
casa para descartar indiscreciones; de ser ejecutadas en las habitaciones, ¡Dios
sabe lo que hubiera podido ocurrir! ♦
CAPITULO XI
* CONTINUARAS ESTUD.OS.-EXPLORA-
r.-“ E^órAoE^so™^ “~-
F"enseLTz a de SS <>«1 método de
enseMnza de ios frailes, resolvió, por fin, trasladar mi matrícula al Instituto
y acaso con raata "T.TT 'T é' =>utor de mis días créía-
Ltin su tajo, alejado de los Escolapios, no dominaría jamás el
isSIlspi
había enseñado que el prestieio social riel méa- ^ xpenencia de la vida le
Cía, de su „rba„¿ad, 1“ ^rdetL^trsTso»^^^ T'
general. Extraña coincidencia fuera que los talentos alimentados pn’l cultura
sTs ^"os'de 5“"“^ escritoresy oradores y. algunas
tlon^mutstaTnltLS* Pot^ ^ías ges-
reino de Aragón, donde me instaló en modesta^ caTfdeW'^
quieta, albergue y paradero habitual de sacerdLs y seSnaSf ^ '
cerca de la catedral, en el llamado arco dci nh,\r. ^ seminaristas. Estaba situada
patrona viuda muy re.iglosaTde ^
aferots.t‘Tuerr, 'IrTZrX <17:'““ ^
que seguía con provecho la carrera eclesiástica v don T ^ muchacho
Ayerbe, rebotado de cura, pero listo y bTen A
nuestro, confió mi padre el cometido de tomarme diariamente í
ciarme en la traducción y de no dejarme dTla In^wf ^
des de la concisa y expresiva lengua de Horacio y de Virehio^”^'"^’' dificulta-
Huelga decir con cuánta alegría y satisfacción h-,.^ • x
antiquísima Osea, ilustrada por las hazañas de sSertorio Contr h ^ ^
te a mi alborozo la descripción encomiástica que unos'esrifdi??''?
hicieron del Instituto y de la ciudad. Por ellos suoe nu^ i ^ Ayerbe me
se ocupaban en pegar a sus discípulos, así soltasen^s j ® de latín no
RECUERDOS DE MI VIDA
53
que los alrededores de la ciudad eran sumamente pintorescos y a propósito para
alegres correrías. Mucho me complació comprobar personalmente las entusiastas
narraciones de mis camaradas. Dados mis gustos, mis primeras visitas fueron,
naturalmente, para las famosas eras de Cáscaro, ejido de la ciudad, y habitual pa¬
lenque de juegos, luchas y algaradas estudiantiles; las frondosas alamedas y sotos
del Isuela, paraíso de mariposas y pájaros, entre los cuales brillaba la elegante
oropéndola; y, en fin, las vetustas y carcomidas murallas, teatro habitual de ex¬
pansiones guerreras de granujas y estudiantes.
Regresado mi padre, y dueño absoluto de mi voluntad y de unos cuantos reales,
fué mi primera providencia comprar papel y caja de colores, a fin de traducir a la
acuarela mis novísimas impresiones artísticas.
A los doce años, la brusca inmersión en lá vida ciudadana constituye revolu¬
cionaria lección de cosas y fermento generador de nuevos sentimientos. Todo es
diferente, cualitativa y cuantitativamente, entre la aldea y la urbe: las calles se
alargan y asean; las casas se elevan y adornan; el comercio se especializa, tentando
con mil deliciosas chucherías al candoroso lugareño y al goloso zagalón; las sobrias
iglesias románicas se transforman en suntuosas catedrales; en fin, por primera vez,
las librerías aparecen: con ellas se abre uña amplia ventana hacia el Universo.
Ante el nuevo y variado espectáculo, enriquécense, a la par, la sensibilidad y
el entendimiento. A los' tipos del campesino, del cura y del maestro — las solas
formas de humanidad visibles en la aldea — , añádense ahora infinidad de especies
y variedades profesionales, antes ignoradas. .En suma: el horizonte intelectual del
niño se dilata en el espacio, porque reclama su atención muchedumbre de novísi¬
mas realidades, y en el tiempo, porque toda ciudad constituye; según es notorio,
archivo de recuerdos históricos. Que si la aldea es la concha donde vegeta el pro-
toplasma de la raza, sólo en la ciudad anida el espíritu.
Ante el torrente abrumador de las nuevas impresiones necesita el jovenzuelo
habilitar territorios cerebrales antes en barbecho. Signo revelador de la gran crisis
mental, de esta lucha funcional librada en la mente entre las viejas y las nuevas
adquisiciones, es el aturdimiento que nos embarga en los primeros días de la ex¬
ploración de una ciudad. Al fin, el orden se establece. Acabada la acomodación
plástica, la organización cerebral se enriquece y refina; se sabe más y se Juzga
mejor. Por donde se ve que no se apartan mucho de la verdad quienes relacionan
la capacidad intelectual de un hombre con la dimensión de la ciudad donde trans¬
currieron su niñez y mocedad. La robustez de la planta depende en buena parte
de la amplitud de la maceta.
Muy lejos estaba yo entonces de hacerme las precedentes reflexiones. Mi sen¬
sibilidad sobrexcitada me arrastraba irremisiblemente a curiosear las cosas más
que los hombres. Y guiado por mi nativa inclinación romántica, comencé mis ex¬
ploraciones por los monumentos de la vieja ciudad, para cuyo estudio sirvióme
de mucho la hermosa obra de Quadrado, Recuerdos y Bellezas de España, infolio
que figuraba en la biblioteca del Instituto, y cuyas preciosas descripciones y artís¬
ticas litografías me tenían cautivado.
Sin llegar a la soberana majestad de los templos góticos de Burgos, Salaman¬
ca, León y Toledo, la catedral oscense es admirable creación del arte ojival, digna
de atraer la mirada del artista. La elevada torre del reloj, que franquea la hermosa
fachada labrada en el siglo xiv por el vizcaíno Juan de Olózaga; la majestuosa
puerta gótica, guarnecida por siete ojivas de amplitud decreciente, decoradas
con esculturas de apóstoles, profetas y mártires, y separadas por ñoridos doseles y
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S. RAMÓN Y CAJAL
pedestales; el frontón triangular, adornado por colosal rosetón que semeja filigrana
de piedra; la elevación inusitada de la nave central y del crucero; lo esbelto y atre¬
vido de las columnas, cuyos capiteles se descomponen hacia la bóveda en nervia-
duras caprichosamente entrelazadas; los arabescos y calados primorosos de los
capiteles y rosetones; y, sobre todo, la insuperable creación del escultor Forment,
o sea el maravilloso retablo de alabastro, que se diría encaje sutil fabricado por
hadas, llenóme de ingenua y profunda admiración.
Impresión bien diferente prodújome la visita a la iglesia de San Pedro el viejo,
la más antigua quizá de todas las oscenses. Es tradición que sirvió de capilla a
los mozárabes durante los luctuosos tiempos de la-conquista musulmana. Trátase
de antiquísima fábrica bizantina, sobria de adornos y baja de bóvedas, pero firme
y robusta cual la fe de sus fundadores.
No sin cierto religioso recogimiento me aventuré por. sus lóbregos y misterio¬
sos claustros,, carcomidos por la humedad y medio enterrados por los escombros.
A la mortecina luz de una lámpara contemplé los sarcófagos donde duermen su
sueño eterno algunos reyes e infantes de Aragón, entre ellos el rey monje, sombrío
protagonista de la leyenda de la famosa campana.
x\llí, en medio de aquellas ruinas emocionantes, al reparar en lo borroso de las
inscripciones, en el desgaste y desmoronamiento de las marmóreas lápidas, hirió ,
quizá por primera vez, mi espíritu el pensamiento desconsolador de lo efímero y
vano de toda pompa y grandeza. Allí sorprendí de cerca ese perpetuo combate
entre el espíritu que aspira a la eternidad y los impulsos ciegos y destructores de
los agentes naturales.
En pos del examen de los monumentos importantes, vino la exploración de otros
edificios evocadores de recuerdos históricos: las antiguas murallas, carcomidas por
la humedad y engalanadas de céspedes, ortigas e higueras salvajes, y desde cuyoS
baluartes, conservados en parte, es tradición que partió la agarena flecha que hirió
mortalmente a Sancho Ramírez durante el asedio de la ciudad; el alcázar de los
antiguos reyes aragoneses, convertido en Universidad por Pedro IV y hoy trans¬
formado en Instituto provincial, y*en cuyos lóbregos sótanos se conserva todavía
la célebre campana, donde, según la leyenda, ordenó el rey monje el sacrificio de
la levantisca nobleza aragonesa; las Casas Consistoriales, coronadas de altos to¬
rreones, y en cuyas estancias dictaba antaño sus fallos el Justicia de la ciudad; la
románica iglesia de San Miguel, que se levanta en la margen derecha del Isuela,
y en cuyo soportal administraban justicia, en no muy alejados tiempos, los jura¬
dos; la histórica ermita de San Jorge, emplazada en el campo de batalla de Alcaraz,
conmemorativa del triunfo logrado por los cristianos sobre los agarenos; la barroca
y grandiosa iglesia de San Lorenzo, erigida en honor de los santos mártires; el
modesto santuario de Cillas, situado no lejos de la fuente de la Salud, preferente
lugar de esparcimiento de los oscenses; y, en fin, el imponente castillo de Monte-
Aragón, frontera y baluarte avanzado contra la morisma en los primeros años de
la reconquista, y cuyos rojizos y arruinados muros, rasgados por grandes venta¬
nales, parecen conservar todavía el calor del terrible incendio que dió- en tierra
con la grandiosa fábrica.
Pero dando de mano a estas vulgares noticias y recuerdos históricos, es ya
ocasión de que hable algo de .mis profesores y camaradas.
Don Antonio Aquilué, maestro profesor de latín, era todo lo contrario del terri¬
ble padre Jacinto. Laborioso, pero muy anciano, bondadoso y casi ciego, carecía
de la indispensable entereza para luchar con aquellos diablillos de doce años. Allí
RECUEBDOS DE Mi: VIDA
55
se alborotaba, se hacían monos, se leían novelas y aleluyas, se fumaba, se dispa¬
raban papelítos, se jugaba a las cartas../ en fin, se hacía todo menos prestar aten¬
ción a la dqcta y pausada disertación del maestro, que se desgañitaba para dejar¬
se oir en medio de aquellá baraúnda. . .
Referir menudamerite la diabluras que allí se ejecutaban sería cuento de nunca
acabar, y repetir además cosas harto sabidas y vulgares. Como muestra, referiré
la pesada broma de cierto alumno, que soltó en clase una Caja llena de rátohés,
cuya huida desesperada sembró el desorden en el aula. Llegado el buen tiempo,
surcaban el aire, arrojados por manos invisibles, pájaros y hasta murciélagos.
Otras veces, la emprendíamos con las antiparras o la chistera del dómitie, las cua¬
les, prendidas del hilo que sostenía un píllete, abandonaban suav'érhente la plata¬
forma, pareciendo asentir, según el capricho del desvergonzado discípulOj á las
razones del profesor. Impelidas por arcos de goma volaban hacia la plataforma
bolitas de papel, que rebotaban a menudo, ya en el birrete, ya en lá calva dél ve¬
nerable anciano, quien más de una vez, indignado y furioso por tanta desconside¬
ración y cinismo, echábanos con cajas destempladas a la cálle...
Distaba yo mucho de ser impecable, pero no figuraba entre los más audaces e
insolentes. Cierta compasión hidalga hacia aquel santo varón, todo bondad y can¬
didez, enfrenaban mis maleantes iniciativas. Con todo eso, debí purgar más de
una vez, en unión de camaradas más descarados, faltas colectivas en cierta cárcel
escolar, especie de cuadra, dispuesta desde hacía tiempo para encerrar durante
veinticuatro horas a los revoltosos más contumaces. Cuando esto ocurría, lejos de
aburrirme, servíame el encierro para dar rienda suelta a mis delirios pictóricos
dibujando con tiza y carbón en las paredes batallas campales entre bedeles y
alumnos, en las cuales llevaban los primeros, según presumirá el lector, la peor
parte.
Por notable e instructivo contraste, en la cátedra del profesor de Geografía no
chistaba nadie. Era éste un señor rubio, joven, de complexión recia, perspicaz de
sentidos, austero y grave en sus palabras y severísimo y justiciero en los exáme¬
nes. Inspirábanos veneración y temor. El alumno que enredaba y se distraía cuchi¬
cheando con sus camaradas, era arrojado inmediatamente del aula. Nos refrenaba
el saber que las faltas de atención y de respeto eran registradas cuidadosamente
y que, a menudo, costaban un suspenso. Explicaba con llaneza, claridad y método,
y sus lecciones acabaron por interesarnos.
Aunque llegaba yo preparado por las enseñanzas paternas, saqué mucho par¬
tido de las explicaciones del para lo cual favorecióme sobremanera mi
afición al dibujo, pues el profesor, excelente pedagogo, nos hacía copiar del Atlas
señalado de texto islas y continentes, ríos, lagos y cordilleras. De este modo se
fijaba nuestra atención y se vigorizaba la representación mental de los objetos.
Tan de mi gusto resultó este método de enseñanza y tales progresos hice, que en
un santiamén cubría un papel con el mapa de Europa, trazando de memoria el
contorno de muchas naciones con sus provincias, sin atascarme siquiera en la
complicada geografía de la confederación germánica ni en la enrevesada de las
Repúblicas hispanoamericanas. '
El diverso comportamiento de los escolares eii las dos citadas asignaturas me
reveló dos hechos, que posteriores observaciones han confirmado plenamente: Es
el primero, que el instructor de alumnos de diez a catorce años debe ser forzosa¬
mente joven, enérgico y expedito de sentidos; los ancianos, por sabios que sean
resultan víctimas lastimosas de la desconsideración e insolencia de mozalbe-
56
S. RAMÓN Y CAJAL
tes, para quienes la quietud y compostura constituyen verdadero suplicio Es el
segundo, que los educandos demasiado ¡dvenesImuLlranse poco propias salvo
Ir >' "■ateuráMcal S61o elle-
a”nsorfurd! Ta evS™ ^ ® “ 'a muscular y
sensorial de la existencia, a soportar a pie firme largas tiradas de verbos latinos
rregulares y sartas inacabables de binomios y polinomios. Todo esto llega a inte
resar, pero más adelante, desde los catorce o quince años ^
recto enhadoTSsfr’ “'™ excepcionales, el mnclracho
ciencias capaces de anir?'"'*^ estudia con placer solamente aquellas
c ada en el honar tls exploración objetiva del mundo, mi¬
de Coanrogrn/úr. la a,ografta y algunos rudimentos
^ ^ Historia natural. ¿Por qué los pedagogos v los promoto¬
res de planes de enseñanza no tienen en cuenta esta verdad* ''‘“P™"’»*»'
Las Lenguas muertas, la aramátíca, la Psicología, la Lógica tí Algebra la
Trigonometría y la física con fórmulas enrevesadas, debieran S5varse nar7iós
Ultimos cursos, es decir, para la época mediante entre los catorce y3L v si te
ajs. que es cuando comienza verdaderamente la fase reflex?: Ji?la evoS
ventenTesgrarfsimoff?!"," P»-- '‘“'y. ^Bádense todavía los incou-
en que se exoone la c- ’ .*”“**’ P” eomun seca y excesivamente abstracta,
corEs eTmaLl„T-T' rigor lógico de las definiciones y
sidad de las tiernas intel''^* o /“onudo una cosa importantísima; excitar la curio-
Ey e! Ex de áluE'*'’ P“ P"" ^ “P™ “ocente el cora-
la funXn ednXE; SglE aEa„te.‘’“‘“' “
Lámina VIII.
Fachada del Instituto de Huesca.
Puerta principal de la Catedral de Huesca.
Fotografías del autor.
Lámina IX.
Altar mayor, labrado en alabastro, de la Catedral de Huesca,^obra de Forment.
Una vista fotog-ráfíca del Castillo de Loarre, objetivo de mis correrías v curioseos
curiosos monumentos del Alto Aragón.
CAPITULO XII
MIS NUEVOS COMPAÑEROS DE ALGARADAS.— REYERTAS ESTUDIANTILES.— GRAVES
CONSECUENCIAS DE LLEVAR GABÁN LARGO.— ACCIDENTE EN UN ESTANQUE.— LA
FASCINACIÓN DEL COLOR Y EL DICCIONARIO CROMÁTICO.— NO HAY ROSAS SIN.
^ ESPINAS
A pesar de los mejores propósitos, mis aficiones artisticas, asi como el an¬
sia de acción incesante y de emociones dramáticas, siguieron en crescen¬
do, pues hallé en Huesca muchos camaradas que compartían iriis gustos
y secundaban las más descabelladas travesuras. El sentimentalismo soña¬
dor, un carácter altivo, puntilloso, que no toleraba fácilmente agravios ni humilla¬
ciones, fueron causa de varios percances y aun de verdaderos peligros, de que
sólo mi robusta naturaleza pudo librarme.
Omito referir los más de los episodios lastimosos' de aquel año; si tal hiciera,
mi relato resultaría interminable. Para no poner demasiado a prueba la paciencia
del lector y permanecer fiel al plan adoptado, me limitaré a contar algunos de los
lances y peripecias que dejaron más honda huella en mi memoria.
Por suerte, en el Instituto de Huesca no se estilaban novatadas; pero en cam¬
bio había algo tan deplorable como ellas: el abuso irritante del fuerte contra el
débil, y la guapeza y matonismo regulando los juegos y relaciones entre mo¬
zalbetes.
Todo recién llegado que por su facha, indumentaria o carácter desagradaba a
los gallitos de los últimos cursos, veíase obligado, para librarse de belenes, o a re¬
cogerse prudentemente en casita durante las horas de asueto, o a implorar el am¬
paro de algún grandullón capaz de hacer frente a los insolentes perdonavidas.
Yo tuve la desdicha de resultar antipático a los susodichos caciques, puesto
que sin causa justificada, y desde mi aparición en los patios del Instituto, me
maltrataron de palabra y obra, obligándome a meterme en trapatiestas y camo¬
rras, de que salía casi siempre mal librado. Entre los que más abusaban de sus
fuerzas para conmigo, recuerdo a un tal Azcón, natural de Alcalá de Gállego, pi¬
gre crónico que había interrumpido varias veces sus estudios. Frisaría en los diez
y ocho o diez y nueve años; su torso cuadrado y fornido, su recio y tostado pes¬
cuezo y sus morenos y vigorosos brazos denunciaban a la legua al gañán que ha
endurecido sus músculos guiando el arado y empuñando la azada.
Este salvaje conoció bien pronto el flaco de mi carácter, y dispuesto siempre
a gastar pullas y divertirse a mi costa, cuantas veces topaba conmigo en los al¬
rededores del Instituto llenábame de improperios.
Entre otros motes, que yo en mi candidez estimaba mortificantes, púsome los
58
S. RAMÓN y CAJAL
de italiano y carne de cabra. (Este último remoquete dábase entonces por burla a
todos los ayerbenses.)
En cuanto al apodo de italiano, exige una explicación. Mi buena madre, extra¬
ordinariamente hacendosa y económica, me hizo, con el paño de cierk) antiguo so¬
bretodo del autor de mis dias, amplio gabán de abrigo. Lo malo fué que, preocupada
con mi rápido crecimiento y anticipándose un tanto a los sucesos, dejó los faldo¬
nes del gambeto algo más largos de lo prescrito por la moda de entonces. ¡For¬
zoso es reconocerlo!... Mi facha recordaba bastante a la de esos errabundos sabo-
yanos que, por aquellos tiempos, recorrían la Península tañendo el arpa o haciendo
bailar al son del tambor, osos y monas.
Entre aquellos señoritos vestidos d la derniére, la súbita aparición de mi ex¬
traño gabán produjo regocijada sorpresa, Y una voz recia y dominante — la del
referido Azcón— tradujo de repente la idea imprecisa que bullía en aquel coro de
zumbones.
—¡Mirad al italiano!...
—Es verdad— repitieron sus alegres compinches.
— Sólo le falta el arpa— decía uno. —¿Dónde has dejado el mico?— exclamaba
otro. • ,
. Y en crescendo siguieran burlas y chirigotas si la cólera y el despecho, a duras
penas reprimidos hasta entonces, no me hubieran obligado a volver por los fueros
de la que yo créía dignidad ultrajada. Y, sin replicar palabra, lancéme como un ti¬
gre sobre Azcón y sus insolentes amigos, repartiendo a diestro y siniestro puñe¬
tazos y puntapiés.
Otro muchacho _ más avisado y cuerdo habría adoptado la actitud propia de
estos casos: callarse o tomar las cosas a broma. De este modo el mote habría sido
pronto olvidado; pero yo, que ignoraba el conocido consejo: «para que no te
echen en cara defectos, sé el primero en burlarte de ellos», tomé el asunto por lo
trágico. Y el resultado fué que, repuestos de la sorpresa, los agredidos devolvié¬
ronme con creces la agresión, propinándome monumental paliza. ¡Bien se cobra¬
ron los indinos!.. ; porque, además de molerine a patadas, me arrojaron al suelo y
culebrearon buen rato sobre rhis espaldas, con riesgo de asfixiarme. Cuando se
cansaron de golpearme, levantóme como pude, recogí los restos de mis libros, lim-
piéme el sudor y el polvo y, desencuadernado y cojeando, retiréme a casa jurando
vengarme del atropello.
Creerá acaso el lector que, tras escarmiento tan contundente, mi bilis quedaría
apaciguada, adoptando para lo sucesivo temperamentos de tolerancia y manse¬
dumbre. Todo lo contrario. Pocos días después, al salir de clase, enfronté con el
mismo corro de zumbones, que, prevalidos de la presencia de Azcón, lanzáronme
cobardemente al rostro el consabido apodo. Presa de ciego furor, acometí temera¬
riamente a los insolentes, que cerraron sobre mí con las mismas deplorables con-i
secuencias de la pasada vez... Y así sucesivamente durante dos o tres meses..-
Mis camaradas no sabían qué admirar más, si la crueldad de Azcón y sus acóli¬
tos, o la impetuosidad y constancia con que yo respondía a sus atropellos.
¡ Cuántas veces al recogerme en casa mohíno y cabizbajo, abollado el sombre¬
ro, anhelante el pecho por la emoción y rojos y húmedos los ojos de corajina y
despecho, me decía filosóficamente: «¡Y pensar que todo esto me pasa por cuatro
dedos de tela que pudieron cortarse a tiempo!»
Al hacerme tan triste reflexión me equivocaba de medio a medio. Lo que a mí
rae sucedía les pasaba también, aunque en menor escala— gracias a su pruden-
RECUERDOS DE MI VIDA
59
cia— , a otros pipiólos de los primeros años, no obstante vestir a la última moda.
El pretexto no faltaba nuncá. Precisamente concurrían en mí dos circunstancias
que, más temprano o más tarde, me habrían señalado a la animadversión de aque¬
llos salvajes; la bien ganada fama de audaz y arriscado traída de Ayerbe, patria
de calaveras y solar fecundo de guapos y matones, y la indignación que me han
producido siempre la injusticia y el abuso de la fuerza. :
Todos estos conflictos infantiles,, que. a muchos parecerán puras chiquilladas,
tienen decisiva importancia, no sólo para la formación del carácter, sino hasta
para la conducta ulterior durante la edad viril. El estudiante más formal y pací¬
fico, obligado a sufrir agresiones inicuas, acaba por adoptar, según su tempera¬
mento, una de estas tres actitudes: el halago y la lisonja hacia los atropelladores,
la invocación a la autoridad de los superiores o, su fin, el ejercicio supraintensivo
de los músculos, combinado con la astucia.
Este fué el partido^ escogido por mí. Los dos primeros teníalos por deshonro¬
sos.— Para tener a raya a los fuertes— pensaba— es preciso sobrepujarlos o, por
lo menos, igualarlos en fortaleza.
Pero ¿cómo alcanzar esa superioridad,' y sobre todo alcanzarla pronto? Mis in¬
solentes adversarios se permitían tener más años que yo. Y además ellos eran
muchos y yo estaba solo.— ¡Bah!— me decía—, si yo logro triunfar de Azcón, todos
serán aliados míos.— Y esto ocurrió, precisamente.
c Afortunadamente, conocía yo bien los efectos eminentemente tónicos de la
gimnasia y del trabajo forzado. Había observado cuánta ventaja llevan siempre
en las riñas, pedreas, saltos y carreras los muchachos recios y trigueños recién
llegados de la aldea y acostumbrados al peso de la azada, a los señoritos altos y
pálidos, de tórax angosto, zancas largas y delgadas, criados en las abrigadás
calles de la ciudad y al suave calor del halda maternal.
En consecuencia, resolví entregarme sistemáticamente a los ejercicios físicos,
a cuyo fin me pasaba solitario, horas y horas, en los . sotos y arboledas del Isuela,
ocupado en trepar a los árboles, saltar acequias, levantar a pulso pesados guija¬
rros, ejecutando, en fin, cuantos actos creía conducentes a acelerar mi desarro¬
llo muscular, elevándolo al vigor máximo compatible con mis pocos años. Espe¬
raba yo que, al cabo de algunos meses, lo más largo en el próximo curso, las
cosas cambiarían radicalmente, y que hasta los matones más soberbios ha¬
brían de guardarme respeto.
Esta consoladora esperanza — a primera vista ilusoria — se realizó en gran par¬
te en los cursos próximos .
Conforme verá el lector más adelante, la gimnasia forzada y el amor propio
exasperado hicieron milagros. Porque en medio de mis graves defectos, fui
siempre dócil a las enseñanzas de la experiencia, la cual, con relación a éste y
a otros semejantes casos, se encierra en esta máxima vulgarísima: «Si quieres
triunfar en las arduas empresas, pon en ellas toda tu voluntad, preparándote con
más tiempo y trabajo de los manifiestamente necesarios.» Que, al fin y al cabo, el
sobrante de esfuerzo jamás daña, antes bien halla adecuado empleo en otra oca¬
sión; mientras la insuficiencia, aun exigua, expone a lamentables fracasas.
El fruto de mi entrenamiento, como ahora se dice, fué magnífico. Desde el
tercer curso, mis puños y mi habilidad en el manejo de la honda y del palo infun¬
dieron respeto a los matones de los últimos años, y hasta el atlético Azcón tuvo
que capitular, acabando por hacerse amigo mío. Ver'dad es que habíale anunciado
que, en cuanto se insolentase conmigo, le incrustaría en la cabeza una peladilla
S. RAMÓN Y CAJAL
de arroyo. Y mi amenaza no le sonó a necia baladronada, porque al presenciar
diariamente mis proezas de hondero, quedó persuadido de que podría ser cum¬
plida la oferta. Huelga decir que el alias humillante cayó en olvido.
Un suceso de muy distinto género de los referidos me proporcionó amarga
enseñanza acerca del egoísmo de los niños y del miedo, como innato, que en Es¬
paña se siente a la justicia.
Cierto dia del mes de enero nos divertíamos varios amigos retozando y pati¬
nando en la balsa de un molino. El frió era glacial y la capa de hielo del estanque
tan espesa, que soportaba perfectamente nuestros cuerpos. A poca distancia de
la orilla, unos galopines se divertían arrojando grandes piedras al hielo, con que
abrieron anchuroso agujero, por donde rezumaba el agua, denunciadora por su
matiz verde obscuro de la gran profundidad del fondo. Fiado en mi agilidad, y
tentado por el diablo, propuse a mis camaradas brincar por encima del amplio
boquete, y para animarlos salté yo primeramente. Dispuso mi mala estrella que,
en uno de mis brincos, resbalase en un témpano movedizo y, cayendo de espaldas,
me hundiése en el agua. Mi angustia fué grande, pues aunque sabía nadar, hallá¬
bame bajo recia costra de hielo y no podía atinar con el boquete ni, por tanto,
respirar. Forcejeando ansiosamente, acerté con la brecha; agarréme a los que¬
brantados carámbanos de los bordes, que cedían en parte a la presión de mis
manos, y, en fin, tras un supremo esfuerzo conseguí sacar la cabeza y reso¬
llar. Vi entonces con estupor que mis camaradas, creyéndome, sin duda, ahogado,
habían huido. En aquella incómoda postura, aterido y como paralizado por el frío,
no podía incorporarme; para ello hubiera sido necesario ejecutar lo que en el
argot de los gimnastas se llama la dominación doble; además, el suelo estaba de¬
masiado hondo para afianzar los pies. Por fortuna, pataleando y tanteando en
todas direcciones, topé con una estaca que me prestó el ansiado apoyo y, sacando,
por fin, el tronco del agujero, libréme de perecer miserablemente.
Calado hasta los huesos y penetrádo de frío glacial, póseme en marcha; pronto
advertí que el agua del pantalón comenzó a congelarse, impidiéndome andar. Te¬
meroso de helarme, desnudéme enteramente; escurrí lo posible el agua de la ropa,
que tendí a secar en la margen de un campo resguardado del cierzo. Mientras
tanto, cobijéme encogido y tiritando en cierto pajar, bañado por los rayos del sol
poniente, que apenas tuvieron calor suficiente para enjugar mi aterida piel. Para
entrar en calor, eché a correr vertiginosamente por el vecino barbecho durante
cerca de una hora, que fué el tiempo que tardó en secarse algo la camisa. Poco
después (serían las cinco de la tarde) acabé de vestirme; fuíme corriendo a casa;
sustituí la ropa, todavía húmeda, por otra, y reaccioné franca y saludablemente.
El lector que haya seguido el relato precedente, imaginará, sin duda, que la
citada aventura polar tuvo graves consecuencias para mi salud, provocando algu¬
na de las muchas infiamaciones a/r/g-ore catalogadas y descritas minuciosamente
en los libros de Patología. ¡Pues ni siquiera me constipé!...
No hay torpeza de la cual no quepa extraer alguna útil enseñanza; y yo, del
tremendo remojón, saqué dos apotegmas, uno fisiológico y otro moral; 1. o Digan
lo que quieran los patólogos, el frío, obrando exclusivamente, no constipa ni
causa pulmonías. 2P Los sentimientos de filantropía y compasión en los jóvenes
son tan frágiles, que no resisten al riesgo de mojarse un poco los puños de la
camisa ni a la molestia de tener que declarar ante el juez, en caso de desgracia.
RECUERDOS DE MI VIDA
61
La necesidad de fortalecerme para repeler las continuas agresiones de los
chicos, no fué poderosa a hacerme olvidar el culto de lo bello; antes bien, mis in¬
clinaciones pictóricas hallaron pábulo e incentivo en el nuevo género de vida.
Antes de la que podríamos llamar era mascu/cr de mi existencia, mis ensueños
artísticos tenían por tema preferente el hombre. Pero ahora, con ocasión de mis
paseos solitarios por los sotos y vergeles del Isuela, comencé a admirar la sobe¬
rana hermosura del reino de las plantas y de los insectos y a escuchar los sordos
y misteriosos rumores de la vida animal en perpetua renovación.
Verdad vulgar es que el hombre copia lo que ama. Y en el mundo de la vida,
como en el del espíritu,* amar es reproducir. Carece de fervor quien, por un acto de
inhibición, no descarta de su mente las imágenes vulgares y antiestéticas, para ha¬
cer destacar vigorosamente la representación favorita, que viene a ser algo nuestro,
puesto que la hemos embellecido con lo mejor de nuestra sensibilidad y de nues¬
tra fantasía constructiva.
Fiel a la citada ley psicológica, pinté yo cuanto embelesaba mis ojos. Las pági¬
nas del álbum llenáronse de diseños de rocas y árboles, de ramilletes de flores
silvestres, de mariposas de vistosas libreas, de arroyos deslizados entre guijas^
juncos y nenúfares.
Mis dibujos, empero, distaban mucho de satisfacerme desde el punto' de vista
técnico. La forma y el claro-obscuro dejábanse captar con relativa facilidad, pero
el color se me resistía. La crudeza cromática de mis copias corría parejas con la
falta de perspectiva aérea,
“Agobiábame, sobre todo, la riqueza inagotable de los matices de tierras, folla¬
jes, flores y encarnaciones humanas. Al modo de la mayoría de los aficionados
neófitos, discernía bien la nota fundamental; pero desconocía el difícil manejo del
gris e ignoraba que la Naturaleza apenas ofrece un color absolutamente simple.
Sabido es que en la sensación cromática del paisaje, como en la acústica, sólo
hay acordes variados; al color se mezcla siempre, en varias proporciones, el blanco
y el negro, que son algo así como el silencio y el ruido de la percepción sonora.
En el niño, tales deficiencias de apreciación son inevitables. Sin apercibirse de
ello, simplifica y esquematiza el color. A la manera del músico de oído, que sólo
traduce la melodía, desentendiéndose de la armonía, el pintor en cierne copia ex¬
clusivamente la tonaUdad dominante. ¿Quién no recuerda las coloraciones rabiosas
de ios dibujantes de plazuela? Y en presencia de una exposición de cuadros,
¿quién no descubre a la primera ojeada, por lo chillón del colorido, la obra infeliz
del chapucero o del sedicente modernista, que por snobismo rinde culto al género
criará, regresando inconscientemente a la fase infantil del arte?
Yo incurría, pues, por inexperiencia, en todos los citados deplorables defectos.
Algo me corregí, sin embargo, en el curso de mis ensayos, y acabé por discriminar,
en parte, los tonos armónicos. Por ejemplo: en la escala de los verdes, que yo pri¬
mitivamente reducía al verdé franco del césped, conseguí al fin diferenciar el verde
azul del olivo, el verde amarillo del boj, el verde gris de la encina y del pino y el
verde negro del ciprés. Estos modestos progresos condujéronme a refinar la obser¬
vación de los objetos naturales y a desconfiar de la memoria, que tiende, indefec¬
tiblemente, a simplificar formas y tonalidades.
Por cierto que, con ocasión de los referidos estudios de color, concebí un pro¬
yecto pueril, en que trabajé ahincadamente- algún tiempo. Para ejercitarme, me
propuse reproducir en grueso álbum todos los m atices variadísimos ofrecidos por
los objetos naturales, ejecutando una especie de diccionario pictórico, donde, a
S. RAMÓN Y CATAL
falta de nombre, cada color complejo figurase con número de orden. A guisa de
ejemplo añadíale la imagen del objeto correspondiente. Era algo así como la cono¬
cida gama cromática de Chevreuil (que yo ignoraba entonces), pero más completa,
puesto que contenía, aparte los tonos simples más o menos saturados,iel producto
de la mezcla de todos los colores, .incluyendo naturalmente el blanco y negro.
La ejecución del citado álbum salió a pedir de boca, mientras escogí para la
reproducción rocas, insectos y flores silvestres; mas en cuanto abordé las flores
cultivadas, choqué con imprevistos inconvenientes. Los claveles, rosas, jacintos,
geranios, zinias, pensamientos, alhelíes, etc., no eran libres, tenían dueño, y a falta
de dinero, había que arrancarlos a viva fuerza de macetas y pensiles.
Y, según era de presumir, ocurriéronme algunos lances desagradables. Citaré
sólo dos, asociados, por ironía de la suerte, a la redacción del capítulo de.las rosas.
Cierto camarada, confidente de mis gustos y empresas, como me viese contra¬
riado por carecer de ejemplares de una hermosa rosa llamada en Huesca de Ale¬
jandría, flor tan notable por su color como por su fragancia, propúsome el asalto
de cierto jardín donde abundaban esa y otrás flores admirables. Acepté gustoso la
proposición, que tenía para mí además el atractivo de peligrosa aventura, y acor¬
damos dar el golpe a las nueve de la noche del siguiente día. Llegada la hora,,
acudió puntualmente mi amigo, con dos compañeros seducidos igualmente por el
inocente y poético botín; nos aproximamos sigilosa y cautelosamente a las tapias
del huerto, por encima de las cuales descollaba alto emparrado y brillaban a tre¬
chos guirnaldas de magníficos rosales trepadores. Preciso era, antes de lanzarnos
al escalo, averiguar si los> dueños, o acaso el hortelano, habitaban la casa de
campo. Para salir de dudas, recurrimos al candoroso ardid de disparar dos o tres
piedras al tejado. Nadie reaccionó ante el estrépito; ni una voz, ni un rumor. Ani¬
mados por el silencio, nos acercamos a un punto accesible de la pared, trepamos
rápidamente, salvamos las varillas del emparrado y saltamos, no sin emoción, so¬
bre el paseo circundante del jardín.
Apenas habíamos cogido algunas de las codiciadas rosas, cuando salieron de
la casa dos gañanes que, armados de sendas estacas, vinieron furiosos hacia nos¬
otros. Repuestos de la desagradable sorpresa, emprendimos vertiginosa carrera
por las , avenidas del jardín. Mas ¿cómo escapar? Cerradas las puertas y altísimas
las bardas del cercado, resultaba imposible encaramarse antes de que los coléri¬
cos hortelanos nos alcanzaran con sus formidables estacas. En tan angustioso
trance, el instinto nos impuso la estrategia de correr desalentados alrededor del
huerto, a fin de cansar a los guardianes, o al menos de ganarles en la carrera tal
ventaja que dispusiéramos de los pocos segundos indispensables al asalto de' la
pared. Mas ¡ay! hacíamos cuentas galanas!... A decir verdad, durante el primer
cuarto de hora las cosas no marcharon mal del todoiia costumbre de correr y el
acicate del pavor nos permitieron conservar sobre nuestros enemigos una ventaja
de más de veinte metros quizás. Pero transcurridos quince minutos la distancia
disminuía progresivamente; a los veinte, poco más o menos, era de menos de
diez. La angustia nos torturaba. No desmayábamos, sin embargo, en aquella su¬
prema lucha por el espacio y por el tiempo. En tan apurado trance el alma parecía
haber emigrado a los músculos, y el corazón, otro músculo también, trabajaba a
toda presión, prefiriendo estallar a rendirse...
Pero, ¡oh, dolor!, la recia musculatura de nuestros rústicos persecutores no se
fatigaba todavía; y, en cambio, nuestras fuerzas comenzaban a flaquear; el cora¬
zón palpitaba vertiginosamente, y las fauces secas demandaban refrigerio imposi-
RECUERDOS DE MI VIDA
63
ble. Y a todo esto la distancia disminuía terriblemente. Paralizado por el can¬
sancio, cae uno de los camaradas; sus ayes y alaridos llegan a nosotros, sirvién¬
donos de supremo acicate. La rendición del compañero sirviónos de tregua, per¬
mitiéndonos respirar y cobrar alguna ventaja. Renació la esperanza; pero, ¡ah!, para
desvanecerse pronto; porque nuestros enemigoSj furiosos por tanta obstinación
y deseosos de atraparnos a ultranza, dividieron, sus fuerzas: uno de ellos con¬
tinuó corriendo en línea recta; el otro viró en redondo. ¡Ibamos a ser cogidos
entre dos fuegos!
No había tiempo que perder. Tenía yo mi plan, madurado en los cortos instan¬
tes en que, al doblar las esquinas, perdía de vista a los persecutores y podía
explorar a mi sabor las tapias y árboles del paseo. Aprovechando, pues, una de
esas pausas, en un supremo esfuerzo, salté a las ramas de un manzano, desde el
cual gané la tapia y me puse en franquía. Gran oportunidad, porque segundos
después sonaban gemidos desgarrádores. Eran mis pobres compañeros de infortu¬
nio que, atrapados por los feroces guardianes, mordían el polvo bajo lluvia de gol¬
pes. Indignado por el abuso, de que juzgaba víctimas a mis amigos, tuve todavía
la desfachatez de encaramarme en la tapia y de disparar cuatr'o o cinco grue¬
sos guijarros sobre los sañudos vapuleadores, en los cuales debí hacer blanco,
pórque se volvieron airados hacia mí. Tuve, naturalmente, la prudencia de es¬
currirme.
Así acabó aquella famosa aventura de las rosas de Alejandría. El molimiento
fué tal, que mis compañeros faltaron a clase varios días: una de las víctimas,
si mal no recuerdo, cayó enferma de cuidado. -A la verdad, la paliza fué formidable
y desproporcionada con la insignificancia del hurto.
Más sabor cómico que drarfiátieo tuvo otro episodio desarrollado en los jardi¬
nes de la estación del ferrocarril. Cultivábanse allí unas preciosas rosas de te,
cuyas elegantes formas y suavísima fragancia excitaban diariamente mi codicia.
No pudjendo resistir la tentación de completar mi colección de dibujos con la
reproducción de tan exquisitos ejemplares, cierta tarde, aprovechando la ausencia
del guarda, salté el vallado y apoderéme de las rosas. Quiso mi mala estrella que,
traspasada ya la empalizada, me sorprendiese el guardafreno, quien, escopeta en
mano y en actitud resuelta,' echó a correr en pos de mí. En vano dióme el alto
ordenándome me rindiera a discreción para evitar una perdigonada. No le hice caso
y continué mi carrera a largas zancadas y a campo traviesa.
. Pocos minutos después me creía salvado, cuando quiso mi desventura que,
al saltar ancha acequia bordeada por bancos de cieno, cuya desecación superficial
fingía a la vista sólida margen, cayese en la opuesta orilla y me hundiese en el
légamo hasta medio cuerpo. Forcejeé ansiosamente por salir del atasco. Por des¬
gracia, cada contorsión contribuía a clavarme más en el barro, donde quedé cogido
como pájaro en liga. Providencialmente unas pobres y piadosas mujeres que lavaban
no lejos de allí, acudieron en mi ayuda. Sacáronme del lodazál hecho una lástima.
Estaba absolutamente impresentable. Desnudéme, pues, para lavarme la ropa; mas
no lo consintieron mis caritativas salvadoras que, apoderándose de mis prendas,
limpiáronlas cuidadosamente. Durante esta operación tuve que permanecer escon¬
dido, acurrucada y en camisa bajo una mata de mimbres. Se. me olvidaba decir
que antes de esto llegó el furioso guarda, quien, al verme de aquel talante y no
sabiendo por dónde asirme sin detrimento de su limpio uniforme, acabó por soltar
64
S, RAMÓN y CAJAL
€l trapo y taparse las narices. En realidad, mi coraza de pestilente légamo hacíame
invulnerable.
Los citados episodios, y otros que no cuento por no ser demasiado prolijo,
parecerán inverosímiles en los actuales tiempos. ¿Qué mozalbete o señorito, por
romántico que sea, expondría hoy el pellejo por el placer de poseer una rosa v
de enriquecer un álbum?
No sin motivó pasaba yo entre mis cohdiscípulos por un chiflado o por tonto
de remate. Más de una véz me oí calificar de «navarro loco». Por tal debieron
tenerme los más cuerdos, estudiosos y listos de mis compañeros, entre los cuales
destacaban Arizón, Salillas, Monreal, Tobeñas y otros de que no guardo memoria,
xcusado es decir que, aun siendo buenos camaradas, excusaban mi trato. Y a fe
que lo seiitia, porque yo he rendido siempre al talento y a la aplicación el home¬
naje de mi cordial simpatía .
CAPITULO XIII
LAS VACACIONES— PINTURAS FÚNEBRES.— DESCUBRIMIENTO DE UNA BIBLIOTECA
DE NOVELAS.— SE RECRUDECE MI FUROR ROMÁNTICO.— EL ROBINSÓN Y EL QUI¬
JOTE
SE ha dicho hartas veces que la felicidad y la monotonia son cosas incompa¬
tibles; la dicha, aun relativa, exige cierto ritmo de percepciones y emocio¬
nes antagonistas o al menos ligeramente diferentes. La ley del contraste o
de los colores complementarios, que tanto contribuye a la belleza pictórica, impera
igualmente en la esfera intelectual. Porque el reposo (que es el cero en la escala
de la sensibilidad) no constituye verdadero placer. Gozar es ejercitar sin cor¬
tapisas nuestras capacidades sensoriales y psicológicas; del mismo modo que el
horizonte limitado del valle nos hace desear las amplitudes del llano o del mar,
la tensión excesiva del estudio invita a expandir sin trabas las actividades infe¬
riores del cerebro.
Ocúrrenseme las precedentes reflexiones al recordar el jovial y bullicioso en¬
tusiasmo con que solemnicé el verano de 1864, después de los exámenes de ju¬
nio, en los que, si no merecí honrosos diplomas, tampoco tropecé con las temidas
calabazas.
A mi llegada a Ayerbe, mi primer cuidado fué ponerme al habla con mis vie¬
jos camaradas, a quienes referí con vanagloria mis aventuras y mostré mis dibu¬
jos y monigotes.
Calmada mi sed de efusiones cordiales y de alocadas correrías por el lugar,
llamóme mi padre a capítulo y me comunicó su resolución de que, dejándome de
fútiles pasatiempos y de ridículos desvarios artísticos, consagrase la canícula
al estudio, repasando desde luego todas las asignaturas recientemente apro¬
badas, aunque medianamente aprendidas, para acometer en seguida los textos
del futuro curso. En su concepto, este anticipado ejercicio facilitaría notablemen¬
te las tareas del año siguiente. Tamaña decisión fué jarro de agua fría arrojado
sobre mi cabeza, enardecida por el ansia de dar rienda suelta a mis instintos.
No tuve más remedio que allanarme al consejo paterno, y aun creo que me
propuse sinceramente cumplirlo; pero el demonio, nunca domado, de la indiscipli¬
na, y mis tenaces y empalagosas inclinaciones artísticas dieron al traste con tan
razonables propósitos.
Ocurre muy a menudo a los muchachos voluntariosos, aimque buenos en el
fondo, que deseosos de ahorrar disgustos a los padres, transfórmanse en redoma¬
dos hipócritas. A pretexto de que mis asiduas lecturas exigían silencio y recogi¬
miento absolutos, imposibles en el gabinete de estudio, solicité y obtuve del autor
5 ’
€6
S. RAMÓN Y CAJAL
de mis días el permiso de habilitar como cuarto de trabajo el palomar, habitación
situada junto al granero, una de cuyas ventanas daba al tejado de vecina casa.
Desde la puerta de mi retiro podía* yo avizorar cómodamente a los vigilantes de
mi conducta. El ardid salió a pedir de boca, conforme vamos a ver.
Por refinamiento de cautela, sobre el tejado vecino, junto a una chimenea,
sustraída a las miradas indiscretas, fabriqué con tablazón, palitroques y broza una
especie de confesonario u hornacina, bajo cuyo asiento escondía el contrabando
de papel, lápices, colores y novelas. De vez en cuando, y con el fin de disimular,
retornaba al palomar (sobre todo cuando oía ruido de pasos) y poníame muy se¬
riamente a traducir el Cornelio Nepote o a estudiar la psicología de Monlau y el
álgebra de Vallín y Bustillo.
Fuera de estos breves instantes, mi retiro era la jaula del tejado, donde me
entregaba al dibujo, mi distracción favorita. No recuerdo detalladamente los te¬
mas profanados por mi pincel durante aquel verano; sólo sé que por aquellos
tiempos cultivé de preferencia el registro lúgubre y melancólico.
Notorio es que en las volubles aficiones de los chicos desempeñan papel im¬
portante la sugestión y la imitación. No sé quién (creo que fué en Huesca) había¬
me prestado cierto cuaderno de composiciones funerarias y tétricas, entre las
cuales recuerdo los manoseados y chabacanos versos atribuidos gratuitamente a
Espronceda, titulados La desesperación, y las famosas Noches lúgubres, de Ca¬
dalso.
Inducido por tan desesperadas lecturas, creí inexcusable deber mío ponerme a
tono con el sombrío humor de los protagonistas, afectando en mis palabras y en
mis dibujos la más negra melancolía. Y así, mi pincel, que marcaba las oscilacio¬
nes de mi enfermiza sensibilidad, como la aguja del galvanómetro señala la di¬
rección de las corrientes eléctricas, se complacía morosamente en los paisajes,
invernales, en los desiertos desolados, en las congojas de los náufragos y en las
macabras escenas de cementerio.
Si mi memoria no me traiciona, al final de aquel verano ocurrió un suceso que
tuvo decisiva influencia en la orientación de mis futuros gustos literarios y ar¬
tísticos.
Dejo consignado ya que en mi casa no se consentían libros de recreo. Cierta¬
mente mi padre poseía algunas obras de entretenimiento; pero recatábalas, como
mortal veneno, de nuestra insana curiosidad; en su sentir, durante el período edu¬
cativo, no debían los jóvenes distraer la imaginación con lecturas frívolas. A pe¬
sar de la prohibición, mi madre, a hurtadillas de la autoridad paterna, nos con¬
sentía leer alguna novelilla romántica que guardaba en el fondo del baúl desde
sus tiempos de soltera. Eran, lo recuerdo bien: El solitario del monte salvaje, La
extranjera. La caña de Balzac, Catalina Howard, Genoveva de Brabante y algunas
otras cuyos títulos y autores se han borrado de mi memoria. Ocioso es decir que,
tanto mis hermanos como yo, las leíamos entusiasmados de un tirón, burlando la
celosa vigilancia del jefe del hogar.
Fuera de las citadas novelas, mis lecturas recreativas habíanse reducido hasta
entonces a algunas poesías de Espronceda, de quien era yo fogoso admirador, y a
cierta colección de romances clásicos e historias de caballería andante, que por
aquellos tiempos vendían a cuatro cuartos los ciegos y los tenderos de estampas
aleluyas y ob'etos de escritorio. Por entonces— lo he dicho ya— era yo un román-
RECUERDOS DE MI VIDA
67
tico ignorante del romanticismo. Ningún libro: de Rousseau, Ghateuabríand, Víctor
Hugo, etc., había llegado a mis manos.
Mas el azar se hace muchas veces cómplice de nuestros deseos. Un día, ejqplo-
rando a la ventura mis resbaladizos dominios de tejas arriba, me asomé a la ven¬
tana de cierto desván perteneciente al vecino confitero (1) y contemplé, ¡oh gratí¬
sima sorpresa!, al lado de trastos viejos y de algunos cañizos cubiertos con duloes
y frutas secas, copiosa y variadísima|colección de novelas, versos, historias, poe¬
sías y libros de viajes. Allí se mostraban, tentando mi ardiente curiosidad, el
tan celebrado Conde de Montecristo y Los tres Mosqueteros, de Dumas (padre);
María o la hija de un jornalero, de E. Sué; Men Rodríguez de Sanabrla, de Fernán¬
dez y González; Los Mártires, Atala y Chactas y el René de Chateaubriand; Gra-
ziella, de Lamartine; Nuestra Señora de París y Noventa y tres, de Víctor Hugo;
Gil Blas de Santillana, de Le Sage; Historia de España, /por Mariana; Las come¬
dias de Calderón, varios libros y poesías de Quevedo, Los viajes del capitán Cook,
el Robinsón Crusoe, el Quijote e infinidad de libros de menor cuantía de que no
guardo recuerdo puntual. Bien se echaba de ver que el confitero era hombre de
gusto y que no cifraba solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles.
Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me embargó durante algunos mi¬
nutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a aprovecharme de mi buena estrella,
estudié un plan de explotación de aquel inestimable tesoro; forzoso era descartar
del todo las sospechas del dueño y las huellas delatoras de mis pasos por el
desván. La más elemental prudencia me aconsejó respetar, por el momento, los
exquisitos y apetecibles dulces del cañizo, persuadido de que, si el pastelero
echaba de menos sus peras y ciruelas confitadas, cerraría o enrejaría la ventana,
dejándome a la luna de Valencia. Tras madura reflexión, decidí dar el primer golpe
por la mañana temprano, durante el sueño de los inquilinos, y coger los libros co¬
diciados de uno en uno, reponiendo cada volumen en el mismo lugar de la ana¬
quelería.
Gracias a tales precauciones, saboreé, libre de sobresaltos, las obras más inte¬
resantes de la biblioteca, sin que el bueno del repostero se percatara del abuso, y
sin que mis padres sorprendieran mis escapadas del palomar.
¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo rae deleité con aquellas sabrosísi¬
mas lecturas! Tan grandes fueron mi entusiasmo y alegría, que me olvidaba de
lodos los vulgares menesteres de la vida material.
¡Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron aquellas admirables no¬
velas! ¡Qué de interesantes y novísimos tipos humanos me revelaron! Las descrip¬
ciones brillantes de los bosques vírgenes de América, donde la vida vegetal des¬
bordante parece ahogarla insignificancia del hombre, en Atala; los tiernísimos y
castos amores de Gimodocea, en Los Mártires; la gentil y angelical figura de Gra-
ziella; la pasión exaltada y casi monstruosa de Cuasimodo, en Nuestra Señora de
París; la nobleza, magnanimidad y valor puntilloso de los inconmensurables Arta-
¿nan, Porthos y Aramis, en Los tres Mosqueteros, y en fin, la fría, inexorable y me¬
ditada venganza del protagonista del Conde de Montecristo, cautiváronme y con¬
moviéronme de modo extraordinario.
Al fin, atraque por medios ilícitos, trabé conocimiento con las grandiosas crea¬
ciones de la fantasía; seres soberbios y magníficos, todo voluntad y energía, de
corazón hipertrófico sacudido por pasiones sobrehumanas. Verdad es que casi
(1) ’ Llamábase R. Cnidirras y era persona culta, que educó perfectamente a sus hijos, con quienes
mantuve siempre excelentes relaciones.
S. RAMÓN Y CAJAL
todas las novelas devoradas por entonces pertenecían a la escuela romántica, ala
sazón en boga, cuyos héroes parecen forjados expresamente para subyugar a la
juventud, siempre sedienta de lances extraordinarios y de aventuras maravi¬
llosas (1).
Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años, cuáles fueron los libros que
me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no apartarme mucho de la ver¬
dad declarando que me emocionaron y cautivaron sobremanera las amenísimas
novelas de peripecias e intrigas de Dumas (padre) y las ultra-románticas de Víctor
Hugo, que diputé entonces superiores al Fausto, al Gil Blas de Santularia y has¬
ta— rubor me da confesarlo— al asombroso Don Quijote.
Hay cierta psicologia de la niñez y mocedad, acaso insuficientemente estudia¬
da por los especialistas (2). Si se conociera bien, nos extrañarian menos ciertas
aberraciones del gusto de la gente moza, de la cual se ha dicho con razón que es
extremosa en todo. El adolescente adora la hipérbole; cuando, pinta, exagera el
color; si narra, amplifica y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehe¬
mente y declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radicales. Prefiere lo
particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a la palabra, Sedúcenle las ca¬
dencias y sonoridades del verso, la pompa de las imágenes y el ruido de los epí¬
tetos explosivos y altisonantes. Y del mismo modo que en el orden científico an¬
tepone las ciencias objetivas a las llamadas disciplinas abstractas, en la esfera del
artehbomina de reflexiones y moralejas y déjanle frío los, análisis sentimentales
delpsicologismo. Como si contemplara el mundo al través de una lente de aumento,
todo lo Ve amplificado y nimbado de irisaciones; al revés de la vejez, que parece
mirar las cosas con una lente divergente que todo lo achica y envilece.
Pero, antes de terminar este capítulo, quisiera decir algo de la impresión que
me causaran el Robinsón y Don Quijote.
El Robinsón Crusoe (que volví a leer más adelante eon verdadera delectación)
revelóme el soberano poder del hombre enfrente de la naturaleza. Pero lo que me
impresionó en grado máximo fué el noble orgullo de quien, en virtud del propio
esfuerzo, descubre una isla salvaje llena de asechanzas y peligros, susceptible de
transformarse, gracias a los milagros de la voluntad y del esfuerzo inteligente, en
deleitoso paraíso. «¡Qué soberano triunfo debe ser — pensaba— explorar una tierra
virgen, contemplar paisajes inéditos adornados de fauna y flora originales, que
parecen creados expresamente para el descubridor como galardón al supremo
heroísmo!» ■
Aunque no estaba todavía preparado para apreciar en todo su altísimo valor
la inestimable joya de Cervantes, mucho me solacé también con las épicas aven¬
turas de Don Quijote y con los sabrosos coloquios de caballero y escudero. Mas>
a fuer de ingenuo, debo declarar que me désagradó la filosofía que se desprende
de la genial novela. ¡Cómo había de gustarme su sentido hondamente realista si
venía a contrariar mi incorregible idealismo! Yo tomaba por lo serio el papel de
(1) Sabido es que hoy se acusa, acaso con razón, ^ toda la producción romántica de insinceridad,
de hinchazón sentimental y verbalista, y a sus autores ^de histriones hiperbólicos, de inteligencia pre¬
caria, tan rebosantes de palabras como pobres de ideas, eá suma, de falseadores sistemáticos de la na¬
turaleza;' pero convengámos én que las imaginacionéí «alénturientas de los jóvenes de catorce a veinte
años preferirán siempre .dicha literatura a la de todos los ecuánimes narradores de emociones verdade¬
ras o de cuadros fríamente naturalistas. .
' (2) ■ Cuando se escribía esto, mi culiura psicológica era bastante deficiente. Datos valiosos, aunque
no’ siempre coherénfes, acerca de este interesante punto, se encuentran en los estudios de Stámiey Hall
Ribot, Ferrier, Dewey, James, Hutschinson, etc.
RECUERDOS DE MI VIDA
Don Quijote; y, así, llegábame al alma lo malparado que el esforzado caballero
quedaba en casi todos sus lances y aventuras.
Además— ¿por qué no decirlo?— aquella melancólica derrota de Barcelona a
manos del ramplón Sansón Carrasco prodújome gran decepción. «¡Eso no!...— ex¬
clamaba en mis arrebatos románticos—; el héroe manchego no mereció ser venci¬
do. Bueno que en el mundo real triunfen los vulgares campeones del sentido co¬
mún; pero en la obra de arte destinada a levantar el corazón y sublimar la virtud,
el protagonista debe flotar sobre las ruindades del ambiente moral y alcanzar
gloriosa apoteosis.»
Claro está que, a mi escasa sindéresis, escapaba la idea central de la grandio¬
sa concepción cervantina: desterrar las locuras y disparates de las novelas cabá-
llerescas para fundar la obra artística sobre los sólidos cimientos de la experien¬
cia; que, al fin y al cabo, sólo las narraciones artísticas de sucesos verosímiles,
ingeniosamente tejidas con elementos de la vida real, alcanzan el alto privilegio
de enseñar, edificar y deleitar.
Por las antecedentes frases, que traducen harto libremente mis emociones de
la adolescencia y juventud, comprenderá el lector que el sano y fuerte realismo
del Quijote no me hizo gracia. Sólo jnás tarde, curado del empalagoso romanticis¬
mo que padecí, aprendí a gustar del espíritü del libro, a recrearme con la riqueza,
donosura y elegancia del estilo, y a apreciar en su valor exacto la maravillosa
armonía resultante del contraste entre los soberbios tipos de Don Quijote y San¬
cho; personajes que — según se ha dicho muchas veces— con ser altamente ideales,
vienen a ser los más reales y universales concebibles, porque simbolizan y encari¬
ñan los dos modos antípodas del sentir y del pensar humano.
Pero dejémonos de reflexiones ociosas y reanudemos el hilo de la narración.
CAPITULO XIV
EN CRESCENDO MIS DISTRACCIONES Y CALAVERADAS, MI PADRE ME ACOMODA DE
, APRENDIZ EN UNA BARBERÍA.— MI HERMANO PEDRO.— EL SEÑOR ACISCLO.— MAJOS
Y CONSPIRADORES.— LAS PEDREAS.— ESCARAMUZA CON .LA FUERZA PÚBLICA.— EL
PLACER DE LOS DIOSES.— ALARMA DEL PÚBLICO CON OCASIÓN DE LAS PEDREAS
Hay en el cinematógrafo de la memoria imágenes borrosas, y aun verdade¬
ras lagunas, correspondientes a épocas durante las cuales la atención,,
como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso de energía
bastante para impresionar la película cerebral. Y si, mediante enérgica evocación,
surge algún suceso en el negro fondo del inconsciente, muéstrase aislado, a modo
de estrella que brilla solitaria en cielo encapotado: El hecho emergido suele Situar¬
se bien en el espacio, pero difícilmente en el tiempo; cabe referirlo más o menos
vagamente a una época, mas no a página determinada del almanaque.
A esta categoría de remembranzas discontinuas y borrosas pertenecen mis re¬
cuerdos de los años 65 y 66. Tengo,,,empero, seguridad de que el 65 interrumpí los
estudios por estimar el autor de mis días que su hijo carecía de madurez o de
aptitud para el conocimiento elemental de las lenguas y de las ciencias; y esti¬
mo probable que los principales, si no todos^los sucesos de que vamos a ocupar¬
nos en este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de bachi¬
llerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de España, el álge¬
bra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en la segunda enseñanza en vir¬
tud de una disposición transitoria.
De lo que estoy más seguro es de que el aludido tercer curso marcó el período
más agitado y azaroso de mi vida estudiantil. Recuerdo también que por entonces
acompañóme al Instituto oscense mi hermano, que debía comenzar sus estudios.
Era Pedro muchacho tan dócil y atento como aplicado y pundonoroso. Poseía, sin
duda, inclinaciones artísticas, y pasión por los juegos guerreros; pero estos gustos
no fueron poderosos a extraviarle del buen camino.
Mi padre, que cifraba grandes esperanzas en su formalidad y obediencia, temió
sin duda el contagio de mi rebeldía, y, obrando con previsión, separó a los herma¬
nos, instalándonos aparte; Pedro fué alojado decorosamente en apacible casa de
huéspedes;lyo,por castigo de mis calaveradas, debí acomodarme de mancebo en una
barbería. Al adoptar respecto de mí tan enérgica decisión, perseguía mi padre dos
fines: desde luego atarme cortó, privándome del vagar necesario para correrías y
algaradas, y además enseñarme un oficio con que pudiera’ algún día ganarme el
sustento, en caso de ineptitud irremediable o de orfandad prematura. Porque, pre¬
ciso es decirlo, mi padre, que fué optimista acerca de mi porvenir cuando yo era
RECUERDOS DE MI VIDA
71
niño, comenzaba a creer en mi fundamental incapacidad para las carreras literarias.
No me pesa hoy la resolución de mi padre, que reiteró después en Zaragoza,
según se verá en el cursó de esta historia. Ella me puso en contacto con el alma del
pueblo, a quien aprendí a conocer y a estimar; y domando el nativo orgullo, des¬
envolvió en mí ese sentimiento de humildad y modestia anejo a la pobreza labo¬
riosa.
Pero entonces sentí mi esclavitud como un castigo excesivo. ¡Y en qué ocasión!
¡Precisamente cuando vibraba todavía mi alma con la honda sacudida del choque
romántico!... |Yo que soñaba entonces con los excelsos protagonistas de Dumas,
Chateaubriand y Víctor Hugo; que persuadido de mis talentos artísticos, creíame
capaz de emular las glorias del Ticiano, de Rafael o de Velázquez, verme forzado
a empuñar la sucia y jabonosa brocha barberil!... ¡Era para morirse de vergüenza!
Pero ¿qué remedio? Tuve, pues, que devorar en silencio lo que en mi necia va¬
nidad consideraba humillación y rebajamiento intolerables. Afortunadamente, a los
catorce años la máquina humana es tan plástica, que a todo se acomoda pron¬
tamente.
No era, sin embargo, un ogro el señor Acisclo (1) — que así se llamaba el amo— a
¡pesar de su fama de gruñón y de la severidad y acritud que prometían sus facciones
¡duras y su color bilioso; antes bien, estuvo conmigo considerado y afable. Condolido
al ver mi cara de cuaresma, trató de consolarme con estas o semejantes palabras:
<¡Animo, muchacho! Duros son todos los principios, pero te irás haciendo. Déjate
de orgullos y aplícate a remojar barbas, que si, como presumo, te vas haciendo al
oficio, dentro de poco ascenderás a oficial y gozarás el momio de tres duros al
mes, amén de las propinas».
jBonito porvenir!
Sobrábale razón al señor Acisclo. Acabé por acomodarme a aquel nuevo género
de vida, y llegué hasta encontrar simpáticos a los amos y tolerable mi sujeción.
,Ademá.s, pocas semanas después intimé con el oficial, mozo sanguíneo y bonachón,
gran tañedor de guitarra y alegre requebrador de criadas y modistas, el cual, en
^ausencia del amo, me dispensaba de las prosaicas obligaciones anejas a mi cargo,
^consintiéndome garrapatear papeles y dibujar monigotes. Cobróme afición porque
e servía de amanuense, escribiendo en su nombre a cierta maritornes esquelas
almibaradas y versos cursis. Y correspondiendo a mis finezas, quiso enseñarme a
tocar la guitarra; mas yo, que jamás sentí pasión por la música, no pasé de tañer
medianamente la jota y de pespuntear sin soltura un par de polcas elementales.
Harto conocida es la psicología del barbero para que yo caiga en la tentación
de descubrirla a mis lectores. Nadie ignora que los legítimos rapabarbas son par¬
lanchines, entrometidos, aficionados a toros, tañedores de guitarra o de bandurria;
pero no es tan notorio que en su mayoría profesan ideas republicanas y aun socia¬
listas. Sin embargo, en mi amó quebraba la regla, pues ni tocaba la guitarra ni
era dicharachero; en cambio, entraba en la grey común por sus radicalismos polí¬
ticos y sus alardes revolucionarios. Adornábale otra flor, no frecuente entre la
gente del oficio: profesaba la religión de la guapeza. Cuando acudían a afeitarse
sus camaradas de juergas y de rondas, no sé hablaba en la tienda sino de riñas
broncas, punzadas, jabeques y madrugones. Más de uno de aquellos parroquianos
había visitado la cárcel y ostentaba en el pecho honrosas cicatrices.de cuchilladas
recibidas cara a cara. Sin ser mi amo jactancioso ni hablador, cuando venía a
(1) Fallecido mi patrón hace muchos años, no tengo por qué disfrazar su nónsbre. Su esiableci-
miento, desaparecido hoy, estaba en la calle de la Correría, no lejos de la Pláza de la Catedral.
72
S. RAMÓN y CAJAL
cuento y estaba en vena de cunfidencias, refería grave y complacientemente las
trifulcas y jaranas de que había sido protagonista, y en las cuales, obrando en de¬
fensa propia y siempre en buena lid, había dado buena cuenta de sí. Lo que él
decía: «O ponerse o no ponerse; no soy pendenciero, pero el que me busca me en¬
cuentra ».
Sus compadres aprobaban sus máximas y celebraban sus bravatas. Por las
muestras de veneración y respeto que le rendían, vine a conocer que el señor Acis¬
clo tenía malas pulgas. Era además entre aquellas gentes autorizado definidor de
agravios y juez inapelable en asuntos de honra y caballerosidad callejera.
La conversación entre maestro y parroquianos giraba a menudo sobre política
En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no sé qué noticiones . Nuestra cu¬
riosidad, empero, vencía todo disimulo. Tuvimos noticia de las conspiraciones de
Prim, Moriortes y Pierrad, generales desterrados que, al decir de nuestros conter¬
tulios, estaban a punto de cruzar la frontera al frente de nutrida tropa de carabi¬
neros y de bravos montañeses de Jaca, Hecho y Ansó, a fin de proclamar la revo¬
lución y derrocar las en aquellos tiempos llamadas ominosas Instituciones.
Aquellos inofensivos ojalateros frotábanse las manos de gusto, saboreando de
antemano el triunfo irremisible de la soberanía nacional y la vergonzosa derrota
de serviles y moderados.
Mientras tanto, la infeliz esposa del barbero, que no compartía las esperanzas
de los conspiradores, antes bien, recelaba alguna vil delación, vivía en perpetua
alarma; temía que cualquiera noche, según ocurría a menudo en aquellos tiempos»
registraran los polizontes la casa y se llevaran al marido desterrado apernando Póo,
A la verdad, yo no entendía jota de política, pero me seducían zaragatas, jara «
ñas y marimorenas. Diera entonces cualquier cosa por presenciar un motín o asis¬
tir a la construcción y defensa de una barricada. Además, por instinto atraíame el
llamado credo democrático, que casaba admirablemente con mi exagerado indivi¬
dualismo y mi ingénita antipatía hacia el principio de autoridad. Como en el cuento
del fraile, me cargaba el prior sólo por ser prior.
Para halagar a mi patrón y demostrarle al mismo tiempo mis sentimientos libe¬
rales, di en copiar el busto de los caudillos militares de conspiradores de enton *
ces, singularmente los de Prim y de Pierrad. Por cierto que, aparte mi ingenua de¬
voción hacia el guerrero, lo que más me sedujo en este último caudillo fueron sus
líneas de busto clásico y la hermosa barba patriarcal.
Con ser las citadas estampas harto chapuceras e infíeles, merecí calurosos
elogios, a que contribuyó también tal cual décima chabacana dedicada a la liber¬
tad, escrita al pie de los retratos. En todo ello había por mi parte algo de cálculo-
porqué mi patrón, encantado de los sentimientos precozmente revolucionarios y
de los primores pictóricos de su aprendiz, dióle de cada dia mejor trato. Hízole
merced, no sólo de las horas reglamentarias de clase, sino de casi todas las tardes
de poco trabajo. Por donde vino a frustrarse enteramente el plan del autor de
mis días.
El encuentro casual de un pequeño tesoro, hecho por ambos hermanos, agravó
todavía mis aficiones guerreras. Paseando un día por las inmediaciones de la Er¬
mita de los Mártires, mi hermano Pedro divisó en un basurero cierta cosa bri¬
llante; nos aproximamos a ella, la cogimos y, después de frotarla para quitarle la
suciedad, resultó ser, ¡oh felicísima sorpresa!, una moneda de oro de cinco duros
Entonces corrían, por fortuna, todavía las onzas, aquellas famosas petaconas con *
vertidas hoy, desgraciadamente, en raras medallas de museo. Para asegurarnos
73
RECUERDOS DE MI VIDA
de la bueria'ley del doblón, lo cambiamos en éierta tienda, y en posesión de tan
respetable suiria, para nosotros inverosímil, acordamos por unanimidad invertirla
en la compra de cierto pistolóri imponente, que desde hacía tiempo tentaba diaria¬
mente nuestrá codicia en el escáparaté de vieja armería. Hecha provisión de pól¬
vora, balas y perdigones, comenzamos a ejercitamos en el ihanejo del arma, que
resultó bástante caprichosa. A fuerza de práctica, llegamos, sin embargo, a afinar
algo la puntería y hacer algunos bláncós.
Al proveernos de armamento tan impropio de muchachos, era nuestra inten¬
ción, además de dárnos aire de terribles revolucionarios, fomentar antiguas e irre¬
sistibles aficiones cinegéticas, saliendo a caza de tordos, perdices y conejos. Mas
conforme ocurrió con el formidable mosquete de marras, nunca cobramos pieza
importante; sólo al^n gorrión, recién salido del nido e inexperto en el vuelo, cayó
en nuestras manos.
Creo que fué por aquel año dé 1866 cuando me hice temible entre los condis¬
cípulos por mis progresos en el manejo de la honda. Recuerdo que; entre otras
pruebas de rni habilidad, podía atravesar a veinte pasos de distancia un sombrero
arrojado al aire. No me contenté sólo Con el tino; cultivé también el alcance, y se¬
ñaladamente la celeridad del disparo, en la cual aventajé notablemente a mis riva¬
les: mientras éstos disparaban una piedra, lanzaba yo cuatro o cinco. Fué ésta la
época de la sumisión del insolente Azcón y del general reconocimiento de mi su¬
premacía en los juegos guerreros. Como es natural, fuéme espontáneamente ofre¬
cida la jefatura de los bandos en pugna. Yo acepté, según era de presumir, la di¬
rección del bando democrático, pues ya entonces los muchachos jugábamos a
reaccionarios y liberales.
Mi prestigio no se fundaba en la mera habilidad y en el ciego arrojo de quien
desconoce el peligro y se enardece en el fragor del combate. Séame lícito confe¬
sar, aunque padezca mi fama de bravucón, que en mi denuedo había mucho de
teatral y algo de observación de la psicología infantiL .
Durante mi larga experiencia de las trapatiestas estudiantiles, había reparado
que la audacia y el furor guerreros, cuando se fingen a la perfección, provocan
casi indefectiblemente el pánico del enemigo. Además, yo avanzaba siempre.
No es cosa de analizar aquí el mecanismo sugestivo en cuya virtud el gesto
leonino y la osadía temeraria, hábilmente fingidos, suscitan el pavor en nuestros
.adversarios. Hay algo atávico en esta fanfarronería histriónica, por lo demás ya
practicada, según es sabido, por los salvajes y hasta por los héroes de la Ilíada.
Sobre ello discurren muy doctamente los psicólogos modernos (1), los cuales ad¬
vierten cuánto importa para comprender y reproducir en lo posible un estado
afectivo, la imitación fidelísima de los gestos y actitudes características de su ex¬
presión natural. Ignoro si la reproducción fingida y como instintiva de los adema¬
nes del valor temerario creaban en mí, por ima suerte de autosugestión, el estado
ipasional correspondiente; declaro solamente que, en cuanto ponía cara feroche y
avanzaba impávido hacia los adversarios, éstos solían emprender la fuga.
Corro riesgo de hacerme pesado deteniéndome excesivamente en estas frívo-
ñas riñas de muchachos. En ellas hay, sin embargo, prescindiendo de su significa-
vCión antropológica, sobre la cual tan buenas cosas han dicho los psicólogos ingle¬
ses, lecciones útiles para los hombres. La ingenuidad del alma infantil transpa-
sienta admirablemente los resortes y fines, a menudo inaccesibles, de las luchas
(1) Recuérdese el ejemplo clásico de Campanella, citado por James: <para conocer el estado mental
tde alguno, remedaba sus gestosi.
,74
S. RAMÓN y CAJAL
de los, hombres y de los pueblos. Aparte su carácter instintivo, que parece repro¬
ducir estadqs ancestrales, las contiendas de los muchachos implican un senti-
miepto loable: el amor a la gloria, es decir, el anhelo de la aprobación y admira¬
ción de los iguales; nunca— y esto solo bastaría para hacer simpáticos a los
niños— el sórdido interés.
Otra enseñanza arrojan las luchas infantiles. Revélase asimismo en ellas, mejor
aún que en las competiciones de los hombres, cuán principal y decisiva parte
tienen en el éxito lisonjero la voluntad enérgica y decisión inquebrantable de
yencer. El que toma las cosas a broma es siempre superado por quien las toma
en serio; el mero aficionado cede al profesional; quien no lleva al palenque sino
fútiles satisfacciones de vanidad, se ve constantemente arrollado por el que pone
el alma entera en la empresa y de antemano se preparó vigorizando sus brazos y
templando sus armas.
, Gracias a mi formalidad, acabé por ser técnico refinadísimo en el manejo
de la honda. Mis observaciones me llevaron a perfeccionarla; fabriqué sus cuer¬
das de seda y de cordobán la navécula, y escogí como proyectiles guijarros esféri¬
cos y pesados. Hasta llegué a redactar, para uso de mis amigos, cierto cuaderno
con estampas, pretenciosamente titulado Estrategia lapidaria, donde se contenían
reglas prácticas para hurtar metódicamente el cuerpo cuando era amenazado por
varios proyectiles.
. Sin esfuerzo imaginará el lector que, antes de alcanzar tanta maestría, ha-
bríanme descalabrado muchas veces; y así era la verdad, tanto que mi cabeza está
sembrada de viejas cicatrices. Alguna vez, al salir de clase y encasquetarme el
sombrero, me encontraba con que éste no encajaba bien, porque el chichón, casi
imperceptible antes de entrar en el aula, había crecido durante la lección, libre
del freno de la montera.
Pero no insistamos demasiado sobre un tema varias veces tratado. Rindamos,
en lo posible, culto al consabido non. bis in idem. de los latinos. Permitasenos so¬
lamente, antes de abandonar definitivamente la pesada narración de pedreas,
contar dos episodios relativamente interesantes.
Del primer lance, más cómico que dramático, fué el héroe mi hermano; Peleá¬
bamos tranquilamente en cierto callejón próximo al Instituto, ordinario palenque
de nuestras trifulcas, cuando, apenas cruzados los primeros proyectiles, noté con
extrañeza que los adversarios habían levantado precipitadamente el campo. Re¬
celando una celada, acaso el ataque por retaguardia, destaqué dos números, para
que, dando un rodeo, explorasen el terreno y me informaran de lo ocurrido. Mas
antes de regresar los; emisarios, aclaróse súbitamente el misterio; en el otro ex¬
tremo de la calleja, momentos antes ocupado por los adversarios, aparecieron
cuatro municipales sable en mano, y al grito de «¡esperad, canallasf», avanzaron
amenazadores. Adiviné entonces lo acontecido: la hueste enemiga, sorprendida
por la fuerza pública, había huido a la desbandada, y perseguida quizá por. los
guindillas, había sufrido los consabidos cintarazos.
, . La situación era crítica. Harto sabíamos que al fin tendríamos que emprender
la fuga; mas, al objeto de ganar tiempo y detener o desconcertar un poco a los
guardias, di el alto a mi gente y ordené, antes de tocar retirada, una descarga ge¬
neral. La psadía sirviónos tina vez más. Los guindillas, que venían desalados
sobte nosotros, pararon en, firme y uno ellos cayó en tierra, lanzándonos soeces
insultos.
¿Qué había pasado? Mi piedra, extraída del zurrón de las infalibles, dió violen-
RECUERDOS DE MI VIDA .7^
tamente en el muslo de uno de los persecutores, quien transido de dolor, dot>lp la
rodilla en tierra; otro guijarro hizo blanco en el hombro del segundo municipal;
mientras que el proyectil de mi hermano, lanzado con gran impulso, acertó, por
peregrina casualidad, en la hoja deí sable del tercer guardia, rompiendo el acero
al ras del puño. El buen hombre quedó en la facha grotesca que es de suponer; es.
decir, esgrimiendo retador un mango de latón mondo y lirondo. Sólo un adversario,
se libró de los proyectiles. Siguióse, como décíamos, un instante de estupor, del
cual nos aprovechamos hábilmente para poner pies en polvorosa. Cuando los co-
léricos guindillas invadieron nuestros reales, era ya tarde para el alcance; había¬
mos ganado las eras de Cáscaro, salvado el viejo muro, descendido por entre
sus sillares y traspuesto, finalmente, el río y la alameda.
Cara pudo costamos la aventura. Uno de los guardias guardó cama varios días,
según contaron; se nos buscó insistentemente por todas partes; afortunadamente,
ningún compañero nos delató. Y aunque la Policía quiso hacer un escarmiento
ejemplar en los presumibles cabecillas del atentado contra la autoridad, no lo con¬
siguió, al menos en lo que a mí respecta; porque mi amo, sabedor del lance y acé¬
rrimo enemigo de los guindillas, con quienes tenía alguna cuenta pendiente, me
ocultó por unos días en casa de un correligionario.
La otra peripecia dramática ha quedado rotulada en mi memoria con el nombre
de paliza del montañés. Batíame solo, desde un campo próximo a la carretera,
contra ocho o diez estudiantes parapetados en lo alto de la muralla, posición ven¬
tajosa a que les obligaba, para igualar las condiciones, mi notable puntería con la
honda. En lo más recio del zafarrancho, y cuando acababa de hacer blanco en un
sombrero enemigo, veo avanzar hacia mí, con aire nada tranquilizador y enarbo¬
lando formidable garrote, a un arriero montañés, que momentos antes cruzaba pa¬
cíficamente la carretera al frente de su recua. Esperábale yo entre confiado y esca¬
món, sin saber qué partido tomar, hasta que por sus primeras palabras adiviné lo
sucedido: era que de lo alto de la muralla le habían arrojado un cantazo, y oyendo
el restallido de mi honda y sorprendiendo mi actitud ofensiva, creyóme autor de la
agresión. En vano alegué mi inocencia, señalándole la posición de mis adversarios,
eclipsados por mi mala ventura en aquellos críticos momentos. Sin atender a ra¬
zones, agarróme del cuello y me sacudió monumental paliza,. Desahogado su ren¬
cor, incorporóse a la recua y yo¿quedé molido y maltrecho.
Hirviendo en ira juré vengarme del atropello, para lo cual érame propicia la
disposición del terreno. Renqueando por el dolor, escalé, como Dios me dió a en¬
tender, el cercano muro; me remonté a las eras de Cáscaro, deslicéme a lo largo
de las derruidas almenas hasta ponerme enfrente del colérico montañés, que
caminaba tranquilamente por la carretera, bien ajeno a la borrasca que le esperaba.
En un santiamén reuní diez o doce gruesos guijarros y los arrojé sobre el ansotano
con vertiginosa rapidez. Espantóse la recua, corriendo a la desbandada. ¡Quién
podría contar la corajina del atlético gañán al verse alcanzado por tres o cuatro
proyectiles de grueso calibre! El infeliz, que no podía escalar la muralla, ni aban¬
donar las caballerías, ni esquivar el cuerpo tras de ningún reparo, juraba y pa¬
teaba como un condenado.
En cuanto llegó a la posada, denunció el hecho al alcalde; pero las autoridades
no lograron averiguar el nombre del agresor y el lance no tuvo las desagradables
consecuencias que eran de temer.
76
S. RAMÓN Y CÁJÁl'
Mi mala fámía hábia cundido dé Ut modo en el barrio, qiíe hasta las iliñas,
<íüandó salían dél Colegio, se éscondíari al verme, t'eníerosas de alguna furtiva pe¬
drada. Por cierto que, entre las müchachaá que ipe cobraróii más horror, recuerdo
a cierta rubita grácil, de grándes OJOS vérde-mar, mejillas y labios de gétanio, y
íárgas trenzas color de miél. Su tío y padre, a quienes nuestros diarios alborotos
Impedían dormir la siesta, habíanle dicho pestés de Sañtiagüé,Q\ chico del riiédico
dé Ayerbe, y lá pobrecilla, en cuanto topaba conmigo, echaba a correr despavorida,
hasta meterse en su casa de la calle del Hospital.
iCaprichos del azar!... ¡Aquella preciosa niña asustadiza, en que apenas reparé
por entonces, resultó, andando el tiempo, la madre de mis hijos!...
CAPITULO XV
inquina de MICATEDRiTlOO DE QRIEOO.-DECIDE MI -
CONVIRTIÉNDOME EN aÍÍENDIZ DE ZAPATERO.-MIS PROEZAS EN OBRA PRIMA.
EL ATAQUE DE LINÁS.-CONSIDERAeiONES EN TORNO DE LA MUERTE
Después de lo expuesto, huelga decir que mi instrucción científica y litera-
rTa progresó muy poco durante el curso de 1886. El latín y griego me
aburrieroifsoberanamente, y la Historia universal y la de España, con¬
sistían en retahila insoportable de fechas y abrumadora letanía de noinbres de re
yes y d"as ganadas o perdidas, según el favor o el enoio de la Providencia,
no tuvieron para mí ningún atractivo. ,>o4prirátirn de
Con todo eso, el curso habríase salvado sin contratiempo, si el estico de
griego, un buen señor tan desabrido como suspicaz, no me íf
blanco de su mal humor. Cierto que no extremaba mi celo y compostura m
me entusiasmaban grandemente sus lecciones pronunciadas con acento crudainen-
te catalán y premiosa y sibilitante palabra; mas de su oieiiza no fueron mis dis-
ÍacSnesl'causa principal, sino cierto defecto fisiplógico de que nunca he lo-
lamanirade los salvaies yde las muieres, he adolecido siempre de lamen-
table facilidad para soltar la risa: una observación chocante, un gesto inesperado,
ctÍaSerchirSota! bastaban para excitar mi ruidosa hilaridad, sin que fueran
oarte a reportarme lo grave del lugar y lo solemne de la ocasión. En mi huesoso y
movedizo semblánte estallaba la carcajada como el oleaje f
" brisa Y era lo malo que, en virtud de cierto aspecto meftstofehco del rostro, mi
espontánea sonrisa de bobalicón asombrado adquiría, a los ojos de algunos, un no
sé qué de sarcástico, irritante y provocativo. ^ ^ aiza in« hrihnnes
Percel bueno del maestro, que ignoraba el dicho de Dumas f “““
no se ríen., montaba en cólera cada vez que sorprendía ™ ^
vela, por exceso de suspicacia, intención satírica y aviesa. Ni ™
mar su enojo asegura, le que no me ireia de el, a Tumn ^cemmente re
sino de las bromas y salidas de algunos
progresivamente su irritación, dió en la mama de mortihcarme diariamente con
vulgares comparaciones zoológicas y comentarios bmleseos. teraoéú-
A1 proceder de esta suerte mis maestros erraban de . .
tica. En el fondo era'yo un infeliz, un alma cándida, aunque
intelectuales y sensitivas irrefrenables. Tanto mi padre como mis
hieran sacado mejor partido de mí usando los métodos del Y de la bo
en lugar de infligirme corJ-ecciones acaso excesivas y siempre exasperantes.
78
S, RAMÓN Y CAJAL
Pero volviendo a mi adusto profesor de griego, diré que aquel régimen de pu¬
llas y alfilerazos, que yo estimaba injusto, agotó mi paciencia. Y considerándome
perdido, resolvi tomar represalias. Decidí, pues, atormentar al pobre señor con
toda suerte de pesadas bromas, traspasando los límites de |la insolencia. Para
herirle en lo más vivo, que eran sus profundas convicciones ultramontanas,
hacía pasar de mano en mano grotescas caricaturas en que aparecía, ya con traje
de miliciano nacional, colgando de sus labios letrero que decía: «¡Viva la Constitu¬
ción!», ya andando en cuatro patas, tocada la testa con boina descomunal— y ésta
era la más negra— y cabalgado por Espartero, que parecía cantarle el trágala . al
■oído. Tan grotescos monigotes regocijaban y desasosegaban a los chicos, que
oían al iracundo pedagogo como quien oye llover. ^
Con estas y otras pesadas payasadas fué tal el odio que me cobró, que, a punto
de trasladarse a Cataluña, de donde era natural, aprovechó la ocasión de la plá¬
tica de despedida para deplorar amargamente deber ausentarse sin haber tenido
el gusto de castigar mis insolencias. «A bien que mis rectos comprofesores sabrán
vengarme», añadió. Yo estuve por contestarle «¡buen viaje!»; me contuve, sin em¬
bargo, por no empeorar mi ya desesperada situación.
Graves fueron de todos modos las consecuencias de mis imprudencias. Des¬
alentado por la citada conminación, recibida precisamente en el mes de mayo, di
por seguro el fracaso, y no me atreví a presentarme a examen.
Con lo cual, y con haber obtenido solamente notas de mediano en las demás
asignaturas, púsose furioso mi padre, amenazándome con ejemplar y radical es¬
carmiento. Resuelto a arrancar de cuajo mis chifladuras artísticas, meditó y puso
por obra cierto plan terapéutico no exento de ingenio y eficacia, que consistía en
la aplicación del sabido principio médico: Contraria contrariis. «¿Qué es— debió
preguntarse mi progenitor— lo más diametralmente opuesto, en el orden profesio¬
nal y sentimental, a la dulce poesía y a las emociones y bellezas del arte pictóri¬
co? Pues los bajos oficios de soguero, deshollinador o zapatero remendón.» Está
última profesión, sobre todo, parecióle pintiparada para abatir mis pujos románti¬
cos y corregir definitivamente mis rebeldías.
Pensé al principio que todo pararía en amenazas, pero me engañé de medio a
medio. Antes de terminar el mes de junio— habitábamos entonces en Gurrea de
Gállego (1)— puso por obra su proyecto, asentándome de aprendiz con cierto za¬
patero, hombre de pocas palabras, rústico y mal encarado, el cual, en conniven¬
cia con mi padre, hízome pasar las de Caín. Obligóme a tragar un mal cocido, a
dormir en obscuro y destartalado desván lleno de ratones y telarañas, y encargó¬
me además de los más bajos y sucios menesteres de la tienda. Quitáronme lápi¬
ces y papel, y se me prohibió hasta emborronar con carbón las paredes del
granero. Privada la fantasía de todo instrumento expresivo, vivió de sí misma y
alzó en la mente las más brillantes y risueñas construcciones. Jamás viví vida
más prosaica ni soñé cosas más bellas, altas y consoladoras. En cuanto acababa
de cenar, asaltaba ansiosamente mi cuchitril, y antes de que el sueño me rindiera
ocupábame en dar forma y vida al caos de manchas de la pared y a las telarañas
■ (1) Allá a fines de 1865, por disgustos habidos coa el Ayanfamientb, dejó mi padre el partido de
Ayerbe, trasladándose primero a .Sierra de Luna y luego a Gurrea de Gállego. Transcurridos dos años
y hechas al fin las paces con el cabildo ayerbense, retomó al antiguo partido, al cual le ligaban un eré
dito profesional bien cimentado y hasta algunos bienes raicesi
RECUERDOS DE MI VIDA
79
del techo, que transformaba, a impulsos del pensamiento, en los bastidores de
mágico escenario por donde desfilaba la cabalgata de mis quimeras.
Aquel régimen de aislamiento moral y de austera alimentación hubiera aca¬
bado por convertirme en místico ex^tado— como a un amante del yermo— si mi
madre, temerosa de los efectos depauperantes de las berzas y del cocido incoloro,
no me hubiera mandado furtivamente sabrosas tortas y suculentas tajadas. Al
final de aquel verano conseguí también lápiz y papel, comprados gracias a la ge¬
nerosa propina recibida de la hija de los condes de Parcent, gentil señorita de
catorce abriles que se dignó un día visitar la tienda y confiar al humilde aprendiz
el arreglo de elegante y diminuta botina, descosida durante el trajín dé reciente
cacería/(l).
Trasladada nuevamente mi familia a Ayerbe, cambié de dueño, entrando a
servir a un tal Pedrín, de la familia de los Coarasas de Loarre, zapatero campe¬
chano, zaragatero y chistoso, pero severo y duro con los aprendices. Tenía yo en¬
tonces rarezas alimenticias extremadas (tales como repugnancia invencible hacia
el cocido, la calabaza, el tomate, la cebolla, etc.), que desazonaban sobremanera
a mis padres. Y así, el autor de mis días puso empeño en que Pedrín curara radi_
cálmente tan enfadosos antojos, amén de tratarme en lo demás sin ningún mira¬
miento y a cara de perro, según el dicho vulgar. Lo mismo que en Gurrea, debían
correr a mi cargo las más antiestéticas faenas.
Encantado estaba el señor Pedrín (quien, no obstante la fama de mal genio, era
excelente persona y buen amigo de mi familia) de mis progresos, así como de la
paciente humildad con que soportaba lo mismo las bajezas y prosaísmos dél
oficio que las deliberadas modificaciones del menú.
Un día díjole a mi padre: —Don Justo, suxhico de usted es una alhaja; es ma¬
ñoso, todo lo hace bien. De seguir así, voy a ponerle pronto a hacer botinás
nuevas.
— Y ¿qué tal la comida?
—Traga hasta las piedras: calabaza, tomate, nabos, cocido... Todo lo devora
sin hacer un visaje.
—Lo dudo...; fíjese bien, no sea que el chico, que es muy marrullero, se la
pegue a usted.
Algo escamado el maestro, observóme disimuladamente durante la cena, y no
tardó en sorprender mis trazas y ardides. Cuando el plato no era de mi gusto,
solapadamente escondía yo las tajadas, ya en el bolsillo del pantalón, encerado a
este propósito, ya sobre un pañuelo oculto entre mis rodillas. Afeóme áspera¬
mente la desobediencia y consideró cuestión persona! democratizarme el estóma¬
go y empapaza/Tne (empapujar) hasta de las más viles bazofias; no lo consiguió,
sin embargo. Sus bien intencionadas porfías sólo sirvieron para enflaquecerme y
convertirme,^ por inevitable compensación alimenticia, en famélico comedor
de pan (2).
(1) Los condes de Parcent solían pasar entonces los veranos en Gurrea, centro de sus vastas pose¬
siones señoriales, donde tenían magnífico palacio. Recuerdo todavía con placer las soberbias cacerias
con acompañamiento de bocinas, tiendas de campaña, lujosos trajes de caza, etc.) efectuadas en los
bosques próximos, y a las cuales era mi padre graciosamente invitado a título de primera escopeta de
la comarca. Por cierto que el hermano del conde pintaba al óleo bastante bien. Aún debe conservarse
en mi casa cierto retrato de mi padre, con robusto y bien entoirado colorido, regalo del aristócrata afi-
-cionado.
(2) El señor Pedrín vivía aún en 1917, y dirigía un acreditado taller de zapatería en Huesca, donde era
jnuy estimado. Hace algunos años, y poco después de haberse hécho público cierto afortunado triunfo
S. RAMÓN Y CAJAL
Extendidas por el pueblo nuevas de mis rápidos avances zapateriles, un taí
Fenollo, maestro de obra prima y dueño de la mejor tienda de la población, pro¬
puso contratarme por cierto número de años, a condición de que si, antes de la
primera añada, abandonaba el oficio, debía mi padre indemnizarle a posteriorí con
dos reales diarios. Cerrado el trato e instalado en el nuevo obrador (más alegre y
capaz que el de Pedrín, y emplazado en la hermosa Plaza Baja), puse a mal tiem¬
po buena cara.
Poco tardé en intimar con el hijo del patrón, simpático muchacho de mi edad
y gustos, y díme tal garbo en el manejo de la lezna, que a los pocos meses cosía
a todo ruedo, haciendo zapatos nuevos de los llamados entonces abotinados, re¬
cortando coquetones tacones y dominando los calados y demás arrequives de las
punteras y todas las filigranas del oficio. Mis prpgresos fueron muy alabados por
el nuevo amo, que me prometió, de continuar en la misma tesitura, abonarme un
jornal de dos reales diarios, amén de la ropa y comida. Entretanto, para honrar y
enaltecer mi habilidad, confiábame las botinas de las señoritas más remilgadas y
presumidas; botinas en cuyos altos y esbeltos tacones labraba primores de orna¬
mentación. ¡Qué diablos! ¡De algo habían de servirme el Arte poética de Horacio y
mis aficiones artísticas!
Por aquel año (1867) acaeció la famosa intentona revolucionaria de Moriones
y Pierrad, que tuvo sangriento epílogo en el choque de Línás de Marcuello. Gene¬
ral era el descontento contra el Gobierno. El odio a los moderados, a causa de las
deportaciones y fusilamientos de liberales, había ganado hasta las aldeas más
apartadas. Todo hacía presagiar próxima tormenta, de la cual el citado choqué de
Linás fué el primer relámpago amenazador.
Con júbilo casi general fué en Ayerbe sabida la sublevación de los generales,,
cuyo triunfo creíase inminente. Muchos se aprestaban a alistarse en las filas re¬
beldes; sólo en nuestro pueblo y Bolea había— al decir déla gente— sobre 500
hombres comprometidos, que esperaban no más, para incorporarse a las filas revo¬
lucionarias, recibir armas y equipos. Cundió, por fin, la noticia de que las huestes
liberales, formadas por carabineros y montañeses del Alto Aragón, habían per¬
noctado en Mrillo, Lapeña y Riglos, desde cuyos pueblos corriéronse hacia Linás
de Marcuello, aldea situada al pie de la vecina sierra de Gratal. Intensa emoción
reinaba en Ayerbe; algunos juzgaban inminente la entrada triunfal de los insu¬
rrectos.
De improviso apareció en la Plaza Baja la columna del general Manso de Zú-
ñiga, compuesta de algunas fuerzas de infantería y de 50 soberbios y vistosos co¬
raceros que entusiasmaron a los muchachos con su aire marcial y brillantes arma¬
duras. No me saciaba de admirar las bruñidas corazas y empenachados yelmos,
defensas evocadoras del recio arnés de los antiguos guerreros y de las épicas
luchas de la reconquista. Subyugóme, sobre todo, el admirable golpe de vista
ofrecido por los escuadrones en correcta formación. Al moverse los caballos, toda
aquella masa de metal pulido rielaba al sol como el mar rizado por la brisa: de
las desnudas espadas brotaban deslumbradores relámpagos, y el polvo alzado
por el piafar de los alazanes parecía como dibujar en torno dé cada guerrero . glo¬
rioso nimbo de luz.
Impaciente por combatir, el general ordenó al alcalde la inmediata traída de
bagajes, y sin detenerse más que lo estrictamente necesario para racionar a los
mío, salióme a recibir a la estación oscense, y sin poder contener las lágrimas abrazóme emocionado
exclamando; —¡Y yo que pensaba que tenias aptitudes excepcionales para el oficio!
RECUERDOS DE MI VIDA
81
soldados, partió en dirección de Linás, adonde debió llegar en las primeras horas
de la tarde. No transcurrió mucho tiempo sin que oyéramos el lejano y sordo es-r
tampido de las descargas, repercutido por las vecinas montañas-
Formáronse corrillos en las plazas, a los que nos agregábamos los chicos,
presa de viva curiosidad. Y entre los hombres cambiábanse en voz baja comenta¬
rios acerca de la batalla librada en aquellos angustiosos momentos entre la liber¬
tad y la reacción. Entretanto, buen golpe de vecinos comprometidos en la asona¬
da habían huido hacia la sierra para esprerar el desenlace y evitar posibles repre¬
salias. Ardíamos todos en ansiedad e impaciencia por conocer lo ocurrido. Nues¬
tra comezón por saber algo fué tan grande, que varios chicos nos escapamos al
lugar de combate, caminando a campo traviesa. Llegados a la cúspide de una
colina, que por el Sur domina la aldea de Linás,' presenciamos escena lastimosa y
conmovedora. Las tuerzas leales replegábanse en aquel instante, con visibles
muestras de desaliento, hacia Ayerbe; mientras los insurrectos, que conservaban
excelentes posiciones en las casas del pueblo y cercados inmediatos, comenza¬
ban a correrse por el pie de la sierra, desdeñando perseguir al enemigó, acaso por
no derramar estérilmente sangre española.
Escalamos entonces cierto alcor próximo al camino por donde la tropa cami¬
naba. Grande fué nuestra sorpresa al advertir que aquellos coraceros, horas
antes gallardos e imponentes, marchaban ahora desordenados y silenciosos, abo¬
llados los cascos y sangrientos los uniformes. Algunos, perdido el caballo en la
refriega, caminaban a pie, macilentos y tristes. Montados, o más bien sujetos, en
caballerías y escoltados por bagajeros y soldados, venían numerosos heridos,
cuyos lastimeros ayes, arrancados a cada trompicón del áspero camino, desgarra¬
ban el corazón. Y en medio de aquel melancólico desfile surgió, cual trágica apa¬
rición, la pálida figura del general Manso de Zúñiga, agonizante o muerto, mante¬
nido a caballo gracias a los piadosos brazos de un ayudante. Profunda impresión
sentí al contemplar el uniforme manchado de polvo y sangre, los abatidos y páli¬
dos rostros de la fúnebre comitiva, y, sobre todo, la faz intensamente blanca del
infortunado caudillo, horas antes rebosante de energía y altiva resolución.
Confieso que aquella imagen brutalmente realista de la guerra enfrió bastante
mis bélicos entusiasmos. En ningún libro había leído que las heridas de fusil fuer
ran tan acerbamente dolorosas, ni que los lisiados exhalaran quejas tan lastime¬
ras. Está visto que, o los historiadores no han presenciado batallas, u omiten de¬
liberadamente por sabida la tortura física y moral de las víctimas,
Al llegar al pueblo, contaron los soldados pormenores del encuentro. Noticio¬
sos los insurrectos (en número de 1.600 hombres) de la|escasez de las fuerzas del
general Manso, aguardáronle apostados en excelentes posiciones extendidas por
las colinas inmediatas a Linás. En cuanto avistaron al enemigo, las fuerzas leales
hiciéroase fuertes en los altozanos próximos a la aldea y cruzáronse los primeros
disparos. Impaciente el caudillo isabelino por la inesperada resistencia de fuerzas,
que supuso indisciplinadas, ordenó el avance de sus tropas, que fueron recibidas
con nutridas descargas. Debió ocurrir un movimiento de vacilación, motivado
quizá por el desorden de la caballería, incapaz de maniobrar dado lo angosto
y quebrado del terreno; y entonces el bravo general, para dar ejemplo a los
suyos y arrastrado por su intrepidez, espoleó reciamente el caballo, adelantándose
gran trecho hacia el enemigo. Cobraron ánimo los leales, corriendo a paso de
carga para alcanzar al bizarro general; pero, desgraciadamente, antes de que lle¬
garan a socorrerle, una descarga derribóle mortalmente herido. Cuentan que en
6
S. RAMÓN Y CAJAL
aquel momento trágico, cierto colosal ansotano, mozo de siete pies de estatura y
de diez y nueve años apenas, abalanzóse temerariamente hacia el caído, al objeto
de desarmarlo y hacerlo prisionero; perojrustróse su intento, porque certera bala
le hirió en el corazón, desplomándolo junto al caudillo. Perdido el general e insu¬
ficientes las fuerzas isabelinas para proseguir el ataque, retiráronse al cabo, des¬
pués de recoger los numerosos heridos, que fueron asistidos y curados en el hos¬
pital de Ayerbe (1).
Según era de presumir, tocóle a mi padre aquellos días no poco que hacer con
la diaria curación de los soldados heridos en la refriega, y el cuidado sigiloso de
otros pertenecientes a las fuerzas insurrectas, refugiados en diversas aldeas y
hasta en lo más fragoso de la vecina sierra de Gratal.
La contemplación al siguiente día, en los campos de Linás, de los infelices
que cayeron con ocasión del sangriento combate, y el examen, poco tiempo des¬
pués, de las víctimas de otra acción inesperada librada cerca de Ayerbe (2) entre
carabineros y contrabandistas, trajeron por primera vez a mi espíritu la terrible
enseñanza de la muerte, la más profunda y angustiosa de todas las realidades de
la vida. Ciertamente, antes de los citados sucesos había visto muertos y presen¬
ciado el espectáculo desgarrador de la agonía; pero mi emoción, harto débil, ha¬
bíase disipado como espuma en la onda.
En la aurora de la vida, tan absurda resulta la idea de la muerte, que apenas
suscita alguna pasajera cavilación. iQuién piensa en morir cuando siente en su
corazón juvenil batir con furia la sangre, y contempla delante de sí, en la azul le¬
janía del tiempo, serie inacabable de años de luminosa existencia! Gran privi¬
legio de los niños es morir sin saber que se mueren.
La melancólica convicción del no ser, con todo su cortejo de pavorosos y for¬
midables enigmas, se apodera de nosotros en la edad madura, en presencia de la
muerte de padres y amigos, y sobre todo cuando penosas sensaciones internas,
inequívocos signos del creciente desgaste de la máquina vital, nos anuncian,
para un plazo más o menos dilatado, el ineluctable desenlace .
Este temor, tan profundamente humano (más felices que nosotros, los anima¬
les parecen ignorarlo), acreciéntase todavía para el médico o el biólogo. La cien¬
cia es tan impasible como indiscreta. Por ella sabemos que nuestra organización
es tan sutil y quebradiza, que un invisible microbio, inesperada ráfaga de viento,
débil oscilación térmica, choque moral violento, pueden en pocos días arruinar la
obra maestra de la creación, que se asemeja, por lo deleznable y compleja, a esos
(1) No respondemos de la fidelidad absoluta del precedente relato. Trasladamos aquí exclusiva¬
mente nuestros recuerdos personales, así como la versión, descartada de anécdotas y de suposiciones
inverosímiles, que por aquellos tiempos corría en Ayerbe.
(2) Ocurrió este choque cerca de Piasencia, carretera de Ayerbe a Huesca. Cierta cuadrilla de con¬
trabandistas, a quienes, al cruzar el Pirineo, habia sido arrebatado, con muerte de algún paquetero
prestigioso, valiosísimo contrabando, deseando vengarse y recobrar el botín, siguió a corta distancia a
los carros portadores del apresado alijo, recatándose hábilmente de la escolta de carabineros y
fuerzas de infantería que lo custodiaban. Llegados más allá de Ayerbe, aprovecharon un momento du¬
rante el cual, demasiado adelantada la escolta de infantería, no quedaba junto a los carros sino una
docena de carabineros; entonces sorprendieron a éstos, que marchaban descuidados; mataron a seis o
siete infelices, dispersaron los demás, y cargaron rápidamente el contrabando en sus recuas. Cuando la
compañía de infantería, que iba a la cabeza del convoy, tuvo noticia de la audaz y sangrienta acome¬
tida, fué ya imposible alcanzar a los contrabandistas, que tomaron, por veredas de ellos solamente co¬
nocidas. la vuelta de Zaragoza. A caxgo,de mi padre corrió le autopsia de los cadáveres, y y o, llevado dé
mi curiosidad, le acompañé ayudándole en la fúnebre tarea. Según supe más adelante (en ígiO-) oreci
sámente por el jefe de la partida (en Ansó), los ansotanos tuvieron también algunos heridos, que escon¬
dieron en corrales y aldeas.
ÜECUERDOS DE MI VIDA
Ingeniosísimos e intrincados relojes que marcan las ñoras, señalan los días de la
semana, anuncian los meses, las estaciones, los años, las salidas del sol y de la
luna, pero que, ¡ay!, adolecen tan sólo de un pequeño defecto: pararse definitiva¬
mente a la primera sacudida que reciben.
Otra de las cosas que más profunda impresión me produjo fué la expresión de
calma beatífica del cadáver, en contradicción fiagrante con los espasmos, luchas y
terrores de la agonía. Acostumbrados a asociar el gesto con un modo particular de
sentimiento, nos cuesta trabajo atribuir al definitivo reposo muscular la expresión
plácida del difunto; antes bien, propendemos a enlazar dicha inmutable serenidad
con un equivalente estado de conciencia.
¡Guán soberanamente trágico aparece ese abandono del espíritu y la dócil en¬
trega de nuestros órganos a todas las disolventes injurias de las fuerzas cósmicasl
¡Y qué desconsoladora indiferencia la de la naturaleza al arrojar cual vil e:scoria la
obra maestra de la creación, el sublime espejo cerebral donde aquélla adquiere
conciencia de sí misma!
CAPITULO XVI
RETORNO AL ESTUDIO.— MATRIGÚL02VIE EN. DIBUJO.— MIS PROFESORES DE RETÓRICA
Y PSICOLOGÍA.— IMPRESIÓN CAUSADA POR LAS ENSEÑANZAS FILOSÓFICAS,— UNA
TRAVESURA DESDICHADA.— EN BUSCA DE LOCAS AVENTURAS
Había transcurrido un año de mi vida 'zapateril cuando mi padre, satisfe¬
cho del experimento educativo, y considerándome curado de mis deli¬
rios artísticos, dispuso mi vuelta a los estudios. Ofrecíle sinceramente
aplicarme, a condición de que me consintiese matricularme en dibujo, asignatura
perfectamente compatible con la cultura clásica, y sobre todo con el estudio de
las ciencias físicas y naturales. Accedió, por fin, no sin escrúpulo,, a mi ruego, jr
para garantizar mi formalidad en lo futuró, asentóme de mancebo en la barbería
de un tal Borruel, situada en la plaza de Santo Domingo. Si mis recuerdos no
mienten, tocóme cursar aquel año Psicología, Historia sagrada, Latín y Retórica y
Poética.
Según adivinará el lector, en cuanto empezaron las clases me entregué con
ardor infatigable al dibujo. Pronto pasé de la pepitoria fisonómica (ojos, narices,,
bocas) a las cabezas completas y a las figuras enteras. Trabajé con tan furiosa
actividad, que antes de los tres meses agoté la colección oficial de modelos lito-
gráficos. Mi profesor, don León Abadías, sorprendido de tan extraño caso de afi¬
ción pictórica, puso galantemente a mi disposición mis colecciones privadas de
dibujos, que me consentía llevar por turno a casa para trabajar durante las vela¬
das invernales. Embeleso y deleite de mis sentidos resultaba la citada labor, en
la cuál me pasaba, infatigable, los días de turbio en turbio, ocupado en copiar
fervorosamente las nobles líneas de los héroes griegos y la expresión beatífica de
las espirituales madonas de Rafael y de Murillo. Era la embriaguez del instinto
estético, que sacia por fin su sed de ideal en las puras corrientes de la belleza
Con nada se saciaba mi lápiz infatigable. Habiendo don León agotado sus car¬
tapacios, ascendióme a copiar del yeso y del natural y, por último, tanteó mis
fuerzas en la acuarela. Quedó satisfechísimo de mis trabajos, considerándome—
según declaró más de una vez — como el discípulo más brillante de cuantos habían
pasado por su Academia. Tan lisonjero juicio llenóme de noble orgullo. Según
era de esperar, llegados los exámenes, galardonó mi laboriosidad con la nota
de sobresaliente y premio. Llevado de su altruismo, mi excelente maestro hizo-
más: se tomó la molestia de visitar a mi padre em Ayerbe, a quien instó encareci¬
damente para que, sin vacilar un momento, me consagrara al hermoso arte de
Apeles, en el cual me esperaban, en su sentir, triunfos resonantes.. Arrastrado poir
RECOTRDOS rjE MI VIDA
SU fervor, extremó los elogios al catecúmeno; pero todo fué en vano. Iinposible.
fué persuadir, al autor de mis dias de.que en las inclinaciones artísticas de su re¬
toño había algo más que pasajero dilettantismo.
No obstante mi manía pictórica, estudié también con algún provecho la Retón ; ^
tórica y Poética, asignatura que armonizaba con mis gustos y tendencias. El retó¬
rico don Cosme Blasco (hermano del ilustre escritor don Eusebiq), joven maestro
de palabra suave y atildada, bajo la cual ocultaba carácter enérgico y entero, po¬
seía el arte exquisito de hacer agradable la asignatura, y el no menos recomenda- ,
ble de;qstimular la aplicación de sus discípulos. Preguntábanos la lección a todos; .
tomaba nota diaria de las contestaciones, y con arreglo a ellas nos ordenaba en
los bancos. Yo salía casi siempre airoso de las conferencias; sin embargo, a des¬
pecho de mis buenos deseos, no conseguí pasar nunca del segundo o del tercer
Iqgar. El puesto de honor era alcanzado siempre por alguno de esos estudiantes ,
que, a la aplicación y despejo excepcionales, juntan obstinada retentiva verbal y
recitan de coro largos pasajes latinos y castellanos (1). Ese don exquisito que los
psicólogos modernos llaman memoria espontánea a orgánica; osa. capacidad de .
retener sartas inacabables de voces inconexas; ese precioso capital orgánico,
archivo de la razón, descanso de la atención y del juicio, es precisamente la cuali¬
dad en que la naturaleza se ha mostrado conmigo más avara. Mi facultad de rete¬
ner corresponde casi exclusivamente a la memoria lógica o sistemática, que se
nutre con la atención y asociación, y opera solamente a condición de , establecer
concatenación natural y lógica entre las nuevas y las antiguas adquisiciones. .
Compruébase en mí, de exagerada manera, una nota o propiedad de la revi¬
viscencia de las ideas, bien estudiada por Wund, James y otros psicólogos, a
sqber: que el recuerdo o imagen no es mera copia de la percepción, sino nuevo
acontecimiento mental, resultado de una síntesis que incorpora elementos pre¬
existentes más o menos afínes.
Con harto menos provecho, por falta de adecuada disposición mental y por
mi repugnancia invencible contra toda clase de dogmatismos, estudié la Psicolo¬
gía, Lógica y Etica. El profesor de esta asignatura, don Vicente Ventura, era ,
maestro docto y celoso, cuya voz ronca y nasal deslucía un tanto la brillantez de
su oratoria. Penetrado de profundo sentimiento religioso (que le impulsaba a
postrarse horas enteras en la catedral con los brazos en cruz y el alma en éxtasis),
sus palabras traducían la robusta fe del creyente más que la crítica razonada del
filósofo. Era, ante todo, panegirista de la religión y orador pomposo, de apostrofes
vibrantes de apostólica indignación contra el error . materialista y la impiedad
protestante. Ferviente admirador de la escolástica, para él no habían existido .
sino dos grandes genios filosóficos: Aristóteles y Santo Tomás. De vez en cuando¿
arrastrado por su fogosidad tribunicia, se exaltaba, poniendo como, chupa de dó- ,
mine a Locke, a Condiílac, y sobre todo a Rousseau y a Voltaire. Ignorante yo de
la vida y milagros de dichos filósofos, me dije más de una vez; ¿Qué le habrán
hecho estos señores a don Ventura para que les censure tan duramente? Y fué lo -
peor, que, a fuerza de execrar a los racionalistas, casi nos resultaban simpáticos.
Fuera largo e impertinente analizar aquí los estados de conciencia, no siempre
suficientemente ^precisos y. luminosos, producidos . por aquella iniciación en lá::
psicología dogmática y metafísica elemental.. Sólo diré que me extrañaron mu-
(1) Nnesiro modelo de estudiantes aplicados era Arizón, que llegó y no pasó de médico militar.
Jamás pudimos arrancarle el número primero de W clMé. ¡Cuántos talentos se esterilizan por falta de
ambición!...
86
S. RAMÓN Y CAJAL
chas cosas: primera: que mientras en Geometría, Algebra y Física toda verdad se
apoyaba firmemente sobre el razonamiento o la experiencia, en Metafísica y Psi¬
cología se miraba con recelo o se concedía secundaria importancia a los referi¬
dos métodos, adoptando con ciega confianza el principio de autoridad y las ale¬
gaciones del sentimiento: segunda; que verdades tan transcendentales y decisivas
como la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, que debieran constituir, al
modo de los axiomas matemáticos, indiscutibles postulados de la razón, tuvieran
que ser hábilmente defendidos con argucias y recursos de abogado; tercera: que
el mismo profesor de Lógica, que tanto encarecía la aplicación a los problemas de
la vida común los criterios de certeza, al tratar después de los problemas de la
Metafísica, se amparaba sin recelo en los dictados, no siempre infalibles, y a veces
contradictorios, de la tradición, y en las afirmaciones dogmáticas de la fe religio¬
sa; finalmente, sorprendióme sobremanera la pluralidad de las escuelas filosóficas,
pluralidad reveladora, o de que las cabezas humanas funcionan diversamente,
estimando las unas por error lo que las otras diputan por verdad, o que la esfera
de la religión y de la filosofía se substrae casi enteramente a la aprehensión del
entendimiento humano.
Pero dejemos estas digresiones (1), impropias de una autobiografía, y reanu¬
demos el hilo de la narración.
Avanzaba el curso del 68 y aproximábanse los exámenes, en los cuales espe-
r aba salir medianamente airoso, cuando un suceso inesperado malogró mis espe¬
ranzas.
Paseábame cierta tarde por la carretera inmediata a la muralla, no lejos de la
plaza de Santo Domingo. De improvisó divisé una tapia recién revocada y perfec¬
tamente blanca. En aquellos heroicos tiempos de mi pictomanía, una superficie
limpia, lisa y virginal, constituía tentación pictórica irresistible, atrayéndome
como atrae la luz a las mariposas nocturnas. Ver, pues, la pared y mancharla con
tiza y carboncillo, fué cosa de breves instantes. Pero aquel día quiso el diablo
que me propasara a retratar, en tamaño natural, a algunos de mis profesores, y
señaladamente a mi maestro de Psicología y Lógica, don Vicente Ventura, cuyos
rasgos fisonómicos, sumamente acentuados, prestábanse admirablemente a la ca¬
ricatura. Con lápiz nada adulador— lo confieso— hice resaltar su ojo tuerto, su
nariz algo roma y sus anchurosas y rapadas mejillas eclesiásticas, que denuncia¬
ban a la legua, en virtud de esa íntima correlación entre la idea y la forma, la de¬
voción al tomismo y la lealtad a Don Carlos. Acabado el diseño, apartóme de la
pared para juzgar del efecto. Acertaron entonces a pasar varios chicuelos y tal
cual estudiante, quienes contemplando los monigotes y advirtiendo en seguida el
parecido, prorrumpieron a coro: «¡Mirad al tuerto Ventura!» Y sin poder evitarlo,
apedrearon la caricatura, acompañando el acto con toda suerte de pullas y dic¬
terios.
Dispuso mi mala estrella que precisamente en aquellos momentos llegara el
original del dibujo y sorprendiera la ridicula escena del fusilamiento en estampa.
Sobrecogido de pavor al advertir la fatal coincidencia, me escabullí como pude.
Acérrimo partidario del principio de autoridad, don Ventura, al verse escarne¬
cido en efigie, estalló en santa indignación; enderezó a los chicos acre reprimenda
y los amenazó con denunciarlos a la autoridad si no delataban al autor de la burla.
(1) Omito en la presente edición, por inoportunas, ciertas reflexiones tocantes a cuestiones psico¬
lógicas y metafísicas (problema critico, criterios de certeza, fronteras entre el j/o y el no yo, tipos inte¬
lectuales, etc.), que figuraban en la primera.
RECUERDOS DE MI VIDA
87
Supo con pena que el autor de la caricatura era el chico del médico de Ayerbe, es
decir, ¡el hijo de uno¡de sus amigos más estimados!...
¡Quién podría contar la exasperación de don Ventura cuando al siguiente día
se encaró conmigo en clase! Perdida su calma habitual, se desató en un chapa¬
rrón de calificativos denigrantes.
Anonadado quedé al escuchar la formidable filípica. Balbuciente de emoción,
no acerté a formular excusa satisfactoria; intenté, empero, con frase tímida expre¬
sarle que no había sido mi ánimo molestarle en lo más mínimo con aquel desdi¬
chado monigote, dibujado sin intención y por mero pasatiempo; y, sobre todo, que
no tuve arte ni parte en la descomunal pedrea. Todo en vano. Don Ventura man¬
tuvo su actitud implacable. La indignación le ahogaba y, sin paciencia para escu¬
char mis disculpas, arrojóme violentamente del aula.
Sabedor mi padre de lo ocurrido, escribió a don Ventura tratando de aplacarlo;
mas no salió con su intento. A duras penas consiguió que se me admitiese nueva¬
mente en clase, en donde se me relegó, no obstante mi sincero arrepentimiento, al
pelotón de los irredimibles.
No me desanimé a pesar de todo. Durante el mes de mayo entreguéme al es¬
tudio con ahinco, y las eras de Cáscaro y mis buenos amigos— el hoy ilustre Sa¬
linas, entre otros— fueron testigos de las largas horas pasadas hojeando la Psico¬
logía de Monlau, ocupado en extraer el jugo oculto en los conceptos enrevesa¬
dos de substancia y accidente, esencia y existencia, transcendencia e inmanencia.
Muchas eran las nociones que escapaban a mi débil penetración; pero me pro¬
puse aprenderlas de memoria, según costumbre general, a fin de salir airoso del
examen. Logré, de este modo, en los últimos días de mayo, tener prontas y a punto
de ser quemadas unas cuantas carretillas de fuegos artificiales, es decir, de casti¬
llos de palabras enlazadas como los cohetes de traca valenciana. Todo consistía
en que el examinador pusiese el cebo en el principio del artificio pirotécnico, y en
que la emoción no me mojase la pólvora... Desgraciadamente, la pólvora se mojó.
Acababa de sentarme en el banquillo de los reos, cuando don Ventura, cuyo
enojo no se mitigó en lo más mínimo por mi compostura y aplicación de los últi¬
mos meses, irguióse olímpicamente en el estrado y dirigió al público y compañeros
jueces estas o parecidas expresiones:
«Señores: Cediendo a inexcusable deber de conciencia, me abstengo de exa¬
minar al señor Ramón. Llegada la hora de la justicia, deseo que no pueda acusárse¬
me de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la probada rectitud de mis com¬
pañeros, para que, libres de toda infiuencia, califiquen como se merezca al alumno
más execrable del curso, al que en su furor insano no reparó en mofarse pública
e insolentemente de su maestro, exponiendo la honrosa toga del profesorado al
escarnio de truhanes y a la befa del populacho . »
Aterrado quedé al oir tan severas palabras. Quise retirarme del examen, y así
lo signifiqué humildemente al Tribunal, alegando: «He estudiedo atentamente el
texto, pero en el estado sn que me hallo, siéntome falto de serenidad para con¬
testar. Me abstengo, pues, a mi vez, siguiendo el ejemplo de don Ventura, y me
retiro.»— Hace usted muy mal — me respondió con agrio y despectivo ademán uno
de los jueces— desconfiando de la rectitud del Tribunal, cuya imparcialidad e hidal¬
guía están muy por encima de sus malévolas insinuaciones. Siéntese usted, y si
positivamente sabe, será usted aprobado, a pesar de todo.»
Tuve la ingenuidad de morder el anzuelo. A todo contesté algo, según el texto,
y a mi ver, bastante más de lo exigido a mis condiscípulos para obtener el apro-
S. RAMÓN Y CAJAL
bado, sobre todo teniendo en cuenta la intensa emoción que me embargaba; pero
los jueces, como obedeciendo a una consigna, metiéronme en honduras y tiquis
miquis metafísicos. Y transcrurida más de media hora de mortal angustia, acaba¬
ron por desconcertarme. Entonceá me despidieron satisfechos.
A qué seguir... Quisieron darme una lección, y en efecto, la recibí, la agradecí
y no la olvidé nunca.
¡Mi situación moral . era terrible!... ¿Qué decir al llegar a mi casa? ¿Cómo sopor¬
tar la justa indignación de mis padres? Cediendo al fin a un sentimiento de ver¬
güenza y desaliento, resolví hacdr una locura: marcharme lejos,' muy lejos, huyendo
de mi familia y de mis maestros... Deseaba ardientemente vegetar desconocido
entre gentes desconocidas, ser juzgado por mis obras y no por mi historia.
Comuniqué mi designio a varios compañeros de infortunio. Agradóles el pro¬
yecto. Y reuniendo por todo capital unos cuantos reales, nos lanzamos en busca
de aventuras. Ya en marcha, varios fueron los proyectos formados: quiénes pre¬
tendían que, arribado? a Zaragoza, sentáramos plaza de soldados; quiénes propo¬
nían que nos asentáramos de aprendices en algún obrador o comercio; cuáles, en
fin, aconsejaban imprudentemente que nos entregáramos, hasta que la casualidad
o la Providencia proveyeran a nuestro sustento, al pillaje y merodeo...
En estas pláticas y disputas llegamos a Vicien. Anochecía, y como ^1 hambre
comenzase a dejarse sentir, cierto compañero llamado Javierretuvo la salvadora
idea de visitar al maestro del pueblo, tío suyo, hombre campechano y a carta
cabal. Aprobado el plan, entramos solemnemente en la aldea, que encontramos
ardiendo en fiestas, con baile y algazara en la plaza y mayos en las calles. Satis¬
fecho de ver a su sobrino, así como a la honrada compañía, el buenísimo del
maestro nos acogió franca y generosamente. Comimos de lo lindo, y de un tirón
dormimos diez horas. ¡Oh, hermosa serenidad de la adolescencia!
Al siguiente día, sosegados los ánimos y descansadas las piernas, nuestras
ideas cambiaron de rumbo; y entre los compañeros dominó el prudente propósito
de retornar al abandonado redil. El profundo sueño había disipado los románticos
ensueños; y la excelente digestión de la cena, después del baile (a que algunos
camaradas se entregaron la víspera), había creado en la cuadrilla sano optimismo
propicio al arrepentimiento.
Nada pudieron contra aquellas tornadizas voluntades mis especiosos sofismas.
Como quien oye llover escucharon mis supremos llamamientos al honor de la
palabra empeñada, y la evocación ardorosa de las hermosas perspectivas que una
existencia libre, fértil en aventuras, nos prometía. Todos prefirieron la azotaina
cierta a la fortuna quimérica, el sombrío pasado al glorioso porvenir...
Al fin hube de ceder. Y-en el crepúsculo de un día aciago, que debió de ser el
primero de éxodo épico y triunfante, regresé a Huesca, con la negra melancolía de
Don Quijote vencido, con la decepción dolorosa de Calicrates, herido antes de
comenzar la gloriosa batalla.
CAPITULO XVII "
DOS INVENTOS QUE ME CAUSARON INDECIBLE ASOMBRO: EL FERROCARRIL'Y LA FO¬
TOGRAFÍA. -MI INICIACIÓN EN LOS ESTUDIOS ANATÓMICOS.— SAQUEO M ACABRO.—
LA MEMORIA DE LAS COSAS Y LA DE LOS LIBROS.— LA AURORA DEL AMOR
NO deja de ser instructivo conocer la actitud del hiñó en presencia de las
grandes invenciones de la ciencia. Este choque moral, sobre revelar
tendencias intelectuales congénitas, pone de manifiesto la verdade¬
ra vocación.
Fué ferrocarril, entonces novísimo en España, el primero de mis asombros.
Allá por los años de 1865 a 1866, debía yo trasladarme a Huesca, desde el pueblo
de Sierra de Luna, donde habitaba mi familia. Acompañábame el abuelo paterno,
un montañés rubio, casi gigante, de setenta y cinco años, admirable por su agili¬
dad y su fuerza,''quien, después de visitar a sus nietos, regresaba a Larrés para
incorporarse al abandonado pegujal. Hasta la primera estación (la de Almudévár) ,
el trayecto fué recorrido a caballo. (Dicho sea entre paréntesis, yo era entonces
consumado jiiiéte.)
Mas para comprender lo qué sigue importa exponer un antecedente. Meses an¬
tes ocurrió en la estación de Tardienta, según creo, horrible descarrilamiento, de
que resultaron muchos muertos y heridos (1). Excusado es decir que el recuerdo de;
la catástrofe no se apartaba de mi ánimo, preocupándome profundamente. Y así.
cuando apareció 'el tren, experimenté sensación de sorpresa mezclada de pavor,
De buena gana hubiera retrocedido al pueblo. A la verdad, el aspecto del formida¬
ble artilugio era nada tranquilizador. Delante de mí avanzabá, imponente y ame¬
nazadora, cierta mole negra, disforme, compuesta de bielas, palancas, engranajes,
ruedas y cilindros. Semejaba a un animal apocalíptico, especie de ballena colosál
forjada con metal y carbón. Sus pulmones de titán despedían fuego; sus costados
proyectaban chorros' de agua hirviente; en shjestómago pantagruélico ardían mon- .
tañas de hulla; en fin, los poderosos resoplidos y estridores del monstruo sacudían
mis nervios y aturdíán mi oído. Al colmo llegó mi penosa impresión cuando reparé
sobre el ténder dos fogoneros, sudorosos, negros y feos como demonios, ocupados
en arrojar combustible al anchuroso hogar. Miré entonces a la vía y creció toda¬
vía mi alarma al reparar la desproporción entre la masa de la locomotora y los en¬
debles, roñosos y discontinuos rieles, debilitados además por remaches y reba¬
bas. Cuando el tren los pisaba parecían gemir dolorosamente, doblégándóse al
peso de la mole metálica. El valor me abandonó por completo...
Paralizado.por el terror, dije a mi abuelo: — ¡Yo no me embarco!... Prefiero' mar- '
(1) Este siniestro acaeció pieclsamente el día qne se inauguró la línea de Tardienta a Huesca.
90
S. RAMÓN Y CAJAL
char a pie... — Sin hacerme'caso, mi colosal antepasado, quieras que no, me embu¬
tió en un vagón. Entráronme sudores de angustia. Un vaho de carne desaseada y
maloliente ofendió mis narices. Encontróme, barajado y como bloqueado, entre
maletas, cestas, gallinas, conejos y zafios labriegos y aldeanas.
Por fortuna, a poco de arrancar el tren, fué disipándose el susto: la imagen del
paisaje sirvió como derivativo a la emoción. Colgado a la ventanilla, contemplé
embebecido la cabalgata interminable de aldeas grises, de chopos raquiticos, palos
del telégrafo, trajinantes polvorientos y amarillos rastrojos. Y al fin, al ver cómo
avanzábamos, me di cuenta cabal de las ventajas de aquel singular modo de lo¬
comoción. Llegados a Vicien, mi tranquilidad era completa.
En el referido terror al tren, que parecerá acaso un poco extraño, entraron dos
elementos: de una parte, el enervador recuerdo del trágico descarrilamiento ocu¬
rrido meses antes; y de otra, ese miedo instintivo e irrefrenable hacia lo descono¬
cido, cuando se presenta con aspecto terrorífico, miedo característico de niños y
salvajes. Trátase, según dicen los psicólogos, de un instinto humano primario,
modificable, sin embargo, a impulsos de la razón y de la experiencia.
Más adelante, libre de emociones deprimentesj admiré la admirable creación de
Watt y Stephenson, y percibí toda su enorme transcendencia social.
La impresión producida por la fotografía ocurrió más tarde, creo que en 1868,
en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes había topado con tal cual fotó¬
grafo ambulante, de esos que, provistos de tienda de campaña o barraca de feria,
cámara de cajón y objetivo colosal, practicaban, un poco a la ventura, el primitivo
proceder de Daguerre. Según es sabido, las copias se obtenían sobre láminas de
plaqué, y eran necesarios varios minutos de exposición.
Pero el daguerreotipo se transformó rápidamente en la invención admirable de
la fotografía al colodión húmedo. En este nuevo método, las materias fotogénicas
empleadas eran el yoduro y bromuro de plata, extendidos sobre cristal, en delga¬
dísima cutícula. Bastaban Veinte o treinta segundos de luz difusa brillante, para
lograr un buen clisé. El retrato era ya fácilmente abordable. Además, habíase con¬
seguido la inestimable ventaja de la multiplicación de las pruebas, ya que de una
negativa se sacaban en papel cuantas positivas se desearan.
Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los fotógrafos, pude penetrar en
el augusto misterio del cuarto obscuro. Los operadores habían habilitado como
galería las bóvedas de la ruinosa iglesia de Santa Teresa, situada cerca de la Es¬
tación. Huelga decir con cuán viva curiosidad seguiría yo las manipulaciones in¬
dispensables a la obtención de la capa fotogénica y la sensibilización del papel
albuminado, destinado a la imagen positiva.
Todas estas operaciones produjéronme indecible asombro. Pero una de ellas,
la revelación de la imagen latente, mediante el ácido pirogálico, causóme verdade¬
ra estupefacción. La cosa me parecía sencillamente absurda. No me explicaba
cómo pudo sospecharse que en la amarilla película de bromuro argéntico,-Tecién
impresionada en la cámara obscura, residiera el germen dé maravilloso dibujo,
capaz de aparecer bajo la acción de un reductor. ¡Y luego la exactitud prodigiosa,
la riqueza de detallés del clisé 'y ese como alarde analítico con que el sol se com¬
place en reproducir las cosas más difíciles y complicadas, desde la maraña inex¬
tricable del bosque, hasta las más sencillas formas geométricas, sin olvidar hoja,
brizna, guijarro o cabello!...
Y, no obstante, aquellos modestos fotógrafos obraban tamaños milagros sin la
menor emoción, horros y limpios de toda curiosidad intelectual. De la contestación
RECUERDOS DE MI VIDA
9É
a mis ansiosas interrogaciones deduje que a ellos les tenia completamente sin-
cuidado la teoría de la imagen latente. Lo importante consistía en retratar mucho
y cobrar más. Dijéronme solamente que el prodigio de la revelación advino por
casualidad, y que esta felicísima casualidad sonrió por primera vez al célebre-
Daguerre (1).
¡El azar!... ¡Todavía el azar como fuente de conocimiento científico en pleno si¬
glo xix!... Luego el mundo está lleno de enigmas, de cualidades ocultas, de fuer¬
zas desconocidas... Por consiguiente, la ciencia,', lejos de estar apurada brinda
a todos con filones inagotables. Puesto que vivimos, por fortuna, en la aurora'
del conocimiento de la naturaleza; puesto que ncs rodea aún nube tenebrosa,..
sólo a trechos rasgada por la humana curiosidad; si, en fin, el descubrimiento
científico se debe tanto al genio como al azar..., entonces todos podemos ser in¬
ventores. Para ello bastará jugar obstinada e insistentemente a un solouúmero de
esta lotería Todo es cuestión de paciencia y perseverancia.
Al fantasear aquí sobre la fotografía, no puedo menos de estampar una refle¬
xión melancólica. ¡Lástima grande que hayamos nacido demasiado temprano! Los
que somos ya viejos y añoramos los dorados días de la niñez y adolescencia,
¿cuánto daríamos hoy por poseer fotografías de nuestra edad pueril y, sobre todo,-
las de nuestros queridos progenitores en plena fiorescencia de energía y juventud?
¡Qué dicha sería contemplar ahora la lozana belleza de nuestras madres, de quie¬
nes cuantos pasamos de los sesenta recordamos tan sólo la efigie desfigurada y
marchita por el sublime sacrificio de la maternidad en complicidad con las inju¬
rias del tiempo!...
El verano de 1868 está asociado en mi memoria con mi iniciación en los estu¬
dios anatómicos.
Dejo ya consignado en otro capítulo que mi padre había sido, durante su ca¬
rrera, hábil disector y fervoroso cultivador de la anatomía humana. Solía decir
qué los éxitos quirúrgicos debíanse, más que a la lectura de los libros, a la explo¬
ración de los cadáveres.
Importa recordar, para comprender lo que sigue, que aquellos tiempos eran la
edad de oro de la cirugía artística, de precisión y escamoteo. Frescos aún los
laureles conquistados en Francia por Velpeau y Nélaton, y en España por Argu-
mosa y Toca, los médicos noveles, expertos en achaques de disección, salían dei
aula resueltos a emular, con nuevas audacias operatorias, la gloria de tan altos
maestros. Y fuerza es confesar que la empresa era entonces más ardua que hoy.
Antaño los héroes del bisturí triunfaban solamente cuando se habían tomado el
trabajo de escudriñar el organismo hasta en sus más recónditos repliegues.
Porque en aquella época no había nacido la microbiología. Ni Pasteur ni Koch
habían dado a luz sus descubrimientos memorables, de tanto provecho para el
arte operatoria. La garantía del éxito dependía, pues, entonces casi enteramente de^
la pulcritud y rapidez de la intervención y, sobre todo, del grado de diafanidad con
que en la mente del cirujano aparecía, en el solemne momento de desflorar la vir¬
ginidad de los órganos, la complicada máquina viviente. El operador de buena
cepa, educado en el anfiteatro, podía prever la marcha del bisturí a través del dé¬
dalo de músculos, nervios y vasos, con la misma precisión con que prevé el arti¬
llero, al desarrollen: sus ecuaciones, la trayectoria de un proyectil.
(1) Abrevio el texto poique algunas de las ideas acerca de la fotografía, expuestas en la segunda ac¬
ción de estas Memorias, encuéntranse desarrolladas en mi Fotografía de los colores.
92
s. ramón y cajal
Después de lo dicho, hallará natural el lector que mi padre decidiera aficio¬
narme a la anatomia harto tempranamente. Fundándose, sin duda, en el aforismo
vulgar «quien da primero da dos veces», decidió inculcar a su hijo, inmediata y
vigorosariiente, las nociones eminentemente intuitivas de la osteología humana.
«Pesado y árido te parecerá el estudio de los huesos — me decía—; pero halla¬
rás en éli por compensación; introducción luminosa al conocimiento de la medici¬
na. Casi todos los médicos adocenados lo son por haber flaqueado en los comien¬
zos. La patología interna tiene no poco de ciencia contemplativa; al modo de la
astronomía,: prevé eclipses que no sabe evitar; mientras que la patología exter¬
na, como, ciencia de acción y de dominio, a todo se an oja, mudando y suspendien¬
do a capricho el curso de los procesos orgánicos. Y quisiera persuadirte eficaz¬
mente de que tu provecho y conveniencia se cifran en ser cirujano y no médico.
Para los efectos del premio existirá siempre entre el cirujano y el médico la mis¬
ma relación que entre el diplomático y el caudillo. Quien persuadiendo triunfa,
granjea opinión, no libre de envidia; quien triunfa combatiendo, tiraniza hasta la
envidia misma. Tras éste corre desalada la gloria; aquél suele perseguirla sin al¬
canzarla. ¡Triste verdad es que el hombre sólo se humilla ante la gloria roja! Un
poco de sangre realza el esplendor del éxito, marcándolo con el cuño de la po¬
pularidad» (1).
Por estas razones, y otras que se han borrado de mi memoria, fué demos¬
trada la supremacía científica y social de la cirugía sobre la medicina, y quedó
justificado el empeño de iniciar lo antes posible mi educación anatómica, comen¬
zando por la osteología, base y fundamento de todo el edificio médico. Tengo
para mí que el futuro disector de Zaragoza, el catedrático de Anatomía de Valencia
y el investigador modesto, pero tenaz y activo, que vine á ser andando el tiempo,
fueron el fruto de aquellas primeras lecciones de osteología explicadas en un
granero. Quizás interese algo al lector el saber cómo nos procuramos el material
científico de la nueva enseñanza. A riesgo de hacerme pesado, entraré aquí en al¬
gunos pormenores. . ■ .
Estudiar los huesos en el papel, es decir, teóricamente, hubiera sido crimen
didáctico, de que mi maestro ■ era incapaz. Sabía harto que la naturaleza sólo se
deja comprender por la contemplación directa, y que los libros no son por lo ge¬
neral otra cosa que índices de nombres y clasificaciones de hechos.
Mas ¿cómo adquirir el precioso material anatómico? Cierta noche de luna,
maestro y discípulo abandonaron sigilosamente el hogar y asaltaron las tapias
del solitario camposanto. En una hondonada del terreno vieron asomar, en con¬
fusión revuelta, medio enterradas en la hierba, varias osamentas procedentes sin
duda deesas exhumaciones o desahucios en masa que, de vez en cuando, so
pretexto de escasez de espacio, imponen los vivos a los muertos.
¡Grande fué la impresión que me causó el hallazgo y contemplación de aque¬
llos restos humanos! A la mortecina claror del luminar de la noche, aquellas cala¬
veras medio envueltas en la grava, y sobre las cuales, trepaban irreverentes car¬
dos y ortigas, me parecieron algo así como el armazón rie un buque náufrago en¬
callado en la playa. Enfrenando la emoción, y temerosos de ser sorprendidos en
la fúnebre tarea, dimos comienzo, a la colecta, escogiendo en aquel banco de hu¬
manas conchas los cráneos, las costillas, las pelvis y fémurés más enteros, naca¬
rados y rozagantes.
. (1) ■ Traslada naturalmente, con plena libertad de forma, el fondo de las reflexiones de mi padre,
cuyae palabras,, ¡después de cincuenta años, no puedo recordar con exactitud.
RECUEBDOS DE MI VIDA
Al escalar, de retomo, la tapia del fosal con la fúnebre carga a la espalda, el
pavor me hizo apretar el paso. Pareciame percibir, en el , entrechocar de las osa¬
mentas, protestas e imprecaciones de los di^ntos: a cada momento temía que
algún duende o alma en pena nos atajara el paso, castigando a los audaces profa¬
nadores de la muerte.
Pero no pasó nada. El choque de lo maravilloso, tan grato y al par tan temido
por mi enfermiza sensibilidad, faltó por completo en aquel episodio macabro,
durante el cual, para que todo fuera vulgar, ni siquiera apareció el cárdeno fulgor
de los fuegos fatuos.
Pronto comenzó el inventario y estudio de aquellos fúnebres despojos.
En este éxodo, a través del rocalloso desierto humano, nuestro Moisés fué el
libro monumental de Lacaba, a que se añadió más adelante el Cruveilhier; pero
quien verdaderamente me condujo a la tierra de promisión fué mi padre. Llevado
de celo docente insuperable, consagró todos sus ocios a hacerme notar los más
insignificantes accidentes de la conformación de los huesos, desarrollando en mi,
de pasada, una cualidad escasamente cultivada por los maestros, es decir, la
sensibilidad analitica, o sea la aptitud de percibir accidentes y detalles en lo al
parecer corriente y uniforme. Nada esencial quedó por reparar en la morfología
interior y exterior de cada pieza del esqueleto.
Bien miradas las cosas, mi fervor anatómico constituía una de tantas manifes¬
taciones de mis tendencias; para mi idiosincrasia artística, la osteología consti¬
tuía un tema pictórico más. Sediento de cosas objetivas y concretas, acogía con
ansia el pedazo de maciza realidad que se me entregaba. Aridos y todo, aquellos
datos me resultaban más positivos y patentes que la dialéctica de don Ventura y
las lucubraciones de la metafísica. Sentía, además, especial delectación en ir des¬
montando y rehaciendo, pieza por pieza, el reloj orgánico, y esperaba entender
algún día algo d^ su intrincado mecanismo.
Gran satisfacción recibió mi padre al reconocer mi aplicación. Vió, al fin, que
su hijo, tan desacreditado por sus maleantes andanzas del Instituto oscense, era
menos gandul y frívolo de lo que había creído. Y en los optimistas vaticinios que
todo padre gusta hacer sobre el porvenir de sús hijos, pensó que su retoño no se
vería reducido a vegetar| tristemente en una aldea. ¡Por qué no había de vestir,
andando el tiempo, la honrosa toga del maestro!
Recuerdo todavía cuán grandes eran su placer y orgullo— harto excusables
dada su doble naturaleza de padre y de docente— cuando, en presencia de algún
facultativo amigo, invitábame a lucir mis conocimientos osteológicos, formulando
preguntas del tenor siguiente: ¿Qué órganos pasan por la hendidura esfenoidal y
el agujero rasgado posterior? ¿Con qué huesos se articula la apófisis orbitaria del
palatino? ¿En qué punto de la cara es dable, mediante punta de alfiler, tocar cinco
huesos? ¿Cuántos músculos se insertan en la cresta del. iliaco y en la linea áspera
del fémur? Y otras mil cuestiones de este jaez, que yo despachaba de carretilla,
embobando a los circunstantes.
Extrañó, sin duda, al autor de mis días, que un muchacho que pasaba pla¬
za— y así era la verdad— de poco memorioso, hubiese logrado retener, en sólo dos
meses de trabajo, tantos cientos de nombres enrevesados y muchísimos detalles
descriptivos tocantes a conexiones de arterias, músculos y nervios. «¡Bah! — solía
exclamar con acento entre severo y acariciador—, tu falta de memoria es la excusa
con que pretendes disculpar tu haraganería.>
Y a fe que ambos teníamos sobrada razón. Según dejo apuntado ya, mi
S. RAMÓN Y CAJAL
retentiva era mediocre para los nombres sueltos, para el polvo de los conceptos
aislados; empero tal flaqueza mnerriotécnica se atenuaba mucho en cuanto la pala¬
bra y la idea se asociaban a alguna percepción visual clara y vigorosa. Por lo de¬
más, notoria y muy bien estudiada por los psicólogos y pedagogos es la tenaci¬
dad con que se asocian símbolos verbales y conceptos científicos al recuerdo de
un objeto reiterada y atentamente percibido (1). Dudosa parece la existencia de
excepciones; y pienso que cuantos se quejan de retentiva infiel equivocaron el ca¬
mino de aprender. Leyeron en los libros en vez de leer en las cosas; pretendieron
«retener sin procurar asimilar y discurrir.
Para que no sea todo referir monótonas travesuras de chicuelo o discurrir sobre
áridos problemas pedagógicos, vamos a decir algo, a guisa de inlermezzo senti¬
mental, de lo que, con frase espiritual, designó el tiernísimo escritor d’Amicis la
aurora del amor, es decir, esa suave e indefinible emoción surgida durante los pri¬
meros años de la mocedad entre jóvenes de sexo diferente.
Frisaba yo entonces en los diez y seis años y vivía en Ayerbe. Mis hermanas
Pabla y Jorja tenían la costumbre de coser y bordar durante las interminables no¬
ches invernales, juntó al hogar, en unión de algunas amigas íntimas. Una de las
más asiduas a nuestra tertulia casera llamábase María. Tenía catorce abriles,
poseía ojos negros, centelleantes, grandes y soñadores, mejillas encendidas, cabe¬
llo castaño claro, y esas suaves ondulaciones del cuerpo, acaso demasiado acu-
isadas para su edad y prometedoras de espléndida floración de mujer.
Fué una progresión insensible desde la curiosidad al afecto, pasando por todos
los grados de la amistad. Pronto advertí que su trato me era necesario; que su
-conversación me complacía; que sus ausencias me turbaban y contrariaban; en
fin, que me enojaba seriamente si la veía acompañada de algún mozo del pueblo.
Erame grato prodigarla mil atenciones y menudos servicios. Dibujaba para ella
letras y adornos, destinados a ser bordados; regalábala dulces y estampas; pres¬
tábala, cuando podía, algún libro de poesías o novela sentimental, y alababa sus
-gustos, defendiendo calurosamente su parecer en las pequeñas diferencias con sus
amigas. Concluida la velada, tenía a gala y orgullo acompañarla a su casa.
Mi estado afectivo, en suma, era un dulce embeleso, cierta beatitud tranquila
e inefable, absolutamente limpia de todo apetito sensual. Jamás cruzó por mi
mente un pensamiento pecaminoso. Verdad es que, no obstante los diez y seis
años, mi sensibilidad sexual hallábase bastante atrasada, según suele suceder a
la mayoría de los jóvenes apasionados de los ejercicios físicos.
Excusado es decir que no llegué jamás a formular una declaración explícita.
Tampoco supe bien si logré interesarla. Miedo y vergüenza me daba averiguarlo.
•Sabido es que estas afecciones nacientes, esencialmente platónicas, se asustan de
las palabras. ¡Es cosa tan fuerte y seria formular un «Te amo»!... Por nada de este '
mundo hubiera arriesgado yo tan grave confidencia. La declaración envuelve ade¬
más todos los riesgos del brusco desenlace; acaso guarda cruel desengaño. Prefe¬
rible es la reserva y la indecisión, fomentadoras de la esperanza!...
(1) .Más adelante, leyendo los libros modernos de psicología, me’ di cuenta de que yo soy lo que se
llama un visual. Lo que en rní entra por el oído deja huella fugaz; lo que llega por los ojos se imprime muy
tenazmente. Acaso por eso, en el terreno del arte, he desdeñado la música y la oratoria, y, en cambio
-fui siempre ferviente admirador de las fiestas de la luz, de los paisajes pintorescos y de toda clase dé
Tfenómenos naturales. ;
RECUERDOS DE MI VIDA
95
Pocas veces la aurora del amor se trueca en mediodía sentimental, Y menos
en pasión satisfecha. Desde la pubertad a la juventud la mujer no es P^’^turba
por ningún grave acontecimiento; tranquila en su hogar, su
apenas implica sacrificio; la vida femenil puede, por tanto, ^ .
plácida trayectoria. Lo contrario ocurre en el joven: el tiempo transcurrido des
los diez V seis a los veintiún años se asocia a hondas crisis intelectuales y afectivas.
Debe cambiar radicalmente de ambiente, trasladarse a la ciudad para proseguir su
carrera y labrarse un porvenir; por consiguiente, su sensibilidad es asediada po
toda clase de tentaciones e incentivos. iCómo extrañar que distracciones y olvidos
malogren encariñamientos tempranamente iniciados!... . ^ . . .
Tal me ocurrió a mí. Y no porque otros amores me asaltaran, sino mas bien
por los efectos apagadores de la ausencia. Progresivamente la imagen de la her¬
mosa muchacha desvanecióse de mi memoria. Además, volví después pocas vqces
a Ayerbe. Gustábame siempre verla y hablarla; pero notaba que se había h
demasiado mujer. Al fin, cierto mocetón del pueblo, menos tímido y reservado que
yo, habló a sus padres y se casó con ella. Hoy es madre feliz de muchos hijos y
abuela de muchos nietos.
CAPITULO XVIII
REVOLUCIÓN DE SEPTIEMBRE EN AYERBE.— RUPTURA DE LAS CAMPANAS. — EL ODIO
DEL PUEBLO A LOS GUARDAS RURALES.— MIS PROFESORES DE FÍSICA, MATEMÁ¬
TICAS. ETC.— ULTERIORMENTE, ME RECONCILIO CON LA GEOMETRÍA Y EL ÁLGE- ^
BRA, AUNQUE DEMASIADO TARDE.— CONCLUYO EL BACHILLERATO
Al final de aquel verano nos sorprendió la famosa revolución de septiem¬
bre, suceso que tanta importancia había de tener en la vida moral y polí¬
tica de España. Ayerbe, villa de 600 vecinos y conocida en todo el Alto
Aragón por el liberalismo de sus hijos, no podia permanecer indiferente ante el
alzamiento nacional. Y así, en cuanto el telégrafo trajo la nueva de la batalla de
Alcolea, mis paisanos se sublevaron también, proclamando el credo progresista y
creando, a imitación de las capitales, la indispensable Junta revolucionaría. '
Recuerdo que fué cierta hermosa mañana de otoño. Desde las primeras horas
del día la población perdió su aspecto pacífico: una inquietud extraña pareció
apoderarse de los vecinos, que, formando corros en la plaza, comentaban caluro¬
samente las noticias llegadas de Huesca y Zaragoza. Leíanse públicamente incen¬
diarias proclamas revolucionarias y se oían vítores entusiastas a Serrano, Topete,
y sobre todo a Prim.
Sin comprender la significación de los sucesos, llamóme la atención el que,
contra la costumbre, la Guardia civil permaneciese encuartelada, sin meterse con
los alborotadores, y que la Guardia rural, terror de los campesinos, hubiera des¬
aparecido, abandonando, según dijeron, equipos y uniformes. Por escotillón y como
si obedecieran a una consigna, surgieron por todas partes labriegos armados con
todo linaje de arreos militares y hasta con hoces y puñales. Ciertos sujetos, que
parecían estar en el secreto de lo ocurrido, improvisaron con dicho personal un
batallón de voluntarios, de cuya fuerza fué segregado un retén o guardia perma¬
nente, que se instaló en el palacio de los marqueses de Ayerbe. En la ventana del
cuerpo de guardia flameaba roja bandera, sin emblemas ni escudos. Pelotones del
pueblo, a los que nos sumamos los zagalones y muchachos, recorrían la pobla¬
ción, marchando a los acordes de la banda municipal y desahogándonos con los
gritos de «¡Viva la libertad! ¡Abajo los íBorbones! ¡Mueran los moderados!» Con
las calientes notas del himno de Riego, incansablemente ejecutado por la citada
banda, alternaban entusiastas aclamaciones a los caudiUos de la revolución. Un
grupo de sublevados arrancó de las escuelas el retrato de Isabel II, quemándola
en la plaza, entre las rechiflas y denuestos de plebe alborotada.
Luego ocurrió un hecho que jamás he podido comprender. En cumplimiento de
cierto desdichado bando de la Junta revolucionaria provincial, que ordenaba «que
RECtJERDOS DE MI VIDA
97
todas las campanas, menos las de los relojes, fueran descolgadas y enviadas a la
Casa Nacional de la Moneda», el Comité revolucionario de Ayerbe desmontó las
hermosas campanas de la iglesia y las redujo a añicos.
Confieso que, no obstante simpatizar con el movimiento liberal y complacerme
como el que más en aquellas patrióticas bullangas, ese acto de inútil vandalismo
me trajo como una sombra de remordimiento. ¿Qué positivo beneficio recibia el
pueblo con enviar a Madrid sus campanas para acuñar unos puñados de cuader¬
nas? Ninguno.
Me apenaba, sobre todo, la falta de sentido artístico del pueblo. Los destruc¬
tores de aquellas campanas, ¿cómo ijo sintieron que rompían también algo vivo y
muy íntimo, que renunciaban a recuerdos queridos, que renegaban de fechas
inolvidables?...
Ignoro si ios pedazos de bronce llegaron a Madrid; pero recuerdo bien que al
poco tiempo hubo que comprar otras campanas.
Algunos días después de los sucesos mentados, el batallón de milicianos orga¬
nizóse más seriamente, aprovechando al efecto los pertrechos de la Guardia rural
y bastantes fusiles proporcionados por ardientes patriotas. Alma de aquella mili¬
cia popular fueron Pueyo, Fontana, Nivela y otros consecuentes y antiguos pro¬
gresistas, cuyos sentimientos democráticos les habían valido, en los ominosos
tiempos de González Brabo, deportaciones y persecuciones sin cuento. A estos
beneméritos patricios, tan prudentes como desinteresados, se debió el que durante
la efervescencia y desorden^de los primeros días no ocurriera un solo desmán: los
milicianos improvisados desahogaron sus odios a la reacción, entregándose a vis¬
tosos escarceos militares y efectuando guardias, retenes, revistas y ejercicios.
Naturalmente, a los chicos nos entusiasmaban aquellas paradas y ejercicios, y
muy señaladamente las maniobras de la escuadra de gastadores, en la cual desta¬
caba, por su marcialidad y gallardía, cierto carpintero, radical exaltado, apodado
Carretillas. Antiguo miliciano nacional, conservaba inmaculados, para lucirlos en
las formaciones, flamante casaca y descomunal morrión. Su aspecto de veterano
y lo flamante del uniforme eran objeto de general admiración y envidia. Como era
de esperar, el morrión de Carretillas sugestionó a los chicos, que decidimos encas¬
quetarse también el venerable símbolo progresista; y así, al poco tiempo (e ignoro
por la iniciativa de quién) la mayoría de los mozalbetes aparecimos encaperuzá-
dos con una especie de ros alto, sin visera, copa de paño rojo, escarapela lateral
con los colores nacionales y cintas colgantes en las que campeaba el mote: ¡Viva
la libertad!
En Ayerbe, como en todas las poblaciones de España, las escasas personas
ilustradas que dirigieron el movimiento revolucionario conocían quizás el sentido
de éste; pero el pueblo, y singularmente los proletarios, no se enteraron ni poco ni
mucho de su tendencia y alcance. Casi todos esperaban de la libertad algo que
pudiera traducirse en aumento y mejora de las condiciones materiales de la vida.
Fácil sería recordar sucesos y frases que prueban la existencia de este anhelo
comunista, latente siempre en el corazón de los desheredados.
Allá va un cantar muy popular entonces en Ayerbe, y cuyos chabacanos versos
son harto significativos:
Ya pensaban los rurales
que nunca s’acabaría
el cobrar los ocho ríales
sin saber d’ónde salían.
7
98
S. RAMÓN Y CAJAL
El siguiente dicho que me comunica un amigo de Ayerbe (1) es también muy
elocuente. A uno de los más exaltados patriotas, ronco a fuerza de gritar: ¡Abajo
los Borbones!, le preguntaron: — Pero, ¿sabes tú quiénes son los Barbones? Y el
interrogado contestó con aire de profunda convicción: —¡Otra que diez!... Pues,
¿quiénes han de ser sino... los rurales?
¿Por qué esta aversión de los campesinos a los custodios de la propiedad? Fá¬
cil es presumirlo. Se aborrecía a la Guardia rural por el exagerado celo con que
amparaba los intereses de la burguesía territorial. Por la cosa más insignificante
los citados guardias molestaban y vejaban a los pobres aldeanos, a quienes metían
en la cárcel o castigaban con fuertes multas, sin pararse a distinguir el ladrón for¬
mal del infeliz que, aguijado por la miseria, cogía en el monte esparto para hacer
un vencejo, o arrancaba menguada carga de aliagas y romeros, o apacentaba una
vaca en las dudosas lindes de una propiedad: pequeños abusos consuetudinarios
tolerados recíprocamente por todos, como venerable resto de comunismo patriar¬
cal. Hasta los chicos sentíamos esta inquina hacia los pardos uniformes. En cuan¬
to nos sorprendían haciendo ademán de escalar una tapia o de trepar a un árbol,
aunque fuera en invierno, los rurales nos'propinaban monumental paliza o formu¬
laban una denuncia en regla, seguida de la multa correspondiente.
Pese, a los entusiastas de las llamadas libertades modernas y a los empirrogo-
tados y orondos paladines del individualismo, empeñados en no ver el abismo psi¬
cológico que separa las clases intelectuales de los infelices esclavos del trabajo
manual, éstos creerán siempre que libertad es sinónima de bienestar. En vano se
le dirá al jornalero que estas dos palabras significan cosas distintas; que la liber¬
tad sólo es un medio para la conquista^de la dicha material, la cual no es patrimo¬
nio exclusivo de los poderosos; que si, a pesar del libre ejercicio de sus faculta¬
des, vienen el paro forzoso y la miseria, debe resignarse a su suerte, fiándolo todo
a la Providencia y a la esperanza en una vida mejor. Todas estas razones son para
el pobre puros tiqiiis miquis, cuando no burlas sangrientas.
Réstame, para dar término a la narración de mis estudios de! bachillerato, de¬
cir algo de mi actitudfenfrente de ciencias tan importantes como la Fisica, las Ma¬
temáticas (Geometría, Trigonometría y Algebra) y la Historia natural.
Sea que fatigado de distracciones e informalidades comenzara a sentar la ca¬
beza, sea que las últimas asignaturas de la segunda enseñanza casaran algo mejor
que el griego y el latín con mis tendencias y gustos, ello es que les presté alguna
más atención, sobre todo a la Fisica, la Química y la Hisotria natural.
Explicaba el curso de Física y Química elementales don Serafín Casas, amigo
y condiscípulo de mi padre. Gustábanos su manera sencilla y clara de exponer. Y
recuerdo que, por adaptación a nuestra inopia matemática, deshuesaba las leccio¬
nes de ecuaciones e integrales. En cambio, cada ley o propiedad esencial era com¬
probada mediante experimentos concluyentes, que venían a ser para nuestra in¬
genua curiosidad juegos de manos de sublime taumaturgo. Con embeleso y aten¬
ción de cada vez más despierta mirábamos colocar sobre la mesa los imponentes
y extraños aparatos, muy especialmente las formidables máquinas eléctricas de
tensión entonces^a la moda.
(1) Muchos de estos datos los debo a la amabiUdad de mi estimado amigo y condiscípulo doctor
Ricardo Monreal, ilustrado médico de Ayerbe. que ha querido reforzar mis borrosas reminiscencias con
l rico caudal de sus recuerdos.
RECUERDOS DE MI VIDA
99
Dejo apuntado ya cuán interesante encontré la Física, la ciencia de los mila¬
gros, La óptica, la electricidad y el magnetismo (que entonces caían bajo el epí¬
grafe general de fluidos imponderables), con sus maravillosos fenómenos, tenían¬
me embobado. Claro es que las nociones adquiridas entonces fueron harto ele¬
mentales.
Arrastrado’por mis crecientes aficiones, más adelante y ya terminada la carrera
(1875 a 1877), emprendida lectura de la admirable Fisica médica de Wund y de la
Optica fisiológica del genial Helmholtz. Tales estudios, aparte satisfacer inclina¬
ciones imperativas de mi espíritu, éranme necesarios para dominar las teorías de
la visión y del microscopio. Con excepcional interés estudié en el Wund la doctri¬
na de las ondulaciones del éter, sólido fundamento de la física moderna. Por cierto
que con tal motivo eché muy de menos conocimientos matemáticos, que debí ha¬
ber aprendido oportunamente en el Instituto oscense.
Se me impuso entonces lo que a todos los estudiantes tardíamente arrepen¬
tidos y conscientes de su ignorancia. Lo no asimilado en sazón y despaciosa¬
mente, hubo de adquirirse después autodidácticamente y con todos los incon¬
venientes de la precipitación y de la ausencia de guía. En mis febriles y porfiadas
acometidas a la ciencia de la cantidad llegué hasta engolfarme en el Cálculo dife¬
rencial e integral. Y algo humillado, debí consolidar los cimientos de mi saber, vol¬
viendo sobre aquellos modestos y resobados manuales de Geomettia y Trigono¬
metría, tan distraídamente leídos en Huesca.
Por desgracia, el médico, a excepción de algunos problemas de oculística y de
hidráulica (estudio físico de la circulación de la sangre, determinación de las abe¬
rraciones de refracción del ojo, etc.), tiene poquísimas ocasiones de emplear el
cálculo. Esencialmente descriptivas, las ciencias biológicas trabajan casi exclusi¬
vamente sobre la cualidad, que escapa a toda determinación cuantitativa. Y sólo
se sabe bien lo que se cultiva asiduamente.
Pero no toda la culpa de la ignorancia matemática es achacable a la distrac¬
ción o a la inaptitud de los alumnos del Instituto. Alguna responsabilidad alcanza
a los maestros. Muchos de éstos, arrastrados por la rutina, parecen empeña¬
dos en inculcar a los discípulos que las nociones geométricas y algébricas repre¬
sentan ociosas cavilaciones de ingenios ociosos, sin más interés práctico que
algunas vulgares aplicaciones a la contabilidad mercantil, a la agrimensura y a la
arquitectura. Faltos de fervor, no saben efervorizar a sus oyentes. De aquellas
frías disertaciones estaba siempre ausente el corazón y el entusiasmó.
Realmente, hasta los veintitrés o veinticuatro años no tuve yo idea de la enor¬
me transcendencia de la ciencia del cálculo. Recuerdo bien cómo fué ello. Dispo¬
níame a leer las celebradas obras de Laplace, y deseoso de prepararme para com¬
prenderlas, decidí, con buen acuerdo, consultar algunos libros de vulgarización
astronómica, entre otros, los tan conocidos y populares de Flammarión y algunos
. de }. Fabre, el genial observador de los insectos.
Los libros de Flammarión me deleitaron mucho, pero no saciaron plenamente
mi afán de comprender. Campea en ellos lirismo desbordante, emoción comuni¬
cativa, descripciones pomposas, pero pocas demostraciones. En cambio, el pe¬
queño Manual de Fabre, titulado Le ciel, fué para mí luminosa revelación. Aquí
florece también la retórica, usada con discreción y mesura (sabido es que el «prin¬
cipe de los insectos» fué excelso poeta); pero las frases no ahogan las ideas. Y
en todas las páginas del libro late la preocupación de iniciar al principiante
en el mecanismo esencial de los métodos geométricos, con ayuda de los cuales
100
S. RAMÓN Y CAJAL
fueron descubiertas las estupendas verdades de la cosmografía y astronomía (1),
Allí, en aquel libríto, que principia con la definición de un triángulo y acaba
con la demostración de las más sublimes conquistas astronómicas, me reconcilié
al fin con la desdeñada Geometría y con la execrada Trigonometría. Allí advertí
con asombro que la ciencia del espacio, asistida de algunos instrumentos, y tra¬
zando unas cuantas líneas en el papel, había dado cima a proezas del tenor si¬
guiente: medir la dimensión y determinar la forma real de la tierra; fijar la distancia
y el tamaño de la luna; averiguar el volumen y lejanía del sol; determinar la forma
de las órbitas planetarias, etc. Y, descendiendo a más modestas empresas: conocer
la elevación y anchura de una torre o de una montaña sin remontarlas; averiguar
la amplitud de un río sin vadearlo, fijar la posición de un barco perdido en el
mar, etc., etc.
En especial, la ingeniosísima demostración geométrica de la distancia del sol,
dada hace más de dos^mil años por Hiparco de Samos, llenóme de ingenua admi¬
ración. Ciertamente, la trigonometría nos proporciona hoy métodos mucho más
exactos y elegantes para la resolución de éste y de otros magnos problemas; justo
es reconocer, sin embargo, que el astrónomo griego, al revelarnos el sublime poder
de la geometría, fué uno de los que abrieron el camino.
En conclusión; cai un poco tarde en la cuenta de que las verdades matemá¬
ticas , que rutinarios y secos pedagogos consideran, no sin cierta aristocrática
infatuación, cual construcción deductiva (cadena de verdades cuyo primer eslabón
brota en la esencia del espíritu), surgida á priori, a espaldas y hasta con desdén
de la experiencia, representan, por el contrario, imposición ineluctable del mundo
objetivo, algo así como la quinta esencja de los conceptos derivados de la percep¬
ción y escrupulosamente depurados de contingencias, a fin de que la lógica racio¬
nal pueda manipularlos ágil y cómodamente. Y, sabido esto, no me sorprendió ya
que los axiomas y fórmulas de la geometría y del álgebra se acoplen tan estrecha¬
mente a la realidad exterior, puesto que, en último análisis, de la realidad proceden.
Pero tan luminosas verdades penetraron — según dejo apuntado— harto tajdía-
mente en mi espíritu, cuando el fruto no podía ser ya copioso ni fecundo. El Uni-
verso entero, tanto en los dominios de lo infinitamente grande como en el arcano
de lo infinito pequeño, está construido con arreglo a las fórmulas de una sabía
geometría y de una admirable dinámica. Pero esto, que es una noción vulgar, ¿por
qué no me lo dijo ningún maestro?
La Historia natural me gusiólcasi tanto como la Física; pero no sació, sino
muy imperfectamente, mis apetitos intelectuales. Yo, que me embelesaba al con¬
templar un nido, que me extasiaba ante las rutilantes libreas de los coleópteros, y
la policromía de las mariposas y de los pájaros, sentí verdadero terror al oir la ex¬
traña e inacabable nomenclatura de animales y plantas, y el chaparrón abrumador
de las clasificaciones.
Bastante más tarde, allá por los años 74 ó 75, llegaron a mi noticia las obras
fundamentales de Lamark, Spencer y Darwin, y pude saborear las jugosas y ele¬
gantes, aunque frecuentemente inaceptables o exageradas hipótesis biogénicas de
Haekel, el brioso profesor de Jena. ¡Por cierto que la primera refutación del famo¬
so libro del Origen de las especies, de Darwin, llegada a mis manos, fué escrita
(1) A causa de la maravillosa apütud de Fabre para iniciar a la juventud en el estudio de las
cias, el ministro Duiuy, que le conocía bien, quiso nombrarle preceptor del principe imperial- mas
consiguid, porque el Soiríarío rfe apasionado de la vida campestre, odiaba el protocolo
falso ambiente cortesano.
cien-
nclo
y el
RECUERDOS DE MI VEDA
101
por Cánovas del Castillo!... Tratábase de cierto discurso de Ateneo, tan elocuen¬
temente escrito como flojamente documentado. Me lo proporcionó en Madrid uno
de los fervientes admiradores del insigne estadista.
Para cerrar definitivamente el azaroso período del bachillerato, séame lícito
trascribir aquí algunos párrafos de cierto artículo del Dr. R. Salillas, escrito con
ocasión de uno de mis modestos triunfos académicos. Dejo dicho ya que el pri¬
mer antropólogo criminalista de España fué uno de mis amigos y condiscípulos.
Figuraba en la grey de los muchachos formales y aplicados; empero, de vez en
cuando, su natural inquieto y un tanto aventurero, le arrastraba a tomar parte en
nuestras zalagardas. En las siguientes consideraciones, publicadas en El Liberal
hace ya muchos años, apunta, además, algún recuerdo no consignado en el pre¬
sente libro:
«La isla de Cajal.—EX anuncio de la publicación de la autobiografía del insigne
histólogo, me hace recordar vivamente la época en que lo conocí.
Y la recuerdo por un detalle singular.
El muchacho de entonces, de la época en que cursábamos el segundo año de
Humanidades (como antiguamente se decía) en el Instituto de Huesca, no era un
innominado, un desconocido, una figura del montón. ,
Tenía una personalidad que, bien considerada, coincide con la que ya puede
llamarse su personalidad histórica.
Los panegiristas de Cajal, todos ellos ilustres, reconocen que no ha tenido
maestro; que se ha formado solo; que lo que es constituye una manifestación de
su propia potencia, de su firme voluntad, de su esclarecido intelecto.
No ha tenido maestros... Ni los quiso tener, añadiría yo.
Aquel muchacho de apariencia árisca, no muy sociable, que se aislaba siempre
que podía y que por su actitud de reconcentración reflexiva siempre estaba aisla¬
do, era clasificable entre los caracteres que, según Juan Huarte— otro escolar de
la Universidad de Huesca—, llaman los toscanos caprichosos por su semejanza
con las cabras, que viven aisladas en los cerros.
Cajal, en la época en que lo conocí, no fué discípulo de ningún catedrático... ¡Y
así lo trataron ellos más de una vez!
El Instituto no lo atraía con ningúnfgénero de curiosidad ni estímulo. '
Iba, cuando iba, a la cátedra, venciéndose a sí propio.
Su nclinación era muy otra.
Al dejarse llevar de su tendencia, salía al campo libre, solo generalmente, al¬
guna vez con muy pocos amigos, que lo secundaban más bien que lo compren¬
dían, y en largas o en pequeñas expediciones, sentía siempre la contrariedad de
tener que volver...
La primera vez que merecí una confidencia de Cajal, fué leyéndome una novela
que escribía e ilustraba.
No sé cómo lo admiré más, si como novelista o como dibujante.
Aquella novela, que entonces no la podía comparar, la clasificaría ahora entre
las robinsonianas. Un naufragio, la salvación en im leño, el arribo a una isla de¬
sierta y la continuación de la aventura en aquel territorio, descubriendo la flora,
a fauna y los salvajes pobladores.
Todo esto no tendría nada de particular en la historia del autobiografiante, si
se considera que el hacer versos o el hacer literatura, el fantasear y también el
102
S, RAMÓN Y CAJAL
hacer monos, aunque se hagan mucho mejor de lo generalmente acostumbrado, es,
como el mismo Cajal ha dicho, un sarampión, una fiebre eruptiva.
Lo importante es que la novela coincida con la acción personal, y que esa ac¬
ción, constantemente manifestada, conduzca a un resultado efectivo.
Cajal era un novelista de acción. Nos leía su novela y la representamos juntos
más de una vez.
Una avenida de un modesto río, más modesto que el Manzanares, caracteriza
la escena del naufragio.
En los sotillos del Isuela, que es el río de que se trata, se vieron a la hora del
baño algunos salvajes, pintados con el lodo de la orilla, saltando y trepando muy
bizarramente, y manejando con cierta habilidad sus arcos al disparar las flechas.
No fué un juego, fué una representación.
Cajal creía, y nos hizo creer, en la posibilidad de que la novela se realizara.
Poco a poco la novela, infiltrándose en nuestro espíritu y avasallándolo, fué
tomando proporciones realizables, y entonces, conociendo con minuciosidad los
peligros que habíamos de correr, las luchas con los elementos, con las fieras y con
los hombres, decidimos emprender la aventura, pero con una condición niotiva-
dora: la de salir suspensos, la de perder curso.
Eramos tres (1). Yo fui el único á quien la condición no le comprometía; pero
asistí lleno de inquietudes a los preparativos de la expedición, los acompañé hasta
la salida, los seguí con los ojos y regresé a mi casa con tal pena, que no recuerdo
una pena semejante.
Sin poderlo disimular ronpí en llanto de desesperación, y alarmados mis pa¬
dres, les tuve que decir entre sollozos lo que les ocurría a mis amigos, riéndose
entonces cuantos me escuchaban.
Volvieron, y su vuelta contribuyó mucho a que la novela en acción empezara a
nó tener éxito.
Pero después, tras muchos años en que no supe nada de mi compañero esco¬
lar, cuando supe lo que hacía, cuando lo ensalzaron sus descubrimientos, volví a
creer, y a creer firmemente, que entre aquella novela de corte robinsoniano y la
realidad de los descubrimientos científicos, no había ni siquiera variación de
asunto.
Ganivet ha dicho que lo que importa es tener la fragua encendida, y Cajal ha
dicho que lo que importa es tener una hipótesis directriz. Lo que importa es creer
y poder.
Cajal siguió creyendo en su isla. Navegó, se orientó y llegó victoriosamente.
jLa isla existía!
En los centros nerviosos, en la médula y en el cerebro se encuentra efectiva¬
mente la Isla de Cajal.-»
(1) Alude a la escapatoria camino de Zaragoza. En realidad, los expedicionarios fuimos cuatro y,
naturalmente, de lo paorcito del curso.
CAPITULO XIX
COMIENZO EN ZARAGOZA LA CARRERA MÉDICA.-EL EBRO Y SUS ALAMEDAS.-MIS
PROFESORES DEL PREPARATORIO: BALLARÍN, GGALLART Y SOLANO. COBRO AFI¬
CIÓN A LA DISECCIÓN BAJO LA DIRECCIÓN DOCENTE DE MI PADRE
Aprobadas las asignaturas del bachillerato y hechos los ejercicios del
grado, mi padre, decidido más que nunca a hacer de su hijo un Galeno,
me acompañó a Zaragoza, matriculándome en las asignaturas del ano
preparatorio. Y para que no me distrajeran devaneos y malas compañías, me aco¬
modó de mancebo en casa de don Mariano Bailo, paisano, amigo y condiscipiho
suyo, que gozaba de excelente reputación como cirujano y era hombre a carta
^^Ía alegría de verme en una ciudad nueva, populosa y ennoblecida por grandes
recuerdos históricos, fué pronto seguida de triste decepción.Mis amigos de Huesca,
los regocijados camaradas de glorias y fatigas, recibiéronme con la mayor indife¬
rencia. Adelantados uno o dos años en su carrera, habían contraído nuevas amis¬
tades, V, a mis deseos de renovar el viejo trato, mostraron un desdén que me llego
al alma. Fué el primer desengaño de la amistad. De semejante frialdad, la cu pa
era enteramente mia. No se alejaron ellos de mí; fui yo quien se alejo de ellos al
retrasarme en la carrera. ^
Consoléme entonces, conforme suelo consolarme siempre, según tengo repeti¬
das veces expuesto, bañando el alma en plena naturaleza. El Ebro caudaloso y
sus frondosas y umbrías alamedas estaban allí, brindando un lenitivo a mi desenga¬
ño y prometiéndome reemplazar con suaves deleites las vanas efusiones del com¬
pañerismo. , u
Para los hombres capaces de saborear sus encantos, es el campo soberano apa¬
gador de emociones, irreemplazable conmutador de pensamientos. ¿Qué anade a
nuestra alma-se ha dicho por alguien-un cielo azul y una vegetación esplen¬
dida? Nada, en efecto, para el hombre orgulloso, egotista, que, alimentado con sus
propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo; pero mucho, muchísimo para
quienes saben abrir sus sentidos a las fiestas de la luz y a las bellezas del paisaje.
Con todo eso, en los tiempos a que aludo, llevábanme también a las pintores-
- cas orillas del Ebro mis Jnclinaciones artísticas y mi naciente afición de natura¬
lista. Entre mis tendencias irrefrenables, cuéntase cierta afición estrafalarm a
averiguar el curso de los ríos y a sorprender sus afluentes y manantiales. Y la
circunstancia de ser éste el primer río caudaloso que veía, excitaba en alto grado
la citada curiosidad hidrológica.
«¿De dónde proviene— pensaba-este formidable raudal de agua cuyas ondas.
104
S. RAMÓN Y CAJAL
después de lamer mansa y suavemente los muros del Pilar, parecen modular, al
estallar fragorosas en el puente de piedra, himnos heroicos?»
Arrastrado por la curiosidad, remonté más de una vez sus corrientes hasta
llegar a Alagón; otras veces descendí, río abajo, hasta cerca de Pina. Estimulába¬
me, además, en mis excursiones ribereñas el deseo romántico de hallar florestas
y.vergeles idílicos no profanados por planta humana.
Pero no divaguemos. Juzgo al lector harto de enfadosas digresiones y es hora
de que digamos algo de mis profesores. Eran éstos el veterano don Florencio Ba¬
ilarín, catedrático de Historia Natural; don Marcelo Guallart, que explicaba Físi¬
ca, y don Bruno Solano, auxiliar por entonces encargado de la ampliación de
Química.
Poco recuerdo de don Marcelo Guallart. Unicamente puedo decir que sus lec¬
ciones. sabias y modestas, pecaban de monótonas, y que su clase, no muy fre¬
cuentada (no hay que olvidar que estaba reciente la Gloriosa), sólo se llenaba de
bote en bote los días de experimentos aparatosos y teatrales.
Mayor relieve y colorido tienen mis remembranzas de Bailarín y Solano, maes¬
tros dignos por mil conceptos de ser recordados con fervor.
El anciano don Florencio Bailarín, contemporáneo de Fernando VII, de quien
fué perseguido por liberal y, además, por irrespetuoso con la augusta persona del
monarca, era un profesor ilustrado, dotado de imaginación plástica y de verbo
cálido. Fué el primero a quien oí defender con leal convicción la necesidad de la
enseñanza objetiva y experimental, hoy tan cacareada como poco practicada.
Predicaba con el ejemplo: y así sus lecciones de zoología y mineralogía nos re¬
sultaban altamente instructivas, ya que se daban, respectivamente, en el Museo y
en el Jardín Botánico.
¡Lástima grande que no hubiéramos alcanzado 'más joven a don Florencio,
cuando sus facultades culminaban! En los tiempos a que aludimos era ya seten¬
tón y adolecia de esa irritabilidad y desigualdad de humor, doloroso y casi inevi¬
table defecto de la senectud. Recuerdo que en sus reprensiones y castigos adole¬
cía a menudo de falta de ecuanimidad y ponderación. Incorrecciones de lenguaje,
sonrisas furtivas, distracciones momentáneas bastaban a sacarlo de sus casillas;
presa de la ira, nos llenaba de improperios.
Cierto día preguntóme las arterias de los miembros superiores. En un len¬
guaje deslavazado y tímido respondí, entre otras cosas, «que la arteria humeral
se extiende a lo largo del brazo»... —Pero, hombre— me interrumpió indignado—,
¡a la largo!... ¡Cualquiera diría que es usted sastre y está tomando medida dé
mangas!
Una de sus buenas costumbres docentes— hoy casi enteramente abandona¬
da— consistía en señalar periódicamente cierto tema de discusión, de cuya defensa
se encargaba un alumno, a quien sus camaradas debían dirigir observaciones.
Tocóme él turno de objetante y dominábame miedo cerval. Tratábase del mecanis¬
mo de la hematosis. El disertante, mi buen amigo el doctor Senac, hoy ilustrado
médico militar (1) y uno de tantos talentos, obscurecidos por falta de ambición,
hizo un bonito discurso, pronunciado con facilidad y desembarazo. Defendió la
tesis, entonces muy en boga, de que la sangre venosa era nociva al organismo a
causa del ácido carbónico en ella acumulado y del cual debía desprenderse en el
(1) Murió hace algunos años de una afección cardíaca.
RECUERDOS DE MI VIDA
105
pulmón. Yo, que había bebido en las mismas fuentes (la Fisiología de Beclard), le
dije, o intenté decirle, «que el daño no estaba en el exceso de ácido carbónico,
gas enteramente inofensivo, sino en la ausencia de oxígeno, ya consumido en los
capilares con ocasión de la respiración de los tejidos» . «
Mas tan sencillo reparo fué expuesto con frase tan desmañada y sinuosa y con
voz tan entrecortada y balbuciente, que Bailarín, no pudiendo sufrirme, ordenóme
callar con cajas destempladas, añadiendo «que conservaba todavía el peló dé la
dehesa». Mi inocencia era tal, que no entendí la frase ni, por tanto, la intención
mortificante.
Pero aparte las citadas destemplanzas. Bailarín era un maestro a quien respe¬
tábamos y venerábamos. Le estábamos además agradecidos porque, de vez- en
cuando, nos concedía graciosamente un día de asueto, y ciertamente por un moti¬
vo que el lector adivinaría difícilmente.
¡Ya se sabía!... En cuanto llegaba a cátedra malhumorado, sumidas las quija¬
das, el aire de contrariedad... y daba comienzo ala tarea mascullando gangosa e
ininteligiblemente la palabra «¡Seño... res!.,.» todos, maquinalmente, requeríamos
el sombrero, y abandonábamos el aula, con beneplácito del profesor, que se limi¬
taba a deplorar la flaqueza de su memoria. ¡Era que el bueno de don Florencio se
había dejado en casa la dentadura! Este cómodo olvido', tratándose de tan averia¬
da senectud, ¿era voluntario o involuntario? He aquí un problema que nunca pu¬
dimos resolver.
Cosa sabida es que los profesores, aun ios más refractarios a la rutina, repiten
fonográficamente todos los cursos ciertas frases y ejemplos que los alumnos co¬
nocen y anuncian a plazo fijo. Tal le ocurría a Bailarín. Entre los ejemplos este¬
reotipados no hay condiscípulo que haya olvidado uno famoso, expuesto invaria¬
blemente al tratar de la escala de dureza de los minerales.
«Señores— decía— : el diamante ocupa el número 7 de la escala de la dureza;
resulta, pues, el cuerpo más duro que se conoce; pero entendámonos; la resisten¬
cia al rayado no implica refractariedad a la fractura. Precisamente el diamante es
deplorablemente quebradizo. Ahí tienen ustedes— añadía— el testimonio irrecusa¬
ble de esta lamentable propiedad.» Y en aquel momento alargaba la mano por
encima de la mesa, mostrando flamante solitario, afeado en su centro por fractura
estrellada. Y a seguida’refería que, durante cierta disputa, no sé si científica o po¬
lítica, no pudiendo persuadir al adversario, descargóle en la cabeza formidable
puñetazo. Pero el cráneo del adversario era de los que merecían figurar con un nú¬
mero 8 en la consabida escala de la dureza, ya que rompió en mil trozos el precio¬
so diamante. Al llegar aquí era de ritual soltar carcajada genera!, que no impa¬
cientaba en lo más mínimo al bueno de Bailarín.
Muy diferente era el temperamento intelectual y docente de don Bruno Solano
Elocuente, fogoso, afable, no exento de severidad en ocasiones, su cátedra era
templo donde oíamos embelesados la pintoresca ^e interesante narración de los
amores y odios de los cuerpos: las aventuras del oxígeno, especie de Don Juan
rijoso e irresistible conquistador de la virginidad de los simples; las venganzas
del hidrógeno, amante celoso responsable de tanta viudez molecular, y las intri¬
gas y tercerías del calor y electricidad, dueñas quintañonas capaces de perturbar y
de divorciar hasta los matrimonios moleculares más unidos y estables... Pero aparte
estas expansiones poéticas, de que no abusaba. Solano era un gran maestro.
¡Qué dicción más agradable y seráfica la suya! ¡Qué suprema habilidad para
hacer comprensivos y amenos, mediante comparaciones luminosas, los punto
106
S. RAMÓN Y CAJAL
más difíciles o las nociones más áridas y abstrusas! Bajo este aspecto se parecía
mucho al célebre físico inglés Tyndall, al genial Echegaray y al incomparable di¬
vulgador A. Fabre.
Confieso que cuando visito a Zaragoza, una de las cosas que más me entris¬
tece es la ausencia del malogrado compañero (1). Sus pláticas diarias en el Café
Suizo, donde se congregaban sus íntimos y admiradores, eran un regalo del es¬
píritu. Su popularidad era tan grande como merecida. Eso que después se ha lla¬
mado extensiónluniversitaría, fué una de tantas iniciativas suyas. No reservó nun¬
ca su ciencia para losjprivilegiados de la matrícula oficial, sino que la propagó al
gran público, creando lazosjntelectuales y afectivos entre la cátedra y el taller
el laboratorio y la fábrica. Estaba persuadido de que la ciencia debe asociarse a
la vida, para inspirarla y dirigirla. Su exquisita sensibilidad de artista y de pensa¬
dor le permitían descubrir, hasta en las cosas más vulgares, puntos de vista su¬
periores..
Pero Solano era además un soberbio temperamento de escritor. ¡Un escritor que
no quiso apenas escribir!... De sus brillantes dotes literarias dan testimonio esos
preciosos, y por desgracia escasísimos, artículos científicos y de vulgarización, in¬
sertos en los diarios zaragozanos, y singularmente el bellísimo discurso de aper¬
tura universitaria acerca de las orientaciones de la química moderna.
Pero volviendo a mis estudios, debo decir que, gracias a tan buenos maestros,
aproveché bastante, es decir, todo lo que mi juicio, todavía en agraz, y mis conti¬
nuas escapadas artísticas consentían. Sólo una vez regresé a mis viejas cala¬
veradas..
Cierto camarada de Huesca llamado^Herrera, mozo despejado y algo camorris¬
ta (tuerto de resultas de una travesura), gran admirador de mi honda, rogóme en¬
carecidamente que, olvidando por un día la Historia natural, le prestase mi con¬
curso en cierto encuentro que debía efectuarse en las eras del barrio de la Magda¬
lena, entre estudiantes y femateros, o entre pijaitos y matracos. Tuve la debilidad
de escucharle y de caer en la tentación.
Mi honda hizo de las suyas. Descalabré unos cuantos enemigos y contribuí al
triunfo de los señoritos, a pesar del refuerzo que a última hora recibieron los fe-
materos de sus congéneres de la parroquia de San Pablo. Sin engreirme con la
victoria, y ahito de chiquilladas, tuve la fortaleza de no reincidir. Cada cosa a su
tiempo. Y el de la informalidad había pasado. Frisaba yo entonces en los diez y,
siete años. Mi relativa aplicación me permitió aprobar sin percances el preparato¬
rio, y matricularme en el primer curso de Medicina.
Por aquella época (creo que fué -en 1870) trasladóse mi familia a Zaiagoza. De¬
seoso mi padre de dar carrera a sus hijos, vigilarlos de cerca y sustraerse definiti¬
vamente a los sinsabores de la práctica médica 'rural, hizo ciertas oposiciones a
médicos de la Beneficencia provincial, y, conseguida upa plaza, establecióse en la
capital aragonesa, en donde, a poco de su arribo, el sabio clínico y condiscípulo
suyo don Genaro Casas, a la sazón Decano de la Facultad de Medicina, le confirió
el cargo de profesor interino de disección.
Conocido el entusiasmo de mí padre por la anatomía, y su vocación decidida
por la enseñanza, adivinará fácilmente¿el lector el celo y ardor puestos en el des¬
empeño de su cometido y la decisión de convertir a su hijo en hábil disector.
Hétenos, pues, a los dos metidos en harina, com» suele decirse. ¡Y con maes-
ÍD Solano murió joven a consecuencia de una operación quirúrgica.
RECUERDOS DE MI VIDA
107
tro tal, cualquiera escurría el bulto! Tres años nos pasamos en aquella humilde
sala de disección, perdida en;ia huerta del viejo Hospital de Santa Engracia, des¬
montando pieza a pieza la enrevesada maquinaria de músculos, nervios y vasos, y
comprobando las lindas cosas que nos contaban los anatómicos. Ante la impo¬
nente losa anatómica, protestaron al principio cerebro y estómago; pronto vmo,
empero, la adaptación. En adelante vi en el cadáver, no la muerte, con su cortejo
de tristes sugestiones, sino el admirable artificio de la vida.
Conforme pide el método, para no extraviarnos en la selva inextricable de va¬
sos y nervios, trabajábamos en presencia de los libros, guiados por el Cruveilhier
y el Sappey. Crecía el ardor al compás de las dificultades, y, pródigos de tiempo
(mi padre por entonces tenía pocos enfermos), consagrábamos a la tarea todo el
vagar que nos dejaban, a mi progenitor la clientela y a mí los estudios de otras
asignaturas. Incansable él, no consentían fatiga en torno suyo.
Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender; que
no hay profesor más celoso que el que estudia para enseñar. Mi lápiz, antano res¬
ponsable de tantos enojos, halló por fin gracia a los ojos de mi padre, que se com¬
placía ahora en hacerme copiar cuanto mostraban las piezas anatómicas. ¡Que sa¬
tisfacción cuando, a fuerza de paciencia, conseguíamos desprender de su ganga
de grasa el diminuto ganglio oftálmico con sus tenues radículas nerviosas o atis-
bar en su escondrijo el enrevesado foco ganglionar esfeno-palaUno, o, en fm, per¬
seguir triunfantes, a través de los túneles del peñasco, los sutiles nervios petro¬
sos! Con todo ello enriquecía mis apuntes y daba base objetiva a mis conoci¬
mientos. -
Poco a poco mis acuarelas anatómicas formaron formidable cartapacio, del que
se mostraba orgulloso el autor de mis días. Su entusiasmo llegó al purito de pro¬
yectar seriamente la publicación de un Atlas anatómico. Desgraciadamente, el
atraso de las artes gráficas en Zaragoza impidió la realización del proyecto.
Para cerrar este capítulo añadiré que, envista de mi laboriosidad y relativa pe¬
ricia en el arte de disecar, al final del segundo año de Medicina se me otorgo una
plaza de ayudante de disección. Este cargo oficial, halagando mi amor propio, fo¬
mentó todavía más mis aficiones anatómicas. Y me consintió, además, agenciarme
algunos gajes, dando lecciones particulares de anatomía práctica.
CAPÍTULO XX
MIS CATEDRÁTICOS DE MEDICINA— DON MANUEL DAINA Y EL PREMIO DE ANATO¬
MÍA TOPOGRÁFICA.— UN SINGULAR PROCEDIMIENTO DE EXAMEN.— NUESTRO
DECANO DON GENARO CASAS.— MIS PETULANCIAS POLÉMICAS.— NOTAS BREVES
ACERCA DE ALGUNOS PROFESORES Y CIERTO^ INCIDENTES OCURRIDOS EN SUS
CLASES
A despecho de mis escapadas artísticas, continué la carrera sin tropiezos
aunque sin permitirme el lujo de sobresalir demasiado. A decir verdad
sólo estudié con esmero la Anatomía y la Fisiología; a las demás asigna¬
turas-las Patologías médica y quirúrgica, la Terapéutica, la Higiene, etc.—, con¬
sagré la atención estrictamente precisa para obtener el aprobado. A lo que debió
quizás contribuir algo cierto ministro de la Gloriosa, quien, por devoción al igua¬
litarismo democrático, redujo las calificaciones de exámenes a dos: aprobado y
suspenso. Confieso que jamás he logrado comprender la ventaja educativa de la
supresión de las notas. En una edad en que la pereza y la distracción hallan tan¬
tas ocasiones de asaltar la voluntad, ¿qué malhayen fomentar la emulación y
hasta la vanidad misma? Hágase el milagro, y hágalo el diablo. Si en el corazón
del estudiante queda un residuo de pasión malsana, pronto se encargará la vida
de disiparlo. Lo esencial es acrecentar el patrimonio científico adquirido y mante¬
ner el hábito del trabajo.
Se dirá que para los alumnos aficionados a las distinciones académicas que¬
daba el recurso de los premios. Pero [no todos los jóvenes aplicados poseen la
pretensión y audacia necesarias para tales competiciones. Recuerdo que el temor
de parecer presumidos u orgullosos fué causa de que la mayoría de los premios
de la Facultad quedaran desiertos. Y no ciertamente por ausencia de jóvenes
aventajados. Excluyéndome yo, que sólo podía aspirar al diploma en las asignatu¬
ras anatómicas, figuraban entre mis condiscípulos mozos sobresalientes. Recuerdo
ahora a Pablo Salinas, Victorino Sierra, Severo Cenarro, Simeón Pastor, Joaquín
Gimeno, Pascual Senac, Andrés Martínez, José Rebullida y otros. Por mi parte,
sólo tenté fortuna en la Anatomía topográfica y operaciones, asignatura de que era
titular don Manuel Daina. Y aunque favorable el resultado, perdí las ganas de
reincidir. Mas el suceso merece contarse, para que se vea que, en achaques de
preparación, puede ser a veces contraproducente estudiar demasiado.
Tenía don Manuel Daina verdadera debilidad por mí. Arrastrado por su bondad
excesiva, me consideraba el mejor de sus alumnos, y yo correspondía a tan lison¬
jero concepto esmerándome en la ejecución de las preparaciones anatómicas, de
que, como Ayudante disector, estaba oficialmente encargado. Se comprenderá,
RECt-TERDOS DE MI VIDA
109
pues, que terminado el curso, me instara encarecidamente don Manuel a concur¬
sar el premio, y que yo, para complacerle, me preparara concienzudamente.
Sabido es que en todo programa, además de las lecciones corrientes, figuran
ciertas materias fundamentales o simplemente difíciles, donde el alumno puede
lucir su áplicación y memoria. Mis lectores médicos recordarán que, en los domi¬
nios de la Anatomía topográfica, estos temas de prueba son la región del cuello, la
inguinal, la crural, la perineal y el hueco poplíteo. Por arduas y complicadas las
había disecado con cariño y reproducido más de una vez en mis láminas anató¬
micas.
Llegó el concurso; quedé solo; tocóme el anillo inguinal: escribí largo y ten¬
dido; decoré la descripción con varios esquemas y llevé mi preocupación detallista
hasta precisar las dimensiones en milímetros. Ufano durante la lectura, esperé
tranquilo y confiado el fallo del tribunal. Desde el vestíbulo oía a los jueces discutir
acaloradamente. —¿Qué pasará?— me decía un tanto alarmado. Al fin supe que el
Jurado me había adjudicado el premio. Al salir Daina y su compañero me abraza¬
ron, felicitándome. Pero don Nicolás Montells (profesor de Patología quirúrgica)
se me acercó, diciéndome con ademán desabrido: «Conste que a mí no me la pega
usted. ¡Eso está copiado! >...
En vano intenté respetuosamente sacarle de su error. Para el bueno de Mon¬
tells, era imposible que un alumno recordara en milímetros los diámetros del con¬
ducto inguinal. Afortunadamente, mi maestro Daina, que me conocía bien, defen¬
dióme calurosamente. Con su exquisita prudencia previno, además, el estallido de
mi cólera, pasión a la que entonces era yo extraordinariamente propenso. Todo se
arregló, pero el incidente contribuyó decisivamente a que, en lo sucesivo, desis¬
tiese de semejantes certámenes.
Merece don Manuel Daina un recuerdo afectuoso. De simpática figura y carác¬
ter afable, gozaba de la reputación y estima que proporcionan el talento y la ecua¬
nimidad, asistidos de espléndida posición social. La misma sencillez y elegancia
con que vestía, resplandecían en su palabra, que era correcta, tranquila, persuasiva
y matizada, a veces, con rasgos de fina ironía. Era, acaso, don Manuel el más
europeo de nuestros profesores, quizá el único que había ampliado en el Extranjero
su educación profesional y científica. Había sido discípulo de las grandes figuras
quirúrgicas de París. Nos embelesaba cuando refería las hazañas operatorias de
Nélaton y Velpeau, así como los errores imperdonables a que conducen la super¬
ficialidad del reconocimiento y el criminal afán de inflar estadísticas de interven¬
ciones temerarias. Mucho valía como operador, pero valía todavía más como
cirujano.
Por cierto que don Manuel Daina ensayó en aquel curso cierto sistema muy
original de calificar. La víspera de los exámenes, sorprendiónos a Cenarro y a mí
con el siguiente curioso encargo: «Persuadido estoy— nos dijo— de que no hay
profesor, por atento que sea, que conozca tan bien a sus discípulos como ellos se
conocen entre sí. En consecuencia, he resuelto que ustedes formulen las califica¬
ciones. Ahí va la lista. Como fío mucho de la rectitud y formalidad de ustedes, de
antemano apruebo lo que hagan.»
Expusimos algunas tímidas excusas, pero acabamos por aceptar el peligroso
honor, prometiendo— según era de rigor — guardar el secreto. Aquella noche Cena¬
rro y yo cambiamos' impresiones acerca de los méritos de nuestros condiscípulos,
aquilatamos el talento, grado de aplicación y asistencia a clase de cada uno, y
resolvimos, de perfecto acuerdo, las notas. Entre los indultados — hubo, natural-
lio
S. RAMÓN Y CAJAL
mente, bastante manga ancha- recuerdo a un tal Pueyo, mozo aplicado y pobre,
que apenas asistía a clase por enfermo y a quien el profesor contaba entre los
irredimibles. Naturalmente, Cenarro y yo comenzamos por adjudicarnos sendos
sobresalientes (1). Al repasar la lista y notar la racha de indultos y rectificaciones,
experimentó don Manuel alguna sorpresa; pero sonrió bondadosamente y aprobó
la propuesta. Claro es que después de tal acuerdo los exámenes fueron pura
fórmula.
Otro de los buenos maestros de la Escuela de Medicina aragonesa fué don Ge¬
naro Casas, amigo y condiscípulo de mi padre (ambos cursaron la carrera en Bar¬
celona). Exiguo de estatura, y afeado por lupia voluminosa impl^tada en la fren¬
te, tenía aspecto enfermizo y deforme, que se desvanecía en cuanto comenzaba a
hablar. Porque don Genaro, Decano y casi creador de la Escuela de Medicina
aragonesa, además de ser clínico eminente y modelo de profesores celosos, poseía
talento oratorio de primera fuerza. Pertenecía a la selecta grey de los médicos la¬
tinos y humanistas, hoy perdida casi enteramente.
Imperaba entonces en las escuelas médicas el vitalismo de Banhez, inspirado
en el hipocratismo, doctrina de que fué también ardiente partidario el Dr. Santero,
ala sazón catedrático de Clínica médica de Madrid. Natural era que los profeso¬
res de aquel tiempo— que podíamos llamar era preóacíermna— reaccionaran con al¬
guna viveza contra las tendencias materialistas u organieistas de la química, histo¬
logía y más tarde de la bacteriología. Pero don Genaro, vitalista convencido, supo
siempre hacer justicia a las conquistas positivas de estas ciencias, cuyos datos
interpretaba muy hábilmente en el sentido de su espiritualisrno orgánico. Aún re¬
cuerdo la exposición magistral que nos hizo de la Paiologia celular, de Virchow,
libro esencialmente revolucionario, aparecido por entonces. —Naturalmente, don
Genaro aceptaba los hechos, pero repudiaba sus consecuencias. Se comprenderá
fácilmente que los distingos del sabio maestro no agradaban a todos; pero aun los
que pasábamos por más avanzados y noveleros, seguíamosle con respeto en sus
loables esfuerzos de conciliación entre lo viejo y lo nuevo. Todos le venerábamos
y queríamos, porque su celó por la enseñanza era tan grande como su talento y su
bondad.
Por cierto que mi petulancia puso un día a prueba la inagotable benevolencia
del maestro. Referiré el incidente— que hoy recuerdo con pena—, para que se vea
hasta qué punto llegaba la rebeldía de mi carácter y la paternal tolerancia de don
Genaro. Había yo leído la citada Patología celular de Virchow y algunos otros
libros anatomo-patológicos a la moda, donde, a' vueltas de un análisis objetivo
insuficiente, se hacía la apología de la célula, presentándola como un ser vivo,
autónomo, protagonista exclusivo de los episodios patológicos. Quedaba de esta
suerte rota la unidad orgánica, tan cara a vitalistas y animistas. La enfermedad
venía a ser, por consiguiente, algo así como modesto incidente de fronteras o a
modo de motín de ciudad, que debían reprimir de modo automático las fuerzas
locales, con poca o ninguna intervención de la autoridad central, representada por
el sistema nervioso.
Petulante y ufano con lecturas bastante mal digeridas, contrariábame ver cómo
ñon Genaro interpretaba en sentido vitalista todos los procesos celulares. Y, no
obstante mi timidez y cortedad, el choque llegó al fin. Cierto día de conferencia
preguntóme el maestro acerca de las lesiones de la inflamación, y después de ex-
(1) Por aquel año (1872), otro ministro de la Revolución restabieció las calificaciones de examen.
RECUERDOS DE MI VIDA
111
poner los hechos descriptivos corrientes, tuve, al interpretarlos, la audacia de
oponerme a su doctrina vitalista. Con un arrojo de que yo mismo estaba asombra¬
do, manifesté que; «La hiperemia y la exudación no constituían actos defensivos
del principio vital, sino meros efectos de la irritación y multiplicación de las célu¬
las. En mi concepto— añadía — , las fuerzas centrales, caso de ser algo real, no in¬
tervienen para nada en el proceso, como lo prueba el alegato de Virchow, de exis¬
tir inflamación en tejidos desprovistos de vasos y nervios (1). Ante mis arrogan¬
cias, los condiscípulos mirábanse estupefactos.
No se enojó don Genaro por mi falta de respeto; antes mostró alegrarse de
contender con un discípulo. Y conformas suaves trató de persuadirme de «que
el acto inflamatorio representa siempre una reacción defensiva contra los agentes
vulnerantes; hizo notar que aun en los tejidos exangües citados por mí (córnea y
cartílago) desarrollábase hiperemia, puesto que hacia la lesión afluían jugos y
glóbulos de pus, y, en fin, añadió que la indiscutible finalidad de las citadas reac¬
ciones, en orden a la eliminación de las causas y reparación de sus estragos, im¬
plicaba necesariamente un principio inmaterial capaz de regular y coordinar los
actos orgánicos. Este principio no podía ser otro que la fuerza vital, el alma vege¬
tativa de la escuela vitalista.
Pero yo, que sugestionado por lecturas recientes, consideraba el principio vi¬
tal de Barthez como un mito encubridor de nuestra ignorancia (y en| esto no me
faltaba razón), mantuve tercamente mis puntos de vista, y asiéndome algo des¬
lealmente al sentido literal de las palabras, repliqué que no se me alcanzaba cómo
donde no había vasos ni sangre (el cartílago y la córnea) se desarrollara la hi¬
peremia.
En fin, que di en clase un espectáculo deplorable, y causé un disgusto al bue-
nísimo de don Genaro. El cual, al encontrarse con mi padre al siguiente día, le
dijo estas palabras, que recuerdo muy bien: «Tienes un hijo tan testarudo, que
como él crea tener razón, no callará, aunque de su silencio dependiera la vida de
sus padres.»
Lo más grave de aquella irreverente impertinencia mía fué que, en el fondo,
don Genaro tenía razón. Por fortuna, arrepentido después de mi falta de respeto,
di al maestro sinceras satisfacciones. Y aquella salida de chiquillo petulante
fué olvidada por el paternal don Genaro. Y cuando años después, al transfor¬
marse nuestra Facultad de provincial en oficial, nuestro veterano profesor ganó
en honrosa lid su cátedra de Clínica médica, nadie se alegró más sinceramente
que yo.
Con algo menos relieve surgen en mi memoria las figuras prestigiosas de otros
maestros. Destaca entre ellas don Pedro Cerrada, catedrático de Patología gene¬
ral, concienzudo clínico y reflexivo docente, abierto a todas las novedades de la
ciencia, y de quien recuerdo esta frase tan modesta como profética; «Siento no
saber bastante química; soy viejo para aprenderla; a ustedes toca estudiarla, por¬
que ahí está el secreto de muchos procesos patológicos.»
Merecen también recuerdo afectuoso: el Dr. Comín, profesor de Terapéutica,
cabeza sólida y admirablemente cultivada, orador facilísimo y elegante; don Ma¬
nuel Fornés, ya muy anciano entonces, dotado de criterio clínico admirable y
maestro venerado de Patología médica; don Jacinto Corralé, catedrático de Ana-
' (1) Comprenderá el lector que, después del tiempo transcurrido, no puedo precisar los términos exac¬
tos de la polémica, pero sí los argumentos y el espíritu que los animaba.
112
3. RAMÓN y CAJAL
tomía, algo rudo y candoroso, pero puntual en el cumplimiento de su deber y bon¬
dadoso con sus discipulos; Eduardo Fornés, catedrático de Medicina legal (hijo
de don Manuel), estudioso, simpático y tan caballeroso como su padre, de quien
heredó el decoro y la gravedad de dicción y pensamiento; a Ferrer, profesor de
Obstetricia, algo arrebatado y confuso al exponer, pero estimable clínico y exce¬
lente persona; en fin, a Valero, encargado de la cátedra de Fisiología, dotado de
gran vivacidad de palabra y de notables condiciones de pedagogo. Todos sembra¬
ron algo útil en mi espíritu y a todos estoy cordialmente reconocido. ¡Lástima que
la ausencia de Laboratorios y el insuficiente material clínico esterilizaran, en par¬
te, sus desvelosl
Para completar estos rasgos descriptivos de mis profesores, referiré algunas
anécdotas tocantes a las cátedras de Valero y de Ferrer.
Valero, nuestro profesor de Fisiología, poseía el difícil arte de estimular a sus
discípulos. Se empeñó en encasquetarnos a ultranza el libro de texto (la fisiología
de Beclard) y se salió’con la suya. A tal propósito nos preguntaba diariamente a
todos, escogiendo de preferencia los puntos más difíciles. Y cuando la cuestión se
le atragantaba a un alumno, hacíala correr por toda la clase hasta topar con al¬
guien capaz de declarar la dificultad. Entonces prorrumpía en alabanzas del afor¬
tunado, que se sentía halagado y dichoso. En estos escarceos y honrosas compe¬
ticiones brillaban Cenarro, Pastor, Senac, Sierra, Rebullida, y particularmente
Pablo Salinas, el más aplicado y brillante de nuestros condiscípulos. Y es que el
pundonor bien administrado hace milagros. Naturalmente, en aquella clase no
se efectuaba ningún experimento. Y así nuestra emulación resultó infecunda y
baldía.
De Ferrer, nuestro profesor de Obstetricia, guardo un recuerdo jocundo. Re¬
prendióme cierto día, con razón, por mi escasa asistencia a clase, rechazando, in¬
dignado, la excusa alegada por mí, de que los trabajos de la sala de disección me
privaban del gusto de escucharle asiduamente. «Sin embargo— añadí infatuado
y jactancioso—, estudio diariamente las lecciones del programa y creo estar algo
preparado.»
—Eso vamos a verlo ahora mismo— replicó, amostazado, el profesor. Y, cre¬
yendo ponerme en aprieto, preguntóme acerca de la génesis de las membranas del
embrión, tema que él había desarrollado con amor. Yo entonces, cogiendo la oca¬
sión por los cabellos, me aproximé solemnemente al encerado, y, sin azorarme en
lo más mínimo, me pasé más de media hora dibujando esquemas en color tocantes
a las fases evolutivas del blastodermo, vesícula umbilical, alantoides, etc., y expli¬
cando al mismo tiempo lo que aquellas figuras representaban. ¡Estuve verdadera¬
mente épico!...
El bueno de Ferrer me seguía embobado. Creyó anonadarme, y me proporcionó
lucimiento resonante. La clase entera aplaudió al compañero. Mi seguridad y aplo¬
mo al disertar sobre cuestiones embriológicas, que la mayoría de los alumnos de
Obstetricia suelen aprender bastante mal, dióle tan alta idea de mi aplicación,
que, después de aceptar mis anteriores excusas, declaró que «podía contar para
los exámenes con la nota de sobresaliente, aunque no asistiese más a clase». «La
conferencia que acaba usted de darnos vale esta nota y compensa sus negligen¬
cias.» Yo abusé cuanto pude del permiso Sólo de vez en cuando me permitía pre¬
sentarme en clase, como quien concede un favor.
Habrá adivinado el lector que mi aparatoso triunfo fué obra del azar. A causa
de mis aficiones a la Anatomía, había yo estudiado con bastante escrupulosidad el
RECUERDOS DE MI VIDA
113
desarrollo de los órganos, y, por tanto, la formació|i del embrión. Si mi candoroso
profesor me hubiera explorado en otras lecciones del programa, habría advertido
mi supina ignorancia.
Los compañeros, que me conocían bien, sonreían de la credulidad del maestro,
y me hicieron la merced de guardar el secreto. Por lo demás, por seguro doy que,
a la postre, todos vinimos a quedar iguales; porque en aquellos tiempos la Facul¬
tad carecía de clínica de partos. Y estudiar posiciones y presentaciones sin haber
asistido a un parto, es como aprender el manejo del fusil sin fusil.
CAPITULO XXI
CONTINÚO MIS ESTUDIOS SIN GRANDES TROPIEZOS.— MIS MANÍAS LITERARIA, QIM-
NÁSIICA Y filosófica. - PROEZAS MUSCULARES. — LA VENUS DE MILO. - UN
DESAFÍO A TROMPADA LIMPIA. - COMPEITCIONES DE FAQUÍN. - INCOMPRENSI¬
BLE CAPRICHO DE UNA .MUJER
MIS tyeas de disector, y la mediana atención consagrada a las últimas asig¬
naturas de la carrera, dejábanme horas de asueto, que yo empleaba en
satisfacer mis aficiones pictóricas y otros entretenimientos. Precisa¬
mente por aquellos años (1871 a 73) surgieron en mí tres nuevas manías: la [itera¬
ría, la gimnástica y la filosófica.
Digamos algo de estas enfermedades de crecimiento .
Grafomanía.-¥ué un ejemplo típico de contagio. Reinaba en España, durante
la época revolucionaria, cierta peste lírica, agravada con la persistente inoculación
taba'iíín ’ír cualquier acontecimiento político, bro-
nnhiP ^ ir ^ ^ P^'^sistas escribían en estilo seño-
P°bre Bécquer, a Donoso Cortés, Quadrado
fpf ? , ^ ^ componían estrofas con cadencias y sonoridades rausica-
les En la novela, nuestro ídolo era Víctor Hugo; en el género lírico EsproL
ceda o Zorrilla, y en la oratoria, Castelar. Débiles ante la avasalladora sugestión
del medio, muchos jovenes fuimos gravemente atacados de la enfermedad a la
moda. Según era de temer, los temperamentos sentimentales como el mío sufríe-
racerv“or^^^^^^^ ^ - la
hacer versos, componer leyendas y hasta novelas. Transcurridos algunos años
sobrevino al fin la convalecencia, y con ella el amargo desengaño Si no estov
trascordado, de entre mis condiscípulos poetas, sólo Joaquín Jimeno continuó
escribiendo, hasta convertirse en director de un diario político (1). Pero Jimeno
que llego a ser después profesor de la Facultad de Medicina y polffico hábil y^:
tigioso (pertenecía al partido posibilista,) disponía de preparación exceleLe en
^ paladar literarfo, L que yo“ya!
¿Para qué hablar de mis versos? Eran imitación servil de Lista, Arriaza Béc
quer, Zorrilla y Espronceda, sobre todo de este último, cuyos cantos al Pirktt a
Lámina X.
El autor a. los dieciocho años, cuatro meses después de iniciada su manía
gimnástica. Desgraciadamente, el desarrollo muscular casi monstruoso, lo¬
grado al año de ejercicios violentos, aparece en una fotografía tan empali¬
decida que es imposible reproducirla mediante el fotograbado.
Retrato del autor al acabar
RECUERDOS DE MI VIDA
115
Teresa, el Cosaco, etc., considerábamos los jóvenes como el supremo esfuerzo de
la lírica. Aparte la música cautivadora del verso y la pompa y la riqueza del len¬
guaje, lo que más nos seducía en la poesía del vate extremeño era su espirita de
audaz rebeldía, tan semejante a la de Lord Byron, conforme hizo notar, con san¬
grienta intención, el conde de Toreno. Gracias a los buenos oficios del amigo Jime-
no, ciertos periódicos locales publicaron bondadosamente algunos de mis versos,
plagados, según advertí después, de ripios y lugares comunes. Recilerdo que de
todos mis ensayos, el que más éxito alcanzó entre mis condiscípulos fué cierta
oda humorística escrita con ocasión de ruidosa huelga estudiantil (1).
Mayor influencia todavía ejercieron en mis gustos las novelas científicas de
Julio Verne, muy en boga por entonces. Fué tanta, que, a imitación de las obras
De la tierra a la luna, Cinco semanas en globo, La vuelta al mundo en ochenta
dias, etc., escribí voluminosa novela biológica, de carácter didáctico, en que se
narraban las dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no se sabe
cómo, al planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil veces mayo¬
res que el hombre, aunque de estructura esencialmente idéntica. En parangón con
aquellos colosos de la vida, nuestro explorador tenía la talla de un microbio: era,
por tanto, invisible. Armado de toda suerte de aparatos científicos, el intrépido
protagonista inauguraba su exploración colándose por una glándula cutánea; inva¬
día después la sangre; navegaba sobre un glóbulo rojo; presenciaba las épicas
luchas entre leucocitos y parásitos; asistía a las admirables funciones visual, acús¬
tica, muscular, etc., y, en fin, arribado al cerebro, sorprendía— ¡ahí es nada!— el
secreto del pensamiento y del impulso voluntario. Numerosos dibujos en color,
tomados y arreglados— claro es— délas obras histológicas de la época (Henle, van
Kerapen, Kolliker, Frey, etc.), ilustraban el texto y mostraban al vivo las conmo¬
vedoras peripecias del protagonista, el cual, amenazado más de una vez por los
viscosos tentáculos de un leucocito o de un corpúsculo vibrátil, librábase del peli¬
gro merced a ingeniosos ardides. Siento haber perdido este librito, porque acaso
hubiese podido convertirse, a la luz dé las nuevas revelaciones de la histología y
bacteriología, en obra de amena vulgarización científica (2). Extravióse sin duda
durante mis viajes de médico mihtar.
Mania gimndstica.^Cñdiáo en los pueblos y endurecido al sol y al aire libre,
era yo a los diez y ocho años un muchacho sólido, ágil y harto más fuerte que los
señoritos de ciudad. Jactábame de ser el más forzudo de la clase, eii lo cual me
engañaba completamente. Harto, sin duda, de mis bravatas, cierto condiscípulo (3)
de porte distinguido, poco hablador, de mediana estatura y rostro enjuto, invitóme
a luchar al j?ü/so, ejercicio muy a la moda entre los jóvenes de entonces. Y, con
gran sorpresa y dolor, sufrí la humillación de la derrota. Quise averiguar cómo
había adquirido mi rival aquella fortísima musculatura, y me confesó sincera¬
mente que el secreto consistía en que, desde hacía años, cultivaba fervientemente
la gimnasia y la esgrima. «Si en hacer gimnasia consiste el tener fuerza— contesté
(1) Recientemente, uno de los pocos condiscípulos supervivientes, el doctor Irafieta, me ha mostrado
la citada oda humorísiica, escrita para celebrar la entereza con que los alumnos de Fisiología del doctor
Valero persistimos en nuestra huelga hasta recibir plena satisfacción de ciertas frases molestas proferidas
por el profesor en momentos de acaloramiento. Titulábase La Commune estudiantil, y está escrita con
tal inocencia, que no merece los honores de la impresión.
(2) Poco después publicó el brillante escritor D. Amalio Giraeno, futuro catedrático de San Garlos-
cierta novela de asunto bastante semejante, titulada, si mal no recuerdo. Aventuras de un glóbulo rojo.
(3) Mi contrincante füé José Moñones, sobrino del general de este nombre, temperamento caballe,
resco y excelente camarada. Ingresó, como yo, en Sanidad Militar, donde hizo brillante carrera.
116
S. RAMÓN Y CAJAL
con arrogancia—, continúa preparándote, porque antes de seis meses habrás sido
vencido.» Una sonrisa escéptica acogió mi baladronada. Pero yo poseía para estos
sandios alardes de la energía física un amor propio enorme, y el bueno de Morlo¬
nes no sabía con quién trataba.
Al día siguiente, y sin decir nada a mi padre, presentóme en el gimnasio de Po¬
blador, situado entonces en la plaza del Pilar. Después de algunos regateos, con¬
vinimos en cambiar lecciones de fisiología muscular (que él deseaba recibir para
dar a su enseñanza cierto tono científico), por lecciones de desarrollo físico. Gra¬
cias a este concierto, mi padre, que no debía desembolsar un cuarto, ignoró que su
hijo se había agenciado una distracción más.
Comencé la labor con ardor extraordinario, trabajando en el gimnasio dos
horas diarias. Además de los ejercicios oficiales, me impuse cieito programa pro¬
gresivo, ora añadiendo cada día peso a las bolas, ora exagerando el número de las
contracciones en la barra o en las paralelas. Cultivé también con ardor los saltos
de profundidad y toda clase de volatinerías en las anillas y el trapecio.. Y soste¬
nido por una fuerza de voluntad que nadie hubiera sospechado en mí, no sólo
cumplí mí promesa de triunfar del amigo Morlones, sino que antes de finar el año
vine a ser el campeón más fuerte del gimnasio. Poblador estaba orgulloso de su
discípulo, y yo entusiasmado al reconocer cuán fácilmente habían respondido mis
músculos al estímulo dei sobretrabajo.
Mi aspecto físico tenía poco del de Adonis. Ancho de espaldas, con pectorales
monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de 112 centímetros. Al andar,
mostraba esa inelegancia y contoneo rítmico característicos del Hércules de feria.
A modo de zarpas, mis manos estrujaban inconscientemente las de los amigos. El
bastón, transformado en paja a causa de mi sensibilidad embotada, debió ser sus¬
tituido por formidable barra de hierro (pesaba 16 libras), que pinté al óleo, imitan¬
do un estuche de paraguas. En suma, vivía orgulloso y hasta insolente con mi
ruda arquitectura de faquín, y ardía en deseos de probar piis puños en cualr
quiera.
De aquella época de necio y exagerado culto al bíceps guardo dos enseñanzas,
provechosas; Es la primera la persuasión de que el excesivo desarrollo muscular
en ios jóvenes conduce casi indefectiblemente a la violencia y al matonismo (1) .
El alarde de la fuerza bruta se convierte en pasión y en causa de necio engreimien¬
to., Hace falta ser un ángel para enfrenar de continuo fibras musculares hiper¬
tróficas inactivas, ansiosas, digámoslo así, de empleo y justificación., Y como no
es cosa de servirse de ellas cargando fardos, se experimenta singular inclinación
en utilizarlas sobre las espaldas del prójimo. Con las energías corporales ocurre lo
que con los ejércitos permanentes: la nación que ha forjado el mejor instrumento
guerrero acaba siempre por ensayarlo sobre las naciones más débiles o harto des¬
cuidadas.
La segunda enseñanza fué averiguar, un poco. tarde, que el ejercicio físico en
los hombres consagrados al estudio debe de ser moderado y breve, sin traspasar
jamás la fase del cansancio. Fenómeno vulgar, pero algo olvidado por los educa¬
dores a la inglesa, es que los deportes violentos disminuyen, rápidamente la apti¬
tud para el trabajo intelectual. Llegada la noche, el cerebro, fatigado por el ex¬
ceso de las descargas motrices— que parecen absorber energías de todo el en-
(I) Esta observación no es aplicable a la edad viril. Sabido es que no hay gente más pacífica en su
trato social que gimnastas, pugiiistas y boxeadores.
RECUERDOS DE MI VIDA
117
céfalo - , cae sobre los libros con la inercia de un pisapapeles. En tales condicio¬
nes, parece suspenderse o retardarse la diferenciación estructural del sistema
nervioso central; diriase que las regiones más nobles de la substancia gris ( las es¬
feras de asociación) son comprimidas y corno ahogadas por las regiones motrices
(centros de proyección). Tales procesos compensadores explican por qué la mayo¬
ría de los jóvenes sobresalientes en los deportes y demás ejercicios físicos (hay
excepciones) son poco habladores y poseen pobre y rudo intelecto.
Yo estuve a punto de ser víctima irremediable del embrutecimiento atlético.
Por fortuna, las enfermedades adquiridas más tarde en Cuba, debilitando mi san¬
gre y eliminando sobrantes musculares, trajéronme a una apreciación más noble y
cuerda del valor de la fuerza.
El prurito de lucir el esfuerzo de mi brazo me arrastró más de una vez, contra
mi temperamento nativamente bonachón, a parecer camorrista y hasta agresivo.
Deseo referir una aventura típica, que retrata bien, aparte los efectos mentales
de mi manía acrobática y pugilista, el estado de espíritu de aquella generación
candorosamente romántica y quijotesca.
Vivía en la calle del Cinco de Marzo cierta bellísima señorita de rostro prima¬
veral, realzado por grandes ojos azules. A causa dél clasicismo impecable de sus
líneas y de la pompa discreta de sus formas, llamárnosla la Venus de Mito. Varios
estudiantes rondábamos su calle y mirábamos stí balcón, sin que la candorosa
niña se percatara, al parecer, del culto platónico de que era objeto.
Más que amor verdadero, sentía yo hacia ella devoción y entusiasmo de artis¬
ta. Era el arquetipo, la hermosura ideal, el excelso modelo de diosa que, de ser
posible, hubiera trasladado al lienzo, con veneración y recogimiento casi religio¬
sos. Mis sentimientos fueron tan respetuosos y platónicos, que jamás osé escri¬
birla. Mi pasión — si tal puede llamarse aquel singular estado sentimental— se
satisfacía plenamente mirándola en el balcón o en la calle, o contemplando cierta
fotografía que, mediante soborno, me procuró un aprendiz del establecimiento fo¬
tográfico de Júdez. Sólo una vez la hablé, y no a cara descubierta, sino disfrazado
por Carnaval, y aprovechando cierta fiesta celebrada en la plaza de toros. Pare¬
cióme joven discreta y de bastante instrucción. Habiéndole oído celebrar las be¬
llezas del Monasterio de Piedra, le remití por correo un precioso álbum de foto¬
grafías de aquel admirable lugar, álbum que yo guardaba cual tesoro inestimable.
Ni siquiera tuve el valor de dedicarle el obsequio.
Cierta noche paseaba yo, como de costumbre, por la referida calle del Cinco de
Marzo, haciendo sonar ruidosamente en las aceras mi formidable garrote, cuando
vino a mi encuentro un joven de mi edad, macizo, cuadrado y robusto. Sin an¬
darse con presentaciones ni andróminas, el tal sujeto prohibióme terminantemente
pasear la calle donde vivía la señora de nuestros coincidentes pensamientos, so
pena de propinarme monumental paliza. Ante tanta audacia, mi dignidad de per¬
donavidas quedó asombrada. No conocía a mi rival; pero al notar sus arrestos, caí
en la cuenta de que debía ser un tal M., alumno de la carrera de Ingenieros, el
cual, a fuerza de repartir garrotazos, había llegado a ser dueño casi exclusivo del
cotarro.
De acceder a tan descortés y humillante invitación, hubieran protestado, ade¬
más de la negra honrilla, los millones de fibras musculares inactivas que desea¬
ban lucirse a poca costa. Quedó, pues, concertado un lance a estacazo limpio,
que había de efectuarse aquella misma noche en los sotos del Huerva. Por
cierto que las frases altivas cambiadas entre ambos campeones, mientras ca-
118
S. RAMÓN Y CAJAL
minaban río arriba, en dirección del campo.del honor, fueron tan fanfarronas como
risibles.
—¿Qué carrera cursu usted?— interrogó mi adversario.
—Estudio la de Medicina y pienso graduarme el próximo año.
—¡Lástima que esté usted tan adelantado!.;.
—¿Y usted?— pregunté yo a mi vez un tanto escamado.
—Me preparo para la de ingenieros de Caminos, y pienso ingresar en este
mismo curso.
— Menos mal— repliqué yo, devolviéndole la pulla.
En estas y otras arrogancias, llegamos al terreno. Nos despojamos de los abri¬
gos. En vista de la desigualdad de los garrotes (he dicho que el mío era una
barra), convinimos en acometernos a puñetazo limpio, debiendo considerarse ven¬
cido quien primeramente fuera'derribado. Era una especie de lucha greco-romana,
según se estila ahora, aunque sin tantos requilorios. Nos cuadramos, y acor¬
dándome yo sin duda de los ingleses al comenzar la batalla de Fontenoy, excla¬
mé: «Pegad primero, caballero M.»
Ni corto ni perezoso, mi contrincante me asestó en la cabeza tres o cuatro pu¬
ñetazos estupefacientes que levantaron ronchas y me impidieron después encas¬
quetarme el sombrero. Por dicha, disfrutaba yo entonces de un cráneo a prueba
de trompadas y soporté impertérrito la formidable embestida. Llegado mi turno,
tras algún envión de castigo, cerré sobre mi rival, levantóle en vilo y rodeándole
con mis brazos de oso iracundo, esperé unos instantes los efectos quirúrgicos del
abrazo. No se hicieron esperar: la faz de mi adversario tornóse lívida, crujieron
sus huesos y, perdido el sentido, cayó- al suelo cual masa inerte. Al contemplar
los efectos de mi barbarie sufrí susto terrible; sospeché que lo había asfixiado o
que, por lo menos, le había producido alguna grave fractura.
No fué así, afortunadísimamente. Movido a compasión y arrepentido de mi
brutalidad, socorríle solícito y tuve la alegría de verle salir de su aturdimiento y
recobrar el resuello. Ayudóle a levantar y vestir; limpié su ropa, manchada coa la
arena húmeda del Huerya, y sus labios, enrojecidos por la sangre; y en vista de
que caminaba difícilmente, ofrecíle mi brazo y le acompañé hasta su casa.
Antes de entrar en ella, mi rival balbuceó con acento de triste resignación:
— Puesto que me ha vencido usted, renuncio a mis pretensiones y queda usted
dueño del campo.
—No hay tal— repliqué, haciendo alarde de generosidad y nobleza—. Disputa¬
mos sobre la posesión de algo que carece de realidad. Ni usted ni yo nos hemos
declarado al objeto de nuestras ansias. Escribámosle sendas cartas. Que ella de¬
cida entre ios dos, si desea decidirse.
Al verme tan razonable y desinteresado, lamentó anteriores arrogancias, coafe-
sándome que aquella mujer le tenía sorbido el seso. Estaba decidido a casarse
con ella en cuanto acabara la carrera.
Días después M., repuesto ya delj lance, volvió a la calle, saludóme afectuoso
y me dijo con aire de profunda amargura:
—He sabido una cosa tremenda, que me ha contrariado extraordinariameate:
la señorita X, a quien creíamos pobre, posee una dote de 50.000 duros. Desisto,
pues, con hondísima pena, de mis galanteos. Si la escribo y acepta mi pretensión,
¿no pensarán todos que le hago la corte por codicia?
—Tiene usted razón— respondí, consternado-. Abandonemos una empresa
imposible.
RECUERDOS DE MI VIDA
119
Y, en efecto, no volvimos'a pensar en la famosa Venus de Milo (1).
¡Así éramos entonces!... Entre los jóvenes de hoy, ¿habrá alguno que no en¬
cuentre ridículo o imbécil nuestro candor?
M. y yo acabamos por ser excelentes camaradas. Gran celebrador de mis
músculos, quiso conocer el secreto de su fuerza. Y cuando le señalé el gimnasio
de Poblador, acudió a él lleno de entusiasmo. Mi rival de un día transformóse a
su vez en formidable atleta. Algo taciturno, sumamente formal y discreto, fer¬
viente cultivador de las matemáticas, M. acabó brillantemente su carrera de in¬
geniero (2).
A riesgo de incurrir en pesadez, paso a referir brevemente otros dos pequeños
éxitos de vanidad muscular. Sírvame de disculpa la devoción, hoy muy a la moda,
hacia la llamada cuitara física y el creciente culto por los juegos ingleses. .
Ocurrió el primer lance en el pueblo de Valpalmas, que visité a los veinte
años, encargado por mi padre de cobrar algunos créditos atrasados. Alojéme en
casa de antiguo amigo de mi familia, el señor Choliz, comerciante rumboso que me
colmó de atenciones y agasajos. Cumplida en parte la comisión, fui invitado a
presenciar las fiestas, que se inauguraban dos días después. Conforme a la usanza
general en Aragón, los festejos proyectados consistían en carreras a pie y en
sacos, cucañas, funciones de piculines (saltimbanquis), juegos de la barra y de
pelota, etc.
Mi afición a los deportes me llevó cierta mañana a presenciar el airoso y viril
juego de la. barra, celebrado al socaire del alto muro de la iglesia; y cuando más
embebido estaba en el espectáculo, uno de mis acompañantes me dijo con sorna:
—Estos no son juegos pa señoritos... Pa ustedes eP dominó, el billar, ¡y
gracias!...
—Está usted equivocado — le respondí—. Hay señoritos aficionados a los ejer¬
cicios de fuerza, y que podrían, con algo de práctica, luchar dignamente con us¬
tedes .
—¡Bah!— continuó el socarrón—. Pa manejar la barra son menester manos me¬
nos finas que las de su mercé. La juerza se tiene manejando la azada y dándole a
la dalla.
Y cogiendo el pesado hierro, me lo puso en las manos; diciendo: ¡Amos a ver
qué tal se porta el pijaito!...
Picado en lo más vivo, empuñé enérgicamente la poderosa barra, me puse en
postura, y haciendo supremo esfuerzo, lancé el proyectil al espacio. ¡Sorpresa
general de los matracos!: contra lo que se esperaba, mi tiro sobrepujó a los más
largos .
—¡Caray con el señorito y qué nervios tiene!...— exclamó un mirón.
Pero mi guasón, mozo fornido y cuadrado, no dió su brazo a torcer; antes
bien, haciendo una mueca desdeñosa, añadió:
—¡Bah!... Esto es custión d’habilidá... Probemos algo que se pegue al riñón. ¿A
que no se carga usted tan siquiera una talega de trigo? (cuatro fanegas).
Al llegar a este punto, mi orgullo de atleta, contenido hasta entonces por con-
(1) A mi vuelta de América, supe con sorpresa que la Venus de Mño, tan admirada y solicitada por
su milagrosa hermosura, no llegó a casarse, aunque tuvo ventajosísimos pretendientes. Una tisis galo¬
pante la arrebató en la flor de la edad. ¡Ella, que e-a un modelo de sana y robusta belleza y cautivadora
euritmia!... jConvengamcs en que los microbios saben escoger.
(2> Mi amigo llamado Alejandro Mendizábal, ya fallecido , figuró entre los jefes más prestigiosos dei
Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Si leyó estas líneas, ¡cuánto debió reírse de aquellas chiquilladas!
120
S. RAMÓN Y CAJAL
sideración al huésped y ,a los acompañantes, se sublevó del todo. Y a mi vez ©sé
interrogarle:
—Y usted que presume de bríos, ¿cuánto peso carga usted?
—Pus estando descansad no me afligen siete fanegas. Pero los más forzudos
del pueblo pueden con el cahiz (ocho fanegas).
— Venga, pues, ese cahiz de trigo y veamos quién de los dos puede con él.
Formóse corro, acudió el alcalde, y de común acuerdo, nos trasladamos a casa
de cierto tratante, en cuyo patio (portal) yacían muchos sacos de trigo. Encogióse
una saca de grandes dimensiones; se midieron a conciencia las ocho fanegas, afe¬
rré con ambos brazos la imponente mole, y merced a poderoso impulso, el señorito
de cara pálida y huesosa cargó con el cahiz. ¡Me porté, pues, como un hombre!...
En cambio, mi zumbón no pasó de las siete consabidas fanegas.
El asombro de los matracos llegó al colmo. A los ojos de aquellos labriegos»
adoradores de la fuerza bruta, adquirí de repente soberano prestigio. Y el triunfo
sobre mi contrincante se celebró alegremente con baile y Ufara (alifara) al aire
libre. Por cierto que en la clásica jota tomaron parte mozas arrogantes con quie¬
nes de niño había yo correteado y jugado a los pitos. Algunas de ellas me dirigían
miradas que parecían caricias.
La otra hazaña gimnástica tuvo carácter acrobático. Cierta noche en que toda
mi familia regresaba tarde del teatro, advirtió que, por extravío de • la llave del
portal, no podía entrar en casa. Era domingo, la una de la madrugada y deses¬
perábamos de encontrar cerrajero. En un santiamén trepé a los balcones del pri¬
mer piso, afianzándome en las rejas del entresuelo; me deslicé temerario por las
cornisas de la fachada; abrí después un balcón; penetré en la habitación, y, ea
n, abrí la puerta por dentro. Mi arrojo y serenidad hallaron aquella noche gra¬
cia a los ojos de mis padres, que veían recelosamente mi creciente ardor por la
gimnasia.
El culto a los ejercicios físicos, como saben bien los educadores ingleses, re¬
trasa notablemente en los jóvenes la explosión de los instintos sexuales. Por I®
que a mí respecta, en aquella dichosa época de los diez y nueve a los veintiún
años, las muchachas más agraciadas no pasaban de ser bonitas estampas o admi¬
rables esculturas. Además, las adorables adolescentes de antaño, como las de
hoy, faltas acaso de instrucción artística, no suelen distinguir entre un torso ro¬
busto y esbelto, coronado por anchos hombros y recia cerviz, y un pecho grácil de
delgaducho señorito. Para ellas, la belleza del hombre se cifra en el rostro y cuan¬
do más en la estatura aventajada y en la distinción de los modales. Lo demás im¬
porta poco.
Se da, sin embargo, tal cual excepción, casi siempre explicable por sugestio¬
nes literarias. Contaré un caso típico, y para mí único, de estas influencias. Con
él cerraré el enfadoso relato de mis alardes musculares.
En compañía de un amigo, paseábame cierto día festivo por los porches del
paseo de Santa Engracia, cuando advertí que una señorita muy bella nos miraba
obstinadamente. Sus ojos grandes, negros y centelleantes, su color blanco rosa¬
do, su talle esbelto, suntuosamente modelado a la moda de entonces, llamaron
también la atención de mi compañero, que era, por cierto, un guapísimo y rubio
mozo de veinte años. Ni por asomos se me ocurrió sospechar que aquellas miradas
incendiarias e insistentes se dirigían a mi desgarbado y macizo corpanchón. Pero
«li amigo, un poco humillado, sacóme del error.
—Es a ti a quien mira— dijo con aire de profunda convicción.
RECUERDOS DE MI VIDA
121
Te equivocas— repliqué— , debe ser a ti; tu gallarda figura ha hecho un
estrago más.
Pero, después de varias vueltas por los porches y de cruzarnos con nuestra
insinuante protagonista y sus amigas, no tuve más remedio que rendirme a la evi¬
dencia. Seguíla casi maquinalmente por el Coso hasta llegar a su morada, en
cuyo umbral se despidió de sus acompañantas, no sin dirigirme antes una mirada
fulgurante y asaz animadora.
Entabladas relaciones callejeras, meses después tuve la curiosidad de averi¬
guar por qué, entre mi simpático adlátere y mi vulgar y hercúlea persona, había
sido yo el preferido. Y oí esta respuesta, lanzada con ingenuidad deliciosa:
—Porque a causa de su robustez atlética y la anchura de sus hombros, parece
usted uno de ■'aquellos famosos e invencibles caballeros de la Edad Media. Ade¬
más, su nariz reproduce casi exactamente la de Alfonso XII.
¡De modo— peñsé para mi capote— que si Don Alfonso hubiera sido algo chato
y mi tórax menos amplio, me quedo sin noviazgo! ¡Oh, el enigmático capricho de
la mujer!...
Corno se ve, el sarampión romántico se habia propagado hasta el corazón de
algunas señoritas de buena familia. He aquí— dicho sea de pasada— la única con¬
quista que debo a mis músculos, aunque en colaboración— justo es reconocerlo—
con el folletín caballeresco y la nariz de un monarca. Pero no debo atribuirme
el papel de conquistador, pues en realidad el conquistado fui yo, si es que tan
graves palabras pueden emplearse para calificar los fugaces amoríos de un mo¬
zalbete.
Manía filosófica.— Después de la chifladura gimnástica caí, por reacción com¬
pensadora, en la locura filosófica. Diríase que las pobres células cerebrales de
asociación, postergadas por el cultivo excesivo de las motrices, invocaban a gritos
su derecho a la vida. Amainé, pues, poco a poco en mi necia vanidad atlética,
echando de ver, al fin, que había cosas harto más respetables y apetecibles que la
«stentación de la fuerza bruta. Aun en el terreno de la competición personal, acabé
por encontrar más meritorio reducir a un adversario con razones que con trompa¬
das. Volví, pues, a mis abandonados libros de Filosofía. A los volteos acrobáticos
sucedieron las piruetas dialécticas. En mi afán de saber cuanto acerca de Dios, el
alma, la substancia, el conocimiento, el mundo y la vida habían averiguado los
pensadores más preclaros, leí casi todas las obras metafísicas existentes en la
biblioteca de la Universidad y algunas más proporcionadas por los amigos. A
decir verdad, esta manía razonadora no era nueva en mí, según consla en capítu¬
los anteriores: asomó ya durante mis estudios del Instituto; pero después de la
Revolución (años de 1871 a 75) tuvo peligroso recrudecimiento.
Paréceme que por aquel tiempo esta afición no era del todo sincera; lo fué, sin
duda, más adelante. Pero entonces, antes que meditar honradamente sobre tan
altos asuntos, deseaba apropiarme los ardides de la sofística para asombrar a los
amigos. Con este espíritu de frívola curiosidad fueron leidas, y no siempre enten¬
didas, las obras de Berkeley, Hume, Fichte, Kant y Balmes. Por fortuna, las obras
de Hegel, Krause y Sanz del Río no figuraban en la bibliqteca universitaria. Yo me
perecía por las tesis radicales y categóricas. Adopté, por consiguiente, el idealis¬
mo absoluto. A la verdad, el gallardo idealismo de Berkeley y Fichte teníanme
cautivado. Ni se ha de olvidar que, por aquella época, era yo ferviente y exagera¬
do espiritualista.
Con un ardor digno de mejor causa, pretendía refutar, ante mis camaradas un
122
S. RAMÓN Y CAJAL
poco desconcertados, la existencia del mundo exterior, el noumenon misterioso de
Kant, afirmando resueltamente que el yo, o por mejor decir, mi propio yo, era la
única realidad absoluta y positiva. Como es natural, los amigos Cenarro, Pastor,
Senac, Sierra y otros, a quienes mortificaba a diario con mis latas, se resistían a
ser considerados como meros fenómenos o creaciones de mi autocrático yo, y pro¬
testaban enérgicamente contra mis sofismas de guardarropía. En el fondo, estaba
tan seguro como ellos de la objetividad del mundo; pero me seducían las parado¬
jas y los malabarismos dialécticos.
Excusado será advertir que tan pueril juglarisrao de leguleyo contribuyó muy
poco a mi formación espiritual, a menos que se consideren como ganancias posi¬
tivas cierta agilidad de pensamiento y algo de sano escepticismo. Sin embargo,
la citada afición a los estudios filosóficos, que adquirió años después caracteres
de mayor seriedad, sin transformarme precisamente en pensador, contribuyó a
producir en mí cierto estado de espíritu bastante propicio a la investigación cien¬
tífica. De ello trataremos oportunamente.
CAPITULO XXII
RECIÉN LICENCIADO EN MEDICINA, INGRESO EN EL CUERPO DE SANIDAD MILI¬
TAR. — MI INCORPORACIÓN AL EJÉRCITO DE OPERACIONES CONTRA LOS CARLIS-
TAS. — EL ESPAÑOLISMO DE LOS CATALANES. — MI TRASLACIÓN AL EJÉRCITO
EXPEDICIONARIO DE CUBA. — COLOQUIO ENTRE DOS CAMARADAS iviDOS DE
^ AVENTURAS EXÓTICAS.— MI EMBARQUE EN CÁDIZ CON RUMBO A LA HABANA
En junio de 1873, y a la edad de veintiún años, obtuve el título de Licenciado
en Medicina. Deseaba mi padre conservarme algún tiempo a su lado, para
estudiar a conciencia la Anatomía descriptiva y general, con el objeto de
tomar parte en las primeras oposiciones a cátedras de esta asignatura; pero la
llamada quinta de Castelar, es decir, el servicio militar obligatorio ordenado por
el célebre tribuno para hacer frente a la gravedad de las circunstancias políticas,
malogró el programa paterno. Como todos los mozos útiles de aquel reemplazo,
fui, pues, declarado soldado. Vime obligado a dormir en el cuartel, a comer rancho
y hacer el ejercicio. •
No duró mucho mi vida de recluta. Anunciáronse por entonces oposiciones a
médicos segundos de Sanidad Militar, y decidí acudir a ellas. Si me sonreía la
suerte y conseguía plaza, en vez de servir a la República de soldado raso, la ser¬
viría de oficial, con graduación de teniente.
Con estas esperanzas solicité y obtuve de mis jefes permiso para trasladarme
a Madrid y tomar parte en el certamen. Estudié de firme un par de meses, y tuve
la satisfacción de ganar plaza, dando con ello grata sorpresa a la familia. En los
ejercicios de oposición, sin rayar a gran altura, no debí portarme del todo mal, ya
que entre 100 candidatos (para 32 plazas) se me adjudicó el número 6. A la ver¬
dad, lo que me prestó cierto lucimiento fué el acto de la operación, con ocasión
de la cual describí minuciosa y metódicamente la anatomía de la pierna (tratábase
de una amputación). En cambio, en los demás ejercicios no traspasé los límites
de la mediocridad.
Por cierto que el sobretrabajo— a costa del sueño— estuvo a punto de costarme
la eliminación. A causa del exceso de lectura, se me pegaron las sábanas el día
de actuar en el ejercicio escrito; y llegué al Hospital Militar (situado entonces en
la calle de la Princesa) a las ocho de la mañana, es decir, una hora después de
comenzado el acto. En vista de mi ausencia, el tribunal me había excluido. Gran
triunfo fué conseguir la entrada en ^1 local. A fuerza de ruegos logré al fin enter¬
necer al bondadoso doctor Losada, jurado del tribunal. Ya en el salón, trans¬
currieron más de quince minutos sin que nadie me atendiese, ni lograra que los
opositores, absortos en su trabajo, me dejaran espacio para sentarme y escribir.
m
S. RAMÓN Y CAJAL
Devorado por la impaciencia, y resuelto a todo, gané un trozo de mesa a fuerza de
apretujones, arrebaté al más próximo unas cuartillas, y comencé a disertar sobre
la Etiología del cólera morbo, tema que nos habla tocado.
Llevaba apenas escritas dos o tres planas, cuando, agotado el tiempo, dióse •
por concluso el ejercicio. Naturalmente, mi pobre disertación debió alcanzar pocos
o acaso ningún punto.
Incidentes de este género me han ocurrido más de una vez en oposiciones,
porque entre mis defectos, acaso el más grave fué siempre la falta absoluta de
método y de mesura en el trabajo.
Después de pavonearme en Zaragoza con mi nombramiento de médico segundo
de Sanidad Militar, y de lucir ante los camaradas envidiosos el flamante uniforme,
recibí orden de incorporarme al regimiento de Burgos, de operaciones en la pro¬
vincia de Lérida (1). Esta fuerza, en unión de Un batallón de cazadores, un escua¬
drón de coraceros y algunas baterías de artillería de campaña, componían 1.400
ó 1.600 hombres, a las órdenes del simpático y caballeroso coronel Tomasetti.
Los lectores contemporáneos de aquellos amenos y tumultuosos tiempos déla
Revolución, donde la historia se fabricaba al minuto, recordarán que, tras la abdi¬
cación de Don Amadeo de Saboya y del desenfreno y anarquía de la República
radical, subió Castelar al Poder. Con un sentido gubernamental ausente en sus
predecesores, restableció severamente la disciplina militar, nutrió las filas del
desorganizado ejército con su célebre leva general, y restauró, en fin, el extinguido
Cuerpo de Artillería.
Todo auguraba el comienzo de una era de orden y de relativa tranquilidad,
precursora de paz duradera. Pero antes había que vencer la insurrección cubana
y reducir al carlismo, cada día más pujante y amenazador en las provincias
del Norte.
A decir verdad, a mi llegada a Cataluña alg'o habían mejorado las cosas. Ya no
se oía el vergonzoso ¡que baile!... con que los soldaoos indisciplinados insultaban
al oficial: ahora los jefes eran obedecidos, y reinaba en las tropas el mejor espí¬
ritu. Las partidas de Savalls, de Tristany y de otros cabecillas, meses atrás entre¬
gadas a toda suerte de exacciones y desafueros, batíanse en retirada o evitaban
cuidadosamente el contacto con nuestras tropas.
Muchas poblaciones liberales secundaban la acción de las columnas volantes,
organizando milicias locales y escarmentando más de una vez, como ocurrió en
Vimbodí, a las huestes carlistas. Precisamente nuestra brigada tenía por principal
misión evitar el saqueo de las ricas villas del llano de Urgel y regiones fronterizas
de la provincia de Tarragona. Por donde se justificaban las continuas marchas y
contramarchas desde Lérida, nuestro cuartel general, a Balaguer y Tremp; de Lé¬
rida a Tárrega; de Tárrega a Cervera; de Cervera a Vertíú o a Igualada; de Tá-
rrega a Borjas y Vimbodí, etc.
En estas idas y venidas nos pasamos cerca de ocho meses sin sorprender una
sola vez al enemigo, no obstante perseguirle incesantemente. Extrañábame la
exactitud cronométrica con que nuestra vanguardia llegaba a las aldeas ocupadas
por los facciosos doce horas justas después de haberse éstos retirado. Parecía
aquello el juego de la gallina ciega. Claro que, en concepto de médico y soldado,
no podía quejarme. En ocho meses de guerra— vamos al decir— no tuve ocasióií
de oir el silbido de las balas ni de ciurar un herido. Los efectos de alguna caída de
(1) Mi pasaporte para incorporarme al ejército de Cata; uña data del 3 de septiembre de 1873. *
RECUERDOS DE. MI VIDA
12r)
caballo, tal cual indigestión y algún regalo de la Venus atropellada y barata... y
pare usted de contar (1).
Dejo a los técnicos el juicio de aquella campaña. Tengo por indudable que, evi¬
tando las depredaciones carlistas en las prósperas ciudades catalanas, satisfacía¬
mos primordial necesidad. Pero mi espíritu, ávido de emociones fuertes y de peri¬
pecias bélicas, deploraba la placidez parsimoniosa de la guerra.
Hoy esta parsimonia, rail veces reproducida en nuestras guerras civiles, cáusa-
me menos sorpresa. Constituye síntoma de una enfermedad constitucional irreme¬
diable y característica de la raza hispana. Gracián decía; «Los españoles son va¬
lientes, pero lentos». Por algo la reconquista se prolongó siete siglos, y nuestras
guerras civiles duraron siempre seis o siete años. ¡Felices los países en que la di¬
ligencia es una délas formas de la honradez patriótica! Para cada gtn&x&l dinámi¬
co, a lo Espartero, Córdoba o Martínez Campos, hemos contado por docenas los
tardígrados con fajín. ¡Oh santa pereza, musa de nuestros políticos y soldados!...
¡Si al menos hubiéramos logrado propagar nuestra enfermedad del sueño a los ex¬
tranjeros!... Pero volvamos al asunto (2) .
Nada interesante puedo referir de lo ocurrido durante mí estancia en Cataluña..
Aquellos paseos militares consolidaron admirablemente mi educación física, y me
permitieron estudiar a fondo el alma del honrado payés catalán.
Aunque el médico militar era entonces plaza montada, con derecho, por tanto,
a bagaje— de no poseer caballo propio—, yo prefería hacer las etapas a pie, con¬
versando con los oficiales. En los grandes trayectos, aprovechábamos la acémila
para conducir el equipaje y sobre todo las provisiones reunidas por el asistente y
practicante; los cuales, dicho sea de pasada, ejercían sobre mí irresistible tiranía.
Ellos me ad.ministfaban la paga y me guiaban paternalmente en los mil incidentes
y tropiezos de la vida militar. El asistente, simpático muchacho alicantino, era ún
zahori para husmear provisiones. Hasta en aldeas recién saqueadas por los faccio¬
sos, sabía afanar un pollo oculto o sonsacar algún trozo de butifarra. Y como mis
dos acólitos tenían novia en casi todos los pueblos, participaba a menudo de los
finos agasajos (tortas, dulces, pañuelos, calcetines, etc.) con que las pobres mucha¬
chas creían asegurarse la volandera afición de sus galanes. ¡Oh juventud, y cómo
hermoseas a los ojos del viejo hasta el recuerdo de los más triviales sucesos!...
(1) Y a propósito de Venus, vaya un sucedido que pudo costarme .un disgusto:
Cierto capitán, casado y con familia en Lérida, preseatóseme un día al reconocimiento con síntomas
inequívocos de enfermedad venérea recientemente adquirida. Como el hecho era bastante corriente en
aquella azarosa vida de cámpaña, no me pareció indiscreto designar las cosas por sus nombres.
Pero, con asombro mío, el oficial inmutóse súbitamente y rojo de cólera exclamó; — ¡Cuidado, doc¬
tor!. ...Vengo de Lérida, y ni ahora ni desde hace muchos años he faltado a la fidelidad conyugal... ¡Si
fueraverdad!... ¡La infame!...
Comprendí al momento lo sucedido. Y buscando la manera de reparar o de atenuar la plancha, con-
festé:— Entonces debe ser otra cosa. Veamos; ¿abusa usted de la cerveza?
— Muchísimo; es mi bebida favori la. •
—Entonces las cosas cambian de aspecto. Trátase de simple catarro uretral piovoaáo por la elimi.
nación del lúpulo, en combinación por la acción del frío. La indisposición carece de importancia . . .
Y cuando le dejé tranquilo y dispuesto a seguir un tratamiento enérgico, respiré a pleno pulmón. Con
mi estratagema (entonces corría como válido el efecto irritante de la cerveza) había evitado quizás drama
sangriento; porque el tal capitán poseía carácter violentísimo y estaba celoso de su mujer, cuya reputa-
ión, dicho sea.de pasada, era bastante equívoca.
(2) Mientras reviso esta tercera edición (diciembre de 1922), España lamenta una vez más la desespe
rante lentitud de nuestra acción mihtar. Somos incorregibles. Desde hace año y medio combatimos en
Melillapara recobrar, y no enteramente, lo que se perdió en quince días de inexplicables torpezas y de
inconcebibles imprevisiones. ¡Y queda para rato!...
126
S. RAMÓN Y CAJAL
En cierta ocasión, creí firmemente satisfacer mi deseo de emociones dramáti¬
cas, presenciando, al fin, un hecho bélico formal. Pero se malogró mi esperan¬
za, aunque la operación emprendida resultó singularmente penosa aun para mis
excepcionales facultades de peatón. He aquí el suceso;
Pernoctábamos plácidamente en Tárrega, deleitosa Capua del regimiento de
Burgos, cuando cierto día, antes del alba, sonó la diana. Pusímonos en pie, cre¬
yendo que, según costumbre, tomaríamos la vuelta de Agramunt o de Verdú.
¡Buen chasco nos llevamos! La jornada fué de prueba, ya que se prolongó más de
catorce leguas. Parece que nuestro coronel había recibido, durante la noche, un
parte del capitán general de Cataluña, ordenándole que, lo más diligentemente
posible, sé pusiese en marcha para el Bruch, donde debía escoltar cierto convoy
salido de Barcelona con dirección a Berga, a la sazón estrechamente asediada por
los carlistas. Hubimos pues, de caminar, de Tárrega a Cervera, de Cervera a Ca-
laf, de Calaf a Igualada, y de Igualada al Bruch. Tras breves horas de descanso en
esta última población, e incorporados al convoy, pernoctamos, llegada la media no¬
che, en Manresa. Los soldados hallábanse atrozmente fatigados: nuestra impedi¬
menta de enfermos, y rezagados era imponente.
En cuanto a mí, no obstante la fatiga y los efectos dolorosos de unas malditas
botas recién estrenadas, tuve aún humor para admirar desde el Bruch las ingentes
y rojizas moles del Montserrat, y de fantasear con los oficiales acerca de la famo¬
sa derrota de los franceses en la heroica villa. En fin, al siguiente día juntáronse-
nos nuevas fuerzas, y continuamos la marcha por Sallent, donde dormimos,
hasta las inmediaciones de Berga, donde asentamos nuestras tiendas. Durante el
itinerario adoptáronse muchas precauciones, pues temíamos que los carlistas pre¬
pararan una emboscada o nos acometieran en las gargantas del Llobregat. Pero
defraudando mis esperanzas, los facciosos, sabedores quizás de las considerables
fuerzas que escoltaban el convoy, levantaron el sitio de la plaza. No experimen¬
té, pues, más sensación guerrera que la impresión agridulce de una noche de cam¬
pamento en las montañas que rodean a Berga, sin contar un fuerte catarro produ¬
cido por el relente. Días después regresábamos a nuestros reales de Tárrega.
Durante estas andanzas militares tuve ocasión de conocer de cerca el carácter
catalán. De las gentes que traté guardo grato e imborrable recuerdo. En Tárrega,
en Cervera, en Balaguer, etc., se nos recibía con agrado, más aún, con muestras
de cordial simpatía.
Innecesario resultaba a nuestra llegada el reparto de boletas de alojamiento:
cada cual entraba en la casa donde se había albergado otras veces, porque sabía
que el huésped le acogería amigablemente. Aún tengo presente a mi buenísimo
patrón de Tárrega, honrado comerciante de paños, padre de varios excelentes y
laboriosos hijos, el cual me cobró tal afición, que me convidaba a su mesa, me re¬
galaba caza y golosinas y me adelantaba dinero cuando se atrasaban las pagas
Caído una vez enfermo y no pudiendo incorporarme a la columna, cuidóme solíci¬
tamente, y llegada la convalecencia, tuvo conmigo la atención generosa de facili¬
tarme numerario y un traje de paisano a fin de emprender rápida jira a Zarago¬
za (1) y visitar a la familia, en tanto regresaba mi regimiento.
En las casas donde se celebraban reuniones, y hasta en las familias más mo¬
destas, las señoritas tenían a gala hablar castellano, y se desvivían por hacer agra-
(1) El disfraz de paisano era necesario, porque los carlistas registraban a menudo el tren que hacia ei
recorrido de Barcelona a Zaragoza y prendían y aun fusilaban a los oficiales.
RECUERDOS DE MI VIDA
127
dable nuestra estancia. Consideraban el catalán cual dialecto casero, adecuado no
más a la expresión de los afectos y emociones del hogar. Y este sentimiento de
adhesión al ejército y de cariño a España no era privativo de las modestas villas
del llano de Urgel y del Priorato, agradecidas a nuestra protección; surgía espon¬
táneamente en todas las provincias catalanas.
Siempre recordaré con gratitud la acogida generosa de mi patrón de Sallent,
cierto médico veterano, padre de numerosa prole. Al verme calado por la lluvia
fatigado por varias horas de marcha y aterido de frío, la familia del huésped me
recibió afablemente, colmándome de delicadas atenciones. Encendieron lumbre^
no obstante lo avanzado de la noche; prepararon suculenta cena y abrigáronme
con ropa enjuta mientras se secaba a la llama el uniforme. Por cierto que una de
las hijas del médico, esbelta y rubia como una Gretchen, causóme viva impresión.
Si en vez de pasar una noche en aquel hogar apacible prolongo la estancia una
semana, me enamoro perdidamente. En suma; la amable señora e hijas de mi pa¬
trón diéronme, con sus impagables finezas y atenciones, la impresión que debe
sentir el hijo aventurero reintegrado al seno de la familia.
¡Entonces los laboriosos catalanes amaban a España y a sus soldados!... Des¬
pués... no quiero saber por culpa de quiénes, las cosas parecen haber cambiado.
Mientras discurríamos por la tierra catalana en persecución de los invisibles e
incoercibles carlistas, ocurrió un suceso decisivo para mi porvenir.
En abril del año 1874 recibí la orden de trasladarme al ejército expedicionario
áe Cuba. Por aquel tiempo recrudecióse la guérra separatista en la Gran Antilla,
motivando en la Sanidad Militar de la Península nuevos sorteos de personal para
cubrir bajas de Ultramar. Yo fui uno de los designados por la suerte. El paso a
Cuba implicaba el ascenso al empleo inmediato, es decir, la graduación de capitán
(primer ayudante médico).
Me despedí, pues, con pena de mis paternales patrones de Tárrega y Cervera,
a quienes ya no debía volver a ver, así como del regimiento de Burgos, en que
dejaba inolvidables amigos, entre los cuales incluyo a mis practicante y asistente.
Satisfaciendo deseos largamente incubados, hice después rápida escapada de
turista a Barcelona para admirar el mar, que no conocía (y en el cual iba a nave¬
gar diez y ocho días seguidos), curiosear los barcos del puerto y» subir al Castillo
de Montjuich. Desde' allí contemplé, embelesado, el soberbio panorama de la ciu¬
dad, la llanura salpicada de fábricas y casas de campo y el famoso Tibidabo, co¬
ronado de pinos. Satisfecha mi curiosidad, regresé a Zaragoza.
En vez de lamentar el resultado del sorteo, sentí íntima satisfacción: iba a cru¬
zar el Atlántico, como los famosos y heroicos descubridores del Nuevo Mundo.
Mi afán de ver tierras y abandonar la Península contrarió mucho a mi padre.
Trató, pues, de disuadirme del viaje, aconsejándome la petición de la licencia
absoluta. Pintóme con los más negros colores la insalubridad de la isla y el peli¬
gro de una campaña, en la cual me exponía a perecer obscuramente; me recordó
que mi porvenir estaba en el profesorado y no en la milicia; apuntó, en fin, el te¬
mor de que, a mi regreso de Cuba, naufragaran mis conocimientos anatómicos
tan laboriosamente adquiridos, dando además al olvido generosas aspiraciones.
Tenaz siempre en mis propósitos, atajé sus razones, diciéndole que considera¬
ba vergonzoso desertar de mi deber solicitando la separación del servicio. «Cuan¬
do termine la campaña será ocasión de seguir sus consejos; por ahora, mi digni-
128
S. RAMÓN y CAJAL
dad me ordena compartir la suerte de mis compañeros de carrera y satisfacer mi
deuda de sangre co;i la patria.»
A fuer de sincero declaro hoy que, además del austero sentimiento del deber,
arrastráronme a Ultramar las visiones luminosas de las novelas leídas, el afán
irrefrenable de aventuras peregrinas, el ansia de contemplar, en fin, costumbres y
tipos exóticos...
En esta ansia romántica— muy vieja en mí, como sabe el lector— acompañá¬
banme también algunos condiscípulos y, por de contado, mi hermano Pedro, dos
años más joven que yo; el cual, dicho sea entre paréntesis, se lanzó a una aven¬
tura verdaderamente épica. Mostrando resolución increíble en un muchacho de
diez y siete a diez y ocho años, ahorcó sus hábitos de estudiante y se fugó de casa,
en compañía de cierto aventurero seductor. Después de embarcarse en Burdeos»
dió con sus huesos en el Uruguay, donde le ocurrieron las más sorprendentes peri¬
pecias y peligrosos lances (1). ¡Contra todas las previsiones de mi padre, el hijo
formal, el impecable, sumiso y obediente, sobrepujó de un salto todas las decanta¬
das audacias del primogénito!... Yo quedé como humillado por no haber sabido
hacer otro tanto.
Entre mis condiscípulos y amigos, el que con más entusiasmo compartía mi
afán de contemplar tierras extrañas era Cenarro. Recuerdo que, recién acabada la
carrera, paseábamos ambos cierto día por el paseo de los Ruiseñores; hablábamos
del porvenir, y, en vena de confidencias, nos comunicábamos nuestros más ínti¬
mos anhelos. He aquí la esencia, si no la forma de nuestros coloquios:
— A mí me entusiasma extraordinariamente— decíame Cenarro— el Ejército, y
sobre todo la Sanidad Militar. Sólo esta carrera es capaz de satisfacer el anhelo
más vivo de mi alma, que consiste en cambiar diariamente de escenario y presen¬
ciar espectáculos exóticos y pintorescos. Un destino en Puerto Rico, Cuba, Africa
o Filipinas me haría el más dichoso de los' hombres...
—Coincido— contesté— en absoluto con tus opiniones. También yo estoy as¬
queado de la monotonía y acompasamiento de la vida vulgar. Me devora la sed
insaciable de libertad y de emociones novísimas. Mi ideal es América, y singular¬
mente la América tropical, ¡esa tierra de maravillas, tan celebrada por novelistas
y poetas!... Sólo allí alcanza la vida su plena expansión y florecimiento. En nues¬
tros climas hasta las plantas parecen raquíticas y como temerosas del inevitable
letargo invernal. Orgía suntuosa de formas y colores, la fauna de los trópicos pa¬
rece imaginada por artista genial, preocupado en superarse a sí mismo. ¡Cuánto
daría yo por abandonar este desierto y sumergirme en la manigua inextricable!...
Los dos amigos satisficimos al fin nuestra ardiente curiosidad. Pocos años
después del precedente diálogo, Cenarro, convertido en médico militar, vivía en
Tánger, agregado a la Embajada española. Allí pudo estudiar a su sabor costum¬
bres exóticas y razas diversas. En cuanto a mí, transcurridos menos de dos años,
encontrábame bloqueado en aquella tan admirada manigua antillana; en aquellas
selvas sombrías, tan tristes y dolorosas en la realidad como seductoras y alucinan -
(1) Allí desempeñó los más variados oficios: fué soldado, héroe de la pampa, le hirieron en diversas
escaramuzas y llegó a secretario particular de cierto cabecilla indio que no sabía escribir, pero que, en
cambio, acometía bravamente lanza en ristre. El hijo pródigo regresó ocho o diez años después al hogar,
y, arrepentido de su conducta, se formalizó en el trabajo y acabó honrosamente los estudios médicos!
Convertido hoy en clínico reputado, figura entre los profesores de la Facultad de Medicina de Zaragoza.
A su tiempo haremos mención de sus interesantes y fecundas investigaciones sobre la Histología com¬
parada del sistema nervioso.
RECUERDOS DE MI VIDA
129
tes enlas afectadas descripciones de Bernardino de Saint Fierre. Los encomiado-
res de la flora tropical sólo hablan olvidado un pequeño detalle: que aquel paraíso
encantador es sencillamente inhabitable para el europeo...
Pero volvamos al asunto. Persuadido mi padre de que la resolución de su
primogénito era inquebrantable, trató de dulcificar en lo posible mi futuro desti¬
no en las Antillas. Al efecto, procuróme cartas de recomendacióri para el capitán
general y otros personajes de la isla de Cuba. Confiaba en que, merced a ellas,
se me destinaría a. un puesto relativamente salubre, por ejemplo, a una guarnición
en Puerto Príncipe, Santiago o la Habana.
Provisto, pues, de mis cartas y recibida la paga de embarque, me trasladé a
Cádiz, donde debía zarpar el vapor España con rumbo a Puerto Rico y Cuba. Allí
nos juntamos varios compañeros, entre ellos A. Sánchez Herrero (1), a quien
acompañaba su señora, y Joaquín Vela, simpático paisano y casi condiscípulo
mío, pues había terminado la carrera un año antes que yo.
La impresión que me produjo la tacita de plata, con sus casas blancas, sus ca¬
lles aseadas, rectas, cruzadas en ángulo recto y oreadas por la brisa del mar, fué
excelente. No fué tan grata la causada por los gaditanos-. Acaso por mi aire de
doctrino, que convidaba a la burla, o por el hábito consuetudinario de explotar
sin conciencia al forastero, ello es que, en los dos o tres días pasados en la ciu¬
dad andaluza, sólo tuve desazones.
Ya, al salir de la estación, topé con una caterva de faquines y granujas que,
sin hacer caso de mis protestas, repartióse instantáneamente mis efectos; y al lle¬
gar al hotel (recuerdo que era el Hotel del Telégrafo), se armó formidable trapaties¬
ta sobre si éste llevó un paraguas, esotro una maleta, aquél, un bastón y el de más
allá creyó oir la orden de cargar con el baúl, adelantándosele un compañero...
Poco menos que a empellones tuve que sosegar a aquella chusma, amén de repar¬
tir buen puñado de pesetas; y eso ante las barbas de los representantes de la
autoridad, que lo tomaban todo a chacota.
Llegado el siguiente día, visité algunos comercios. Sorprendióme el escandalo¬
so precio de las prendas de uso común: por un sombrero que en Madrid costaba
veinticuatro reales, pedíanme en todas las tiendas cincuenta. Un compañero más
avisado que yo me aclaró el enigma, informándome que los marchantes gaditanos
estaban confabulados para saquear metódica y despiadadamente al forastero, sin¬
gularmente al indiano, encareciendo hasta el doble el costo de las ropas, sombre¬
ros y artículos de viaje (2). En las calles, resultaba oneroso preguntar a un mirón
o a un mozo de cuerda, porque a seguida alargaba la mano para cobrarse el ser¬
vicio. Tan en las entrañas de aquella gente estaba la explotación inconsiderada
del extraño, que hasta los mozos del hotel cobraban un tanto por ciento por cada
viajero conducido a tiendas, cafés o casas de recreo. A las cuales me abstuve de
asistir, recordando los regalo^ con que las gaditanas obsequiaron a Alfieri.
Para terminar con estas enfadosas socaliñas, referiré lo que me ocurrió al em¬
barcarme. Ajusté un bote en el puerto para abordar el vapor, y hacia el comedio
de la travesía, se me plantó en seco el patrón. Y dejando los remos, me dijo «que
por reinar furioso levante debía yo, según tarifa, abonarle el doble por adelanta-
(1) D. Abdón Sánchez Herrero abandonó en Cuba la carrera militar y llegó, por su aplicación y ta¬
lento, a catedrático de Patología médica en la Universidad de Valladolid. Después regentó esta misma
cátedra en Madrid, donde murió prematuramente.
(2) Si no recuerdo mal, en la Jerga de la ciudad llamaban a los comerciantes confabulados la socie¬
dad de los guiris. Excusado es decir que de sus redes escapaban los vecinos de la ciudad.
130
S, RAMÓN Y CAJAL
do». A todo esto faltaba medía hora escasa para la salida del trasatlántim p
HSISSSSÍSSS
íS=siSS5sis
merdaTym\rmTdeC?dth\TL co¬
rnos los barcos nacional y ""
a cí, y exiranjeros que hacían escala en aquella ciudad.
para L. Más adelante malquerencia hacia una ciudad desconocida
de asiento, resulta delicioL La co te£~
«ujeres. son incomparables. No me litíafif las
que el doctor Federico Rubio tributó, tiemposdesniié^ ,>t, rendimiento, amor y admiración
t„ s.a„c.o,.s h,|„ d, e.d„, .S;-í.b..I.l«= libro L. .
pagana. ' el ornato y la gracia de la Roma
CAPITULO XXIII
LLEGADA A LA HABANA.— SOY DESTINADO AL HOSPITAL DE CAMPAÑA DE «VISTA HER¬
MOSA».— ENFERMO, AL POCO TIEMPO, DE PALUDISMO.— APROVECHO MI FORZADA
QUIETUD para APRENDER EL INGLÉS. — MI DOLENCIA SE AGRAVA Y SE ME CONCE¬
DE LICENCIA PARA CONVALECER EN PUERIO PRÍNCIPE.— INICIADA MI MEJORÍA,
SOY destinado a LA ENFERMERÍA DE SAN ISIDRO EN LA «TROCHA DEL ESTE».—
LA VIDA EN La TROCHA.— MIS CÁNDIDOS QUIJOTISMOS ME IMPULSAN A CORRE¬
GIR ABUSOS ADMINISTRATIVOS, Y SÓLO CONSIGO QUE ME EMPAPELE ÉL JEFE DE
LA FUERZA
La travesía hasta Puerto Pico y Cuba hizose con mar bella y excelente hu¬
mor. Por entonces la Compañía Trasatlántica de Comillas daba buen tra¬
to, y no faltaban a bordo distracciones, sin contar el juego y la murmura¬
ción, socorrido recurso de todos los pasajes. Pero a mí me han interesado siempre
muy poco las chinchorrerías y comadrees. De día concentraba la atención en el
magnífico espectáculo del mar: el vuelo de las gaviotas, la persecución de los ti¬
burones, el salto de los peces voladores y esas como flores flotantes, de aspecto ge¬
latinoso y delicado, que se llaman medusas, sifonóf oros ¿ote., etc. Llegada la noche,
me abismaba en la contemplación de aquel cielo, cuyas constelaciones se renova¬
ban conforme nos aproximábamos al Ecuador. Hasta en el negro oleaje (el negro
mar de Homero, frase que sirvió a Magnus para negar que los griegos conocieran
el color azul) encontraba sopresas cautivadoras. En noches de calma no se limita¬
ba a copiar pasivamente las luces del firmamento, sino qüe irradiaba profundos y
misteriosos fulgores. Y mi curiosidad infantil se embelesaba persiguiendo la este¬
la fosforescente producida por enjambres de noctilucos, excitados por la formida¬
ble sacudida de la hélice. Como se ve, la sensación de flotar entre dos infinitos no
me causó pavor. Frescas las lecturas de los evolucionistas, que consideran el mar
como la cuna de la vida, el ritmo de las olas evocaba en mí el latido anhelante
del corazón de la madre que estrecha amorosamente a sus hijos. Verdad es que
no había sorprendido aún a la diosa Tetis en sus arrebatos homicidas.
Hacia el día decimosexto de la navegación surgió qiuy de mañana la ciudad de
San Juan de Puerto Rico, con su imponente fortaleza militar y su blanco caserío,
dispuesto en pintorescas graderías. Impaciente por pisar la tierra descubierta por
Colón, aproveché el alto del vapor para corretear la ciudad y la campiña inmedia¬
ta, donde observé sorprendido algunas muestras de la flora tropical. En fin, re¬
anudado el viaje, dos días después arribamos a la Habana.
Maravilloso e inolvidable es el panorama de la populosa capital cubana vista
desde lejos. A la izquierda, conforme se entra en la bahía, se impone, con su mole
132
S. RAMÓN Y CAJAL
formidable, el castillo del Morro, erizado de cañones y comparable por su figura y
posición al de Montjuich; y, a la derecha, dilatándose, en serie interminable, se ven
casas, palacios y quintas entrecortados por bellísimos jardines donde descuellan
elegantes palmeras. En fin, ya dentro de la bahía, especie de hoz recortada por
innumerables calas y promontorios, se descubre el puerto, frontero del barrio co¬
mercial; mientras que hacia el fondo álzanse varias colinas verdes cuyas faldas
salpican pintorescos arrabales.
Fuera inoportuno detenerme a describir las harto conocidas bellezas de la Ha¬
bana y de su fértil campiña. Tampoco entra en mis cálculos referir menudamente
mis impresiones de viajero. Me concretaré solamente a declarar que la primera
gran ciudad americana visitada por mí parecióme mera continuación de Andalu¬
cía. En efecto, andaluza es el habla, dulzona y matizada con graciosos ceceos;
andaluzas las casas (formadas de planta baja y principal), con sus encantadores
patios y jardines, y andaluz el espíritu fino y soñador, pero lánguido y.-tperezoso,
del criollo.
Quizás fué grave mal para la prosperidad económica de la América española el
no haber, desde el principio, aprovechado preferentemente para la empresa colo¬
nizadora nuestras fuertes razas del Norte, laboriosas, económicas y desbordantes
de natalidad, en lugar de recurrir predilectamente a la gente andaluza y extre¬
meña, inteligente, generosa y capaz de todos los heroísmos, según acredita la his¬
toria, pero de inferior aptitud para las fecundas luchas del comercio y de la
industria.
Acerca de mis emociones de turista en la capital de las Antillas, concretaréme
a decir que todo atraía mi curiosidad y en todo hallaba motivo de asombro y ense •
ñanza. La extraña mezcla de razas circulantes por las calles; la suntuosidad de
los parques, donde además de flores peregrinas y de pitas gigantes, crecía la
altísima palmera real; los sabrosos frutos del país, como el plátano, el coco, el
mango y la piña; los árboles frondosísimos de hoja perenne, entretejidos de beju¬
cos o lianas trepadoras; un cielo tan pronto azul como gris, pronto a desatarse en
furiosos aguaceros; y por encima de aquella naturaleza desbordante, que parecía
cantar un himno á la alegría de vivir, el padre sol cayendo a plomo, y como plomo
derretido sobre nuestras cabezas...
Cuando se codicia ardientemente algo, la realidad suele burlar la , esperanza.
Mas yo no experimenté decepción. Ante la realidad palpitante, las imágenes de los
libros conservaron sus prestigios . Vivía como soñando o como sumergido en una
especie de encantamiento.
En algunas cosas,' no obstánte, sufrí desilusión; por ejemplo; en las famosas
selvas vírgenes, tan celebradas por los poetas románticos. Ante mis interrogacio¬
nes reiteradas, las gentes del país me señalaron la manigua. Pero la impresión
causada por ésta fué insignificante. En vez del bosque milenario, no profanado por
planta humana, me encontré con vulgar matorral sembrado de arbustos y peque¬
ños cedros y caobos creciendo en desorden. Consoléme hasta cierto punto, consi¬
derando que las necesidades de la colonización habían impuesto el descuaje de la
primitiva selva. ¡Lástima no haber arribado cuatro siglos antes, cuando los com¬
pañeros de Colón hollaron tantas excelsas virginidades!...
De la fáuna quedé también mediocremente satisfecho. Escaseaban los anima¬
les indígenas, y los que veía resultaban poco imponentes. Ni un jaguar, ¡ni siquiera
una triste serpiente de cascabel!... En mis correrías por los alrededores de la ciu¬
dad, sólo pude sorprender el vulgarísimo gorrión cosmopolita, pájaro importado de
RECUERDOS DE Mt VIDA
133
España; algunos cuervos y tordos, y cierta avecilla menuda y nada vistosa, llamada
por los guajiros vigirita. (Aludiendo sin duda a la flojedad y delicadeza de este
pajarillo, nuestros soldados designaban vigiritas a los criollos, y particularmente a
los mambises o insurrectos; en cambio, los peninsulares éramos llamados gorrio¬
nes y patones). Solamente enjaulados, admiré aí policromo papagayo y algunos
preciosos ejemplares del colibrí del Perú.
Contrarióme asimismo la total extinción de la raza indígena, de la cual quizás
quedan reliquias en el actual guajiro. En su lugar, y entregada a las más rudas
faenas, se mostraba la raza negra y sus variados mestizajes, de que los cargadores
del muelle constituían arrogantes ejemplares. En cuanto al criollo, mé hizo la
impresión de pálida planta de estufa, vegetando muelle y parásitamente a expen¬
sas de la savia del africano o del mulato. Alguna vez, sin embargo, encontré entre
los criollos tipos activos y robustos; mas por lo común, y salvadas algunas excep¬
cionales complexiones, la raza blanca parecióme incapaz de resistir los ardores y
peligros del clima tropical. El blanco degenera allí rápidamente. Aludo, natural-,
mente, al europeo ocupado en las faenas agrícolas y expuesto, por tanto, a muche¬
dumbre de parásitos, de que son, a menudo, portadores los mosquitos (paludismo,
fiebre amarilla, etc.). Claro es que el cubano o el peninsular, confinados en las
urbes; entregados al comercio o a profesiones ajenas al esfuerzo muscular y al rigor
del aire libre, resisten mucho mejor los efectos enervadores del clima; así y todo,
su vigor sólo se mantiene a costa de reiteradas inoculaciones de sangre europea.
En virtud de esta exquisita acomodación a la vida sedentaria, la mujer cubana
no sólo ha conservado mejor que el hombre el tipo de la raza, sino que ha afinado
su delicada femenidad, adquiriendo, así en lo espiritual como en lo físico, dulzu¬
ras y suavidades excepcionales o desconocidas en las bellezas de Europa. Al
hablar gorjean y al mirar acarician. Esto explica por qué la mayoría de nuestros
jefes y generales ultramarinos cayeron en las redes de aquellas lánguidas y fasci¬
nadoras hermosuras.
En tales exploraciones y novelerías transcurrió cerca de un mes. Terminado e
período de aclimatación, hízose necesario distribuir el personal médico recién ve¬
nido de la Península. A tal propósito, fuimos cierto día convocados en la Inspec- .
ción de Sanidad; allí se nos informó de las plazas vacantes. Las había de médicos
de regimiento en las columnas de operaciones; de profesores de guardia en los
hospitales urbanos y, en fin, de directores de enfermerías de campaña.
Si el lector tiene presente el carácter sandiamente quijotesco del autor de este
libro, deducirá fácilmente que me sería adjudicado uno de los peores destinos. Y
así fué, en efecto. Inspirado en sentimientos de equidad y abnegación, por nadie
agradecidos, me abstuve de presentar las cartas de recomendación. Quise correr
mi suerte o, mejor dicho, la suerte que no quisieron correr. mis compañeros; los
cuales, harto más prácticos y ajenos a mis escrúpulos, removieron cielo y tierra
para asegurarse los plazas de hospital, verdaderas sinecuras, o, en su defecto, las
de médico de batallón. Para los tontos o desvalidos quedaron reservadas las en¬
fermerías de la manigua y de las trochas, estaciones aisladas, de difícil aprovisio¬
namiento y extraordinariamente insalubres.
Claro es que también el médico de batallón en campaña corría serios peligros;
pero tenía al menos la ventaja de cobrar puntualmente. Sabía, además, que, tras
algunos días de excursión por la manigua, podría regresar a la capital del distrito
para restaurar fuerzas, remendar alifafes y participar de las satisfacciones de la
vida social.
134
S. RAMÓN Y CAJAL
Adivinará fácilmente el lector que la enfermería que yo debía regentar era de
las más peligrosas y aisladas: la de Vista Hermosa, perdida en plena manigua,
dentro del distrito de Puerto Príncipe, en medio de un país asolado y despoblado
por la guerra.
Días después del reparto de plazas, aarpó el vapor que debía conducirnos a
Nuevitas; en él nos embarcamos algunos médicos destinados al Departamento
central, con buen golpe de tropas de refresco para cubrir bajas. Un tren blindado
nos trasladó en pocas horas desde Nuevitas, al través del manigual desierto, a la
capital del Camagü.ey. Alojéme en la famosa Fonda del Caballo Blanco, donde se
hospedaron también mis camaradas Vela y Sánchez Herrero. En fin, transcurri¬
dos algunos días de descanso, incorporéme a mi destino, aprovechando la mar¬
cha de una columna volante, encargada de racionar la citada enfermería de Vista
Hermosa. -
Por cierto que ya en marcha, durante un alto de la columna, y bajo el techo de
estancia abandonada, tuve por primera vez noticia del próximo advenimiento de
la monarquía borbónica. Invitado a tomar café con algunos jefes y oficiales, cierto
comandante aragonés sorprendióme con esta pregunta, disparada a quemarropa:
—Usted, que acaba de llegar de España, ¿qué me cuenta de la conspiración
que debe proclamar a Don Alfonso?
—Creo— murmuré— que la República conservadora de Castelar merece la con¬
fianza del Ejército.
— Bien veo, paisano, que vive usted en el limbo. ¡Cómo!... ¿Ignora usted que
todo el Ejército, sin excepción, es alfonsino, y que cualquier día, pese a la resis¬
tencia de los politicastros, caerá la República?...
Lleno de estupor dirijo una mirada interrogativa al coronel, jefe de la fuerza,
para leer en sus gestos alguna señal de reprobación, o al menos de contrariedad...
Todo lo contrario. Pronto comprendí que lo expresado por mi paisano era diaria
comidilla de la oficialidad, y que el ejército de Cuba, como el de la Península, se
había pasado en masa al campo alfonsino.
En vano Castelar, con su prudencia política y espíritu sagazmente conser¬
vador, trabajaba por consolidar definitivamente la República, ideal de la Revolu¬
ción: el recuerdo de la indisciplina militar y de las vergonzosas escenas de Carta¬
gena, habían desterrado enteramente del corazón del Ejército y de la clase
media el ideal republicano. El golpe de Estado de Pavía se avecinaba.
Entonces acudieron a mi memoria ciertos hechos presenciados en Cataluña,
acerca de cuya significación no había parado mientes. Cuando nuestra columna
pernoctaba en alguna villa importante, los oficiales tertulianos del café o del ca¬
sino se escindían en dos bandos: la masa principal, con el coronel a la cabeza
agrupábase en una o varias mesas próximas, cuchicheando a hurtadillas de los
demás; mientras que cierto pequeño contingente, constituido por oficiales o jefes
de procedencia republicana, formaba rancho aparte. Dábase, pues, el caso singu¬
lar de que, en plena República, los oficiales republicanos (cuyo número disminuía
incesantemente) vivían como avergonzados de su origen, y eran tratados desde¬
ñosamente y casi con hostilidad por sus camaradas monárquicos.
Los sucesos hicieron pronto buenas las profecías del comandante Sabido es
que poco después (29 de diciembre de 1874) sobrevino la sublevación de Saíx,,ntr>
y la proclamación de Don Alfonso XII. ^
RECUERDOS DE MI VIDA
135
El campamento de Vista Hermosa constituía un pequeño poblado extendido por
las faldas de suave altozano, rodeado de extensos maniguales. En la eminencia más
prominente alzábase sólido fortín cuadrado, construido con gruesos troncos de
árbol y surcado de aspilleras. En él se alojaba una compañía (harto mermada por
las enfermedades) a las órdenes de un capitán. A corta distancia estaba emplaza¬
do el hospital, enorme barracón de madera, con techo de palma y capaz para
unas 200 camas. En los ángulos, orientados hacia la manigua, destacábanse dos
robustos torreones, reforzados por parapeto de troncos. Al abrigo del fuerte y de
la enfermería, únicos edificios de alguna importancia, extendíanse los almacenes
y algunas pobres rancherías de chinos y negros. En los alrededores veíase un des¬
campado, limpio de bosque, cuya maleza exuberante había que segar con frecuen¬
cia para que no invadiera los barracones con su pujante crecimiento, ni facilitara,
por tanto, las sorpresas del enemigo.
Cada mes nos enviaban desde Puerto Príncipe las raciones necesarias para el
hospital y guarnición, aprovechando al efecto el tránsito de columnas de opera¬
ciones. En el intervalo quedábamos absolutamente incomunicados con el mundo,
siendo peligrosísimo aventurarse en el bosque más de un kilómetro, pues los
mambises nos espiaban. Casi todos los días había tiroteo entre ellos y los cen¬
tinelas.
Por aquella época' la enfermería puesta a mi cuidado albergaba más de 200
enfermos, casi todos palúdicos o disentéricos, procedentes de las columnas vo¬
lantes de operaciones en el Camagüey.
Dormía yo junto a mis pacientes, dentro de la gran barraca, en un cuartito se¬
parado del resto por tabique de tablas. Además de cama y mesa, contenía mi de¬
partamento, en pintoresca mezcolanza, fusiles de los soldados muertos, cartuche¬
ras y fornituras de todas clases, cajas de galletas y azúcar, botes de medicamen¬
tos, singularmente del sulfato de quinina. Providencia del palúdico en los países
tropicales. Con cajones y latas vacías dispuse en un rinconcito un laboratorio fo¬
tográfico y construí el estante destinado a mi exigua biblioteca.
Al principio, no obstante la fatiga y las emociones inherentes al cuidado de
tantos enfermos, lo pasé bastante bien, amenizando mis ocios con la lectura, el
dibujo y la fotografía. Por fortuna, conforme dejo apuntado, he soportado bastante
bien la ausencia .de vida social, gracias al noble vició pictórico y a mi afición por
la lectura.
Pero contra los microbios nada valen las seducciones del arte ni las expansio¬
nes de la imaginación. El espíritu se mantenía bien, pero entretanto el cuerpo de¬
caía. Ni la ración alimenticia, compuesta de pan, galletas, arroz y café, era la más
adecuada para criar buena sangre. En vano pretendía entonar el organismo agre¬
gando al menú, de tarde en tarde, tal plátano o coco, arrebatados eventualmente
por algún negro merodeador de ingenios abandonados.
Al fin flaqueó mi resistencia y enfermé de paludismo. Nubes de mosquitos nos
rodeaban: además del Anopheles claviger, ordinario portador del protozoario de la
malaria, nos mortificaban el casi invisible gegén, amén de ejército innumerable de
pulgas, cucarachas y hormigas. La ola de la vida parásita se encaramaba a nues¬
tros lechos, saqueaba las provisiones y nos envolvía por todas partes.
¡Cuán terrible es la ignorancia! Si por aquella época hubiéramos sabido que el
vehículo exclusivo de la malaria es el mosquito, España habría salvado miles de
infelices soldados, arrebatados por la caquexia palúdica en Cuba o en la Penínsu¬
la. ¿Quién podía sospecharlo?... Para evitar o limitar notablemente la hecatombe.
136
S. RAMÓN y CAJAL
habría bastado proteger nuestros camastros con simples mosquiteros o limpiar de
larvas de Anopheles las vecinas charcas.
Poco remediaba el tomar dosis heroicas de sulfato de quinina. Por de pronto
se mejoraba; mas, transcurridos algunos días, volvía la accesión. Esta vino a ser
en mí diaria, a causa, sin duda, de reinoculaciones muy próximas del plasmodium.
Entretanto había perdido el apetito y las fuerzas; el bazo se hipertrofiaba; la color
tornóse amarillenta; andaba premiosamente, y la anemia, ¡la terrible anemia palú¬
dica!, se iniciaba con todo su cortejo de’ síntomas alarmantes. Al fin quedé pos¬
trado, siéndome imposible atender a los enfermos. Un practicante estulto me su¬
lla; todo iba manga por hombro. Para colmo de desdicha, ¡al paludismo se agregó
la disentería!...
¡Oh el admirable optimismo de la juventud!... Mi vida estaba tan seriamente
amenazada como la de los infelices soldados disentéricos, tuberculosos y palúdi¬
cos que morían en torno mío; y, con todo eso, abrigaba tal confianza en la forta'
leza de mi constitución, que, en cuanto abonanzaban los síntomas, aprovechaba
mi forzoso reposo en aprender el inglés, a cuyo fin habíame procurado en la
Habana buen golpe de libros e ilustraciones yanquis, amén del indispensable
Ollendorff. Creía firmemente que, en cuanto pudiera sustraerme a la influencia de
aquellos miasmas (entonces se creía en los miasmas de los pantanos como causa
de paludismo), recobraría rápidamente la salud. Por seguro tengo que mi ingenua
confianza en la vis medicairix me salvó. .
Por aquellos meses hubo en Vista Hermosa "cierta alarma que nos reveló la
entereza y decisión de mis enfermos. Sería la del alba cuando nos sorprendió
tumulto de voces y descargas. Arrojóme de la cama, vestíme sumariamente, y me
informaron de que cierta partida enemiga, emboscada en'el vecino manigual, tra¬
taba de sorprendernos. En efecto, vislumbrábase entre los árboles agitación de
jinetes y peones, la mayoría negros y mulatos. Apercibido a tiempo el jefe de nues¬
tro poblado, tomó rápidamente medidas defensivas, y, lleno de interés hacia mí,
me ofreció amparo en la fortaleza.
—No tenga usted cuidado— le dije—. Si los mambises atacan el hospital,
sabremos defendernos; en todo caso, mi deber es permanecer al lado de los
enfermos.
Todo esto ocurrió en un santiamén. Habíame acometido la accesión febril, y
hallábame en un estado de exaltación casi delirante. No obstante, empuñé un
fusil, me proveí de cartuchos y recorrí las camas, invitando a los enfermos menos
graves a la común defensa. La mayoría de ellos, aun los postrados por la calen¬
tura, incorporáronse en el lecho y descolgaron el Remington. Los que podían te¬
nerse de pie se concentraron en los bastiones del barracón; los imposibilitados
arrodilláronse en la cama, y desde ella y sacando el fusil por las ventanas, apun¬
taban al enemigo. Una descarga respondió al tiroteo de los mambises.
Los insurrectos, al encontrarnos tan apercibidos, retiráronse sin intentar
repetir la hazaña de Cascorro, otro poblado como el nuestro, donde semanas antes
habían sorprendido y níacheteado a la guarnición y a los enfermos.
Una vez más se frustraba, por fortuna, mi loco anhelo de bélicas contiendas
En mi entusiasmo olvidaba a menudo que mi cometido no era batirme, sino curar
dolientes. Bien se advierte que el ansia necia de notoriedad, de vanagloria me per¬
seguía hasta en el lecho del dolor.. . » p
Mi enfermedad, como dejo apuntado, marchaba de mal en peor. En vista de lo
cual, solicité del inspector de Sanidad de Puerto Príncipe un mes de licencia. Aun-
Lámina XII.
Retrato de médico militar hecho al embarcar para Cuba.
La fotografía, muy inexperta entonces, deja mucho que desear.
Un fortín de la enfermería de San Isidro, en la trocha del Este.
La fotografía, tomada por mí al colodión, presenta en primer término
la locomotora, de tipo americano, con enorme chimenea de embudo.
Lámina XIII.
DESPUÉS DE
Fotografía hecha eh Puerto Príncipe
CONVALECER OEL PALUDISMO CONTRAÍDO EN V,STA-„er„„sa.
El autor (1877),
caquexia palúdica..
RECUERDOS DE Mi VIDA.
137
que con dificultades y regateos de tiempo (faltaba personal para reemplazarme),
se me otorgó al fin. Arribado a la capital del Camagüey, un tratamiento racional, y
mas que nada la cesación de nuevas infecciones, xne aliviaron mucho. La fotogra¬
fía aquí reproducida no da suficiente idea del aspecto chupado y anguloso de mi
rostro, aun. en la . época del máximo alivio. En realidad, había caído en ese estado
de decadencia orgánica conocido con el nombre de caquexia palúdica, que debía
prolongarse muchos años, y de cuyas lejanas repercusiones morbosas soy todavía
víctima.
En vista de mi relativa convalecencia, el jefe de Sanidad, doctor Grau, agre¬
góme al Cuerpo de médicos de guardia del Hospital Militar de Puerto Príncipe,
donde alterné con algunos amigos de la Península, y tuve el gusto de conocer al
doctor Ledesma (i), que sobresalía ya como operador habilísimo.
Mes y medio permanecí en la ciudad. Fué la época más agradable de mi estan¬
cia en Cuba. Todas las tardes concurrían al Café del Caballo Blanco, entre otros
camaradas, Joaquín Vela y Martín Visié, excelente amigo y condiscípulo. No obs¬
tante mis andanzas por cafés, casinos y tertulias caseras, tuve la entereza de re-
sirtir a los cuatro grandes vicios de nuestra oficialidad: el tabaco, la ginebra, el
juego y la venus. Verdad que no estaba yo para trotes.
El alcoholismo, sobre todo, hacía estragos en el ejército. Del coñac y de la
ginebra, mejor aún que del vómito, podía decirse que eran los mejores aliados del
mambís. Fumando de lo más caro, y bebiendo ginebra y ron a todo pasto, no era
extraño que muchos jefes y oficiales decayeran física y moralraente. Además, re¬
tenidas las pagas, pasaban apuros económicos.
También yo luché con dificultades de este género, aunque por causas indepen¬
dientes de mi voluntad.. Durante mis cuatro meses de permanencia en la isla no
había recibido sino la primera paga de capitán (125 pesos oro). En vano remitía
mensualmente a la Habana los justificantes de mis haberes. La penuria económica
de los médicos de enfermerías no obedecía sólo al clásico desbarajuste de la adr
ministración española; debióse también al desfalco de un tal Villaluenga, farma¬
céutico del Hospital Militar de la Habana y habilitado general del Cuerpo de Sani¬
dad, el cual se fugó, a los Estados Unidos en compañía de 90.000 pesos y de una
pelandusca.
Tocante al cobro de las pagas reinaba desigualdad irritante. Los médicos mili¬
tares de servicio en las 'capitalesTperciWan puntualmente sus haberes; para los
médicos de batallón solían retrasarse algo, si bien disponían del recurso de perci¬
bir anticipos de ía caja del regimiento o de empeñar pagas devengadas en casas
de comercio; pero los pobretes que prestábamos servicios en trochas o en enfer¬
merías de campaña, dependíamos en lo económico de la Habilitación general de la
Habana, y, sin relaciones de amistad con el comercio de las ciudades, quedába-
■ mos frecuentemente desamparados.
Tal me ocurrió a mí. Habiendo expuesto al doctor Grau mi precaria situación ,
tuvo la bondad de gestionar entre los compañeros un préstamo (125 pesos) a rein¬
tegrar como era justo, de mis haberes atrasados. En aqueUas desdichadas cir
cunstáncias, mi demanda era inexcusable. Supe, sin embargo, con sorpresa, gracias
al amigo Visié, que aquel guante en favor de un compañero había desagradado
profundamente. «¿Qué hombre es éste-decían-que, a poco de estar en la isla
(n El doctor Ledesma, ¡efe prestigioso del Cuerpo de Sanidad Militar, llegó, como es sabido, por
sus méritos prcfesionaies, a médico de ia Real Cámara.
138
S. RAMÓN Y CAJAL
demanda una limosna para vivir?... Apele, como los demás, al crédito: que se espa¬
bile y mire por sí, abandonando escrúpulos de monja (1).
En efecto; yo fui siempre poco espabilado, pero en aquella ocasión mis compa¬
ñeros deslucieron una buena acción con una injusticia. ¡Olvidaban que había pa¬
sado cuatro meses en un desierto, y de ellos tres gravemente enfermo! ¡Mi crédi¬
to!... ¿Pero qué mercader de Puerto Príncipe hubiera prestado su dinero a un po¬
bre diablo desconocido, de figura espectral y condenado, verosímilmente, a morir
en breve plazo en cualquier rincón de las trochas? Esa conmiseración despectiva
fué dura pero necesaria lección, jamás olvidada. Juré entonces que en lo sucesivo
no pediría prestado un céntimo a nadie, y hasta hoy he cumplido fiel y estric¬
tamente mi resolución.
El fallecimiento del médico-director de la.enfermería de San Isidro en la trocha
del Este, puso fin a mi situación provisional de profesor de guardia en Puerto
Príncipe. Sin considerar que había en disponibilidad otros ayudantes médicos más
modernos que yo, ni fijarse en que mi salud distaba mucho de estar consolidada,
el doctor Grau designóme para reemplazar al compañero fallecido, quien por cier¬
to había sustituido a su vez a otro médico caído también en el cumplimiento del
deber.
Acepté dócilmente el nuevo cargo, aunque, a la verdad, hízome poca gracia
entrar en fila macabra con mis desdichados antecesores.
La enfermeria de San Isidro era uno de los varios hospitales de campaña ane¬
jos a la trocha militar del Este, la cual comenzaba en Bagá, pequeña población de
la amplia bahía de Nuevitas. Emplazada en terreno bajo y pantanoso, ofrecía, si
cabe, mayor insalubridad que Vista Hermosa, a la que llevaba solamente la ven¬
taja de superior facilidad en comunicaciones y aprovisionamientos. Porque entre
San Isidro y San Miguel de Nuevitas, la principal ciudad de la trocha, no lejos de
Bagá, circulaba diariamente cierto tren militar o plataforma, como nosotros lo
llamábamos. Para proteger el hospital de campaña, vasto cobertizo capaz para
300 enfermos, alzábase recio fortín, cuadrado, destinado a la guarnición. Algunos
pobres bohíos, habitados por lavanderas y obreros negros, completaban el exiguo
poblado, que dependía en absoluto de San Miguel, para los suministros de víve¬
res y demás operaciones comerciales.
Adversa se mostró mi suerte al regentar el nuevo destino. De las deficiencias
higiénicas de San Isidro certificaban, de una parte, la guarnición, casi siempre
enferma en sus dos tercios, y de otra, el hecho singular de haber sido escogido
dicho paraje— vasta sabana cruzada por ciénagas— como lugar de corrección de
oficiales borrachos y calaveras. Uno o dos meses de destierro en San Isidro con¬
siderábase recurso heroico capaz de domar las más inveteradas rebeldías. Se de¬
cía, y no a humo de pajas, que, acabada la suave condena, los oficiales levantis-
(1) Los había tan largos y vivos que cobraban tres o cuatro veces una misma paga en diversos
comercios. Pero más vale no hablar de. ciertas combinaciones financieras... Justo es recordar, en disculpa
de los hóbífes, que el desorden de la administración llegó por entonces al colmo, justificando en cierto
modo incorrecciones que en época normal habrían parecido intolerables y justificado medidas de rigor.
Para que se forme idea de cómo se extendía la corrupción administrativa, transcribipios estas pala¬
bras del informe del general Jovellar al ministro de Ultramar (13 de enero de 1874): “La inmoralidad
en todos los ramos de la Administración, sin exceptuar la de Justicia, es la más corrompida del mundo.. .
Sería necesario separar las tres cuartas partes, por lo menos, de los magistrados, jueces y empleados de
la Administración civil y militar concusionarios."
Y si hemos de creer a conocedores de las causas profundas del reciente desastre de Annual (19211,
nuestro desbarajuste administrativo sigue igual. Está visto que no aprendemos nunca.
KECUERDOS DE MI VIDA
139
eos gozaban la más dulce de las tranquilidades: los unos, por haber muerto; los
otros, por yacer impotentes en el lecho del dolor...
A poco de mi llegada, pude ya comprobar la eficacia de aquel lugar de
expiación. Acababa precisamente de fallecer cierto capitán borracho y pendencie¬
ro, y se preparaban a embarcar en la plataforma liberadora, con paso débil y mi¬
rada desfalleciente, dos oficiales recién cumplidos. Para reemplazarlos llegaron, a
los pocos días, cierto capitán dé Administración Militar medio loco, pero muy
listo, y con quien por cierto mantuve ruidosas polémicas filosóficas, y tres oficia¬
les de diversas Armas, acusados de promover escándalos y cometer intolerables
excesos en cafés y demás centros de recreo. Eran gente alegre y dicharachera.
Oyendo sus proezas se pasaban muy buenos ratos. ¡Qué de novelescas conquis¬
tas amorosas!... ¡Cuántos ingeniosos recursos para burlar la antipática vigilancia
de maridos y papás! ¡Qué de infalibles ardides contra la bolsa de los usureros!...
Lo malo fué que tan amenas pláticas se acabaron pronto. Una o dos semanas
después casi todos aquellos arrogantes Lovelaces cayeron en cama con calentu¬
ra. Y cuando sonó la hora de la ansiada emancipación, arrojáronse del lecho, re¬
sueltos a no permanecer en San Isidro ni un minuto más. Dos de ellos fueron
transportados al tren en camilla. Recuerdo que, al decirme adiós, miráronme con
esa conmiseración con que el rescatado de Argel debía contemplar al cautivo sin
esperanza.
Tal fué el salubre y apacible retiro con que me obsequió el doctor Grau, en
cumplimiento de atribuciones indiscutibles. No me quejé y no me quejo hoy. Al
fin y al cabo, alguno había de cargar con el mochuelo.
No estará de más informar brevemente al lector de la significación del sistema
defensivo de las trochas militares.
Las trochas de Cuba eran caminos bordeados por fuerte empalizada, con o sin
alambradas de refuerzo, y defendidos cada 500 metros por blockaas, donde vigila¬
ban pequeños destacamentos de soldados. Cada 1.000 o más metros alzábase un
fortín de madera, guarnecido por una compañía o fracción de ella. De distancia
en distancia alzábanse algunos poblados; en ellos la línea militar era custodiada
por retenes militares de cierta importancia, a cuya égida 'protectora se ampara¬
ban enfermerías y almacenes.
La llamada trocha del Este o del Bagá, aunque no terminada, extendíase de
Norte a Sur unos 52 kilómetros; comprendía tres o cuatro hospitales de campaña,
y secuestraba, en una inmovilidad enervante, varios miles de soldados. La trocha
de Jácaro a Morón, mucho más- larga, inmovilizaba ocho o diez mil, que había que
renovar cada tres o cuatro meses. Epocas hubo en San Isidro durante las cuales
las tres cuartas partes de las guarniciones de la línea militar eran baja, atestando
las enfermerías, por donde quedaban blockaas y fortines casi abandonados y
merced del enemigo.
En teoría, el plan — un tanto pueril — parecía bien pergeñado. Nuestros técnicos
militares debieron quizá discurrir así: Afecta la gran Antilla figura de salchicha,
con dos estrangulaciones centrales, divisoras del territorio en tres principales de¬
partamentos: el de las Villas y Occidental, rico y floreciente, y cuya tranquilidad
importaba mucho asegurar; el Central o del Camagüey, donde la insurrección tuvo
siempre tenaces partidarios, y, en fin, el Oriental (Bayamo, Holguía, Santiago, etc.),
donde la rebelión alcanzaba todo su auge. «Si cortamos la isla de Norte a Sur —
140
S.. RAMÓN Y CAJAL
debieron pensar nuestros consumados estrategas— por las susodichas escotadu¬
ras, mediante empalizadas y series de fortines, quedarán convertidas aquellas re¬
giones en perfectos compartimentos estancos. Y una vez acabadas, las trochas
preservarán del contagio revolucionario al próspero departamento de las Villas,
fuente de valiosos recursos; de esta suerte, un ejército relativamente pequeño po¬
día limpiar, sucesiva y metódicamente, de insurrectos cada compartimento estan-
co.> Ni por pienso se preocuparon aquellos generales de la insalubridad del terre¬
no y de los efectos deprimentes de la inacción.
Los repetidos reveses de la campaña probaron que las trochas constituyeron
gravísimo error higiénico y militar. Acaso la de Júcaro a Morón orestó al princi¬
pio, cuando las partidas revolucionarias alcanzaban exiguos contingentes o cons¬
taban de , soldados poco aguerridos, servicios positivos; pero ulteriormente, los
inconvenientes superaron con mucho a los harto discutibles beneficios. Todo el
mundo pudo ver, y ello consta en las manifestaciones del general Portillo y en las
representaciones al Gobierno del capitán general Concha, que aquellas inexpugr
nables murallas de la China eran tácticamente ineficaces. Atravesábanlas impune¬
mente los insurrectos (recuérdese, entre otros cruces célebres, el de la trocha del
Júcaro realizado por Máximo Gómez en Í874, para propagar el fuego de la rebelión
a las Villas); inmovilizaban sin fruto copioso ejército que habría sido eficacísimo ;
en operaciones de persecución activa; aumentaban en grado indecible, particular¬
mente durante la época de las lluvias, las bajas por enfermedad (¡muchos fortines
se alzaban en marismas y pantanos!...); y, en fin, consumieron en trabajos de ex¬
planación, fortalezas, construcción de estacadas, entretenimiento de hospitales y
depósitos de víveres y medicamentos, sumas fabulosas. Y esto precisamente
cuando los apuros económicos de la metrópoli, casi huérfana de crédito y desan¬
grada por dos tremendas guerras' peninsulares, eran aterradores.
Cuando más tarde, aleccionados por dolorosa experiencia, abandonamos las
trochas, éstas habían causado más de 20.000 víctimas (1).
¡Asombra e indigna reconocer la ofuscación y terquedad de nuestos generales
y gobernantes, y la increíble insensibilidad con que en todas épocas se ha derro¬
chado la sangre del pueblo! ¡Qué pena da pensar en la absoluta irresponsabilidad
de que gozaron nuestros ineptos generales y nuestros egoístas ministros!
Al referir aquellos sucesos, después de ocurrida la catástrofe colonial, es difí¬
cil resistir a la tentación de indagar las causas de tantos reveses y de recordar los
grandes desaciertos de nuestra politica ultramarina. Es triste reconocer que la
característica de los estadistas españoles consistió siempre en rechazar obstina-
mente las lecciones de la historia. Nuestros políticos vivieron siempre al día, aten¬
tos al conflicto presente, sin preocuparse lo más mínimo del porvenir. Ni las trá¬
gicas lecciones de la emancipación de América, ni dos agotadoras campañas en
Cuba, ni el consejo de los pocos políticos clarividentes que hemos tenido, como
Aranda, Prim y Pi y Margall, hicieron mella en el cerril egoísmo de nuestras oli-
garqiúas turnantes.
Con una falta de cordura incomprensible en preclaros talentos, hombres como
(1) De las estadísticas, harto incompletas, publicadas acerca de aquella campana, se deduce que sólo
por enfermedad murieron cerca de 58.000 soldados y oficiales. Juntando a esta cifra la de 16.000 a que
ascendiéronlos soldados devueltos a la Península por inutilizados en campaña (y de los cuales buena
parte sucumbió en sus pueblos o en los hospitales de la Península), se obtiene la suma de 74 000 bajas
por enfermedad, muertos casi todos. Y no contamos aquí los caídos en el campo de batalla ni los prisio¬
neros y extraviados, que se cuentan por miles.
RECUERDOS DE MI VIDA
141
Gastelar y Cánovas pensaban que Cuba — ^esa Cuba que nos aborrecía y cuya in¬
dependencia, deseada por América entera, era inevitable — valia la pena de sacri¬
ficarle España. La frase efectista del célebre estadista conservador «hasta el últi¬
mo hombre y la última peseta^, ha pasado a la historia cual testimonio elocuente
de cómo en España puede llegarse al pináculo del Poder sin conocer de cerca las
causas de nuestras discordias (que yo sepa, ningún gobernante español de enton¬
ces visitó Cuba ni América del Norte) ni poseer la prudencia y previsión necesa¬
rias para salvaguardar los primordiales intereses del país. Harto más hábiles fueron,
en conflictos semejantes, otras naciones. Recuérdese a Portugal y Holanda conser¬
vando sus colonias, no obstante las codicias de naciones poderosas. ¡Cuánto
desconsuela reconocer que la rectificación a tiempo de nuestras normas políticas
■ en orden al régimen de las posesiones de Asia y América, hubiera mantenido sin
mermas el glorioso patrimonio de nuestros mayores!...
Al rectificar nuestra conducta, nada teníamos que inventar. Bastaba con imi¬
tar a Inglaterra, la maestra insuperable en las artes de la política, siempre atenta
a las enseñanzas de la realidad. De la guerra separatista de los Estados Unidos
sacó el gran principio de la autonomía, gracias a cuya leal y generosa aplicación
cesó el movimiento emancipador de sus colonias, que, diversificadas en lo políti-
tico, vemos hoy de cada vez más compenetradas en espíritu y sentimiento con la
metrópoli (1). Mientras tanto, nuestra evolución política en punto al gobierno co¬
lonial, consistió en pasar del régimen tutorial al régimen asimilista. Y cuando,
apremiados por las circunstancias, pensamos en dictar reformas para Cuba, sólo
se nos ocurrió planear incoloro simulacro de autonomía administrativa y política,
es decir, una de esas medias medidas, exentas de generosidad y magnanimidad,
por igual odiosa a criollos y peninsulares, y que los temperamentos resueltos, en
su odio a la metrópoli, rechazan siempre como burlas intolerables. Sabido es que
los cubanos, al conocer la insignificancia de la reforma proyectada, iniciaron la
rebelión.
Si al menos, al terminar la primera guerra de Cuba— que, como todas las con¬
tiendas civiles, acabó en pacto— hubiéramos cumplido lealmente solemnes compro¬
misos; si en vez de llevar a las Cortes fórmulas hábiles hubieran nuestros Gobier¬
nos convertido en ley, como ofreció Martínez Campos, las condiciones de la paz
del Zanjón, habríamos quizás evitado la segunda guerra separatista, y con ella el
desastroso choque con los Estados Unidos! Caímos porque no supimos ser ge¬
nerosos ni justos.
Pero con estas dolorosas digresiones pierdo de vista el asunto y falto además
a formales promesas. Volvamos, pues, a San Isidro.
Mi labor médica en San Isidro era abrumadora, pues pasaban de 300 los en¬
fermos.
Por suerte, la patología resultaba poco variada y difícil; viruela (que hacía
estragos en los negros), úlceras crónicas, disentería y paludismo.
Pero sf el servicio profesional, aunque pesado, no ocasionaba grandes que¬
braderos de cabeza, en cambio los daba y grandes el saneamiento administrativo
(1) Mientras escribíamos estas líneas, en 1916, el Canadá, la India, la Australia, el Africa del Sur, et¬
cétera, sentían como suya la guerra entre Inglaterra y Alemania, y, alardeando de un admirable patrio¬
tismo de raza, enviaban contingentes militares al teatro de la lucha. ¡He aquí el fruto de la generosidad
política, que no es, en suma, sino altísima y clarividente habilidad!... (Nota de la 2.® edición.)
142
S. RA.MÓN Y CAJAL
del hospital. En San Isidro (1) buena parte de los empleados estafaban al Estado,
desde el jefe de la guarnición hasta los practicantes y cocineros. Conforme era de
presumir, el Quijote que yo llevaba en el cuerpo se me alborotó al tener noticia
de tan innobles abusos, y me lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi
salud volvió a quebrantarse seriamente.
He aqui la técnica empleada por los defraudadores para vivir parásitamente a
expensas de la administración;
En dos o tres ocasiones habianseme quejado los enfermos sujetos a ración de
gallina de la insipidez y aspecto estropajoso de las raciones servidas. Extrañado
de la queja, me propuse averiguar a todo trance por qué las aves de corral habian
perdido de pronto su exquisito] sabor. El azar llevóme cierto día a pasear por los
alrededores del poblado, donde sorprendí un bien repuesto gallinero, perteneciente
al cocinero del hospital. Este encuentro fué para mí un rayo de luz. Y enlazando
los hechos y olfateando las pistas, vine a resolver al fin el problema, amén de ave¬
riguar otros muchos abusos cometidos, con la complicidad del cocinero y practi¬
cantes, a beneficio del jefe y oficiales de la guarnición.
El escamoteo de las gallinas verificábase de dos maneras: 1.^ De acuerdo con
el cocinero, recibían los enfermos como buenas raciones de gallina trozos de ésta
de que se había extraído previamente el caldo, y despojados, por tanto, de subs¬
tancia. 2.^ Los practicantes cargaban en la libreta de prescripciones y régimen,
firmada diariamente por raí, cierto número suplementario de raciones. Merced a
tan burda invención, practicantes y oficiales comían pollo a todo pasto y aun
quedaba algo para poblar el corral del cocinero, un negrazo tan bellaco como in¬
solente.
La confrontación, hecha de memoria para no inspirar recelos, de las libretas del
régimen, antes y después de ser enviadas a San Miguel por el practicante, co¬
rroboró la realidad del abuso y me reveló además que, apelando al socorrido pro¬
cedimiento de las adiciones, casi toda la carne, huevos, jerez y cerveza consumi¬
dos por los oficiales y practicantes salía del presupuesto del hospital.
Al encararme, indignado, con el cocinero y practicantes, autores materiales de
la defraudación, se desarrolló la escena consiguiente, que ellos afrontaron con
sorprendente cinismo, como quien tiene bien guardadas las espaldas. Ante mis in¬
terrogaciones apremiantes, declararon que el chanchullo, si así podía llamarse tan
venial irregularidad, constituía régimen consuetudinario de la enfermería; que,
gracias a su prudente tolerancia, consiguió mi antecesor vivir en paz con los ofi¬
ciales, amén de economizar casi enteramente su sueldo; y, en fin, que yo debía
dejarme de chismes y tonterías y allanarme a las clásicas prácticas administrati¬
vas. ¡Y esto sucedía cuando yo, atacado nuevamente de paludismo, para no acu¬
dir a la cocina del hospital, gastaba parsimoniosamente mis últimos centavos y
entablaba tratos con cierto almacenista de San Miguel para pignorar una paga
atrasada!
Todavía si la mencionada distracción hubiera obedecido a la necesidad, ha¬
bría acallado mis escrúpulos; mas constábame, al contrario, que jefes y oficíales
cobraban puntualmente sus haberes. En cuanto al cocinero y practicantes, hacían
con lo defraudado tráfico vituperable.
■De este modo resultó inevitable el choque con el comandante. En conferencia
(1) Tengo motivos para pensar que ocurría lo mismo en otros muchos hospitales, y que a ello no se
daba ninguna imporiancia.
RECUERDOS DE MI VIDA
143
reservada censuré su proceder incorrecto; le expresé que era para mí caso de con¬
ciencia evitar tales irregularidades, ya que pesaba sobre raí la responsabilidad
administrativa dél hospital; añadí, en fin, que estaba dispuesto a corregir radical¬
mente los abusos.
Mi interlocutor se enojó rpucho, reprochándome y hasta burlándose de lo que él
llamaba chinchorrerías; pero no echó las cosas a barato. Acaso me creyera inca¬
paz de poner orden en la administración del hospital. Sin embargo, cuando días
después se encontraron jefes y oficiales sin víveres de guagua y advirtieron que
las libretas de pedidos para la enfermería se comprobaban a diario, reaccionaron
vivamente. Comenzó entonces contra mí una guerra de alfilerazos y de pequeñas
insidias; se me condenó al aislamiento; se hizo lo posible, en suma, para agotar
las fuerzas morales de un enfermo... Excusado es decir que cocinero y practican¬
tes veían, no sin alegría, cómo la enfermedad minaba rápidamente mi organismo.
Otra persona más cavilosa que yo habría temido un envenenamiento. Afortuna¬
damente, conservaba incurable optimismo.
Entre las impertinencias con que el comandante trató de molestarme, hubo una
que estuvo a punto de provocar grave cuestión personal. En las noches de
alarma (no raras en San Isidro), el comandante pretendía encerrar dos caballos
suyos en el hospital, al lado de los enfermos, a fin de protegerlos contra los me¬
rodeadores; en justificación del capricho alegaba que no cabían en ei fortín de su
residencia y que la enfermería era el sitio más seguro para guardarlos. Yó me
opuse en varías ocasiones a tan antihigiénica pretensión, varias veces renovada,
y el jefe, aunque refunfuñándo, acababa por desistir. Perdida ahora la cordialidad,
pensó, sin duda, que no debía respetar mis escrúpulos. Y cierta noche, en que yo
me hallaba acostado con fiebre alta, oí que traían los caballos a la sala, percibién¬
dose olor de cuadra insoportable. Vestime de prisa y salí casi tambaleándome al
encuentro de los palafreneros, a quienes rechacé a empellones, obligándoles a re¬
tirar el ganado. Noticioso entretanto el jefe de lo ocurrido, vino furioso hacia mí,
exciamando con voz alterada por la cólera:
—¿Quién es usted para desobedecerme? ¡Aquí represento la suprema autori¬
dad y usted tiene el deber de acatar ciegamente mis órdenes!...
—Dispense usted — repliqué—; dentro de este recinto no hay más autoridad
que la mía. Pesa sobre mí la responsabilidad del tratamiento y cuidado de .los en¬
fermos, y, en conciencia, no puedo consentir que por capricho de usted se con¬
vierta la sala en cuadra inmunda...
Ciego por la ira, y sin reparar en que estaba delante de un enfermo, se aba - ‘
lanzó en ademán de agredirme. Yo me puse a la defensiva, dispuesto a devolver
golpe por golpe. La fiebre abrasaba mi cabeza, y hubo un momento en que todo lo
vi rojo. Afortunadamente, los oficiales, harto más discretos que el comandante,
comprendieron lo absurdo de la situación y nos separaron y apaciguaron.
Conforme era de esperar, el jefe me instruyó sumaria por insubordinación y
amenazas a la autoridad. Comenzaron, pues, las actuaciones. Los folios crecían
como espuma. Mi superior jerárquico propaló la especie de que no había de parar
hasta mandarme a presidio. Para hacer buenas sus amenazas, confiaba mucho en
cierto tío suyo, el brigadier X, habitante a la sazón en Santiago y personaje muy
influyente en la Capitanía general. Mas al fin ocurrió lo que era de esperar. En
cuanto, por mis declaraciones y denuncias, conocieron las autoridades de Puerto
Príncipe las escandalosas filtraciones y los abusos de autoridad consentidos o co¬
metidos por el jefe militar de San Isidro, todos, incluso el famoso general de quien
144
S. RAMÓN Y CAJAL
tanto fiaba su sobrino, apresuráronse a echar tierra al asunto. De mi proceso
pues, nadie volvio a acordarse. Y un oportuno relevo del comandante, fundado en’
motivos de salud-alli todos estábamos más o menos enfermos-, restableció de
fimtivamente la paz en San Isidro. icbiaoiecio de-
De todos modos, yo sali con mi empeño de purificar, en lo posible la admini<;
y hasta proceres politices siguen entregados al saqueo del Estado^ v’es qL para
muchos españoles el Estado es pura entelequia, vacuo ente de razón Ltafarle
equivale a no estafar a nadie. ¡Singular paradoja, creer que no se roba a“
cuando se roba a todos!... Perdido el sentimiento religioso, que antaño contuvo
substituirlo con el patriotismo la
religión fuerte y moralizadora de las naciones poderosas. ’
CAPITULO XXIV
MIS DISTRACCIONES EN SAN ISIDRO— LA DANZA DE NEGROS Y EL ARPA DEL SABOYA-
NO.— SE AGRAVA MI ENFERMEDAD Y SE DENEGA MI SOLICITUD DE ABANDONAR
TEMPORALMENTE LA TROCHA— PIDO MI LICENCIA ABSOLUTA.— GRACIAS A LA
SUPRESIÓN DE LA TROCHA LOGRO ABANDONAR MI DESTINO.— UN MES EN EL HOS¬
PITAL DE SAN MIGUEL
La temporada transcurrida en San Isidro aparéceseme hoy borrosa y gris
como mirada al través de espesa niebla. Mi situación era por cada día más
lastimosa. La mayoría de mis horas consumíanse en el lecho, sin más con¬
suelo y asistencia— varaos al decir— que los prodigados por un practicante (el de
los chanchullos) que me detestaba cordialmente. No obstante la quinina, el tanino
y opio (para la disentería), mis alivios eran fugaces, episódicos; la ansiada mejoría
parecía alejarse indefinidamente, burlando mis esperanzas. Por primera vez co¬
mencé a dudar de los recursos defensivos de mi organismo. En las horas melancó¬
licas en que, arrastrándome del lecho, podía respirar el aire libre y presenciar el
ajetreo de las gentes, ¡con cuánta envidia miraba la robusta salud de los negros,
los inconscientes obreros de la Trocha!... A ratos, aquella ola de vida y alegría des¬
bordantes parecíame ‘algo así como una insolencia.
Aquellos africanos traídos a Cuba por buques negreros, nos daban lección de
paciencia y resignación. Lejos de sentir nostalgia por la patria lejana, celebraban
regocijada y ruidosamente sus fiestas, entregándose a zambras alegres y cánticos
salvajes. Verdad es que el negro es casi inmune a la malaria.
Era la danza de, las negradas espectáculo singular y atrayente. Mientras ciertas
parejas, medio desnudas, bailaban incesantemente bajo un sol de fuego, otros
morenos cimarrones marcaban el compás, golpeando sobre largos tambores labra¬
dos en troncos de árbol. De vez en cuando, una voz chillona y selvática entonaba
sencillo estribillo, traducción acaso de algún viejo canto aprendido en los bosques
africanos. Por su repetición, grabóse indeleblemente en mi memoria el siguiente:
«Yo fui quien maté el caimán.
Caimán...
Caimán...
Yo fui quien maté el caimán».
Y así sucesivamente durante ocho o diez horas. Un coro de gritos salvajes sa¬
ludaba al cantante al terminar cada estrofa.
Aquellos danzantes africanos poseían músculos de acero. El sudor corría a rau¬
dales por su piel de ébano y el sol arrancaba a sus relieves musculares reflejos
10
146
S. RAMÓN Y CAJAL
metálicos. Lejos de amansar su fogosidad, tan formidable ajetreo parecía estimu¬
larlos. En algunas parejas, el crescendo de piruetas, cotítorsiones y gestos eróticos
llegaba al frenesí. De seguro que ningún europeo habría resistido la mitad de aquel
violentísimo ejercicio.
Entre nuestras distracciones de San Isidro figuraban 'también conciertos de
arpa. Mas esto exige volver atrás, consignando un antecedente.
Por aquella época, la Isla de Cuba era sima aterradora de soldados. Y como la
recluta voluntaria para Ultramar resultaba de cada vez más deficiente, apelaron los
banderines de enganche de la Península a todo linaje de ardides, aun los más re¬
pulsivos y vituperables. A tal propósito, agentes reclutadores sin escrúpulos fre¬
cuentaban garitos y tabernas, y comprometían, previa la correspondiente embria¬
guez, no sólo a todos los vagos y viciosos, sino a cuantos extranjeros jóvenes caían
en sus redes. Así fueron a Cuba algunos saboyanos, infelices artistas, que por la
citada época recorrían España cantando, al son del arpa, el himno de Garibaldi.
Uno de estos desventurados italianos dió con sus huesos en la enfermería de
San Isidro. Padecía de hepatitis e hidropesía, y en su rostro ictérico mostraba,
además, el indeleble sello del paludismo crónico. Ignoro cómo, durante su azaro¬
sa peregrinación al través de la Isla, había logrado conservar el precioso instru¬
mento musical, junto al cual solía dormir en la enfermería, receloso de que se lo
arrebataran. Este soldado músico era mozo servicial y afable, y cuando le dejaba
la fiebre, nos obsequiaba con conciertos al aire libre. Al complacernos, además
de nuestra gratitud, granjeaba algunos pesos que economizaba para la ansiada
repatriación.
Aún parece que le veo a la luz de la luna, amarilla la faz, abatida y triste la
mirada, con el vientre hidrópico, rasgo morboso que le daba aspecto trágicamente
grotesco. Puesto en el centro del corro, y apoyando su cuerpo en el tronco de un
árbol, lanzaba al aire con afinación y sentimiento, que nuestra hambre musical
convertía en sublimes, romanzas de Rossini y Donizetti, canciones napolitanas y
aires saboyanos impregnados de suave melancolía.
Dejo apuntado más atrás que mi dolencia tendía a empeorar. En los seis o
siete meses pasados en San Isidro gocé solamente fugacísimos alivios. El hígado
y el bazo mostraban tumefacción alarmante, y la temible hidropesía se iniciaba.
En vano suplicaba a mi jefe técnico el doctor Grau una licencia temporal. «Carez¬
co de personal, contestaba siempre. Resista usted cuanto pueda; en cuanto dis¬
ponga de médicos de refresco, haré un esfuerzo por reemplazarle.»
Mis esperanzas empezaban a nublarse ante aquella resistencia pasiva que te¬
nía todo el aspecto de abandono despiadado. Y acabé por pensar que para salvar¬
me era de todo punto preciso sustraerme lo antes posible a los efectos de aquella
atmósfera deletérea.
Pero ¿cómo?... En mi situación desesperada, sólo percibí un remedio: pedir la
licencia absoluta por enfermo, es decir, renunciar a la carrera militar y reinte¬
grarme a la Península. Elevé, pues, una instancia al Capitán general, por conduc¬
to de las autoridades sanitarias de Puerto Príncipe; y cuando esperaba ansiosa¬
mente el resultado, informóme un amigo de que en la capital del Camagüey se ne¬
gaban a tramitar la solicitud. Mi inhumano jefe el doctor Grau creyó, sin duda,
que mi decaído organismo podría tirar unos meses más...
Debo la vida a cierto caballeroso brigadier, de cuyo nombre, ¡oh inconsciente
ingratitud!, no puedo hacer memoria. Dejo expuesto ya que las trochas como re¬
curso defensivo habían caído en descrédito, aunque nadie quería cargar con la res-
RECUERDOS DE MI VIDA
147
ponsabilidad de suprimirlas. Por iniciativa del Capitán general, efectuóse al fin una
jira de inspección a diehas líneas militares. Y el citado brigadier, a quien tocó visi¬
tar la del Bagá o del Este, donde yo me encontraba, impresionóse tan vivamente al
reconocer el mal estado de los soldados y la muchedumbre de enfermos definitiva¬
mente inutilizados para la campaña, que ordenó desmontar inmediatamente los
fortines y retirar las guarniciones. Compadecido de mi estado, y noticioso de que
mi solicitud de licencia habíase atascado, quizás intencionadamente, en la capital
del distrito, tomó sobre sí el encargo de cursarla personalmente, prometí éndomCj
además, acelerar todo lo posible la resolución del Capitán general.
Disuelta la trocha del Bagá, fueron los enfermos concentrados en diversos hos¬
pitales, singularmente en el de San Miguel, adonde fui yo a parar, esta vez no
como médico director, sino como uno de tantos casos clínicos.
Allí, en un destartalado pabellón destinado a los oficiales enfermos, pude una
vez más comprobar la irremediable ineficacia de la caridad oficial. Aun en los es¬
tablecimientos benéficos mejor organizados, el doliente siéntese a menudo algo ,
abandonado; fáltale siempre esa tierna y vigilante solicitud de que sólo la madre
o la esposa poseen el secreto. Claro es que no faltaban hermanas de la caridad
ni enfermeros; masa causa del hábito, estas personas beneméritas ad uieren
pronto, ante el dolor ajeno, desconsoladora insensibilidad. Además, el paciente
ansia privilegios; quisiera ser foco de la general preocupación; hallar, en fin^
impresionabilidades y afectos vírgenes, no embotados aún por la diaria batalla
contra el dolor. Pero ello es casi imposible, como lo es también que las angustio¬
sas peripecias de la enfermedad se ajusten a los horarios administrativos.
Por mi parte, acostumbrado a ser bastante mal atendido en San Isidro, sopor¬
taba con relativa resignación mi soledad sentimental. No así mis vecinos inmedia¬
tos, entre ellos cierto teniente coronel, de carácter violento, el cual juraba y se
exasperaba cuando las hijas de la caridad no acudían inmediatamente a sus congo¬
josos llamamientos. En su irritación, dicho jefe— enfermo de tuberculosis grave y
de otras cosas— dió en la manía de llamar a tiros de revólver... Por cierto que al oir
la primera vez el estampido, creimos todos que se había suicidado o que había
herido a algún enfermero demasiado olvidadizo o gandul. Yo procuraba calmarle
y, en la medida de mis posibilidades físicas, acudía a su lecho para apagar su sed
devoradora y administrarle medicinas.
Transcurridas algunas semanas, mejoré lo bastante para abandonar el Hospi¬
tal y trasladarme a Puerto Príncipe. Gracias a mi brigadier bienhechor, la nueva
instancia había surtido efecto. Mas para obtener la licencia absoluta, a título de
inutilizado en campaña, era requisito inexcusable sufrir reconocimiento facultati¬
vo. Efectuóse, pues, en Puerto Príncipe, dando por resultado el diagnóstico de
caquexia palúdica grave, incompatible con todo servicio.
Cumplida tal formalidad, y noticioso de que el Capitán general accedía al ade¬
lanto de la licencia (1), tomé la vuelta de la Habana, donde debía cobrar mis atra¬
sos, obtener el pasaporte y esperar el vapor.
Como inutilizado en campaña tenía derecho a pasaje gratuito. Pero mis apuros
económicos eran grandes. Se me debían ocho o nueve pagas. A causa de la orgía
administrativa reinante, corría riesgo de pasar en la Habana rm par de meses,
(1) La orden de anticipo de la Ucencia absoluta se expidió con fecha de 15 de mayo de 1875. El pa¬
saporte es de 21 de mayo de 1875; en- él se hace constar que. hallándome enfermo, mi traslado a la
Península corre a cargo de la Administración militar.
148
S.' RAMÓN Y CAJAL
ocupado en la liquidación de mis haberes, cuando precisamente mi'éstado exigía
la más rápida repatriación.
A fin de prevenir tan grave contratiempo, un mes antes tuve la previsión de
escribir a mi padre. En la carta pintábale sinceramente mi aflictiva situación y le
rogaba el envío de dinero. Llegada la letra, y ya más tranquilo, consagróme a ges¬
tionar del Habilitado el cobro de mis atrasos. Al pronto rehusó pagarme, a pretex¬
to de que la consignación del último trimestre no había sido hecha efectiva; pero,
a fuerza de súplicas y porfías, conseguí liquidar mis haberes, no sin dejar en las
garras del aprovechado funcionario un 40 y hasta un 50 por 100 del importe de
aquéllos. Así y todo junté, sin contar con el dinero de mi padre, cerca de 600 pesos,
con que enjugué pequeñas deudas^ adquirí lo necesario para el regreso. ¡Oh nues¬
tros inveterados abusos administrativos y cuán caros los ha pagado la pobre Es¬
paña, siempre esquilmada, siempre sangrante y siempre perdonando y olvidando!...
CAPITULO XXV
ME TRASLADO A LA HABANA, DONDE RECAIGO DE MI DOLENCIA,— MI REGRESO EN EL
VAPOR «ESPAÑA».— CADÁVERES DE SOLDADOS ARROJADOS AL MAR. -TAHURES
TRASATLÁNTICOS.— EL AMOR Y EL PALUDISMO.— VUELTA AL ESTUDIO DE LA
ANATOMÍA
Días antes de zarpar el vapor, y cuando obraban en mi poder el pasaporte
y el billete para el viaje, sufrí un ataque de disentería aguda. ¡El nau¬
fragio a la vista del puerto!... ¡Qué angustias devoré al verme nuevamen¬
te postrado en el lechOj sin amigos que me atendieran y precisamente en el an¬
siado momento de la liberación!
Por fin, la Providencia apiadóse de mí. Y aprovechando, impaciente, cierta dé-^.,
bil mejoría, embarquéme precipitadamente en el vapor España, que zarpaba
con rumbo a Santander. Conmigo abandonaron la isla también muchos soldados
inutilizados en campaña. Los desventurádos estaban enfermos como yo; pero,
menos atendidos, viajaban en tercera, hacinados en montón y sometidos a régi¬
men alimenticio insuficiente o poco reparador. Yo me complacía en cuidarlos,
procurándoles medicamentos y alentando sus esperanzas. Algunos de aquellos
infelices fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo contemplar
a la alborada el lanzamiento de los cadáveres al mar!... En cambio, otros enfermos
más afortunados mejoraban a ojos vistas. Al alivio cooperaban la pureza del aire
y la ausencia de nuevas infecciones; pero obraban con superior eficacia estos dos
supremos tónicos espirituales: la esperanza de ver pronto el patrio terruño y la
alegría de incorporarse al seno del hogar.
Yo fui uno de los rápidamente aliviados por el ambiente puro del mar. A mi
arribo a Santander era otro hombre: comía con apetito, estaba sin fiebre y podía
corretear por la ciudad montañesa. ¡Me habia salvado!... Quedábame sólo cierta
demacración alarmante y la palidez pajiza de la anemia.
Después de pintar un cuadro de tristeza desgarradora, bien será dar una nota
amena. Fué siempre nuestro país el fecundo solar del hampa y de la picaresca.
Quevedo podría escribir hoy, si resucitara, sus más graciosas jácaras. En esto no
hemos degenerado todavía. El lector adivinará fácilmente que en un trasatlán¬
tico español, donde se dan cita todas las clases sociales, no podían faltar, además
de hembras de vida alegre y ejemplares típicos de pet^distas de oficio y emplea¬
dos concusionarios, algunos genuinos representantes de aquella castiza fullería
tan perfectamente retratada por nuestros escritores del siglo de oro. Tocóme pre¬
cisamente ser compañero de camarote de uno de estos jugadores de ventaja, el
cual no tenía más ocupación ni granjeria que ir y venir continuamente de España
150
S. RAMÓN y CAJAL
a Cuba, a fin de limpiar, en unión de otros compinches y con los mejores modos
posibles, la bolsa de los /nd/anos. opulentos, de los comerciantes con abonáis y de
los jefes y generales con suculenta pacotilla.
Nuestro elegante tahúr viajaba siempre en primera, lucía en sus dedos enor¬
mes solitarios, colgaba el reloj de aparatosa leontina y vestía con esa fastuosidad
presuntuosa y cursi característica del plebeyo enriquecido. Desde el primer día
fingió compadecerse de mi desgracia; y deseando protegerme y proporcionarme
distracciones adecuadas a mi estado, invitóme amablemente a una partida de
banca, en la cual, gracias a las habilidades de mi generoso protector, debía yo
ganar infaliblemente.
—Yo no tallo nunca— decíame alardeando modestia—; limitóme no más a
apuntar a una carta pequeñas cantidades. Sólo cuando a las cuatro o cinco ma¬
nos conozco, por las señales del dorso, unos cuantos naipes— y éste es mi secre¬
to—, hago puestas de importancia, ganando siempre.
Y, como yo moviera la cabeza en señal de incredulidad, añadió;
— ¡No sea usted criatura!... En cuanto me vea usted cargar de firme a una car¬
ta, acompáñeme con todo lo que tenga. De seguro que en una sesión se gana us¬
ted tres o cuatro mil pesos.
Excusado es decir que mi ladino consejero perdía lastimosamente el tiempo^
Aparte el recelo que siempre he sentido hacia las personas deseosas de proteger¬
me, sin saber a punto fijo si merezco su protección, jamás he tenido la supersti¬
ción de la suerte. Ni sentí nunca eso que Virgilio calificaba con la tan sobada ex¬
presión: auri sacra fames. En mi sentir, los negocios de la vida marchan y se des¬
enlazan con arreglo a una lógica inexorable y absolutamente limpia de toda in¬
fluencia mística.
Pensaba, y pienso además, que sólo existe una fuente racional y segura de
prosperidad económica: el trabajo intenso, fecundado por la cultura intelectual.
Lejos de compadecer al perdidoso en el juego, le considero como estafador frus¬
trado, o cual gandul codicioso. Su honradez acaba casi siempre al perder el último
centavo.
Pronto me felicité de mi desconfianza. Varios comerciantes ricos, invitados
como yo a coincidir en las puestas con el citado gancho, quedaron desplumados.
Los infelices habían liquidado en pocas sesiones de timba veinte años de trabajo
honrado y de austeras economía A uno de ellos tuvimos que costearle hasta el
bote que le condujo al muelle. El pobrete perdió 15 ó 20.000 duros, caudal con que
pensaba establecerse en su pueblo y hacer ía felicidad de la familia.
Mi llegada a Santander debió ocurrir hacia el 16 de junio de 1875. Un enjam¬
bre de mujeres desarrapadas nos rodeó, disputándose nuestros equipajes. Impre¬
sionóme muy agradablemente el paisaje de la Montaña, cuya frondosa vegetación
sólo hallé comparable con la de Cuba, Por referencia de varias personas supe con
profunda desilusión qne España sólo poseía una estrecha faja de clima franca¬
mente europeo; desde el litoral cantábrico hasta la cordillera limitante de las altas
mesetas castellanas. Eljresto— alta y calcinada meseta durante cinco meses del
año— es un lugar de expiación donde sólo pueden habitar labriegos endurecidos
por el sobretrabajo y la miseria alimenticia (1).
(1) Más adelante (creo que en 1876) hice breve excursión al Mediodía de Francia en compañía de
antiguo camarada ihijo del Sr. Choliz. de Valpalmas), que se educaba en Oloron para el comercio. Pe¬
netramos en el territorio galo por Sumport y visitamos Pierrefitte, Oloron y Pau. La sorpresa recibida
RECUERDOS DE MI VIDA
151
De paso para Madrid, visité Burgos, admirando su maravillosa catedral y sus
interesantes monasterios de las Huelgas y de la Cartuja. Y después de descansar
un par de días en la Corte, tuve al fin la indecible felicidad de regresar a Zarago¬
za y de abrazar a mis padres y hermanos. Halláronme amarillo, demacrado, con
un aspecto doliente que daba pena. ¿Qué hubieran dicho si me hubieran contem¬
plado dos meses antes?
Aunque no recobré la antigua pujanza ni logré sacudir enteramente la anemia
palúdica, repusiéronme mucho el aire de la tierra, alimentación suculenta y los
irreemplazables cuidados maternales. De tarde en tarde, recidivaba la fiebre; pero
ahora la quinina mostrábase más eficaz.
Mejorado, pues, en lo posible, había que pensar en el porvenir. Debía rehacer
mi vida, derivándola otra vez hacia el viejo cauce. Mi padre, enérgico siempre
conmigo, continuaba señalándome el rumbo del profesorado como el ideal más
conforme con mis estudios y aficiones, ya que mis disposiciones para la clínica
dejaban harto que desear. Ni mi salud, harto achacosa, consentía el esfuerzo físico
que supone el servicio de la clientela^ urbana, donde el joven doctor debe entre¬
narse precisamente con clientes de'cuarto piso o de guardilla.
A propósito de mi aspecto enfermizo y a guisa de entreacto agridulce, voy a
contar el primero de mis desengaños amorosos.
Poco antes de ingresar en el Ejército, entablé relaciones con cierta señorita
huérfana, agradable y bien educada. Sus cartas recibidas durante las campañas de
Cataluña y Cuba con.«tituían para mí dulce consuelo.
Regresado a España, visité inmediatamente a mi novia, que vivía al lado de su
tía, único pariente que le quedaba. Recibióme bien, pero sin la efusión y alborozo
esperados por mí después de cerca de tres años de relaciones y de tan prolonga¬
da ausencia. Y, en las sucesivas entrevistas, su reserva y frialdad acentuáronse
de un modo inquietante.
Naturalmente, dada mi situación de enfermo y de médico sin clientes, distaba
yo bastante de ser lo que se llama un buen partido. Con mi malhadado viaje a
Ultramar había perdido la salud y mi carrera. Érame, pues, forzoso abrirme de
nuevo un camino en la vida. Y ello iba para largo.
Asaltáronme, por consiguiente, dudas atormentadoras acerca del verdadero
estado sentimental de mi novia. ¿Era aversión, indiferencia o afecto real, aunque
contenido por ios mandatos de la buena educación? ¿Tendría acaso otro preten¬
diente?
Para disipar de una vez mi in certidumbre, resolví hacer un experimento deci¬
sivo. Las palabras fingen, pero los gestos dicen siempre la verdad. Mi plan era irre¬
verente y desconsiderado. Consistía en averiguar la reacción de mi prometida ante
al contemplar la excepcional fecundidad del suelo francés fué indescriptible. Al observar aquellos frondo¬
sos trigales, donde podía ocultarse un hombre puesto de pie; las praderas, verdes y jugosas hasta en
agosto; los frutales y hortalizas prosperando sin riego; la holgura y bienestar del campesino, cuyas aseadas
y cómodas viviendas tanto contrastan con la ruindad y pobreza de las habitadas por nuestros labriegos;
la proximidad y riqueza de villas y ciudades populosas, etc., tuve por primera vez la melancólica visión
de las causas físicas de la secular debilidad de España. Sólo entonces empecé a comprender su acciden¬
tada historia, sus innumerables infortunios, y a explicarme su radical impotencia para luchar, tanto en
el terreno de las armas como en el de la concurrencia científica, industrial y comercial, con la riquísima
y pobladisima Francia y demás naciones europeas, que gozan de geografía y meteorología felicísimas.
152
S. RAMÓN Y 'CAJAL
la impresión de un ósculo furtivo. Conocida su excesiva pudibundez, la prueba re¬
vestía caracteres de extrema gravedad.
Reconozo que el beso deja bastante que desear como reactivo del amor. Y más
tratándose de ósculos improvisados, y puramente epidérmicos, estampados en las
mejillas. A propósito de lo cual recuerdo ahora la ingeniosa clasificación anatómi¬
ca dada por cierto médico francés, que apreciaba el valor sentimental del beso
conforme a la siguiente graduación: besos catáneo-catáneos, besos mucoso-cutá-
neos y besos mucosq-mucosos. Yo no juzgué prudente comenzar por el núm. 3.° de
la escala, sino por el l.° Así y todo, practiqué la prueba con indecibles cortedad y
timidez. ¡Como que era el primer beso dado por mí a una mujer, no obstante mis
veinticuatro años cumplidos!...
Cierto día, pues, tras coloquio lánguido y anodino, llegó el trágico momento. Al
despedirme, reuní todo mi valor; me acerqué a mi siempre severa novia y estampé
bruscamente en su faz el ósculo proyectado...
Mi prometida palideció súbitamente; lanzó un grito de indignación y retiró rá¬
pidamente el rostro. El pudor ofendido coloreó sus mejillas, y (lo que fuépara mí
altamente significativo) hip gestos de instintiva repugnancia, casi de asco. Y con
voz alterada exclamó: «Jamás creí que me ofendiera usted de este modo. Mi educa¬
ción y mis creencias me impiden tolerar tan pecaminosas audacias; y aunque no
me lo prohibieran, me lo prohibiría la prudencia, porque hay hombres tan mal ca¬
balleros que son capaces de contar en los corrillos del café las debilidades y com¬
placencias de sus novias...»
Anonadado quedé al escuchar tan crueles palabras. Formulé algunas balbu¬
cientes excusas; le di automáticamente la mano; dirigí melancólica mirada a aque¬
lla estancia donde habían transcurrido tantas horas felices; tomé la puerta y no
volví más. ¡Para qué!.. .
La prueba resultó concluyente. Para aquella mujer yo era un pobre enfermo y
además, ¡quién lo pensara!, un felón. Considero justificado y loable que señorita
virtuosa y bien educada repudie expansiones harto expresivas de amante atolon¬
drado. Pero lo que más me hirió fué que una dama me juzgara tal mal caballero.
Ciertas villanías sólo pueden sospecharse cuando la imagen del amante apenas
ocupa lugar en el corazón femenino. Además, una doncella discreta y enamorada
hubiera encontrado razones más suaves e indulgentes para corregir las demasías
de un novio sobrado impetuoso. Más adelante supe por tercera persona que mi
novia estaba completamente desilusionada. La compasión más que el amor la
ligaban a su prometido. Disgustábale mi carácter, y desconfiaba de mi salud, har¬
to quebrantada. Convengamos en que la perspectiva de viudez prematura en ple¬
na pobreza tiene poco' de agradable. Y la mujer, cuando se inspira en el genio de
la especie, tiene siempre razón.
Véase, pues, cómo el protozoarío del paludismo contraído en servicio de mi
patria dejóme primero sin sangre, y después sin novia. Afortunadamente, no to¬
das las mujeres son tan cuerdas y previsoras. Hay también criaturas angelicales
con vocación de Hermanas de la Caridad, que, antes de rechazar un rostro pálido
y unos ojos hundidos, se preguntan si no sería posible y hasta éticamente bello
restaurar, a fuerza de ternura y maternales cuidados, una salud quebrantada y
devolver un hombre a la sociedad. Y frecuentemente lo consiguen.
El desengaño fué grande, pero no incurable, por fortuna. Pronto caí en la cuen¬
ta de que no estaba yo para noviazgos. Mi problema, como el problema de Espa¬
ña, según Costa, era de escuela y despensa. Y de botica, en mi caso. Importaba,
RECUERDOS DE MI VIDA
153
ante todo, restaurar energías físicas perdidas; estudiar de firme y labrarme un por¬
venir. Y esto sólo podría conseguirse siguiendo el camino trazado por mi padre.
Lo demás se me daría por añadidura.
Frecuenté, pues, nuevamente el anfiteatro; reconciliéme con los abandonados
libros de Anatomía e Histología y comencé mí preparación para oposiciones a cá¬
tedras.
Mientras tanto, y gracias a la buena amistad del doctor don Jenaro Casas, se
me nombró por la Comisión mixta de estudios médicos ayudante interino de Anato¬
mía, con 1.000 pesetas de haber anual (1). Dos años después (28 de abril de 1877),
cuando la Facultad de Medicina de Zaragoza adquirió carácter oficial, recibí el
nombramiento de Profesor auxiliar interino, cargo que durante aquellos tiempos
(la Facultad hallábase en vías de renovación) daba mucho que hacer por las nu¬
merosas cátedras vacantes. Ocasiones hubo en que tuve que explicar tres leccio¬
nes diarias. Con esos cargos y el producto de algunos repasos privados de Ana¬
tomía ganaba lo bastante para no ser enteramente gravoso a la familia.
Acariciaba yo nobles ambiciones. Aunque luchando con un carácter excesiva¬
mente apocado y retraído, aspiraba a ser algo, a emerger briosamente del plano
de la mediocridad, a colaborar, si mis fuerzas lo consentían, en la obra magna del
conocimiento científico. Y firme en este anhelo patriótico— que todos mis compa¬
ñeros estimaban pura vesania, cuando no pretensión petulante — , trabajé por al¬
canzar el modesto pasar y el ocio tranquilo indispensable , para mis amados pro¬
yectos. Esta aarea mediocritas cifrábase entonces para mí en la honrosa toga del
maestro.
(1) Por entonces la Facultad de Medicina de Zaragoza, que no era todavía oficial, estaba sosteni¬
da conjuntamente por la Diputación y el Ayuntamiento. Una Comisión de concejales y diputados pro¬
vinciales regía los estadios y expedía las credenciales. Mi nombramiento lleva la fecha de 10 de noviem¬
bre de i875.
CAPITULO XXVI
DECIDIDO A SEGUIR LA CARRERA DEL PROFESORADO, ME GRADÚO DE DOCTOR Y ME
PREPARO PARA OPOSICIONES A CA I EDRAS.— INICIACIÓN EN LOS ESTUDIOS MICRO-
GRÁFICOS.— FRACASO PREVISTO DE MIS PRIMERAS OPOSICIONES.— LOS VICIOS DE
MI EDUCACIÓN INTELECTUAL Y SOCIAL. — CORREGIDOS EN PARTE, TRIUNFO AL FIN,
OBTENIENDO LA CÁTEDRA DE ANATOMÍA DESCRIPTIVA DE LA UNIVERSIDAD DE
VALENCIA (1).
Nada digno de contarse ocurrió durante los años 1876 y 1877. Continué en
Zaragoza estudiando Anatomía y Embriología, y en los ratos libres ayu¬
daba a mi padre en el penoso servicio del Hospital, ' supliéndole en las
guardias y encargándome tie las curas de algunos de sus enfermos particulares de
cirugía.
Mis aspiraciones al Magisterio (más que sentidas espontáneamente, sugeridas
de continuo por mi padre) me obligaron a graduarme de doctor. Táctica excelente
hubiera sido haber cursado oficialmente en Madrid las tres asignaturas cuya apro¬
bación era entonces obligatoria para alcanzar la codiciada borla doctoral (Historia
de la Medicina, Análisis quimica e Histologia normal y patológica). Mi estancia
durante un año en la Corte habríame reportado positivas e' inapreciables ventajas:
hubiera conocido personalmente a algunos de mis futuros jueces; asistido a ejer¬
cicios de oposición, a fin de dominar el aspecto técnico y polémico de semejantes
certámenes; y aprendido, en fin, en cuanto mi natural, un tanto brusco y arisco,
consintiese, ese barniz de simpático despejo y de urbana cortesía que tanto real¬
zan al mérito positivo. Pero mi padre, temeroso sin duda de que, lejos de su vigi¬
lancia, reincidiese en mis devaneos artísticos -y quizás tenía razón-resolvió
matricularme libremente en las citadas asignaturas, reteniéndome en Zaragoza
Para el estudio de la Química analítica confióme a la dirección de don Ramón
Ríos, farmacéutico muy ilustrado y a la sazón encargado de una fábrica muy acre¬
ditada de productos químicos. En cuanto a la Historia de la Medicina y a la Histo¬
logía normal y patológica, debía asimilármelas autodidácticamente, por la lectura
de los libros de texto, pues no había en la capital aragonesa quien pudiera ense¬
ñármelas.
Cuando, llegado el mes de junio, me disponía en Madrid a sufrir la prueba del
curso, experimenté dos sorpresas desagradables: Todo el caudal de conocimientos
analíticos laboriosamente acopiado en el Laboratorio del doctor Ríos vino a ser
(1) A partir de este capítulo, el texto fué escrito mucho después que el anterior
1916 y 1917, durante la horrenda guerra europea. ’
'sea allá por los años
RECUERDOS DE MI VIDA
155
inútil; porque, según recordarán cuantos estudiaron por aquellos tiempos, el bue¬
no de Rioz, titular de la citada asignatura en la Facultad de Farmacia, sólo exigía
a los médicos, con una piedad que tenía mucho de desdén, un programa minúscu¬
lo de cuatro o cinco preguntas, en cada una délas cuales incluía tan sólo algunos
cuadros analíticos de aguas minerales, composición de la orina, leche, sangre;
cuadros sinópticos que todo el mundo se sabía de coro para salir del paso. Traba¬
jo perdido resultó también el estudio asiduo de la Historia de la Medicina, según
cierto libro francés declarado de texto. Mis condiscípulos de Madrid, que estaban
en el secreto, me desilusionaron profundamente al informarme de que la susodi¬
cha obra no servía de nada, puesto que el doctor Santero exigía casi exclusiva-
men é la doctrina de cierto librito, desconocido para mí, titulado Prolegómenos
clínicos, en cuyas páginas el afamado profesor de San Carlos desarrollaba elo¬
cuentemente un curso de filosofía médica y daba rienda suelta a su pasión fervo¬
rosa por Hipócrates y el hipocratismo. Sólo el doctor Maestre de San Juan, profe¬
sor de Histología, ateníase fielmente al enunciado de su asignatura, examinando
con arreglo al texto y programas oficiales.
No tuve, por consiguiente, más remedio que encasquetarme, en tres o cuatro
días de trabajo febril, los amenos cuadros analíticos del doctor Rioz y los briosos
y entusiastas alegatos vitalistas del doctor Santero. Gran suerte fué salir del apre¬
tado lance sin más consecuencias que una horrible cefalalgia y cierta aversión en¬
conada a la mal llamada libertad de enseñanza; merced a la cual se da con fre¬
cuencia el caso— hoy como entonces— de que el alumno libre, fiado en la promesa
del programa oficial, ignore la materia explicada por el catedrático, y de que éste
prescinda, a veces, con admirable desenvoltura, de la ciencia que, reglamentaria¬
mente, viene obligado a explicar.
Sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el doctor
Maestre de San Juan y sus ayudantes (el doctor López García entre otros) tuvie¬
ron la bondad de mostrarme, y deseoso por otra parte de aprender lo mejor posible
' la Anatomía g-enera/, complemento indispensable de la descriptiva, resolví, a mi
regreso a Zaragoza, crearme un Laboratorio micrográfico. Contando con la bondad
inagotable de don Aureliano Maestre, aprobé fácilmente la Histología; pero no ha¬
bía visto preparar, ni era capaz de efectuar el más sencillo análisis micrográfico.
Y fué lo peor que, a la sazón, .no había en Zaragoza persona capaz de orientarme
en los dominios de lo infinitamente pequeño. Además, la Facultad de Medicina, de
que era yo ayudante y auxiliar, andaba muy escasa de medios prácticos. Sólo en
el Laboratorio de Fisiología existía un microscopio bastante bueno. Con este ve¬
terano instrumento, y gracias a la buena amistad con que me distinguía el doctor
Borao (1), por entonces ayudante de Fisiología, admiré por primera vez el sor¬
prendente espectáculo de la circulación de la sangre. De tan sugerente demostra¬
ción he hablado ya en otro lugar (2), Aquí expresaré tan sólo que ella contribuyó
sobremanera a desarrollar en mí la añción a los estudios micrográficos.
Escogido un desván como obrador de mis ensayos prácticos, y reunidos algu¬
nos reactivos, sólo me faltaba un buen modelo de microscopio. Las menguadas
reliquias de mis alcances de Cuba no daban para tanto. Por fortuna, durante mi
(1) Este simpático condiscipulo, hijo del Rector de la Universidad de Zaragoza, don Jerónimo Bo¬
rao, murió muy joven.
(2) Caíal; Reglas y conejos sobre investigacián biológica, 5.* edición muy aumentada, páginas
105 y 106.
156
S. RAMÓN Y CAJAL
Última jira a la Corte, me enteré de que en la calle del León, núm. 25, principal
(¡no lo he olvidado todavía!), habitaba cierto almacenista de instrumentos médicos,
don Francisco Chenel, quien proporcionaba, a plazos, excelentes microscopios de
Nachet y Verick, marcas francesas entonces muy en boga. Entablé, pues, corres¬
pondencia con dicho comerciante y ajustamos lás condiciones; consistían en abo¬
narle en cuatro plazos 140 duros, importe de un buen modelo Verick, con todos
sus accesorios. La amplificación de las lentes (entre ellas figuraba un objetivo de
inmersión al agua) pasaba de 800 veces. Poco después me proporcioné, de la mis¬
ma casa, un microfomo de Ranvier, una tournette o rueda giratoria y otros muchos
útiles de micrografía. A todo subvinieron mi paga modesta de auxiliar y las flacas
ganancias proporcionadas por los repasos de Anatomía; pero las bases financie¬
ras del Laboratorio y Biblioteca fueron mis economías de Cuba. Véase cómo las
enfermedades adquiridas en la gran Antilla resultaron a la postre provechosas.
Por seguro tengo que, sin ellas, no habría ahorrado un céntimo durante mi estan¬
cia en Ultramar, ni contado, por consiguiente, para mi educación ciéntífica con los
recursos indispensables.
Menester era, además, adquirir libros y revistas micrográficos. Escaso andaba
de los primeros, a causa de no traducir el alemán, idioma en que corrían impresos
los mejores Tratados de Anatomía e Histología. Solamente en versiones francesas
conseguí leer la Anatomía general, de Henle, y el Tratado clásico de Histología e
Histoquimia, de Frey, El Van Kempen y el Robín, excelentes libros franceses, sir¬
viéronme igualmente de guías. Para los trabajos prácticos pude consultar el Mi¬
croscopio, en Medicina, de Beale, su Protoplasma y vida y el conocido Manual téc¬
nico, de Latteux. En cuanto a revistas científicas, la escasez de mi peculio me
obligó a circunscribirme al abono de unos Archivos ingleses (The Quarterly mi-
croscopical Science) y a una revista mensual francesa, dirigida por E. Pelletan
(Journal de micrographie). De obras españolas disponía de la del doctor Maestre
de San Juan, muy copiosa en datos, aunque de lectura un tanto difícil.
Como se ve por lo expuesto, empecé a trabajar en la soledad, sin maestros, y
con no muy sobrados medios; mas a todo suplía mi ingenuo entusiasmo y mi fuer¬
za de voluntad. Lo esencial para mí era modelar mi cerebro, reorganizarlo con
vistas a la especialización, adaptarlo, en fin, rigurosamente a las tareas del La¬
boratorio.
Claro es que, durante la luna de miel del microscopio, no hacía sino curiosear
s n método y desflorar asuntos. Se me ofrecía un campo maravilloso de explora¬
ciones, lleno de gratísimas sorpresas. Con este espíritu de espectador embobad o
examiné los glóbulos de la sangre, las células epiteliales, los corpúsculos muscu¬
lares, los nerviosos, etc., deteniéndome acá y allá para dibujar o fotografiar las es¬
cenas más cautivadoras de la vida de los infinitamente pequeños.
Dada la facilidad de las demostraciones, sorprendíame sobremanera la ausen¬
cia casi absoluta de curiosidad objetiva de nuestros Profesores, los cuales se pa¬
saban el tiempo hablándonos prolijamente de células sanas y enfermas, sin hacer
el menor esfuerzo por conocer de vista a esos transcendentales y misteriosos pro¬
tagonistas de la vida y del dolor. ¡Qué digo!... ¡Muchos, quizás la mayoría de los
Profesores de aquellos tiempos, menospreciaban el microscopio, juzgándolo hasta
perjudicial para el progreso de la Biología!... A juicio de nuestros misoneístas del
magisterio, las maravillosas descripciones de células y de parásitos invisibles
constituían pura fantasía. Recuerdo que, por aquella época, cierto catedrático de
Madrid, que jamás quiso asomarse al ocular de un instrumento amplificante, cali-
RECUERDOS DE MI VIDA
157
ficaba de Anatomía celestial a la Anatomía microscópica. La frase, que hizo fortu¬
na, retrata bien el estado de espíritu de aquella generación de Profesores.
Sin duda, contábanse honrosas excepciones. De cualquier modo, importa notar
que, aun los escasos maestros cultivadores del instrumento de Jansen y creyentes
en sus revelaciones, carecían de esa f,e robusta y de esa inquietud intelectual que
inducen a comprobar personal y diligentemente las descripciones de los sabios.
Acaso diputaban la técnica histológica cual disciplina dificilísima. De semejante
dejadez y falta de entusiasmo tocante a investigaciones que han revolucionado des¬
pués la ciencia y descubierto horizontes inmensos a la fisiología y a la patología»
da también testimonio un curioso relato de A. Kolliker (1), célebre histólogo ale¬
mán que visitó Madrid allá por el año de 1849.
Comenzaba, según decía, a deletrear con delectación el admirable libro de la
organización íntima y microscópica del cuerpo humano, cuando se anunció en la
Gaceta la vacante de las cátedras de Anatomía descriptiva y general de Granada y
Zaragoza. Contrarióme la noticia, porque distaba mucho de estar preparado para
tomar parte en el arduo torneo de la oposición. Según dejo apuntado en párrafos
anteriores, antes de entrar en liza, hubiera deseado presenciar este linaje de con¬
tiendas, conocer los gustos del público y de los jueces, adquirir, en suma, el cri¬
terio con que se aprecian los valores positivos cotizables en el mercado universita¬
rio. Pero el autor de mis días, que, como todo padre, se hacía hartas ilusiones acer¬
ca de los méritos y capacidades de su hijo, mostróse irreductible. No hubo, pues,
más remedio que obedecerle. Y así, desesperanzado, y haciendo,' como suele de¬
cirse, de tripas corazón, concurrí a aquellas oposiciones, en las cuales, para tres
plazas, lucharon encarnizadamente nueve o diez opositores, algunos verdadera¬
mente brillantes.
Durante los ejercicios, mis fundados recelos quedaron plenamente confirma¬
dos. Pusieron aquéllos de manifiesto, según yo presumía, que en la Anatomía
descriptiva clásica y prácticas de disec^ón rayaba yo tan alto como el que más.
Pero la imparcialidad me obliga a reconocer que, bajo ciertos aspectos, mostré
también deplorables deficiencias: desdén hacia normas interpretativas sacadas de
la anatomía comparada, la ontogenia o la filogenia; desconocimiento de ciertas
minucias y perfiles de técnica histológica puestos en moda por el Dr. Maestre
de San Juan y el reciente libro de Ranvier,^para mí desconocido; en fin, desvío hacia
todas esas especulaciones de carácter ornamental, preciadas flores de pensamien¬
to que ennoblecen las áridas cuestiones anatómicas y elevan y amenizan la dis¬
cusión.
Pero no fué esto sólo. En aquella’ocasión revelé, además, lagunas de educa¬
ción intelectual y social no sospechadas por mi padre. Perjudicóme, en efecto
(1) A. Kólliker: Erinnerungen aus meinem Lében. Leipzig, 1892. En una carta a su familia, incluida
en este libro, describe el Museo de ciencias naturales, instalado por entonces (1849) en la Casa de Adua¬
nas (actual Ministerio de Hacienda), y añade: «Del Director Graelis debo contaros una anécdota. Luce
en su Laboratorio un magnífico microscopio francés, y como yo le pregnntara sí había investigado algo
con él, contestóme que no había tenido todavía ocasión de aplicarlo a sus trabajos dentíficos por desco¬
nocer su manejo. Rogóme que hiciera alguna demostradón con .dicho instrumento. Entonces procedí,
en unión de un amigo (M. Witich). a mostrarle los glóbulos de la sangre humana y la fibra muscular
estriada, ante cuyo espectáculo reveló al egria infantil y nos dió gradas calurosas».
Sí el ilustre sabio alemán hubiera visitado veinte años después nuestras Facultades de Medicina y
Ciencias, habría podido comprobar igual abandono y apatía. Los imponentes modelos de microscopios
de Ross o de Hartnak, continuaban inmaculados en sus cajas de caoba, sin otro fin que ezdtar en vano
la curiosidad de los alumnos o la ingenua admiradón de los papanatas.
158
S. RAMÓN Y CAJAL
sobremanera, mi ignorancia de las f ormas de la cortesía al uso en los torneos
académicos; me deslució una emotividad exagerada, achacable sin duda a mi nati¬
va timidez, pero sobre todo a la falta de costumbre de hablar ante públicos selec¬
tos y exigentes; hízome, en fin, fracasar la llanezá y sencillez del estilo y hasta, a
lo que yo pienso, la única de mis buenas cualidades: la total ausencia de pedan¬
tismo y solemnidad expositiva. Entre aquellos jóvenes almibarados, educados en
el retoricismo clásico de nuestros Ateneos, mi franqueza de pensamiento y sen¬
cillez de expresión sonaban a rusticidad y bajeza. En mi candor provinciano
asombrábame el garbo y gallardía con que algunos opositores de la clase de fa¬
cundos hacían excursiones de placer por el dilatado campo del evolucionismo o
del vitalismo, o, cambiando de registro, proclamaban, sin venir a cuento y llenos
de evangélica unción, la existencia de Dios y del alma, con ocasión de referir la
forma del calcáneo o del apéndice ileocecal.
Pero, volviendo a mi derrota, añado que sólo en dos cosas atraje un tanto. la
curiosidad del público y del Jurado: por mis dibujos de color en la pizarra el día
de lá lección, y por los copiosos detalles con que adorné las pocas preguntas de
anatomía descriptiva que me tocaron en el primer ejercicio (la mayoría de los
temas se referían a técnica histológica y a cuestiones generales, en que yo flojea¬
ba). En cuanto al ejercicio práctico, en que tantas esperanzas cifrara el autor de
mis días, constituyó, como de costumbre, pura comedia. Escogióse al efecto una
disección llanísima: la preparación de algunos ligamentos articulares. De esta
suerte todos quedamos iguales.
En mi fracaso, que sentía sobretodo por el disgusto y decepción que iba a oca¬
sionar a mi progenitor y maestro, me consoló algo el saber que se me adjudicó un
voto para una de las cátedras, y que este voto lo debí a un profesor tan sabio,
recto, austero y concienzudo como el Dr. Martínez y Molina, con razón llamado la
perla de San Carlos {\).
Transcurrido más de un año (1879), se anunció a oposición la vacante de la cá¬
tedra de Granada. Conocedor de mis defectos, había procurado corregirlos en la
medida de lo posible. Perfeccionóme en la técnica histológica, sirviéndome de guía
el admirable libro titulado Manuel technique d’histologie, escrito por Ranvier, ilus¬
tre profesor del Colegio de Francia; aprendí a traducir el alemán científico; adquirí
y estudié a conciencia diversas obras tudescas de Anatomía descriptiva, general
y comparada; me impuse en las modernas teorías tocantes a la evolución, de que
por entonces eran portaestai dartes ilustres Daiwin, Háckel y Huxley; amplié
bastante mis noticias embriológicas; adornóme, en fin, con algunos de aquellos
primores especulativos que, según pude ver, seducían, acaso más de la cuenta, a
públicos y tribunales. Por primera vez en mi vida decidí, pues, ser algo hábil y sa¬
crificar a las gracias.
Tranquilo y esperanzado estaba, dando los últimos toques a mi intensa pre¬
paración anatómica, cuando cierto día me detiene un amigo, espetándome a que¬
marropa:
—Deseo darte un consejo. No te presentes en las próximas oposiciones a la
cátedra de Granada.
(Ij Tiempo después me dijeron que el Dr. Martínez y Molina, único juez que descubrió algún mé¬
rito en el humilde y desconocido provinciano, consenso mucho tiempo, a los fines de la demostración
«n cátedra, mis representaciones en color del tejido óseo y del proceso de la osificación. Tan tímido y
huraño era yo entonces, que ni siquiera me atreví a visitarle para agradecerle su honrosa y toni-
ficadora atención.
RECUERDOS DE MI VIDA
159
—¿Por qué?
—Porque no te toca todavía: déjalo para más adelante y todo saldrá a pedir
de boca.
— Pero...
—Advierte, criatura, que el tribunal de oposiciones que acaba de nombrarse
ha sido forjado expresamente para hacer catedrático a Aramendia, por cuyos ta¬
lentos el doctor Calleja, el inevitable arreglador de jurados médicos, siente gran
admiración (1).
—¡Pero si Aramendia se ha preparado siempre para oposiciones a Patología
médica y jamás se ocupó de Anatomía!...
—Cierto; mas no es cosa de esperar varios años una vacante de Patología.
Sus poderosos protectores desean hacerlo catedrático sobre la marcha; y puesto
que, por ahora, la única puerta abierta es la Anatomía descriptiva, a ella se atie¬
nen. ¡Vamos!... sé por una vez siquiera sumiso y razonable, y evita el aumentar,
con tus imprudencias, el número de tus enemigos. Cediendo, te congraciarás con
personajes omnipotentes, de cuya buena voluntad depende tu porvenir...
—Agradezco tus consejos, pero no puedo seguirlos. Desertando de las oposi¬
ciones, mi padre se pondría furioso, y yo no tendría más remedio que arrinconar- •
me en un pueblo. Además, después de varios años de asidua preparación anató¬
mica, ¿no sería bochornoso desaprovechar la primera ocasión que se me presenta
para justificar mis pretensiones? Por importante que sea alcanzar la anhelada
prebenda, lo es todavía más demostrar a mis jueces y al público que he aumenta¬
do mis conocimientos y que, penetrado de mis defectos, he sabido, si no corre¬
girlos del todo, atenuarlos algo, triunfando de mí mismo,
—¡Pues no serás nunca catedrático o lo serás muy tarde, cuando peines
canas!...
—Al precio de la cobardía y de la abdicación no lo seré nunca...
Pronto tuve ocasión de comprobar la exactitud de la noticia. En efecto, el tri¬
bunal, salvo alguna excepción, constaba de amigos y clientes del que por entonces
ejercía omnímoda e irresistible influencia en la provisión de cátedras de Medici¬
na. En descargo del aludido personaje, debo, sin embargo, declarar que Aramen¬
dia había sido un brillante discípulo suyo, que adornaban a éste prendas relevan¬
tes de carácter y talento, y además que en asegurar el triunfo del novel anatómico
puso todo su empeño eí doctor Fernández de la Vega, catedrático de Anatomía de
Zaragoza, pariente del ilustre presidente del tribunal y condiscípulo y fraternal
amigo del referido competidor.
^ A su tiempo (2), efectuáronse las oposiciones. En ellas tuve la suerte de paten¬
tizar los progresos de mi aplicación. Mis conocimientós histológicos proporcioná¬
ronme ocasiones de lucimiento; y la lectura de las revistas y libros alemanes, ig¬
norados de mis adversarios, ninguno de los cuales traducía el tudesco, prestaron a
mi labor un colorido de erudición y modernismo sumamente simpático.
Sólo había un contrincante que contrarrestaba y soslayaba habilísimamente
mis asaltos, si no por la superioridad de su preparación anatómica (que era nada
vulgar), por la claridad y agudeza de su entendimiento y la hermosura incompara-
(1) Maertos Race años los personajes citados y no debiéndoles siuo justicia estricta, expresada con
toda clase de respetos, prescindo y prescindiré en adelante de las alusiones anónimas de la primera edi¬
ción de este libro.
(2) Efectuáronse en 1880.
160
S. RAMÓN Y CAJAL
ble de su palabra. Aludo al malogrado e ilustre maestro don Federico Olóriz, quien,
estrenándose en aquella contienda, dió ya la medida de todo lo que valía y podía
esperarse del futuro catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid.
Entonces, don Federico, que figuraba en mi trinca, atacábame reciamente,
persuadido quizás de que yo era el único adversario serio con quien tenía que ha¬
bérselas. Y cuando, platicando campechanamente en los pasillos de San Carlos,
le saqué de su error, pronunciando el nombre del afortunado candidato oficial,
reíase de lo que llamaba mis pesadas bromas aragonesas.
—¡Pero si no pasa de ser un joven discreto que denuncia a la legua al novicio
en los estudios anatómicos y en el arte de la disección!
—Pues ese anatómico improvisado será catedrático de Granada, y usted, con
todo su saber y talento, tendrá que resignarse al humilde papel de ayudante suyo,
a menos de cambiar definitivamente de rumbo!...
—¡Absurdo!...
Pero el absurdo se convirtió en realidad. Los amigos del presidente dieron una
vez más pruebas de su inquebrantable disciplina, y el pobre Olóriz, asombro del
público y de los jueces, tuvo que contentarse con un tercer lugar en terna (yo ob¬
tuve el segundo).
Con todo lo cual no quiero expresar que el candidato preferido fuera un mal
catedrático. El dictador de San Carlos no solía poner sus ojos en tohtos. Dejo
consignado ya que Aramendia era un joven de mucho despejo y aplicación y que,
si se lo hubiera propuesto de veras, habría llegado a ser un excelente maestro de
Anatomía. En aquella contienda faltáronle preparación teórica suficiente y voca¬
ción por el escalpelo. Así, en cuanto se le proporcionó ocasión, trasladóse a una
cátedra de Patología médica de Zaragoza, donde resultó, según era de presumir,
un buen maestro de Clínica médica. Más adelante, con aplauso de muchos— in¬
cluyendo el mío muy sincero—, ascendió, por concurso, a una cátedra de Patolo¬
gía médica de San Carlos.
Creo que fué en marzo de 1879 cuando se me nombró, en virtud de oposición.
Director de Museos anatómicos de la Facultad de Medicina de Zaragoza. De aque¬
llos ejercicios, a que concurrió, entre otros jóvenes, cierto discípulo muy brillante
de la Escuela de Valencia— por cierto apasionadísimo de Darwin y de Háckel— ,
sólo quiero recoger un dato revelador de las grandes simpatías con que me distin¬
guían mis paisanos y maestros. Acabado el último ejercicio, los dos catedráticos
zaragozanos votaron sin vacilar al opositor valenciano; y precisamente los tres
profesores forasteros, que acababan de ganar por oposición sus cátedras, y eran,
por tanto, ajenos a las ruines rencillas de campanario, me otorgaron sus sufragios.
Uno de estos varones rectos, a quienes debo eterno agradecimiento, fué don Fran¬
cisco Criado y Aguilar, que fué después profesor de la Facultad de Medicina de
Madrid (1). Y es que, entre otros muchos graves defectos, he tenido siempre una
incapacidad radical para adular a los poderosos.
Transcurridos cuatro años (1883) publicáronse dos nuevas vacantes a proveer
en turno de oposición: la de Madrid, producida por el fallecimiento del caballero-
(1) Aquel resultado fué decisivo para mi carrera. Si cualquiera de los jueces forasteros que tuvieron
la bondad de apoyarme hubiera atendido las voces rencorosas de ciertos profesores aragoneses, mi vida
hubiera corrido por cauce diferente. Poique mi padre, algo desilusionado a causa de mi derrota en Ma¬
drid, había resuelto, en caso de nuevo fracaso, convertirme en médico de partido. Y de seguro lo hubie¬
ra conseguido, aunque no el que yo abandonase mis aficiones predilectas hacia la investigación micro
RECUERDOS DE MI VIDA
161
SO y buenísimo doctor Martínez Molina, y la de Valencia, debida a la muerte del
doctor Navarro. Modesto y apocado como siempre en mis aspiraciones, firmé ex¬
clusivamente las oposiciones de Valencia; con mejor acuerdo, Olóriz solicitó am¬
bas plazas.
En aquella ocasión demostróse una vez más el adagio vulgar: «del exceso del
mal viene el remedio». El escándalo provocado por la injusticia cometida con
Olóriz o conmigo en las precedentes oposiciones a la cátedra de Granada (1880),
repercutió desde la Universidad al Gobierno. Y ocurrió que el Sr. Gamazo, a la
sazón ministro de Fomento, resuelto a evitar nuevos abusos, designó, o influyó
para que se designase, un Tribunal cuyo saber e independencia estuvieran al abri¬
go de toda sospecha. La presidencia del nuevo Jurado fué otorgada al doctor
Encinas, quien, con la ruda franqueza habitual en él, expresó al ministro:
—Donde yo esté no valdrán chanchullos. A fuer de caballero, prometo desde
ahora que, o no habrá catedrático, o lo será por unanimidad. Y eso lo mismo en la
cátedra de Madrid que en la de Valencia.
Y así acaeció.
Gracias a la imparcialidad de este Tribunal, donde, según tengo entendido, no
figuraba ningún juez de los anteriores, Olóriz y yo, infelices provincianos despro¬
vistos de valedores, conseguimos al fin honrarnos con la toga del magisterio uni¬
versitario. Como teníamos descontado, el brillante discípulo de la Escuela de Gra¬
nada triunfó sobre sus contrincantes por voto unánime de los jueces. Y el mismo
Tribunal, salvo el presidente, que, por motivos de salud, fué sustituido por el gran
Letamendi, tuvo también la bondad de proponerme, nemine discrepante, para la
cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina de Valencia. Yo rendí siempre al
genialísimo maestro catalán culto^ fervoroso; pero desde entonces, a la ingenua
admiración intelectual, juntáronse las cálidas y leales ofrendas del afecto y la gra¬
titud (1).
(1) Pasadas aquellas oposiciones, trabé intimidad con el eximio catedrático de Patología general de
San Carlos, acudiendo casi diariamente a su casa, donde había instalado un Laboratorio de mícrografía
y bacteriología. Letamendi tenía empeño en ilustrar su obra, en vías de ejecución, Curso de Patología,
general, con microfotografías, y yo me presté a ejecutar algunas pruebas y a enseñar a los ayudantes del
maestro la fabricación de las placas ultra-rápidas al gelatino-bromuro, entonces poco o nada conocidas.
¡Qué ratos deliciosos pasaba junto a aquel hombre cuyo ingenio, vibrante de gracia y de agudeza, proyec¬
taba vivísima luz sobre las cuestiones más abstrusas y que, cuando no convencía (era, por desgracia, un
extraordinario paradojista), sabía al menos hacer pensar!...
CAPITULO XXVII
CAIGO ENFERMO CON UNA AFECCIÓN PULMONAR GRAVEl— ABATI MIENTO Y DESESPE¬
RANZA DURANTE MI CURA EN PANTICOSA.— RESTABLECIMIENTO DE MI SALUD EN
SAN JUAN DE LA PEÑA.— LA FOTOGRAFÍA COMO ALIMENTO DE MIS GUSTOS ARTÍS¬
TICOS CONTRARIADOS. — CONTRAIGO MATRIMONIO Y COMIENZAN LAS PREOCUPA¬
CIONES DE LA FAMILIA, QUE EN NADA MENOSCABAN EL PROGRESO DE AlIS ESTU¬
DIOSE-VATICINIOS FALLIDOS DE MIS PADRES Y AMIGOS CON OCASIÓN DE MI
BODA.— MIS PRIMEROS ENSAYOS CIENTÍFICOS
El deseo de juntar en un solo capítulo cuanto se refiere a ihis fracasos y éxi¬
tos como opositor, me han llevado a alterar el orden cronológico de la na¬
rración. Ñecesito, pues, remontar ahora en la corriente de mis recuerdos y
referir algunos hechos ocurridos en el lapso de tiempo mediante entre 1878 y 1883,
fecha de mi toma de posesión de la cátedra de Anatomía de Valencia.
Allá por el año de. 1878, hallábame cierta noche en el jardín del café de la Ibe¬
ria, en compañía de mi querido amigo D. Francisco Ledesma— abogado de talento
y a la sazón capitán del Cuerpo de Administración Militar—, jugando empeñada
partida de ajedrez. Cuando más absorto estaba meditando una jugada, me acome¬
tió de pronto una hemoptisis. Disimulé lo mejor que pude el accidente, para no
alarmar al amigo, y continué la partida hasta su término. Con la preocupación
consiguiente, retiróme a casa. En el camino cesó casi del todo la hemorragia. Nada
dije a la familia; cené poco; rehuí toda conversación de sobremesa y acostóme en
seguida. Al poco rato me asaltó formidable hemoptisis: la sangre, roja y espumosa,
ascendía a borbotones del pulmón a la boca, amenazándome con la asfixia. Avisé
a mi padre, que se alarmó visiblemente, prescribiéndome el tratamiento habitual
en casos tales.
La palidez y emaciación progresivas que había notado en su hijo desde algu¬
nos meses atrás, en complicidad con los efectos del paludismo, jamás completa¬
mente extirpados, le habían conducido a formular grave diagnóstico. Natural¬
mente, mi padre tuvo la cautela de ocultar sus fatídicos pronósticos; pero yo
los adiviné fácilmente, al través de su, minucioso interrogatorio y de sus frases
artificiosamente alentadoras.
Además, un médico rara vez se hace ilusiones sobre su estado. Estaban de¬
masiado frescos en mi memoria los síntomas del terrible mal aprendidos en los
libros, así como las tristes imágenes de infelices soldados que, después de su re¬
patriación, morían en los hospitales o en el seno de sus familias, víctimas de la
tisis traidoraraente preparada por el paludismo. Por otra parte, mi hábito exterior
no engañaba a nadie: la fiebre alta consecutiva ai accidente hemorrágico, la dis-
RECUERDOS DE MI VIDA
nea, la tos pertinaz, los sudores, la demacración..., todos los rasgos de mi dolen¬
cia coincidian punto por punto con aquellas deplorablemente exactas descripcio¬
nes de las obras patológicas. ¡Cuánto hubiera yo dado entonces por borrar las no¬
ciones científicas aprendidas! ¡Qué pena ser médico y enfermo a la vez!...
Ello es que caí en un abatimiento y desesperanza que no había conocido ni en
los más graves episodios morbosos de mi estancia en Cuba. Contribuyó también,
sin duda, a mi desaliento el recuerdo, harto vivo y punzante, de mi vencimiento
en Madrid.
Me era imposible desterrar de mi espíritu la angustiosa idea de la muerte. Afe¬
rrábase a mi sensibilidad exasperada con una obstinación que rechazaba, á priori,
los planes terapéuticos e higiénicos mejor encaminados. Consideraba fenecida mi
carrera, frustrado mi destino, pura quimerá el ideal de contribuir con algo al acer¬
vo común de la cultura patria.
Reconocí, lleno de amargura, que el disparatado romanticismo adquirido du¬
rante mi adolescencia con las imbéciles lecturas de Chateaubriand, Lamartine,
Víctor Hugo, Lord Byron y Espronceda, me había envenenado. A causa de ell as
había consumido sandiamente todo el rico patrimonio de energía fisiológica here¬
dado de mis mayores. En mi desesperación, volvíme misántropo y llegué a menos¬
preciar las cosas más santas y venerables!...
Dos meses después pude, sin embargo, abandonar el lecho, pero sin alegría y
sin ilusiones. «Esto es una tregua— me decía—, no una resurrección. Volverán
nuevos ataques y con ellos el ineluctable desenlace!. .»
Sólo la religión me hubiera consolado. Por desgracia, mi fe había sufrido honda
crisis con la lectura de los libros de filosofía Ciertamente, del naufragio se habían
salvado dos altos principios; la existencia del alma inmortal y la de un ser supre¬
mo rector del mundo y de la vida. Pero la especie de estoicismo a lo Epicteto y
Marco Aurelio, que yo profesaba entonces (si verdaderamente profesaba alguna
filosofía), no transcendía del mundo del pensamiento a la esfera de la voluntad. El
instinto vital, esencialmente egoísta, se rebelaba contra las consecuencias prácti¬
cas de una concepción filosófica que pone la dicha en la serena resignación al
destino y en la ciega obediencia a las leyes naturales.
«Admito— me decía— que el viejo, y más si es filósofo, muera impasible y re¬
signado; la muerte llega en sazón, cumplido el fin primordial de la vida, labrado un
modesto sillar en el luminoso templo del espíritu.» Por lo cual comprendía bien
que Epicuro, anciano, atormentado por el mal de piedra, y sobreponiéndose a sus
torturas, escribiera a su amigo Idomeneo estas palabras, donde resplandece noble
y consolador orgullo: «Hallándome en el feliz y último día de mi vida, y aun ya
muriendo, os escribimos así: tanto es el dolor que nos causan la estrangurria y la
disentería, que parece no puede ser ya mayor su vehemencia. No obstante, se
compensa de algún modo con la recordación de nuestros inventos y racio¬
cinios» (1).
¿Dónde estaban mis invenciones para consolarme? ¿Cómo aceptará resignado
la muerte quien, por no haber en realidad vivido, no deja rastro de sí ni en los li¬
bros ni en las almas? Esta idea de la irremediable inutilidad de mi existencia su¬
mergíame en angustiosa zozobra.
Más sereno y alentado que yo, mi padre concibió esperanzas de curación, al
advertir en mi dolencia los primeros tenues signos de alivio. Para consolidarlo
(1) Diógenes Laercio: Traducción de Ortiz y Sauz, 1887.
S. RAMÓN Y CAJAL
;l6í.
y acrecentarlo me envió, llegado el verano, a los tan acreditados baños de Pantico-
sa. Deseaba que, una vez tomadas las aguas, permaneciera yo un mes o dos, en
compañía de mi hermana, oreándome y fortaleciéndome en la cima , del famoso
Monte Paño, es decir, en San Juan de la Peña, donde existe un convento semi-
arruinado, habitado por pastores y rodeado de bosque seculares. El programa,
como vamos a ver, cumplióse en todas sus partes.
En Pan ticosa comencé a reaccionar algo contra mi desaliento. Sin embargo, de
vez en cuando, sufría crisis de sombría tristeza a lo Leopardi. El sentimentalismo
de mi adolescencia tuvo por aquel tiempo peligrosos retoñamientos. Unas veces,
escribía versos henchidos de necios e impíos apóstrofos; otras, inspirado en ideas
casi suicidas, ascendía renqueando y febril a los picachos próximos al balneario,
y me abismaba en la contemplación de aquel cielo azul, casi negro en fuerza de la
pureza del aire, y en donde en breve— pensaba yo —habría de perderse para siem¬
pre mi alma errante. Recuerdo que una tarde, presa de un rapto de negra melan¬
colía, escalé cima elevada, a la que llegué sin resuello y casi desfalleciente; y tutñ-
bado sobre una peña, concebí el propósito de dejarme morir de cara a las estre¬
llas, lejos de los hombres, sin más testigos que las águilas, ni más sudario que la
próxima nevada otoñal. ¡Qué delirios!...
Pero aquella muerte poética y romántica que yo apetecía (o fingía apetecer,
por puro diletantismo morboso,, porque realmente de aquellos nebulosos estados
de conciencia no me doy cuenta ahora claramente) no acababa de llegar. Y, cosa
singular, cuantas más atrocidades cometía menos grave me encontraba. Mi plan
curativo consistía en hacer todo lo contrario de lo aconsejado por los médicos. Y,
sin embargo, y contra mis esperanzas, semanas después, cesaron las hemoptisis;
disminuía la fiebre; abonanzaba el estado general; en fin, mis pulmones y múscu¬
los, sometidos a pruebas bárbaras, funcionaban de cada vez mejor. Estaba visto
que no se muere cuando se piensa. A lo mejor, el caballo que creíamos apocado y
débil resulta más animoso que el jinete, a quien suele dar elocuentes lecciones de
discreción y cordura. Poco a poco, la convicción de la vida se abrió paso en mi
corazón y en mi espíritu.
Aparte la incuestionable mejoría, contribuyó no poco a darme ánimos el suges¬
tivo y admirable espectáculo de la tranquilidad de los tuberculosos. Sabido es
que el valqr yla alegría son esencialmente contagiosos. Ninguno de aquellos tísi¬
cos, la mayoría jóvenes como yo, confesaba su mal; antes bien, afirmaban, imper¬
térritos, ser simples catarrosos o padecer del estómago. Algunos decían acudir al
balneario sin necesidad, por puro agradecimiento a las milagrosas aguas; palabras
' de seguridad que resultaban amargamente irónicas al contemplar el amoratado
círculo de los hundidos ojos y las febriles rosetas de las mejillas. Aun los postra¬
dos en el lecho, mostrábanse en su mayoría satisfechos, pareciendo abrigar la fir¬
me creencia en próxima curación. ¡Verdad es que no eran médicos!...
Recuerdo a este propósito la respuesta de una señorita muy discreta de Cer-
vera, a quien conocía por haber sido, durante mi estancia en Cataluña, varias
veces alojado en su casa. Sorprendido al contemplar los estragos que la traidora
enfermedad había causado en su hermoso rostro, le pregunté, harto indiscretamen¬
te, cómo iba de salud.
—Yo, muy bien, gracias a Dios— contestó— . Por fortuna no tengo nada. Si
vengo a estas aguas es por acompañar a mi padre, que padece un catarro crónico.
Tan aliviada me encuentro, que dentro de dos meses pienso casarme con L. (un
propietario muy honorable de la localidad).
RECUERDOS DE MI VIDA
165
Meses después supe que la valerosa doncella, cuya boda creía tan próxima
había fallecido por consunción. Y es que la mujer tiene para la enfermedad una
entereza de que carecemos los hombres. El instinto le da increíble fortaleza. Sabe
o adivina que la belleza es el resplandor de la salud, y oculta con exquisito pu¬
dor, y a veces con sutilísimos ardides, sus íntimas dolencias.
La afabilidad de los tuberculosos y, sobre todo, el tranquilo valor de la tísica
de Cervera, acabaron por avergonzarme. Resolví desde entonces no estar enfer¬
mo. Sobreponiéndose autocráticamente a mis pulmones, mi cerebro decretó que
todo era aprensión injustificada. Se acabaron para mí las meticulosidades del ré¬
gimen, las prescripciones de la higiene y de la farmacopea. En mi desprecio por
la terapéutica, suspendí definitivamente la bebida de la famosa agua nitrogenada,
e hice vida absolutamente normal. Ciertamente, mis pulmones refunfuñaban algo
y mi corazón se obstinaba en latir más de la cuenta; pero yo juré ño hacerles
caso. ¡Allá ellos! Y me entregué al dibujo, a la fotografía, a la conversación y al
paseo, como si tuviera ante mí un programa de vida y de acción inacabable.
Cuando, de regreso del balneario, pasé por Jaca y me instalé con mi hermana
en el monasterio nuevo de San Juan de la Peña, hallábame sumamente animado y
con todos los signos de una franca convalecencia. Lo apacible y pintoresco del lu¬
gar; una alimentación suculenta formada de carne y leche; jiras diarias por los
bosques circundantes; interesantes visitas al viejo monasterio de la Cueva, donde
duermen su eterno sueño los antiguos monarcas de Aragón; excursiones fotográ¬
ficas a los alrededores de la montaña y a la cercana aldea de Santa Cruz de la Se-,
rós, etc..., acabaron por traerme, con la seguridad del vivir, el vigor del cuerpo y la
serenidad del espíritu. Héteme, pues, reintegrado al cauce de la existencia, con
sus inquietudes y batallas. ¡Aún no era tiempo!...
Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos primeros to¬
nifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones del dolor, nos libran de
nuestras ideas, a veces más virulentas que el peor de los microbios, y derivan
nuestra sensibilidad hacia el mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes.
Además, volviendo a mi caso, mi hermana Paula resultó una enfermera ideal.
Considero que la fotografía, de que era yo entonces ferviente aficionado, co¬
operó muy eficazmente a distraerme y tranquilizarme. Ella me obligaba a conti¬
nuado ejercicio, y, proponiéndome a diario la ejecución de temas artísticos, sazo¬
naba la monotonía de mi retiro con el placer de la dificultad vencida y con la
contemplación de los bellos cuadros de una naturaleza variada y pintoresca.
Estas aficiones al arte de Daguerre habían nacido años antes, según dejo
apuntado más atrás, en la época del colodion heroico, y su cultivo vino a ser como
una compensación feliz, destinada a satisfacer tendencias pictóricas definitiva¬
mente defraudadas por consecuencia de mi cambio de rumbo profesional. Porque
sólo el objetivo fotográfico puede saciar el - hambre de belleza plástica de quie¬
nes no gozaron del vagar necesario para ejercitar metódicamente el pincel y la
paleta.
Más tarde, casado ya, llevé mi culto por el arte fotográfico hasta convertirme
en fabricante de placas al gelatino -bromuro, y me pasaba las noches en un grane¬
ro vaciando emulsiones sensibles, entre los rojos fulgores de la linterna y ante el
asombro de la vecindad curiosa, que me tomaba por duende o nigromántico. Esta
nueva ocupación, tan distante de mi devoción hacia la Anatomía, fué consecuen¬
cia de las insistentes demandas de los profesionales de la fotografía. Descono¬
cíanse por aquella época en España las placas ultrarrápidas al gelatino bromuro
166
S. RAMÓN Y CAJAL
fabricadas a la sazón por la casa Monckoven, y que costaban, por cierto, suma¬
mente caras. Habia yo leido en un libro moderno la fórmula de la emulsión argén¬
tica sensible, y me propuse elaborarla para satisfacer mis aficiones a la fotografía
instantánea, empresa inabordable con el engorroso proceder del colodión húmedo.
Tuve la suerte de atinar pronto con las manipulaciones esenciales y aun de mejo¬
rar la fórmula de la emulsión; y mis afortunadas instantáneas de lances del toreo,
y singularmente una, tomada del palco presidencial cuajado de hermosas señori¬
tas (tratábase de cierta corrida de beneficencia, patrocinada y presidida por la
aristocracia aragonesa), hicieron furor, corriendo por los estudios fotográficos y
alborotando a los aficionados. Mis placas rápidas gustaron tanto, que muchos de¬
seaban ensayarlas.
Sin quererlo, pues, me vi obligado a fabricar emulsiones para los fotógrafos de
dentro y fuera de la capital, instalando apresuradamente un obrador en el granero
de mi casa y convirtiendo a mi mujer en ayudante. Si en aquelia ocasión hubiera
yo topado con un socio inteligente y en posesión de algún capital, habriase crea¬
do en España una industria importantísima y perfectamente viable. Porque, en
mis probaturas, había dado yo, casualmente, con un proceder de emulsión más
sensible que los conocidos hasta entonces, y por tanto, de facilísima defensa con¬
tra la inevitable concurrencia extranjera. Por desgracia, absorbido por mis traba¬
jos anatómicos y con la preparación de mis oposiciones, abandoné aquel rico filón
que inopinadamente se me presentaba.
Pidiendo perdón al lector por la precedente digresión fotográfica, concluiré el
relato de mi enfermedad, añadiendo que retorné por octubre a Zaragoza con salud
casi floreciente y me consagré más entusiasmado que nunca al anfiteatro anatómi¬
co y a los estudios histológicos.
Allá a fines del 79, cuando, olvidado de mis achaques, acababa de obtener la
plaza de Director del Maseo Anatómico, tomé la resolución de casarme, contra la
opinión de mis padres y de los amigos, que presagiaban un desastre. Para un so¬
ñador impenitente, despreciador del vil metal y de todos los prejuicios sociales,
claro es que mi matrimonio debía indefectiblemente ser un enlace de amor.
He aquí cómo conocí a mi futura; De vuelta de un paseo por Torrero, encontré
cierta tarde a una joven de apariencia modesta, acompañada de su madre. Su ros¬
tro, sonrosado y primaveral, asemejábase al de las madonas de Rafael, y aún me¬
jor, a cierto cromo-grabado alemán que yo había admirado mucho y que represen¬
taba la Margarita del Fausto. Me atrajeron, sin duda, la dulzura y suavidad de sus
facciones, la esbeltez de su talle, sus grandes ojos verdes encuadrados de largas
pestañas y la frondosidad de sus rubios cabellos; pero me sedujo más que nada
cierto aire de infantil inocencia y de. melancólica resignación emanados de toda su
persona. Seguí a la gentil desconocida hasta su domicilio; averigüé que era huér¬
fana de padre— un modesto empleado—, y que se trataba de una muchacha hon¬
rada, modesta y hacendosa. Y entablé relaciones con ella. Tiempo después, sin que
los consejos de la familia fueran poderosos a disuadirme, me casé, no sin estudiar
a fondo la psicología de mi novia, que resultó ser, según yo deseaba, comple¬
mentaria de la mía.
Mi resolución, comentada por los camaradas en tertulias y cafés, fué unánime¬
mente calificada de locura. Ciertamente, mirado el acto desde el punto de vista
económico, podía conducir a la ruina. Valor se necesitaba, en efecto, para fun¬
dar una familia cuando todo mi haber se reducía al sueldo de 25 duros al mes, y a
los ocho o diez más, a lo sumo, granjeados por mis repasos de Anatomía e Histo-
Lámina XIV.
Monasterio viejo de San Juan de la Peña, donde se hallan
LOS sepulcros de los antiguos reyes de Aragón.
Lámina XV.
Retrato de mi novia un año antes de ser mi mujer.
La adjunta fotografía, alterada por el tiempo, apenas da idea de
los rasgos fisionómicos del original. Aun incurriendo en pecado de
grave indiscreción, la reproduzco aquí (entonces no se conocía el
exótico y horrible sombrero femenino), porque mi compañera, con su
abnegación y modestia, su amor al esposo y a sus hijos y su espíritu
de heroica economía, hizo posible la obstinada y obscura labor del
que escribe estas líneas.
RECUERDOS DE MI VIDA
167
logia. Así es que la boda se celebró casi en secreto; no quise molestar a parientes
ni amigos con andanzas que sólo interesaban a mi persona.
Recuerdo que cierto compañero, extrañado de verme entrar con tanta incons¬
ciencia e intrepidez en el gremio de los padres de familia, exclamó: «¡El pobre
Ramón se ha perdido definitivamente! ¡Adiós estudio, ciencia y ambiciones gene¬
rosas!»
Fatídicos eran los presagios: mi padre vaticinaba mi muerte en bteve plazo; los
amigos me daban por definitivamente fracasado.
Y en principio, mis censores tenían razón. Es incuestionable que, en la mayo¬
ría de los casos, la vanidad femenil, junto con las necesidades y afanes del hogar,
acaparan financieramente toda la actividad mental del esposo, a quien se impone,
con todo su desolador prosaísmo, el conocido primum v/i;ere...Mas en esta clase de
asuntos es preciso, para acertar, fijarse, más que en las enseñanzas de la expe¬
riencia general, en las condiciones individuales, en las tendencias y sentimientos
íntimos. Además, olvidamos a menudo que, en la sociedad conyugal, al lado de
factores económicos, actúan también resortes éticos y sentimentales decisivos, a
cuyo influjo prodúcense impensadas y casi siempre felices metamorfosis de la
personalidad física y moral de los esposos. En virtud de estos cambios, y de la
consiguiente integración ide actividades, la sociedad conyugal constituye una en¬
tidad superior, capaz de crear valores mentales y económicos enteramente nuevos
o apenas latentes en los sumandos.
Por no haber tenido en cuenta estos factores, fallaron de medio a medio las
profecías de los amigos. Físicamente, mejoré a ojos vistas, reconociendo todos
que, desde mi regreso de Cuba, jamás fué mi estado tan satisfactorio. Mi mujer,
con una abnegación y una ternura más que maternales, se desvelaba por cuidar¬
me y consolidar mi salud. En cuanto al tan cacareado abandono del estudio y de
toda ambición elevada, bastará hacer notar que años siguientes, y cuando ya tenía
dos hijos, publiqué mis primeros trabajos científicos y gané por oposición la cáte¬
dra de Anatomía de Valencia.
La armonía y la paz del matrimonio tienen por condición inexcusable el que la
mujer acepte de buen grado el ideal de vida perseguido por el esposo. Malógran-
se, por tanto, la dicha del hogar y las más nobles ambiciones cuando la compañe¬
ra se erige, según vemos a menudo, en director espiritual de la familia, y organiza
por sí el programa de las actividades y aspiraciones de su cónyuge. Bajo este as¬
pecto, debo confesar que jamás tuve motivo de disgusto.
Lejos de lamentar, según les ha ocurrido a muchos aficionados a la ciencia o
al arte en España (1), ésa derivación casi exclusiva de los ingresos hacia las disi¬
paciones y vanidades de la indumentaria, del teatro o del lujo doméstico, sólo
hallé en mi compañera facilidades para costear y satisfacer mis aficiones y conti¬
nuar mi carrera. No hubo, pues, dinero para perifollos, teatros, coches y veraneos,
pero sí para libros, revistas y objetos de Laboratorio. Y aunque estos elogios pa¬
rezcan extraños y aun inconvenientes en mi pluma (2), complázcomé en declarar
que, no obstante una belleza que parecía invitarla a brillar y ostentarse en visitas,
paseos y recepciones, mi esposa se condenó alegremente a la obscuridad, perma-
(1) A esto aludo particularmente en mi IVaro Reglas y consejos sobre la investigación biológica
.5.a edición, pág. 154 y siguientes.
(2) Sería yo injusto si por una mal entendida discreción callara que, durante mis primeros años de
proíesor, sólo la insuperable abnegación de mi esposa hizo posibles mis trabajos cientificos. Por algo
cierta dama de mucho talento solía decir: «La mitad de Cajal es su mujer.»
168
S. RAMÓN Y GAJAL
neciendo sencilla en sus gustos, y sin más aspiraciones qiíe la dicha tranquila el
buen orden en la administración del hogar y la felicidad del marido y de sus hijos
Que, dados mi carácter y tendencias, mi elección fué un acierto, reconociérS
pronto mis progenitores, singularmente mi madre, que acabó po querer s nTÍ
SEGUNDA PARTE
HISTORIA DE MI LABOR CIENTIFICA
PARTE SEGUNDA
CAPITULO PRIMERO
MIS ENSAYOS DE INVESTIGACIÓN.— MONOGRAFÍAS SOBRE LA INFLAMACIÓN Y LAS
TERMINACIONES NERVIOSAS.— CONOCIMIENTO DE MÍ MISMO Y QE LOS SABIOS.—
COBRO confianza EN MIS MODESTAS APTITUDES
SIN descartar enteramente la narración de sucesos ajenos a mi labor científica
(me hago cargo de que no escribo exfclusivamente para especialistas, sino
para un público culto de aficiones diversas) la Segunda Parte de este libro
será la historia de mis trabajos de Laboratorio. Estimo no desprovisto de interés
pedagógico referir cómo surgió y se realizó el pensamiento, un poco quimérico, de
fabricar Histología española, a despecho de la indiferencia, cuando no de la hosti¬
lidad, del medio intelectual.
Creo haber apuntado ya que en los últimos años de 'mi estancia en Zaragoza,
cuando era director del Museo Anatómico y había contraído matrimonio, instalé
en mi propia casa un modesto Laboratorio micrográfico, con la doble mira de dar
lecciones a los alumnos del doctorado y de adiestrarme en el manejo de la técni¬
ca histológica. Allí, en mezquino inmueble de la calle del Hospital, comencé a
tantear mis fuerzas inquisitivas, inspirándome, sobre todo, en los sabios consejos
del Tratado de Técnica Histológica de Ranvier;
Según es de presumir, mis primeros ensayos (en número de dos, publicados en
Zaragoza en folleto aparte) fueron bastante flojos.
El primero de ellos, intitulado: Investigaciones experimentales sobre la inflama¬
ción en el mesenterio, la córnea y el cartílago, apareció en 1880, ilustrado con algu¬
nos grabados litográficos que ejecuté yo mismo (1), falto de recursos para pagar
el trabajo de un artista. Discutíase entonces con calor entre los anatomopatólo¬
gos la cuestión del mecanismo íntimo de la inflamación, y singularmente el inte-
(1) A fin de ilustrar económicamente mis folletos, estudié prácticamente el manejo del láp:z y buril
litográficos. Todas mis publicaciones de .Zaragoza y Barcelona (1880 a 1890) llevan anejos grabados
litográficos de mi cosecha. Tan aficionado era a este proceder de reproducción, que llegué a aplicar la
fotografía al arte litográfico, obteniendo resultados aceptables- Los zaragozanos contemporáneos míos
acaso recuerden una hoja periodística extraordinaria, conmemorativa de la concesión del ferrocarril de
Zaragoza a Canfranc, algunos de cuyos dibujos, hechos a pluma y debidos a Pradilla y otros insignes
attistas aragoneses, fueron reproducidos fotolitográficamente por mí. Fué, según creo, la primera aplica¬
ción de la fotografía al grabado efectuada en España.
170
S. RAMÓN Y CAJAL
resante problema del origen de los glóbulos de pus. Deseando formar opinión
personal sobre el asunto, examiné experimentalmente el tema debatido, reprodu¬
ciendo y analizando esmeradamente los famosos experimentos de Cohnheim en
el mesenterio inflamado de la rana curarizada. Por desgracia, estaba yo entonces
harto influido por las ideas de Duval, Hayem y otros histólogos franceses (que ne¬
gaban la diapedesis de los glóbulos blancos) y fui arrastrado a una solución sin¬
crética o de transacción, errónea conforme suelen ser en ciencia casi todas las
opiniones diagonales.
Prescindiendo de las conclusiones, contiene este folleto bastantes detalles
nuevos acerca de las modificaciones de las células de los tejidos inflamados (cór¬
nea, cartílago, mesenterio); se señala en él por primera vez la capacidad fagocítica
de las plaquetas de la sangre; se estudian prolijamente las alteraciones del ce¬
mento Ínter-epitelial del peritoneo y de los capilares, etc.; pequeñas novedades
que, al igual de todo lo que di a la estampa por aquellos tiempos, pasaron abso¬
lutamente inadvertidas de los sabios. Ni podía ocurrir otra cosa escribiendo en
español, lengua desconocida de los investigadores, y haciendo tímidas ediciones
de 100 ejemplares, que se agotaban rápidamente en. regalos a personas ajenas a
mis aficiones. De todos modos, con el olvido de estas menudas aportaciones, no
se perdió cosa mayor. Por cierto que con ocasión de estos tímidos ensayos de
investigador, llegó a mis oídos' una frase desalentadora de algunos profesores:
¡Quién es Cajal para juzgar a los sabios extranjeros!... ¡Tan en la entraña de nues¬
tra raza había arraigado la convicción de nuestra triste y radical incapacidad para
el cultivo de la ciencia!
De más enjundia y de índole más estrictamente objetiva, fué mi segundo tra¬
bajo, aparecido también en Zaragoza bajo el título de Observaciones microscópi-^
cas sobre las terminaciones nerviosas en los músculos voluntarios, e ilustrado con
dos láminas litografiadas iluminadas a mano. En esta monografía se explora, con
los métodos entonces en boga (el del cloruro de oro y el del nitrato de plata ordi¬
nario), el modo de terminar las fibras nerviosas sobre los músculos estriados de
los batracitís, confirmando en principio las descripciones, entonces muy discuti¬
das, de Krause y Ranvier (1). Como positiva contribución al conocimiento del
tema, descríbense en dicho folleto algunos tipos nuevos de arborización nerviosa
terminal (cuatro variedades); se expone un interesante perfeccionamiento del mé¬
todo de Cohnheim al nitrato de plata (tratámiento previo de los músculos por ei
agua acetificada); se sugiere el empleo del virado al oro para reforzar las imágenes
argénticas (2) y se aplica, en fin, por primera vez, al teñido- del sistema nervioso
periférico el nitrato argéntico amoniacal, reactivo que, andando el tiempo y en las
manos de Fajersztajn y otros, había de ser fundamento de valiosos métodos de
impregnación de las fibras y células nerviosas.
No obstante la mediocridad de los resultados, dichos ensayos de labor inquisi-
(1) Estos tipos fueron más tarde considerados como fruto de propias investigaciones por Dogiel.
profesor de San Petersburgo, que, naturalmente, desconocia nuestro trabajo. Véase:
Dogiel: Methylenblauünction der motorischen Nervenendigungen in den Muskel der Amphibien
nnd Reptilien, Arch. für micros. Anat., Bd. 'XXXV, 1890.
También Cuccati confirma inconscientemente algunas de nuestras descripciones: Intern. Monatsch.
f. Anat, u. PJiysiol., Bd. X, 1888.
(2) El refuerzo y virado mediante el cloruro de oro es hoy corrientemente empleado en las impreg¬
naciones argénticas (método de Bielschowsky y sus variantes), nitrato de plata reducido, procederes de
Achúcarro. Río Hortega, de Da Fano, etc.). Todo el mundo ignora quién fué el primero en aconsejar este
perfeccionamiento tintorial.
RECUERDOS DE MI VIDA
171
tiva fueron para mí muy educadores. Me trajeron el conocimiento de mí mismo v
el conocimiento de la psicología de los sabios.
Claro es que yo me adjudicaba, á priori, con mucha petulancia y presun¬
ción, algunas aptitudes para la investigación científica. Sírvame de excusa mi ju¬
ventud y, sobre todo, el hecho psicológico de que, sin cierta inmodestia, nadie aco¬
mete empresa de importancia. De todas suertes, en cuanto me aventuré en el exa¬
men objetivo de los problemas biológicos, creció la fe en mí mismo, porque me
pareció que se confirmaban d posteriori las cualidades presupuestas, entre las
cuales (todas, naturalmente, de orden secundario, pero adecuadas para la labor em¬
prendida) descollaban: paciencia rayana en la obstinación para el adueñamiento
de los métodos histológicos; destreza y maña para reemplazar disposiciones expe¬
rimentales costosas con sencillos e improvisados artilugios; continuidad y celo in¬
fatigables para la observación de los hechos, y, en fin, la mejor de todas, flexibili¬
dad para cambiar bruscamente de opinión y corregir errores y ligerezas. Además
en aquella labor que mis colegas y amigos estimaban aburrida, hallaba yo la más
atrayente de las distracciones. Asomado ansiosamente al ocular, transcurrían rá¬
pidas las veladas invernales, sin echar de menos teatros y tertulias. Recuerdo que
una vez me pasé sobre el microscopio veinte horas seguidas, avizorando los ges¬
tos de un leucocito moroso, en sus laboriosos forcejeos para evadirse de un capi- .
lar sanguíneo.
Pero, como antes decía, no sólo trabé conocimiento conmigo mismo, sino tam¬
bién con los sabios; porque nada permite calar más hondo en el espíritu de los
demás investigadores que confrontar severamente su interpretación personal con
la realidad misma, siguiendo de cerca la táctica y esgrima empleadas por aquéllos
para dominar los obstáculos e insidias con que la naturaleza parece defenderse de
la humana curiosidad. En este cotejo entre el modelo y la copia, se hacen paten¬
tes la lucidez intelectual, la sólida cultura, los ardides metodológicos, a veces los
atisbos geniales; pero se reconocen también los prejuicios, descuidos y equivoca¬
ciones del hombre de ciencia. Una vez demostrados, estos pequeños errores resul¬
tan Utilísimos, ya que poseen la virtud de sacudir el apocamiento y la inercia del
principiante. De la compulsa general efectuada entre los libros y las cosas, saqué
entonces la conclusión de que los sabios— exceptuadas las escasas cabezas genia¬
les-son hombres como todos los demás, sin otra ventaja que el haberse prepara¬
do adecuadamente para la investigación al lado de maestros ilustres y en el tibio
invernáculo de las escuelas científicas .
Pero el fruto más preciado obtenido de los consabidos ensayos experimenta¬
les, fué la profunda convicción de que la naturaleza viva, lejos de estar agotada y
apurada, nos reserva a todos, grandes y chicos, extensiones inconmensurables de
tierras ignotas; y que, aun en los dominios al parecer más trillados, quedan toda¬
vía muchas incógnitas por despejar.
No llegaba, empero, mi optimismo hasta el punto de olvidar las dificultades de
la empresa y desconocer mi escasa preparación para acometerla. A pesar de mi
juvenil presunción, reconocí pronto alguno de mis defectos: urgía ampliar y mo¬
dernizar mis conocimientos en física y otras ciencias naturales; evitar seducciones
teóricas y encariñamientos hacia, las propias hipótesis; refrenar la natural propen¬
sión a publicar prematuramente, interpretando precipitadamente los hechos, sin
apurar antes y discutir rigurosamente todas las posibilidades; y, sobre todo, acre¬
centar suficientemente mi caudal bibliográfico, para descartar la amarga decep¬
ción de tomar cual propia cosecha el fruto del ajeno trabajo.
S. RAMÓN Y CAJAL
A corregir está última deficiencia,' que me preocupaba realmente— faltas conto
estaban y están todavía las Universidades españolas.de colecciones de revistas
extranjeras—, respondieron nuevos sacrificios pecuniarios. Aumenté la lista de
mis suscripciones con dos más: la del Journal de l’Anatomie et de la Physiologie,
publicado en París por el profesor Robín, que resumía las conquistas micrográfi-
cas de la ciencia francesa, y la del Archi]^ für mikroskopische Anatomie and Ent-
wikelunggesischte, publicación lujosa, adornada con admirables cromolitografías
dirigida por el ilustre W. Waldeyer, de Berlín, [y donde veían la luz las más va¬
liosas contribuciones de los histólogos y embriólogos alemanes, rusos y escan¬
dinavos.
Comprendí también que, a más de libros de texto extranjeros, debía adquirir
esas monumentales monografías, realzadas por moderna y puntual bibliografía,
escritas por sabios afamados o por una pléyade de investigadores eméritos. El
modelo, por entonces, de esta clase de extensos Tratados, preciosos para el devo¬
to del Laboratorio, era el Handbuch der Lehre den Geweben, del profesor Sfricker;
cada uno de sus capítulos corría a cargo de un [especialista renombrado. A dicha
categoría de extensas monografías pertenecían también los excelentes libros de
Ranvier, titulados ILeQons sur le Systéme nerveux (dos tomos) (1) y sus LeQons
d’ Anatomie générale (2), así como los bien documentados 7ra:tados de Schwalbe
acerca del sistema nervioso (Lehrbuch der Neurolsgie) y los órganos de los sen¬
tidos (Anatomie der Sinnesorgane).
Cuando a fines del año 1883 me disponía a trasladarme a Valencia, mi familia '
había aumentado con dos hijos y estaba a punto de nacerme otro. Véase cómo,
contra el parecer de mis amigos, los hijos de la carne no ahogaron los hijos del
espíritu. Si cada recién nacido trae bajo el brazo, según dicho vulgar, una hogaza,
cada monografía publicada aportaba, con las nobles satisfacciones del ánimo, el
pan material de la existencia. Ellas me dieren reputación de trabajador y estu¬
dioso— Ún icos méritos no regateados porque no causan envidia— y contribuyeron
a sustentar y elevar el crédito de mi modesta Academia de Anatomía e Histología.
Ellas, en fin, con mis libros posteriores, me granjearen después en Madrid valio¬
sas simpatías y aprobaciones.
(1) Ranvier.- Lecons sur l’Mstologie du systeme nervevx. Deux voluires, recueiniées par Weter. pa¬
rís, r878.
(2) Ranvier; Lecons d’ Anatomie générale faites au Collége deFrance, année 1878-1879.
Idem; Terminaisons nerveuses sensitites. Cornée. Legor s iccueilliées par Weber, 1883.
Idem; Appareils nerveux terminaux des m úseles déla vie erge ñique, eXc. I.efcns recueilüées par
Weber et Lataste. París, 1880.
Idem: Lefons sur le systeme mu sculaire, recueilliées par Renaut.
Cito menudamente los libros monográficos del ilustre bisíólogo francés, poique fueren, junto con ti
admirable Traitétechnigue de Eistologie, ya mencionado más atrás, ¡as obias que más influyeron en mi
educación micrográfica.
CAPITULO II
MI TRASLACIÓN A VALENCIA.— MIS JIRAS POR LA CIUDAD Y SUS ALREDEDORES.— LOS
ORADORES DEL ATENEO VALENCIANO. — EPIDEMIA COLÉRICA DE 1885 E INOCULA¬
CIONES PROFILÁCTICAS DEL DOCTOR FERRÁN.— ENCARO ..^DO POR LA DIPUTACIÓN
DE ZARAGOZA DEL ESTUDIO DE LA VACUNACIÓ.N ANTICOLÉRICA, DOY UNA CON¬
FERENCIA EN LA CAPITAL, ARAGONESA Y LA DIPUTACIÓN RECO.VIPENSA MI LABOR
PUBLICANDO MIS ESTUDIOS Y REGALÁNDOME MAGNÍFICO MICROSCOPIO.— RESUL¬
TADOS DE MIS INVESTIGACIONES SOBRE EL CÓ .ERA.— PUBLICO UN LIBRO DE HIS¬
TOLOGÍA.— LAS MARAVILLAS DE ESTA CIENCIA Y MIS TRASPORTES DE LIRISMO
CIENTÍFICO
Allá por los primeros días de enero de 1884 me trasladé a Valencia, tomando .
posesión de la Cátedra de Anatomía. Me hospedé provisionalmente con
mi familia en una fonda situada en la Plaza del Mercado, cerca de la
famosa Lonja de la Seda. Comprados los muebles necesarios, nos instalamos des¬
pués en modesta’casa de la calle de las Avellanas, donde disponía de sala holgada
y capaz para laboratorio.^Días después me nacía una hija.
Fiel a mi pensamiento de que las cosas son. más interesantes que los hombres
consagré algunos días a explorar las curiosidades de la ciudad. Visité la magnífica
Catedral; subí al Miguelete para admirar la frondosidad y extensión de la huerta
y la cinta de plata del lejano mar latino; escudriñé los alrededores de la ciudad y
los encantadores- pueblecillos del Cabañal, Godella, Burjasot, etc. Visité el puerto
del Grao, ordinario paseo deljpueblo valenciano en días de asueto, y asalté, en fin,
henchido de voracidad artística y arqueológica, las ruinas del teatro romano :de
Sagunto.
Me encontraba en un país nuevo para mí, de suavísima temperatura, en cuyos
campos florecían la pita y el naranjo, y en cuyos espíritus anidaban la cortesía, la
cultura y el ingenio. Por algo se llama a Valencia la Atenas española.
Fui cordialmente acogido ]en la Facultad de Medicina. Era rector “entonces e
notable cirujano Ferrer Viñerta, temperamento brusco, vehemente y autoritario,
pero bonachón y cariñoso en el fondo. Brillaban en el elenco docente maestros tan
prestigiosos como Campá, Gimeno,* Ferrer y Julve, Peregrín Casanova, Gómez
Reig, Ofts, Magraner, Machi, Crous y Casellas, Moliner, etc. Caí bien en aquelln
piña de excelentes compañeros. Con su viveza meridional se dieron pronto cuenta
de que el nuevo colega no venía a quitar moños a nadie, ni en la esfera académica
ni en la arena del ejercicio profesional, sino a vivir modesta pero independiente¬
mente, entregado a sus favoritos estudios.
A fin de despolarizarme algo de las tareas micrográficas que absorbían y. cuasi
174
S. RAMÓN Y CAJAL
deformaban, por exclusivismo funcional, todas mis facultades, me hice socio del
Casino de la Agricultura, centro de la gente de buen tono, donde encontré una
piña de personas cultas y agradabilísimas . Entre ellas recuerdo al simpático y
culto profesor de Historia Natural, Arévalo Vaca; a Guillén, médico y naturalista
distinguido; al farmacéutico Narciso Loras, amigo buenísimo; a Villafañe, catedrá¬
tico de Matemáticas de la Universidad, polemista ardoroso y atrabiliario, pero
inocente en el fondo; a Peset, joven brillante entonces y actual profesor de
Terapéutica de Valencia; a don Prudencio Solís, catedrático de la Escuela normal
espíritu culto, equilibrado y de bellísimos sentimientos, etc. De vez en cuando, y
para descansar de pláticas y polémicas, me entregaba al noble juego del ajedrez,
teniendo la honra de contender con el campeón valenciano Sr. Roselló. Fué este
mi único vicio (yo no he bebido ni fumaüo). Más adelante contaré cómo me des¬
prendí de un juego que absorbía con exceso mis modestas fuerzas mentales. En él
no se apuesta dinero, como dicen sus panegiristas, pero se apuesta algo más: el
Píopio cerebro, el más grande de nuestros capitales.
Con igual propósito ingresé en el Ateneo Valenciano, centro científico-litera-
rio, similar del de Madrid, donde se congregaba por aquella época lo más selecto
y brillante de la juventud intelectual de la región levantina. Allí, en aquel modesto
local de la plaza de Mirasol, tuve ocasión de conocer y aplaudir, entre otras per¬
sonas de renombre, al joven entonces, y ya clarísimo orador y maestro, Amalio
Gimeno; a Segura, consumado dialéctico y culto expositor de las cuestiones so¬
ciales; a Luis Morote, que acababa de leer a Flaubert, los Goncourt y Zola, y cri¬
ticaba, amena y espirilualmente, las tendencias del naturalismo literario; a mi
paisano M. Zabala, recién llegado de Zaragoza, que sobresalía por la sobriedad y
la intención de su oratoria, y por su particular competencia en las ciencias histó¬
ricas; a M. Mas, cirujano humanista, que esgrimía con igual desembarazo la len¬
gua y el bisturí, y que era en aquella casa intérprete elocuente y autorizado del
libre examen y de los credos políticos ultra-radicales; al afamado profesor Pérez
Pujol, peritísimo en la historia de la Edad Media y en las ciencias sociales, y
cuyo verbo fluía, puro y armonioso, como raudal sonoro de artística fontana.
Allí, en aquella incubadora de artistas de la palabra o de la pluma, y con motivo
de no sé qué inauguración solemne, admiré también por vez primera la elocuencia
soberana de Moret, quien disertó acerca del progreso social, y cuya palabra, colo¬
rista y jugosa, pintaba cuadros tan plásticos y reales, que al evocar entonces, por
contraposición con la moderna civilización, basada en la libertad, la civilización
antigua, fundada en la esclavitud, nos parecía contemplar al suavísimo Platón
filosofando con sus discípulos en el jardín de Academo, entre calles de mirtos y
adelfas, y a la sombra de plátanos seculares; mientras los esclavos labraban peno¬
samente la tierra o. gemían fatigados en el obrador del artífice para que, cual flor
del espíritu, resplandecieran gloriosos la ciencia y el arte griegos... En aquella casa,
en fin, admiré, tiempos después, al asombroso y malogrado aragonés don Joaquín
Arnau, talento tan vasto y completo, que ganó simultáneamente por oposición
tres cátedras de asignaturas diferentes, y a quien la Universidad de Valencia,
fértilísima en oradores, escogió para dar, en nombre del Claustro, la bienvenida
al gran Castelar, con ocasión de una visita del célebre tribuno a la Atenas le¬
vantina.
Este oreo literario y político hízome mucho bien, evitando a mi cerebro esas
temibles atrofias compensadoras del especialismo profesional, en virtud de las
cuales vemos con pena todos los días a matemáticos, físicos, químicos y natura-
RECUERDOS DE MI VIDA
175
listas insignes, discurrir sin cordura y a la buena de Dios en cuanto se les saca
de sus habituales estudios, obligándoles a platicar de filosofía, de arte o de
ciencias sociales.
Dejo apuntado algo acerca de lo modesto de mi domicilio. Añadiré ahora que
me confiné, conscientemente y por sistema, en la mediocridad económica, a fin
de disponer a mi talante de todo el tiempo que me dejaba libre la enseñanza ofi¬
cial. Penetrado de que un presupuesto equilibrado es condición inexcusable de la
paz del hogar y de la tranquilidad de espíritu indispensable a la actividad cientí¬
fica, decidí vivir con los 52 duros de paga mensual a que ascendía mi haber de
catedrático (3.500 pesetas al año). Pero como un Laboratorio en plena actividad
consume casi tanto como la familia, hube de buscar, según costumbre, ingresos
complementarios, no en el ejercicio médico, según hábito general, sino en la ex¬
tensión de la función pedagógica. Organicé, por tanto, en Valencia, con mejor
éxito todavía que en Zaragoza, un curso práctico de Histología normal y patoló¬
gica, al cual acudieron bastantes médicos que cursaban libremente el doctorado,
y algunos doctores deseosos de ampliar sus conocimientos en Histología y Bacte¬
riología; ciencia esta última que entonces alboreaba prometedora en el horizonte,
a impulsos de los geniales descubrimientos de Pasteur y de Koch. Por cierto que
uno de mis discípulos fué el fogoso, culto y activo jesuíta P. Vicent, el cual, se¬
gún ocurre en la mayoría de los eclesiásticos polemistas, no buscaba erigía cien¬
cia sino argumentos decivos en pro de sus arraigadas creencias.
Uno de los jóvenes más asiduamente asistentes a mis fecCiones fué el doctor
Bartual, talento sólido y armónico (actualmente catedrático de Histología de Va¬
lencia), y cuyo alejamiento del Laboratorio, por imposición del enervante medio
social, deploramos cuantos conocimos de cerca sus excepcionales aptitudes y su
adecuada y concienzuda preparación para la investigación científica; otro discí¬
pulo, frustrado igualmente para la ciencia por falta de ambiente, fué el doctor
E. Aiabern, a quien faltó resolución para desertar oportunamente del Cuerpo de
Aduanas y consagrarse a la carrera del profesorado. Pero la lista de los buenos,
extraviados en el desierto, seria interminable.,.
Con los nuevos ingresos, no sólo evité el temible déficit, sino que alimenté
holgadamente mi Laboratorio, procurándome además útilísimos aparatos científi¬
cos; por ejemplo: un microíomo automático de Reichert,que me prestó inestimables
servicios. Porque hasta entonces no había usado más microíomo que la vulgar
navaja barbera (el rudimentario microtomo de Ranvier que poseía ofrecía más
inconvenientes que ventajas), para el manejo de la cual había adquirido, cierta¬
mente, bastante habilidad, mas con cuyo auxilio resultaba imposible conseguir
regularmente cortes finos de alguna extensión.
El cólera de 1885, que hizo tantos estragos en Valencia y su comarca, me obli¬
gó temporalmente a abandonar las células y fijar mi atención en el bacillus comma,
el insidioso protagonista (recién descubierto por Koch en la India) de la asoladora
epidemia. Decía en páginas anteriores que en el horizonte científico surgía un
nuevo mundo, la microbiologia, consagrada al estudio de los microbios o bacte¬
rias (hongos archimicroscópicos, agentes de las infecciones) y al mecanismo de
su acción patógena sobre el hombre y los animales. Las novísimas y sorprenden¬
tes conquistas de Pasteur y Chaveau, en Francia, y de Koch, Cohn, Loffier, etc.,
en Alemania, atrajeron vivamente la atención de los micrógrafos, muchos de los
176
S. RAMÓN Y CAJAL
cuales desertaron del. viejo solar histológico, fundado por Schwann y Virchow,
para plantar sus tiendas en el terreno casi virgen de los invisibles enemigos de
la vida. Yo sufrí también el deslumbramiento del nuevo astro científico, que ilu¬
minaba con inesperadas claridades los tenebrosos problemas de la Medicina. Y
cedí durante algunos meses a las seducciones del mundo de los seres infinita¬
mente pequeños. Fabriqué caldos, teñí microbios y mandé construir estufas y es-
terilizadoras para cultivarlos. Ya práctico en estas manipulaciones, busqué y cap¬
turé en los hospitales de coléricos el famoso vírgula de Koch, y díme a compro¬
bar la forma de sus colonias en gelatina y agar-agar, con las demás propiedades
biológicas, ricas en valor diagnóstico, señaladas por el ilustre bacteriólogo
alemán.
Eran días de intensa emoción. La población, diezmada por el azote, vivía en
la zozobra, aunque no perdió nunca (dicho sea en honor de Valencia) la serenidad;
los hospitales, singularmente el de San Pablo, rebosaban de coléricos. Recuerdo
que, en mi propio domicilio (calle de Colón) murieron varios atacados. En mi fami¬
lia, por fortuna, no hizo presa el microbio, no obstante visitar algún colérico y
hacer uso de agua de pozo, probablemente contaminada.
Como de costumbre, reinaban entre los médicos la contradicción y la duda
Los viejos galenos, recelosos de toda novedad, ateníanse, en teoría, a la doctrina
clásica de los miasmas, y, en el orden práctico, al inevitable láudano de Syden-
ham. Los creyentes en el microbio, jóvenes en su mayoría, recomendaban hemr
el agua potable y no ingerir alimento ni bebida que no hubiera sufrido cocción
preliminar. Atribuyo al uso del agua hervida y demás precauciones higiénicas la
citada inmunidad de mi familia, no obstante conservar en mi Laboratorio casero
deyecciones de colérico y cultivos del germen en gelatinas y caldos.
Por cierto que por aquellos días (2 de julio de 1885), período culminante de la
epidemia, me nació mi cuarto hijo.
En medio de la preocupación general apareció en Valencia el doctor Ferrán, cé¬
lebre médico tortosino, predicando por boca de elocuentes amigos y admiradores
la buena nueva de la vacuna anticolérica. Después de algunos experimentos de
Laboratorio practicados en conejos de Indias, y de ciertas audaces y abnegadas
auto-inoculaciones, creyó haber encontrado un cultivo del vírgula que, inoculado
en el hombre, le inmunizaba seguramente contra el microbio virulento arribado
por la vía bucal.
La clase médica, conmovida por el anuncio de la citada vacuna, discutió ve¬
hementemente el tema en Academias y Ateneos, Revistas profesionales y hasta en
periódicos políticos. Como siempre, mostróse en el debate ese dualismo irreduc¬
tible de viejos y jóvenes, de misoneístas y filoneístas. Para los primeros, la vacuna
constituía deplorable error científico, cuando no industrial negocio de mal género;
los segundos se entusiasmaron con la iniciativa del médico tortosino, cuyos talen¬
tos y laboriosidad pusieron en las nubes. En fin, ciertos devotos fervientes de Fe¬
rrán lleváron su celo higiénico hasta organizar un comité o sociedad encargada de
hacer propaganda, fabricar en grande escala la vacuna, gestionar del Gobierno y
de las autoridades autorización para ensayar la nueva inmunización, y, en fin, una
vez logrado el permiso, efectuarla sistemáticamente en todas las provincias ata¬
cadas.
Invitado insistentemente por el citado comité, yo decliné humildemente la hon¬
ra de colaborar en la obra común; deseaba conservar mi independencia de juicio y
quedar inmune de toda sospecha crematística.
recuerdos de mi vida
177
Pocos conservamos, durante aquella efervescencia pasional, donde los intere¬
ses luchaban con más encarnizamiento que las ideas, la serenidad de espíritu ne¬
cesaria para juzgar. No me envanecen mis aciertos de entonces; nada hay más fá¬
cil que hallar el buen camino cuando nuestro pensamiento recibe su inspiración
en las cumbres serenas del patriotismo, y la voluntad se mantiene ajena a toda
bastarda concupiscencia. Y el mejor galardón de mi conducta lo recibo hoy al ver
que, no obstante los años transcurridos, puedo mantener, mutatis mutandis, en lo
científico y en lo moral mis puntos de vista de entonces.
La circunstancia de vivir yo en Valencia y ser aficionado a la micrografía, me
valió ser designado por la Diputación provincial de Zaragoza, en unión del doctor
Lite, delegado oficial, para estudiar la enfermedad epidémica reinante en la región
levantina (todavía se discutía si era o no cólera) y emitir dictamen sobre el valor
real de la profilaxis.
Allegados los datos necesarios, aquel verano me trasladé a Zaragoza (julio
de 1885), ante cuya Diputación y en presencia de numeroso público expuse el re¬
sultado de mis estudios y experimentos. Mis conclusiones afirmaban resuelta¬
mente el carácter colérico de la epidemia, que se había propagado entonces por
gran parte de España; atribuían, como cosa muy verosímil, al vírgula de Koch la
responsabilidad de la infección; ponían en duda el pretendido cólera experimenta
en los conejos y cobayas, animales en quienes sólo se producían, por inyección
del microbio, fenómenos inflamatorios locales o septicémicos harto diferentes dél
síndrome colérico del hombre; y en lo tocante al punto principal, o sea la profila¬
xis, rae declaré poco favorable al procedimiento Ferrán, aunque admitiendo su
práctica a título de investigación científica (los cultivos puros del vírgula inyec¬
tados bajo la piel resultan inofensivos) y sin forjarme grandes ilusiones sobre su
eficacia.
Mis ensayos de profilaxis en los animales reveláronme que el problema de la
inmunización era harto más arduo délo que se creía. Conseguíase, en efecto, se¬
gún anunciaba Ferrán, a favor de inyecciones subcutáneas de cultivos del vírguia,
cierta resistencia del cobaya enfrente de ulteriores y más fuertes dosis del micro¬
bio virulento, inoculado por idéntica vía; mas, careciendo el comma de Koch de
acción patógena en el intestino de dicho roedor, resultaba imposible aportar prue¬
ba decisiva y concluyente sobre la eficacia de la inyección. Para alcanzar esta
demostración, fuera preciso hallar un mamífero colerizable por la vía bucal y sus¬
ceptible de hacerse refractario a la infección intestinal, mediante previa inocula¬
ción subcutánea de cultivos puros del vírgula virulento o atenuado. Por desgra¬
cia, este animal, a propósito para la dilucidación del problema profiláctico, se des¬
conocía entonces.
A fines de septiembre de aquel año, según prometí a la Diputación provincial
zaragozana, redacté extensa monografía, bajo el título de tstiidios sobre el micro¬
bio virgula del cólera y las inoculaciones profilácticas. Zaragoza, 1885. El libri-
to, que se imprimió por cuenta (de dicha Corporación (1), apareció ilustrado por
(1) La Diputación me comunicó los acuerdos siguientes, excesivamente honrosos y halagadores
para mí:
cPrimero. Pasar a don Santiago Ramón un oficio de aplauso por la notable conferencia que ante la
misma dió en la mañana del domingo 19 de julio, acreditando con su vasta erudición que no en vano
goza fama de eminente micrógrafo.»
«Segundo. Publicar por cuenta de la Diputación la Memoria que él mismo ha de presentar en su día
sobre estudios micrográficos del microbio del cólera.»— El vicepresidente, Faustino Sancho y Gil.
12
178
S. RAMÓN Y CAJAL
ocho grabados litográficos ejecutados por mí y algunos de ellos tirados en color.
Excusado es advertir que semejante monografía, redactada con ocasión de una
misión oficial, y sin los medios de trabajo necesarios, no contiene ningún hecho
nuevo importante. Representaba, ante todo, el fruto de una labor de confirmación
y contraste de los memorables y entonces novísimos descubrimientos de Koch y
de las estimables contribuciones de Hueppe, van Ermergen, Nicati y Riesch, Fe-
rrán, etc. Con todo eso, según suele acontecer en todo estudio minucioso y esme¬
rado, sus páginas encierran algunos detalles descriptivos originales y tal cual
apreciación teórica no exenta de valor.
Entre otras menudencias originales, figuraban, en el orden técnico, un proce¬
der práctico y sencillo para teñir el badilas comma, y otro encaminado a conser¬
var, colorear y montar definitivamente sus colonias en gelatina y agar, etc. (Cita¬
do y confirmado más adelante por van Ermergen.)
En el orden científico, añadíamos: a, un análisis comparativo minucioso de los
microbios de las aguas y deyecciones, dotados, a semejanza del vírgula, de la pro¬
piedad de liquidar la gelatina; b, la demostración (independientemente de Pfeiffer)
de que el microbio de Koch, poco patógeno en inyección subcutánea, resulta su¬
mamente virulento en el peritoneo del cobaya; c, y sobre todo, la prueba experi¬
mental de la vacuna química, es decir, de la posibilidad de preservar a los anima¬
les de los efectos tóxicos del vírgula más virulento, inyectándoles de antemano,
por la vía hipodérraica, cierta cantidad de cultivos muertos por el calor (1).
En el orden teórico, contenía mi Memoria algunos puntos de vista dignos de
atención, puesto que'han sido repetidos después por eximios bacteriólogos al jus¬
tipreciar los fundamentos teóricos y valor práctico de las vacunas de Ferrán,
Haffkine, Kólle y otros. «Difícil parece admitir— decíamos -que la mera inocula¬
ción hipodérniica en el hombre de un cultivo puro de vírgulas# incapaces de emi¬
grar hasta el intestino, ni de provocar, por consiguiente, trastorno alguno análogo
al cólera, sea poderosa a esterilizar completamente el tubo digestivo, órgano en
continuación del mundo exterior y exclusivo terreno donde prospera y desarrolla
su formidable poder patógeno el germen de dicha enfermedad.» Parecida opinión
expuso muchos años después Metchinikoff, el gran investigador del Instituto Pas¬
tear, de París. Y no menciono aquí, a causa de su carácter meramente crítico y
circunstancial, los experimentos y observaciones probatorios de que los famosos
cuerpos muriformes de Ferrán, por los cuales ascendía el vírgula a la categoría bo¬
tánica de las peronospóras, representaban, con otras formas aliadas, simples cris¬
tales precipitados en los caldos, y de que los oogonos, aparatos de reproducción
señalados en el vírgula por el mismo autor, constituían formas monstruosas o de¬
generativas aparecidas en los terrenos esquilmados.
Acerca de este último punto, es decir, tocante a los procesos regresivos obser¬
vables en el protoplasma del badilas comrna senil, o que se cría en medios pobres
en substancias nutritivas, publiqué ulteriormente una comunicación en La Crónica
(1) Casi todos los autores atribuyen a dos bacteriólogos americanos, MM. Salmón y Smith rOw a
new method ofproducing inmunity from contagions diseases. Proceed. of the Biol. Soc. of Washing-
ídn, 22 febrero 1886) el honor de haber probado la posibilidad de vacunar a los animales mediante la
inoculación de cultivos muertos. Séanos lícito recordar que tal demostración fué aportada primeramente
por nosotros en septiembre de 1886. Por entonces también anunciaron Ferrán y Pauli haber resuelto el
mismo problema; mas como no declararon en 1885 en que consistía el modo de fabricación de su vacu¬
na, que sólo divulgaron más tarde en los Compt. rend. de la Acad. de Sciences (sesión del 18 de enero
de 1886), mi prioridad no puede ofrecer la menor duda.
RECUERDOS DE MI VIDA
179
Médica, de Valencia (Contribución al estudio de lasforrnas molutivas y monstruo¬
sas del coma-bacilo de Koch, 20 diciembre de 1885), en donde se demostraba el
carácter francamente degenerativo, no sólo de los oogonos de* Ferrán, sino de los
‘ pretendidos esporos de Hueppe, Ceci, etc. (1),
Excusado es decir que todas estas modestas contribuciones teórico-experi-
mentales pasaron inadvertidas por los bacteriólogos. Eran aqueUos tiempos harto
difíciles para los españoles aficionados a la investigación. Debíamos luchar con el
prejuicio univarsal de nuestra incultura y de nuestra radical indiferencia hacia los
grandes problemas biológicos. Admitíase que España produjera algún artista ge¬
nial, tal cual poeta melenudo, y gesticulantes danzarines de ambos sexos; pero se
reputaba absurda la hipótesis de que surgiera en ella un verdadero hombre de
ciencia. Acaso contribuyeron algo al desdén con que entonces nos trataban los
sabios la inhábil cuanto interesada actitud adoptada por Ferrán con los delegados
extranjeros en el asunto de la profilaxis colérica (recuérdese su empeño tenaz en
mantener secreta la elaboración de su vacuna) y los candorosos errores del médi¬
co tortosino en punto a la morfología y multiplicación del vírgula de Koch.
Con todo, si mi labor careció de eco en los Laboratorios de París y Berlín— y
con ello no se perdió cosa mayor— , valióme, en cambio, un galardón material y
espiritual de gran transcendencia para mi carrera. Agradecida la piputación de
Zaragoza al celo y desinterés con que trabajé por servirla, decidió recompensar
mis desvelos, regalándome un magnífico microscopio Zeiss. Al recibir aquel im¬
pensado obsequio, no cabía en mí de satisfacción y alegría. Al lado de tan esplén¬
dido Statif, con profusión de objetivos, entre otros el famoso 1,18 de inmersión
homogénea, última palabra entonces de la óptica amplificante, mi pobre microsco¬
pio Verick parecía desvencijado cerrojo. Me complazco en reconocer que, gracias
a tan espiritual agasajo, la culta Corporación aragonesa cooperó eficacísimamente
a mi futura labor científica, pues me equiparó técnicamente con los micrógrafus
extranjeros mejor instalados, perráitiéndome abordar, sin recelos y con la debida
eficiencia, los delicados problemas de la estructura de las células y del mecanismo
de su multiplicación.
Dejo apuntado ya que la referida investigación sobré el cólera me trajo el gus¬
to por la bacteriología y por el estudio de los problemas patológicos. Muchas ve¬
ces me he preguntado si no hubiera sido mejor para mi porvenir moral y económi¬
co haber cedido al imperio de la moda, abandonando definitivamente, a ejemplo
de muchos, la célula por el microbio. Ciertamente, no faltaban incentivos y razo¬
nes para justificar un cambio defrente. El camino histológico me condenaba sin
remisión a la pobreza, en compensación de la cual sólo brindaba, si lo recorría con
fortuna, el frío elogio o la tibia y razonada estima de dos o tres docenas de sa¬
bios, harto más inclinados a la emulación que al panegírico; mientras que el ca¬
mino de la bacteriología, menos trillado entonces y bordeado de tierras casi vírge¬
nes, prometía al investigador afortunado inagotables veneros económicos, popula¬
ridad ruidosa, y acaso gloriosa epifanía. Ahí estaban como ejemplos vivos y emu¬
laciones soberanas esos bienhechores de la humanidad, que antaño se llamaban
Pasteur, Koch, Lister, y que hoy se llaman Behring, Roux, Ehrlich, Lofler, Schau-
din, Grassi, Metchnikoff, etc.
(1; Eatre los varios autores que, inconscientemente, confirmaron estos estudios, citaremos por ejem¬
plo a Podwyssowsky (^Centrálblattfúr pafhol. Anat., etc., Bd. 1893), quien describe y dibuja exaclamen
te ocho años después que nosotros, las mismas degeneraciones del protoplasma bacteriano, así como
a'i formas esféricas del microbio, adoptando enteramente nuestra interpretación.
180
S. RAMÓN Y CAJAL
Sin embargo, movido por mis tendencias, y sobre todo por motivos de índole
económica, escogí al fin la discreta senda histológica, la de los goces tranquilos.
Sabía bien que por angosta jamás podría recorrerla en carroza; pero me sentiría
dichoso contemplando en mi rincón olvidado el espectáculo cautivador de la vida
íntima, y escucharido embelesado, desde el ocular del microscopio, los rumores de
la bulliciosa colmena que todos llevamos dentro. En cuanto a la razón económica
aludida, no es otra que lo oneroso de los trabajos bacteriológicos.
La Histología es ciencia modesta y barata. Adquirido el microscopio, redúcese
el gasto a reponer algunos reactivos poco dispendiosos, fy a procurarse, de vez en
cuando, tal cual rana, salamandra o conejo. Pero la Bacteriología es ciencia de
lujo. Su culto requiere toda una "Arca de Noé de víctimas propiciatorias. Cada ex¬
perimento encaminado a fijar el ooder patógeno de un germen, o la acción de to¬
xinas y vacunas, exige una hecatombe de conejos, conejillos de Indias, a- veces de
carneros y caballos. Súmese a esto el dineral que cuesta la cría y reposición de
tantos animales de experimentación, amén del gasto de gas indispensable al régi¬
men de autoclaves y estufas de esterilización e incubación.
Tal fué la consideración, harto prosaica y terrena, que me obligó a guardar
fidelidad a la religión de la célula y a despedirme con pena del microbio, al cual
sólo de tarde en tarde, con ocasión de, análisis periciales o de investigaciones
comprobatorias, me digné saludar, penetrado de ese afecto respetuoso, no exento
de envidia, con que saludamos al amigo millonario, de quien nuestra inopia nos
aleja irremediablemente.
Regresado, pues, a Valencia en Octubre de 1885, continué entregándome corr
pasión al análisis de los tejidos vivos. Fruto de aquella labor, que se prolongó dos
o tres años (de 1883 a 1888) fueron varias comunicaciones de Histología compara¬
da concernientes; ala estructura del cartílago, de la lente del cristalino, y, sobre
todo, de la fibra muscular de los insectos y de algunos vertebrados. Pecaría de in¬
grato y olvidadizo si no consignara ahora que en la nomenclatura y sistemática de
los insectos y demás animales estudiados (batracios, reptiles, etc.), prestáronme
inestimable concurso el ilustre naturalista Boscá, a la sazón director del Jardín
botánico de Valencia; mi excelente amigo Arévalo Vaca, catedrático de Historia
natural, y el Dr. Guillén, distinguido médico naturalista (1).
Ocupábame también par entonces en la publicación de una obra extensa de
Histología y técnica micrográflca, que apareció por cuadernos. Su impresión corría
a cargo del activo editor valenciano D. Pascual Aguilar, quien sin escatimar gas¬
tos había lanzado ya el primer fascículo (comprensivo déla Técnica micrográflca y
Elementología), en mayo de 1884 (2).
Sosteníanme en esta empresa varios motivos: eí deseo de reunir en haz todas
las observaciones más o menos originales recolectadas a campo traviesa en los
dominios histológicos; la conveniencia de disciplinar mi desbordante curiosidad,
acomodándola el rígido cuadro de un programa fijado de antemano; y, sobre todoi
el patriótico anhela de que viera la luz en nuestro país un tratado anatómico que,,
en vez de concretarse a reflejar modestamente la ciencia europea, desarrollara en
(1) Aludo a las memorias siguientes: Fibras musculares de las alas de los insectos. Boletín Médi¬
co valenciano. Julio de im.— Músculos de las patas de los insectos. Idem. Agosto de im.— Textura
de la fibra muscular de los ntamiferos . Junio de .—Sobre los conductos plasmáticos de
cartilago Malino Crónica Médica de Valencia. 20 de abril de 1887 .
(2) Ca¡kv. Manual de Histología normal y técnica micrográfica.'Ia.X&ncis. Editor: Pascual Agui¬
ar, 1884-1888.
181
RECUERDOS DE MI VIDA
lo posible doctrina propia, basada en personal investigación. Sentiame avergonza¬
do y dolorido al comprobar que los pocos libros anatómicos e histológicos, no tra¬
ducidos, publicados hasta entonces en España, carecian de grabados originales y
ofrecían exclusivamente descripciones servilmente copiadas de las obras ex¬
tranjeras.
A la citada obra estuve ahincadamente consagrado desde 1884 a 1888. Al aca¬
barse, comprendía 203 grabados en madera, copiados de mis preparaciones, ■ y
ejecutados por un excelente artista valenciano, y contaba con 692 páginas, de
letra menuda. Agotada pronto la primera edición, contra mis previsiones, hubo de
imprimirse la segunda en li93, cuando yo me había trasladado a la Universidad
de Barcelona. El editor Aguilar hizo, según noticias, un bonito negocio.
En vena de confidencias acerca de mis publicaciones de aquellos tiempos, no
debo omitir ciertos artículos de popularización histológica que, bajo el título de
Las maravillas de la Histología, aparecieron en La Clínica (1), semanario profe¬
sional de Zaragoza, dirigido por mi condiscípulo y amigo don Joaquín Gimeno
Vizarra. Algunos de estos artículos, desbordantes de fantasía y de ingenuo liris¬
mo, fueron reproducidos y ampliados después en la Crónica de Ciencias Médicas
de Valencia. Firmábalos el doctor Bacteria, pseudónimo terrible, que yo usaba para
mis temeridades filosófico-científicas y las críticas joco-serias. Dejando aparte el
estilo, inspirado en la manera frondosa y bejucal del gran Castelar— ¡estilo Caste-
lar sin Castelar! — , alentaba en dichos trabajitos el buen propósito de llamarla
atención de los médicos curiosos sobre, el encanto inefable del mundo, casi ignoto,
de células y microbios, y de la importancia excepcional de su estudio objetivo y
directo.
Al emborronar estas cuartillas tengo ante mí los precitados artículos: Perdone
el lector mi vanidad senil si declaro que ahora, pasados treinta y nueve años, hallo
algún solaz en leer estas fogosas expansiones científico-literarias. Dejando a un
lado exageraciones de pensamiento e incorrecciones de forma, transciende de
ellas algo como un aroma confortador de confianza juvenil y de fe robusta en el
progreso social y científico. Hallo también atrayente cierto sentimiento de curio¬
sidad frescamente satisfecha, y un fervor de pasión hacia el estudio de los arcanos
de la vida, que en vaho buscaríamos hoy en los escritos primerizos de la ponde¬
rada, ecuánime, circunspecta y financiera juventud intelectual.
Como muestra de mi estilo de entonces y de las ideas filosófico-biológicas que
me seducían, voy a transcribir aquí algunos párrafos de los consabidos artículos
fie La Clínica.
Entre los espectáculos cautivadores que nos ofrece el microscopio, enumeraba;
«La contracción amiboidea o protoplásmica, que permite al leucocito errante
abrir brecha en la pared vascular desertando de la sangre a las comarcas conjun¬
tivas, a la manera del preso que lima las rejas de su cárcel; los campos traqueales
y laríngeos, sembrados de pestañas vibrátiles que, por virtud de secretos impulsos,
ondean, cual campo de espigas al soplo de brisa invernal; el incansable latigueo
del zoospermo, corriendo desalentado hacia el óvulo, imán de sus amores; la célula
nerviosa, la más noble casta de elementos orgánicos, extendiendo sus brazos de
gigante, a modo de los tentáculos de un pulpo, hasta las provincias fronterizas del
mundo exterior, para vigilar las constantes asechanzas de las fuerzas fisico-quí-
micas; el óvulo, con su sencilla y se vera arquitectura, guardando el secreto de las
(1) Xa C/ííuVa (Zaragoza). Número del 22 de jnüo de 1883 y siguientes. ,
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S. RAMÓN Y CAJAL
formas orgánicas y cuyo protoplasma sé asemeja a la nebulosa donde bullen en
germen mundos innumerables, que se desprenderán en futuros anilles; la geomé¬
trica arquitectura de la fibra muscular (especie de complicadísima pila de Volta),.
donde, a semejanza de la locomotora, el calor se transforma en fuerza mecánica;
la célula glandular, que, por sencilla manera, fabrica los fermentos de la química
viviente, consumiendo generosamente su propia villa en provecho de los demás
elementos sus hermanos; las células adiposas, modelo de economía doméstica,,
quienes en previsión de futuras escaseces, reservan los alimentos sobrantes del
festín de la vida para utilizarlos en las huelgas orgánicas y en los grandes conflic¬
tos nutritivos... Todos estos fenómenos, tan varios, tan maravillosamente coordi¬
nados, atraen con seducción irresistible, y su contemplación inunda nuestro espíritu
de satisfacciones purísimas y elevadas.»
Para ver de cerca e intimar efusivamente con los protagonistas de tan sorpren¬
dentes fenómenos, añadíamos; «Venid con nosotros al laboratorio del mlcrógrafo.
Allí, sobre la platina del microscopio, desgarrad el pétalo de una flor, sin conside¬
ración a su hermosura ni a su aroma; arrancad después una parcela de los tejidos
animales; disociadla sin piedad, aunque las fibras contráctiles palpiten y se estre¬
mezcan al contacto de las agujas. Asomaos después a la ventana del ocular, y...
cosa notable, resultado estupendo, la hoja del vegetal cómo el tejido del animal
os revelarán por todas partes una construcción idéntica: especie de colmena for¬
mada por celdillas y más celdillas, separadas por una argamasa intersticial poco
abundante, y albergando en sus cavidades, no la miel de la abeja, sino la miel de
la vida, bajo la forma de una materia alburninoide, semisólida, granulosa, cuyo
seno encierra un pequeño corpúsculo: el núcleo.» *
«Examinad ahora una gota de saliva, un poco del epitelio que cubre vuestra
lengua, una'gota de vuestra sangre, el moho de las materias orgánicas en descom¬
posición, etc... y sirapre la misma referida arquitectura: células y más células, más
o menos transformadas, repitiéndose Con monotonía y uniformidad abrumadoras.»
«Esta tenacidad de composición de los tejidos orgánicos, en el líquido como
en el sólido, así en el músculo como en el nervio, en el tallo como en la flor; esta
repetición fastidiosa del mismo tema melódico constituye la verdad primordial de
la histología; el hecho básico sobre que se funda lá grandiosa y transcendental
teoría celular de Schwann y de Virchow.»
Expongo después el aspecto fisiológico de tan soberana concepción, y dándo¬
me cuenta del riesgo en que tales hechos ponen la unidad personal, me pregunto:
«¿Será posible que dentro de nuestro edificio orgánico habiten innumerables in¬
quilinos que se agitan febriles, a impulsos de espontánea actividad, sin que nos
percatemos de ello? ¿Y nuestra tan decantada unidad psicológica? ¿En qué han
venido a parar el pensamiento y la conciencia con esta audaz transformación del
hombre en un polipero?... Cierto que pueblan nuestro cuerpo millones de organis¬
mos autónomos, eternos y fieles compañeros de glorias y fatigas, cuyas alegrías
y tristezas son las nuestras; y cierto que tan próximas existencias pasan desaper¬
cibidas del yo; pero este fenómeno tiene fácil y llana explicación si consideramos
que el hombre siente y piensa por sus células nerviosas, y que el no yo, el verda¬
dero mundo exterior comienza ya para él en las fronteras de las circunvoluciones
cerebrales» (1). (Aquí late en germen y obscuramente la hipótesis formulada des-
(1) Naturalmente, tales consideraciones, harto temerarias, no esclarecen en lo más mínimo el arcano-
de la unidad de conciencia. Y lo más grave es que, no obstante los esfuerzos de la fisiología, de la
RECUERDOS DE MI VIDA
183
pues por Durand de Gross y Forel acerca de la existencia de conciencias medula¬
res y ganglionares múltiples, ignoradas del yo, el cual representaría la conciencia
privilegiada y autocrática de las células cerebrales.)
Harto influido por las ideas de Haeckel y Huxiey y por la poco afortunada teo¬
ría del plason, de Claudio Bernard, me declaraba partidario, en principio, de la
generación espontánea, pese a los experimentos de Pasteur, que hallaba conclu¬
yentes solamente por lo que toca al origen de la vida actual.
En otro artículo señalo, acaso por primera vez, un concepto que ha tenido
después en Alemania sabios y autorizados intérpretes: el de la concurrencia y
lucha intercelular dentro del organismo .
«¿Quién osará negar que existe una severa competencia de carreristas en los
zoospermos, que, para dar cima al acto supremo de la fecundación, vuelan en
denso enjambre hacia el óvulo? Sólo uno de ellos, el más fuerte, o el más afortu¬
nado, sobrevivirá a la destrucción irrevocable para sus compañeros más perezo¬
sos. No más él rasgará el misterioso velo de la membrana vitelina, y se unirá al fin,
despojado de su cola degradante y en conjugación sublime, con el núcleo feme¬
nino. De este ósculo de amor brotará la innumerable progenie de células del or¬
ganismo. Pero sólo aquel zoospermo privilegiado alcanzará el supremo galardón
de perpetuar la raza y de conservar y transmitir, cual nueva vestal, el fuego sa¬
grado de la vida...»
Señalábamos después la rigurosa ¡concurrencia nutritiva de las células de un
mismo tejido, las luchas homéricas libradas entre los elementos semiasfixiados
de los territorios inflamados, o de ios elementos amenazados por la invasión de los
tumores. Y, en fin, independientemente (y muchos años antes) de Metchnikoff, ha¬
blábamos «de las reacciones de las células contra los gérmenes animales o vege¬
tales que pululan por la atmósfera y penetran en el organismo; de la guerra ince¬
sante librada entre lo pequeño y lo grande; entre lo visible y lo invisible, etc.»
Mas para atenuar la crudeza de esta desconsoladora verdad (ia lucha univer¬
sal), añadimos que «así como en toda nación civilizada la concurrencia vital se
extingue o se atenúa en gran parte por la división del trabajo, que hace a los ciu¬
dadanos solidarios en sus intereses y aspiraciones, también en el estado orgáni¬
co, gracias a la previsión de las células nerviosas y. al citado reparto profesional
y, en fin, a la supresión del ocio y de la excesiva libertad individual, etc., la lucha
desaparece o se dulcificá, mostrándose no más cuando la alimentación comunal
(de órganos o células) se compromete gravemente por causas interiores o exte¬
riores» .
En otro pasaje hacía notar, en coincidencia con muchos biólogos y filósofos a
quienes no había leído, que la naturaleza sólo se preocupa de la vida de la espe¬
cie. «Una existencia, por grande que sea, aun ennoblecida por los fulgores del
genio, nada significa a los ojos de la Naturaleza. Que todo un pueblo sucumba;
que razas enteras sean aniquiladas en la lucha por la vida; que especies zooló¬
gicas antes pujantes sean inmoladas eñ la bárbara batalla, poco importa al princi¬
pio director del mundo orgánico... Lo esencial es ganar la contienda, tocar la meta
final objeto de la evolución orgánica.»
¿Cuál es esta finalidad, caso de existir? ¡Profundo misterio!
En otro artículo nos consolábamos de la inescrutabilidad del tremendo arcano
psicofísica, de la psicología comparada y de la filosofía clásica, el muro continúa y continuará siempre
impenetrable.
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S. RAMÓN Y CAJAL
y de lá sanción inexorable de la muerte individual, proclamando la eternidad y
continuidad del protoplasma, es decir, de lo que, después de nosotros y con gran
lujo de pormenores, llamó Weismann plasma germinativo.
«Consolémonos considerando que si la célula y el individuo sucumben, la es¬
pecie humana y, sobre todo, el protoplasma, son imperecederos. El accidente
muere, pero la esencia, o sea la vida, subsiste. Estimando el tnundo orgánico
como un árbol cuyo tronco fué el primer protoplasma, cuyas ramas y hojas for¬
man todas las especies nacidas después por diferenciación y perfeccionamiento,
¡qué importa que algunas ramitas se desgajen a impulsos del vendaval, si el
tronco y la matriz protoplasmática subsisten vigorosos, prometiendo retoños de
cada vez más hermosos y lozanos!... No hay, pensándolo bien, organismos proge¬
nitores y producidos, ni individuos independientes, ni vivos ni muertos, sino una
sola substancia, el protoplasma, que llena el mundo con sus creaciones, que crece,
se ramifica, se moldea temporalmente en individuos efímeros, pero que nunca
sucumbe. En nuestro ser se agita aún aquel viejo protoplasma del archiplason
(es decir, la primera célula aparecida en el cosmos), punto de partida quizás de
toda la evolución orgánica.» ¡Triste consuelo fenecer en holocausto a la especie!
(Es curiosa la coincidencia de esta doctrina pseudopanteista con algunas lu¬
cubraciones posteriores de Weissmann, Dantec y otros.)
«Este protoplasma llenó con sus creaciones el espacio y el tiempo; él se arras¬
tró en el gusano, vistióse de irisados colores en el vegetal, adornóse con la ra¬
diante corona del espíritu en el mamífero. Comenzó inconsciente y terminó cons¬
ciente. Fué esclavo y juguete de las fuerzas cósmicas y acabó por ser el látigo de
la naturaleza y el autócrata déla creación.» (Adviértanse también singulares con¬
cordancias con las conocidas ideas de Schopenhauer y Hartmann, Spencer, etc., a
quienes no había leído todavía. ¿Es que llegó hasta mí algún resumen de la filo¬
sofía de lo Inconsciente ya entonces publicada? No lo recuerdo.)
¿Adónde va la vida?, nos preguntamos en otro pasaje del mismo atrevido'
artículo. ¡Cualquiera lo sabe!... Pero entonces creíamos probable que la evolución
tiende a producir formas de cada vez más perfectas, más progresivas, siquiera
no viéramos muy claro el concepto de perfección.
«¿Ha llegado a la meta y agotado su fecundidad en el organismo humano o
guarda en cartera proyectos de más elevados organismos, de seres infinitamente
más espirituales y clarividentes, destinados a descorrer el velo que cubre las cau¬
sas primeras, y acabando con todas las empeñadas polémicas de sabios y filóso¬
fos?» ( ¿Quién no ve aquí en esbozo la teoría del superhombre, defendida posterior¬
mente por Nietzsche?)
«¡Quién sabe!...— continuábamos— . ¡Acaso ese protoplasma semidiós fenecerá
también, en aquel triste día apocalíptico en que la antorcha solar se apague, el
rescoldo central de nuestro globo se enfríe y no queden sobre su corteza sino
fúnebres despojos e infecundas cenizas!... ¡Día horrendo, soledad angustiosa, no¬
che obscurísima aquella en la cual se extinga con la luz del Universo la luz del
pensamiento! ¡Pero no... esto es imposible!... Cuando nuestro miserable planeta se
fatigue y la fría vejez haya consumido el fuego de su corazón, y la tierra se torne
glacial e infecundo páramo, y el sol enrojecido y rauriente amenace sumirnos en
tinieblas eternas... el protoplasma orgánico habrá tocado la perfección de su obra.
Entonces el rey de la Creación abandonará para siempre la humilde cuna que
meció su infancia, asaltará audazmente otros mundos y tomará solemne posesión
d el Universo!...»
RECUERDOS DE MI VIDA
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¡ Bien se ve que no había leído a Clausius ni conocía las fatídicas predicciones
de la termo-dinámica!... ¡Ante mi optimismo candoroso quédase en mantillas el de
Metchnikoff, quien en libro 'posterior (Estudios sobre la naturaleza humana) sólo
promete a la especie humana, para cuando las neuronas aprendan a defenderse
mejor de los fagocitos y toxinas intestinales, una senectud tranquila, plácida y
exquisitamente adaptada a la idea de la muerte!... Adelantándome en muchos
años a las tan decantadas fantasías de Wells, daba yo por misión fundamental de
la evolución, la eternidad de la vida y la invasión y conquista de los astros madu¬
ros para alojar dignamente al semidivino superhombre... Excusezdú peu!...
Afortunadamente, no tardé en curarme de estos empalagosos lirismos en los
que late, sin embargo, de vez en cuando algún pensamiento que, adecuadamente
desarrollado y documentado, y limpio de hojarascas retóricas, hubiera podido
constituir el germen de algún libro serio de filosofía natural.
CAPITULO III
DECIDO PUBLICAR MIS TRABAJOS EN EL EXTRANJERO. -INVITACIÓN DEL PROFESOR -
W. KRAUSE, DE GO TINGA, DE COLABORAR EN SU REVISTA. -TRABAJOS SOBRE LOS
epitelios y fibra -muscular.— mis PRIMERAS EXPLORACIONES SOBRE EL SIS¬
TEMA NERVIOSO.— DIFICULTADES ENCONTRADAS.— EXCELENCIAS DEL MÉTODO'
DE GOLÜI Y EXCESIVO NACIONALISMO DE LOS SABIOS.— MIS DISTRACCIONES EN
VALENCIA: LAS EXCURISONES DEL GASTER-CLUB Y LAS MARAVILLAS DE LA SU¬
GESTIÓN Y DEL HIPNOTISMO
Aunque el fruto de mis pesquisas había sido hasta entonces harto mez¬
quino, me acometió la comezón de exportarlo al mercado extranjero. Tal
^ propósito parecióme hasta indispensable a los fines de mi educación ciea-
tifica. Sólo luchando con los fuertes se llega a ser fuerte. Con las células nerviosas
ocurre lo que con las tropas: instruidas exclusivamente para las luchas civiles o
en previsión de motines callejeros, difícilmente harán frente a un ejército extran¬
jero organizado técnica y moralmente para la guerra grande, es decir, para los
conflictos internacionales. Sobre que la crítica severa de los extraños no es abso¬
lutamente necesaria; hiere la carne ruda y ásperamente, cual cincel sobre el már¬
mol, pero modela y embellece la estatua intelectual. Y al reflejar sin piedad nues¬
tros defectos, nos trae también el conocimiento positivo de nuestras fuerzas.
Penetrado de estas verdades, aproveché la primera ocasión que se me presen¬
to de colaborar en revistas alemanas, entonces, como hoy, las más leídas y auto¬
rizadas. Un histólogo célebre de la Universidad de Gottingen, M. W. Krause, fué
mi introductor en el mundo sabio. Con el título de International Monatschrift für
AnatomiemdPhysiologie, publicaba, dicho profesor cierta revista mensual donde
figuraban comunicaciones en francés, inglés, italiano y alemán. Había leído algún
trabajillo mío, andaba no muy sobrado de origina! y solicitó benévolamente mi
concurso, ofreciéndome costear todas las cromolitografías necesarias y regalarme
una tirada de 50 ejemplares. Encantado de la invitación, me apresuré a satisfacer
sus deseos, enviándole desde Valencia, y con intervalo de dos años, dos monogra¬
fías redactadas en un francés mediocre e ilustradas con profusión de dibujos ^
Pecaría de ingrato si no recordara aquí que el doctor Krause, profesor enton¬
ces de Histología en Gotinga y actualmente en Berlín, me animó mucho con sus
consejos y me instruyó con sus cartas llenas de preciosas indicaciones bibliográ
ficas. En sus buenos oficios, llegó hasta prestarme o regalarme folletos antiguos-
de difícil o imposible adquisición en el mercado alemán. Aprovecho esta ocasión
para testimoniar al viejo maestro y generoso mentor la expresión de mi cordial
RECUERBOS BE MI VIDA
187
gratitud y sincero afecto. Más adelante, con ocasión de un viaje a Alemania, ten¬
dré ocasión de hablar del insigne investigador (1).
Volviendo a las mentadas comunicaciones, diré que la primera llevaba por tí¬
tulo Contribution á l'étude des cellules anastomosées des épithéliums pavimen-
tettx (2). En ella analizaba yo la estructura íntima de las células epiteliales de al¬
gunas mucosas (corneal, palpebral, lingual) y del bulbo piloso. Después de reco¬
nocer y describir el retículo intraprotoplásmico y filamentos comunicantes intra-
celulares, señalados años antes por Bizzozero y Ranvier en el epidermis de la piel,
confirmaba 'estas mismas disposiciones en la córnea (epitelio anterior' y en las
vainas del bulbo piloso, órganos en que no se habían observado; y añadía la exis¬
tencia, en los referidos hilos de unión, de una envoltura o forro en continuación, al
parecer, con la membrana celular. Semejante pormenor estructural fué ulterior--
mente comprobado, con alguna variante de apreciación, por Ide, Kromayer y, años .
después, por Unna, de Hamburgo.
La segunda comunicación, que apareció en 1888 con el título de Observations
sur la textare desfibres musculaires des paites et des alies des insecies (3), fué de
más fuste y harto más rica era detalles descriptivos nuevos. Versaba principal¬
mente sobre la textura de la fibra muscular de los insectos, campo de observación
preferido por los histólogos, a causa del gran tamaño que, en dichos articulados, _
poseen las bandas o rayas transversales de la materia contráctil, y de ia comodi¬
dad de observarlas en vivo sobre la platina del microscopio. La colecta y prepara- -
ción del niaterial necesario para la redacción de esta extensa monografía (que lle¬
vaba anejas cuatro grandes láminas litografiadas), costóme unos dos años, duran- -
te los cuales exploré numerosos órdenes y especies de insectos. Contenía mi co¬
municación bastantes observaciones originales de histología comparada, algunas;
de las cuales fuetdn posteriormente comprobadas por los histólogos. Por desgra¬
cia, si demostré celo y laboriosidad en la observación y descripción de los hechos,,
no fui igualmente afoitunado, en su interpretación.
Reinaba entonces en histología una de esas concepciones esquemáticas que
fascinan temporalmente los espíritus e influyen decisivamente en las pesquisas y
Opiniones de la juventud. Aludo a la teoría reticular de Heitzmann y Carnoy, apli¬
cada muy ingeniosamente a la constitución de la materia estriada de los músculos,
por el mismo Carnoy, autor de la célebre BiAogia celular (4), y después por el in¬
glés Melland y el belga van Gehuchten. Y yo, fascinado por el talento de es¬
tos sabios y el prestigio de la teoría, incurrí en la debilidad de considerar, como
ellos, lo substancia contráctil como una rejilla de fibrillas sutiles (las bebías pre¬
existentes aparecidas en los preparados de los ácidos y del cloruro de oro) unidas
transversalmente por la red emplazada al nivel de la línea de Krause. En cuanto a
\sls fibrillas primitivas serían resultado de coagulación post-mortem. Más adelante
volví sobre esta opinión, criticada vivamente por Rollet, Kólliker y otros, los cua¬
les alegaban con razón que los pretendidos artefactos eran observables hasta en
los músculos vivos de ciertos insectos.
Insisto en estos detalles, porque deseo prevenir a la juventud contra la inven¬
cible atracción de las teorías simplistas y seductoramente unificadoras. Subyuga-
(1) Ha muerto, como muchos sabios ancianos, durante los luctuosos años de la horrenda guerra.
(2? Caial: International Monatachrift f. Anat. u. Physiol. Bd. Til, Hélf. 7, 1886.
(3) Cajal: International MonatscTiriftf. Anat. u. Physiol.
(4) Carnoy: La biologie ceUulaire. fase. I. 1884.
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S. RAMÓN Y CAJAL
dos por la- teoría, los principiantes histólogos veíamos entonces redes por todas par¬
tes. Lo que especialmente nos cautivaba era que dicha especulación identificaba el
complejo sübtractum estructural de la fibra estriada con el sencillo retículo o ar¬
mazón fibriilar de todo protoplasma. Cualquiera que fuera la célula, amibo o cor¬
púsculo contráctil, el protagonista fisiológico, o sea el factor activo, estaba siem¬
pre representado por la redecilla o esqueleto elemental.
De estas ilusiones ningún histólogo está libre, máxime si es debutante. Cae¬
mos tanto mejor en el lazo cuanto que los esquemas sencillos estimulan y hala¬
gan tendencias profundamente arraigadas en el espíritu: la inclinación nativa al
ahorro de esfuerzo mental y la propensión, casi irresistible, a tomar como verda¬
dero lo que satisface a nuestro sentido estético, por exhibirse bajo formas arqui¬
tectónicas agradables y armoniosas. Como siempre, la razón calla ante la belleza.
El caso de Friné se repite constantemente. Sin embargo, no hay equivocación inútil
como nos asista el sincero propósito de la enmienda. Y yo, persuadido de que Ja
fama duradera sólo acompaña a la verdad, deseaba acertar a todo trance. En ade¬
lante, pues, reaccioné vivamente contra esas concepciones teóiicas, bajo las cuales
la realidad desaparece o se deforma.
En mis exploraciones sistemáticas por los dominios de la anatomía microscó¬
pica llegó el turno del sistema nervioso, esa obra maestra de la vida. Lo examiné
febrilmente en los animales, teniendo por guias los libros de Meynert, Hugenin,
Luys, Schwalbe y, sobre todo, los incomparables de Ranvitr, de cuya ingeniosa
técnica me serví con tesón escrupuloso.
Importa recordar que los recursos analíticos de aquellos tiemipos eran asaz in¬
suficientes para abordar eficazmente el magno y atrayente problema. Descono¬
cíanse todavía agentes tintóreos capaces de teñir selectivamente las expansiones
de:las células nerviosas y que [consintieran perseguirlas con alguna seguridad, al
iravés de la formidable maraña de la substancia gris.
Ciertamente, desde la época de Meynert se practicaba con algún éxito el méto¬
do de los cortes finos seriados, impregnados en carmín o hematoxilina,Ua que se
añadió por entonces el método de Weigert para el teñido de las fibras meduladas;
mas, por desgracia, los mejores preparados no revelaban sino el cuerpo protoplás-
mico de las células nerviosas con sus núcleos, y algo, muy poco, del arranque o
trayecto inicial de los apéndices dendríticos y nerviosos.
Algo más expresivo, a los efectos de la revelación de la morfología celular, re¬
sultaba el proceder de la disociación mecánica, puesto en boga por Deiters, Schül-
zey Ranvier. Este aislamiento elemental efectuábase, de ordinario, a favor de las
agujas, sobre el porta-objetos, previa maceración de la trama nerviosa en disolu¬
ciones débiles de bicromato de potasa. Tratándose de nervios, semejante recurso
proporcionaba muy claras imágenes, máxime si se le combinaba, a ejemplo de
Ranvier, Schiefferdecker, Segall, etc., con la acción impregnadora— subsiguiente o
preliminar según los casos— del nitrato de plata o del ácido ósmico. Pero aplicada
al análisis de los ganglios, de la retina, de la médula espinal o del cerebro, la de¬
licada operación de desprender las células de su ganga de cemento y de desenre¬
dar y extender con las agujas sus brazos ramificados, constituía empresa de be¬
nedictino.
¡Qué dicha cuando, a fuerza de paciencia, lográbamos aislar por completo u
' elemento de neuroglia, con su forma típica en araña, o una neurona motriz colosal
de la médula, bien destacados y libres sus robustos cilindro-eje y dendritas! ¡Qué
"Triunfo sorprender en afortunadas disociaciones, de los ganglios raquídeos la bifur-
RECUERDOS DE MI VIDA
189-
cación de la expansión única, o desbrozar de su zarzal neuróglico la pirámide ce¬
rebral, es decir, la noble y enigmática célula del peiísamiento! Estos modestos
éxitos de manipulador nos llenaban de ingenua vanidad y de íntima delectación.,
Lo malo era que semejante alarde, un poco pueril, de virtuosidad técnica, era in¬
capaz de satisfacer nuestra ansia de dilucidar el insondable arcano de la organi¬
zación cerebral. A nuestra febril curiosidad se sustraía cuanto se refiere a la ardua
cuestión del origen y terminación de las fibras nerviosas dentro de los centros, y .
a la no menos fundamental y apremiante de las íntimas conexiones intercelulares.
Nadie podía contestar a esta sencilla interrogación; ¿Cómo se transmite la corrien-
te nerviosa desde una fibra sensitiva a una motora? Ciertamente, no faltaban hi¬
pótesis; pero todas ellas carecían de base objetiva suficiente.
Y, sin embargo, a despecho de la impotencia del análisis, el problema nos
atraía irresistiblemente. Adivinábamos el supremo interés que, para la construcción
de una psicología racional, ofrecía el conocimiento exacto de la textura del cerebro.-
Conocer el cerebro -nos decíamos— equivale a averiguar el cauce material del
pensamiento y de la voluntad, sorprender la historia íntima de la vida en su per¬
petuo duelo con las energías exteriores; historia resumida, y en cierto modo es¬
culpida, en esas coordinaciones neuronales defensivas del reflejo, del instinto y de
la asociación de las ideas.
Por desgracia, faltábanos el arma poderosa con que descuajar la selva im¬
penetrable de la substancia gris, deh esa constelación de incógnitas, como, en su
lenguaje brillante, la llamaba Letamendi.
Y con todo eso, mi pesimismo era exagerado, según hemos de ver. Claro es
que el aludido desiderátum era y es aún hoy ideal inaccesible. Pero algo se podía
avanzar hacia él aprovechando la técnica de entonces. En realidad, el instrumento
revelador existía; sólo que ni yo, aislado en mi rincón, lo conocía, ni se había di¬
vulgado apenas entre los sabios, no obstante haber visto la luz por los años de 1880
y 1885. Fué descubierto por C. Golgi, eximio histólogo de Pavía, favorecido por
la casualidad, musa inspiradora de los grandes hallazgos. En sus probaturas tin-
toriales, notójeste sabio que el protoplasma de las células nerviosas, tan rebelde
a las coloraciones artificiales, posee el precioso atributo de atraer vivamente el
precipitado de cromato de plata, cuando este precipitado se produce en el espesor
mismo de las piezas. El modas operandi, sencillísimo, redúcese a indurar por va¬
rios días trozos de substancia gris en soluciones de bicromato de potasa (o e
líquido de Mülier), o mejor aún, en mezcla de bicromato y de solución al 1 por 100
de ácido ósmico, para tratarlos después mediante soluciones diluidas (al 0,75) de
nitrato de plata cristalizado. Genérase de este modo un depósito de bicromato ar¬
géntico, el cual, por dichosa singularidad que no se ha explicado todavía, selec¬
ciona ciertas células nérviosas con exclusión absoluta de otras. Al examinar la
preparación, los corpúsculos de la substancia gris muéstranse teñidos de negro
marrón hasta en sus más finos ramúsculos, que destacan con insuperable claridad,,
sobre un fondo amarillo transparente, formado por los elementos no impregnados .
Gracias atan valiosa reacción, consiguió Golgi, durante varios años de labor, es¬
clarecer no pocos puntos importantes de la morfología de las células y apéndices
nerviosos. Pero, según dejo apuntado, el admirable método de Golgi era por en¬
tonces (1887-1838) desconocido por la inmensa mayoría de los neurólogos o deses¬
timado de los pocos que tuvieron noticia precisa de él. El libro de Ranvier, - mi bi¬
blia técnica de entonces, le consagraba [solamente unas cuantas líneas informati¬
vas escritas displicentemente. Veíase a la legua que el sabio francés no lo había.
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S. RAMÓN Y CAJAL
ensayado. Naturalmente, los lectores de Ranvier pensábamos que el susodicho
método no valía la pena. Igual desdén mostraban los alemanes.
Debo a L. Simarro, el atamado psichiatra y neurólogo de Valencia, el inolvida¬
ble favor de haberme mostrado las primeras buenas preparaciones efectuadas con
el proceder del cromato de plata, y de haber llamado mi atención sobre la excep¬
cional importancia del libro del sabio italiano, consagrado a la inquisición de la
íntima estructura de la substancia gris (1). Merece contarse el hecho, porque so¬
bre haber tenido importancia decisiva etí mi carrera, demuestra una vez más la
potencia vivificante y dinamógena de las cosas vistas, es decir, de la percepción
directa del objeto, enfrente de la débilísima y por no decir nula influencia de es¬
tas mismas cosas, cuando a la mente llegan por las frías y desvaídas descripcio¬
nes de los libros.
Allá por el año de 1887 fui nombrado juez de oposiciones a cátedras de Ana¬
tomía descriptiva. Deseoso de aprovechar mi estancia en Madrid para informarme
de las novedades científicas, páseme en comunicación con cuantos en la Corte
cultivaban los estudios micrográficos. Entre otras visitas instructivas, mencionaré:
la girada al Museo de Historia Natural, donde conocí al modestísimo cuanto sabio
naturalista D. Ignacio Bolívar; la consagrada al Laboratorio de Histología de
San Carlos, dirigido por el benemérito Dr. Maestre, y cuyo ayudante, el doctor
López García, mostróme las últimas novedades técnicas de Ranvier, de quien
había sido devotísimo y aprovechado discípulo; la efectuada a cierto Instituto bio-
■ lógico no oficial, instalado en la calle de la Gorgnera, en el cual trabajaban varios
jóvenes médicos, entre ellos el Dr. D. Federico Rubio, y sobre todo D. Luis
Simarro, recién llegado de París y entregado al noble empeño de promover entre
nosotros el gusto hacia la investigación; y, en fin, la realizada al laboratorio pri¬
vado del prestigioso neurólogo valenciano, quien, por cultivar la especialidad
profesional de las enfermedades mentales, se ocupaba en el análisis de las altera¬
ciones del sistema nervioso (asistido, por cierto, de copiosísima biblioteca neuro-
lógica), ensayando paciente y esmeradamente cuantas novedades técnicas apare¬
cían en el extranjero.
Fué precisaniente en casa del Dr. Simarro, situada en la calle del Arco de
Santa María, 41, donde por primera vez tuve ocasión de admirar excelentes pre¬
paraciones del método de Weigert-Pal, y singularmente, según dejo apuntado
aquellos cortes famosos del cerebro, impregnados mediante el proceder argénti¬
co del sabio de. Pavía.
Expresaba en párrafos anteriores la sorpresa sentida al conocer de visa la ma¬
ravillosa potencia reveladora de la reacción cromo-argéntica y la ninguna emo¬
ción provocada en el mundo científico por su hallazgo. ¿Cómo explicar tan extra¬
ña indiferencia? Hoy, que conozco mejor la psicología de los sabios, hallo la cosa
muy natural. En Francia, como en Alemania, y más en ésta que en aquélla, reina
una severa disciplina de escuela. Por respeto al maestro, ningún discípulo suele
emplear métodos de investigación qne no se deban a aquél. En cuanto a los gran¬
des investigadores, creeríanse deshonrados trabajando con métodos ajenos. Las
dos grandes pasiones del hombre de ciencia son el orgullo y el patriotismo. Tra¬
bajan, sin duda, por amor a la verdad, pero laboran aún más en pro de su presti¬
gio personal o de la soberanía intelectual de su país. Soldado del espíritu, el in¬
vestigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el te-
(1) OoLOi: Sulla fina Anatomía degli organi centrali del sistema nervoso. AUlano, 1885.
RECUERDOS DE MI VIDA
191
lescopio. Por donde, lejos de acoger con agrado y curiosidad la conquista realiza¬
da en extrañas tierras, la recibe receloso, como si le trajera insufrible humillación.
A menos que el invento sea de tal magnitud y transcendencia industrial que igno¬
rarlo constituyera pecado de leso patriotismo. ¡Cuántas veces, en mi ya larga ca¬
rrera, he padecido los desalentadores efectos de tales miserias!... Más adelante,
empero, tendré ocasión de elogiar a sabios que, por honrosa excepción, sienten
placer en realzar, con trabajos de confirmación y ampliación, el mérito forastero
preterido o ignorado. ¡Pero qué raros tan nobles caracteres!...
A mi regreso a Valencia decidí emplear en grande escala el método de Golgi y
estudiarlo con toda la paciencia de que soy capaz. Innumerables probaturas, he¬
chas por Bartual y por mí, en muchos centros nerviosos y especies animales, nos
convencieron de que el nuevo recurso analítico tenía ante sí brillante porvenir,
sobre todo si se encontraba manera de corregirlo de su carácter un tanto capri¬
choso y aleatorio (1 ). El logro de una buena preparación constituía sorpresa agra¬
dable y motivo de jubilosas esperanzas.
Hasta entonces, nuestras preparaciones del cerebro, cerebelo, médula espi¬
nal, etc., confirmaban plenamente los descubrimientos del célebre histólogo de
Pavía; pero ningún hecho nuevo de importancia surgía de ellas. No me abandonó
por eso la fe en el método. Estaba plenamente persuadido de que, para avanzar
seriamente en el conocimiento estructural de los centros nerviosos, era de todo
punto preciso servirse de procederes capaces de mostrar, vigorosa y selectiva¬
mente teñidas sobre fondo claro, las más tenues raicillas nerviosas. Sabido es que
la substancia gris representa algo así como fieltro apretadísimo de hebras ultra-
sutiles; para perseguir estos filamentos nada valen los cortes delgados ni las co¬
loraciones completas. Requiérense al efecto reacciones intensísimas que consien¬
tan el empleo de cortes muy gruesos, casi macroscópicos (las expansiones de las
células nerviosas tienen a veces muchos milímetros y aun centímetros de longi¬
tud), y cuya transparencia, no obstante el insólito espesor, sea posible, gracias a
la exclusiva coloración de algunas pocas células o fibras que destaquen en medio
de extensas masas celulares incoloras. Sólo así resulta empresa factible seguir un
conductor nervioso desde su origen hasta su terminación.
De cualquier modo, estábamos ya en posesión del instrumento requerido. Fal¬
taba solamente determinar escrupulosamente las condiciones de la reacción cro¬
mo-argéntica, disciplinarla para adaptarla a cada caso particular. Y si el encé¬
falo y demás órganos centrales adultos del hombre y vertebrados son demasiado
complejos para permitir escrutar, mediante dicho recurso, su plan estructural,
¿por qué no aplicar sistemáticamente el método a los animales inferiores o a las
fases tempranas de la evolución ontogénica, en las cuales el sistema nervioso
debe ofrecer organización sencilla y, por decirlo así, esquemática?
Tal era el programa de trabajo que nos impusimos. Iniciado en Valencia, sólo
•cuando me trasladé a Barcelona fué cumplido con una perseverancia, un entu¬
siasmo y un éxito que superaron mis esperanzas. Pero de esto trataremos opor¬
tunamente.
(1) A estas veleidades de la impregnación cromo-argéntica se debió, sin duda, el que Simarro, in¬
troductor en España de los métodos y descubrimientos de Golgi, abandonara desalentado sus ensayos.
En carta suya de 1889 me decía; cRecibI su última publicación sobre, la estructura de la médula espinal,
que me parece un trabajo notable, mas nó convineenie, a causa del método de Golgi. que aun en sus
manos de u'ted, que tanto lo ha perfeccionado, es, más que demostrativo, un método sugestivo.» Des-
^aciadamenfe, Simarro. dotado de un gran.talento, carecía de la perseverancia, la virtud de los modestos.
192
S. RAMÓN Y CAJAL
No todo fué, durante mi estancia en la capital valenciana (años de 1884 a 1887),
austera y febril labor de laboratorio. Tuvieron también su correspondiente laboreo
los barbechos artísticos y filosóficos del cerebro. Forzoso era proporcionar a cada
célula su ración y a cada instinto honesto ocasión propicia de ejercitarse. A guisa
de desentumecedores de neuronas en riesgo de anquilosis, desarrollé dos órde¬
nes de distracciones: las excursiones pintorescas y el estudio experimental del
hipnotismo, ciencia naciente que por entonces atraía la curiosidad pública y apa¬
sionaba los espíritus.
Poco hablaré de las excursiones, cuyo relato sólo puede ser interesante para
los escasos supervivientes de aquellas agradables e higiénicas expansiones. Re¬
cordaré no más que varios contertulios del Casino de la Agricultura (Arévalo
Vaca, Dr. Guillén, el farmacéutico Dr. Chiarri, Dr. Narciso Loras, don Prudencio
Solis, Marsal, Soto, Rodrigo, E. Alabern, F. Peset, Gaspar, Nogueroles, Cas¬
tro, etc.), organizamos una Sociedad gastronómico-deportiva, rotulada humorísti¬
camente el Gaster-Club (1). Los fines de esta reunión de gente de buen humor re¬
ducíanse a girar visitas domingueras a los parajes más atrayentes y pintorescos
del reino de Valencia; tomar fotografías de escenas y paisajes interesantes; dar de
vez en cuando juego supraintensivo a músculos y pulmones, caminando entre al¬
garrobos, palmitos, pinos y adelfas, y, en fin, saborear la tan suculenta y acredi¬
tada paella valenciana. El reglamento, redactado por mí, excluía como cosa ne¬
fanda y abominable cuanto oliera a política, religión o filosofía, con sus inevita¬
bles derivaciones, las controversias acaloradas, perturbadoras de la digestión y
enervadoras de la cordial amistad. Sólo de ciencia y arte estaba permitido discu¬
rrir, y eso en términos llanos y fácilmente comprensibles. Habíamos declarado
guerra sin cuartel al énfasis y a la declamación.
Y así, de paella en paella, y siempre en amena y agradable compañía, visitamos
todos los rincones'atrayentes de la comarca levantina: Sagunfo, Castellón, Játiba,
Sueca, Callera, el Desierto de las Palmas, Burjasot, La Albufera, Gandía, las sie¬
rras del Monduber Espadan, etc., desfilaron sucesivamente por el objetivo de mi
Kodak, cuajando en pruebas que guardamos piadosamente, como recuerdos de
añorada juventud, los pocos supervivientes de aquella generación.
En cuanto a la otra distracción aludida, tuvo sabor más cientíñco, y consistió
en la confirmación experimental y en grande escala de los celebérrimos estudios
acerca del sonambulismo artificial y fenómenos de sugestión, efectuádos en Fran¬
cia por Charcot, Liébeault, Bernheim, Beaunis, etc. Estas investigaciones de psi¬
cología mórbida, emprendidas en el extranjero por sabios famosos habituados a
las observaciones exactas, tuvieron inmensa resonancia. Merced a ellas, recibie¬
ron al fin carta de naturaleza en la ciencia muchos de los estupendos milagros
narrados por Mesmer y exhibidos aparatosamente por los magnetizadores de tea¬
tro. Una ciencia nueva, heredera directa de la hechicería medioeval, había apare¬
cido.
Preciso es convenir que, a despecho de tres siglos de ciencia positiva, la
afición a lo maravilloso posee todavía honda raigambre en el espíritu humano.
Somos aún demasiado supersticiosos. Miles de años de fe ciega en lo sobrenatu¬
ral, parecen haber creado en el cerebro algo así como un ganglio religioso. Des-
(1) Muchos han fallecido (1922) con excepción de Alabern, José Noguerales, alto empleado de feiro.
carril, y el doctor Rodrigo Pertegas, a quien debo un recuerdo cariñoso publicado hace pocos meses
(1922) en un periódico de Valencia. .
193
RECOTRDOS DE MI VIDA
.aparecido casi enteramente en algunas personas, y caído en atrofia en otras, per¬
siste pujante eñ las más. Por espritfort que se sea, ¿quién no ha oído sonar algu¬
na vez aquellas mística campanas de Is de que habla Renán, o sentido rebrotar
ozana la creencia en genios, duendes y aparecidos?
Por esta vez, sin embargo, no se trataba de manifestaciones sobrenaturales,
.sino de sorprendentes y harto descuidadas actividades, o si se quiere r comalias
deljdinamismo celebral, ,
Para estudiarlas metódicamente, varios amigos, algunos de ellos tertulianos
del Casino de la Agricultura, organizamos un Comité de investigaciones psicológi-
cas. E inauguramos nuestras pesquisas con la busca y captura de sujetos idóneos.
Por mi casa, convertida al efecto en domicilio social, desfilaron especies notabilí¬
simas de histéricas, neurasténicos, maníacos y hasta de acreditados médiums es¬
piritistas. En breve tiempo recogimos copiosa colección de interesantes documen¬
tos. Llenos de asombro, hubimos a confirmar casi todos los estupendos fenóme¬
nos descritos por los sabios, singularmente los señalados por Bernheim, de Nan-
cy. Ocioso fuera citar menudamente los resultados, obtenidos. Carecen de nove¬
dad e interés, y inás hoy, después de la publicación de tantos Tratados magistra¬
les relativos a este orden de estudios.
Mencionaré, solamente, los experimentos de hipnosis producidos en las persO'
jias sanas y al parecer limpias de toda t^ra neurótica (algunos de , ellos, abogados,
médicos, etc.). Sobrevenido el grado de sopor y de pasibilidad indispensables, pro¬
ducíanse, a la orden del hipnotizador, y tanto durante el sueño como después de
despertarse, la catalepsia cérea y la analgesia; congestiones y hemorragias pox su¬
gestión; a/üc/onaemes positijas y negativas de todo linaje (visuales, acústicas,
táctiles); amnesia total o parcial; evocación de imágenes olvidadas o casi olvidadas;
desdoblamiento de la personalidad; eclipse o inversión de los sentimientos más
arraigados; y en fin, abolición total del libre albedrío, es decir, de la facultad críti¬
ca y de la selección consciente de las reacciones motrices. Hasta los actos más re¬
pugnantes al carácter o los más contrarios a la moral y a la decencia, eran fatal y
necesariamente ejecutados. Sujeto hubo que ajustó estrictamente su vida, duran¬
te una semana, a un programa especial lleno de acciones extravagantes e ilógicas,
sugerido durante el estado somnambúlico.
Y llevando la sugestión al terreno terapéutico, conseguí realizar prodigios que
'envidiaría el más hábil de los taumaturgos. Mencionaré: la transformación radical
del estado emocional de ios enfermos (paso casi instantáneo de la tristeza a la
alegría); la restauración del apetito en histeroepilépticas inapetentes y emaciadí-
simas; la curación, por simple mandato, de diversas especies de parálisis crónicas
de naturaleza histérica; la cesación brusca de ataques de histerismo con pérdida
del conocimiento; el olvido radical de acontecimientos dolorosos y atormentado¬
res; la abolición completa délos dolores del parto en mujeres normales (1); en fin,
la ánestesia quirúrgica, etc.
La fama de ciertas curas milagrosas recaídas en histéricas y neurasténicos,
divulgóse rápidamente por la ciudad. A mi consulta acudían enjambres de des¬
equilibrados y hasta de locos de atar. Ocasión propicia hubiera sido aquéUa para
crearme pingüe clientela, si mi carácier y mis gustos lo hubieran consentido. Pero,
satisfecha mi curiosidad, licencié a mis enfermos, a quienes, natmalmente, no so-
(1) Un caso de este género fué publicado después en Barcelona en la Gaceta Médica Catalana, nú¬
mero del 15 de agosto de 1888.
13
S, RAMÓN y CAJAL
Í94
lía pasar la riota de Honorarios: harto pagado quedaba con que sé prestaran dócil¬
mente á mis experimentos.
Durante aquellas épicas pesquisas sobre la psicología morbosa, sólo se me re¬
sistieron tenazmente esos fenómenos extraordinarios, confinantes con el espifitís-
mo, a saber: la visión a través de cuerpos opacos, la transposición sensorial, la
sugestión mental, la telepatía, etc., estupendos milagros afirmados muy forínal-
mente por Ochorowicz, Lombroso, Rochas, Zollner, Richet, P. Gibier, Flammarión,
MyerSj-etc. ; ' ^ ^
- ¿Fracasaron quizás por imposibles? Tal creo hoy. Los secuaces de Alian Kar-
dek y los partidarios de la fuerza cerebral radiante, dirán acaso que no tuve suer¬
te. Sin embargo, puse en mis observaciones la mejor voluntad y no escatimé gas¬
to ni diligencia para procurarme los sujetos dotados de virtudes más transcenden¬
tales. Pero-bastába con que yo asistiera a una sesión de adivinación, sugestión
mental, doble vista, comunicación coh los espíritus, posesión demoniaca, etc., para
que, a la luz de la más sencilla crítica, se disiparan cual humo todas las propieda¬
des maravillosas de los med/ams o de las histéricas zahones. Lo admirable en
aquellas sesiones no eran los sujetos, sino la increíble ingenuidad dé los asistentes,
que tomaban cual manifestaciones sobrenaturales ciertos fenómenos nerviosos
(autosugestión sobre todo) délos medmms,o la mera coincidencia de hechos, o
los efectos del hábito mental, o, en fin, los fáciles y conocidos ardides del cü/n-
©cr/únd/smó, tan exhibido después en los teatros.
■ Én suma, y prescindiendo aquí de los milagros increíbles atribuidos a ciertos
Sujetos, declaro que los consabidos experimentos de sugestión causáronme un
doble sentimiento de estupor y desilusión: estupor al reconocer la realidad de fe¬
nómenos de automatismo cerebral estimados hasta entonces como farsas y tram¬
pantojos de magnetizadores de circo; y decepción dolorosa al considerar que el
tan decantado cerebro humano, la «obra maestra de la creación>, adolece del
enorme defecto de la sugestibilidad; defecto en cuya virtud, hasta la más excelsa
inteligencia puede, en ocasiones, convertirse por ministerio de hábiles sugestio-
nadores, conscientes o inconscientes (oradores, políticos, guerreros, apósto¬
les, etc.), en humilde y pasivo instrumento de delirios, ambiciones o codicias (1):
(1) No obstante el aparato científico con que fueron observados, tenemos por sospechosos los ten ó-
mencís sobrenaturales relatados por W. Crookes, Zollner, Flammarión, Lombroso, W. James, Lucianí,
etcétera, engañados por Eusepia Paladino y oüos mediums no menos ladinos. Estas caídas de mentali¬
dades que, en los dominios de la ciencia, demostraron poseer facultades críticas de primer orden, ense¬
ñan cuán peligroso es abordar el estudio de los fenómenos medianímicos — tan propicios alfraude y
superchería— con el prejuicio de la comunicabilidad de los muertos con los vivos. Siempre queseme-
járité'éstedo efe 'cr¿e?icia falta, las artimañas ingeniosas de los mfidrawís son sorprendidas hasta por los
Observadores menos sagaces. De ello pudiéramos citar ejemplos elocuentísimos. Más adelante citaré urr
fasd típico, obse.ryado en Madrid, con. todas Jas garantías del más severo análisis científico .
Alberto Kollikei
CAPITULO IV
MI TRASLACIÓN A LA CÁTEDRA DE HISTOLOGÍA DE BARCELONA.— LOS NUEVOS COM¬
PAÑEROS DE FACULTAD.— LA PEÑA DEL CAFÉ DE PELAYO _ MIS INVESTIGACIO¬
NES SOBRE EL SISTEMA NERVIOSO CONDUCEN A RESULTADOS INTERESANTES.—
MI EXCESIVA FECUNDIDAD CIENTÍFICA DURANTE 1888 ME OBLIGA A PUBLICAR
UNA REVISTA MICROGRÁFICA. — LAS LEYES DE LA MORFOLOGÍA Y CONEXIÓN DE
LAS CÉLULAS NERVIOSAS.— ME CURO DEFINITIVAMENTE DEL VICIO DEL AJEDREZ
PROMEDIADO el año de 1887, fué reformado el plan de enseñanza médica. La
asignatura de Histología normal y patológica, que figuraba en el docto¬
rado y explicaba el Dr. Maestre de San Juan, quedó incorporada al perío¬
do de la licenciatura. Dadas mis aficiones, natural parecía que yo aprovechase la
reforma, concursando alguna de las nuevas cátedras creadas, cosa fácil después
de todo, porque las nuevas disposiciones legales consideraban la Anatomía como
disciplina análoga, a los efectos de traslaciones y concursos, de la asignatura
recién creada.
Habiendo tocado a turno de concurso las vacantes de Barcelona y Zaragoza,
vacilé algún tiempo en mi elección. Mi primer pensamiento fué trasladarme a la
capital aragonesa. Hacia ella me arrastraban el amor de la tierra, los recuerdos de
la juventud y el afecto a la familia. Pero enfrente de estos sentimientos prevale¬
cieron consideraciones de orden honestamente utilitario. Para el hombre votado a
una idea y resuelto a ofrendarle toda su actividad, las ciudades grandes, son pre¬
feribles a las pequeñas. En éstas, las gentes se conocen demasiado. El animal
humano nos amenaza muy de cerca para vivir en santa calma, Y las rencillas y
aun los conflictos estallan a diario. Y el tiempo se va en halagar a los amigos y
combatir a los adversarios. Importa notar, además, que por aquellos tiempos el
claustro de mi venerada Alma mater, a causa de dos o tres desequilibrados, ardía
en resquemores y antagonismos impropios del decoro de la toga. No faltan, por
desgracia, temperamentos malévolos en las grandes poblaciones universitarias;
pero aquí las toxinas humanas, diluidas por la distancia, pierden o atenúan nota¬
blemente sus efectos.
, Temeroso, pues, de que mis fuerzas se disiparan en rudas y dolorosas frota¬
ciones, resolví al fin, contra el consejo de mi familia, trasladarme a la Ciudad
Condal. Y acerté en mis presunciones, porque en Barcelona encontré no sólo el
sereno ambiente indispensable a mis trabajos, sino facilidades imposibles en Za¬
ragoza para organizar un bien provisto laboratorio y publicar folletos ilustrados
con litografías y grabados. Precisamente, durante los primeros años pasados en
196
S. RAMÓN Y CAJAL
la Ciudad Condal aparecieron las más importantes de mis comunicaciones cien¬
tíficas.
Preocupado, eomo siempre, de no turbar la ecuación entre los gastos y los in¬
gresos, me instalé modestamente en una casa barata de la calle de la Riera Alta,
próxima al Hospital de Santa Cruz, donde, por entonces, estaba la Facultad de
Medicina. Ulteriormente, y contando ya con otros emolumentos (los proporciona¬
dos por algunos médicos deseosos de ampliar en mi laboratorio sus conocimien¬
tos histológicos y bacteriológicos), rae trasladé a la calle del Bruch, a cierta casa
nueva y relativamente lujosa. En ella dispuse de una hermosa sala donde instalar
el laboratorio y de un jardín anejo, muy apropiado para conservar los animales en
curso de experimentación.
Allí recibieron enseñanza micrográfica, entre otros jóvenes de mérito, Duran y
Ventosa, hijo del ex ministro Durán y Bas; Pi y Gilbert, que hizo brillantes oposi¬
ciones a cátedras de Histología y publicó algún trabajo en mi Revista; el malogra¬
do Gil Saltor (1), futuro profesor de Histología en Zaragoza y de Patología ex¬
terna en Barcelona; Bofill, que llegó a ser, andando el tiempo, excelente natura¬
lista; Sala Pons, que publicó años después algunas investigaciones interesantes
sobre la estructura del cerebro de las aves y la médula espinal de los batra¬
cios, etc.
Dada la proverbial cortesía catalana, huelga decir que en mis compañeros de
Facultad hallé sentimientos de consideración y respeto. Pasa el catalán por ser
un tanto brusco y excesivamente reservado cOn los forasteros; pero le adornan
dos cualidades preciosas; siente y practica fervorosamente la doble virtud del tra¬
bajo y de la economía; y acaso por esto mismo, evita rencillas y cominerías y res¬
peta religiosamente el tiempo de los demás.
Entre los comprofesores con quienes me ligaron lazos de afecto sincero, re¬
cuerdo a nuestro excelente decano el Dr. Juan Rull, profesor de Obstetricia; al
simpático doctor Campá, que acababa de trasladarse desde la Universidad de
Valencia; a Batlles, catedrático de Anatomía, orador colorista y afluentísimo; al
anciano y benemérito Silóniz, un andaluz a quien treinta años de permanencia en
Barcelona no habían quitado el gracioso acento gaditano; a Coll y Pujol, enclen¬
que y valetudinario entonces, pero que ha alcanzado los setenta sin jubilarse; a
Pi, maestro de Patología general, una de las cabezas más reflexivas y equilibradas
de la Facultad; a Giné y Partagás, orador brioso y publicista fecundo y agudo; a
Valentí, profesor de Medicina legal, expositor sutil, pero algo desconcertante y
paradójico; alDr. Morales, prestigioso cirujano andaluz, a quien los barceloneses
llamaban el moro triste, por su aspecto de Boabdil destronado; a Robert, clínico
eminente, luchador de palabra precisa e intencionada, que andando el tiempo,
debía sorprendernos a todos dirigiendo el nacionalismo catalán y proclamando
urbi et orbi, un poco a la ligera (no era antropólogo ni había leído a Olóriz y Aran-
zadi), la tesis de la superioridad del cráneo catalán sobre el castellano; opinión
desinteresada, pues además de gozar de un cráneo exiguo, aunque bien amuebla¬
do, había nacido en Méjico y ostentaba un apellido francés; en fin, al simpático
Bonet, quien, gracias a su viveza y habilísima política, llegó a rector de la Univer¬
sidad, a senador y hasta a barón de Bonet, etc., etc.
¡Lástima que tan lucido elenco de maestros desarrollara sus funciones en el
vetusto y ruinoso Hospital de Santa Cruz, en donde si no faltaban enfermos y fa¬
cí) Murió pocos años después de tomar posesión de la cátedra de Cirugía de Barcelona.
RECUERDOS DE MI VIDA
197
cilidades, por tanto, para la enseñanza clínica, se carecía del indispensable local
para cátedras y laboratorios. Por lo que a mí respecta, hízose lo posible para orga¬
nizar la enseñanza micrográfica. Gracias a la benevolencia del Dr. Rull, conseguí
una sala, relativamente capaz, destinada a las manipulaciones y demostraciones
de Histología y Bacteriología, amén de un buen microscopio Zeiss y de algunas
estufas de esterilización y vegetación. Contando con alumnos poco numerosos,
pero muy aplicados y formales, pude, no obstante la pequeñez del laboratorio,
dar una enseñanza práctica harto más eficaz que la actualmente dada en Madrid,
donde la masa trepidante de cuatrocientos alumnos turba el buen orden del aula
y esteriliza las iniciativas pedagógicas mejor encaminadas.
Novato todavía en los” estudios de Anatomía patológica, tomé a empeño ad¬
quirir conocimientos positivos en esta rama de la Medicina, practicando autop¬
sias e iniciándome en los secretos de la patología experimental. Por fortuna, los
cadáveres abundaban en el Hospital de Santa Cruz. Pasábame diariamente algu¬
nas horas en la sala de disección; recogía tumores, exploraba infecciones y culti¬
vaba microbios. Casi todas las figuras relativas a la inflamación, degeneraciones,
tumores e infecciones, incluidos en la primera edición de mi Manual de Anatomía
patológica general (1), son copias de preparaciones efectuadas con aquel rico ma¬
terial necrópsico, al que se añadieron algunos tumores e infecciones proporcio -
nados por Profesores de otros hospitales o por los veterinarios municipales. La
ejecución de estos trabajos y la redacción del citado libro fueron la principal
tarea del año 1887 y comienzos del 88.
Dejo expresado en otro lugar que el hombre de laboratorio, ajeno a la política
y al ejercicio profesional, nada frecuentador de casinos y teatros, necesita, para no
llegar al enquistamiento intelectual o caer en la estrafalariez, del oreo conforta¬
dor de la tertulia. Es preciso que llegue hasta él, simplificado y elaborado por el
ajeno ingenio, algo de lo que en el mundo pasa. Ocioso es notar que en tales
reuniones, para ser amenas y educadoras, deben figurar temperamentos men¬
tales diversos y especialistas diferentes. Sólo los ricos, es decir, los escuetamente
capitalistas, y las malas personas serán cuidadosamente eliminados; porque si los
últimos causan disgustos, los primeros desimantan con sus groseros argumentos
a ras de tierra a los inspirados en altos ideales. La buena peña supone atinado re¬
parto de papeles. Un comensal tratará de política; otro de negocios; aquél comen¬
tará, leve y graciosamente, los sucesos locales o nacionales; el de más allá se en¬
tusiasmará con la literatura o con él arte; alguien cultivará la nota cómica; hasta
la voz grave de un defensor celoso del orden social, y del consabido consorcio
entre el altar y el trono, se oirá con gusto de vez en cuando; mas para el hombre
de laboratorio, los más útiles y sugestivos contertulios serán sus colegas de otras
Facultades, los capaces de comentar sin pedantería las últimas revelaciones de
las respectivas ciencias.
Sin responder enteramente a este ideal, la tertulia del Café de Pelayo (trasla¬
dada después a la Pajarera de la Plaza de Cataluña), donde fui presentado en los
primeros meses de 1887, me resultó singularmente grata y provechosa. Preponde¬
raban, y ello era bueno, los Catedráticos de la Facultad de Ciencias; pero figura¬
ban también políticos, literatos, médicos y hombres de negocios. Recuerdo, entre
otros, al amigo Lozano, Catedrático de Física; a Castro Pulido, Profesor de Cos¬
mografía y pulcro y fácil conversador; a Villafañé (recién llegado de Valencia),
(1) Cajal; Manual de Anatomía patológica gehieral, 1.® edición. Barcelona, 1889-1890.
198
S. RAMÓN y CAJAL
carácter atrabiliario, defensor de una estrafalaria teoría filosófica sobre el átomo
pensante, con que nos dió tremendas tabarras; a V- García de la Cruz, Profesor de
Química, bonísima persona y talento clarísimo, del cual hablaré luego; a Soriano,
Catedrático de latín y activo periodista; a Schwarz, Profesor de Historia (enton¬
ces auxiliar), orador fogoso, prototipo del vir bonus dicendi pmYas, que llegó a
concejal, alcalde y no sé si a diputado a Cortes; a Sedó (yerno), fabricante de te¬
jidos, persona lista y diestra en negocios; a Pablo Calven, abogado con fábrica,
dotado de finísimo ingenio satírico, fértil en ocurrencias agudas y oportunísi¬
mas (1), etc. A esta peña agregáronse más adelante mi paisano Odón de Buen»
naturalista de mucho mérito y entonces exaltado republicano, librepensador mi¬
litante, y en fin, otras muchas personas borradas de mi memoria.
Juzgo excesivamente egoísta aquel dicho antiguo, desaprobado por Cicerón,
«que se debe amar como quien ha de aborrecer»; pero estimo prudente, para sal¬
vaguardar la santa libertad, no extremar el trato amistoso hasta esa pegajosa in¬
timidad que merma nuestro tiempo, se entromete en caseros asuntos y coarta
gustos e iniciativas. De esta discreta reserva hice, sin embargo, excepción en fa¬
vor de Victorino García de la Cruz, uno de los más asiduos y agradables comen¬
sales de la referida peña. De ideas filosóficas no siempre armónicas con las mías,
coincidíamos en muchos gustos y tendencias; igual despreocupación del dinero;
el mismo culto hacia el arte y, en su defecto, hacia la fotografía; igual entusiasmo,
en fin, por la investigación original y el renacimiento intelectual de España.
Durante varios años de íntimo trato fué Victorino el único confidente de mis
proyectos. Comunicábale a diario el estado de mis trabajos, los obstáculos que
me detenían, así como mis caras ilusiones y esperanzas. Al principio me oía con
extrañeza,,casi con incredulidad. Patriota sincero, la desesperanza había ganado
su espíritu y paralizado sus fuerzas. Mas al fin mis predicaciones obraron en él
una especie de contagio. Y siguiendo mi ejemplo, acabó por escoger en el domi¬
nio de la física, que cultivó siempre con amor, algunos temas de estudio, baratos,
es decir, accesibles a los mezquinos medios con que contaba. Años después, re¬
cordando mis alentadoras exhortaciones, solía decir que sin mi estímulo no hu¬
bieran aparecido nunca sus interesantes descubrimientos sobre Las leyes de los
líquidos turbios y gases nebulosos, y otras conquistas científicas de positivo valor.
En el curso de estas memorias hemos de ver a menudo acreditado el dicho de
Cisneros: «Fray Ejemplo es el mejor predicador.»
¡Pobre Victorino! Era un talento reflexivo y penetrante, un trabajador infatiga¬
ble y probo. Murió, joven aún, años después, cuando, trasladado a la Corte, había
conseguido por sus indiscutibles méritos un sillón en la Real Academia de Cien¬
cias y alcanzado bien cimentada notoriedad.
Volviendo al relato de mis trabajos, consignaré que, adelantada mi labor pre¬
paratoria en Anatomía patológica, proseguí con inusitado ardor las investigacio-
(1) Del saladísimo Pablo Calvell podría referir muchos dichos graciosos. Citaré sólo la siguiente an¬
daluzada, la mayor que he oído en mi vida:
Despedían en la estación al travieso Romero Robledo varios acompañantes, entre ellos el diputado
Sol y Ortega y Pablo Calvell. Llegado el apretón de manos, el famoso leader republicano fingió sacar
una tarjeta; De pronto exclamó: — ¡Callal... No llevo ninguna. No importa... Dada mi popularidad, cuan¬
do necesite usted algo de mí, le bastará escribir en el sobre: Sol, en Barcelona. Y llega la carta.
Entonces el socarrón de su compañero, a qiiien había molestado la prosopopeya de Sol y Ortega, re¬
produjo el mismo gesto y exclamó: —¡Qué casualidad! ¡Tampoco llevo tarjetas!... Afortunadamente soy
también un personaje. Si alguna vez me honra escribiéndome, he aquí mis señas: Pau. Via Láctea. ¡Y
llega la carta!
RECUERDOS DE MI VIDA
199
nes acerca del sistema nervioso. El método de Golgi comenzaba a ser fecundo en
mis manos.
Y llegó el año 1888, mi año cumbre, mi año de fortuna. Porque durante este
año, que se levanta en mi memoria con arreboles de aurora, surgieron al fin aque¬
llos descubrimientos interesantes, ansiosamente esperados y apetecidos. Sin ellos,
habría yo vegetado tristemente en una Universidad provinciana, sin pasar, en el
orden , científico, de la categoría de jornalero detallista, más o menos estimable.
Por ellos, llegué a sentir el acre halago de la celebridad; mi humilde apellido, pro¬
nunciado a la alemana (Cayal), traspasó las fronteras; en fin, mis ideas, divulga¬
das entre los sabios, discutiéronse con calor. Desde entonces, el tajo de la ciencia
contó con un obrero más.
¿Cómo fué ello? Perdonará el lector si, a un acontecimiento tan decisivo para
mi carrera, consagro aquí algunas noticias y amplificaciones. Declaro desde luego
que la nueva verdad, laboriosamente buscada y tan esquiva durante dos años de
vanos tanteos, surgió de repente en mi espíritu como una revelación. Las leyes
que rigen la morfología y las conexiones de las células nerviosas en la substancia
gris, patentes primeramente en mis estudios del cerebelo, confirmáronse en todos
los órganos sucesivamente explorados. Séarae lícito formularlas desde luego:
1. ^ Las ramificaciones colaterales y terminales de todo cilindro eje acaban en
la substancia gris, no mediante red difusa, según defendían Gerlach y Golgi con
a mayoría de los neurólogos, sino mediante arborizaciones libres, dispuestas en
variedad de formas (cestas o nidos pericelulares, ramas trepadoras, etc.).
2. ^ Estas ramificaciones se aplican íntimamente al cuerpo y dendritas de las
células nerviosas, estableciéndose un contacto o articulación entre el protoplasma
receptor y los últimos ramúsculos axónicos.
De las referidas leyes anatómicas despréndense dos corolarios fisiológicos:
3. ^ Puesto que el cuerpo y dendritas de las neuronas se aplican estrechamen¬
te las últimas raicillas de los cilindros-ejes, es preciso admitir que el soma y las
expansiones protoplásraicas participan en la cadena de conducción, es decir, que
reciben y propagan el impulso nervioso, contrariamente a la opinión de Golgi, para
quien dichos segmentos celulares desempeñarían un papel meramente nutritivo
4. ^ Excluida la continuidad substancial entre célula y célula, se impone la
opinión de que el impulso nervioso se trasmite por contacto, como en las articu¬
laciones de los conductores eléctricos, o por una suerte de inducción, como en los
carretes de igual nombre.
Las referidas leyes, puro resultado inductivo del análisis estructural del cere¬
belo, fueron confirmadas después en todos los órganos nerviosos explorados (re¬
tina, bulbo olfatorio, ganglios sensitivos y simpáticos, cerebro, médula espinal,
bulbo raquídeo, etc.). Ulteriores trabajos nuestros y ajenos (de KoUiker, Retzius, ■
Van Gehuchten, His, Edinger, v. Lenhossék, Athias, Lugaro, P. Ramón, Cl. Sala,
etcétera), revelaron que las referidas normas estructurales y fisiológicas se aplica¬
ban, también, sin violencia, al sistema nervioso de vertebrados e invertebrados.
Según ocurre con todas las concepciones legítimas, la mía fué consolidándose y
ganando progresivamente en dignidad conforme se acrecía el círculo de la explo¬
ración comprobatoria. ‘
Pero en mi afán de condensar en breves proposiciones lo esencial de los resul¬
tados obtenidos, no he contestado aún a la interrogación formulada en párrafos
anteriores.
¿Cómo fueron las referidas leyes descubiertas? ¿Por qué mi labor, atenidá du-
2Ó0
S. RAMÓN í CAJAL
rante dos años a la modesta confirmación de las conquistas de Deiters, Ranvier,
Krause, Kolliker y, sobre todo, de Golgi, adquirió de repente vuelo y originalidad
sorprendentes?
Quiero ser franco con el lector. A mis éxitos dé entonces contribuyeron, sin
duda, algunos perfeccionamientos del método cromo-argéntico, singularmente la
modificación designada proceder de doblé impregnación (1); pero el resorte princi¬
pal, la Causa verdaderamente eficiente, consistió— ¡quién lo dijera!— en habér apli¬
cado a la resolución del problema de la substancia gris los dictados del más vulgar
sentido común. En vez de atacar al toro por las astas, según la frase vulgar, yo me
permití algunos rodeos estratégicos. Esto exige una amplificación.
Dejo consignado en el capítulo anterior, y repetido hace un momento, que el
gran enigma de la organización' del cerebro se cifra en averiguar el modo de ter¬
minarse las ramificaciones nerviosas y de enlazarse recíprocamente las neuronas,
Reproduciendo un símil ya mencionado, tratábase de inquirir cómo rematan las
raíces y las ramas de esos árboles de la substancia gris, de esa selva tan densa
que, por refinamiento de complicación, carece de vacíos, de suerte que los tron¬
cos, ramas y hojas se tocan por todas partes.
Dos médios ocurren para indagar adecuadamente la forma real de los elemen¬
tos de este bosque inextricable. El más natural y sencillo al parecer, pero en rea¬
lidad el más difícil, consiste en explorar intrépidamente la selva adulta, limpiando
el terreno de arbustos y plantas parásitas, y aislándo, en fin, cada especie arbórea,
tanto de sus parásitos como de sus congéneres. Tal es el recurso aplicado en
Neurología por la mayoría de los autores, desde la época de Stilling, Deiters y
Schültze (disociación mecánica y química) hasta la de Weigert y Golgi, en que el
aislamiento de cada forma celular o de cada fibra se conseguía ópticamente, es
decir, por desaparición o incoloración de la mayoría de los factores integrantes de
la substancia gris. Mas semejante táctica, a la que Golgi y Weigert debieron nota¬
bles descubrimientos, resulta poco apropiada a la dilucidación del problema pro¬
puesto, a causa de la enorme longitud y extraordinaria frondosidad del ramaje
nervioso, que inevitablemente aparece mutilado y casi indescifrable en cada corte.
El segundo camino ofrecido a la razón constituye lo que, en términos biológi¬
cos, se designa método ontogénico o embriológico. Puesto que la selva adulta re¬
sulta impenetrable e indefinible, ¿por qué no recurrir al estudio del bosque joven,
como si dijéramos, en estado de vivero? Tal fué la sencillísima idea. inspiradora de
mis reiterados ensayos del método argéntico en ios embriones de ave y de mamí¬
fero. Escogiendo bien la fase evolutiva, o más claro, aplicando el método antes de
la aparición de la vaina medular de los axones (obstáculo casi infranqueable a la
reacción), las células nerviosas, relativamente pequeñas, destacan íntegras dentro
de cada corte; las ramificaciones terminales del cilindro-eje dibújanse clarísimas
y perfectamente libres; los nidos pericelulares, esto es, las articulaciones interneu-
ronales, aparecen sencillas, adquiriendo gradualmente intrincamiento y extensión;
(1) Consiste en someter las piezas, una vez extraídas del nitrato de plata, a un nuevo tratamiento
por el baño osmio-bicrómico y a otra impregnación argéntica. Las modiflcaciones en las proporciones del
ácido ósmico, bicromato, tiempo de acción, etc., tienen menos importancia. Merced al método doble,
fúé posible lograr en los ganglios, retina y otros órganos difíciles. Impregnaciones excelentes y casi cons¬
tantes. Pudo también contribuir al éxito el haber observado que, cuanto más joven es un embrión, me¬
nos tiempo de induración en la mezcla osmio-bicrómica se requiere para conseguir una buena colora¬
ción. Asi, mientras Golgi y sus discípulos fijaban las piezas durante cinco o más dias, yo no solía pasar
de uno.
RECUERDOS DE MI VIDA
201
en suma, surge ante nuestros ojos, con admirable claridad y precisión, el plan fun¬
damental de la composición histológica de la substancia gris. Para colmo de fOr-
tima, la reacción cromo- argéntieaj incompleta y azarosa en el adulto, proporciona
en los embriones coloraciones espléndidas, singularmente extensas y constantes.
¿Cómo --se dirá — tratándose de cosa tan vulgar, no dieron en ella los sabios?
Ciertamente, la . idea debió ocurrir a muchos. Años después tuve noticia de que
el mismo Golgi habia ya aplicado su método a los embriones y animales jóvenes
y obtenido algún resultado, excelente; pero no insistió en sus probaturas, ni pre¬
sumió quizás que, por semejante camino, pudiera adelantarse en la dilucidación
del problema estructural de los centros. Tan poca importancia debió concederá
tales ensayos que, en su obra magna antes citada, las observaciones consignadas
reñérense exclusivamente al sistema nervioso adulto del hombre y mamíferos. De
cualquier modo, mi fácil éxito comprueba una vez más que las ideas no se mues¬
tran fecundas con quien las sugiere o las aplica por primera vez, sino con los te¬
naces que las sienten con vehemencia y en cuya virtualidad ponen, toda su fe y
todo su amor. Bajo este aspecto, bien puede afirmarse que las conquistas cientí¬
ficas son creaciones de la voluntad y ofrendas de la pasión. ,
Consciente de haber encontrado una dirección fecunda, procuré aprovecharme,
de ella, consagrándome al trabajo, no ya con ahinco, sino con furia. Al compás de
los nuevos hechos aparecidos en mis preparaciones, las ideas bullían y se atrope¬
llaban en mi espíritu. Una fiebre de publicidad me devoraba. A fin de exteriorizar
mis pensamientos, servíme al principio de cierta Revista médica profesional, la
Gaceta Médica Catalana. Pero en rápido crescendo la marea ideal y la impaciencia
por publicar, este cauce me resultaba estrecho. Contrariábame mucho la lentitud
de la imprenta y el atraso de las fechas. Para sacudir de una vez tales trabas, de¬
cidí publicar por mi cuenta una nueva Revista, la Revista trimestral de Histología
normal y patológica. El primer cuaderno vió la luz en mayo de 1888 y el segundo
apareció en el mes de agosto del mismo año. Naturalmente, todos los artículos,
en número de seis, brotaron de mi pluma. De mis manos salieron también las seis
tablas litográficas anejas. Razones económicas obligáronme a no tirar, por enton¬
ces, en junto, mas de 60 ejemplares, destinados casi enteramente a los sabios ex¬
tranjeros.
Excusado es decir que la vorágine de publicidad absorbió enteramente mis in¬
gresos ordinarios y extraordinarios. Ante aquella racha asoladora de gastos, mi
pobre mujer, atareada con la cría y vigilancia de cinco diablillos (durante elprimer
año de mí estancia en Barcelona me nació un hijo más), resolvió pasarse sin sir¬
vienta. Adivinaba, sin duda, en mi cerebro, la gestación de algo insólito y decisivo
para el porvenir de la familia, y evitó, discreta y abnegadamente, todo conato de
rivalidad y competencia entre los hijos de la carne y las criaturas del espíritu.
Para distraer un poco al lector, a quien juzgo empachado conl as anteriores lu¬
cubraciones, deseo contar aquí cómo me libré de un vicio tenaz e inveterado, el
ajedrez, que amenazaba seriamente mis veladas.
Conocedores de mi afición al noble juego de Ruy López y Philidor, varios con¬
tertulios del Casino Militar me invitaron a hacerme socio.
Tuve la flaqueza de acceder; me estrené con varia fortuna midiéndome con afi¬
cionados de alguna talla; creció un tanto mi destreza y con ella el afán morboso
de sobrepujar a mis adversarios. En mi necia vanidad, llegué a jugar cuatro parti¬
das simultáneas, defendidas por sendos campeones, amén de numerosos mirones
que discutían prolijamente las consecuencias de cada jugada. Partida hubo que
202
S. RAMÓN Y CAÍAL
duró dos o tres días. En mi empeño de lucirme a toda costa y confiando en mi pa¬
sadera memoria visual, llegué a jugar sin mirar al tablero.
Excusado es decir que adquirí cuantos libros del áristocrático recreo llegaron
a mis manos y hasta caí en la inocencia de enviar a las ilustraciones extranjeras
soluciones de problemas. Arrastrado por la creciente pasión, mis sueños eran in¬
terrumpidos por ensueños y pesadillas, en las cuales armaban frenética zarabanda
peones, caballos, reinas y alfiles. Derrotado la víspera en una o varias partidas,
ocurríame a menudo, despertarme sobresaltado durante las primeras horas mati¬
nales, con el cerebro enardecido y vibrante, prorrumpiendo en frases de irritación
y despecho. «¡Torpe de mí!— exclamaba— ; había un jaque mate a la cuarta jugada y
no supe verlo.» Y, en efecto, puesto el tablero sobre lá mesa, comprobaba apenado
la tardía clarividencia de mi inconsciente que había laborado por mí durante las
escasas horas de reposo.
Esto no podía continuar. La fatiga y la congestión cerebral casi permanentes
me enervaban. Si en el juego del ajedrez no se pierde dinero, se pierde tiempo y
cerebro, que valen infinitamente más. Y se despolariza nuestra voluntad, que corre
por cauces extraviados. En mi sentir, lejos de ejercitar la inteligencia, como se há
dicho por muchos, el ajedrez la descentra y la gasta. Consciente del peligro de mi
situación, temblaba ante la desconsoladora perspectiva de convertirme en uno dé
esos tipos amorfos, sedentarios y ventripotentes que envejecen infecunda e in¬
sensiblemente en torno de una mesa de tresillo o de ajedrez, sin suscitar un afec¬
to sincero, ni provocar, cuando llega la inevitable apoplejía o la terrible uremia,
más que un sentimiento de fría y ritual conmiseración.— ¡Lástima de Pérez!... ¡Era
un buen punto! Habrá que pensar en reemplazarlo—. Porque el jugador de Club o
de Casino ;no es más que un pie de mesa, algo así como el cuadro vulgar que ocu^
pa un lugar en la sala, para hacer pendant con los demás.
—Pero ¿cómo curarme radicalmente? Sintiéndome incapaz del inexorable «no
juego más», patrimonio de las férreas. voluntades; acuciado constantemente por el
ansia de desquite— el genio maléfico de todo jugador— , sólo se me ocurrió como
recurso supremo un remedo del similia similibus de los homeópatas: estudiar a
fondo los tratados de ajedrez, y reproducir las más célebres partidas; y además,
disciplinar mis nervios harto impresionables, aumentando al sumo la tensión ima¬
ginativa y reflexiva. Era inexcusable también abandonar mi estilo de juego, con¬
sistente en ataques románticos y audaces, para atenerme a las normas de la más
cautelosa prudencia.
De esta suerte y gastando en mi empeño toda mi capacidad de inhibición, al¬
cancé al fin mi codiciado propósito. El cual consistía— lo habrá adivinado el lec¬
tor — eh lisonjear y adormecer mi insaciable amor propio con la derrota, durante
una semana, de mis hábiles y ladinos competidores. Demostrada, eventual o ca¬
sualmente, mi superioridad, el diablillo del orgullo sonrió satisfecho. Y temeroso
de reincidir, díme de baja ea el Casino, no volviendo a mover un peón durante más
de veinticinco años. Gracias a mi ardid psicológico, emancipé mi modesto inte¬
lecto, secue&trado por tan rudas y estériles porfías, y pude consagrarle, plena y se¬
renamente, al noble culto de la ciencia.
CAPITULO V
ALGUNOS DETALLES TOCANTES A MIS TRABAJOS DE 1888,— LAS «CESTAS> DEL CERE¬
BELO, EL AXON DE LOS «GRANOS» Y LAS «FIBRAS MUSGOSAS» Y «TREPADORAS»,—
VALOR DECISIVO DE ESI OS ENCUENTROS PARA LA RESOLUCIÓN DEL PROBLE^
MA DE LA CONEXIÓN INTERCELULAR.— «TEORÍA RETICULAR» DE GERLACH Y DE
GOLGL— LOS ASTISBOS GENIALES DE HIS Y FOREL.— CONFIRMACIÓN EN LA RE¬
TINA Y LÓBULO ÓPTICO DE LAS «LEYES CONECTIVAS» INDUCIDAS DEL ANÁLISIS
DEL CEREBELO,— PLAN ESTRUCTURAL DE LA MÉDULA ESPINAL. -AVERIGUACIÓN
DEL MODO DE TERMINAR EN LOS CENTROS LOS NERVIOS SENSITIVOS Y SENSORIA¬
LES.— OTROS TRABAJOS MENOS IMPORTANTES
Gonsignadas en el capítulo precedente, en síntesis abreviada, las conclu¬
siones más generales de mis estudios en los centros nerviosos durante
los años 1888-1889, séame lícito entrar ahora en la exposición somera, y
lo más clara posible, de los^ hallazgos más interesantes. Estos hallazgos reflérense
al cerebelo de las aves y mamíferos, a la retina, di la médula espinal y el lóbulo óp¬
tico de las aves.
Cerebelo.— Mis estudios sobre la estructura de este centro nervioso iniciá¬
ronse en las aves jóvenes y adultas; siguieron luego los referentes al cerebelo de
los mamíferos. Dos Memorias, amén de algunas comunicaciones preventivas, con¬
sagramos, desde 1888 a 1889, a este fecundo tema.
En la primera, publicada en mayo de 1888 (1), constan ya los principales he-r
chos sobre que se fundan las leyes anatomo-físiológicas enunciadas en el capítulo
precedente. En efecto; con ocasión del análisis del axon de las células estrelladas
pequeñas de la capa molecular del cerebelo, se describe por primera vez el modo
real de terminación dé las fibras nerviosas en la substancia gris, problema sobre el
cual sólo poseíamos soluciones hipotéticas. De esta interesante observación, com¬
probada después por numerosos autores (Kolliker, van Gehuchten, Retzius, Edin-
ger, V. Lenhossék, Athias, etc.), damos copia en la figura 1, G, correspondiente al
cerebelo de los mamíferos. Nótese cómo el cilindro-eje de las referidas células es¬
trelladas pequeñas marcha desde luego en dirección transversal a la circunvolu¬
ción cerebelosa, describiendo un curso arciforme, y emitiendo numerosas ramas
colaterales, caracterizadas por la propiedad de espesarse progresivamente. En fin,
tanto el remate de la expansión funcional como sus numerosas proyecciones des¬
cendentes, se resuelven en ciertos flecos o borlas terminales, íntimamente aplica-
(1) Cajai: Estructura de los pentrps nerviosos de las.avps. JRevista trimestral de Histología nomtal
y patológica, núm. 1, 1.® de mayo de 1888.
204
S. RAMÓN Y C.AJAI
das al cuerpo de las células de Purkinje, en torno de las cuales generan a modo-
de nido o cesta complicados.
Digno de mención es también, por su valer teórico, el encuentro en la capa de
/os de un tipo especial de fibra centrípeta, bautizada con el nombre de
fibra musgosa, la cual exhibe, tanto en su cabo final como en sus ramas colatera -
les (fig. 2, a), ciertas eflorescencias o rosáceas, de apéndices cortos, tuberosos^
libremente terminados. Ulteriores observaciones nuestras pusieron de manifiesto
que semejantes excrecencias entran en estrecha articulación con las arborizacio-
nes digitiformes de los granos, arborizacionés descritas también por primera vez,
dicho sea de pasada, en la comunicación aludida.
En fin, én el citado trabajo se llama asimismo la atención de los sabios acerca
de la existencia en derredor de las dendritas de los corpúsculos de Purkinje y, en
general, de toda prolongación protoplásmica, de una especie de vello de finísimos
y cortos apéndices (espinas per/dendr/í/casj, confirmadas y estudiadas después por
numerosos autores.
La segunda comunicación relativa al cerebelo, publicada en agosto de 1888 (1),
contiene dos hechos capitales:
a) El descubrimiento del axon delicadísimo de los granos (células pequeñísi¬
mas de la zona segunda de la corteza cerebelosa) (2) , el cual, según mostramos
en la figura 2, d, c, asciende a la capa molecular, donde, a diversas alturas para
cada célula, se divide en ángulo recto, produciendo dos sutilísimas ramas orienta¬
das en opuesto sentido (fig. é). Estas larguísimas proyecciones, que designé
fibras paralelas, a causa de marcharcparalélamente en el sentido de la circunvolu¬
ción cerebelosa, y por tanto, en dirección normal al ramaje de las células de Pur¬
kinje, aparecen en cantidad formidable, rellenan todos los intersticios de la' zona
molecular y, tras largo e indiviso trayecto, acaban en los extremos de cada lámi¬
na. Tan general es su existencia y uniforme su disposición, que se las encuentra
casi Con los mismos caracteres en toda la serie de los vertebrados, desde el pez
hasta el hombre. Constituyen, pues, un factor importante del centro cerebeloso.
-b) El ¿tro afortunado encuentro es el de las fibras trepadoras (fig. 3, c). Estos
robustos conductores emanan de los ganglios de la protuberancia; invaden el eje
blanco central de las láminas cerebelósas; cruzan, sin ramificarse, la capa de los
granos; asáltah después el plano de las células de Purkinje, y costean, en fin, el
soma y tallo principal de estos elementos, a los cuales se adaptan estrechamente.
Arribadas al nivel de los primeros brazos del citado tronco dendrítico, descompó-
nense en plexos paralelos serpenteantes que ascienden a lo largo de las ramas
protoplásmieas, a cuyo contorno se aplican, al modo de la hiedra o de las lianas
al tallo de los árboles (fig. ‘di a).
Tan afortunado hallazgo, uno de los más bellos que me dispensó el azar en
aquella época fecunda, significaba la prueba terminante de la transmisión de los
impulsos nerviosos por contacto: Así lo reconocieron sabios insignes ai comprobar,
años después, mi descripción de las fibras musgosas y trepadoras.
Al dar cuenta de la labor del trienio de 1891 a 1894, añadiré otros encuentros de
menos importancia concernientes a la corteza cerebelosa. Para alivio del lector
<1) Cajal: Sobre las fibras nerviosas de la capa molecular del cerebelo. Revista trimestral de His¬
tología normal y patológica, agosto de 1888.
(2) Golgi acertó ya a diferenciar entre las expansiones de los granos una fibra más fina o axon, pero
no logró teñirla más que en su porción inicial, creyendo que se resolvía inmediátamente en una red
intersticial difusa.
recuerdos .de mi vida
205
poco familiarizado con estas materias, reproducimos aquí una figura donde se pre¬
senta, de modo esquemático, el estado de nuestros conocimientos sobre el cere¬
belo después de mis observaciones de 1888 y 1889. Este esquema (fig. 4) ,fué com¬
puesto para ilustrar unas conferencias pronunciadas más tarde (1894) ante la Aca¬
demia de Ciencias Médicas de Cataluña. Del éxito inesperado de estas lecciones,
que se tradujeron inmediatamente al francés, inglés y alemán, diré algo más
adelante.
Las conclusiones de mis investigaciones acerca del cerebelo contradecían ru¬
damente las ideas, a la sazón reinantes, sobre la fina anatomía de la substancia
gris. Claro es que mis puntos de vista eran harto revolucionarios para ser fácil¬
mente admitidos. Mas por esta vez abrigaba la certidumbre de no haberme equi-
•vocado; porque, en reaUdad, las leyes enunciadas venían a ser la expresión inge¬
nua de los hechos, sin mezcla alguna de subjetivismo. No se trataba ahora de una
hipótesis más, sino de una inducción legítima con tódaS las garantías de certeza
apetecibles, según reconocieron más tarde insignes histólogos y neurólogos. Es¬
taba yo demasiado escarmentado por el error cometido al interpretar temeraria¬
mente la estructura del tejido muscular, para proceder de ligero o dejarme seducir
por una mera concepción teórica, propia o ajena.
A fin de que el lector siga fácilmente el curso de mis trabajos y excuse el tono
polémico de algunos de mis futuros escritos, conviene exponer aquí, en breves
términos, las opiniones reinantes por entonces entre los sabios sobre la constitu¬
ción íntima de la substancia gris.
Dos,hipótesis principales se disputaban el campo de la ciencia: la del retículo,
defendida por casi todos los neurólogos; la de la libre terminación, insinuada tími¬
damente por dos solitarios, His y Forel, sin eco en las escuelas.
La hipótesis de la red era el formidable enemigo. Note el lector que también
aquí, a semejanza de lo ocurrido en la fibra muscular estriada, nos salía al paso el
prejuicio del retículo; sin embargo, en esta ocasión la supuesta rejilla difusa no era
intracelular, sino intercelular. Creada por Gerlach, sostenida después por Meynert
y otros neurólogos célebres, durante una época en que la penuria metodológica
excusaba las aventuras de la fantasía, la teoría reticular recibió, al fin, de Golgi
una forma arquitectónica nueva y atrayente, y hasta cierta apariencia de apoyo en
los hechos de observación.
Para el sabio de Pavía, la substancia gris constituye el punto de encuentro y
fusión de todas las fibras aferentes y eferentes délos centros nerviosos, así como
de los axones de los elementos autóctonos. A este retículo, continuo y de formi¬
dable riqueza fibrilar, concurrirían los siguientes factores: l.°, las ramificaciones
terminales de los cilindros-ejes sensitivos o simplemente aferentes de otros cen¬
tros nerviosos; 2.°, las ramas colaterales del axon de ciertos elementos grandes,
designados por Golgi célulüs motrices (grandes pirámides cerebrales, células de
Purkinje del cerebelo, etc.) y que yo bauticé, para no prejuzgar su fisiologismo,
elementos de axon largo; y 3.°, ¡las arborizaciones terminales del cilindro-eje de
otras células nerviosas, consideradas arbitrariamente como sensitivas (Golgi) y
que yo califiqué células de axon corto.
A diferencia de Gerlach, según el cual cooperarían también en la construcción
del retículo difuso las últimas proyecciones del ramaje protoplásmico neuronal,
Golgi redujo los componentes del mismo a las ramificaciones nerviosas. Para que
el lector, ajeno a esta clase de asuntos, pueda comprender fácilmente las hipóte¬
sis reticulares de Gerlach y de Golgi, reproducimos esquemáticamente la manera
206
S. RAMÓN y CAJAL
según la cual los referidos sabios concebían las comunicaciones anatomo-fisioló-
gicas entre las raíces motrices y sensitivas de la médula espinal (fig, 5, C, y figu¬
ra 9, 1).
Dejamos expresado que la capacidad sugestiva de ciertas fórmulas, extrema¬
damente esquemáticas, depende de su comodidad. Admitido el supuesto de la
red, nada más fácil que el estudio objetivo de un grupo de neuronas o del compor¬
tamiento terminal de un manojo de conductores; redúcese todo a dar por averi¬
guado que las últimas raicillas nerviosas, previas algunas dicotomías, se pierden
y desvanecen en la consabida red intersticial; en esa especie de piélago fisiológi¬
co insondable, en el cual, por un lado, desembocarían las corrientes arribadas de
los órganos sensoriales, y de donde brotarían, por otro, a modo de ríos surgidos
de alpinos lagos, los conductores motores o centrífugos. Comodín admirable, por¬
que dispensa de todo esfuerzo analítico encaminado a determinar en cada caso el
itinerario seguido al través de la substancia gris por el impulso nervioso. Con
razón se ha dicho que la hipótesis reticular, en fuerza de pretender explicarlo
todo llana y sencillamente, no explica absolutamente nada; y lo que es más grave,
embaraza y casi hace superfluas las futuras pesquisas tocantes a la organización
íntima de los centros. Sólo a fuerza de habilidades, de inconsecuencias, de subter¬
fugios, podía la susodicha concepción (por lo demás, defendida casi exclusiva¬
mente por Golgi y sus discípulos inmediatos) adaptarse a las exigencias de la
fisiología, cuya doctrina de los reflejos, actos instintivos, localizaciones funcionales
del cerebro, etc., demandan imperiosamente el señalamiento de vías o cauces de
conducción, perfectamente circunscritos, al través del eje cerebro-raquídeo.
Enfrente de la teoría dé las redes militaban solamente, según dejamos dicho,
. dos observadores de gran mérito, His y Forel, quienes, con reservas y prudencias
excusables por la carencia de hechos precisos de observación, anunciaron (1887)
la posibilidad de que las expansfenes de las células nerviosas se terminaran
libremente en la substancia gris. Consecuencia natural de tal modo de ver era la
transmisión por contacto de los impulsos nerviosos. Así, Forel, vista la imposibi¬
lidad de sorprender anastomosis evidentes en el seno de la substancia gris, daba
por probable que las expansiones neuronales se tocaban entre sí, a semejanza de
las frondas o copas en el bosque. En cuanto al ilustre profesor de Leipzig, proce¬
diendo por generalización (1886), conjeturaba que, pues las arborizaciones nervio¬
sas (entonces bien conocidas) de la placa motriz acaban libremente, según es no¬
torio, entrando en contacto con la materia estriada, estimaba lógico admitir igual
disposición terminal para los conductores distribuidos y ramificados en los cen¬
tros cerebro-raquídeos.
Mas al discurrir de esta suerte, His y Forel no abandonaban la esfera de las
hipótesis. Imposible resultaba, sin descender al terreno del análisis estructural,
refutar a Golgi, quien, a las tímidas alegaciones teóricas de aquellos sabios, con¬
traponía aparatoso alegato de observaciones concienzudas. Para resolver definiti¬
vamente la cuestión, precisaba presentar neta, exacta e indiscutiblemente las últi¬
mas ramificaciones de los cilindros-ejes centrales, no vistas por nadie, y determi¬
nar además entre qué factores celulares se efectúa el imaginado contacto. Porque
admitir vagamente el hecho de la transmisión mediata o articulación ínter n euro-
nal, sin señalar con precisión entre qué apéndices celulares se produce, resulta
casi tan cómodamente peligroso como la socorrida teoría reticular. Supongamos,
por ejemplo, según parece deducirse de las manifestaciones de Forel, que el suso¬
dicho contacto afecta carácter difuso, verificándose entre dendritas pertenecien-
RECtlERDOS BK MI VIDA
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tes a vecinas neuronas,: o entre ramificaciones axónicas de diverso- origen, ó, ea
fin, entre apéndices protoplásmicos y raicillas nerviosas terminales. La conse¬
cuencia fatal, indeclinable de tal supuesto será la indeterminación de los cauces
de la vibración nerviosa, y, en el fondo, la reedición, bajo nueva forma, de la teo¬
ría reticular, de esa espécie de paníeísma protopldsmico, tan grato a los desdeño¬
sos de la observación como contrario a los postulados de la neurogenia, de la
fisiología y de la anatomía patológica. Afirmar que indo se comunica con todo,
vale tanto como declarar la absoluta incognoscibilidad del órgano del alma.
Nuestra obra consistió precisamente en prestar base objetiva a los geniales
pero vagos atisbos de His y Forel. Con el encuentro afortunado délas cestas ter¬
minales y de las ñhras trepadoras, demostramos que el contacto no se verifica
entre dendritas solas, ni entre arborizaciones nerviosas, sino entre éstas, de una
parte, y el soma y prolongaciones prútoplásmicas neuronales, de otra; que, en fin,
una célula contrae a menudo conexiones con arborizaciones nerviosas de diversa
procedencia, y que, recíprocamente, cada axon admite contacto, mediante cola¬
terales y ramas terminales, con diferentes tipos de neuronas; no obstante lo cual,
quedan reservadas en la substancia gris vías bien deslindadas de conducción, de
acuerdo con las exigencias de la fisiología y la patología nerviosas.
Dejamos dicho que las concepciones legítimas se reconocen en que, en vez de
perder, ganan y se robustecen ante las nuevas observaciones. Tal le ocurrió a la
ley de la transmisión por contacto, sometida al contraste del análisis estructural
de la retina y centros ópticos.
Retina.— Fué en la retina de las aves donde iniciamos esta labor de contraste.
Ocioso e inoportuno fuera, después de las consideraciones precedentes, entrar
aquí en detalles descriptivos. Bástenos señalar sucintamente los nuevos hechos
contenidos en la aludida cómunicación (1).
a) Demostración de que los conos y bastones se terminan libremente al nivel
de la capa plexiforme externa, articulándose xon él penacho exterior de las células
bipolares (fig. 6).
b) : Descubrimiento, debajo de la capa plexiforme externa, de unos elementos
especiales en forma de brocha y provistos de dendritas ascendentes repartidas en
dicha zona (fig. 6, ñ).
c) Hallazgo de las fibras centrifugas de la retina, es decir, de una categoría es¬
pecial de fibras del neryio óptico que, después de cruzar la zona plexiforme in¬
terna, acaban por una arborización varicosa y libre entre los espongioblastos. Este
hecho interesante, que ha servido de base, entre otras concepciones fecundas, a
la teoría de los nervo-nervorum de Duval, fué confirmado por Dógiel, quien lo ha¬
bía negado en un principio (fig. 8, b, c,d,e).
d) Descubrimiento, simultáneamente con Dogiel (Anastomichen Anzeiger,
mayo de 1888), de la maza de Landolt, en las células bipolares de las aves y de
las colaterales de las expansiones descendentes da éstas (fig. 7, A).
e) Descripción de muchos tipos morfológicos nuevos de espongioblastos (cé¬
lulas nerviosas exentas de axon).
f) Demostración dé varios pisos de arborización nerviosa en la zona plexifor¬
me interna, revelando que, a estos niveles, las dendritas de las células gangliona-
res se relacionan, por contacto, con la ramificación, descendente y ramos colate¬
rales de las bipolares, y no mediante red difusa, según había descrito Tartuferi en
la retina de los mamíferos (fig. 7, A, B).,
g) Exposición dé muchos detalles morfológicos de las fibras de Müllér de
las aves.
(1). Cajal: Estructura de la retiña de las aves. Revista trimestral de Hislolb^á normal y patológi¬
ca, números l y 2, mzyo y agosto áé ISSS. ■ . ■ • ■ ■
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S. RAMÓN y CAJAL
' pn las figuras 6, 7 jD 8 mostramos esquemáticamente lo más esencial de mis
Villazgos en la retina. Nótese, sobre todo, cómo las tres series de neuronas (có-
y bastonesy bipolares y gangliánicas) se. 2íi^\cxAz.\\, sQgim dos planos concén^-
■tríeos, ^ ■ : ■ . ' < . ^ ■
Husos MUSCULARES.— De cierto alcance para la fisiología muscular resulta
rtambién un pequeño trabajo aparecido en el mismo número dela J?ev/sto de His'~
tblógia, y titulado Terminacionrs nerviosas en los husos musculares de la rana (1]|:
En, esta comunicación, basada en las revelaciones del método de Ehrlichal
¿azul de metileno, se hece notar:
; : d) La existencia en los husos de Khiine de los batracios y reptiles (fibras mus¬
culares pequéñas portadoras de un órgano nervioso terminal específico y, al pa¬
recer, sensitivo, pero de significación dudosa por entonces) de dos clases de ar-
borizaciones nerviosas: una, la ya conocida por los autores, continuada con fibras
^gruesas; otra u otras, no descritas, más finas, situadas en las regiones alejadas de
la tumefacción fusiforme.
b) En vista de que una de las terminaciones es enteramente idéntica a la de
las placas motrices ordinarias, y que la otra posee caracteres en un todo seme¬
jantes a los observados en los órganos músculo-tendinosos de Golgi, califícase la
arborización pequeña de motriz, y la extensa o específica de sensitiva. La excita¬
ción de este último aparato terminal, durante la contracción de los músculos, sus¬
citaría, al llegar al cerebro, la percepción del estádo de contracción de los múscu¬
los (sentido muscular de que hablan los fisiólogos).
Parecidos hechos fueron posteriormente comunicados por Ruffini, Hubert y de
Witt, Dogiel, Sherrington, etc., quienes adoptaron también, aunque sin conocerla,
nuestra interpretación fisiológica. Opinión semejante defendió asimismo, en igual
fecha que nosotros, Kerschner (Anat. Anzeiger, \.° de mayo de 1888), pero sin
precisar detalles ni dar figuras de la doble terminación.
En fin, para poner remate a esta pesada reseña acerca de la labor de 1888, ci¬
temos aún dos artículos de menos enjundia que los precedentes.
El primero, concerniente a la textura de la fibra muscular del corazón (2), con¬
tenía, entre otros hechos, los siguientes:
a) Demostración, en tomo de las fibras cardíacas, de un verdadero sarco -
lema, más fino que el de las células estriadas comunes. (Confirmado muchos años
después por Hoche, Ebner, Heidenhain, Marceau, etc.)|
b) Indicación de que las llamadas placas o escaleras de cemento intercalar de
las células cardíacas corresponden a las lineas de Krause, y ofrecen una situación
infrasarcolemática .
El segundo artículo versaba sobre las células y tubos nerviosos del lóbulo ce¬
rebral eléctrico del torpedo (3), donde el tamaño colosal de los elementos presta
singulares facilidades al análisis. A favor de la disociación y del método dé Bo-
veri (mezcla de ácido ósmico y nitrato de plata), se pusieron , de. manifiesto los
siguientes hechos:
d) Existencia de positivas estrangulaciones en los tubos conductores de un
centro nervioso, las cuales habían sido negadas por Ranvier y sólo mencionadas
en lá substancia blanca de la médula espinal por Tourneaux y Le Goff.
(1) Cajal: Terminaciones nerviosas en los husos musculares de la rana. Revista trimestral de His-
iólogia normal y ¿otológica, o áe meya ÁeXSS&J
(2) Cajal: Textura de la fibra muscular del corazón. Revista trimestral de Histología normal y pa¬
tológica, l.° de mayo de 1888, con una lámina litografiada.
(3) Cajal: Nota sobre la estructura de los tubos nervipsos del órgano cerebral eléctrico del torpedo.
Revista trimestral ele Histologia normal y patológica, agosto de IñSS.
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b) Presencia de un anillo de cemento en el punto del axon en que se inicia la
anielina, y de dos anillos al nivel de las estrangulaciones del tubo medular.
c) Ausencia de anastomosis de las ramificaciones protoplásmicas de las célu¬
las, disposición que confirmaba los resultados del método de Golgi.
d) Aparición, en torno del cuerpo de las neuronas, de una fina cubierta. Esta
particularidad sólo muchos años después fué ratificada por los autores.
Hasta aquí lo publicado en 1888.
Médula espinal.— Durante el año 1889, mi actividad continuó vigorosa y des¬
pierta, aplicándose a diversos temas neurológicos; sin embargo, concentróse es¬
pecialmente en el estudio de la médula espinal de aves y mamíferos.
Al abordar este asunto, cuya obscuridad conocía bien por haberla padecido
^muchas veces al explicar, como profesor de Anatomía, la organización del eje
-raquídeo, movióme, en primer término, el propósito de dilucidar en lo posible el
arduo problema de la terminación de las raíces posteriores o sensitivas. Y aun¬
que, después-de mis exploraciones acerca del cerebelo, resultaba presumible que
Bemejantes arborizaciones siguieran también la ley del contacto pericelular, era
indispensable confirmar de visa esta concordancia, averiguar con precisión el iti¬
nerario real de las fibras sensitivas al través de la substancia gris, y señalar, en
fin, las neuronas con ellas relacionadas.
, Antes de puntualizar mis observaciones, no estará de más recordar brevemente
al lector el estado de nuestros conocimientos acerca de la organización a la mé¬
dula espinal allá por los años de 1880 a 1889. ^
Ciertamente, los experimentos de la fisiología y los datos recolectados por la
.anatomía patológica humana y comparada, asistida del método de las degenera-
aciones secundarias (Waller, Türk, Charcot, Bouchard, Lowenthal, Münzer) o del
..de las atrofias de Gudden y Forel, habían logrado fijar el carácter motor o sensi¬
tivo de muchos nervios, localizar grosso modo el núcleo de origen de los centrí¬
fugos y de terminación de los centrípetos, y diferenciar, en fin, en el espesor de
los cordones, vías o categorías separadas de fibras de idéntica conducción ('v/á
piramidal o de los movimientos voluntarios, vía cerebelosa ascendente, cordón de
Goll formado por fibras sensitivas centrales, etc.). Por su parte, el análisis macro-
microscópico había alcanzado algunos éxitos positivos, deslindando en la subs¬
tancia gris, aparte esas grandes provincias llamadas astas anterior y posterior,
.ciertos territorios de peculiar estructura, tales como: las pléyades celulares motri¬
ces del asta ventral, la substancia gris central, la columna vesiculosa de Clarke, la
. substancia de Rolando, las comisuras Manea o anterior y gris o posterior, etc. Se
sabía igualmente, o más bien se adivinaba— porque demostración fehaciente del
hecho no existía— que los tubos de la substancia blanca están en continuación
. con axones de neuronas emplazadas en la substancia gris, los cuales, después de
un curso longitudinal más o menos largo, retornaban al territorio de las astas,
al través de las cuales forman haces de varia dirección, para dispersarse al fin en
plexo difuso y enmarañado.
Pero acerca de los puntos principales de la histología del eje medular raquídeo,
esto es, sobre el problema del origen y terminación de las fibras arribadas de los
cordones, la génesis de las comisuras y, en suma, la disposición final de las fibras
..exógenas o sensitivas, los neurólogos sólo exponían conjeturas frecuentemente
confusas, a veces contradictorias y en todo caso incomprobables. En realidad, la
histología de dicho centro nervioso ofrecía sólo un dato importante, sólidamente
-Cimentado: el origen real de las ralees anteriores. En efecto, desde la época, enton-
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2Í0
S. RAMÓN Y CAJAL
ces remota, de Deiters, Clarke, Kólliker, quedó patentizado que las gigantes neu^-
roñas multipolares del asta anterior proyectaban hacia adelante robusto cilindro
del eje, que, cruzando el cordón antero-latera!, emerge de la médula, constitu¬
yendo las raíces anteriores, para distribuirse en definitiva en los músculos volun¬
tarios.
De tal pobreza de noticias anatómicas exactas eran responsables— ocioso es
declararlo— los métodos de investigación, harto insuficientes para abordar con
éxito el árduo problema. Por ejemplo, el método de las degeneraciones secundarias
ya citado, o el de las atrofias de Gudden y Forel, si permitían señalar la situación
y curso de ciertas vías nerviosas de la substancia blanca, mostrábanse incapaces
de puntualizar su origen y terminación en la gris; y en cuanto a los procederes his¬
tológicos de Weigert o del ácido ósmico, susceptibles, según es notorio, de presen¬
tar intensa y selectivamente teñidos los tubos modulados, estrellábanse contra la
fatalidad de que, justamente, los segmentos más interesantes de las fibras nervio¬
sas, es decir, el segmento próximo a la célula y la ramificación terminal de las mis¬
mas, carecen de forro de mielina (que es lo que fija el color) y resultan, por ende,
inaccesibles.
La empresa sólo podía ser acometida, con alguna esperanza de éxito, me¬
diante el método de Golgi, que tiñe precisamente los segmentos amedulados del
protoplasma nervioso. Sólo del excepcional poder revelador de la reacción cromo-
argéntica cabía esperar un poco de luz en aquel caos de opiniones contradic¬
torias. Mas, según dejo apuntado, tan valioso recurso, o no se aplicaba por nin¬
gún histólogo, o se aplicaba en la médula adulta, donde la reacción negra es -
eventualísima y en donde, además, la enormidad de las distancias recorridas por
los apéndices celulares y la complicación estructural de la substancia gris hacen
estéril todo esfuerzo analítico.
En la figura 5, tomada de los textos neurológicos más autorizados de la épo- -
ca, reproducimos un esquema de la estructura medular. En el seno de la subs¬
tancia gris se observa una red difusa (C, g), donde vendrán a fundirse, según Ger-
lach, las extremidades de las dendritas y las arborizaciones nerviosas de las raí¬
ces posteriores o sensitivas. Para Golgi— lo hemos dicho ya— (véase la fig. 9, 1),
la red constaría exclusivamente de proyecciones nerviosas.
Repárese que los axones de las neuronas medulares más gruesas se suponen» ■'
por conjetura, en continuación con las fibras de la substancia blanca (fig. 5, g-);
pero como tales conductores son escasísimos, con relación al formidable número
de fibras gruesas y finas que el método de Weigert descubre en el espesor de la
substancia gris, quedan sin vinculación conocida la mayoría de los tubos nervio¬
sos procedentes de la substancia blanca.
.Al nivel de la raíz anterior se reconoce la entrada en ella del axon de las célu¬
las gigantes del asta anterior; pero se comete el error de admitir la existencia de
cilindros-ejes motores cruzados (fig. 5, a).
En la región de la columna de Clarke, la citada figura 5 ofrece, en consonancia
con un parecer muy generalizado (Freud, Edinger, Schiéfferdecker, Lenhossék, .
etcétera^ ciertos corpúsculos esféricos o fusiformes, exentos de dendritas y pro¬
vistos de dos prolongaciones nerviosas, una en continuación con las raíces poste¬
riores, y otra, dirigida hacia el cordón lateral,, donde constituiría la vía cerebelosa
ascendente (fig. 6, G y C).
La substancia gelatinosa de Rolando sólo ‘contendría neuroglia con más o me¬
nos cantidad de fibras nerviosas.
RECUERDOS DE MI VIDA
211
En fin, las fibras de la raíz posterior arribadas de los ganglios sensitivos, se
comportarían de muy diversas maneras: un haz de fibras emanaría, según dejamos
dicho, de las células de la columna de Clarke; otro, el más importante, se ramifi¬
caría, perdiéndose en el espesor del asta posterior e ingresando en la red continua
de Gerlach o de Golgi (fig. 5, B); otro fascículo, sin ramificarse en la substancia
gris, se doblaría en codo para tornarse ascendente en el cordón de Burdach (d)
algunas fibras, en fin, ganarían las comisuras y el espesor del asta anterior.
Esta, repetimos, era una de tantas interpretaciones, acaso la más sencilla. Por¬
que la fórmula estructural variaba bajo la pluma de cada escritor. De mí sé decir
que allá por el decenio de 1877 a 1887, prodújome muchos quebraderos de cabeza
el esfuerzo por sacar algo en limpio de las descripciones de los sabios, en punto a
la composición e itinerario de las raíces sensitivas. Conservo todavía un cuaderno
de apuntes, datado del año 1877, en donde tengo registrados y dibujados en varie¬
dad de colores (para alivio del trance de mis oposiciones a cátedras) tres esque¬
mas perfectamente inconciliables, tomados de los textos neurológicos en boga.
Desconcertado y perdido en aquel mare magnum de fibras y de células, desesperé
a menudo de mis modestas entendederas... ¡Caprichos de la suerte! ¡Quién me di¬
jera entonces que, andando el tiempo, había yo de contribuir a desenmarañar un
poco la madeja medular!
Ello se debió simplemente— déjolo ya consignado— a la feliz ocurrencia de
aplicar el método de Golgi al estudio de la médula espinal de los embriones de
ave y de mamífero. Holgaría, después de lo expuesto, entrar en pormenores de mis
trábajos, que el lector curioso hallará en el texto de mis libros y monografías so¬
bre el asunto. Aquí me limitaré a enumerar las más importantes conclusiones de
mis comunicaciones de 1889 y 1890 (1):
1. ^ Se describe detalladamente un factor característico importante de la subs¬
tancia gris, escapado a la sagacidad de los cultivadores de los métodos de colora-
• ción de la mielina: las colaterales de la substancia blanca. Ciertamente, tales fibras
habían sido percibidas en buena parte de su trayecto por los neurólogos que hi¬
cieron uso de los métodos comunes o del de Weigert (Schiefferdecker, Flechsig,
Koiliker, Lenhossék, etc.); pero desconocieron su origen y terminación, conside¬
rándolas hipotéticamente axones directos cordonales o sensitivos. Las aludidas
ramas nacen en ángulo recto de las fibras longitudinales de todos los cordones,
penetran horizontalmente en el territorio de las astas, donde se terminan a favor
de ramificaciones libres, espesadas, varicosas, aplicadas íntimamente al contorno
del cuerpo y dendritas de las neuronas. Cada célula yace en un nido o maleza de
ramúsculos pertenecientes a diversos conductores de la substancia blanca (figu¬
ra 10, e,f, y fig. 11, H).
2. a Se esclarece la composición de las comisuras, demostrando que la dorsal
resulta del cruce de colaterales del cordón posterior y lateral, y que en la anterior
entran tres sistemas de conductores: colaterales del cordón antero-lateral, axones
de células del tipo comisural y, en algunos casos, expansiones protoplásmicas de
neuronas motoras {comisura protoplásmica) (fíg. 10, /, i, a).
3. a Atendiendo al paradero del axon, se establece una clasificación racional
de las neuronas de la substancia gris, a saber: células motrices o radiculares, cé¬
lulas funiculares o cordonales y células comisurales, según que su respectiva ex-
(1) Cajal; Contribución al estudio de la estructura de la médula espinal. Revista trimestral de His-
tológia normal y patológica, marzo 1889- Con cuatro cincografías y dos láminas litografiadas.
— Nota preventiva sobre la estructura de la médula embrionaria. Gaceta Médica Catalana, -g
31 de marzo de 1889.
— Nuevas observaciones sobre la estructura de la médula espinal de los mamíferos. Barcelona 1 . °
de abril de 1890. Con siete grabados. '
212 S. RAMÓN Y CAJAL
pansión funcional salga de la médula, ingrese en los cordones de su lado o cruce
la linea media para incorporarse a los cordones del opuesto (fig. 10, y, m, n).
4. ® Además de la continuación, por simple acodamiento, de los axones fu¬
niculares y comisurales con tubos longitudinales de la substancia blanca, se ex¬
pone la existencia de bifurcaciones en t o y> en cuya virtud se producen dos
fibras cordonales, una ascendente y otra descendente (fig. 12, /).
5. ^ Se comunica, además, la presencia de cilindros-ejes pluri-cordonales, quie¬
ro decir progenitores de varios tubos ascendentes y descendentes incorporados
a cordones diversos. A este hecho, hecho desconocido de los sabios, habia va¬
gamente aludido Golgi en una comunicación publicada en un periódico médico de
Pavía. Pero yo tuve que redescubrirlo y precisarlo para que adquiriera carta de
naturaleza en la ciencia.
6. ^ Se prueba que la substancia de Rotando consta, además de fibras nervio¬
sas y de células de neuroglia, de numerosísimas y diminutas neuronas, cuyo axon
sutilísimo dirígese al cordón posterior y singularmente a la región limítrofe del
lateral, para regenerar vías cortas ascendentes y descendentes (fig. 13).
7. ^ Se señala, tanto en las aves como en los mamíferos, la verdadera dispo¬
sición terminal de las tan discutidas raíces sensitivas. Según mostramos en el es¬
quema de las figuras 9 y 12, A, cada fibra llegada del ganglio raquídeo correspon¬
diente se bifurca en rama ascendente y descendente. La primera constituye de
ordinario la vía central, prolongándose hasta el bulbo; la segunda acaba a distan¬
cias variables, arqueándose y ramificándose en la substancia gris. Del curso del
tallo, pero sobre todo del itinerario longitudinal de ambas ramas, ascendente y
descendente, brotan en ángulo recto infinidad de ramas colaterales penetrantes
en la substancia de Rolando y centro del asta dorsal (fig. 9, d, e, y fig. i2, a, b).
Prescindiendo aquí de subdivisiones de haces y pormenores de conexión, im¬
porta notar que las referidas ramas forman dos grandes corrientes: una át fibras
cortas, arborizadas en torno del soma de las neuronas cordonales y comisurales
(asta posterior, anterior, substancia de Rolando, columna de C/cr/ire, etc.); otra de
fibras largas que, disponiéndose en haz postero-anterior, cruza casi toda la subs¬
tancia gris para terminar al fin en los nidos envolventes de las células motrices.
Según puede apreciarse en la figura 11, H, estas colaterales sensitivas largas
tienen por misión propagar el impulso centrípeto, llegado de la piel y otros órga¬
nos sensibles, a las neuronas motoras; representan, pues, una vía refleja sens/f/vo-
motriz (refiejo-motriz de Kólliker). De ella hizo después Lenhossek en los mamífe¬
ros un estudio magistral.
8. ^ Por lo que toca a la neuroglia, se sanciona definitivamente una opinión
hipotética, sugerida por Vignal, His y otros, a saber: que las células en araña
(corpúsculos neuróglicos adultos) no son otra cosa que elementos epiteliales emi¬
grados de su yacimiento originario, el muro ependimal, y los cuales, por atrofia
de sus apéndices polares, se han hecho estrellados. Véase la figura 14, e, g, donde
mostramos las transiciones entre ambas gradaciones evolutivas.
9. ^ En fin, acerca de los ganglios raquídeos o sensitivos, origen de las raíces
posteriores, se comprueba en las aves y mamíferos una suposición muy discutida
de His, el célebre embriólogo de Leipzig, según la cual, las células monopolares
sensitivas afectan, durante las fases más tempranas de su evolución, la figura bi¬
polar con una expansión gruesa dirigida hacia la periferia (superficies sensibles
del organismo) y otra continuada con las raíces posteriores. Conforme mostramos
en la figura 15, h, i, j, el paso de la forma en huso a la piriforme o monopolar re¬
sulta de la sucesiva aproximación de los polos anterior y posterior del soiiia neu-
roñal, hasta modelarse un tallo común.
Acerca de la interpretación de este hecho interesante, en cuya virtud repítense
en la ontogenia de aves y mamíferos fases adultas de los corpúsculos sensitivos
de invertebrados y vertebrados inferiores, trataremos más adelante.
Prescindiendo de su virtualidad constructiva, las precedentes observaciones
relativas ala médula espinal revisten cierto alcance crítico. Valen por lo que afir¬
man, pero valen también por lo que niegan. Cuando, disipada la prevención hacia
el método ds Golgi, gracias a las predicaciones de Kólliker y nuestras, varios in¬
vestigadores, entre ellos el mismo Kólliker, van Gehuchten, Edinger, V. Lenhos-
RECUERDOS DE MI VIDA
213
sek, Azoulay, Lugaro, etc., exploraron dicho órgano nervioso en los embriones y
animales jóvenes, se convino unánimemente en rechazar definitivamente determi¬
nados supuestos basados en observaciones incompletas. Tales son: las radicula¬
res motrices cruzadas (fig. 5, a), las fibras sensitivas continuadas con neuronas de la
columna de Clarke (fig. 5, G), las radiculares posteriores exentas de divisiones ^
continuadas con fibras del cordón de Burdach (fig. 5, íí)> etc.
Lóbulo ÓPTICO DE las aves.— Acabamos de ver cómo se efectúa en la médu¬
la espinal la terminación de las fibras nerviosas sensitivas. ¿Compórtanse de igual
manera las fibras conírípetas sensoriales,, es decir, las llegadas de la retina, bulbo
olfatorio, nervio acústico, etc.? La cuestión entrañaba interés teórico de primer
orden. Se imponía, pues, la exploración de los centros ópticos, a fin de ver si tam¬
bién en ellos se cumple la ley del contacto mediante arborizaciones libres perice-
lulares.
De todos, los centros sensoriales el más adecuado para esta investigación, por
ser singularmente- propicio a las revelaciones de la reacción cromoargéntica, es
el lóbulo óptico de los embriones de ave y de aves de pocos días (embrión de
pollo desde el diez y seis día en adelante, pájaros recién nacidos, etc.) . La posi¬
ción dentro de este órgano de las fibras ópticas o conductores arribados de la re¬
tina, era bastante bien conocida, gracias a los estudios de Stieda, Bellonci y oíros
autores. Tales fibras constituyen una zona superficial, por debajo de la cual gene¬
ran un plexo concéntrico, en cuyas mallas aparecen las neuronás receptoras.'
Aparte la demostración del modo de terminación de las fibras ópticas, la citada
monografía contiene numerosos datos morfológicos y estructurales de positivo va¬
lor. No hemos de refer'rlos aquí todos. El lector aficionado a tales asuntos deberá
consultar nuestra Memoria de 1889 (1) o la traducción publicada dos años des¬
pués en el International Monatschrift (2) del Dr. Krause. Citemos tan sólo los he¬
chos que revisten algún alcance fisiológico.
a) Demostración de que las fibras del nervio óptico se terminan en las zonas
más periféricas del lóbulo, a favor de arborizaciones complicadas, varicosas y li¬
bres, las cuales se enlazan por contacto con los penachos protopíásmicos de nu¬
merosos corpúsculos gangliónicos situados en las zonas profundas del órgano.
b) Descubrimiento de un gran número de tipos morfológicos de neuronas,
entre ellos uno caracterizado por ofrecer un axon singular, de forma recurrente y
nacido del trayecto de la dendrita radial, a gran distancia del soma. Tales elemen¬
tos, llamados corpúsculos de axon en cayado, son muy interesantes para la teo¬
ría, pues prueban perentoriamente la conducción axipeta de las dendritas, etc.
(figura 17, A).
Sobre la anatomía del lóbulo óptico de las aves aportaron después valiosas
contribuciones Kolliker, Van Gehuchten y, sobre todo, mi hermano, que consagró
al argumento, según haremos notar en su día, varias importantes comunicacio¬
nes (3). En resumen, tales trabajos confirmaron la conclusión fundamental despren¬
dida de mis observaciones, a saber: que también en los centros sensoriales los im-
(1) Cajal: Estructura del lóbulo óptico de las aves y origen de los nervios ópticos. Revista trimes¬
tral de Histología normal y patológica, l.o tn2r20 1889 (nútns. 3 y 4). Barcelona. Con dos litografías.
(2) Cajal; Sur la fine structure du lobe optique des oiseaux et sur l’origine réelle des nerfs optiques.
Journ. intern. d’Anat. et de PTiysiol., tomo VIII, fase. 9, 1891. Con dos litografías.
(3) Mi hermano Pedro Ramón y Cajal confirmó el modo de terminación de las fibras ópticas en las
aves, reptiles, batracios y peces, aportando importantísimos hechos nuevos peculiares de los vertebrados
inferiores. En este punto su obra no ha sido igualada por nadie.
214
S. RAMÓN Y.CAJAL
pulsos aferentes se propagan por contacto desde las fibras centrípetas o retinianas a
los penachos protoplásmlcos y cuerpo celular de las neuronas centrales.
La intensa labor de mi laboratorio en 1889 permitió cosechar además tal cual
interesante adquisición en otros órganos sensoriales y hasta en tejidos no ner¬
viosos.
Entre estas escapadas fuera de mis predilectos dominios, merece consignarse
la rotulada: Nuevas aplicaciones del método de coloración de Golgi (1). Prescindien¬
do de cosas menudas, resaltan en este trabajillo los siguientes hechos:
a) Demostración de la continuación individual de la expansión profunda de
las bipolares olfatorias (corpúsculos situados en la mucosa de este nombre), con
una sola fibrilla axónica de los nervios de la olfacipn (fig. 18,', refutándose, por
ende, las pretendidas rarnificaciones mencionadas en estas fibras por Ranvier y
Castronuovo (confirmado después por v. Gehuchten, Retzius, Brun, etc.).
b) Se prueba la existencia, dentro del protoplasma de las células glandulares
salivales, de ramificaciones delicadas continuadas con los conductos secretorios
(confirmado y ampliado notablemente por Retzius, Müller y otros).
c) Se describen, independientemente de Kupffer, y mediante el cromato de pla¬
ta, los capilares biliares del hígado de diversos vertebrados.
d) Se prueba que las fibras nerviosas simpáticas acaban libremente sobre las
células glandulares.
Otra de las modestas comunicaciones aludidas vió la luz en una Revista profe¬
sional, La -Medicina Práctica (2). Contiene un ensayo de interpretación teórica de
la totalidad de ios hechos morfológicos recolectados en monografías anteriores.
Entre otros conceptos, juzgamos dignos de ser recordados los siguientes:
a) Se repudia la nomenclatura fisiológica de las neuronas expuesta por Golgi.
Sabido es que este sabio, apoyándose en observaciones insuficientes, agrupó las
células nerviosas en dos grandes clases: células motrices o del tipo I, caracteriza¬
das por exhibir talla considerable y ofrecer un axon que conserva su individuali¬
dad y que se continúa con las fibras de. la substancia blanca o con las raíces mo¬
trices; y células sensitivas o del tipo II, caracterizadas por afectar de ordinario me¬
nor volumen y mostrar un axon que, a poco de su origen, pierde su individualidad,
descomponiéndose en plena substancia gris en'una arborización continuada con
la supuesta red difusa intersticial.
Habiendo encontrado nosotros ambos tipos celulares de Golgi en la retina y en
la mayoría de los centros nerviosos, lo mismo sensitivos que motores, para no pre¬
juzgar mterpretaciones fisiológicas, sustituimos la citada nomenclatura por esta
otxSi: células de axon largo, esto es, participante en la formación de los nervios y
de la substancia blanca; y células de 'axon corto, arborizado libremente en el seno
de la substancia gris.
b) Se hace de la ce7uia sensorial o ú/poZar una - categoría especial de neuro¬
nas, estimando su expansión periférica o receptora (bipolar olfativa, retiniana, gan-
glionar raquídea) como una rama dendrítica o protoplásmica, cuya misión es reco¬
ger corrientes (movimiento celulípeto), estableciendo así las bases de la teoría de
la polarización dinámica, creada, ulteriormente, por van Gehuchten y nosotros,
sustituida más tarde por la teoría de la polarización axipeta hoy generalmente
aceptada.
c) Se cita el oficio receptor de las dendritas de las células mitrales del bulbo
olfatorio, del ramaje protoplásmico de las células de Purkinje, del de los corpúscu¬
los gangliónicos retiñíanos, etc.
d) Se formula la hipótesis de que la morfología y modo de ramificación del
axon guarda relación con el número y forma de los elementos con quienes esta¬
blece contactos, etc., etc.
(1) Cajal; Nuevas aplicaciones del método de coloración de Golgi. Gaceta Médica Catalana, 1889.
Con cuatro grabados.
(2) Cajal; Conexión general de los elementos nerviosos. La Medicina Práctica. Madrid, 2 de octu¬
bre de 1889.
capítulo Vi
SXCESIVA RESERVA DE LOS SABIOS ACERCA DE MIS TRABAJOS.— PARA PREVENIR DES¬
CONFIANZAS DECIDO mostrar MIS PREPARACIONES AN i E LA SOCIEDAD ANATÓ¬
MICA alemana.— EN BERLÍN CONTRAIGO RELACIONES PERSONALES CON LOS
CÉLEBRES HISTÓLOGOS ALBERTO KOLLIKER, HIS, WAlDEYER Y OTROS SABIOS TU¬
DESCOS.— MI VISITA AL LABORATORIO DE HISTOLOGÍA DE W. KRAÜSE EN GOTTIN-
GEN.— BREVE JIRA P,OR EL NORTE DE ITALIA.— IMPRESIÓN PERSONAL ACERCA DE
; LOS SABIOS ALEMANES
Natural es que todo autor aspire a la aprobación, y si es posible al aplau¬
so, de su público. Y el mío, formado por limitado número de especialis¬
tas, se hallaba en el extranjero, desparramado por unas cuantas Univer-
-sidades alemanas, francesas, italianas, suizas, inglesas y escandinavas. Para sentir
.esa interior satisfacción de que hablan nuestras ordenanzas y seguir trabajando^
con entusiasmo, érame forzoso persuadir a los sabios de buena voluntad y de
.claro entendimiento. Quimérico fuera esperar la unanimidad del aplauso. ¿Cómo
iba yo a convencer a investigadores de antiguo comprometidos en la defensa de
.hechos erróneos o de hipótesis gratuitas? Descontado tenía que mis ideas habían
4e contrariar a los reticularisias, y singularmente a la escuela de Golgi. Y aunque
mis trabajos de entonces contribuyeron poderosamente a divulgar los métodos y
las conquistas positivas del profesor de Pavía, la voluntad de los . sabios suele ser
rtan paradójica, que agradece más la defensa de un error palmario generalmente
difundido que la comprobación de un hecho nuevo.
En el dominio del espíritu como en el de la materia, la ley de inercia es el gran
obstáculo que es preciso superar.
•Mientras tanto, vivía intranquilo y receloso. Me alarmaba un poco el silencio
aguardado por los autores, a quienes hice obsequio de los números de mi Revista,
durante la última mitad del año 1888 y la primera de 1889. Varios trabajos recibi¬
dos este último año acerca de la estructura del sistema nervioso, o no me citaban
o lo hacían desdeñosamente, como de pasada, y sin conceder beligerancia a mis
opiniones (1). De la consulta de las Revistas alemanas saqué la impresión de que
la mayoría de los histólogos ni me había leído. Verdad que el español es una
lengua desconocida de los sabios.
(1) Aun en 1890, M. von Lenhossék, Profesor de Basilea, con ocasión de una Memoria consagrada al
raíces posteriores de la médula espinal, hacía acerca de mis conclusiones las siguientes
reservas; “Resulta muy sorprendente— alude a la bifurcación de las raíces sensitivas— que hecho tan car¬
dinal no haya sido sorprendido por nadie, no obstante haber sido la .médula explorada desde hace cin-
.cuenta años en todas direcciones y con todos los métodos. Cuando, según ocurre en los ganglios raqui-
216
S. RAMÓN Y CAJAL
Pero yo deseaba persuadir a todo trance. Me sublevaba ante la idea de pasar
por iluso o por farsante, A dos recursos apelé para ganar la confianza de los auto¬
res imparciales; Fué el primero traducir mis principales monografías neurológicas
al francés, publicándolas en las Revistas alemanas más autorizadas; consistió el
segundo en mostrar personalmente a los sabios m^s mejores preparaciones y core
ellas asentar la legitimidad de mis juicios.
Las traducciones se iniciaron en 1889 y continuaron el 90 y siguientes. La Re-'
vista mensual internacional de mi amigo el Dr, W. Krause insertó dos Memorias:
una consagrada a la organización del cerebelo (1), y otra al estudio del lóbulo ópti¬
co de las aves (2). En ambas se contienen algunos hechos nuevos, además de los
aparecidos en la Revista trimestral; porque yo suelo continuar trabajando en ef
Laboratorio aun durante la corrección de las pruebas. El profesor Carlos Bardele-
ben, de Jena, con quien entablé correspondencia, otorgó también cordial horpita-
lidad en su entonces recién creado Anatomischer Anzeiger, a las comunicaciones
relativas a la retina de las aves (3) y a la fina estructura de la médula espinal (4).
Las referidas traducciones dieron a conocer lo más esencial de mis aportacio¬
nes científicas; empero ellas por sí, aun ilustradas con láminas escrupulosamente
copiadas del natural, no me hubieran granjeado muchos secuaces. Estos vinie¬
ron gracias al empleo del segundo recurso citado: la demostración objetiva
directa. Nada convence como los hechos vistes, sobre todo cuando son claros y
categóricos.
A este propósito solicité formar parte de la Sociedad anatómica alemana, donde-
figuraban anatómicos, histólogos y embriólogos de muchas naciones, singular¬
mente de la Confederación germánica y de Austria-Hungría. Dicha Corporación se-
congregaba cada año en una ciudad universitaria diferente. Durante las sesiones^
los congresistas debatían problemas anatómicos de actualidad; mostraban, en-
apoyo de sus doctrinas, las preparaciones macromicroscópicas obtenidas; se co-'
municaban los detalles de los métodos usados; en suma, señalábanse a los apa¬
sionados de la investigación las direcciones fecundas y los filones recién abiertos-
ala explotación científica. En fin, paralelamente a las tareas del Congreso, Ios-
fabricantes exponían las recientes creaciones de instrumentos de observación y
experimentación.
Mucho se ha abusado después de los congresos científicos internacionales.
Con todo, las reuniones de especialistas ofrecen ventajas incontestables a los
amantes del Laboratorio. En ellas se exhiben los métodos, y se conocen los sabios.
déos, existe positivamente una división en Y de las fibras nerviosas, el hecho resulta perfectamente com¬
probable, conforme establecieron las observaciones de Ranvier, Stannius, Kuttner, etc.“
Poco tiempo después, Lenhossék se rindió a la evidencia, viniendo a ser un adepto convencido de
mis ideaa, que ilustró con interesantes hallazgos en diferentes provincias del sistema nervioso. Pero sa¬
bios de la nobleza de carácter del neurólogo húngaro no abundan, por desgracia. Véase Lenhossék
ñinterwurzel und Rinterstrange. Mitheilung aus dem Anatomisch. Institut. im Vesalianum, zu-
Basel, 1890.
(1) Cajal: Sur 1 origine et la direction des prolongations nerveuses de la conche moléculaire du cer-
velet. Intern. Monatschrift. f. Anat. u. Phys. Bd. VI, Heft. 4u. 5, 1889. Con 3 planchas litografladas,.
que contienen muchas figuras.
(2) Cajal: Sur la fine strncture da lobe optique des oiseaux et sur l’origine réeUe des nerfs optiques.
Journ intem. d’Anat, et de Physiol. Volumen VH, fase. 9, 1891. Con dos láminas litografiadas.
(3) Cajal; Sur la morphologie et les connexions des élements de la rénne des oiseaux. Anatontiacher
Anseiger, núm. 4, 1889. Con 4 figuras.
(4) Cajal: Sur l’origine et les ramificatíons des fibres nerveuses de la moelle embryonnaire. Anato-
miscTier Anzeiger. núm. 3, 1890. Con 8 figuras.
RECtTERDOS DE ?vll VID4
217
Mucho es comprobar de visu el rendimiento analítico máximo de un proceder en
manos de su inventor; pero vale aún más intimar espiritual y cordialmente con loS-
inventores. Excelente táctica resulta cultivar la amistad y asegurarse la benevo¬
lencia de aquellos con quienes, por afinidad de gustos, se habrá de dialogar f
acaso contender en noble y amistosa controversia. Sólo el trato modera y suavizar
las actitudes ariscas del chauvinismo-, merced a él, émulos y rivales pertenecien^
tes a países diversos, acaban por comprenderse y estimarse, adquiriendo al fin
plena conciencia de que son colaboradores y camaradas en obra magna y común;
llena de dificultades y de tenebrosos arcanos.
La referida Sociedad anatómica celebraba aquel año de 1889 sus sesiones en la^
Universidad de Berlín, durante la primera quincena de octubre. Obtenido el per¬
miso del Rector (26 de septiembre de 1889) para tomar parte en las tareas del
susodicho Congreso, reuní ai efecto todos mis escasos ahorros, y rae encaminé,-.
lleno de esperanzas, a la capital del Imperio germánico. En el camino giré algunas
instructivas visitas a las ciudades universitarias de Lyon y Ginebra y a la de-
Francfort, sobre el Mein, población desprovista de Universidad, pero próvida en
sabios de primer orden. En ella conocí al célebre neurólogo C. Weigert, autor de
valiosos métodos de teñido del tejido nervioso; a Edinger, la mayor autoridad en
neurología comparada, y, en fin, a Ehrlich, inventor del proceder tintóreo de su
nombre, y que, andando el tiempo, había de obtener el premio Nobel como galar¬
dón de sus grandes descubrimientos en los dominios de la Bacteriología y Sero-
terapia.
Excusado es decir que mis colegas del Congreso anatómico me dispensaron'
acogida ccrtés. Había en ella algo de sorpresa y de curiosidad expectante. Les
chocaba, sin duda, encontrar un español aficionado a la ciencia y espontánea¬
mente entregado a las andanzas de la investigación. Acabadas las lecciones ora¬
les, a que consagré, a causa de mi impaciencia, poca atención, vinieron las demos¬
traciones.
Desde muy temprano me instalé en la sala laboratorio ad hoc, donde en largas-
mesas y enfrente de amplios ventanales, brillaban numerosos microscopios. Des¬
embalé mis preparaciones; requerí dos o tres instrumentos amplificantes, además
de mi excelente modelo Zeiss, traído por precaución; enfoqué los cortes más
expresivos concernientes a la estructura del cerebelo, retina y médula espinal, y,
en fin, comencé a explicar, en mal francés, ante los curiosos, el contenido de mis-
preparaciones. Algunos histólogos me rodearon; pocos, porque, según ocurre en
tales certámenes, cada congresista atiende a lo suyo; después de todo, natural es
que se prefiera enseñar lo propio a examinar lo ajeno (1).
Entre los que más interés mostraron por mis demostraciones, debo citar a His
(1) Acaso interese al lector la transcripción de algunos párrafos alusivos a mis demostraciones de-
Berlín, tomados del discurso del célebre neurólogo van Gehuchten, discurso leído en 1913 con ocasión de -
la solemne fiesta celebrada en Lovaina en conmemoración del 25 año de profesorado de dicho sabio.
«Los hechos descritos por Cajal en sus primeras publicaciones resultaban tan extraños, que los histó¬
logos de la época— no pertenecimos felizmente a este número— los acogieron con el mayor escepticismo.
La desconfianza era tal, que en el Congreso de Anatómicos celebrado en Berlín en 1889, Cajal, que llegó'
a ser después el gran histólogo de Madrid, enéontrábase solo, no suscitando en torno suyo sino sonrisas-
incrédulas. Todavía creo verlo tomar aparte a Kólliker, entonces maestro incontestable de la Histología-
alemana, y arrastrarlo a un rincón de la sala de demostraciones, para mostrarle en el microscopio sus •
admirables preparaciones y convencerle al mismo tiempo de la realidad de los hechos que pretendía
haber descubierto. La demostración fué tan decisiva que, algunos meses más tarde, el histólogo de Würz'
burgo confirmaba todos los hechos afirmados por Caja!.» Véase: LeNeuraxe; Livre Jubilaire, vol. XIV '
y XV, 1913.
:218 s. RAMÓN Y CAJAL
Schwalbe, Retzius, Waldeyer, y. singularmente a Kólliker. Según era de presumir,
estos sabios, entonces celebridades mundiales, iniciaron su examen con más
escepticismo que curiosidad. Sin duda esperaban un fiasco. Mas cuando hubieron
desfilado ante sus ojos, en cortejo de imágenes clarísimas e irreprochables, el
axún de los granos del cerebelo, las cestas pericelulares, las fibras musgosas y tre¬
padoras, las bifurcaciones y ramas ascendente y descendente de las raíces sensiti¬
vas, las colaterales largas y cortas de los cordones de substancia blanca, las termi¬
naciones de las fibras retinianas en el lóbulo óptico, etc., los ceños se desfruncie¬
ron. Al fin, desvanecida la prevención hacia el modesto anatómico español, las
felicitaciones estallaron calurosas y sinceras.
Me asediaban a preguntas acerca de las condiciones técnicas en cuya virtud
semejantes preparados habían sido obtenidos. «Nosotros hemos ensayado reite¬
radamente— me decían— el método de Golgi y sólo hemos conseguido decepciones
y fracasos.» Entonces Ies expuse, en un francés chabacano, menuda y paciente¬
mente, todos los pequeños secretos de manipulación de la reacción cromo- argén¬
tica; señalé las edades y condiciones de los embriones y animales más favorables
al logro de buenos preparados, e indiqué las reglas prácticas encaminadas a ami¬
norar en lo posible el carácter aleatorio del método, etc.
El más interesado de mis oyentes fué A. Kólliker, el venerable patriarca de la
Histología alemana. Al final de la sesión, condújome en carruaje al lujoso hotel en
que se alojaba; me convidó a comer; presentóme después a los histólogos y em¬
briólogos más notables de Alemania, y en fin, se desvivió por hacerme agradable la
-estancia en la capital prusiana.
—Los resultados obtenidos por usted son tan bellos— me dijo—, que pienso
emprender inmediatamente, ajustándome a la técnica de usted, una serie de tra¬
bajos de confirmación. Le he ífescaó/erío a usted, y deseo divulgar en Alemania
mi descubrimiento (1).
Y, en efecto, durante los años de 1890 y siguientes, aparecieron en diversos
Archivos alemanes, y singularmente en el Zeitschrift. f. wissenschafliche Zoologie—
de que el Dr. Kólliker era director— una serie de magníficas monografías sobre el
cerebelo (2), la médula espinal (3), el bulbo (4), el lóbulo óptico, etc. En ellas no
sólo se confirmaban, según había prometido, mis modestas conquistas científicas,
sino que se ampliaban y perfeccionaban notablemente, exornándolas además con
ingeniosas interpretaciones fisiológicas.
Yo estoy vivamente agradecido al insigne maestro de Würzburgo. Sin duda
que la verdad se habría abierto al fin camino. Mas a la gran autoridad de Kólliker
se debió el que mis ideas fueran rápidamente difundidas y apreciadas por el mun¬
do sabio. Por honrosa excepción entre los grandes investigadores, juntaba Kólli¬
ker, a un gran talento de observación asistido de infatigable laboriosidad, modes¬
tia encantadora y rectitud y serenidad de juicio excepcionales. Al insigne maestro
bávaro aludía yo, especialmente, cuando, en capítulos anteriores, al deplorar el
(1) En carta recibida poco después de mi regreso a Barcelona, repite KSIlikerla promesa:
aVous avez un grand merite— me decía— d’avoir employé le procédé du chromate d’argent rapide
dans les jeunes animaux et dans les embiyons. Ainsi ne manquerais-je de faire ressortir vos admirables
travaux, en me réjuissant que le premier hislologue que l’Espagae a produit soit un homme aussi distin-
^ué que vous et tout á fait á l’hauteur dé la Science.— (Würzburgo, 16 de noviembre de 1889).ii
(2) Kolljeer; Ziir feineren Anatomie dea centrálen Nervensystema. Ersters Beitrag: Das EleinTiirn.
Zeitsch. f. wissenschaff, Zoologie. Bd. 49, H. IV, 1890.
(3) Ibid.: Das Rückenmarlc Zeitsch. f. wiss. Zool. Bd. 51, H. I, 1890.
, (4) Ibid.: Der feinere Bau des verlángerten Marques. Anat. Anzeiger. Bd. VI, núms. 14 y 15, 1891.
RECUERDOS DE MI VIDA
219
^egotismo y engreimiento intolerables de ciertos hombres de ciencia, declaraba que
los había también sapientísimos, al par que rectos, impai ciales y honrados.
Sacrificaba tan poco en el altar de la altiva consecuencia, que, habiendo
sido partidario de la teoría reticular, la abandonó radicalmente, adaptándose con
flexibilidad juvenil a las nuevas concepciones del contacto y de la independencia
morfológica de las neuronas. En su afecto hacia mí, llevó la benevolencia hasta
aprender el español para leer mis primeras comunicaciones. Más tarde culminó su
noble modestia, traduciendo personalmente para su Zeitschrift f. wissensch. Zool.
el texto de un trabajo mío sobre el Asía de Ammon, etc. Por todo ello y por otras
muchas pruebas de afecto, testimoniadas en cartas y publicaciones, conservo del-
. glorioso maestro recuerdo imborrable y gratitud profunda.
En el’ Congreso de Berlín tuve también el honor de tratar al ilustre Gustavo
Retzius, profesor de Anatomía de Stokolmo, uno de los investigadores más saga¬
ces, laboriosos y concienzudos que he conocido; a W. His, el gran embriólogo de
Leipzig, de quien ya hice memoriá en el capítulo anterior; a Waldeyer, el maestro
venerado de la Anatomía e Histología alemanas, catedrático en la Universidad de
Berlín; a van Gehuchten, joven y ya brillante profesor de la Universidad de Lo-
vaina, con el cual había mantenido ya correspondencia con ocasión de nuestros
trabajos sobre la fibra muscular, y, en fin, a Schwalbe, C. Bardeleben y otros ana¬
tómicos- renombrados. De algunos de ellos, convertidos luego en benévolos patro¬
cinadores de mis ideas, me ocuparé en el próximo capítulo.
De regreso de Berlín, hice escala en la pequeña ciudad de Gotinga, donde tuve
el gusto de abrazar a mi amigo el Dr. W. Krause. En su compañía pasé tres o cuatro
días deliciosos. Mostróme lo más importante de la ciudad, sobre todo ios museos
y laboratorios de la Universidad; me presentó a un colega suyo, gran colecciona¬
dor de cuadros y admirador de la pintura española (estaba encantado de un Veláz-
^quez harto dudoso que pretendía poseer), el cual nos agasajó con suntuoso ban¬
quete; y, en fin, me acompañó a su laboratorio oficial, instalado por cierto en
modesta casa de vecindad, y enciende trabajaban algunos pocos discípulos en
medio de un material e instrumental nada lujoso, pero suficiente. Excusado es
decir que rae apresuré a mostrar al Dr. Krause mis preparaciones, y aun le regalé
■ algunas; las referentes a la retina, tema en que predilectamente se ocupaba, le
interesaron vivamente.
En nuestras conversaciones de sobremesa cambiamos noticias . acerca de la
•organización de nuestras respectivas Universidades. Llenóme de asombro el saber
que los profesores eran escogidos casi libremente, sin oposición ni concurso. Me
chocó también la ausencia de plan uniforme de enseñanza, y algo así como el
abandono sistemático de ese espíritu de unidad y centralización, tan gratos en
España, por imitación servil de la organización universitaria francesa. Cada cien¬
cia tenía su hogar propio, que recibía el nombre del Instituto, comprensivo de la
cátedra, laboratorio para el profesor y sus discípulos, la biblioteca, etc. Nada de
exámenes, si no es al final de la carrera. En fin, los profesores, distinguidos en
categorías de docente privado, profesor extraordinario y profesor numerario, en
vez de ajustarse a nómina equitativa, eran remunerados por el Estado y la ciu¬
dad, según sus méritos, amén de recibir también honorarios de sus alumnos.
¡Supresión de exámenes, autonomía universitaria, retribución por los alumnos,
ingreso sin oposición y sin concurso y, frecuentemente, por una especie de con¬
trata!... He aquí un conjunto de reformas que, aplicadas a España, país clásico de
3a rutina y del favoritismo, nos harían retroceder antes de diez años al estado
S. RAMÓN Y CAJAL
salvaje. Por algo ha dicho Paulsen que cada país posee el régimen universitario-
que necesita, es decir, el mejor posible, dado el estado de la ética sociaj.
Después de este descanso en una apacible y pequeña Universidad alemana,
tan fértil en grandes sabios como limpia de intrigas y ambiciones, proseguí lab
viaje de regreso. Visité rápidamente la pintoresca Lucerna y el poético lago de
los Cuatro Cantones; crucé los Alpes por el San Gotárdo, sintiendo en el alma que
la escasez de mis recursos no me permitiera detenerme en la contemplación de
aquellos incomparables panoramas, y en fin, recorrí el Norte de Italia, particular¬
mente Turín, Pavía y Génova, famosas ciudades universitarias.
En Turín tuve el gusto de conocer personalmente al insigne histólogo italiano
Julio Bizzozero y al no menos célebre profesor Angelo Mosso. Recuerdo que sus
sendas cátedras y laboratorios estaban instalados en un viejo convento, en loca¬
les poco apropiados. Quise averiguar cuáles eran los recursos de la Universidad
y los sueldos de los Profesores, y me encontré con dos sorpresas; la primera, que
el profesorado italiano, con valer mucho, ganaba, poco más que el nuestro (el*
sueldo límite para los más antiguos era de 10.000 liras), con un rendimiento do¬
cente y científico infinitamente superior; la segunda, que, inspirándose en altos
móviles de patriotismo y de amor a la ciencia, las Corporaciones populares (como
si dijéramos el Ayuntamiento y la Diputación provincial) y personajes opulentos,
añadían, ai modesto crédito consignado para material en los presupuestos del
Estado, donativos cuantiosos destinadas a experimentos científicos. Una Junta
mixta de próceres y de autoridades administraba estos fondos supletorios, según
las necesidades de cada Cátedra y de cada Profesor.
He aquí una conducta que causará estupor a nuestros Municipios y Diputacio¬
nes, tan bien hallados con el cerril y antipatriótico cantonalismo corporativo.
Aparte los altos fines educativos y culturales, la Universidad y. demás Institucio¬
nes oficiaíes representan para la ciudad, al par que un gran prestigio, un no-
despreciable provecho. Ya que no por solidaridad y amor a la ciencia, por egoísmo-
y emulación bien entendidos, deberían las citadas Corporaciones acudir en ayuda
del Estado, costeando nuevas enseñanzas, mejorando las existentes y fomentando, .
en fin, el espíritu de investigación. Pero estas verdades tan claras y sencillas^
¿podrían penetrar siquiera en las compactas cabezas de nuestros ediles o en los
cerebros no menos ebúrneos de, nuestros potentados?
En Pavía no tuve el gusto de encontrar al ilustre profesor Camilo Golgi. Estaba
en Roma, adonde le llevaban en ciertas épocas del año sus iniciativas de senador.
Notemos de pasada que en Italia los sabios más renombrados suelen recibir,
entre otras recompensas, la investidura de miembros de la Alta Cámara. Contra¬
rióme mucho la ausencia del maestro. Doy por seguro que, de haber podido mos¬
trarle mis preparaciones y rendirle al mismo tiempo mis sentimientos de admira¬
ción, hubiéranse evitado, para lo futuro, polémicas y equívocos enfadosos.
En fin, tras una visita rápida a Génova, donde fui muy bien recibido por eh
profesor de Anatomía, tomé la vuelta de Marsella y regresé a Barcelona.
De esta rápida excursión por las Universidades extranjeras saqué la convic¬
ción profunda de que la superioridad cultural de Alemania, Francia e Italia no
estriba en las Instituciones docentes, sino en los hombres. Lo he dicho ya: ios re¬
cursos materiales de que disponían sabios insignes, pareciéronme poco superiores
a los nuestros, y en algún caso, notoriamente inferiores. Encuéntranse a menudo-
RECUERDOS DE MI VIDA
221
•en Alemania Privat docent, ilustrado con grandes descubrimientos, y, sin embar-
.^0, atenido durante muchos años a retribuciones que desdeñarían nuestros auxi¬
liares. Pero hay otro hecho todavía más significativo: Con relativa frecuencia (este
fenómeno se da también en Inglaterra), la Universidad llama a su seno a investi¬
gadores geniales, que se formaron solos, en localidades apartadas, teniendo por
laboratorio un desván y sin más recursos que las modestas economías del médico
de aldea.
Bien se ve, pues, que en los países del Norte, aparte las formas de la organi¬
zación docente, existe una'causa general y profunda de florecimiento cultural. El
vaso parece a veces de tosco barro; pero la esencia suele ser exquisita.
¿Cuál es esta esencia? Fuera inoportuno estudiar aquí de pasada las condicio¬
nes complejas de la grandeza científica alemana. Y además, nada nuevo podríamos
•decir. Limitémonos a consignar no más mis impresiones de entonces.
La cultura superior parecióme fruto complejo de la educación individual y so¬
cial. En la Universidad se enseña a trabajar; pero el ambiente social, obra del Es-
dado, enseña algo mejor: el respeto y la admiración hacia el hombre de ciencia. De
nada servirá que el universitario reciba una cultura técnica eficiente y con ella el
ansia noble y patriótica de colaborar en la obra común de la civilización, si, al
mismo tiempo, no contempla en torno suyo menospreciada la pereza, aborrecidas
la farsa y la intriga, galardonado el mérito superior y reverenciado el genio.
¡Educación y justicia, en fin!... He aquí el secreto.
CAPITULO Vil
MI ACTIVIDAD CONTINÚA EN AUMENTO.— ALGUNOS ESTUDIOS SOBRE EL DESARRO
LLO DEL SISTEMA NERVIOSO (MÉDULA Y CEREBELO).-CURIOSa DISPOSICIÓN EN
LAS FIBRAS MUSCULARES DE LOS INSECTOS.-MIS EXPLORACIONES EN EL BULBO
OLFATORIO JUSTIFICAN PLENAMENTE LA DOCTRINA DEL CONTACTO —RAI LAZOOS
CEREBRAL DE LOS MAMÍFEROS.-MOvÍmIENTO
BIBLIOGRÁFICO SUSCIfADO POR MIS INVESTIGACIONES.-SABIOS INSIGNES QUE
IDEAS.-ALGUNOS CONTRATIEMPOS Y'
Fueron los años de 1890 y 1891 períodos de inten.sa labor y de gratísimas sa-
halladoTfin ^olliker y persuadido de haber
^ ^ \ camino, entreguéme al trabajo con verdadero furor No
pa ece smo que deseaba convencer con la masa aplastante de mis comunTcacfo-
me monografías, sin contar las traducciones Hov
nadnreTT^ f devoradora, que desconcertaba hasta a los investi¬
gadores alemanes, los mas laboriosos y pacientes del orbe. Mi tarea comenzaba a
as nueve de la manana y solía prolongarse hasta cerca de media noche Y lo más
cas incomparables. En él hallaron, al fin, mis instintos estéticos plena satisfac
Clon. iComo el entomólogo a caza de mariposas de vistosos matices mi atención
perseguía, en el vergel de la substancia gris, células de formas deÜcadTs v e“gán-
tes, laS misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas nuién caho ^ f
cerá algún día el secreto de la vida mentaíír ^
De cualquier modo, la admiración ingenua de la forma rpluiar ^
de mis solaces más gratos. Porque, aun desde el puntoTvistfe^
el tejido nervioso cautivadores atractivos ;Hav en nuestmc r»
más elegante y frondoso que el corpúsculo de Purkinje del^ceTbdo^lT^
psíquica, es decir, la famosa pirámide cerebraP Los esn ^ l
forzosamente fragmentarios, donde parecen resne^^^ figuras 4 y 8,
tectura del cerebelo y la de la retina apegas
y la elegante variedad de la floresta nerviosa^ suprema belleza
¡Y luego es tan dulce, tan confortadora la emoción óp m , r. ,
suavemente acariciador para la vanidad o el orgullo (debilidades humfníst nías
RECUERDOS DE MI VIDA
223
cuales debe contarse siempre) el sentimiento un poco egolátrico de descubrir islas
recónditas o formas virginales que parecen esperar, desde el principio del mundo,
un digno contemplador de su belleza!
¡Cuántas veces, durante aquellos años de fiebre investigadora, me desveló la-
emoción del hecho recién descubierto! ¡Cuán a menudo, tras una tarea agotante y
un letargo profundo, de esos que, liquidando atrasos fisiológicos, limpian de nu¬
bes la pizarra cerebral, surgió con la aurora, como escrita por invisible mano, la
solución a un problema de morfología o de conexión ansiosamente perseguido!...
Hoy no me explico bien cómo aquella tensión continua del intelecto y aquella dia¬
ria inquietud espiritual no trastornaron mi salud. Sin duda la satisfacción sobera¬
na de hacer algo útil constituye tónico dinámico de primer orden.
No quisiera mortificar al lector hablándole menudamente de mis trabajos. Que
si el narrar es placer, el escuchar es paciencia, y a veces molestia y desabrimien¬
to, Brevemente, pues, y en estilo casi telegráfico, daré cuenta de la labor cum¬
plida en 1890 .
En mi fuero interno, estimo como lo mejor de mi labor dé entonces las obser¬
vaciones consagradas a la neurogenia, es decir, al desarrollo embrionario del sis¬
tema nervioso. Perdóneseme si, a pesar de mi promesa de laconismo, señalo aquí
algunos antecedentes.
«Puesto que el cromato de plata proporciona en los embriones imágenes más
instructivas y constantes que en el adulto, ¿por qué no explorar— me decía— cómo
se modela y complica sucesivamente la célula nerviosa, desde su fase germinal,
exenta de expansiones, según demostró His, hasta su estado adulto y definitivo?
En esta trayectoria evolutiva, ¿no se revelará quizás algo así como un eco o reca¬
pitulación de la historia dramática vivida por la neurona en sus milenarias andan¬
zas al través de la serie animal?»
Con este espíritu puse manos a la obra, primero en los embriones de pollo
después en los de mamífero. Y tuve la satisfacción de sorprender las primeras-
mutaciones de la neurona, desde los tímidos ensayos de creación de expansiones
frecuentemente rectificadas y hasta reabsorbidas, hasta la organización definitiva
del áxon y dendritas. Y, en armonía con el principio biogenético fundamental de
Haeckel, hallé que la célula nerviosa repite en su evolución individual, con algu¬
nas simplificaciones y omisiones, las formas permanentes descubiertas por Ret-
zius y Lenliossék en los ganglios de ios invertebrados.
Excusado es decir que si el problema de la morfología neuronal aparecía obs--
curo antes de la publicación de los memorables trabajos de Golgi, el de la onto¬
genia presentábase todavía más tenebroso. A guisa de soluciones provisionales,
conían las especulaciones más arbitrarias. El punto más urgente a esclarecer con¬
sistía en averiguar cómo se forman los nervios y en virtud de qué mecanismo los
apéndices axónicos se enlazan, sin errores ni extravíos, con sus aparatos termi¬
nales (placas motrices, órganos sensitivos cutáneos, etc.). No obstante la abundan¬
cia de conjeturas, dos teorías se disputaban la mayoría de los sufragios.
Para Küpffer, Hís y Kolliker, el neuroblasto o célula nerviosa primitiva genera
los nervios, mediante la emisión de un brote o. apéndice, el axon, que crecería
libremente al través de los demás tejidos para abordar los aparatos terminales,
donde acabaría mediante ramificaciones independientes. En cambio, Hensen y sus
adeptos negaban categóricamente semejante crecimiento libre, admitiendo (al ob¬
jeto de explicar la perfecta adecuación y congruencia existentes entre las estacio¬
nes centrales y los aparatos sensitivos y sensoriales periféricos) que el neuro-
;224
S. RAMÓN Y CAJAL
i)lasto sufre desde el principio una serie de particiones incompletas (1). Primera¬
mente, y tras la división nuclear, se producirían el soma central y el órgano recep¬
tor periférico; luego ocurriría la emigración de los núcleos, pero con mantenimiento
del protoplasma intermediario, es decir, que media célula con su núcleo perma¬
necería, ab initio, en la piel u órgano sensorial periférico, mientras que la otra
media yacería en los centros nerviosos embrionarios (fig, 19, A). En consecuencia,
el crecimiento del nervio se verificaría, no por incremento continuo de un cabo
libre, sino mediante estiramiento progresivo del puente protoplásmico intermedia¬
rio. En fin, nuevas proliferaciones, exclusivamente recaídas en los núcleos, pro¬
veerían de estos órganos la larguísima cadena de los nervios periféricos.
Como variante de esta concepción hipotética de Hensen, puede estimarse
cierta teoría defendida desde antiguo y renovada hasta hace pocos años por
Beard, Dohrn, Durante, Cornil, Bethe, etc., para quienes los axones, y por tanto
los nervios, resultarían de la diferenciación y fusión de larga cadena de neuroblas-
tos emigrados de los centros o de la membrana ectodérmica (fig. 20). En sentir de
estos sabios, el cilindro eje embrionario, lejos de significar el retoño, en vías de
crecimiento, del protoplasma de una célula nerviosa, representaría la obra común
histogenética de muchos corpúsculos ectodérmicos. En las figuras 19 y 20 mos-
Iramos esquemáticamente los rasgos principales de estas dos hipótesis en pugna.
Mis investigaciones, confirmadas inmediatamente por Lenhossék y Retzius,
contribuyeron a esclarecer el tema debatido, sancionando definitivamente la con¬
cepción hipotética de Küpfíer e His, y asentando, en fin, sobre bases inconmovi¬
bles la doctrina (ya muy probable después de los recientes descubrimientos mor¬
fológicos) de la unidad genética de las fibras nerviosas y de los apéndices proto-
plásmicos. En efecto, las preparaciones obtenidas por mí durante las fases más
tempranas del embrión de pollo (del segundo al cuarto día de la incubación), re¬
velaron clarísiraamente que, pasado el estado germinal o indiferente, la célula
nerviosa emite primeramente el axon o expansión primordial, según había adivi¬
nado His, y sólo en época ulterior produce las prolongaciones protoplásmicas y
-colaterales nerviosas. Todos estos apéndices aparecen continuos con el soma, y
crecen sucesivamente, manteniendo su individualidad hasta alcanzar la longitud
adulta y salir al encuentro de los elementos extraños (musculares, epiteliales o
nerviosos) con quiene^s deben mantener comercio fisiológico (2).
Ciertamente, ya el ilustre His había observado el axon de los neuroblastos más
tempranos. Pero los métodos utilizados por el neurólogo de Leipzig no le permi¬
tieron sorprender la forma de crecimiento de dicha expansión ni espiar el momento
de aparición de las dendritas. Además, no vió ni podía ver, dada la precaria técnica
de entonces, el cabo final de la expansión nerviosa en vías de crecimiento. Y mien¬
tras tal observación no se realizara, la severa objeción de Hensen madie ha visto
en el embrión el cabo libre de un nervio en vias de crecimiento^ conservaba toda
^u fuerza .
Yo tuve la fortuna de contemplar por primera vez ese fantástico cabo del axon
(1) Hensek: Die Entwickelung der Nervensysetins. VircTiow’s Archiv. Bd. XXX 1864 Véase también-
^eitscTirift f. Anat. u. Entwickelung. Bd. 1, 1876. . . ac lamoien.
(2) Mi trabajo de 1S90 tocante a la evolución ontogénica de la médula espinal, lleva por ü'tulo- «So
bre la aparición délas expansiones celulares de la médula embrionaria.. GacetaSanitariadeBarce-
/onn. 10 de agosto de 1890. De esta monografía, ademada con muchos dibujos, se hiao una traducción
-con importantes adiciones, para el Aruito>nischcr Anzeiger, números 21 y 22, 1890, bajo el título- A guelle
Apoque apparaissent les expansions des cellules nerveuses de la moeUe épiniére du pouUfí
RECUERDOS DE MI VIDA
225
■en crecimiento (1). En mis cortes de la médula espinal del embrión de pollo de tres
días, mostrábase este cabo a mpdo de conglomerado protoplásmico de forma
•cónica, dotado de movimientos amiboides. Pudiera compararse a ariete vivo,
blando y maleable, que avanza, empujando mecánicamente los obstáculos halládos
en su camino, hasta asaltar su distrito de terminación periférica. Esta curiosa
maza terminal fué bautizada por mí: cono de crecimiento. Confirmado por Lenhos-
5ék (2), Retzius, Kolliker y Athias, y en tiempos más posteriores por Held, Harris-
-son, etc., constituye hoy hecho vulgar de la ontogenia nerviosa (fig. 21, a).
En mis preparaciones de entonces aparecían también los primeros conatos pro¬
ductores de las dendritas, que nacen de la porción originaria del axon (repetición
•de lo ocurrido en los invertebrados); las ramificaciones sucesivas de estas expan¬
siones; las fases'iniciales de las colaterales nerviosas; el modelamiento de la arbo-
rización terminal del axon; el mecanismo productivo de la substancia blanca, y en
fin, las fases primordiales de las raíces posteriores con su típica bifurcación, etc.
'Diversas leyes neurogenéticas, tales como: la de prelación evolutiva de las colate¬
rales del cordón anterior; la de las neuronas motrices sobre las funiculares; la de
las colaterales de la substancia blanca sóbrelas brotadas en la substancia gris
<colaterales nacidas del trayecto horizontal de los axones, etc.), y otros muchos
hechos que fuera inoportuno enumerar, quedaron definitivamente establecidos.
Con igual ardor y fortuna acometí después la evolución ontogénica de las célu¬
las y fibras de la corteza cerebelosa (3). En tan sugestivo dominio, varios intere¬
santes problemas esperaban urgente solución. ¿Cómo crecen las fibras aferentes
y se organizan las conexiones por contigüidad entre las trepadoras, por ejemplo, y
el tallo de los corpúsculos de Purkinje? Durante la ontogenia cerebelosa, la expre¬
sión metafórica arborizaciórí trepadora, ¿no implica, quizás, una acción real y efec¬
tiva de trepar?
Los hechos recolectados en el cerebelo de los animales recién nacidos contes¬
taron afirmativamente. Conforme advertirá el lector que pase la vista por la figu¬
ra 22, los axones de los mencionados conductores, arribados de centros lejanos,
olfatean, digámoslo así, el soma de los elementos de Purkinje, al cual abrazan, me¬
diante nidos varicosos, rudimento de la futura árborización. Una vez sobre él, las
camas del nido nervioso trepan positivamente, a lo largo del tallo principal y den¬
dritas, hasta generar, por fin, el plexo complicado característico de los conductÓ-
ces adultos. Excusado es decir que este fenómeno, tan significativo para la doc¬
trina neuronal, fué comprobado después por los autores (Retzius, Kolliker, Van
Oehuchten, Athias, C. Calleja, Azoulay, etc.).
<1) El profesor His quedó encantado cen mi encuentro del cono de crecimiento, según me expresaba
•en una de sus cartas. Su satisfacción se justificaba recordando que, merced a-este hallazgo, quedaron refu¬
tadas las objeciones de Hensen y vin o a ser sólidamente cimentada la concepción mono-celular del creci¬
miento continuo del axon y demás expansiones neuronales.
(2) Justo es consignar que, a excepción del cono de crecimiento, casi todos estos descubrimientos
■¡fueron también independientemente efectuados por Lenhossék, aunque mi comunicación viera iá luz
. antes que la suya. Véase Lenhossek; Zur Kenntniss der ersten Entshéhung der Nervenzellen und Nerven-
fasern beim Vqgelembryo. Verhandl. der X ínter, mediz. Kongresses Bd. ll, pág. 114. Berlín, 1890.
(3) Mis trabajos sobre este punto son los siguientes;
Cajal: Sobre ciertos elementos bipolares del cerebelo y algunos detalles sobre el crecimiento y evo-
-tlución de las fibras cerebelosas. Gaceta Sanitaria de Barcelona, 10 de febrero de 1890. Con seis grabados.
Idem: Sobre las fibras nerviosas de la capa granulosa áe\ cercXieXQ . Revista trimestral de Histología
normal y patológica, marzo, 1889.
De los precitados trabajos hiciéronse traducciones publicadas en el Monatacrift f Anat. u. Phi/aiol.
■del Dr. Krause. Véase; el Bd. Vil, Helf. 1, 1890, y el Bd. Vil, Helf. 11, 1890.
15
226
S. RAMÓN Y CAJAL
Me. atraía también la cuestión de saber cómo un nearoblasio piriforme, desnu¬
do de expansiones, se convierte en el árbol prodigioso, especie de seto vivo, de la
célula de Purkinje. Mi curiosidad quedó plenamente satisfecha con el encuentro
de las fases primordiales de esta evolución, de que damos copia en la figura 23-
Por cierto que, de pasada, topamos con un hecho biológico interesante. Echamos
de ver que todo ramaje protoplásmico o nervioso en vías de formación atraviesa
un periodo, por decirlo así, caótico, de tanteo, durante el cual son proyectadas al
azar vías de ensayo, destinadas en gran parte a desaparecer (fig. 23, a). A seme¬
janza del minero, que cava a ciegas en busca del filón desaparecido, los brotes-
protoplásmicos ensayan diversos caminos hasta atinar con el acertado. Más ade¬
lante, llegadas ya las fibras nerviosas aferentes, o cuando se modelan y alcanzan
plena sazón las neuronas funcionalmente solidarias, subsisten, consolidándose, las
expansiones útiles y se reabsorben las inútiles o exploradoras. En este caso, la
naturaleza procede como el jardinero que endereza y favorece los retoños bien di¬
rigidos y poda los viciosos o superfinos. Porque la vida repugna lo redundante y
se muestra singularmente avara de protoplasma y de espacio.
Otro curioso fenómeno de emigración y metamorfosis, en virtud de irresisti¬
bles impulsos y a pesar de los mayores obstáculos, ofreciéronme los granos jóve¬
nes o indiferencíados del cerebelo de los mamíferos recién nacidos.
En la figura 24 reproducimos esquemáticamente algunas de estas curiosas
contradanzas de los granos. Se sabía desde hacía mucho tiempo que el grano jo¬
ven o indiferenciado (fase germinal) conjuntamente con otras células nerviosas en
esbozo, habita la zona superficial del cerebelo (fig. 24, A) (granos periféricos), afec¬
tando forma poliédrica irregular. Pero nada se conocía de sus ulteriores evolucio¬
nes. Mis observaciones revelaron que el grano sale de este estado indiferente,
tornándose primeramente bipolar horizontal, es decir, emitiendo dos largas expan¬
siones contrapuestas (4) que marchan en la dirección de las láminas cerebelosas;
después, del lado profundo del soma, proyecta cierta expansión descendente, que
atráyendo hacia sí buena parte del protoplasma, incluyendo el núcleo, transforma,
la célula de bipolar horizontal en bipolar radial o vertical (figura 2^, 5 y 6). En fin,
con el arribo laborioso del soma a las regiones profundas, coincide la aparición-
de las finas dendritas y el modelamiento definitivo del grano cerebeloso (9, 10).
Todas estas sorprendentes evoluciones parecen encaminadas a fijar desde lue¬
go, sobre las partes correspondientes de las dendritas de Purkinje, la posición de
las fibrillas paralelas. Nótese, en efecto, que las primeras expansiones-dei grano en.
fase bipolar tangencial, no son otra cosa que las delicadas ramas terminales del
futuro cilindro-eje (fibrillas paralelas). Por donde se ve que las ramas nerviosas
se diferencian antes que el axon que las sustenta, del mismo modo que éste pre¬
cede a las dendritas.
Las referidas metamorfosis del grano (confirmadas después por Lugaro, Ret-
zius, Athias y otros sabios), si denuncian algunos resortes intimos del mecanismo-
ontogénico de las neuronas, plantean también arduos y transcendentales proble¬
mas. ¿Qué misteriosas fuerzas presiden la aparición de las expansiones, promue¬
ven su crecimiento y ramificación, provocan la emigración congruente de células
y fibras, según direcciones prefijadas y como obedeciendo a sabio plan arquitec¬
tónico, y establecen, en fin, esos ósculos protoplásmicos, las articulaciones inter¬
celulares, que parecen constituir el éxtasis final de una épica historia de amor?...
He aquí im enigma insondable, acerca del cual expondremos, empero, más ade¬
lante, cierta hipótesis— /c teoría neurotropica—, acogida simpáticamente por mu-
RECUERDOS DE MI VIDA
22T
ches neurólogos, aunque prematura e insuficiente, como todas las que pretenden
escrutar el tenebroso abismo de las causas intimas de la evolución.
No quiero abusar más de la paciencia del lector, puntualizando aquí el conte¬
nido y alcance de otras comunicaciones de 1890. Limi taróme a transcribir algunos
párrafos tomados de la lista de mis trabajos científicos. Las investigaciones aludi¬
das versan sobre el tejido muscular de los insectos, las fibras nerviosás del corazón,.
la estructura de las circunvoluciones cerebrales, el origen y terminación de las fibras
olfatorias, la estructura de los ganglios nerviosos, etc., etc.
1. ESTRUCiURÁ DE LOS MÚSCULOS ESTRIADOS (1).— Aplicando el cromato dé
plata al estudio de los músculos de las patas y de las alas de los insectos, pusi¬
mos de manifiesto las siguientes particularidades:
a) La existencia en torno de los haces musculares de las alas de un sistema
especial de células nerviosas estrelladas, cuyos apéndices parecen entrar en -con¬
tacto con la materia contráctil.
‘ b) La presencia en torno de cada fibrilla primitiva del haz muscular de ciertas
redes transversales de extraordinaria delicadeza, totalmente invisibles por otros
métodos, y situadas al nivel de las bandas obscuras. Este retículo, queipa-
rece enlazarse con las últimas proyecciones de las tráqueas, varía algo en número,
y posición, según las especies de insectos, prefiriendo de ordinario la altura de las
bandas obscuras. Semejante encuentro fué confirmado varios años después por
Fusari en los vertebrados e invertebrados. Los posteriores estudios de Veratti y
ÍHíOinigrem acerca de las citadas redes, sugieren el pensamiento de que se trata del
aparato reticular de Golgi del tejido muscular (véase más adelante), el cual exhi¬
biría aquí caracteres espt-cialisiraos. Sin percatarnos de su importancia, habíamos
pues, descubierto un nuevo órgano celular destinado a adquirir enorme transcen¬
dencia cuando la escuela de Golgi, la de Kopsch y Ilalgremd lo confirmaron pri¬
mero en las células nerviosas y después en casi todos los elementos.
Terminaciones nerviosas en el corazón (2).— Se demuestra en este opúscu¬
lo que las fibras nerviosas simpáticas del corazón de los batracios y reptiles se
terminan por arborizaciones pálidas pericelulares, análogas a las descritas en los
músculos lisos, confirmándose de esta suerte la opinión de Arstein, fundada en las
revelaciones del método de Ehrlich.
Cerebro de los mamíferos (3).— En un primer trabajo sobre el tema se hacen
constar estos tres hechos interesantes:
aj Descubrimiento, en la primera capa cerebral de los mamíferos, de unos
corpúsculos nerviosos especiales, cuyas dendritas, larguísimas y horizontales, co¬
rren sobre extensión enorme de la superficie cortical.
bj Hallazgo en la misma zona de varios pequeños corpúsculos de axon corto,,
desconocidos de los autores.
cj Descripción sucinta de la arborización final, en la zona molecular, del tallo
radial de las células piramidales, es decir, de una fronda o copa terminal, que ha¬
bía escapado a la sagacidad de Golgi y sus discípulos.
(1) Cajal; Sobre la terminación de los nervios y tráqueas en los músculos de las alas de los insectos*
Barcelona, 1.» de abril de 1890. Con dos grabados.
Cajal: Sobre las finas redes terminales de las patas y alas de los insectos . Gaceta Sanitaria de Bar-
eelona, 10 de octubre de 1890. Con cuatro figuras.
Estos trabajos fueron resumidos en el Zeitakrift f. icisaenschaflche Mikroscopie, etc. Bd. VII, 1890'.
Con una lámina litográfica y tres grabados.
(2) Cajal: Sobre las terminaciones nerviosas del corazón de los batracios y reptiles. Gaceta Sanita¬
ria de Barcelona, agosto 1890-
(3) Cajal; Sobre la existencia de las células nerviosas especiales en la primera capa de las circunvo-
1 aciones cerebrales. Gaceta Médica Catalana, 15 de diciembre de 1890.
S28
S. RAMÓN y CAJAL
Estas adquisiciones fueron primeramente confirmadas por Retzius, que desig¬
nó las células especiales de la zona primera (células que él estudió minuciosa¬
mente en el cerebro humano) células de Cajal. Kólliker, van Gehuchten, Schaffer,
Veratti, etc., las han confirmado también, añadiendo, naturalmente, nuevos he¬
chos morfológicos.
De un trabajo fundamental sobre el cerebro, aparecido en 1892, nos ocupare¬
mos oportunamente.
En una segunda comunicación mucho más extensa (1) se adicionan a la prece¬
dente relación de lá estructura de la corteza gris del cerebro los siguientes datos:
a) Se prueba que el axon de las medianas y grandes pirámides, así como el de
las células polimorfas, penetra en la substancia blanca, donde a veces se bifurca.
ój Se mencionan las espinas del tallo y penacho terminal de las pirámides.
c) Se consigna que el cuerpo calloso consta de tubos directos y de colateral
les de axonés de pirámides de proyección o asociación.
d) Se descubren colaterales y bifurcaciones en las fibras del cuerpo calloso.
e) Se confirma la existencia en los embriones y mamíferos jóvenes de células
epitélicas, extendidas desde los ventrículos a la superficie cerebral, y se refutan
los errores de Magini acerca de la composición de estas fibras.
f) Se establece que en el cerebro, como en la médula, muchas células neuró-^
glicas son elementos epiteliales dislocados y emigrados.
g) Se sorprenden, con el método de Weigert, las estrangulaciones de los tubos
nerviosos cerebrales, negadas por muchos, etc., etc.
Bulbo olfatorio.— De mucho más valor teórico fué el trabajo consagrado al
análisis de las vías olfatorias (2). Gracias a la arquitectura regular y relativamen¬
te accesible de este centro, por varios conceptos comparable al cerebelo y a la re'-
tina, logramos contrastar una vez más el papel transmisor de las dendritas y la
propagación nerviosa por contacto. Aparte de su vaior crítico y teórico, contiene
dicha comunicación algunos datos objetivos de valor, tales como:
a) La demostración del curso total de las fibras nerviosas olfatorias, desde lá
mucosa hasta su arribo al glomérulo del bulbo, en donde se terminan, no por
redes como pensaba Golgi, sino por arborizaciones libres varicosas. (Confirmado
por Retzius, Lenhossék, van Gehuchten y Martin, Pedro Ramón, Calleja, Bla-
nes, etc.j (figura 26, D).
b) La existencia de células nerviosas diminutas situadas dentro de los glo-
mérulos. (Confirmadas por Bíanes, etc.)
cj La emergencia de colaterales en los axones de las células raitrales, colate¬
rales que se ramifican en la capa molecular. (Confirmadas por Pedro Ramón en las
aves, por van Gehuchten, etc.)
d) El hallazgo en la zona de los granos de ciertas células estrelladas grandes',
cuyo axon corto se arboriza on la capa molecular. (Confirmado por van Gehuch¬
ten, etc.)
e) En fin, se traza el esquema dinámico del bulbo, llamando la atención de
los sabios sobre la necesidad de otorgar significación nerviosa, y por consiguien¬
te, oficio conductor a los brazos protoplásmicos de las mitrales y células empe¬
nachadas, únicas partes celulares penetrantes en los glomérulos y en contacto
íntimo con las fibrillas olfatorias; puesto que, contra la aserción de Golgi, estas
últimas fibras no salen jamás del territorio glomerular ni en él entran axones de
(1) Cajal: Textura de las circunvoluciones cerebrales de los mamíferos inferiores. Barcelona, octu¬
bre de 189 0. Con dos grabados.
(2) ’Cajal: Origen y terminación de las fibras nerviosas olfatorias. Barcelona, ll de octubre de 1S90.
Con seis grabados.
RECUERDOS DE, MI VIDA
229
origen central. (Aceptado por Retzius, van Gehuchten, Kolliker, Waldeyer, Luga-
ro, Calleja, Blanes, etc.)
El esquema de la figura 26 hará patente la marcha de las corrientes en los cen'
tros olfativos.
La historia de la interpretación fisiológica de la estructura del bulbo olfatorio
ofrece un caso típico de la influencia paralizante de los prejuicios teóricos. Ya
Golgi había descubierto antes que nosotros ios hechos más importantes • de la
citada estructura, singularmente el valiosísimo de la' concurrencia, dentro de los
glomémlos, de las fibras-olfativas, por un lado, y del penacho dendrítico de las cé¬
lulas mitrales (fig. 26, a), por otro; pero su concepción rígida de la red nerviosa
difusa no le permitió reconocer el gran alcance fisiológico de , semejante dispo¬
sición.
De menos valor son algunos artículos relativos a las células gigantes de la
lepra (1) y a la estructura de los ganglios nerviosos raquídeos (2). Por ahora no
haremos sino citarlos. Acerca de mis encuentros en los ganglios, trataremos ex
profeso más adelante.
Dejo ya dicho qué los años de 1890 y 1891 fueron mi Domingo de Ramos. La
generosa acogida que mis ideas obtuvieron de sabios insignes, motivó una franca
confianza en las revelaciones del método de Golgi y en la exactitud de mis des¬
cripciones. En consecuencia, se desarrolló un movimiento bibliográfico considera¬
ble. Todos deseaban contribuir con algo al enriquecimiento de la nueva doctrina
neurológica, patrocinada en Alemania por maestros de la talla de His, Waldeyer,
Kolliker y Edinger. Los sabios de las naciones latinas y escandinavas siguieron
después!, En Italia adoptaron las nuevas ideas, no obstante la autoridad arrollado¬
ra de Golgi, Lugaro y Tanzi; en Bélgica, van Gehuchten; en Suiza, von Lenhos-
sék (3); en Suecia, Retzius; en Francia, Azoulay, Dejerine y sobre todo el célébre
profesor de la Universidad de París, el simpático Matías Duval.
Largo y enfadoso fuera citar todos los discursos, artículos de propaganda o
trabajos de confirmación con que preclaras autoridadés neurológicas ampararon
la modestia de mi pabellón científico.' Mencionarémo más algunos de ellos, casi
todos aparecidos en Í891.
Uno de los primeros sabios convertidos a mis ideas fué el profesor de Lovaina
A. van Gehuchten, renombrado citólogo de la Escuela de Carnoy, transformado
entonces, por una especie de inducción, en ardoroso cultivador de la neurología-
Permítasenos copiar aquí algunos párrafos de su famoso discurso de Jubileo (4),
en donde el sabio belga cuenta sus primeros pasos de catecúmeno;
«Era la época— dice van Gehuchten— en que el método de Golgi encontró al fin
aplicación práctica. Los hechos nuevos revelados por este proceder iban a revolu¬
cionar la anatomía del sistema nervioso. Los laboratorios de Anatomía hallábanse
(1) Cajal; Sobre las células gigantes de la lepra y sus relaciones con las colonias del bacilo leproso.
Gaceta Sanitaria, de Barcelona, 10 de julio de 1890, núm. 11. Con tres grabados. (Descripción de las
células gigaiites de esta enfermedad y de sus relaciones con las colonias bacilares colosales, que estimé
siempre intraprotopl ásmi cas. )
(2) Cajal; Sobre la existencia de terminaciones nerviosas pericelulares en los ganglios nerviosos ra¬
quidianos. Pegueñas comunicaciones anatómicas. Barcelona, 20 de diciembre de 1890. Con dos gra'
bados.
(3) Célebre histólogo húngaro, actualmente profesor de la Universidad de Budapest y uno de los
pocos sabios supervivientes Í\92S) de aquella generación de investigadores. A él hemos aludido en ca¬
pítulos anteriores.
(4) Le Neuraxe, 1913.
230
S. BAMÓN Y CAJAL
-en ebullición. Todos queríamos aportar nuestra piedra al edificio nuevo que, bajo
la impulsión genial de Cajal, resultaba grandioso. No sólo la técnica del método
se había simplificado, sino que los resultados aportados vinieron a ser más cons¬
tantes y decisivos»...
«Mé pregunta el Comité organizador de esta fiesta cómo me ocurrió la idea,
hace veinticinco años, de dirigir mi actividad científica hacia los estudios del sis¬
tema nervioso. Deseoso de contestaros, he procurado revivir con el pensamiento
los primeros años de mi enseñanza universitaria. Era en 1888. Estaba yo en co¬
rrespondencia con Cajal, con ocasión de trabajos respectivamente publicados
sobre la estructura íntima de la célula muscular. Cierto día me escribe, manifes¬
tándome que abandona sus investigaciones sobre los músculos, para ocuparse de'
los centros nerviosos, motivando su decisión en el hecho de haber obtenido resul¬
tados notables aplicando sobre los embriones una de las fórmulas del método de
Golgi creado desde 1875. Yo comprobé sus afirmaciones, persuadiéndome de que
tenía razón... El primer paso estaba dado, después otros siguiéronme naturalmente.»
En efecto, la obra cumplida por van Gehuchten a partir de aquella sugestión
íué importantísima, recayendo sobre gran parte del sistema nervioso, y especial¬
mente sobre los vertebrados inferiores. Ciñéndonos a los trabajos de confirmación
publicados entonces por el sabio belga, mencionaremos unas elocuentes confe¬
rencias de divulgación pronunciadas ante la Sociedad Belga de Microscopía (1) y
cierta extensa monografía consagrada al estudio de la médula y del cerebelo, don¬
de el autor, además de corroborar los hechos descubiertos por mí y por Kolliker,
añade detalles descriptivos nuevos e interpretaciones importantes.
Al insigne sabio belga debí yo ser rápidamente conocido en los países de len¬
gua francesa. En páginas ulteriores he de volver a tratar de las iniciativas cientí¬
ficas del malogrado maestro (2), ya que en los siguientes años nuestras activida¬
des corrieron a menudo paralelas, acometiendo los mismos temas y contribuyendo
a elaborar los mismos conceptos.
Continuaron esta labor dé difusión y popularización dos insignes investigado¬
res alemanes: Wandeyer e His. El primero publicó, en un semanario médico de
Berlín (3), metódica y clarísima exposición de las nuevas ideas, que ilustró con
profusión de gráficos esquemas. Suya es la palabra neurona (anidad nerviosa),
con que resumió la noción de la individualidad morfológica, fisiológica y genética
del corpúsculo ganglionar defendida por His y nosotros.
También His (4), el renombrado embriólogo de Leipzig, de quien hemos habla-
(1) Van Gehuchten: Les découvertes récenles dans l’Anatomie et l’Histologie du systéme nerveux
central. Annal. de la Societé Belge de 3licroscopie, tomo XV, 1891.
■ Idem: La structure des centres nerveux; la moelle épiniére et le cervelet. La Cellula, tomo VIH, fas¬
cículo l.“, 1891.
(2) Todavía joven y en plena loxanía de espíritu, el profesor van Gehuchten murió en Camhridge
(septiembre de 1914), en cuyos célebres colegios universitarios fueron cordialmente acogidos varios sa¬
bios belgas emigrados. El llorado maestro fué una de tantas víctimas de la horrenda guerra que devastó
a la culta Europa desde 1914 a 1918. El incendio de Lovaina le había arruinado material y moralmente.
1: estraída la Universidad, abrasada la biblioteca, en pavesas su magnífica colección de preparaciones y
aparatos científicos, y errante, en fin, íuera de su patria, cayó van Gehuchten en un estado de melanco¬
lía y abatimiento profundos. Según noticias que me comunica el profesor Havet (otro emigrado belga),
una pequeña operación (la de la apendicitis), que, en condiciones ordinarias, habría sido soportada'per-
fectamente, motivó un incidente cardiaco seguido de muerte.
(3) W. Waedeyer: Ueber eifiige neuere Forschungen im Gebiete der Anat. des Centralennervensys-
tem. Vortrage in der Berliner Med. Gesen^chaft. BeuUcher Med. Wochenscrift, 1891.
(i) His- Ueber der Aufbau unseres Ner\-ensystems. Leipzig, 1891.
RECUERIJOS DE MI VIDA
231
-do ya con merecido encomio en páginas anteriores, resumió el nuevo concepto de
la fina estructura de los centros en sugerente folleto, ilustrado con numerosos es¬
quemas. Como es natural, al exponer los hechos morfológicos señalados por mi y
por Kolliker, recordaba que en los embriones más tempranos los neuroblastos sé
comportan como elementos independientes, se desarrollan por vía de crecimiento
y son capaces de emigración.
Interesante asimismo como obra de propaganda fué el estudio consagrado al
tema por Kupffer (I), uno de los anatómicos y embriólogos más célebres de Ale¬
mania, promotor, según dejamos dicho, del concepto de la unidad genética de los
nervios. Aunque publicado en fecha posterior (1894), lo citamos aquí por repre¬
sentar un trabajo divulgador de las nuevas concepciones neurológicas.
La labor del concienzudo Retzius (2) fué extraordinariamente importante. Este
sabio acogió con tanto más agrado la idea de la transmisión por contacto, cuanto
que, en sus Memorias antiguas sobre la estructura de los órganos de los sentidos,
habíase mostrado muy reacio en afiliarse a la teoría reticular. Además, había
-aplicado por entonces el método de Ehrlich (azul de metileno) al sistema nervioso
-de los invertebrados (crustáceos, gusanos, moluscos, etc.) y hallado, en perfecta
concordancia con mi manera de ver, que la arborización terminal de las fibras
nerviosas en los ganglios no constituye jamás red, sino que aparece perfectamente
libre, entrando en contacto íntimo, en la Punktsubstanz, con las proyecciones
dendríticas de oirás neuronas. Ulteriormente, habiendo usado el cromato de plata
con arreglo a mis indicaciones, confirmó y amplió en una serie de magníficas
monografías casi todos los hechos señalados por nosotros en la evolución onto¬
génica y estructura adulta de los centros nerviosos (3). Particularmente intere-
resante es la síntesis de la concepción neuronal con relación a la estructura de
los sentidos, expuesta por dicho sabio en 1892 (4). Al recordar su precioso apoyo
de entonces, fuera ingrato no mencionar que, por iniciativa del maestro sueco»
obtuvieron mis trabajos la primera distinción académica, la de miembro de la Real
Academia de Medicina de Stokolmo, ante la cual pronunció varias conferencias
resumiendo mis investigaciones, así como las de Golgi y Kolliker (5).
(1) Kupffer; Die Neuronenlehre in der Anat. der Netvensystems. Medizinische Woclienscli, Bd. 41.
Marz 1894.
(2) Retzius: Zur Keontnis der Nervensystems der Crustaceen. Biol. Unten. Neue Folge. Bd. I.
Stcckholm, 1890. £1 gran maestro y entrañable amigo, ha fallecido hace cuatro años en plena actividad
científica (1919). Como muchos creyentes en la perfectibilidad humana, Retzius fue víctima indirecta de
la guerra europea, es decir, de ese espectáculo angustioso de una civilización que se derrumba, falta de
resorte moral y de altos ideales. Aun recuerdo la frase desgarradora con que cerraba su última carta es¬
crita en su lecho de muerte; «muero desesperado porque he perdido la fe en los destinos de la humanidad».
Ibem; Zur Kenntnis der Nervensystems der Würmer. Biol. Unteos. N. F. Bd. II, 1891.
Idem; Das Nervensystems der Lumbicinea. Biol. Unten. N. F. Bd.III, 1892.
(3) Idem; Die nervósen Elemente der Kleinhirnrinde. Biol. Unten. N. F. Bd. III, 1892.
Idem: Die Endigungsweise der mechnerven. Biol. Unten. N. F.' Bd III.
(4) Retzius: Ueber der neuen Prinzipien in der Gebiete der Nervenhistologie. Biol. Unters. Bd.
IV, 1892.
Idem; Die Cajai’schen Zellen der Grosshirnrinde beim Menschen und bei Sáugethieren. Biol. Unters.
Bd. y, 1893.
Idem; Zur Kenníniss der ersten Entwickelung der nervósen Elemente im Rückenmarke der Hühns-
chens. Biol. Unters. Bd. V, 1893.
Idem: Die nervósen Elemente im Rückenmarke der Knochenfische, etc. Biol. Unters. N. F. Bd.
V, 1893. .
(5) Así me lo comunicó en amable carta del 25 de ¡linio de 1891. «He expuesto— me dice— a menudo
en nuestras sociedades científicas y académicas sus bellos descubrimientos, y últimamente ha sido usted
proclamado miembro de nues'ra Academia de Medicina, etc..
232
S. RAMÓN Y CAJAL
Poco después intervino Lenhossék, el profesor de Basilea, tan reservado aF
principio. Aparte un trabajo fundamental sobre el sistema nervioso de la lombriz
de tierra (1), en que, a semejanza de Retzius, se corroboraba en los invertebrados
la ley del contacto, dicho sabio publicó un soberbio libro sobre la médula espinal
dé los mamíferos (2). En esta obra, de que se hicieron rápidamente dos ediciones,^
sancionó Lenhossék cuanto yo había afirmado acerca de la disposición terminal
de las raíces posteriores, estructura de la substancia gris, origen y terminación dé¬
las fibras nerviosas, y enriqueció nuestro conocimiento sobre las colaterales sen¬
sitivas, composición de las raíces posteriores (halló en ellas fibras motricesfi
elementos nerviosos y neuróglicos de la substancia gris, etc., con valiosas con¬
tribuciones (3).
En Francia tuve la suerte de ganar para mi causa ai Dr. L. Azoulay, joven de
mucho talento, que confirmó no pocas de mis conclusiones acerca de la estruc¬
tura del cerebelo, cerebro y médula espinal, y llegó a ser con el tiempo el gene¬
roso traductor francés de mis libros y el mejor de mis amigos; y al ilustre Matías
Duval, profesor de Histología de la Facultad de Medicina de París, que llevó su
adhesión a mis ideas hasta mandar reproducir, en grandes cuadros murales desti¬
nados a la enseñanza, los esquemas de mis publicaciones neurológicas. Los que
oyeron por aquella época sus elocuentísimas lecciones (Duval era un expositor
científico de primer orden), contaban que, una de sus frases favoritas al inaugurar
sus conferencias acerca del sistema nervioso, era: «Por esta vez la luz nos llega
del Mediodía, de la noble España, país del sol... > Parecidas afectuosas palabras
repitió más tarde en el prólogo con que apadrinó, ante el público francés, la tra¬
ducción de mis conferencias de Barcelona.
Aunque dados a ía estampa en fechas ulteriores (1893), citaremos aún, para
ser completos, un artículo de vulgarización publicado en Francia por Dagonet (4);
la elocuente exposición doctrinal de Tanzi, profesor de la Facultad de Medicina
de Florencia (5); el resumen de Bergonzini (6), y, en fin, la presentación benévola
de mis ideas, hecha por el célebre Edinger en su clásico libro sobre la estructura
comparativa del sistema jiervioso (7).
(1) Lenhossék: Die sensibeln Nerven des Regenwurms. VerlSuf. Mittheilung. Basel. Octover, 1891 .
Idem; Ursprung, Verlauf und Endigung der sensibeln Nervenfasern béim Lumbricus. Arch. f. Milíro&
Jlwaí.Bd. XXXIX, 1892.
Idem; Neuere Forchungen ueber den feineren Bau der Nervensystems. Corregpondeyizhlatt f. Schweizer-
Arzte. Jahrg. 21, 1891.
(2) Idem; Der feinere Bau der Nervensystems im Lichte aeuester Forschungen. Fortschrift. d. Mecl.-
Bd. X, 1892. En fascículo separado apareció en 1893. La edición de 1894 es mucho más extensa e im¬
portante.
(3) Es altamente consolador el ver cómo saben cambiar de opinión ciertos nobles y honrados carac--
teres. El insigne v. Lenhossék, tan circunspecto y perplejo al principio, escribióme en 1890 frases que,
aun descontadas las usuales exageraciones de la cortesía, resultáronme muy gratas y alentadoras. “Sus,
reiterados y sobresalientes descubrimientos — me decía en carta que conservo— prodúcenme gran admira-
ción por su genio. Considero sus hallazgos como las conquistas más importantes realizadas desde hace-
diez años en el dominio do la Anatomía microscópica. También los profesores His y Kólliker, con quienes
he conversado largamente hace poco en Basilea, y otros varios colegas participan de este juicio mío.
Siento en el alma no haber comprendido antes toda la importancia de los trabajos de usted, y haber ■
mostrado ace^'ca de ellos un escepticismo injustificado, que espero habrá usUd sabido olvidar.- Por des- -
gracia— lo he dicho ya— los hombres de este temple moral abundan poco entre los sabios.
(4) Dagonet: La Medecine Scientifique, 1893.
(5) Tanzi; I fatü e le induzione nell odiema istologia del sistema nervoso . Reggio-Emilia, 1893.
(6) Bergonzini: Le scoperte recenü sulla istologia dei centri nervosi. La Rásegna di’ ScUíicé Medi- .
che. Annol893.
(7) Edinger: Vorlesungen ueber den Bau der nervósen Centralorgane, 4 Aüfl. 1893.
RECUERDOS DE MI VIDA
233, •
No todo fueron venturas y satisfacciones durante el año de 1890 y siguiente.:
Tuve también inesperados contratiempos.
Uno de ellos fué, en el orden científico, mi polémica con el profesor Camilo,
Golgi, que, en artículo publicado en el Anatomíscher Anzeiger (1), reclamó la,
prioridad del hallazgo de las fibras colaterales la médula esp inal. En dicho
escrito, harto desabrido y de tono poco amistoso, el maestro de Pavía exhumaba,
cierta breve comunicación publicada en 1880. en un periódico, local de Reggio,
Emilia (Italia), absolutamente desconocida de los sabios. En este artículo - plvi^,
dado al parecer por el mismo Golgi, puesto que no alude a él en su obra líiagna,
del sistema nervioso (1885)— figura un párrafo de tres líneas en que se mencionan,,
en efecto, las famosas ramas transversales brotadas de los tubos délos cordones.
Todavía, a pesar de mis diligencias, no he podido proporcionarme el modesto y
desconocido Boletín médico local donde se consigna dicho descubrimiento.
En términos comedidos (2) contesté, y o, concediéndole de buen grado la priori¬
dad del descubrimiento, aunque lamentando que un hecho de tamaña importancia,
hubiera visto solamente la luz en Revista médica regional ignorada de los sabios..,-
Y, aprovechando la ocasión, redacté un resumen de las conclusiones más importan- ,
tes deducidas de mis trabajos e hice una crítica severa de las especulaciones teó¬
ricas del sabio de Pavía (papel meramente nutritivo de las dendritas? red nerviosa
difusa intersticial, significación funcional de los dos tipos neuronales, oficio vege¬
tativo de la neuroglia, etc.).
La justificada reclamación de Golgi disminuyó, naturalmente, mi caudal de ha¬
llazgos en la médula espinal. El saldo en mi favor fué, sin embargo, suficiente para,
consolar mi amor propio^, un tanto decepcionado. Considerando sólo el capitulo
de las colaterales, figuran todavía en mi haber personal; la descripción del modo
de terminación de dichas fibras en la substancia gris; sus conexiones, mediante
nidos, con las neuronas motrices y funiculares; su disposición variada en los di¬
versos cordones, y, en fin, su participación en la constitución de las comisuras
blanca y gris.
De estos percances ningún observador, ni aun los mejores conocedores de la
bibliografía, se verá jamás enteramente libre. ¿Cómo evitar, en efecto, que, por
negligencia, comodidad de redacción, acaso por asegurarse Una fecha temprana,
un sabio publique o ení/erre (¡se dan casos!) por varios años, en obscuro óo/ef/n
local, o en las Actas de modesta Academia provinciana, un hecho interesante
recién descubierto? Ciertamente, los cultivadores de la ciencia venimos obligados
a publicar nuestros trabajos en Revistas o Archivos umversalmente conocidos,,
para facilitar la pesquisa bibliográfica y evitar sorpresas desagradables; pera
¿quién no ha incurrido alguna vez en este pecado de pereza?
Las demás pesadumbres pertenecen al orden familiar y no interesan al lector.
Mi hijo mayor, que prometía ser mozo de entendimiento, cayó gravemente enfer¬
mo con una fiebre tifoidea, de cuyas resultas, además de paralizarse bastante su
desarrollo mental, brotaron los gérmenes de la enfermedad cardíaca que le llevó,
tres lustros después, al sepulcro. Y una de mis hijas, la primera nacida en Barce-
(1) C. Golgi: Ueber den feineren Bau der Rückenmarkes. Anat. Anzeiger, Bd . V, 1890.
(2) Cajal: Reponse k M. Golgi á'propos des fibrilles collatérales de la moelle épiniére et de la struc-
ture de la substance grise. Anat. Anzeiger, Bd. V, 1890.,
234
S; RAMÓN Y CAJAL
lona, fué víctima de la inexorable meningitis, contraída durante la convalecencia
del sarampión. Porque en las grandes y húmedas urbes toda debilidad resulta peli¬
grosa, a causa del perpetuo acecho del bacilo de la tuberculosis, suspendido en el
polvo y en profusión sembrado por industriales desaprensivos en leches y carnes.
¡Pobre Enriqueta!... Su imagen pálida y doliente vive en mi memoria, asociada,
por singular y amargo contraste, a uno de mis descubrimientos más bellos; el cilin¬
dro-eje de los granos del cerebelo y su continuación con las fibrillas paralelas de la
■ capa molecular. Acaso en tan triste ocasión fué la angustia despertador soberano.
Continuamente desvelado, y rendido de fatiga y de pena, di en la manía de em¬
briagarme, durante las altas horas de la noche, con la luz del microscopio, a fin de
adormecer mis crueles torturas. Y cierta noche aciaga, cuando las tinieblas
comenzaban a abatirse sobre un ser inocente, brilló de repente en mi espíritu el
resplandor de una nueva verdad... Pero, no renovemos melancólicos recuerdos.
Además, ¿a quién importan estas cosas?... Hombres somos, y por tanto el dolor
físico y moral nos acecha de continuo. Sin contar con el tiempo, el terrible e inexo¬
rable enemigo de la vida.
CAPITULO vm
TRABAJOS DE 1891-— CON LA COLABORACIÓN DE VAN GEHUCHTEN, FORMULO EL
PRINCIPIO DE LA polarización dinámica de las neuronas.— completo mis
ANTERIORES OBSERVACIONES SOBRE EL CEREBRO Y LA RETINA Y ACOMETO EL
ANÁLISIS DE LOS GANGLIOS SIMPÁl ICOS.— INESPERADA FORTUNA DE MIS CONFE¬
RENCIAS POPULARES ACERCA DE LA ESTRUCTURA FUNDAMENTAL DEL SISTEMA
NERVIOSO. — OPOSICIONES A LA CÁTEDRA DE HISTOLOGÍA, DE MADRID.— MI
TRASLACIÓN A LA CORTE EN 1892
La fiebre de trabajo y la tensión de espíritu remitieron algo durante el año
de 1891; sin embargo, la cosecha de observaciones alcanzó aún cierta im¬
portancia. Como veremos luego, el descenso* de mi actividad debióse al
tiempo invertido en la preparación intensa de mis oposiciones a la cátedra de
Madrid.
Dos cosas hay que distinguir en mi labor de 1891: la elaboración teórica y el
acarreo de datos.
En el orden teórico considero como la más afortunada de mis concepciones el
principio de la polarización dinámica, contenida ya en germen en los ensayos
especulativos de 1889 (1). Complázcome en reconocer que en la elaboración y for¬
mulación de este concepto tuvo el profesor v. Gehuchten participación impor¬
tante.
Permítame el lector un poco de historia.
No hay histólogo o fisiólogo que, al contemplar la morfología complicada de la
célula nerviosa con sus dos clases de expansiones, las protoplásmicas o cortas y
la nerviosa o larga, no se haya hecho las siguientes interrogaciones: ¿Cuál es la
dirección del impulso nervioso dentro de la neurona? ¿Propágase como el sonido
o como la luz en todas direcciones, o marcha constantemente en un solo sentido
a la manera del agua de la aceña?
Ciertamente, los fisiólogos habían aportado ya, con relación a este problema,
un dato valioso: que en los axones motores la descarga nerviosa provocada por
las|células del asta anterior de la médula espinal, transmítese exclusivamente en
sentido celulifugo, esto es, desde el soma a la placa motriz o terminación nerviosa
periférica; y generalizando el supuesto un poco arbitrariamente, ciertos neurólo¬
gos — Gowers, Bechterew, Kolliker, Waldeyer, etc. — atribuyeron a todos los cilin¬
dros-ejes esta misma especie de conducción.
En cuanto al modo de conducción de las expansiones protoplásmicas, no exis¬
tía opinión formada. Muchos autores dudaban hasta de su capacidad de transmi-
(1) R. Cajal; Conexión general de los elementos nerviosos, 1889.
236
S. RAMÓN Y CAJAL
tir corrientes (recuérdese la concepción de Golgi sobre el papel puramente nutri¬
tivo dé las dendritas). Sólo el fisiólogo Gad supuso, aunque sin base objetiva
suficiente, que las dendritas podrian acaso propagar el impulso nervioso en senti¬
do celulípeto, es decir, desde los cabos de estas expansiones al cuerpo celular.
La aparición en 1889 y 1890 de mis trabajos sobre la retina, bulbo olfatorio, ,
cerebelo y médula espinal cambió la faz del problema, haciéndolo abordable por
la via histológica. Dos adquisiciones, una objetiva y otra teórica, facilitaron la
tarea. Fué la primera la demostración rigurosa de la capacidad conductriz de las
dendritas; consistió la otra en la homología imaginada por mí (1889), sóbrela
base de comparaciones morfológicas, de las gruesas expansiones periféricas de los.,
corpúsculos sensoriales con ¡as prolongaciones proíoplásmicas de las neuronas
centrales.
Notemos, en efecto, pasando la vista por las figuras 27 y 28, que en la membra¬
na visual (células bipolares, conos y bastones y corpúsculos ganglionares), y ea-
el aparato olfativo (fig. 28), la expansión o expansiones celulares gruesas, en un
todo comparables con las dendritas, miran constantemente al mundo exterior y
poseen conducción evidentemente celulípeta, mientras que el axon o prolonga¬
ción celulífuga se orienta hacia los centros nerviosos. Procediendo por inducción,.,
era natural atribuir iguales propiedades dinámicas a las dendritas de las neuronas
multipolares dél cerebro, cerebelo y -médula espinal. Así lo expresé yo, aunque
con cierta timidez, en 1889, en mi citado trabajo de La medicina práctica (1). En
la figura 29 mostramos la dirección que el impulso nervioso seguiría en un órgano
nervioso central, el cerebelo, caso de que la referida ley posea valor general.
Faltóme entonces audacia para elevar la fórmula a la categoría de ley general. .
Es preciso convenir en que, no obstante los progresos hechos en el conocimiento
estructural de las vías sensoriales, gracias a las investigaciones de Golgi, las
nuestras y las de Kolliker, Tartuferi, Retzius y Lenhossék, etc., semejante genera¬
lización resultaba prematura.
Parecióme, además, que algunos hechos eran francamente contrarios a la su¬
puesta conducción exclusivamente celulípeta de las dendritas y ceíulífuga del
axon. Uno de ellos era la existencia en diversos centros nerviosos de los verte¬
brados, y particularmente en el lóbulo óptico (aves y reptiles), de zonas concén¬
tricas, donde concurren exclusivamente apéndices protoplásmicos. En tales casos
era forzoso admitir el contacto entre dendritas de origen diverso, y por tanto, una
conducción indiferentemente celulípeta o celulífuga.
La otra grave dificultad estribaba en las células de los ganglios sensitivos o
raquídeos, donde la rama periférica de conducción, indiscutiblemente celulípeta,
afecta, por excepción, en el adulto todos los caracteres estructurales y morfológi¬
cos del cilindro-eje.
Descorazonado ante tales escollos, abandoné la cuestión, que estimé prematu¬
ramente planteada, y acaso insoluble, con ayuda de los métodos histológicos.
Transcurridos dos años, es decir, en 1891, apareció un interesante trabajo
de Van Gehuchten (2), donde se criticaba incidentalmente y en una nota rni-
(1) *E1 papel receptor o colector de corrientes— decíamos— délas dendritas es indudable por lo me¬
nos en dos casos: en los glomémlos olfativos, donde las fibras nerviosas llegadas de la mucosa nasal en¬
tran en relación con el penacho dendrítico de las células mitrales, y en las células de Purkinje del cere¬
belo, cuyas frondas protoplásmicas se ponen en contacto con fibrillas paralelas de los granos.» La merfi-
cina práctica, 1889.
(2) A. Van Gehuchten: La moeUe epiniére et le cervelet. La Cellule, tomo VII, 1891.
RECUERDOS DE MI VIDA
237
atrevida identificación de las dendritas con las expansiones receptoras de los
•corpúsculos sensoriales, asi como las consecuencias fisiológicas de semejante su¬
puesto.
«Nos parece difícil— dice este sabio - admitir la hipótesis, por otra parte muy
ingeniosa, de Cajal, según la cual la prolongación periférica de las células gan-
.glionares sensitivas (alude también a las bipolares olfativas, retinianas, etc.) sería
una prolongación protoplásmica, mientras que la expansión central representaría
un verdadero axon. Ramón y Cajal ha llegado a esta hipótesis comparando, por
■ejemplo, los elementos bipolares de la mucosa olfativa con los elementos de los
ganglios espinales.
»La idea de considerar la prolongación periférica . como protoplásmica es in-
■geniosa en el sentido de que establece fácilmente una diferencia funcional entre
las expansiones protoplásmicas y nerviosas. Las prolongaciones protoplásmicas
tendrían conducción celulipeta y servirían para transmitir al cuerpo celular las
conmociones nerviosas llegadas de los vecinos elementos; mientras que el cilin-
-dro-eje ofrecería una conducción celiilífuga, destinada a poner el elemento ner¬
vioso de que proviene en relación con ios otros.
»Mas para admitir esta hipótesis fuera necesario modificar completarñente la
idea que tenemos de las prolongaciones protoplásmicas, y admitir que una de
estas prolongaciones puede llegar a ser el cilindro-eje de un corpúsculo nervioso.
Jo que nos parece difícil de aceptar» (1).
La lectura de esta crítica incidental del sabio de Lovaina atrajo mi atención y
me llevó a meditar nuevamente sobre el tema. Con razón afirman los psicólogos
«que enfrente de una idea, repetidamente apercibida o pensada, nuestros sucesi¬
vos estados de conciencia son siempre diferentes. Entre la primera y la últi¬
ma aprehensión del concepto, el espíritu ha ganado en adquisiciones; ciertas
objeciones pierden su fuerza; dificultades, al parecer insuperables, se des¬
vanecen; fórjanse, en fin, nuevas asociaciones de ideas. Tal me ocurrió en aquella
ocasión. La precisión con que dicho sabio planteó el problema modificó el curso
de mis pensamientos, y las dudas y críticas por él expresadas, en vez de detenerr
me y disuadirme, produjeron el efecto contrario. La obsesión del téma me perse¬
guía, y lleno de esperanzas y alientos me dije: ¿Por qué dicha fórmula no ha de
ser verdad? ¿No es plausible pensar que a cualidades morfológicas diferentes co¬
rrespondan funciones algo diversas? Y esta diversidad, nacida por adaptación
-fisiológica, ¿no podría ser para las dendritas la conducción exclusivamente celali-
,peta y para el axon la celulifuga? Probemos otra vez.
Y sometí los hechos adversos a un estudio inucho más detenido y reflexivo. El
.primer obstáculo— la existencia de zonas donde exclusivamente concurrían las
dendritas— desvanecióse enteramente al examinar ciertas preparaciones del lóbulo
óptico y cerebro de reptiles, aves y batracios, ejecutadas por mi hermano, por
■entonces consagrado ahincadamente al análisis de los centros de los vertebrados
(1) Y sin embargo, cuando yo, gradas a mis trabajos y reflexiones, convencí, más adelante, a todos los
sabios de la realidad de la polarización, rechazada por Van Gehuchten, este sabio, que ni había apor¬
tado hechos en apoyo de dicha concepción ni consagrado su esfuerzo a descartar los obstáculos que se
oponían a ella, reclamó más tarde la prioridad del descubrimiento como si yo — y ello consta de sus mis¬
mas palabras — no hubiera colaborado en la solución del arduo problema. Y bastantes carneros de
Pauurgo, que nunca faltan en los laboratorios, siguiéronle inconscientemente. ¡Tan cierto es que a vaces
•el orgullo o la vanidad anubla las más lúcidas inteligendas ,y eclipsa la nobleza de los ihás nobles
Caracteres!...
238
S. RAMÓN Y CAJAL
inferiores (í). Alli, donde años antes yo no encontraba sino dendritas, los referi¬
dos cortes mostraban ricos plexos nerviosos terminales.
El segundo obstáculo (carácter axónico de la expansión externa o celulipeta de
las células ganglionares raquídeas) fué salvado mediante una interpretación ra¬
cional, fundada en hechos bien establecidos de la ontogenia y filogenia. Cierta¬
mente, en los vertebrados superiores, la expansión externa de las células sensiti¬
vas posee carácter de cilindro-eje; pero si descendemos en la escala animal (ver¬
mes, moluscos, crustáceos, etc. (fig. 30, A, B), según probaron las investigaciones
de Retzius y Lenhossék) o nos remontamos a las primeras fases de la época em¬
brionaria, reconoceremos fácilmente que la célula ganglionar o sensitiva adopta,
no el tipo monopolar, característico de los vertebrados superiores (mamíferos,
reptiles y batracios), sino el bipolar, a la manera de los elementos de la mucosa
olfatoria, o los de la membrana visual; ofreciendo, por consiguiente, cierta expan¬
sión externa gruesa, colectora de corrientes aferentes, exenta de forro medular y
con todos los rasgos distintivos de las dendritas; y una expansión interna, fina, di¬
rigida a los centros y en posesión de los atributos del cilindro-eje legítimo. Por
donde se infiere que, en el curso de la evolución ontogénica y filogénica, una ex¬
pansión primitiva, legítimamente dendrítica en su doble aspecto dinámico y mor¬
fológico, puede adquirir, por adaptación progresiva, los caracteres estructurales,,
pero no los dinámicos, del cilindro-eje. O en otros términos; las propiedades anató¬
micas de las expansiones neuronales no representan hechos primitivos impuestos
fatalmente por ley de evolución, sino disposiciones secundarias de carácter adap-
tativo, y en relación, sobre todo, con la longitud del conductor. Por ejemplo: la
posesión de una vaina medular aisladora en las dendritas (célula sensitiva de ios
ganglios) relaciónase, más que con la dirección del movimiento nervioso, con la
longitud considerable del conductor. En la figura 30 mostramos la evolución mor¬
fológica y de situación del cuerpo celular que ha experimentado la célula sensiti¬
va durante su desarrollo fílogénico. Se ve que, conforme progresa la evolución,
dicho cuerpo abandona sucesivamente la piel, confinándose en órganos profun¬
dos, y cuando yace cerca de la médula espinal (reptiles, batracios, aves y ma¬
míferos) comienza otra emigración, en cuya virtud el núcleo interealado entre
las dos expansiones, central y periférica, huye hacia la corteza del ganglio, bro¬
tando aquéllas en lo sucesivo de su pedículo inicial con atributos anatómicos de-
axon (2).
Esta evolución morfológica de las neuronas sensitivas se reproduce durante eí-
desarrollo embrionario de los mamíferos y aves, según mostramos en la figura 31.
Salvadas estas dificultades y previo un. análisis histológico más preciso del
efectuado hasta entonces acerca del plan estructural de las vías sensoriales y sen¬
sitivas, fuimos conducidos al siguiente enunciado (3), que fué acogido simpática-
(1) • Oportunamente hablaré de las importantes invesügaciones de mi hermano, relativas a la histo¬
logía comparada del sistema nervioso. Los trabajos de este autor, donde encontré entonces datos precio¬
sos para fundamentar el principio de la polarización dinámica, llevan por titulo: Investigaciones de his¬
tología comparada en los centros ópticos de los vertebrados. Tesis. Madrid, 1890. y El encéfalo de Ios-
reptiles. Zaragoza, 1S91.
(2) Este curioso desplazamiento del soma, es decir, del núcleo que parece huir del cauce principal
del impulso nervioso como facilitando la creación de caminos directos, fué más adelante explicado des¬
de el punto de vista ntilitario, mediante las leyes de economía, de espacio y tiempo de conducción
(3) Cajal: Significación fisiológica de las expansiones protoplásmlcas y nerviosas de la substancia
gris. Congreso médico valenciano, sesión: da 2i de )umo de 18S1. Se publicó también en la Revista de-
Ciencias médicas de Barcelona, nums. 22 y 23. 18-1.
RECUERDOS DE MI VIDA
mente por muchos neurólogos y hasta por el mismo van Gehuchten (1): La trans¬
misión del movimiento nervioso se produce siempre desde las ramas protoplasmáti-
casy cuerpo celular al axon o expansión funcional. Toda neurona posee, pues, un
aparato de recepción, el soma y las prolongaciones proloplásmicas, un aparato de -
emisión, el axon, y un aparato de distribución, la arborización nerviosa terminal
Y como esta marcha del impulso nervioso al través del protoplasma implica cierta .
©rientación constante, algo así como una polarización de las ondas nerviosas, de¬
signamos la tesis precedente; teoría de la polarización dinámica.
Pero en tan difíciles dominios la verdad completa rara vez surge de golpe. Se
forja poco a poco, tras muchos tanteos y rectificaciones. A pesar de su amplitud, .
el referido principio no resultaba aplicable a todos los casos conocidos de la mor¬
fología neuronal. De su dominio escapaban muchas neuronas de los invertebrados .
y algunos elementos de los vertebrados, singularmente ciertas células nerviosas
de axon arciforme, nacido lejos del soma, descubierto por mí y por mi hermano en
el lóbulo óptico de los vertebrados inferiores. Sólo más adelante, en 1897 (2), caí
en la cuenta de que, contra el sentir general, el soma o cuerpo celular no Ínter-
viene siempre en la conducción de los impulsos nerviosos recibidos. La onda afe¬
rente se propaga a veces directamente desde las dendritas al axon. Hube, pues, .
de sustituir la fórmula incorrecta precedente con esta otra, que designé Teoría de
la polarización axipeta: El soma y las dendritas poseen conducción axipeta, es de¬
cir, transmiten las ondds nerviosas hacia el axon. Inversamente, el axon o cilindro-
eje goza de conducción somatófuga o dendrífuga, propagando los impulsos recibi¬
dos por el sorna o por las dendritas, hacia las arborizaciones terminales rierviosas.
Por consiguiente, las corrientes afluentes al axon no pasan por el soma sino cuan¬
do éste se interpone entre los aparatos dendrítico y axónico.
Esta fórmula se aplica a todos los casos sin excepción, tanto de los vertebra¬
dos como de los invertebrados, lo mismo en el adulto que en el embrión. Gracias .
a su absoluta generalidad, constituye una preciosa clave interpretativa de la mar¬
cha de las corrientes en las neuronas de los centros. Así lo han reconocido sabios
insignes que me han hecho la honra de aceptarla sin reservas.
Acerca de sus ventajas trataré, empero, más adelante. Limitaréme por ahora a
copiar aquí dos figuras esquemáticas (32 y 33), donde el lector podrá reconocer
fácilmente cómo, en efecto, dicha fórmula se aplica lo mismo a los casos difíciles .
(neuronas cuyas dendritas brotan del segmento inicial del axon, cual ocurre en los
invertebrados, células con cilindro-eje en cayado, células ganglionares raquídeas :
nda/fas, etc.), que a los tipos neuronales corrientes del encéfalo de los mamífe- -
ros (figuras 28 y 29). Las flechas marcan el sentido de las corrientes.
Perdone el lector si me he detenido demasiado en referirlas etapas de mis.
reflexiones acerca del dinamismo neuronal. He querido mostrar, con un ejemplo
típico, la marcha seguida durante la elaboración teórica; narrar cómo los obstácu¬
los, al parecer insuperables, que cierran el paso a una concepción racional, pue¬
den salvarse, volviendo reiteradamente sobre el tema, eliminando errores y ana-
(1) Van Gehuchten: No uvelles recherches sus les ganglions cérébro-spinaux. La Cellule tomo Víir
fase. 2, 1892, etc. . umu viu,
(2) Cajal; Las leyes de la morfología y dinamismo de las células nerviosas. Bevista tritn microa
número 1, 189/.
S. RAMÓN Y CAJAL
-m
lizando a fondo los hechos contradictorios; y cómo, en fin, el primer esbozo teó-
‘rico se afina y depura por la reflexión, ganando progresivamente en generalidad
hasta abarcar todos los casos.
En el terreno de los hechos concretos, considero como lo mejor de mi labor
de 1891 los recolectados en la retina, cerebro y gran simpático.
La retina mostróse siempre conmigo generosa. Cada tentativa analítica marcó
un progreso más o menos importante en el conocimiento de esta membrana, no
obstante la formidable concurrencia que me hacia Dogiel, el gran histólogo ruso,
• que por aquel tiempo aplicaba con fortuna al mismo tema el método de Ehrlich
al azul de metileno. No es cosa de referir aquí todos los menudos datos morfoló¬
gicos y de conexión recogidos durante aquella campaña en la membrana visual
de peces, batracios, reptiles y mamíferos (1). Para no molestar demasiado al
lector, escogeré solamente uno de los hechos más interesantes desde el punto de
' vista fisiológico. Aludo a la existencia de un doble tipo de célula bipolar en rela-
'ción con las dos variedades conocidas de corpúsculos visuales receptores.
' Sabido es que, desde la época de J. Müller y M. Schültze, los fisiólogos y ana¬
tómicos admiten en la retina de los vertebrados dos órdenes de células recepto¬
ras: él cono, destinado a la visión diurna o cromática, y el basiónciio, destinado a
la visión crepuscular o incolora. La excitación de estas últimas células produce
tina imagen poco detallada y comparable en principio a una fotografía común des¬
enfocada (los bastones no existen en la foseta central, re^ón de la máxima acui¬
dad visual); mientras que la impresión délos conos, elementos particularmente
concentrados en la /ovea centralis, da copias coloreadas, finas y brillantes, seme¬
jantes a una cromofotografía en placas autocromas. En los peces, las aves diur¬
nas, el ratón, etc., dominan los bastones; en otros animales, preponderan los
« 'conos (aves diurnas, reptiles, etc.). Por singular privilegio, reúne el hombre la
■ visión cromática del águila y la crepuscular del pez.
Ahora bien; mis observaciones, rectificando las ideas expuestas por Tartuferi y
Dogiel, habían demostrado que por su cabo inferior, extendido hasta la zona ple-^
. xíforme (véase la fig. 34, d, c), los bastoncitos y conos se terminan,. no mediante
redes, según anunciaron dichos sabios, sino libremente y, de modo diverso: las
prolongaciones descendentes de los primeros rematan a favor: de una esférula
líbre; mientras que la expansión espesa de los segundos acaba en todos los ver¬
tebrados mediante una brocha de raicillas horizontales ramificadas (fig. 34, z).
Fijado este punto importante, me planteé una cuestión muy sencilla. Puesto
■que la impresión recibida por el bastoncito es diferente de la recolectada por el
cono, precisa de todo punto que cada una de estas impresiones específicas se
propague al través de la retina por cauce separado.
De ser válidas las conclusiones de Tartuferi y Dogiel, según las cuales el se¬
gundo anillo de la cadena visual estaría representado por un solo tipo de bipolar,
en continuación conjunta y substancial, hacia afuera, con los segmentos termina¬
les de conos y bastones, y, hacia adentro, con las frondas de las células ganglió-
-nicas (capa plextforme interna), quedaría completamente frustrado el ingenioso
(I) Cajal: Estructura de la retina de los repüies y batracios, con 12 grabados. 2Ó de agoste
Notas preventivas sobre la reüna y gran simpáüco de los mamíferos. Gaceta Sanitaria de
con 7 grabados. 10 de diciembre de 1891.— La retina de los teleósteos y algunas observación
de los vertebrados superiores. Anales de la Sociedad de Historia natural, de Madrid ser
tomo I. Sesión de diciembre de 1892. (Este-último trabajo se publicó meses después que’ los
.. cuando acababa de trasladarme a Madrid.)
) de 1891.—
Barcelona,
es sobre la
jun.da serie
anteriores,
RECUERDOS DE MI VIDA
241
arbitrio con que la naturaleza ha organizado dos órdenes de células foto-recepto¬
ras específicas; ya que desde la segunda neurona visual en adelante ambas im¬
presiones, la del color y la del blanco y negro, habrían de confundirse corriendo
juntas por los mismos cauces.
Cuando se discurre con sentido común y alzamos el mazo resueltos a una
acción vigorosa, la naturaleza acaba por oirnos. Consciente de lo que buscaba,
díme a explorar acuciosa y reiteradamente la retina de peces y mamíferos (aniriia-
les donde la diferenciación entre conos y bastones llega al sumo); y al fin, como
premio a mi fe,, dignáronse aparecer clarísimos y resplandecientes aquellos dos
tipos de corpúsculos bipolares exigidos por la teoría y adivinados por la razón.
En la figura 34, e, f, presentamos esquemáticamente los sendos cauces del bas-
toncito y del cono al través de la retina. Nótese cómo una variedad de bipolar se
pone en contacto, mediante su penacho protoplásmico ascendente, con un grupo
de esférulas terminales de los bastoncitos; mientras que la expansión axónica o
profunda de dicha célula, acabada en pie verrugoso, se articula interiormente con
el cuerpo de cierta neurona ganglionar gigante. Repárese también cómo la célula
bipolar para cono entra en conexión individual, a favor de su penacho externo, con
el pie ramificado de un cono; en tanto que, mediante su axon profundo, extendido
en fronda horizontal, se yuxtapone al ramaje terminal de los medianos y pequeños
corpúsculos gangliónicos (fig. 34, g, h, j, y fig. 27, b).
imposible sería consignar aquí, ni aun en forma sucinta, todos los demás en¬
cuentros afortunados logrados en la retina de peces, batracios, reptiles, aves y
mamíferos. Me limitaré solamente a recordar el hallazgo del axon. y arborización
nerviosa terminal de los diversos tipos de corpúsculos horizontales (fig. 35, d, e)
(elementos situados por debajo de la capa plexiforme interna); la descripción
de muchas variedades morfológicas de amacrinas y elementos gangliónicos
(g, h, m, n), el análisis de las células neuróglicas o de Mulleren la serie de los ver¬
tebrados, etc., etc. En la figura 35, r, p, o, n, f, a, mostramos esquemáticamente
algunos de estos hallazgos.
Otro de los trabajos en que puse más entusiasmo y esfuerzo analítico, fué el
consagrado a la corteza cerebral de reptiles, batracios y mamíferos. A la verdad, el
tema rae atraía con singular energía. El culto al cerebro, enigma entre los enig¬
mas, era viejo en mí, según dejo expuesto en capítulos anteriores. Pero yo desea¬
ba internarme más en aquel dominio y determinar en lo posible su plan funda¬
mental, o al menos llevar a cabo una pesquisa semejante a la efectuada años .an¬
tes en el cerebelo. Mas ¡ay!, mis optimismos rae engañaban. Porque el artificio
soberano de la substancia gris es tan intrincado, que desafía y desafiará por mu¬
chos siglos la porfiada curiosidad de los investigadores. Ese desorden aparente de
la maraña cerebral, tan alejada de la regularidad y simetría de la médula espinal
y cerebelo, oculta un orden profundo, sutilísimo, actualmente inaccesible. No ya
el monumental encéfalo del homo sapiens, pero hasta el más modesto del reptil y
del batracio, ¡qué digo!, hasta el tan desdeñado y diminuto ganglio cerebroide del
insecto, al parecer mera máquina refleja, oponen al análisis obstáculos insupe¬
rables.
En la enrevesada urdimbre cerebral, sólo paso a paso cabe avanzar, y aun
así,, para ser afortunado, los zapadores deben llamarse Meynert, Golgi, Edkiger,
Flechsig, Kólliker, Forel, etc.
1<5
S. RAMÓN ¥ CA3AL
Pero mi juventud de entonces, harto confiada y acaso algo presuntuosa, igno¬
raba el saludable miedo al error; y me lancé a la empresa confiado en que en
aquella selva tenebrosa, donde tantos exploradores se hablan perdido. Seríame
permitido cobrar, si no tigres y leones, algunas modestas piezas desdeñadas por
los grandes cazadores.
He aquí, brevemente enumerados, algunos de mis hallazgos de aquella época:
1. ° Uno de los hechos mejor apreciados entonces íué la revelación de la exis¬
tencia constante en la corteza cerebral de batracios, reptiles, aves y mamíferos,
del corpúsculo piramidal, que osé llamar, corl audacia de lenguaje de que hoy me
avergüenzo un tanto, la célula psíquica (i). Sus características son: forma alarga¬
da, más o menos cónica o piramidal; orientación radial; ostentar constantemente
un penacho dendrítico extendido por la capa molecular o tangencial del cerebro, y
un axun o expansión nerviosa dirigida a las regiones profundas, donde constituye
vías de asociación intercortical o córtico-medular.
La figura 36 me dispensa de entrar en pormenores acerca de la citada célula
psíquica, que íué objeto más adelante, parparte de mi hermano, de análisis ago¬
tantes en reptiles y batracios, y, por iniciativa de mi discípulo Cl. Sala, de un
buen estudio en las aves.
2. ° Encuentro en la capa molecular del cerebro de los mamíferos (donde se
suponían existir solamente corpúsculos neuróglicos y fibras nerviosas), de nume¬
rosas neuronas de cxon corío, terminado en el espesor mismo de dicha zona, y
clasificables en dos variedades principales (fig. 37 a, b).
3. ° Descripción de numerosas neuronas fusiformes habitantes en todos los
estratos de la corteza cerebral y caracterizadas porque su axon, de orientación
ascendente, se arboriza en las zonas de las pequeñas, medianas y grandes pirámi¬
des ifig. 37, c, é).
4. ° Persecución, por vez primera, del curso de las fibras de proyección hasta
el cuerpo estriado, y señalamiento de sus colaterales para este cuerpo y para la
comisura callosa (fig. 37, g).
5. ° Descubrimiento de ciertas fibras gruesas llegadas del cuerpo estriado y
ramificadas libremente en las zonas de las pirámides (/). Tales fibras, confirmadas
por Kólliker, que las llamó fibras de Cajal, representan probablemente la termina¬
ción de la vía sensitiva central.
6° Demostración de la.terminación libre de las colaterales de los axohes de
las pirámides y de las ramillas nerviosas de los elementos de axon corto
(fig. 37, D).
7.0 Observación de que las células de Martinotti, o de axon ascendente ra¬
mificado en la capa molecular, no viven sólo cerca de ésta, sino en todas las ca¬
pas de la corteza (fig. 37, d).
8.0 Nuevas observaciones sobre la evolución embrionaria de las células pira¬
midales y de los elementos de neuroglia, etc.
Algunas de estas observaciones y otras que, en obsequio a la brevedad, no
menciono, divulgáronse rápidamente, gracias a mi precaución de publicarlas en
francés, aprovechando cierta revista histológica belga. La Cellula (2).
Poco después, Retzius, Kólliker, mi hermano, Edinger, Scháffer, etc., confirma*
ban y ampliaban en algunos puntos los precedentes resultados.
La última de mis pesquisas de 1891 versó sobre la estructura del gran simpá¬
tico. Fué esta indagación, harto más floja que las anteriores, prueba palmaria del
enorme influjo de lo moral sobre lo intelectual. Por entonces hallábame preocupa¬
do con las oposiciones a la cátedra de Histología de Madrid. La preparación añ¬
il) Cajal: Eslructura de la corteza cerebral de batracios, reptiles y aves. Agosto de 1891.
(2) CAjAL-.Surlastructuredel’écorcecérébrale de quelques mammiféres. La Ceaa/e ’tomo vil 1»
fascicule, 1891. Con tres grandes láminas litografiadas. ’ ’
RECUERDOS DE MI VIDA
243
■siosa de los ejercicios, las suspensiones que éstos sufrieron, el ajetreo de mis re¬
petidos viajes a la Corte, interrumpieron la continuidad de mi esfuerzo analítico,
arrebatándome esa tranquilidad de espíritu sin la cual toda obra humana suele
resultar pobre, contradictoria y desprovista de claridad y enjundia (1).
La citada indagación llegaba, sin embargo, a su hora. Ignorábase por aquel
iempo la verdadera morfología de las neuronas simpáticas. Diversos histólogos
<Remak, Ranvier, Kolliker, etc.) habían reconocido en ellas expansiones dicotomi-
zadas; pero reinaba la mayor incertidumbre acerca del carácter y paradero de las
mismas. El corpúsculo simpático, cuya naturaleza motriz parecía indudable, ¿po-
-seía, en concordancia con el patrón morfológico común, legítimas dendritas y
axon, o más bien, según sospechaban ciertos neurólogos, todas sus prolongacio¬
nes celulares poseían significación nerviosa, arborizándose en las fibras muscu¬
lares lisas? ¿O constaba, más bien, según parecer algo indeciso de Kolliker (1890)>
de un grupo de axonesy'de un juego de dendritas? >
Impaciente por llegar a la meta antes que nadie, exploré febrilmente los gan-
^•glios simpáticos de los embriones de ave, consiguiendo por lo pronto establecer
en sus neuronas la existencia de prolongaciones protoplásmicas genuinas, acaba¬
das libremente en el seno de la trama ganglionar (2). Pero ofuscado por las apa¬
riencias, atribuí a cada célula dos o más axones (en armonía con una opinión re¬
ciente de Kolliker), cuando positivamente sólo emite uno. Poco tiempo después,
en trabajo especial recaído en los mamíferos, rectifiqué espontáneamente mi equi-
■ vocación y formulé la verdadera disposición de los corpúsculos simpáticos (3)
Mas esta rectificación tardía deslució mucho mi labor. Y aunque mi nueva con¬
cepción morfológica vió la luz antes de la aparición de las observaciones de van
' Gehuchten, Luigi Sala, discípulo de Golgi, y de G. Retzius, a quienes había yo
sugerido la fórmula metodológica apropiada (proceder de doble impregnación al
‘ cromato de plata), no pude evitar que se me reprocharan, con razón, mis titubeos y
contradicciones, y se adjudicara a van Gehuchten el mérito de haber resuelto defi¬
nitivamente el problema. Algo quedó, naturalmente, en mi activo: la existencia de
las colaterales de las fibras llegadas de la médula espinal (fibras motrices de primer
orden de los autores y cordones de unión longitudinal de los ganglios); los nidos
. nerviosos pericelulares de origen dendrítico; la determinación de varias modalida¬
des neuronales, etc. Sírvame la figura 38, reproducción de un grabado anejo al
- trabajo de 1891, para suplir detalles descriptivos que aquí resultarían inoportunos.
En fin, para cerrar la lista de las publicaciones de 1891, me limitaré a citar bre¬
vemente un trabajo en colaboración de mi discípulo Cl. Sala (4), donde se precisa
la verdadera forma de los conductos glandulares del páncreas, así como el modo
de terminación de los nervios simpáticos; otra breve comunicación en que se des¬
criben las terminaciones nerviosas del corazón de los mamíferos (5), probando
(1) Una de las causas de estas vacilaciones filé el haber trabajado en pichones y embriones de pa¬
loma, donde es imposible seguir el curso entero de las dendritas. ¡Cuántos fracasos o semiéxitos se de¬
ben a un mal objeto de estudio!...
(2) Cajal: Estructura y conexiones de los ganglios simpáticos {Pequeñas contribuciones al conoci¬
miento del sistema nervioso). Agosto de 1891. Con 12 grabados.
(3) Cajal; Notas preventivas sobre la retina y gran simpático de los mamíferos. Gaceta Sanitaria de
^.Barcelona, 10 de diciembre de 1831. Con siete grabados.
(4) S. R. Cajal y Cl. Sala; Terminaciones de los nervios y tubos glandulares del páncreas de los
'■ vertebrados. 28 diciembre de 1891. Con cinco grabados.
(5) Terminaciones nerviosas en el corazón de los mamíferos. Gaceta Sanitaria de Barcelona. 10 de
-abril de 1891.
24,4
S. RAMÓN Y CAJAL
que en las fibras musculares cardíacas no existe la placa motriz, ni la singular dis--
posición referida por Ranvier, sino plexos nerviosos difusos semejantes a los des¬
critos en los músculos de fibra lisa; cierta nota (1) donde, a semejanza de las raí¬
ces posteriores de la médula espinal, se reconocen típicas bifurcaciones en los
nervios sensitivos, bulbares y craneales (trigémino, nervio vestibular, coclear o-
acústico, etc.); un estudio. sobre la médula de los reptiles, en que se comprueban
muchos detalles hallados anteriormente en la de las aves y mamíferos; y, en fin, .
un apnnte descriptivo de la substancia de Rolando de la médula espinal de los
mamíferos (2).
Al final de 1891, el conjunto de mi labor práctica y la suma de las inducciones
teóricas obtenida habían alcanzado suficiente riqueza y densidad para form-ar la
materia de un libro. Algunos discípulos y médicos de Barcelona que conocían mis
ideas, me invitaron a exponerlas ante la Academia de Ciencias Médicas de Catalu¬
ña. Deferí gustoso a sus ruegos, ejecutando para mis conferencias grandes cua¬
dros murales policromados, representativos, bajo forma esquemática, del plan es¬
tructural de los centros nerviosos y órganos sensoriales. Oyóseme con agrado, y
algunos discípulos entusiastas tuvieron la amabilidad de recoger mis explicacio¬
nes y copiar mis dibujos, publicando en la Revista de Ciencias Médicas de dicha
ciudad una serie de artículos, atentamente revisados y retocados por mí.
Los tales artículos, que vieron la luz en 1892 (3), tuvieren un éxito que me llenó •
de sorpresa, sobrepujando, no sólo mis esperanzas, sino mis ilusiones. Ignoro
cómo se enteraron en el extranjero de dichas conferencias; ello íué que en poco
tiempo vieron la luz traducciones o extensas relaciones en varios idiomas. Hasta
el gran W. His, profesor de Leipzig, de cuya buena amistad hice mérito en capí¬
tulos' anteriores, propúsome traducirlas al alemán. La versión tudesca aparecida
en 1893 (4) corrió a cargo nada menos que del Dr. K. Held, a la sazón ayudante
del maestro (a quien sucedió en la cátedra) y actualmente una de las mayores
ilustraciones de la Histología alemana. En cuanto a la edición francesa, fué hecha
por el Dr. Azoulay, que tradujo a conciencia un texto especialmente revisado y
ampliado por mí. El pequeño libro, intitulado Les nouvelles idées sur la fine ana-
tomie de centres nerveux (Reinwald, París), y autorizado con un prólogo afectuoso
del ilustre profesor Matías Duval, de París, hizo furor: en menos de tres meses
agotáronse dos copiosas ediciones. Tan inesperado favor del público sugirióme el
propósito, que acometí años después, de escribir un libro extenso donde se estu¬
diara sistemática y minuciosamente la textura del sistema nervioso de todos los
vertebrados y se diera cuenta, con los necesarios desarrollos, de la totalidad de
mi obra científica. Acerca de este formidable trabajo de benedictino, en que me
ocupé ahincadamente durante diez años, trataré oportunamente.
(1) Sobre la existencia de bifurcaciones y colaterales en los nervios sensitivos craneales y substancia
blanca del cerebro. Gaceta Sanitaria de Barcelona. 10 de abril de 1891.
(2) Cajal: Estos dos estudios aparecieron con otros varios en un extenso folleto titulado Pequeñas
contribuciones al estudio del sistema nervioso. Agosto de 1891.
(3) Cajal: Nuevo concepto de la histología de los centros nerviosos. Revista de Ciencias Médicas de
Barcelona, números 16, 20. 22 y 23 de 1892, tomo XVIII, La tirada aparte de todos estos artículos data .
del comienzo de 1893.
(4) Cajal; Neue Darstellung vom histologisclien Bau des Centralnervensystems. Traducción del
Dr H. Held. Arch. f. Anat. u. PJiysiol. Anat. Abíheilung, 1893. Como proemio de esta versión hace
notar el profesor His que la edición alemana ha sido cuidada por él y encargada a su ayudante, experto
conocelor del asunto. Desgraciadamente, elDr. Held no dominaba suficientemente el español, y su ver¬
sión está llena de errores e incomprensiones.
RECUERDOS DE MI VIDA
245
En abril de 1892 ocurrió mi traslación a Madrid. Tras ejercicios de oposición
«que duraron varios meses e interrumpieron numerosos incidentes,- tuve la fortuna
de ser propuesto unánimemente para la cátedra de Histología normal y Anatomía
patológica, vacante por defunción del inolvidable y benemérito Dr. Maestre de
San Juan (1). En el Tribunal, presidido por el Dr. D. Julián Calleja, figuraban jue¬
ces tan prestigiosos como el Dr. Alejandro San Martín, Dr. Federico Olóriz, el
marqués del Busto, D. Antonio Mendoza y los profesores de la asignatura docto¬
res Cerrada y Gil Saltor.
Mi triunfo no fué fácil, pues contendía con rivales de mucho mérito, singular¬
mente uno de ellos, a cuyos talentos y cultura siempre rendí ingenua admiración
y cordial estima.
Como no he consentido jamás a mi amor propio el menor conato de vanidad
ni engreimiento, declaro ahora que mi victoria, tan sonada por aquellos tiem¬
pos entre la clase médica de la Corte, debióse exclusivamente a dos motivos, en
cierto modo impersonales y circunstanciales; desde luego, a la eficaz preparación
lograda, explicando durante cuatro años consecutivos las asignaturas objeto de
la oposición; y, después, al crédito y favor que mis modestos pero numerosos tra¬
bajos científicos (pasaban ya entonces de 60) habían granjeado entre los sabios
■extranjeros.
Yo deploré mucho haber debido recurrir, para llegar a la Universidad Central,
ideal de todo catedrático de provincias, a la pugna, cruel y enconada siempre, de
la oposición. Por cultas y corteses que sean las armas esgrimidas en semejantes
lides, dejan Siempre en pos rencillas y resquemores lamentables, enfrían amista¬
des cimentadas a veces en afinidades de gustos y tendencias, e impiden colabo-r
íaciones que podrían ser provechosas para la ciencia nacional.
Porque, para mí, ser catedrático de la Central constituía entonces la única es¬
peranza de satisfacer, con cierta holgura mis aficiones hacia la investigación y
de aumentar mis recursos, harto mermados con los incesantes gastos de labora-
“torio y de suscripciones a revistas, amén del sostén de numerosa familia. Ricos y
prestigiosos eran mis rivales; cultivaban pingües y bien merecidas clientelas, y
podían esperar. Pero yo, engolfado en mis trabajos, había perdido casi del todo
las aptitudes clínicas; estaba, por consiguiente, inhabilitado para la labor profe¬
sional, única ocupación que puede conducir al médico a la holgura económica.
Sólo en la decorosa industria del libro de texto, tan fructuosa para los catedráti¬
cos de la Corte cuanto precaria para los de provincias— industria sandiamente mo¬
tejada por quienes no conocen sino sus vituperables abusos—, entreveía yo el
aurea mediocritas capaz de garantizarme, con la preciosa conquista de mi tiempo^
«1 bien supremo de la independencia de espíritu.
(1) El buenísimo de D. Aureliano, a quien tanto venerábamos sus discípulos, sucumbió de las resultas
■de un accidente de laboratorio. Una salpicadura de sosa cáustica, producida por la ruptura de un frasco.,
determinó la pérdida da la vista, a que siguió una pasión de ánimo tan grande, que arrebató en pocos
sneses al maestro. Fué el Dr. Maestre un excelente profesor que sabía comunicar sus entusiasmos a quie¬
nes le rodeaban. Yo le debo favores inolvidables. Tras haberme apadrinado en la ceremonia de la in-
•vestidura de doctor, me animó insistentemente durante mis ensayos de.investigador, fortaleciendo mi
■confianáa en las propias fuerzas. Las cartas con que acusaba recibo de mis publicaciones constituían
para mí tónico moral de primer orden .
CAPITULO IX
M3 TRASLACIÓN A LA CORTE.— ME DOMICILIO EN LA CALLE DE ATOCHA, CERCA DE
SAN CARLOS.— SEMBLANZAS DE ALGUNOS DE MIS AMIGOS Y COLEGAS DE FACUL¬
TAD, HOY DESAPARECIDOS: CALLEJA, OLÓRIZ, HERNANDO, LETAMENDI, SAN¬
MARTÍN, ETC.
CUANDO, de retorno de las oposiciones, me incorporé a la familia, la encon¬
tré aumentada con un hijo más. Ello fué motivo de júbilo, aunque la apa¬
rición de un sexto retoño no suela despertar iguales entusiasmos que
el primero.
Entre mis comprofesores de Barcelona produjo la noticia de mi triunfo agrada¬
ble sorpresa, mezclada acaso con algo de contrariedad. Parecióme advertir en
algunos excelentes colegas cierto descontento por no haber desarrollado oportu¬
namente alguna iniciativa encaminada a retenerme indefinidamente en la capital
catalana (1). Estos sentimientos de consideración y estima, tan honrosos para mí,,
tuvieron expresión amable y entusiasta en cierto banquete de homenaje con que la
Academia de Ciencias Médicas de Cataluña y mis colegas de claustró obsequiaron,
al que, durante cerca de cinco años, tuvo la honra de ser su compañero y colabo¬
rador. Al acto asistieron también varios profesores de la Facultad de Ciencias y
los simpáticos contertulios de la peña del café.
Con verdadera pena hube de abandonar a tan excelentes .amigos, y con ellos a
una ciudad donde encontré ambiente singularmente favorable para la ejecución y
publicación de mis trabajos científicos. Con no menos tristeza despedíme de
aquella tertulia célebre de la Pajarera, donde, en compañía de García de la Cruz,
Schwarz, Soriano, Villafañé, Castro Pulido, Castell, Odón de Buen, etc., había pa¬
sado ratos inolvidables.
El eco de mis éxitos de opositor repercutió también en Zaragoza, entusias¬
mando, según era natural, a mis amigos y paisanos. Allí, en el seno del hogar,
donde descansé algunos días camino de la Corte, gocé una de las m-ás puras y no¬
bles satisfacciones que es dable experimentar: la contemplación del gozo y del
orgullo de los ancianos padres, de aquellos padres a quienes tantos disgustos
causaran en otro tiempo los devaneos artísticos y rebeldías de su hijo... Fué aque¬
lla alegría hermosa compensación de sus desvelos y gran consuelo para mí. ¡Cuán-
(1) Eué acaso mi esümado amigo BaÜles y Beltrán de Lis quien mostróse más disgustado con mi tras¬
lado a la Corte, pues tenía empeño en crear para mí, en el Laboratorio MuniciíJai. una plaza de micró-
grafo, decorosamente remunerada. La caída del partido liberal, en cuyas filas militaba, y el consiguiente
trasiego de concejales, dieron al traste con los buenos proposites de BaUles, a cuyas generosas gesüones
viviré siempre agradecido.
RECUERDOS DE MI VIDA
247
to hubiera dado yo por que la vida de mis progenitores se hubiera prolongado
hasta 1908, fecha del más sonado de mis triunfos! Pero la ley de la vida es inexo¬
rable; a pocos padres es dado ser testigos de la culminación de la carrera filial.
También mis excelentes profesores de Zaragoza celebraron mi elevación a la
Universidad de Madrid. Con alguna excepción, mostráronse ufanos de su antiguo
discípulo, y éste se consideró dichoso por haber dado pretexto a la satisfacción de
sus maestros. A ruego de aquéllos, y para corresponder a tantos afectuosos plá¬
cemes, expuse, en dos largas conferencias, ilustradas con numerosas figuras, los
más importantes resultados de mis trabajos de laboratorio. Grande fué la sorpresa
de mis maestros de antaño al saber que, indiscutibles autoridades científicas del
extranjero, habían confirmado mis modestos hallazgos y adoptado mis interpre¬
taciones.
Ofreciéronme, naturalmente, el agasajo ya entonces a la moda, es decir, el ban¬
quete de honor, con Jos inevitables brindis, tan impregnados de afecto cuanto de
alentadoras y patrióticas esperanzas acerca del porvenir de la naciente ciencia es¬
pañola. Recuerdo que uno de los brindis más cariñosos y efusivos fué el del doc¬
tor Fornés, a quien suponía yo, gratuitamente, algo molesto conmigo.
Llegué, por fin, a la capital de la Monarquía en abril de 1892, a los cuarenta
años de edad, ansioso de trabajar y con la cartera repleta de proyectos científicos.
Según costumbre míá, instaléme modestamente (1), cual cumple al obrero de la
ciencia que siente el santo horror del déficit, como decía Echegaray, y sabe que
las ideas, a semejanza del nenúfar, florecen solamente en las aguas tranquilas
Pagaba de alquiler diez y seis duros al mes. Semejante modestia, que algunos ta¬
chaban de excesiva e impropia de un principe de la toga académica, según frase
de cierto hinchado y orgulloso catedrático, parecíame necesaria mientras tanteaba
el terreno y trataba de allegar los recursos indispensables para educar la familia
y desarrollar cumplidamente mis trabajos. Porque yo siempre diputé peligrosa y
contraproducente la conducta de esos profesores que, recién llegados del rincón
provinciano, instálanse en la Corte á lo dentista americano, gastando sus modes¬
tos ahorros en costearse coche, habitación y mueblaje, en espera de una clientela
opulenta que no se digna comparecer.
Las costumbres de mis nuevos colegas casaban admirablemente con mi ma¬
nera de ser. Con íntimo regocijo advertí que en la Facultad de Medicina, como en
la Universidad, nadie hacía caso de nadie. «Vivimos sin conocernos y morimos sin
amarnos», solía decir don Félix Guzmán, profesor de Higiene, a quien chocaba
mucho ese hosco alejamiento espiritual entre los colaboradores de una, misma
obra. Parecidas sentidas lamentaciones oí a don Federico Olóriz, recién traslada¬
do a Madrid desde el tibio y efusivo hogar granadino.
Fuerza es desengañarse. La Corte no puede ser para el hombre laborioso y mo¬
desto que gusta de las dulzuras del trato social, la soñada «tierra de amigos» del
poeta. Dura y febril es la existencia en las grandes urbes: lo enorme de las distan¬
cias y la carestía de la vida imponen, con el trabajo forzado, el avaro aprovecha¬
miento de todos los instantes. Cultivar relaciones mundanas resulta un lujo que
sólo pueden permitirse los ricos y los ociosos. Pero, repito, esa relativa soledad
sentimental que tanto contristaba a Olóriz, fué siempre mi felicidad. Frialdades y
(1) En el núm. 131 duplic2do de la calle de Atocha.
248
S. RAMÓN Y CAJAL
desvíos paiecen enojos, cuando son en realidad libertad y respeto, «Cierto que
nadie piensa en mí— me decía al verme al principio perdido y solitario en el piéla¬
go de la Corte—; pero, en cambio, ¡cuánta libertad de pensamiento y de tra¬
bajo! ¡Excelso privilegio conducir sin rozamientos nuestras actividades por el
cauce de los gustos!
No obstante mi relativo retraimento, tuve la fortuna de encontrar y cultivar en
la Corte algunas, aunque poquísimas, valiosas amistades. Prescindiendo, por aho¬
ra, de los camaradas ajenos al gremio docente (de ellos trataré en otro lugar),
citaré a Olóriz, Hernando, Letamendi, San Martín, Gómez Ocaña, García de la
Cruz, etc. Notemos que, a excepción de San Martín, todos estos amigos pertene¬
cieron a la modesta y arrinconada grey de profesores 'teóricos, ajenos de esa em¬
briagadora codicia inseparable de la mayoría de los prestigios clínicos. Puesto
que, a excepción de Gómez Ocaña (1), los mencionados. compañeros murieron ya,
paréceme justo y ’ plausible estampar aquí algunas frases de elogio, á guisa de
semblanza breve, de algunos de ellos, y como tributo y recuerdo de un afecto sin
eclipses. A la citada lista agregaré todavía los nombres de don Julián Calleja y del
Marqués del Busto. No tuve la suerte de tratar en lá intimidad a eStas dos pres¬
tigiosas figuras de San Carlos; pero merecen aquí un recuerdo afectuoso, porque
les debí apoyos y protecciones oficiales inolvidables.
Comencemos por nuestro decano el benemérito don Julián Calleja. Ocioso
fuera insistir en su semblanza. Casi todos mis lectores médicos le conocieron, ya
que por sus merecimientos indiscutibles, exquisito don de gentes y el imperio de
una voluntad sugestiónadora, alcanzó los más altos puestos profesionales y algu¬
nos cargos políticos importantes. Adolecía, naturalmente, de algunas debilidades,
conforme suelen tenerlas cuantos figurando en los partidos de turno y cultivando
legítimas ambiciones, resisten difícilmente las caricias de la adulación o las intro¬
misiones del caciquismo; pero adornábanle también cualidades intelectuales y mo¬
rales nada comunes.
Yo debo agradecerle la construcción y organización del Laboratorio de Micro-
grafía, uno de los mejores y, por de contado, el más capaz e importante de San
Carlos. La creación de este centro de estudios era apremiante, porque a mi llega¬
da a la Corte encontré por todo Laboratorio cierto pasillo angosto, pobrísimo de
material e instrumental, sin libros ni biblioteca de revistas. Quimérico resultaba
dar, en tan deficiente local, mediana enseñanza práctica a más de doscientos
alumnos oficiales, amén de los libres.
Requerido por mí, don Julián tomó sobre sí la reforma, gestionándola con
extraordinario interés. Y haciendo gala de su maravillosa actividad, consiguió en
pocos meses la consignación en presupuesto de los créditos necesarios y la
ejecución de la obra. El nuevo Laboratorio de Histología, capaz para trescientos
alumnos, se eleva frontero a la calle de Santa Isabel, encima de la grandiosa sala
de disección; encierra gabinete de trabajo para profesores y ayudantes, gran salón
de prácticas para los alumnos, departamentos de Bacteriología, de Microfoto-
grafía, etc.
Construido el local, siguiéronse los naturales complementos; la compra de
(1) Cuando estas líneas se escriben (febrero de 1923), el Dr. Gómez Ocaña ha desaparecido también,
Fué un talento muy claro, un escritor castizo y fácil y un entusiasta del Laboratorio.
RECUERDOS DE MI VIDA
249
■libros y revistas, adquisición de estufas de esterilización y vegetación, así como
de número suficienfe de microscopios. Al viejo e imponente Ross, el cañón áéi
Laboratorio, menguadamente acompañado de un par de antiguos modelos de Ve-
rick y Nachet, añadiéronse, en épocas sucesivas, dos magníficos Zeiss y 40 mi¬
croscopios y microtomos de Reichert, destinados a los alumnos. ]Era el ideal co¬
diciado, la suprema aspiración de una vida!... Y todo ello se llevó a cabo por don
Julián espontáneamente, sin halagos ni adulaciones, inspirado en el noble entu¬
siasmo que nuestro decano vitalicio sintió siempre por la función docente.
Ignoro si el venerable don Julián, actuando en funciones de cacique universita¬
rio, pecó algo, conforme dieron en decir muchos censores; pero a todos consta
•que amó también mucho cosas tan santas como la ciencia y la enséñanza, y que
a causa de pasión tan hermosa, debemos perdonárselo todo.
Del ilustre Olóriz me ocupé ya en anteriores páginas, con ocasión de relatar
comunes andanzas de opositores a cátedras. Séame permitido añadir aquí, en me¬
moria del malogrado compañero, algunas frases encomiásticas.
Era don Federico, como le llamábamos amigos y admiradores, el maestro por
excelencia. Lo que en muchos es oficio, constituía en él vocación irresistible.
Asiduo, formal y concienzudo, cumplía con insuperable celo su ministerio docen¬
te. De un exterior algo vulgar, encerraba un espíritu refinadamente aristocrático-
Escribía tan maravillosamente como hablaba,, y era dueño de palabra fácil, ele¬
gante, agilísima, puesta al servicio de clarísimo entendimiento. No se prodigaba,
sin embargo. Replegado en su modestia, limpio de todo estímulo vanidoso, rehuyó
siempre la popularidad, como desdeñó la política, campo donde sus dotes de for¬
midable polemista hubiéranle proporcionado triunfos resonantes.
Hacia la época de mi traslación a Madrid vivía el maestro algo retraído, refu¬
giado en la cátedra y en el hogar, consagrando todos sus escasos vagares a los es¬
tudios antropológicos, en que llegó a ser autoridad indiscutible. Más adelante
.creóse para él en el Ministerio de Gracia y Justicia una cátedra de Antropología
criminal, donde aplicó por primera vez el sistema de identificación del Dr. Berti-
llon y asentó las bases de un ingenioso proceder de clasificación y reconocimiento
de la s impresiones digitales. Su voluminosa obra acerca del Indice cefálico en Es-
j}añay diversos folletos antropológicos dan elocuente testimonio del ardor y
acierto con que el malogrado maestro emprendió la empresa de diferenciar y cla-
:sificar los tipos antropológicos existentes en las diversas provincias españolas.
Otra de las personas con quienes mantuve trato asiduo desde mi llegada a
Madrid, fué don Benito Hernando, catedrático de Terapéutica, pocos años antes
trasladado de Grariada. Modestia excesiva, austeridad de costumbres, desprecio
del lucro y de los vanos honores, devoción y afecto desinteresado hacia los ami¬
gos, eran sus más salientes prendas. No valía menos en el orden intelectual. Era
Doctor en Ciencias y Medicina, carreras que estudió paralela y concienzudamen¬
te. Educado por un tío sacerdote, creía firmemente en Dios, pero creía también
en la ciencia. Añoraba las grandezas de nuestro siglo de oro; veneraba a Cisneros
y a Cervantes y rendía culto fervoroso a la música y al arte cristianos. El amor a
la tradición no le impedía— repetimos — cultivar las Ciencias naturales. Sabido es
que durante cierta época de su vida frecuentó con igual entusiasmo y asiduidad
250
S, RAMÓN Y CAJAL
los templos que los laboratorios. De aquellos sus tiempos juveniles data su rnejor
obra, titulada La lepra en Granada, concienzuda labor de Anatomía patológica y
de Clínica, menos conocida y encomiada de lo merecido.
Era don Benito archivo inagotable de anécdotas y sucedidos, de frases y ocu¬
rrencias ingeniosas, que solia traer muy a cuento. Acaso abusaba algo de su ex¬
traordinaria retentiva y del gracejo y agudeza de su conversación. Hablaba como
quien se huelga hablando y sabe que olace a sus oyentes. ¡Es tan difícil, aun a los
más discretos, contener y reservar el talento!
Conmigo y mi familia se condujo con una generosidad y abnegación que ja¬
más agradeceré bastante. Recién llegados a Madrid, ofrecióme espontáneamente
sus buenos oficios; deshizose cerca de otras personas en elogios de mis modestos
méritos; presentóme a varios personajes del mundo literario y artístico, entre
otros, al sabio don Facundo Riaño, de cuyo trato agradabilísimo conservo imborra¬
bles recuerdos; diórae antecedentes de muchos hombres y sucesos actuales y pre¬
téritos; en fin, vino a ser para mí el amigo asiduo y constante; más aún: el confi¬
dente y consejero íntimo.
Otro de los compañeros cuya amistad cultivé, fué el asombroso LetamendL
Hallóle bastante envejecido. No era ya decano de la Facultad y asistía poco a
• clase. Por aquella época hallábase atacado de la torturante enfermedad vesical
que le obligaba frecuentemente a recluirse y suspender sus recepciones, aquellas-
famosas tertulias de «secano», como las llamaba él, en que se leían versos, se
conversaba deliciosamente y lucía el maestro sus portentosas facultades de cau¬
sear ingenioso, de músico y de poet^ humorístico. De cuando en cuando recobra¬
ba el buen humor y trabajaba; pero sus palabras y escritos irradiaban a menudo
esa tristeza filosófica con que se contempla el mundo y los hombres cuando se
acerca la trágica despedida. «Escribo a hurtadillas del dolor» — decía melancólica¬
mente en un admirable discurso acerca de los juegos higiénicos, leído por Moret
en el Ateneo.
Su voz era algo nasal y sus frases salían con ritmo pausado, como de quien me¬
dita antes de hablar y desea ser bien comprendido. Platicando resultaba infatiga¬
ble. Su palabra surgía espontánea, vistosa e irisada, cual surtidor en fontana. Eran
aguas profundas, y, por tanto, límpidas y calientes: límpidas, por lo impecable de
la forma; calientes, por la emoción que les comunicaba. Todos le oíamos embele¬
sados, sin osar la irreverencia de convertir en diálogo el monólogo. ¿Cómo inte¬
rrumpir o desviar con un comentario vulgar o inoportuno aquella catarata de imá¬
genes brillantes, de frases agudas, de pensamientos originalísimos?
Durante esos pocos días en que el dolor le olvidaba y podía pasear, holgába¬
me yo de acompañarle por el Retiro, el Prado o las calles céntricas. Bastaba la
visión instantánea de una persona, de un objeto cualquiera, para sugerirle en el
acto comparaciones tan ingeniosas como gráficas. Viendo un sujeto muy alto que
caminaba torpemente, exclamaba: «Ese hombre va mareado de verse tan alto.»
Topábamos con un modesto industrial ambulante que exhibía un fonógrafo, y de¬
cía: «Ahí viene el conejo de Indias parlante» (aludía a la voz chillona y menuda
del viejo fonógrafo de Edisson). Aproximábase a nosotros una jamona exuberante
y esbelta: «¡Cuidado con chocar con estos jarrones de carne; a nuestra edad los
quebrados seríamos nosotros!» Al pasar'una vez por delante del Ministerio de la
Gobernación, párase de pronto y dice: «Esta es la única Escuela de Geografía de-
RECUERDOS DE MI VIDA
251
nuestros gobernadores; aquí averiguan hacia dónde cae su provincia y aprenden el
camino gracias a la dirección del puntapié con que los despide el ministro.» De
pronto, una ráfaga del Guadarrama nos obliga a embozarnos, y Letaraendi co¬
menta: «Para estos fríos el mejor abrigo es la piel de mujer», etc., etc.
Aventurado resulta juzgar de intenciones no realizadas, de proyectos agosta¬
dos en flor por el rigor de adversas circunstancias. Séame lícito, empero, declarar
que se equivocaban tanto el candoroso Ceferino González, al afirmar que «la filo¬
sofía de Letamendi, no obstante su originalidad, no salía de la corriente cristia¬
na», como quienes, atenidos al cortés exoterismo de los libros y conferencias de
don José, diputábanle católico a macha martillo. Harto sabíamos sus íntimos que,,
en el fondo, su concepciórí filosófica era profunda y radicalmente agnóstica.
Sin duda que el sistema filosófico de Letamendi no hubiera sido en principio-
más verdadero que los conocidos. ¿Existe, por ventura, alguna interpretación del
mundo o de la vida que sea algo más que noble y ambicioso ensueño? Pero la
novela forjada por don José habría sido un libro primoroso, ingeniosísimo, lleno de
sorpresas y sugerente quizás de otros libros igualmente agradables. Con los prin¬
cipios, nociones y categorías de la razón habría tejido un nuevo manto, singular¬
mente artístico y fastuoso, tendido piadosamente sobre los insondables abismos
de la muerte y de lo incognoscible. Y nos habría hecho sentir y pensar... ¿Qué
filósofo hizo más?
Rémora para la publicación del libro que preparaba con el título de El positi¬
vismo absoluto, fueron sus progresivos achaques y la falta de esas placidez y ale¬
gría que sólo da la clara visión de un largo camino delante de sí. En respuesta a
mis excitaciones para que publicara lo antes posible su concepción filosófica, ex¬
clamaba: «¡Ah! ¡Si yo viviera en Francia o en Inglaterra!... Poco me quiere usted
cuando desea verme, en las postrimerías de la vida y atormentado por cruel en¬
fermedad, a vueltas con -anatemas y excomuniones episcopales.»
Para los trabajadores metódicos y de pan llevar, entre los cuales tengo la hu¬
mildad de c&ntarme, don José adolecía de un defecto indisculpable: la manía enci¬
clopédica. Su atención hacía escala en todos los asuntos, sin anclarse definitiva¬
mente en ninguno. Harto conocía él su debilidad cuando, reaccionando contra
Cariñosas reprensiones, disculpaba sus «aficiones rotatorias» satirizando donosa¬
mente a los especialistas científicos.
Hombres como Letamendi, cuando llegan a la madurez, renuévanse difícil¬
mente. Cerebros en plena efervescencia, desbordantes de ideas, sólo saben espe¬
cular. Arrastrados por el gusto y el poder de la creación, siguen de mala gana las
lucubraciones de los otros. A la manera de la larva, hilan casi exclusivamente el
capullo de la invención con lo asimilado en la primera juventud. Entristece pen¬
sar que, a eiería edad, el mecanismo pensante está definitivamente construido.
Ya no enseñan ni educan las nuevas lecturas; actúan a lo más como conmutado¬
ras de pensamiento y sugerentes de temas retóricos. Segregamos sin absorber.
Fatigan las descripciones, embaraza la copiosidad de los hechos, molestan los
detalles. Y, sin embargo, los hechos son necesarios. Como en el mito de Anteo,,
sólo recobramos la fuerza al afianzar nuestros pies sobre la tierra.
¡Suerte aciaga la de España! Casi todos sus hijos geniales se malogran o rin¬
den fruto inferior a sus potencialidades. Fáltales, unas veces, la placidez y sere¬
nidad de espíritu, gajes inestimables de la salud física y moral;, otras, el valor y
la entereza para desafiar sentimientos y prejuicios del ambiente; casi siempre, en
fin, el trabajo metódico y disciplinado.
252
S. RAMÓN Y CAJAL
Con don Alejandro San Martín, el afamado cirujano, uniéronme estrechos lazos
de afecto y de grata intimidad. Nos veíamos casi diariamente en la famosa peña
del Suizo (de olla hablaré más adelante), cuya presidencia ocupaba por el doble
fuero de la antigüedad y del talento.
• Fué San Martín uno de los hombues más cultos, simpáticos y mejor educados
que he conocido. Yo aprendí mucho con su conversación. Acaso por el contraste
de nuestros caracteres hicimos siempre buenas migas. A la ruda franqueza de mis
juicios, oponía San Martín la ironía, el eufemismo y la táctica diplomática. «Me
encantan los métodos jesuíticos», decíame una vez ex abundaniia cordis. En su
léxico faltaban vocablos tan corrientes, y a veces tan necesarios, como «ignorante,
grosero, pedante, etc.» Juzgando la picardía política o la'farsa científica, extremaba
a veces tanto, acaso irónicamente, el suaviter in modo...; ponía en sus comentarios
personales tales distingos y atenuaciones, que me impacientaba y casi me irritaba.
Pero si en nuestras amistosas discusiones salía yo perdiendo, en el intercambio
de ideas y sentimientos ganaba siempre. Merced a sus consejos, y sobre todo a
la habilidad y discreción de su conducta, conseguí atenuar un tanto esa desagra¬
dable e incivil inclinación a decir toda la verdad y a indignarme oemasíado contra
la injusticia. Confieso que en este punto, y no obstante las lecciones de la expe¬
riencia, hállome todavía muy lejos de la perfección.
Temperamento reflexivo y laborioso, San Martín fué toda su vida infatigable
estudiante. Como decía su condiscípulo el Dr. Cortezo, «don Alejandro no fué
nunca joven». En su lenguaje algo paradójico, lo reconocía él mismo, ai decirnos;
«Yo tuve la desgracia de sei modelo de alumnos sumisos y aplicados; no puede
pedírseme, pues, nada extraordinario.» '
Las vacilaciones del cirujano de San Carlos como filósofo (en el fondo era
kantiano y algo escéptico), como político y hasta como científico, fueron objeto
de censuras entre compañeros poco dados a estudiar caracteres complejos. A mí,
las fluctuaciones de don Alejandro me lo hacían particularmente simpático. Reve¬
laban estudio reflexivo y honradez de pensamiento. No duda el que quiere, sino
el que puede. Sólo las cabezas sencillas, o las ayunas de curiosidad filosófica o
científica, gozan del reposo y la fe. Al modo del aire en las cordilleras, en los es¬
píritus elevados el pensamiento está en perpetua inquietud. Sabido es que, cuan¬
do se medita demasiado, la acción se vuelve , tarda y premiosa; porque, antes de
resolver, la razón debe recorrer largas vías asociativas, dar audiencia, según la
írase de Bismarck, a numerosos pensamientos.
Como Letamendi, y en más recientes tiempos el asombroso Unamuno, don
Alejandro gustaba mucho de la paradoja, una de las características del talento
vasco, según Sánchez Moguel. Lejos estoy de censurar esta tendencia de ciertos
espíritus selectos. Prescindiendo de su contenido ideal y ciñéndonos a sus efec¬
tos inmediatos, la paradoja representa un despertador mental de primer orden.
Al choque de lo insólito, de lo inopinado, el sentido crítico, adormecido por las
rutinas de la diaria labor, reacciona vivamente. Y revélase en cada contradictor
lo más íntimo, vivo y personal de la máquina nerviosa: la imaginación construc-
-tiva. Y el hombre pensante aparece. Porque, en realidad, los hombres sólo se nos
revelan plenamente cuando los constreñimos a forjar bien o mal una idea nueva o
un juicio improvisado; cuando, sorprendidos por la violencia anárquica de la para¬
doja, se ven desamparados de los andadores del sentido común y del comodín de
las opiniones hechas, y deben forjar en caliente y sobre la marcha una hipótesis
personal.
RECUERDOS DE MI VIDA
253.
Por lo demás, San Martín fué un catedrático eminente y celoso, que ha dejado
aventajados discípulos. De sus admirables dotes de investigador y maestro que¬
dan testimonios elocuentes en numerosas monógraíías y folletos, amén de varios
libros de texto. Entre sus trabajos de laboratorio descuellan, por la elegante origi¬
nalidad del pensamiento, los experimentos de anastomosis arterio-venosa, enca¬
minados a restaurar la circulación interrumpida en casos de aneurisma, trombus o
ateroma. Sentía verdadera pasión por nuestro renacimiento intelectual, y, por en¬
cima de todo, vibraba en él un patriotismo ardiente y de bonísima ley. Su conoci¬
miento de varias lenguas europeas permitíale renovarse de continuo, a cuyo fin,
durante las vacaciones, visitaba los grandes focos científicos del extranjero.
Merecen también recuerdo de gratitud en estas páginas otros dos compañeros,
con quienes, a causa de la diferencia de edades y de rumbo social, no llegué a
tener intimidad. Aludo al caballeroso marqués del Busto, profesor de Obstetricia,,
quien, deseando proteger el Laboratorio de Histología de San Carlos, le cedió
durante muchos años, y hasta su muerte, sus emolumentos de director de Clíni¬
cas; y al benemérito doctor Calvo y Martín, catedrático de Operaciones, quien.
entusiasmado por mis modestos éxitos de investigador, y deseando serme útil,
ofrecióme generosamente, con carácter vitalicio, habitación en una de sus casas,
honrándome además con otras atenciones. No pude, sin embargo, aceptar el aga¬
sajo de mi simpático paisano, a causa de mi deseo de vivir cerca^ de la Facultad
de Medicina (la casa ofrecida estaba en la calle de Isabel la Católica) (1).
Tales fueron, en suma, entre los compañeros ya desaparecidos para^siempre,.
los que más influyeron en mí, ora con su apoyo oficial, ora con sus enseñanzas, y
siempre con sus consejos y estimación.
(1) A esta lista de profesores ilustres fallecidos habría que añadir ea la presente edición otros mu
chos, singularmente al doctor Sañudo, uno de los más sabios profesores de San Carlos. En él se daban
por caso peregrino, el fervor del católico con la más bondadosa tolerancia y la más acendrada caba¬
llerosidad.
CAPITULO X
PELIGROS DE MADRID PARA EL HOMBRE DE LABORATORIO. — TENTACIONES DEL
DILETANTTISMO CIENTÍFICO, LITERARIO Y ARTÍSTICO.— MIS OREOS ESPIRITUALES;
PASEOS POR LOS ALREDEDORES DE MADRID Y LA PEÑA DEL CAFÉ SUIZU.— NUE¬
VAS INVESTIGACIONES SOBRE LA ESTRUCTURA DEL CEREBRO.— COMIENZO LA
publicación de mi OBRa de CONJUNTO SOBRE LA TEXTURA DEL SISTEMA NER¬
VIOSO DE LOS VERTEBRADOS
Madrid es ciudad peligrosísima para el provinciano laborioso y ávido de
ensanchar los horizontes de su inteligencia. La facilidad y agrado del
trato social, la abundancia del talento, el atractivo de las sociedades,
•cenáculos y tertulias, donde ofician de continuo los grandes prestigios de la polí¬
tica, de la literatura y del arte; los variados espectáculos teatrales y otras mil dis¬
tracciones seducen y cautivan al forastero, que se encuentra de repente como
desimantado y aturdido. En su vida base operado radical metamorfosis: la abeja
se ha convertido en mariposa, cuando no en zángano. La filosofía, el arte, la lite-
¡ratura, hasta la política y los deportes, tiran del alma con mil hilos rígidos e invisi¬
bles. Ai obrero atareado ha sucedido el ameno sibarita intelectual.
Además, el instrumento cerebral forjado durante muchos años de soledad y
recogimiento, se desdiferencia y embota cual herramienta mordida por el orín: la es¬
pecial mentalidad, traída del rincón provinciano, va poco a poco igualándose con la
mentalidad de todo el mundo. Los callos se pierden y las manos se enguantan.
T el tiempo se va en admirar e imitar.
En vano pretendemos hacer alto en la pendiente,- abandonar resueltamente el
camino de Síbaris o de Corinto, retroceder, en fin, a los severos hábitos de antaño:
aguijados por el pundonor llegamos hasta planear hermosos programas de acción.
Desgraciadamente, todo se malogra... ¡No queda tiempo para nada!— exclamamos
con amargura.
Sin embargo, yo me propuse a todo trance cerrar los oídos al cántico de la sire¬
na cortesana y defender mi tiempo, trabajando tanto como en provincias. Y lo
•conseguí por fin, no sin provocar frialdades, ni impedir que se me aplicasen los
epítetos de huraño, estrafalario y orgulloso.
Estoy muy lejos de pretender -lo he dicho ya varias veces— que el hombre de
cieijcia sea un cartujo; antes bien, estimo necesarios los pasatiempos, las excursio¬
nes, el teatro, el Ateneo, la literatura, las tertulias, etc. Mas todo a su hora, con
medida y como quien toma un reconstituyente; cuando lo pida el ánimo, en fin, y
no cuando lo deseen los demás. Puro, pero santo egoísmo, porque sin él no hay
(labor sena posible.
HECUERDOS DE MI VIDA
255
Precisamente, y por compensación de la excesiva concentración de la vida de
"Laboratorio, he cultivado siempre en Madrid dos distracciones: los paseos al aire
libre por los alrededores de la villa, y las tertulias de café.
¡Los alrededores de Madrid! No es cosa que yo los descubra ahora, vindicando
una vez más al calumniado Manzanares y a la austera meseta castellana. Menes-
er es tener sentido cromático de oruga para echar siempre de menos el verde
mojado y uniforme de los países del Norte, y menospreciar la poesía penetrante
del gris, del amarillo, del pardo y del azul. Ni es cierto tampoco que, en el paisaje
<de la Corte, falte la jugosa nota del verde. Lejos de ser páramos y eriales, los alre¬
dedores de Madrid — el Retiro, la Moncloa, la Casa de Campo, Amaniel, la Dehesa
de la Villa, El Pardo, etc.— son de lo más frondoso y pintoresco que poseemos en
España. Vivimos en las faldas de una sierra, cuyo elegante perfil embellece nuestro
horizonte y cuyas auras purifican nuestro ambiente. Y en la primavera y otoño la
llanura castellana se ofrece cubierta de césped y salpicada de flores. En ninguna
parte posee el paisaje contrastes más variados, según las estaciones. Cualquiera
que sea la preocupación del espíritu, siempre hallaremos un rincón solitario cuya
apacible belleza apague las vibraciones del dolor y abra nuevo cauce al pensa¬
miento. ¡Cuántos pequeños descubrimientos asócianse en mi memoria a tal sen¬
dero solitario de la Moncloa, o a un fresno ribereño del Manzanares, o alguna co¬
lina de Amaniel o de la Dehesa de la Villa, espléndidos miradores desde los cua¬
les ostenta el Guadarrama, asomado entre pinos, toda su augusta majestad!
Pero además dél paisaje físico, conviene también al hombre de laboratorio el
paisaje moral, la amena tertulia, donde, al calor de la amistad y de la confianza,
broten, variadas y espontáneas, las flores del ingenio .
A la verdad, en mis primeras tentativas exploratorias por las tertulias matri¬
tenses, fui poco afortunado. Hallé desde luego, en el Café de Levante, una peña
de antiguos camaradas, en su mayoría médicos militares, que yo había conocido
durante la campaña cubana Entre estos simpáticos compañeros reinaba franque¬
za fraternal, y a ratos su conversación era viva, chispeante e instructiva. Pero un
hado adverso nos perseguía: casi todos los días, fatal, irremediablemente, los co¬
mentarios derivaban hacia la murmuración contra los superiores jerárquicos o íja-
•cia el escalafón de Sanidad Militar; ese escalafón maldito, destructor de todo es¬
tímulo noble y de toda ambición generosa, rémora de la justicia, asilo de la gan¬
dulería y una de las mayores caiamioaoes que padecemos en España.
¡El mal carecía de remedio! Aquellos beneméritos compañeros, no exentos
ciertamente de talento, aunoue oetrificados por la ociosa vida de campamentos^
cuarteles y casinos, sólo leían la Gaceta y el Boletín de Sanidad.
Con pena abandoné el trato de camaradas que evocaban en mi inemoria tran¬
ces de guerra y juveniles aventuras transatlánticas, y busqué otra tertulia donde
esparcir el ánimo y vivificar las ociosas barbecheras cerebrales.
Creo que fué San Martín quien me presentó a la peña del Café Suizo reunión
de rancio y glorioso abolengo, pues en ella habían figurado políticos, literatos y
hasta financieros insignes.
Aunque desde el aspecto político y literario la citada peña había venido a rae¬
mos, gozaba todavía por aquel tiempo de justificado renombre. De allí salieron
según es notorio, senadores universitarios, catedráticos, rectores, consejeros y
hasta ministros... Tan famosas y comentadas llegaron a ser las discusiones de la
peña, que ocurrió a menudo, y con grave riesgo de indiscreción, el hecho de for¬
marse, en las inmediatas mesas, tertulias parásitas, o de oyentes, las cuales, por
256
S, RAMÓN y CAJAL
el módico precio del café, adquirían el derecho de conocer nuestras expansiones-
más o menos extravagantes y murmurar a mansalva.
Entre los comensales, dominaban naturalmente los galenos, a la cabeza de los
cuales figuraba don Alejandro; mas colaboraban también abogados, propietariosr
catedráticos de Universidad y, en fin, personas de toda laya y condición. Todo el
mundo era admitido con tal de ser presentado por un socio formal, y a condición
de someterse a las tres normas siguientes: 1.^ guardar al discutir el debido res¬
peto a las personas;. 2 A, dis.curr¡r de lo que no se entiende o se entiende poco
(tratábase de evitar las latas pedantes y académicas), y 3.^, olvidar a la salida to¬
dos los desatinos e incoherencias provocados por el estímulo del café o por los
horrores de la digestión. Porque importa notar que nuestra reunión se celebraba
en las primeras horas de la tarde, y pocas veces duraba más de una. De esta
suerte, al levantarse la sesión, los cerebros hallábanse caldeados, pero ágiles to¬
davía para la cuotidiana labor. Bueno es divagar algo todos los días; fuera, em¬
pero, peligroso prolongar el diástole de la mente a expensas del sístole del trabajo»
Con pena recuerdo ahora las renovaciones que el tiempo y la muerte impusie¬
ron a nuestra querida peña del Suizo. Estas tertulias son cuerpos vivos con ju¬
ventud, madurez y decadencia; y, a semejanza de todo organismo, se nutren, cre¬
cen, asimilan y desasímilan. Nuevas células se incorporan, mientras que otras lay!
perecen o se extravían... ¡Y los muertos son ya legión!...
A guisa de homenaje a los simpáticos camaradas desaparecidos, con quienes-
durante tantos años comulgamos diariamente «en espíritu y en verdad», desearía
yo estampar aquí sus nombres, con los títulos morales e intelectuales que les gran¬
jearon afecto y estima perdurables.
Pero fueron tantos, que, dada mi mala memoria, resulta imposible enumerar¬
los todos. Citaré, sin embargo, a los más asiduos y constantes: a Félix Rubio,
abogado y propietario, dotado de excelente criterio, «caballero sin tacha y sin
miedo», que debió haber sido militar, y que, no obstante su devoción por Silvela
y sus ideas enérgicamente conservadoras, renunció a toda aspiración política,
asqueado por la corrupción del sufragio y los desórdenes de la administración; al
veterano Alderete, prototipo del castizo miliciano nacional, algo farolero y cando¬
roso, pero de tan buenos sentimientos que había salvado en diversos siniestros
urbanos y ferroviarios a numerosas personas, mereciendo varias cruces de Bene¬
ficencia, ostentadas arrogantemente en las procesiones cívicas del Dos de Mayo; a
F. Aner, farmacéutico injertado en burócrata, espíritu rectilíneo, irreductible y
apasionado en las polémicas, fervoroso de Proudhon y de Marx, tan austero que,
habiendo podido ser rico, vivió y murió pobre (1), y tan optimista que, para él,
la humanidad formaba un coro de ángeles, convertidos en demonios a causa de la
nefasta intervención de reyes, magistrados y sacerdotes; al doctor Carlos de Vi¬
cente, carlista librepensador, algo misántropo, agudísimo y ocurrente, y que, edu¬
cado en París, lucía un esprit franjáis de la más fina especie; al doctor López
Silva, médico y naturalista notable, llamado por antonomasia «la gran persona o
la persona» a causa de su bondad angelical, el cual tenía la costumbre de retra¬
tar a todas las gentes de que se hablaba, caracterizándolas con rasgos típicos
tomados de la Zoología; al sabio profesor de Literatura don A. Sánchez Moguel,
archivo inagotable de dichos y anécdotas tocantes a personajes políticos y litera¬
rios, referidos con viveza y gracejo insuperables, y cuyo trato resultaba a veces
(1) Filé diputado provincial durante la República y gozó de gr.n predicamento ent;e los demócratas.
RECUERDOS DE MI VIDA
257
algo difícil por consecuencia de una vanidad vidriosa e irritable, impropia de ta¬
lento tan sólido y brillante; al célebre poeta Marcos Zapata, poco asiduo a la
mesa, y cuyas águdezas y oportunidades, amén del relato de sus aventuras de
bohemio, constitüian el deleite de la reunión; al doctor B. Escribano, el último de
los contertulios desaparecidos, sobrio y austero conversador, cuyas caldas ines¬
peradas desconcertaban a los más afluentes parlanchines, etc.
La peña del Suizo continúa hoy completamente renovada, aunque algo decaí¬
da, después de la muerte del inolvidable San Martín. Buenas cosas dijera de los
actuales contertulios, mucho§ de ellos catedráticos, si la discreción más eleraeii-
tal no me impusiera el silencio. Concretaréme a citar a don Joaquín Decref, a
Castro y Pulido, a Ambrosio Rodríguez, al doctor Isla, a Perico Valls, a Blas Ca¬
brera, a Odón de Buen, a F. Martí, a Antonio Vela, a J. Ramírez Ramos, a Clodo¬
miro Andrés, etc. (1)
Yo debo raücho a la . sabrosa tertulia del Suizo. Aparte ratos inolvidables de
esparcimiento y buen humor, en ella aprendí muchas cosas y me corregí de algu¬
nos defectos. Allí elevamos un poco el espíritu, exponiendo y discutiendo con
calor las doctrinas de filósofos antiguos y modernos, desde Platón y Epicuro a
Schopenhauer y Herbert-Spencer; y rendimos generación y entusiasmo hacia el
evolucionismo y sus pontífices, Darwin y Haeckel, y abominamos de la soberbia
satánica dé Nietzsche. En él terreno literario, nuestra mesa proclamó el natura¬
lismo contra el romanticismo, y al revés, según los oradorés de turno y el humor
del momento. En torno de ella, Pepe Botella y San Martín, los más filarmónicos
de la reunión, riñeron descomunales batallas en favor de Wagner, cuando en Es-
peña apenas había más wagneristas que el regocijado Peña y Goñi.
Burla burlando, también nuestra peña hizo un poco de política. Sin afiliarse
abiertamente a ningún partido turnante, la mesa del Suizo tuvo siempre espíritu
político, en el mejor sentido del vocablo. Ella comentó, acaso con pasión y vehe¬
mencia, pero inspirada siempre en el más acendrado patriotismo, todos los gran¬
des sucesos de la vida nacional; prorrumpió en gritos de indignación contra las
arbitrariedades e injusticias del caciquismo, y lloró con lágrimas de rabia las in¬
consciencias e insensateces que prepararon las ignominias de 1898. Allí, natural¬
mente, repercutió clamorosamente la literatura de la regeneración; se recogieron
firmas para el célebre manifiesto de Costa y encontró alientos para su noble cam¬
paña el malogrado apóstol de la europeización española. Persuadidos con el ^so¬
litario de Graus» de que la prosperidad patria ha de fundarse én la i-escuela y la
despensa», expusimos y contrastamos reiteradamente los métodos de la pedagogía
científica y las medidas políticas encaminadas a desterrar, o a limitar al menos, la
incultura de nuestras tierras y de nuestros cerebros. Allí, en fecha no muy lejana,
nos sobrecogió dé horror y de abominación, borrando las últimas reliquias del opti¬
mismo juvenil, la monstruosa guerra europea, que no fué, como se complacen en
propalar espíritus candorosos tocados de abogadismo incurable, el conflicto por
los mercados ni la pugna entre dos concepciones antitéticas del Estado, sino muy
principalmente el fruto amargo del orgullo nacional, el choque inevitable entre
oligarquías militares todopoderosas, desvanecidas por la soberbia y codiciosas de
gloria y de dominio. Allí, en suma, si a veces nos dejamos cautivar por el frívolo
placer de la divagación o de la chismografía, supimos también elevarnos a menu¬
do sobre las pequeñas miserias, de la vida, sentirnos cada vez más humanos y
(1) Esta tertulia ha desaparecido o se ha diseminado con la demolición del café Suizo (1920).
17
258
S. RAMÓN Y CAJAL
más patriotas, y avanzar algunos pasos pojr senderos de paz y de amor hacia lu¬
minosos ideales...
Hora es ya de terminar esta larga digresión (que acaso habrá aliviado al lector
de la fastidiosa pero obligada narración de mis iniciativas cientificas de Barcelo¬
na) y de señalar brevemente la labor de laboratorio efectuada en la Corte durante
los años 1892 y 1893.
¿Qué temas científicos me solicitaron? Fueron, entre otros menos apremiantes,
la estructura de la retina de los peces y aves, singularmente de la fósela central; la
organización del Asta de Ammon y corteza occipital del cerebro, y, en fin, la dispo¬
sición áeXgran simpático viscerdl. Cediendo a un hábito inveterado en mí, tales ma¬
terias fueron investigadas casi simultáneamente. En general, semejante promiscui¬
dad es poc® recomendable. Sin embargo, en las ciencias naturales resulta, en oca¬
siones, útil concentrar alternativamente la atención en dos o más campos de
estudio: se aprovecha mejor el material de trabajo y rinden los métodos más
rica cosecha. Aunque parezca paradójico, dos o tres temas de estudio cansan me¬
nos que uno solo. Teclear insistentemente la misma cuerda, acaba por ser dolo¬
roso. Además, durante la fiebre sagrada, cuando se siente uno en vena de pro¬
ducir, conviene forzar la suerte, acaparandOj a ser posible, todos los billetes de la
lotería.
No tema el lector una exposición circunstanciada de mis trabajos de 1892
' y 1893 sobre las citadas materias. Concretaréme a citar solamente las adquisicio¬
nes científicas más salientes.
1. Comencemos por la retina. Según recordará el lector, mis exploraciones en
tan cautivador dominio comenzaron en Barcelona. Mas deseaba yo completar y
consolidar mis hallazgos anteriores, abarcando con mis observaciones toda la se¬
rie de los vertebrados; anhelaba, sobre todo, atacar el problema estructural de la
/ovea cenfraZ/s, paraje retiniano de la máxima sensibilidad al color y de la suma
acuidad visual. Por fortuna, en Madrid no faltaba abundante material de trabajo.
Al efecto, entablé tratos con un alimañero profesional, que me proveyó de cule¬
bras, lagartos, mochuelos, cornejas, lechuzas, gallipatos, salamandras, percas, tru^
chas, etc., vivos. Y un buen amigo de Cádiz tuvo la amabilidad de enviarme va¬
rios ejemplares del interesantísimo camaleón, la joya de los reptiles, habitador
constante de las dunas gaditanas. Con este copioso material mi cartapacio llenó¬
se de dibujos interesantes, y mis notas rebosaron de pormenores descriptivos.
Tan rica mies movióme a adelantar una comunicación sobre la retina de los peces,
que se publicó, gracias a la bondad del sabio D. Ignacio Bolívar, en los Anales de
la Sociedad de Historia Natural (1), y a redactar ulteriormente voluminosa mo¬
nografía, aparecida en La Celulla (2), reputada revista biológica belga, ya citada
en otro lugar. Esta última Memoria, una de las más importantes brotadas de mi
pluma, resultó voluminoso libro que mereció, años después, los honores de una
traducción alemana (3).
Cumpliendo mi promesa de evitar prolijidades, sólo citaré, de entre los hechos
nuevos contenidos en la citada obra, aquellos que hoy, leyendo en frío y teniendo
presente la copiosa bibliografía aparecida después, halagan más agradablemente
mi vanidad de hombre de laboratorio.
(1) Cajal; La retina de los teleósteos y algunas observaciones sobre la de los vertebrados inferiores.
Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, tomo II, junio de 1892.
(2) Cajal: La Réline des vertébrés. La Cellula, tomo IX, 1892.
(3) Cajal: Die Retina der Wirbelthieren. Traducción alemana del Dr. R. Greef. Wiesbaden, 1894.
RECUERDOS DE MI VIDA
259
a) Confirmación en la serie de los vertebrados, y muy singularmente en los
ipeces, cuyo modo de visión aseméjase mucho a la de los mamíferos, de aquellos
<dos tipos de células bipolares hallados un año antes en la membrana visual de los
mamíferos, esto es: la célula colosal de ramaje exterior articulado con los basto-
mes, y la célula pequeña de dendritas discretas conexionadas con los conos. En la
figura 39, que copia una sección de la retina de los peces teleósteos, destacan cla¬
ramente ambos tipos de bipolares. En ella aparecen también otros hallazgos me¬
nos importantes. Ejemplo: el de un tipo celular especial de la capa de los granos
internos (1) y el del axon de diversas clases de células horizontales (a, G, H).
by Desentrañamiento de la estructura de la f oseta central de la retina de los
reptiles y aves. Semejante estructura, poco conocida hasta entonces a causa del
limitado poder revelador de los preparados comunes (cortes teñidos de hematoxi-
lina, soluciones de anilinas, etc.), surge clarísima en los cortes bien impregnados
por los métodos de Golgi y Ehrlich, a condición, naturalmente, de utilizar, en vez
del mono o el hombre (únicos mamíferos dotados de fosetá), los pájaros y aves de
rapiña (jilguero, golondrina, cuervo, halcón, etc.) o el camaleón, animales donde
los citados recursos analíticos muéstranse, por fortuna, singularmente propicios.
Esta estructura especial aparece reproducida esquemáticamente en la figura 40,
F. Aparte la delgadez e inclinación notables de su expansión central (disposición
de antiguo conocida), nótese cómo cada píe de estos corpúsculos visuales contrae
articulación individual con un solo minúsculo penacho ascendente de célula bipo¬
lar (b). Tan exquisita, máeptndeacia áe los cauces visuales mantiénese también
en la zona plexiforme interna, donde se advierte que cada arborización inferior del
bipolar de cono entra exclusivamente en contacto con el doble ramaje de un cor¬
púsculo gangliónico (tercera neurona visual) (C). Para facilitar la comparación, a
la izquierda de la misma figura reproducimos los cauces visuales de las regiones
periféricas de la retina. Obsérvese cómo en esta región las articulaciones de los
conos con las bipolares no son individuales, sino colectivas y bastante difusas y
extensas (c); lo que explica perfectamente la indistinción y vaguedad de las imá¬
genes recogidas por dicho territorio retiniano. A mayor abündamiento, cada gan-
glionar (C-) recoge las impresiones transmitidas por varias bipolares (/). Si, por
ventura, las tres empalizadas neuronales de la/ovcnhubiéranse organizado según
este plan, habríanse frustrado enteramente los beneficios de la longitud y finura
de los conos' condiciones anatómicas decisivas, según es notorio, del exquisito
poder diferenciador de la f oseta. He aquí una nueva demostración de que la natu-
iraleza procede siempre en sus creaciones con arreglo a la economía más estricta
_y a la más severa lógica.
c) Confirmación en la retina embrionaria de la evolución de los neuroblastos,
señalada por His, nosotros y v. Lenhossek en la médula espinal, y exposición de
funa hipótesis encaminada a explicar, o al menos a hacer imaginable, el estableci-
niiento en el adulto de conexiones interneuronales específicas. De esta concep¬
ción, llamada teoría quimiotáctica o nenro/rop/cn, trataré oportunamente. Consignaré
ahora solamente que, según la referida hipótesis, se asigna al cono de creci¬
miento del axon embrionario la misma propiedad amiboidea atribuida a los leuco¬
citos. A semejanza de estos elementos, que avanzan hacia los microbios orien¬
tándose en la dirección de las corrientes de difusión de las toxinas, el cono de
crecimiento, impresionado por ciertas substancias estimulantes derramadas en el
plasma intersticial, marcha también, crece y se orienta hacia los elementos pro¬
ductores de las mismas .(corpúsculos musculares, neuronas situadas en planos
distintos de los centros, etc.), acabando por establecer con ellos conexiones ínti¬
mas y estables. Admitida la diversidad y especificidad de las fuentes de materias
reclamos o quimiotácticas positivas, esclarécese no sólo el automatismo de la aso¬
ciación interneuronal y entre neuronas y elementos extranerviosos (por ejemplo,
con las ./zóras musculares), sino el hecho sorprendente de que semejantes alianzas
-dinámicas se establezcan sin errores, no dándose jamás el caso de que un cor¬
púsculo muscular, por ejemplo, carezca de terminación nerviosa adecuada ni de que
una arborización terminal axónica esté privada de conexión celular específica.
2. Otro de los temas en cuya elucidación puse toda mi afán, fué la es¬
tructura del a&ta de Ammon, el centro asociativo más antiguo del cerebro, el alma-
S. RAMÓN ,Y CAJAL.
cén de los recuerdos olfativos y de las reacciones motrices correspondientes- • ,
Ha dicho B. Croce «que toda obra cientifica es también una obra de arte», afir¬
mación afine del pensamiento, tantas veces repetido, de que «la naturaleza es la-
obra de un artista divino*. Y esta hermosura no toca solamente al orden intelec^
tual, a la exquisita adecuación entre los medios y los fines; en las ciencias natu¬
rales reviste a menudo formas plásticas admirables, según dejamos notado en ca--
pítulos anteriores. De donde resulta que, por pobre e incompleta que sea la visión
objetiva del científico, siempre conservará un reflejo de la belleza natural. Y aún
podría afirmarse que los elementos ilógicos y antiestéticos contenidos en la con¬
cepción científica de un fenómeno implican necesariamente error o incomprensión- ■
ideal del investigador.
Mas, dejando a un lado este linaje de consideraciones, recordaré que uno dé¬
los estímulos que me llevaron a escudriñar el asta de Ammony füsciadentata,i\xé
la elegante arquitectura ofrecida por las células y estratos de estos centros, reve¬
lada por el ilustre Golgi en su obra magistral (1). Adornan, en efecto, al asta de
Ammony cuerpo abollonado muchos rasgos de la sencilla belleza de la corteza
cerebelosa. Sus células piram idales, comparables a plantas de jardín— algo así.,
como seríes de jacintos— , alíneanse en setos vivos que dibujan curvas graciosas...
El examen de la figura 41 dará alguna idea de esta graciosa estratificación de las
neuronas ammónicas. Inútil es notar que, aprovechando el privilegio de primer'
ocupante, el célebre investigador de Pavía hubo de recoger los datos anatómicos --
más valiosos atinentes a la forma y disposición celulares de los mencionados drá¬
ganos nerviosos. Y la obra del maestro fué completada en algunos puntos por sus
discípulos Sala y Lugaro, así como por Scháffer, histólogo húngaro.
Sin embargo, quedaba aún mucho filón virgen para los trabajadores de refres^
co. Era, sobre todo, indispensable explorar los corpúsculos de axon corto, insufi--
cientemente estudiados por los susodichos sabios, y urgía además abordar el pro¬
blema de las conexiones ínter neuronales, estableciendo en lo posible las vias reco¬
rridas por los impulsos sensoriales o aferentes,. tarea interesante apenas desflora- -
da por los sabios de la escuela italiana.
Tales fueron los objetivos perseguidos por mí durante el año 1892, creo que .
con alguna fortuna. Los resultados obtenidos niotivaroñ la redacción de extensa
monografía, publicada primeramente en los Anales de la Sociedad Española de ■
Historia Natural (2). En el mismo año mi trabajo mereció la honra inestimable de
ser traducido al alemán por el ilustre Kólliker, para su reputada revista Zeitschrift '
f. wissensch. Zoologie (3).
Como hechos interesantes, fruto de propias pesquisas, mencionamos los si- •
guientes:
1 .«? Demostración de que el axon de los granos de la fascia dentata emite, du¬
rante todo su trayecto por la zona de las pirámides grandes, un sistema de rosá-
ceas o de excrecencias colaterales que se articulan con ciertos golfos y desigual-
dades características del tallo radial de las citadas células. En la figura 42 B raos-
tramos muy esquemáticamente (se ha prescindido de casi todos los elementos)
esta interesante conexión entre los granos y lus pirámides gigantes.
(1) C. Golgi: Sulla minuta anatomía degli organi centrali del sistema nervoso. Milano, 1886.
(2) S. Ramón y Cajal; Estructura del , asta de Ammon y. fascia dentata,. Anales de la Socieda.
pañola de Historia Natural, lomo
(3) Esta traducción lleva por título: «Beitráge zur feineren Auatomie der Grossen Hinrns. I. Ueber
diefeinere Struktur des Ammonshornes. Zeitsclvriftf. wissenscT},. Zoologie. B.d. LVI, 1893. Más ade ¡ant e
e histólogo de Wazsburgq confirmó en trabaj-o pspecial-casi todos nuestros hallazgos.
RECUERDOS DE MI VIDA
261
7° Hallazgo por debajo de la zona de los granos (fascia dentafa) de varios
•^lipos de corpúsculos piramidales cuyo axon corto ascendente constituye, ramifi¬
cándose, elegantes y tupidas cestas envolventes del soma y tallos de los granos
í(véase la fig. 43, B, C, donde aparece también otro elemento, cuyo axon se ramifi¬
ca en el espesor de la capa molecular) (A).
3. “ Encuentro en el asta de Ammon (región superior del stratam oriens) de
multitud de neuronas de axon corto, cuyas ramas nerviosas generan también ni¬
dos complicados en torno del soma de las pirámides. En la figura 44, A, B, C, D,
mostramos las dos principales variedades de corpúsculos de esta clase.
4. ° Señalamiento por primera vez de las ramas colaterales de la substancia
blanca y de las fibras terminales llegadas del Alveus, o conductores arborizados
1 en las zonas plexiformes del asta de Ammon y fascia deníata (fig. 44, b).
5° Encuentro en el stratam radíatum de numerosas células de axon corto
vr(fig. 44, F G), asi como algunas pirámides dislocadas (fig. 44, H J).
6. ° Determinacióji de las variantes morfológicas que separan las pirámides de
4a región inferior de la constitutiva de la superior del asta de Ammon. Caracterí-
.:2anse estas últimas por exhibir tallo liso; mientras qué las primeras muéstranlo
erizado de excrecencias verrugosas para conexionarse con las rosáceas del axon
de los granos.
7. ° Descripción de la neuroglia de dichos órganos.
8. ° Análisis detallado de los plexos nerviosos de los mismos y, en fin, estudio
•estructural del subicalum, etc.
El citado folleto contiene, además, un estudio de la fina anatomía de la corteza
^esfenoidal del cerebro de los pequeños mamíferos.
3. Nuestra exploración acerca del gran simpático intestinal tuvo menos im¬
portancia (1). Encierra, sin embargo, bastantes hechos nuevos, entre ios cuales
..citaremos:
a) El hallazgo, en los ganglios de Meissner y Auerbach, de ciertas células es¬
trelladas de largas expansiones, las cuales ingresan en los haces del plexo de igual
mombre (confirmado por Dogiel, Lavilla y Kólliker).
b) Descubrimiento de una variedad especial de células estrelladas pequeñas,
yacentes en las mallas de dichos plexos y entre las capas de fibras musculares
>(eonfirmado por Dogiel, Lavilla y Kólliker) y caracterizadas por su carencia de
«cilindro-eje (fig. 45). Estos elementos fueron también demostrados en la rana por
el método de Ehrlich (2).
c) La presencia de colaterales nacidas de las fibras de paso de los ganglios
y terminadas por arborizaciones libres en torno de las células de éstos (confirma-
•do por Dogiel).
d) La existencia de corpúsculos nerviosos especiales entre las glándulas y en
.el espesor de las vellosidades, etc., etc. (fig. 46).
e) Análisis de las terminaciones nerviosas en las fibras lisas.
f) Impregnación de las glándulas intestinales y de las fibrillas nerviosas de
«las vellosidades, etc., etc.
En el año de 18S3 publicamos todavía otros trabajos de menor cuantía referen-
■tes a la corteza cerebral occipital de los pequeños mamíferos (3), y a los tumores
.malignos del; hígado (4). En fin, dimos ala estampa nuevas observaciones sóbrela
estructura de la médula espinal y gran simpático (5).
(1) Cajal: Los ganglios y plexos nerviosos del intestino de los mamiferos, etc., con 13 grabados, Ma-
«ririd, noviembre de 1893.
■ (2) Cajal: Nota sobre el plexo de Aaerbach de la rana. Barcelona, febrero de 1892.
(3) Cajal: Estructura de la corteza occipital de los pequeños mamíferos. Analés de la Sociedad Es-
,pañola de Histoña Natural, tomo II, 1893, con cuatro grabados.
Cajal: Adenoma primitivo del hígado. Revista de Ciencias Médicas de Barcelona, 10 de mayo
de 1893.
(5) Cajal: Pequeñas adiciones a nuestros trabajos sobre la médula y gran simpático general. Madrid
■noviembre de 1893. ’
CAPITULO XI
LA «SOCSEDAD REAL* DE LONDRES ME ENCARGA LA «CROpNlAN LECTURE».- MI CON-
FE;RENGÍA Ante DICHA SOCIEDAD.— BANQUETES oficiales Y OTROS AGASAJOS.
VISITA A LOS INSTITUTOS CIENTÍFICOS DE LONDRES Y JIRA A LAS UNIVERSIDADES
DE CAMBRIDGE Y OXFORD.— SE ME NOMBRA DOCIOR EN CIENCIAS, «HONORIB
CAUSA».— IMPRESIÓN PERSONAL ACERCA DE LA CIENCIA INGLESA Y LA ORGANI¬
ZACIÓN DE SUS CENTROS DOCENTES
Allá por febrero de 1894 llegó a mis manos una comunicación del Dn Fors-
ter, secretario de la Sociedad Real de Londres, invitándome, por acuerdo-
de tan ilustre Corporación, a pronunciar el discurso llamado , Crooniart
Lectare. Tratábase de una conferencia sobre asuntos biológicos, remunerada con
50 libras esterlinas, e instituida por cierto sabio inglés con la mira de traer a Lon¬
dres a un investigador nacional o extranjero, autor de algún descubrimiento seña¬
lado. Prácticas en todo, las Corporaciones científicas inglesas no se satisfacen
con estimular de lejos la investigación personal, adjudicando al conquistador de¬
una nueva verdad el diploma honorífico de rúbrica; desean, además, conocer al
autor, oir de sus labios la exposición de sus trabajos y, sobre todo, examinar y
comprobar de visa los métodos de indagación con ayuda de los cuales el hecho
nuevo fué descubierto. Respondiendo a finalidad tan hábilmente utilitaria, las
Academias inglesas han creado muchos premios, todas debidos a iniciativa par¬
ticular. ;
El acuerdo de la referida Sociedad Real cogióme de sorpresa. Estaba en reali¬
dad confundido y avergonzado por la lisonjera invitación, dudando entre aceptarla
de plano o declinarla cortésmente, temeroso, de no corresponder dé modo decoro¬
so a la honra que se me dispensaba. En disculpa de mis vacilaciones, importa, no¬
tar que la Real Sociedad de Londres constituye la Institución científica más impor¬
tante de la Gran Bretaña y acaso de todo el mundo. A ella han pertenecido los
sabios y pensadores más ilustres de Inglaterra. Para un profesor francés o alemán
merecer el título de Fellov de tan prestigiosa Institución, poder añadir en las tarje¬
tas las codiciadas iniciales E. R. S,, representa suprema aspiración, por muy pocos
satisfecha. Además, la Croonian Lecture había sido siempre encomendada a inves¬
tigadores de primera fuerza, entre los cuales recuerdo ahora al ilustre Kolliker (1) >
(1) Por carta del profesor de Vürzburgo, se me informaba amablemente del carácter de la ceremonia,
y se me aconsejaba imprimir a mi oración un giro esenciaimente fisiológico. El ilustre Kólliker había
dronuiiciado la Croonian Lecture en mayo de 1862; en ella disertó acerca de las “Terminaciones nervio¬
sas en los músculos".
RECUERDOS DE MI VIDA
263
y al admirable Retzius. En fin, para colmo de contrariedad, una de mis hijas cayó,
por aquellos días, enferma de bastante cuidado. Mi instinto paternal se inquie¬
taba, resistiéndose a abandonar a la paciente, no obstante los alentadores vatici¬
nios que, para tranquilizarme, hácía el Dr. Hernando, médico de cabecera y amigó
generoso de mi familia, según dejo dicho páginas atrás.
Las piadosas seguridades del compañero, la entereza de mi mujer, que me acon¬
sejaba aceptar a todo trance la invitación, una carta sumamente agradable de ■
M, Forster y otra no menos halagadora del profesor Ch. Sherrington, acabaron por
decidirme.: Este último reclamaba amablemente, a título de neturólogo, el derecho
de hospedarme en su casa. Actualmente mi huésped, jóven entonces, puede con¬
siderarse como el primer fisiólogo de Inglaterra.
Comencé, pues, en medio de mis inquietudes, a redactar en francés la Confe¬
rencia, pues no dominaba el inglés lo bastante para expresarme decorosamente
en este idioma; reuní después mis mejores preparaciones del cerebelo, médula es¬
pinal, retina, cerebro, bulbo olfatorio, etc., y previa licencia de mis superiores je¬
rárquicos, emprendí el viaje a Inglaterra. Al pasar por París, saludé cordialmente
a mi ilustre amigo Mr. Matías Duval y tuve el gusto de conocer personalmente a
mi traductor, el Dr. León Azoulay, quien, lleno de bondad, revisó y corrigió el du¬
doso francés de mis cuartillas. En fin, arribado a Londres, púseme a disposición
de la Sociedad Real,
Como me anunció ya el simpático Secretario de dicha Academia, la hospitali¬
dad que merecí de Ch. Sherrington y de su admirable compañera fué agradabilísi¬
ma y colmada .de atenciones y finezas. No fué menos benévola y cordial la acogida
dispensada al modesto investigador español por Mr. Forster y otros ilustres miem¬
bros de la consabida Sociedad, entre los cuales recuerdo a Mr. Scháfer, a M. Klein,
a Bourdon-Sanderson, a Horsley, a Mott y, en fin, al eximio Presidente Sir W.
Thomson .(Lord Kelviri), descubridor, según es notorio, de la telegrafía trasatlánti-r
ca, y uno de los sabios más campechanos, sencillos y modestos que he conocir
do. A la. verdad, la llaneza y cordialidad de trato de aquéllos sabios, los más
eminentes de Inglaterra; su total ausencia de empaque y de orgullo profesional;
la placidez y alegría de sus pláticas privadas, en contraste con la elevación y pro¬
fundidad de su obra científica, cautiváronme profundamente.
En su hidalga generosidad, Mr. Sherrington, a la sazón profesor de Fisiología
en una.de las Facultades de Medicina de Londres (creo que en el Bartholomew’s
Hospital), tuvo empeño, no solamente en agasajarme y guiarme al través de; la
formidable Babel inglesa, sino en prestarme eficaz y directo concurso en la prepa- )
ración de mi Conferencia. A este propósito, efectuó con los preparados, más de¬
mostrativos de mi colección soberbias microfotografias, destinadas a la proyec¬
ción, amén de proporcionarme todo lo necesario para dibujar en colores varios
esquemas de gran tamaño. -
Con tales elementos deniostrativos, la lección resultó, a despecho de ini emo,
ción, bastante clara y persuasiva. Si no falla mi memoria, fué pronunciada el 8 de
marzo, en el palacio llamado Bourlington House, casa social de la Sociedad Real.
Comprendió mi discurso lo más fundamental de mis pesquisas en orden a la mor¬
fología y conexión de las células nerviosas de la médula espinal, ganglios, cere¬
belo, retina, bulbo olfatorio, etc. Y para ponerme a tono con el auditorio, donde
predominaban fisiólogos y médicos, y satisfacer al mismo tiempo el gusto in¬
glés, que exige a cada cosa un valor práctico o doctrinal, terminé mi oración
desprendiendo de los hechos expuestos algunas interpretaciones fisiológicas y
S., RAMÓN Y CAJAL
2U
aun psicológicas más o menos verosímiles (1). De ellas trataré en otro lugar.
Mencionemos un detalle no exento de valor. Para no perder la ilación del dis¬
curso, cada oyente tenía en las manos, según costumbre inglesa, un resumen im¬
preso de lo más importante de aquél. Ni debo olvidar otra particularidad revela¬
dora de la exquisita cortesía anglo-sajona: sobre el estrado presidencial, ocupado
por Lord Kelvin y varias autoridades académicas, flameaban entrelazadas las ban¬
deras inglesa y española.
Terminado el acto, fui calurosamente felicitado. Entre los que estrecharon
efusivamente mi mano, reconocí con satisfacción al ministro de España, don Ci¬
priano del Mazo, acompañado de su Secretario, el simpático hijo de don Facundo
Riaño, agregado entonces de Embajada, y de algunos más representantes distin¬
guidos de la colonia española. Fué un día de -grata y noble emoción, de los que
perduran en la memoria asociados al dulce sentimiento de la patria.
Sucediéronse luego en serie ininterrumpida numerosos agasajos, donde se puso
de realce la afectuosa esplendidez de la hospitalidad anglo-sajona. Imposible fuera
recordar todas las invitaciones recibidas y los banquetes celebrados.
Mención particular merece, sin embargo, el banquete de la Sociedad Real, al
cual asistieron muchos invitados llegados de Cambridge y Oxford. A la hora del
champagne, brindóse calurosamente en honor de las ciencias inglesa y española,
y se hicieron votos por la confraternidad cordial e intelectual de ambas naciones.
Recuerdo todavía parte del elocuente discurso de Mr. Forster, orador agudo y
ocurrente, que decoraba sus ideas con esa fina sal del humour anglo-sajón,
casi desconocida entre nosotros. Dijo, entre otras cosas halagadoras para Es¬
paña y para mí, «que gracias a mis trabajos, el bosque impenetrable del sis¬
tema nervioso se había convertido en parque regular y deleitoso, y que mis
investigaciones habían establecido colaterales de conexión y placas motrices entre
las almas de España y de Inglaterra, antes apartadas por siglos de incomprensión
y desvío».
Más íntimo y menos solemne fué el banquete celebrado en casa del Dr. Paget,
donde tuve el gusto de conocer a los neurólogos y médicos más famosos de la ca¬
pital inglesa.
Recuerdo asimismo la deliciosa jira al cottage de mi amigo el Dr. Scháfer, pro¬
fesor de Fisiología e Histología de una de las Facultades médicas de Londres, En
esta quinta, rodeada de praderas y bosquecillos, que animaban el juego de los ni¬
ños y la voz autoritaria de las nurses, tuve la primera visión de la holgura, como¬
didad y elegancia del home inglés, así como del decoro con que en la opulenta
Albión viven los sabios y educan a sus hijos.
Ingrato fuera en este momento omitir la fiesta familiar y el espléndido banquete
celebrados en la Embajada española, con asistencia de lo más distinguido de la
colonia (figuraba entre los invitados el sabio y- venerable Gayángos). Llegada la
hora de los brindis, el anfitrión, don Cipriano del Mazo, después de encomiar hasta
la paradoja mis escasos merecimientos, entonó un cántico elocuentisimo a la cien¬
cia y filosofía hispanas. Sus vibrantes y sentidas palabras nos conmovieron a to-
(1) Esta conferencia fué publicada con el título de *La fine structore des centres nerveux» en Procce-
dingsoftheRoyalSociety,vo\.55, 18fi4. Contiene muchos grabados, copias de los esquemas utilizado s.
para la lección dada ante la Sociedad Real. La Prensa inglesa dió también cuenta de ella, publicando
extractos bastante precisos. El lector curioso podrá consultar, entre otras Revistas, Tht Ilusirated Lon
don Nenia de 7 de abril de 1894.
RECTTERDOS DE MI VIDA
265
dos, y a mí especialmente, que apenas tuve la serenidad suficiente para agrade¬
cer sus elogios (1).
Claro es que, terminados recepciones y banquetes, dediqué algunos días a ad¬
mirar las curiosidades y bellezas de la estupenda capital inglesa; sus suntuosos y
artísticos monumentos, el puerto y los muelles del Támesis, el Museo británico, la
Ciudad de CristalAos parques incomparables, etc. Ño sin viva emoción contemplé
en Westminster la estatua de Newton y el sepulcro de Darwin.
Excusado es decir que, aprovechando los buenos oficios de mi huésped, que
se desvivía por complacerme, giré también visitas instructivas a las principales
Instituciones docentes de la ciudad, entre otras, al King’s-College Hospital,
Bartholomew’s Hospital, el London Hospital, centros todos de enseñanza médica,
al Royal College of Surgeons, en fin, a la Royal Medical and Ckirurgical Society.
Sin embargo, k» que más atrajo mi atención fueron los laboratorios. En ellos tuve
la fortuna de presenciar experimentos fisiológicos de Ferrier, de Horsley y de
Mott, y de examinar las preparaciones histológicas de Schafer y de Sherrington.
A este propósito no holgará dar algunos detalles;
En los laboratorios ingleses estaba entonces muy en boga aplicar el método
de las degeneraciones secundarias, asociado a la llamada coloración de Marchi
(teñido de, las piezas nerviosas en ácido ósmico, etc.). Este proceder, que emplea¬
ban con la mira de precisar el origen y curso de las principales vías que asocian
el cerebro jr cerebelo con él bulbo y médula espinal, exige, según es sabido, como
condición previa, la ejecución de arriesgadas y difíciles vivisecciones en monos o
perros. Una de las practicadas por el profesor Ferrier en el macaco, impresionó¬
me profundamente, así por la maestría de la manipulación como por la brillantez
del resultado; tratábase de la extirpación total de ambos lóbulos occipitales del
cerebro. Gracias a la habilidad incomparable del operador y a las exquisitas asep¬
sia y hemostasia logradas, el animal sobrevivió a tan radical mutilación y fué po¬
sible explorar, en su día, las degeneraciones secundarias sobrevenidas. Verdad es
que los fisiólogos ingleses y particularmente Ferrier, el sabio eminente que com¬
parte con Hirtzig y Munk el descubrimiento de las localizaciones cerebrales, son
prodigiosos experimentadores.
Cuando un profesor extranjero de cierta notoriedad viaja por Inglaterra y se
pone al habla con sus sabios, es de rigor convidarle a visitar las prestigiosas e
históricas Universidades de Cambridge y Oxford, donde, según es notorio, se adoc¬
trinan la juventud intelectual y la aristocracia más linajuda de la raza anglo-sajona.
Y si el forastero distinguido ha sido designado además para la Croonian Lecture
o ha sido agraciado con alguna otra merced académica, entonces suele conferír¬
sele, en Oxford o en Cambridge, según los estudios del candidato, el grado de
doctor en Ciencias, honoris causa, ceremonia académica celebrada con gran
solemnidad y concurrencia de estudiantes.
Tal me ocurrió a mi. Ya desde los primeros días de mi estancia en Londres
recibí atentas misivas del Vice chancellar de la Universidad de Cambridge y del
infatigable secretario M. Forster (que pértenecía al Claustro de dicho Centro), re-
quiriéndome amablemente para que aceptase honor tan señalado.
(1) Entre otras frases, hiperbólicamente corteses, recuerdo ruboroso la siguiente: «En mis repetidos
viajes por el mundo, tres veces he sido vivamente impresionado; una, en presencia de las cataratas del
Niágara; otra, en Roma, contemplando el Coliseo, y otra, oyendo la conferencia de Cajal ante la Socie¬
dad Real" .
266
,S. RAMÓN Y.CAJAL
A este propósito, varios profesores, entre ellos el citado secretario de la Soc/e--
dad Real, me condujeron a la histórica ciudad del Cam, alojándome en un esplén¬
dido pabellón del King's College. Y después de descansar un día visitando y ad¬
mirando la preciosa capilla gótica del colegio, sus excelentes laboratorios, am^
plias aulas, riquísimas colecciones, extensos campos de juego dilatados por am¬
bas márgenes del río, etc., etc., llegó la hora de la solemne fiesta académica.
Celebróse, si mal no recuerdo, el 5 de marzo, días antes de mi conferencia de
la Sociedad Real, en el magnífico salón de actos del Senate House. Conocida la
devoción inglesa por la tradición, ocioso parece advertir que la ceremonia se des¬
arrolló con arreglo a los más rancios cánones. A ella asistieron el V. Canciller, las
autoridades locales y académicas, el claustro de doctores y muchos internos de
los colegios aristocráticos adscritos a la Universidad. Maestros y alumnos vistie-;
ren los tradicionales trajes de doctor, consistentes én una especie de toga u ho¬
palanda Toja y un birrete especial, en cuya- cúspide sobresale apéndice piramidal
de base cuadrada.
Rindiendo a su vez homenaje a la costumbre, el candidato, un poco azorado,,
vistió también la original indumentaria. Hubo música de Beethoven y discurso
latino del orator, a estilo medioeval(l). Acabada la oración de ritual, el vicecan¬
ciller, dirigiéndose al candidato, declaró que, atendiendo a sus merecimientos, la.
Universidad le otorgaba grado de doctor en Ciencias. Durante el acto hube de
estampar mi firma— con pluma de ave, para no romper ni aun en cosa nimia los
usos tradicionales— ten el gran libro de honor donde figuraban los nombres de
todos los graduados íZíí úo/zoram. Y, en fin, acabada la solemnidad académica, ce¬
lebróse un gran banquete en el King‘s College, seguido un día después de una
(1) He aquí la curiosa oración del orator oficial, que se repartió impresa durante la ceremonia.
Contiene algunos datos biográficos que hube de iacilitar yo mismo a este propósito.
Hodie iaudis genus novum libenter auspicati, Hispanae gentis civem nunc primum salutamus. Salu-
tamus virum de physioiogiae scientia optime meriturn, qui Ínter flumen Hiberum montesque Pyrenaeos
dúo et quadraginta abhinc anoos natus et iluminis eiusdem in ripa Caesaraugustae educatus, primum
ibidem, deinde Valentiae, deinceps Barcelonae muñere Académico iunctus, tot honorum spatio feliciter
decurso, nunc denique in urbe, quod gentis totius caput est, histologiae scientiam praeclare profitetur.
Fere decem abhinc anuos professoris munus Valentiae auspicatus, fore auguratus est, ut intra annoa
decem studiorum suorum in honorera etiam Ínter exteras gentes nomem suum notesceret. Non fefellit
augurium; etenim nuper etiam nostras ad oras a Societate Regia Londinensi honoris causa vocatus. mu--
neri oratorio, virorum insignium nominíbUs iarapridera ornato, in hunc annum destinatus est. Omitió
opera eius maiora de histología et de anatomía conscrita; praetereo etiam opuscula eiusdem quadraginta
intra lustra duoin lucem missa, haecenim omnia ad ipsascientiaepenetralia pertinent. Quid vero djca ni
de artificio pulcherrimo quo primum auri, deinde argenti ope, incorpore humano fiia quaedam tenuissi-
ma sensibu? moribusque ministrantia per ambages suas inextricabiles aiiquatenus explorari poterant?
In artificio illo argenti usum, ínter Italos ólim inventum, Ínter Hispanos ab hoc viro in melius mutatum
et ad.exitum felicioremperductum esseéonstat. Si poeta quídam Romanos regione in eadem peni tus, sí
Valerius Martialis inquam, qui expertus didicit fere nihil in vita sine argento posseperfici. hodie.ipse-
adesset, procul dubio popularem, suum verbis suis paululum muta'tis non síne superbia apellaret:— ‘
“Vir Celtiberis non tacende geht'ibus
Nostra.équeTaiis Hispaniae,.;
Te ?iosír¿ JíibeKrtpa gloriabitur, ,
Nec me tacebit Biibiiis» (*),
Duco ad vos virum et in Híspanla et ínter exteras gentes iaudem meritu adeptum, histoiogiae pro-
fessorem insignem, Santiago Ramón Y C AJAL.
(•) Martial, i49,l-2;61, 11— 12.
RECUERDOS DE MI VIDA
267
comida íntima y familiar en el precioso hotel que extramuros de la villa poseía el
doctor Foster. ,
De mi visita a Oxford, la admirable ciudad gótica, inestimable Joya medioeval^
donde cada casa es un relicario histórico y cada colegio compite en riqueza y
grandiosidad con una mansión real, sólo diré que, ante tantas maravillas, estaba
como embelesado. ¡Qué bibliotecas, qué museos, qué capillas góticas, qué ampli¬
tud, riqueza y comodidad en las habitaciones destinadas ,a los colegiales! En pa¬
rangón del King’s College, filigrana del renacimiento, del Ballol College, del Cor¬
pus Chisti College y áelMagdalien College, exquisitos modelos del estilo gótico,,,
o del grandioso Johrís College, mtáio oculto entre cortinas de hiedra, etc., el mejor
de nuestros edificios docentes oficiales semeja destartalado y sórdido caserón,
Huelga expresar que fui muy festejado por los profesores, y singularmente por el
sabio Bourdon-Sanderson. Acerca de este maestro, me es grato expresar que tan
encantado quedé de la actividad y sabia organización de su laboratorio de Fisio¬
logía como de sus talentos y demás prendas personales.
Paraovitar enfadosas prolijidades, omito la narración de otras muchas cosas
que, tanto en Oxford como en Cambridge, excitaron mi admiración o despertaron,
mí interés. Mencionaré no más dos fiestas de carácter docente, de que guarde
grato, recuerdo. .
Como obsequio a los profesores de Fisiología forasteros congregados en Cam¬
bridge, con ocasión de la citada solemnidad, el sabio Langley, que ha ilustrado su
nombre con importantes descubrimientos relativos a la actividad del gran simpá¬
tico, invitónos a presenciar uno de sus favoritos experimentos. Tratábase de un
gato envenenado con nicotina, en el cual, con insuperable habilidad, había dicho
profesor puesto al descubierto casi todos los ganglios de la cadena simpática de
un lado. Estos ganglios, rio obstante su pequeñez, mostrábanse clarísimos, lim¬
pios de sangre y libres de las visceras torácicas y abdominales, que habían sido
pulcramente, y sin daño de su integridad, apartadas lateralmente y sujetas con
pinzas y cordones asépticos. El cómo, después de tan formidable traumatismo,
iatía todavía el corazón y se conservaban casi íntegras todas las funciones vitales
del animal, constituye para mí misterio impenetrable. Aplicó a seguida la excita¬
ción farádica a los ganglios (lo que equivale prácticamente a estimular aislada¬
mente las fibras simpáticas, porque la cocaína paraliza el cuerpo de las células
nerviosas), y la contracción de los músculos lisos de los pelos {arrectores pili) des¬
arrollada en fajas cutáneas o anillos regulares y sucesivos, demostró elegante¬
mente, no sólo que nada ganglio inerva un área, especial periférica, sino que esta
zona cutánea tiene significación metaraérica, a semejanza de las áreas de distri¬
bución de los ganglios sensitivos.
A la otra fiesta, igualmente instructiva, aunque de índole mundana y social,
asistí por feliz casualidad. Acertó por aquellos días a celebrarse en Cambridge lo
que allí se llama una conversación cientifica, especie de tertulia interuniversitaria,
destinada a la exposición popular de los descubrimientos efectuados por los pro¬
fesores ingleses y a promover entre ellos ese espíritu de solidaridad intelectual
que tanto se echa de menos entre los investigadores de las naciones latinas. A
este propósito, congregáronse en un gran salón del King's College profesores lle¬
gados de todos los centros científicos del Reino Unido, acompañados de sus fa¬
milias y de numerosos invitados. Antes de la sesión, cada investigador dispuso
en una mesa el instrumental necesario para sus demostraciones. Los histólogos
y embriólogos aportaron sus preparaciones microscópicas; los físicos, sus recien-
:263
S. RAMÓN Y CAJAL
tes invenciones cientifícas; los químicos, muestras de las substancias descubier^
tas y esquemas del mecanismo de su producción; los bacteriólogos, cultivos de
las nuevas especies microbianas y preparaciones de los gérmenes patógenos; los
astrónomos, dibujos y fotografías— singularmente espectrales— de los astros, etc.
De esta suerte, los sabios, además de conocerse personalmente, participan de las
inquietudes espirituales de sus colegas y ayúdanse recíprocamente en la resolu¬
ción de los problemas de actualidad. Y además el público lego, así como a los
alumnos, reciben el inestimable beneficio de una ciencia fresca, viva, variada y
doblemente sugerente, por llevar' consigo el incentivo de la novedad y ser declara¬
da por la palabra autorizada, cálida y entusiasta de su creador. Añadamos toda¬
vía que, terminadas las demostraciones científicas, hízose un poco de música,
acabando la sesión a beneficio de la gente moza, que se entregó a las delicias del
baile.
Aunque el tema es harto conocido y sobre él se han escrito muchos y buenos
libros, quisiera decir algo acerca de las Instituciones universitarias inglesas y de
sus frutos docentes. A la verdad, un mes de estudios apresurados.y superficiales,
durante cuyo iiempo vime obligado, por imperio de las circunstancias, a poner
más atención en la exposición de trabajos propios que en la apreciación de la obra
ajena, no me permiten formular un juicio firme y documentado. Me limitaré a
mera impresión personal, basada parte en lo que vi y parte en las manifestacio¬
nes de profesores conocedores del problema de la enseñanza superior.
Mi opinión podría sintetizarse en esta frase: en Inglaterra las Instituciones do¬
centes hállanse admirablemente organizadas para fabricar hombres, pero no para
iorjar sabios. Y, sin embargo, el sabio abunda y alcanza a menudo las más altas
ciihas de la originalidad genial. Pero en dicha nación, los científicos y pensadores
más eminentes deben p«'CO a la Universidad: son temperamentos privilegiados que
se abren camino, a pesar de la deficiente e incompleta organización de los Centros
docentes. Porque el investigador no representa allí, como en Alemania, el pro¬
ducto directo de la Escuela, sino el fruto indirecto del cultivo de la personalidad y
del robustecimiento de todas las energías del espíritu. Con algunas restricciones,
cabria afirmar que en el país teutón la organización docente suple al hombre,
mientras que en Inglaterra el hombre suple a la organización. Falta saber si, tra¬
tándose de una raza tan admirablemente dotada como la inglesa, no rendiría aún
mejores frutos el método alemán de instruir mucho educando poco, que el método
anglo-sajón de educar mucho y de instruir sobriamente. Acaso está el ideal, como
muchos piensan, en un perfecto equilibrio entre ambos criterios pedagógicos.
Que las Universidades y Colegios mayores ingleses, con su carácter de Insti¬
tuciones privadas, su plena libertad de programas, su potestad de escoger maes¬
tros hasta entre los desprovistos de título profesional, y su estrecha sujeción a las
demandas esencialmente utilitarias déla clientela, etc., dejan algo que desear én
punto a la función de formar investigadores, confiésanlo paladinamente los mis¬
mos maestros ingleses, muchos de los cuales debieron refinar su formción téc¬
nica y su instrucción teórica en las más rensmbradas Escuelas oficiales alemanas.
.Algunos de ellos hiciéronme notar chocantes deficiencias. En efecto, al hojear los
programas de estudios de algunas Facultades médicas, noté con sorpresa que en
la mayoría de ellas toda la labor docente se inspira en el practicismo y el profesio¬
nalismo, hasta el punto de que importantes disciplinas teóricas incluidas en el
-tplan de estudios de las Universidades francesas, alemanas, italianas y hasta espa¬
ñolas, faltan por completo o se les consagra insignificante atención. A esta causa
RECUERDOS DE MI VIDA
lay que atribuir la escasez relativa de histólogos, anatomo-patólogos, embriólo¬
gos y bacteriólogos de Inglaterra por comparación con Alemania o Francia. Seme¬
jante estado de cosas tiende, sin embargo, a desaparecer. Nos consta que, duran¬
te los liltimos años, se han colmado muchas lagunas en los cuadros de enseñanza,,
muy particularmente en la organización de las Universidades de tipo moderno,
creadas en Londres, Liverpool, Manchester, etc., costeadas casi enteramente por
el Estado e inspeccionadas directamente por él. En estas novísimas escuelas, sin
descuidar la adaptación al mejor rendimiento profesional, se ha concedido ya a la
ciencia pura o teórica — que en el fondo es la más. exquisitamente práctica de to¬
das, ya que encierra los gérmenes de toda futura aplicación a los fines de la
vida— el debido desarrollo, a imitación de los programas de los Centros doeentes-
similares de Alemania.
Terminada la misión que me condujo a las islas británicas y satisfecha mi cu--
riosidad científica y artística, dispuse el viaje de regreso, no sin reiterar antes a
mis generosos huéspedes el Dr. Sherrington, al Dr. Forster y a otros profesores
que me colmaron de atenciones, la ofrenda de mi cordial gratitud.
¡Qué desencanto al llegar a nuestro Madrid, donde, por incomprensible con¬
traste, se ofrecen la máxima cultura española con los peores edificios docentes L
Habituada la retina a la imagen de tantos esplendores y grandezas, causábame
de tristeza pensar en nuestra ruin y antiartística Universidad, en el vetusto y anti¬
higiénico Colegio de San Carlos, en las lobregueces peligrosas del Hospital Clíni¬
co, en el liliputiense Jardín Botánico del Paseo de Trajineros y en el Museo de
Historia Natural, siempre errante y fugitivo ante el desahucio de la Adminstración.^
. Impresionóme también penosamente el ver a nuestros estudiantes aislados, sin
espíritu corporativo, desperdigados en ruines, insalubles y sórdidas casas de hués¬
pedes, y entregados a una libertad muy parecida al abandono; y a los profesores -
mismos, encastillados en sus Cátedras como lechuzas en campanario, desconocién¬
dose entre sí y ajenos par completo a los nobles anhelos de una colaboración orgá¬
nica, como si no formaran parte de un mismo cuerpo ni conspiraran al mismo fin!..„-
Al pisar el umbral’ de mi casa, latíame tumultuosamente el corazón. Por ínci- ,
dentes imprevistos, no pude avisar mi llegada.^ ¿Cómo encontraría a mi hija? EL
optimismo de las cartas maternas, ¿no sería quizá piadoso ardid encaminado a
animarme y. confortarme ante mi arriesgada misión?... Por fortuna, los vaticinios de -
Hernando se habían confirmado. Aunque muy débil y quebrantada, la enferma en¬
traba ya en franca convalecencia.
Cuando al siguiente día, rodeado de la alegría y bullicio de los niños, desem-:
balé los regalos comprados en Londres, advertí con sorpresa que se me habían '
adelantado en el obsequio: La señora de don Facundo Riaño, la hija del sabio ara--
bista P. Gayangos, con una delicadeza de sentimientos que nunca olvidaré, había, .
durante la ausencia del padre, consolado a los pequeños obsequiándoles con pre¬
ciosos juguetes. También prodigó a mi esposa— fatigada y doliente por un mes de
insomnios— atenciones y solicitudes inestimables. ¡Bienhaya aquella santa mujer,.,
hija y esposa de sabios, cuyas virtudes le granjearon la. estima y veneración de
cuantos tuvieron la dicha. de tratarla!... .
CAPITULO XII
MIS TRABAJOS DURANTE LOS AÑOS 1894, 1895 Y 1896.^D1SP0SICI0NES NUEVAS OB¬
SERVADAS EN LA ESTRUCTURA DEL «BULBO RAQUÍDEO, PROTUBERANCIA, TÁLAMO
ÓPTICO, CUERPO ESTRIADO, GLÁNDULA PINEAL, CUERPO PITUITARIO, RETINA,
GANGLIOS», ETC— algunas OBSERVACIONES SOBRE LA TEXTURA DEL «PROTO-
PLASMA y NÚCLEO».— para ELIMINAR POSIBLES OBJECIONES, CONSIGO COMPRO¬
BAR, CON EL MÉTODO. DE EHRLICH, AL AZUL DE METILENO, LOS HECHOS MÁS IM¬
PORTANTES RECOGIDOS CON AYUDA DEL CROMATO DE PLATA.
Temo fatigar y aun mortificar al lector con la relación de mis investigacio¬
nes durante el trienio de 1894, 1895 y 1896. Y, sin embargo, algo he de
decir de ellas, aunque sea muy lacónicamente, a menos de ser infiel al plan
expositivo que vengo siguiendo .
Hasta aquí fué tarea fácil, mediante descripciones simplificadas y figuras es-
efuemáticas, dar al lector idea de mis hallazgos anatómicos más culminantes. A
«ello se prestaba la regularidad arquitectónica y relativa sencillez de los órganos
estudiados. Mas ahora trátase de pesquisas efectuadas en centros nerviosos de
textura singularmente intrincada, tales como; el bulbo raquídeo, la protuberancia,
el tálamo óptico, los tubérculos cuadrigéminos, etc., órganos mirados con razón por
el estudiante y aun por el maestro como los laberintos de la Neurología. En seme¬
jante materia se impone, para no perderse en un dédalo de senderos entrecruzados,
consultar muy de antemano, y con grandísima atención, esas cartas topográ¬
ficas basadas en la comparación de series regulares de cortes transversales, tra¬
zadas por la paciencia de Meynert, Schviralbe, Obersteiner, Flechsig, Cramer,
Edinger, van Gehuchten y otros muchos. Mas, por razones fácilmente presumi¬
bles, me es imposible ahora reproducir estos guías autorizados sin desnaturalizar
completamente la índole de este librito. No abusaré, pues, de la paciencia del lec¬
tor, ajeno o poco aficionado a los estudios neurológicos, y me limitaré a dar una
lista bibliográfica, con la escueta enumeración de los hallazgos más interesantes.
Algnnas figuras suplirán en lo posible el árido laconismo del texto.
' La principal exploración verificada durante el mencionado trienio tuvo por ob¬
jeto el conocimiento del bulbo raquídeo, el laberinto tedioso a que antes aludía. Sin
eríibargo, no hay paramera, por adusta que sea, que no ofrezca al botánico alguna
flor modesta^ pero de exquisita fragancia. Con la esperanza de hallarla me aven¬
turó ett este difícil dominio, no sin escudriñarlo antes, macroscópicamente, en se¬
ries regulares de secciones microtómicas, efectuadas en el hombre, perro, gato
conejo, ratón. Y, como de ordinario, demandé también al método de Golgi, apli-
RECUERDOS DE MI VIDA
271
-€ado en los embriones y animales jóvenes, sus valiosísimas y terminantes revela¬
ciones.-
Como resultado general, las citadas pesquisas aportaron la prueba de que, en
bulbo, protuberancia, tálamo, etc., imperan también, tanto la ley anatómica del
contacto entre somas y arborizaciones nérviosas, como la ley fisiológica de la po¬
larización dinámica. A semejanza de la médula espinal, las raíces sensitivas o afe¬
rentes de los nervios craneales trigémino, vestibular, acústico, etc, ofrecen la clási¬
ca bifurcación en rama ascendente y descendente (salvo las raíces sensitivas del
_glosofaringeo y pneumogástrico, que sólo poseen rama descesdente); y asimismo
contraen, a favor de ramas colaterales y terminales, íntima conexión con el soma y
dendritas de las neuronas motrices (focos átl facial, motor del trigémino, de los mo¬
tores oculares, etc.), constituyendo el cauce automático de los movimientos reflejos.
De igual manera, descúbrense en el bulbo y protuberancia numerosas células
de asociación (fascículo longitudinal posterior, fibras de la substancia reticu¬
lar, etc.).
El conocido adagio filosófico «todo es uno y lo mismo» aplícase singularmente
al plan estructural de los centros nerviosos. Inspirada en móviles exquisitamente
económicos, la naturaleza gusta repetirse. Gracias a estas providenciales ruti¬
nas de la vida, es posible la ciencia. Reconfórtase el espíritu lógico, ansioso de
■sencillez y de unidad, al reconocer que el principio organizador adopta los mis¬
mos medios para iguales fines. «Unidad de plan con infinita variedad de formas»
parece ser la enseña de la vida. Al modo del arquitecto, ajústase en las línea3 ge¬
nerales a un cierto estilo, pero reservándose el derecho de variar hasta la proli-
gidad los motivos ornamentales. A causa de esta inagotable variedad de recursos?
evítase la monotonía y el cansancio en la obra del investigador. Porque precisa¬
mente, esas inesperadas e ingeniosas adaptaciones con que la naturaleza modi¬
fica sus creaciones en cada caso particular, sin violar las normas esenciales, es lo
que alimenta la curiosidad y mantiene vivo el fuego sagrado del hombre de Labo¬
ratorio.
Por desgracia, yo llegaba al filón un poco tarde para alcanzar grandes sorpre¬
sas y descubrimientos de primera fuerza. Edinger, van Gehuchten, y particular¬
mente Kolliker y Held, se me habían adelantado en la aplicación afortunada del
método de Golgi al análisis estructural de los focos bulbares y protuberanciales, ,
Debía, por tanto, espigar en campo segado. Algo, empero, pude recolectar: fué
■tarea paciente y modesta de perfeccionamientos, de ampliaciones, de cominerías
descriptivas, harto más trabajosa que brillante. Relatemos brevemente algunas
•de mis principales aportaciones.
Comenzaré por recordar la publicación de una extensa monografía (1) inserta
en los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural. En ella se tocan di¬
versos temas neurológicos: estructura del puente de Varolio, de la hipófisis, del
■cuerpo estriado, de los focos acústicos, etc.
He aquí una lista de los datos más salientes:
Con relación al puente de Varolio &).—a) La demostración de que las células
de la protuberancia envían su axon a los pedúnculos cerebelosos medios (figu¬
ra 47, b, c), (Confirmado por Pusateri y van Gehuchten).
(1) Cajal; Algunas contribuciones al conocimiento de los ganglios del encélalo. .ána/<ís de la So-
.oiedad Española de lligtoria Natural, tomo XXIII, 1894. Con 12 grabados’
(2) Una traducción con algunas adiciones, de la parte de este folleto correspondiente al cuerpo es¬
triado, publicóse en la Bibliographie anatomique, núm. 6, 1894, con el titulo de Le Pont de Varóle.
272
S. RAMÓN Y GAJAL
b) El hallazgo de las colaterales poníales de la via piramidal, importante via
de unión de la corteza cerebral con el cerebelo (vía cortico-ponto-cerebelosa) figu¬
ra 48, a e). Confirmado por Pusateri y otros sabios. . . j
Con relación a la hipófisis.— a) Demostración en el espesor de la hipófisis de
un plexo nervioso tupido y delicadísimo, continuado con tubos llegados con el
pedículo de este órgano (fig. 47, P). . x
b) Hallazgo de terminaciones nerviosas intercelulares en el revesumient»
epitelial de la cavidad del órgano. (Confirmado y ampliado por diversos autores,
singularmente por Tello) (fig. 47, /, E).
Con relación al origen del nervio acústico en las aves.— Encuentro de numero¬
sos detalles de estructura de los focos acústicos de las aves, observación de la.
bifurcación final del nervio coclear y de ciertas notables arborizaciones ofrecidas
por éste en el tubérculo acústico y ganglios vecinos.'
Con relación al cuerpo estriado.- a) Descubrimiento en este ganglio de célu¬
las de axon largo descerídénte y penetrante en el pedúnculo cerebral (fig. 49, A).
b) Hallazgo de arborizaciones libres emanadas de tubos ascendentes (figu¬
ra 49, C). ...
c) Descripción detallada de los dos tipos celulares que forman los focos gri¬
ses de dicho cuerpo, es decir, neuronas de axon largo y neuronas de axon cor¬
to (fig. 49, B). Este trabajo vino a comprobar en los mamíferos algunas ideas de
Edinger sobre la constitución del Stamganglion de los vertebrados inferiores y
acerca del modo de origen de la vía cerebral fundamental o descendente. ■
Versó ¡otra de nuestras investigaciones de 1894 sobre una región especial
del tálamo óptico, áesi^Siáo ganglio de /a Aaúa/zü/a (l), -centro del que, por lo
que toca a los mamíferos, apenas si se tenían más que datos groseros de
anatomía macroscópica. Yo lo, exploré en el ratón, conejo, gato, etc., con ayuda
de los métodos de Weigert, Nissl y Golgi. Además de confirmar en los mamíferos,
álgunos datos importantes obtenidos por van Gehuchten en el ganglio de la ha’
bénula de los peces, Contie:ne dicho trabajo:
a) La prueba histológica de la existencia en dicho ganglio de dos focos ner¬
viosos bien deslindados: el interno y el externo (fig. 50, A, B).
b) El descubrimiento de la especial morfología de las neuronas integrantes dé¬
los focos habenulares (A) y de la incorporación de sus finísimos axones a la vía
nerviosa designada /asc/cu/o Pe, Meynerí.
c) Encuentro en el foco interno de ciertos nidos o arborizaciones pericelula-
res sumamente tupidas, producidas por el ramaje final de los axones llegados dé¬
la Siria medullaris, vía importante perteneciente al sistema olfativo (fig. 51, c).
Más copioso todavía en pormenores descriptivos y hallazgos anatómicos, fué:
el estudio consagrado al bulbo raquídeo, cerebelo y origen de los nervios encefáli¬
cos (21, publicado en 1895, y que forma casi un íibro.
He aquí los resultados 'más valiosos:
a) Demostración de la existencia de la rama ascendente de bifurcación déla.
raiz sensitiva del trigémino con sus colaterales y terminales (fig. 53, A).
<í) Cajál;. Estructura del ganglio de la habénula de los mamíferos. Anales de la Sociedad Españo-^
la de Historia Natural, tomo XXIII, 1894. Con 4 grabados.
(2) Cajal: Apuntes para el estudio del bulbo raquídeo, cerebelo y origen de los nervios encefálicos.
Anales de la Sociedad Española de Historia Natural. Febrero de 1895. Con 31 grabados.
De este folleto'apareció una versión alemana del Dr. Bresster, con un prólogo del ilustre profesor
M. Mendel, de Berlín (Beitrage ziir Studium der Medulla oblongata, etc. Leipzig. Ambrosios Barth,
1896). La referida traducción encierra algunas descripciones nuevas tocantes al niicl.eo de Deüers (nidos-
pericelulares), foco ventral del acústico, terminaciones del coclear, etc.
JlECUiaiDOS DE MI VIDA
273
b) Determinación de la morfología de las células del foco terminal sensitivo
de este nervio, y de la posición de la via central engendrada por ellas.
c) Detalles nuevos relativos a la estructura áelfoco motor masticador. (Cola¬
terales motrices del foco descendente motor, etc.).
d) Descubrimiento de un pequeño haz nervioso descendente, nacido, mediante
colaterales, del pedúnculo cerebeloso superior (fig. 53, D).
e) Demostración de que el pedúnculo cerebeloso superior nace de las células
«de la oliva cerebelosa (fig. 53, O, C).
f) Descubrimiento de las arborizaciones terminales del nervio óptico en el tu¬
bérculo cuadrigémino anterior, así como de las colaterales descendentes de la-
fibras ópticas (fig. 52, A, Di.
g) Descripción de las terminaciones á^Xfasciculo de Meynert an el ganglio in-
terpeduncular y de las singulares células que en éste residen.
h) Prueba objetiva de que las fibras nacidas en la oliva bulbar marchan al- ce¬
rebelo, y revelación de que las arborizaciones terminales de dicha oliva emanan
<le colaterales del resto del cordon anterolateral.
i) Encuentro, en el dominio de las terminaciones del vago y gloso-faríngeo,
de un ganglio medio impar llamado comisural, a cuyo nivel se entrecruzan y en
parte se terminan las fibras del cordón solitario (fig. 54. A).
j) Descripción detallada de las colaterales sensitivas destinadas a los focos
de los nervios hipogloso, w.otor ocular externo, masticador, facial, etc. (fig. 54, /, g).
k) Señalamiento de la existencia, en el fascículo longitudinal pústeríar, de nu¬
merosas fibras ascendentes procedentes de los focos sensitivos del bulbo y sin-
.gularmente del núcleo térmihal del vestibular.
l) Descubrimiento de que las ramas ascendentes del nervio vestibular pene¬
tran en el cerebelo, constituyendo, verosímilmente, la vía porta cual las impresio¬
nes de los conductos semicirculares se propagan a dicho centro (fig. 53, g).
m) Estudio detallado de Iss células de los focos del vestibular y de las vías
•centrales en ellas nacidas.
n) Encuentro de dos focos acústicos nuevos en la región del puente ( focos
¡preolivares interno y externo), y detalles de la morfología de las células de los gan¬
glios terminales del coclear y de los asociados al cuerpo' trapezoide, etc.
fí) Descubrimiento, en el tátamo de los roedores y carnívoros, del origen de
los haces nerviosos designados por los diutores fascículo de la calata y cordón de
Vicq d’Azyr, los cuales no son sino ramas de bifurcación de un cordón compacto
brotado de las células nerviosas del cuerpo mamJlar interno. ^Confirmado inme¬
diatamente por Koliiker). Era entonces creencia general la total independeneia de
ambas vías (véase la fig. 53, B, C, V).
Con el designio de completar el precedente trabajo sobre el bulbo, dimos tam¬
bién a la estampa, años después (en 1897), otra comunicación, donde se registran
las siguientes adquisiciones complementarias:
a) La revelación, con el método de Golgi, de la morfología y colaterales ner¬
viosas de las células del foco medular del espinal, así como del enlace de estos
-elementos con las colaterales sensitivas.
b) La diferenciación de un foco especial del cordón lateral del bulbo, foco re¬
lacionado con colaterales de la vía cerebelosa ascendente.
c) Descripción detallada de la morfología de las células de los focos de Goll
y de Burdach.
d) Estudio del remate superior en el bulbo del fascículo reflejomotor de las
vaíces posteriores.
e) Detalles de las terminaciones sensitivas en los focos de Goll y de Burdach,
y demostración de que una parte del cordón de Burdach se hace profundo en el
bulbo, situándose longitudinalmente por delante de la substancia de Rolando.
f) Se describe un haz del vago-gloso-faríngeo que se asocia a las fibras bul-
iares longitudinales del 5.® par.
g) Se demuestra la existencia de uua porción cruzada del nervio vestibular.
ti) Se detalla la estructura del foco de Roller, etc., etc.
18
274
S. RAMÓN y CAJAL.
De otras comunicaciones aparecidas en 1895 sólo mencionaré el argumento:,
una versó sobre la estructura de los ganglios centrales del cerebelo (1) (oliva cere^
bélosa, ganglio del techo, etc.); otra, de carácter iconográfico, pero con bastantes
pormenores descriptivos nuevos, recayó sobre la médula espinal (2). Lo más inte¬
resante de este último trabajo fué la ejecución de grandes láminas en colores, co¬
pia de mis mejores preparaciones.
Durante el año 1896 mi actividad alcanzó otro máximo comparable al deb
año 90, corriendo febril por varios y divergentes cauces y desparramándose algu¬
na vez sobre temas anteriormente tratados. En uno de estos ritornellos ataqué.
con nuevos brios la retina, el más antiguo y pertinaz de mis amores de Laborato¬
rio. Fué la nueva contribución (3) de Índole polémica, enderezándose particular¬
mente a refutar las teorías de ciertos autores (jKallius,.Renaut y Dogiel) que prer
tendían resucitar, bajo formas especiales, la vieja y siempre retoñante teoría de
las redes interneurortaíes. Fiel a mi costumbre de no escribir artículos de pura-
controversia, acudí al palenque, armado, más que con los arreos de la dialéctica}
con observaciones nuevas dotadas de alguna fuerza persuasiva. Así, después de
probar que los rarísimos casos de fusión anastomctica entre dendritas, o entre¬
ramas nerviosas y dendritas, alegados por dichos sabios son meras apariencias
ópticas o productos artificiales de los reactivos, señalé nuevas y clarísimas dis¬
posiciones de contacto frecuentes en la retina de las aves..
He aquí algunas particularmente significativas: -
a) Descubrimiento en las aves de un tipo singular de espongioblasto (copC'
de los granos miarnos),, el cual, además de exhibir algunas dendritas cortas (véase^
la fig. 58, b), poseen cierto axon robusto, dirigido horizontaimente por la frontera
de la capa plexiforme interna para descomponerse en extensa y complicada arbo-
rización horizontal en contacto quizá con el tallo descendente de las células ama-
crinaSf Este singular elemento fué hautizaúo' espongioblasto de asociación,
b) Adición de nuevos detalles a nuestras ya antiguas observaciones sobre las
fibras centrifugas retinianas, con la prueba de que lo principal de las proyecciones
finales varicosas de tales conductores construye nido apretado dispuesto en tor¬
no del soma y groseras dendritas de los espongioblastos de asociación (véase la-
figura 56, d).
c) Exposición de nuevos hechos relativos a la evolución ontogénica de los
bastones, conos y demás elementos de la retina.
d) Descripción de un tipo original dé la célula nerviosa, hallado en la copa
de los granos internos de las aves, modalidad análoga a cierta variedad asterifor-
me referida ya con ocasión de la retina de los peces (fig. 68,/).
La estructura del protoplasma nervioso- y la organización del núcleo neuronal
fue también objeto de algunas exploraciones durante 1896. Estas cuestiones pal¬
pitaban entonces en todos los laboratorios. Averiguada exactamente la morfolo¬
gía general de la neurona, urgía escudriñar su textura, precisar la urdimbre de.
que brota y por donde circula el impulso nervioso. Nissl, Dogiel, Levi, Lenhos-
sek, Marinesco, Held, Lugaro, Holmgrem, van Gehuchten, etc., etc.,. habían reali¬
zado interesantes hallazgos, empleando la técnica de las anilinas básicas, previa.
(1) Cajal; Ganglíons cérébélleux. Bibliographie anatomique, .número 1.» Enero de 1895.
(2) Cajal; L’Anatomie fine de la moelle epiniére. Atla» der pathologische Histologie dea Nervens'-
ystems (con 8 grandes láminas cromolitográficas). Berlín, 1895.
(3) Cajal: Nouvelles contributions á l’étude histologique de la rétine et á la question des anasto-
moses des prolongements protoplasmiques. Journal de l’Anatomie et de ia PAj/ííoí., 12 nov. 1896j.
Ave 4 planchas litographiques.
RECUERDOS DE MI VIDA
275
fijación en alcohol (proceder de Nissl), o la combinación de las anilinas ácidas con
las básicas, o, en fin, variantes del antigo método de Altmann, etc. Poco pude re¬
coger en este dominio, metódicamente explotado y casi agotado por mis ante¬
cesores.
En la investigación aludida (1) se consignan, empero, algunas pequeñas con¬
tribuciones ai conocimiento de la estructura neuronal:
d) Demostración de la organización esponjosa de los grumos cromáticos áo:
Nissl, y de la continuación de esta esponja con el retículo o armazón real o apa¬
rente revelado en el resto del protopiasma por las anilinas básicas (fig. 57).
b) Demostración apremiante de la membrana de las células nerviosas de los
vertebrados, órgano que. había sido sistemáticamente negado por los autores (figu¬
ra 58, a), (Confirmado ulteriormente por algunos sabios, singularmente por Achu-
carro.)
c) Análisis minucioso de la disposición de la substancia basiófila en diversos
tipos de núícleos, tanto nerviosos como neuróglicos.
(i) Exploración comparativa de la cromatina protoplásmica {gramos de Nissl)
en las neuronas de vertebrados e invertebrados.
Mis funciones de profesor de Anatomía patológica, encargado de los análisis
oficiales de las Clínicas y del material de las autopsias, condujéronme a menudo -
a la exploración y determinación específica de los tumores o neoplasias. Los mé¬
todos de coloración entonces usados, valiosos por muchos conceptos, no me pa¬
recían suficientemente eficaces y precisos para la enseñanza. Entreguéme, pues, a
reiterados ensayos de tintorería histológica, fruto de los Cuales fueron varias fór¬
mulas de teñido tricrómico (amarillo, azul y rojo) susceptibles de presentar con
matiz diferente los diversos factores histológicos integrantes de los tumores (2).
Una de las fórmulas que tuvo más aceptación entre los sabios fué la llamada pro¬
ceder tricrómico a base de fuchina básica, ácido picrico y carmin de índigo. Con
ella colóranse, en rojo, los núcleos; en azul puro o ligeramente verdoso, los haces
colágenos, y, de verde claro, o matices amarillentos o anaranjados, según los ca¬
sos, las formaciones epiteliales, etc.
En posesión de procederes tintóreos singularmente expresivos, me engolfé en
el estudio de algunos tumores, particularmente en el análisis del carcinoma, sar¬
coma, epitelioma, etc. Dos trabajos acerca de este argumento aparecieron en 1896;
uno especialmente consagrado al estudio estructural de los tumores epiteliales (3),
y otro, destinado a mostrar las defensas locales desarrolladas por el organismo
contra la invasión del carcinoma y epitelioma.
El primero encierra las siguientes contribuciones:
a) Se exponen detalles nuevos de estructura del estroma del carcinoma y epi¬
telioma (existencia de fibras de elacina, células conectivas gigantes, corpúsculos
cianófilos, etc.).
b) Se describe la repartición en los tumores de las células cebadas de Ehrlich,
se descubren sus atmósferas secretorias y se puntualizan sus fases de secreción
y excreción. Senálanse además mitosis.
c) Se consigna que las células cianófílas (células plasmáticas de Unna) no son
(1) Cajal; Escructura del protopiasma nervioso. Revista trimestral micrográfiea, l.o marzo 1896.
Con seis figuras.
(■2) Cajal; Métodos de coloración de las neoplasias. Revista de Ciencias Médicas de Barcelona-
10 de marzo de 1896.
(3) Cajal: Estadios histológicos sobre los tumores epiteliales. Revista trimestral micrográfiea, nú¬
mero 2, junio de 1898. Con tres figuras.
276
S. RAMÓN Y CAJAL
verosímilmente leucocitos emigrados sino corpúsculos del tejido conectivo, q
pasarían por dos fases: la embrionaria, casi incolorable y pequeña, y la adulta, fuer¬
temente basiófila (fig. a,b,c). , . . , ^ ^ j
(Las células clanófilas, que tanta importancia han adquirido después, siendo
objeto de numerosísimas observaciones anatomo-patológicas, fueron descubiertas
por mí en 1890, con ocasión del estudio de la estructura del sifiloma y otras neo-
plasias (1), y por Unna en 1891, que las señaló también, sin conocimiento de mis
investigaciones.)
d) En fin, se consignan nuevas observaciones sobre los cuerpos fuchinOfilos de
Russel (inclusiones basiófilas enormes en ciertas células conectivas de los tumo¬
res, singularmente del papiloma), refutándose la opinión de este autor y de otros,
que las diputaban por parásitos, cúando no son otra cosa que granos de las célu¬
las cebadas de Ehrlich, patológicamente hipertrofiados y alterados en sus apeten¬
cias tintoriales.
En el segundo trabajo se hace un análisis minucioso de la obra destructora de
los leucocitos contra las células epiteliales del carcinoma y epitelioma (2), así
como del mecanismo formativo de los globos epidérmicos, los cuales derivan de
la acción inductora de los leucocitos. La llegada al tejido epitelial de los leucoci¬
tos sería motivada por la diseminación en el plasma ambiente de materias quimio-
tácticas elaboradas por el epitelio.
De estos glóbulos blancos o céluias amiboides de las neoplasias, han hecho
muchos años después estudios interesantes Río Hortega y Jiménez Asúa, apoyán¬
dose en un nuevo método de coloración.
En este mismo año publiqué una pequeña nota, donde se demuestra por pri¬
mera vez la capacidad fagocitósica de las plaquetas de los vertebrados inferio¬
res (3). En determinadas condiciones, estos corpúsculos sanguíneos son suscep¬
tibles de englobar partículas de carmín, microbios, etc.
Y, en fin, para terminar esta fastidiosa relación de trabajos, haré mención to¬
davía de otra comunicación (4), donde se inquieren las conexiones establecidas
entre los elementos nerviosos y neuróglicos (pléyades o coronas de células de la
glia, dispuestos alrededor del soma neuronal) y se aportan algunas observaciones
originales.
Mi furia inquisitiva durante el susodicho año de 1-896 no se sació todavía con
el estudio de los temas referidos. En los últimos meses de aquél, volví a menudo
con nuevo ardor sobre asuntos anteriormeute tratados; pero esta vez me serví de
preferencia del valioso métodó de Ehrlich, al cual tantos y tan bellos descubri¬
mientos debieron Retzius, Dogier y sus discípulos. Según es notorio, posee este
proceder la inestimable ventaja de teñir en vivo, o apenas ocurrida la muerte, las
fibras y células nerviosas, que aparecen vigorosamente seleccionadas de un color
azul enérgico. Por desgracia, la reacción vital de Ehrlich es tan efímera y delicada,
que casi todos los agentes fijadores, y desde luego el alcohol, la decoloran.
Ciertamente, el empleo del nuevo fijador al molihdato amónico, introducido en
la técnica por A. Bethe, hacía posible, aunque con hartos inconvenientes, las ma¬
nipulaciones microtómicas; pero exceptuados algunos ensayos interesantes de
(1) Cajal; Manual de Anatomía patológica general, l.“ edición. Barcelona, 1890.
(2) Cajal; Las defensas orgánicas en el epitelioma. BoUtín Oficial del Colegio de Médicos de Aía-
<fríd, núm. 1, 1896.
(3) Cajal: La fagocitosis de las plaquetas. Revista trimestral micrográflca, núm, 4, marzo de 1896.
Con dos figuras.
(4) Cajal: Sobre las relaciones de las células nerviosas con las neuróglicas. Revista trimestral mi~
crográfica, núm, 1, marzo de 1896. Con tres figuras.
RECUERDOS DE MI VIDA
277
Dogiel recaídos en el cerebelo de las aves, nadie había logrado ni por el proceder
de los cortes ni por el del examen de trozos disociados, preparaciones demostra¬
tivas de los órganos centrales (cerebelo, cerebro, médula espinal, etc.), de los
mamíferos.
Yo me propuse a todo trance escudriñar, mediante el azul de metileno, la es¬
tructura de la médula espinal, cerebelo, cerebro, asta de Ammon, etc., no sólo de
los pequeños vertebrados, sino de los mamíferos. Y, en efecto, a vueltas de algu¬
nas tentativas, que me llevaron a modificar el proceder de fijación de Bethe (1),
conseguí corrientemente cortes bastante demostrativos de la organización de di¬
chos centros.
No fué solamente el estímulo de la curiosidad científica lo que me movió a es¬
tudiar a fondo la técnica de Ehrlich. Entró por mucho en mi resolución el anhelo,
diré más, la apremiante necesidad de contrarrestar, mediante las indiscutibles
revelaciones de un método que impregna las células y fibras casi en vivo, las imá¬
genes clarísimas y terminantes, pero algo caprichosas, del proceder de Golgi.
Porque aunque la mayoría de los sabios aceptaban con plena confianza las imá¬
genes clarísimas del crom-ato de plata, no faltaban escépticos que insinuaban la po¬
sibilidad de que algunas disposiciones fueran artefactos, es decir, depósitos metá¬
licos no correspondientes a texturas preexistentes.
Era, pues, absolutamente preciso mostrar a todo el mundo imágenes claras y
terminantes, tanto de las espinas dendríticas como de otras disposiciones morfo¬
lógicas descubiertas por mí, empleando al efecto recursos técnicos radicalmente
diferentes del de Golgi.
A este propósito respondió principalmente mi campaña tenaz de fines de 1896
y 'de casi todo el año 1897, durante cuyo tiempo servíme casi exclusivamente del
método de Ehrlich al azul de metileno. Mis ensayos, coronados del mejor éxito,
fueron varios, versando, uno, sobre las controvertidas espinas colaterales,- otro so¬
bre la estructura de los ganglios craneales, otro acerca de las neuronas de la capa
molecular del cerebro, en fin, el más extenso e importante abarcó el cerebelo, cor¬
teza cerebral, asta de Ammon, médula espinal, etc.
En la primera comunicación (2), publicada en junio de 1896, demuéstrase pe¬
rentoriamente, mediante el método de Ehrlich modificado, la existencia de las
susodichas espinas en el tallo y penacho terminal de las pirámides del cerebro
(conejo y gato), donde se exhiben teñidas de azul claro, y provistas de cierto abul-
taraiento final, intensamente impregnado (las tumefacciones piriformes, ulterior¬
mente estudiadas por Demoor, Stefanowska, Manoumelian, Deyber, etc.) (figu¬
ra 60, b, d).
En el trabajo más extenso y comprensivo, consagrado a la organización del
cerebelo, cerebro, médula espinal, asta de Ammon, etc., y adornado con algunas fo¬
totipias (3), logré consolidar, sin la menor duda posible, la preexistencia en el
(1) La modificación consistía en indurar las piezas fijadas en molibdato, no en alcohol frío, según
recomendara Bethe, sino en formol adicionado de cloruro platínico. Las secciones hacíanse, ora en el
microtomo de congelación, ora con el microtomo ordinario, previo endurecimiento rápido en alcohol
saturado de la combinación azul-molíbdica.
(2) Cajal; Las espinas colaterales de las células del cerebro teñidas con el azul de metileno. Revista
trimestral micrográflca, número 2, junio de 1896. Con tres grabados.
(3) Cajal: El azul de metileno en^os centros nerviosos. Revista trimestral micrográflca. núme¬
ros 3 y 4, 1896. Con cuatro láminas fototípicas y 15 grabados intercalados en el texto.
278
S. RAMÓN Y CAI AL
adulto (conejo, gato, perro, rana, etc.) de las más importantes disposiciones reve¬
ladas en los embriones y animales jóvenes por el método de Golgi (colaterales de
la substancia blanca con sus arborizaciones libres (fig. 61, 6), nidos nerviosos del
cerebelo y bulbo, morfología de los granos cerebelosos, fibras trepadoras y mus¬
gosas, etc.), refutando así irrevocablemente a los escépticos.
Además de estos resultados generales, de incuestionable valor crítico, la cita¬
da monografía encerraba algunas observaciones nuevas:
a) La comprobación de la división en rama ascendente y descendente de las
radiculares posteriores (médula espinal) de los batracios (1), reptiles, aves y ma¬
míferos, con la demostración de que tales bifurcaciones se producen al nivel de
las estrangulaciones, paraje en donde el axon ofrece un verdadero anillo o man¬
guito de cemento (fig. 62, a). Demuéstranse, asimismo, las estrangulaciones de los
tubos nerviosos en la substancia blanca y gris del cerebro y cerebelo (fig. 63, a, b),
donde presentan caracteres algo especiales.
b) Descubrimiento en el espesor del cordón posterior de radiculares sensiti¬
vas trifurcadas (gato). La rama intermedia representaría una colateral sensitiva-
motriz robusta, nacida anticipadamente.
c) Confirmación en diversos vertebrados de las colaterales de la substancia
blanca y de su continuidad con arborizaciones pericelulares. El azul de metileno
les presta aspecto varicoso y permite reconocer que brotan también de un estre-
chamienlo de los tubos nerviosos (fig. 62, B).
d) Coloración de los granos del cerebelo, con su axon en T, de los cor¬
púsculos de cesta o estrellados de la capa molecular, etc., de las arborizaciones
finales de las fibras musgosas. Sobre estas rosáceas se hace un estudio especial,
probando que se relacionan, según había yo sospechado en 1894, mediante una
especie de engranaje, con las dendritas de los granos (confirmado por Held, que
trabajó sin conocer mis investigaciones).
e) Impregnación de los cálices de Held del cuerpo trapezoide (una forma es¬
pecial de nido pericelular) y revelación de sus proyecciones divergentes finas, de¬
mostradas tanto en las preparaciones de Ehrlich como en las de Golgi.
f) En fin, teñido de numerosas células y fibras del asta de Ammon, fascia
dentata, corteza cerebral, etc., etc. (fig. 64, A).
La tercera monografía, basada en las revelaciones del azul de metileno, recayó
en la corteza cerebral de los pequeños mamíferos (gato, conejo, etc.), ilustrando
predilectamente la estructura de la capa primera o plexiforme, en la cual, además
de confirmar plenamente los resultados del método de Golgi, descríbense nume¬
rosos tipos nuevos de células de axon corto (2), por ejemplo:
a) Células pequeñas de axon cortísimo y prontamente ramificado.
b) Células de axon corto horizontal distribuido sobre mayor extensión dentro
de la zona primera (fig. 65, A).
c) Células grandes, de largas dendritas, provistas de un axon horizontal lar¬
guísimo, cuyo paradero no puede sorprenderse.
d) Corpúsculo de axon descendente, arborizado en la zona 2A y 3.^
• e) Se prueba que las células especiales de la capa primera (células de Cajal,
según Retzius) poseen verdaderas dendritas, que se reconocen por sus varicosida¬
des en presencia del azul de metileno.
(1) Sobre el tema especial de las bifurcaciones y colaterales de las raíces posteriores de la médula
espinal de batracios y reptiles, publicamos, además, cierta nota en una Revista profesional. Véase: Las
colaterales y bifurcaciones de las raíces posteriores de la médula espinal demostradas con el azul de me¬
tileno. Revista de Clínica, de Terapéutica y Farmacia, 10 de octubre de 1896. TomoX.
- (2) Cajal; Las células de cilindro-eje corto de la capa molecular del cerebro. Revista trimestral mi-
crográflca. Junio 1897. Con siete figuras.
RECUERDOS DE MI VIDA
279
f) Se descubren larguísimas fibras meduladas horizontales en la capa mole¬
cular, las cuales se dicotomizan a menudo.
g) 5e expone la conjetura de que los corpúsculos de Golgi o de axon corto
ison generadores de alguna modalidad de energía nerviosa, etc , etc.
h) Se señala en torno de las células nerviosas de axon corto una red especial
no nerviosa, que, mejor investigada más adelante por Golgi, Donagio, Held,
Bethe, etc., fué punto de partida de grandes controversias. Tal es el retículo peri-
celular, llamado de Golgi, por haber sido descrito exacta y minuciosamente por
este sabio en 1898 (fig. 66, A, a). Tanto este investigador como sus sucesores pa-
:recen ignorar el verdadero autor del descubrimiento.
En fin, el último tema estudiado con el método de Ehrlich fué la estructura en
^el adulto de los ganglios sensitivos raquídeos y craneales (2j. En esta investigación
prestóme su concurso, a título de preparador, mi ayudante de entonces don Fede¬
rico Oióriz Ortega, hijo del prestigioso maestro de Anatomía, de quien con mere¬
cido encomio he hablado en anteriores capítulos. La mencionada monografía,
ap.arte de comprobar en los ganglios craneales algunos descubrimientos de Dogiel
rsobre la morfología de las células monopolores de los ganglios raquídeos, con¬
tiene:
a) El descubrimiento de ciertas células estrelladas intracapsulares, colorea-
bles por el azul de metileno. de naturaleza enigmática, y las cuales designamos
provisionalmente células satélites perigangliónicas (fig. 67, A, B).
Semejantes elementos, que desempeñan importante papel en los procesos pa¬
tológicos de la neurona sensitiva, han sido confirmados por numerosos autores
(Nageotte, Marinesco. Rossi, v. Lenhossék, Dogiel, etc.)
b) Reconocimiento de que el glomérulo inicial del axon de las células sensiti¬
vas carece de mielina, iniciándose de ordinario por fuera de la cápsula pericelular.
c) Descripción de ciertas arborizaciones nerviosas de origen exógeno distri¬
buidas en torno de las revueltas del glomérulo inicial de la expansión nerviosa,
.:así como de otras ramificaciones terminales mixtas más complicadas, porque son
a la vez pericelulares y periglomerulares, etc. (fig. 68, a, ó). (Conviene no confun¬
dir estas fibras con los ovillos de Dogiel).
Estos curiosos sistemas de nidos y de fibras espiroideas encuéntrase también
en el hombre, según demostramos años después (1905) con ayuda de un método
especial. Las singulares variaciones morfológica'^ y las sorprendentes diferencias
de distribución en cada especie animal de los referidos nidos nerviosos constitu¬
yen hoy, gracias a los trabajos anato mo-p atol ógicos de Nageotte, Marinesco. Lu-
garo, Rossi, Pacheco, Schaffer,' Expósito, Bielschovysky, Minea, Dustin, Cas¬
tro, etc., y a los de histología comparada de Dogiel y Levis, Huber, Ranson, urio
de los capítulos más interesantes de la biología ganglionar. Acerca de su posible
significación hablaremos ulteriormente.
(1) Cajal y Olóriz Ortega; Los gangHos sensitivos craneales de los mamíferos. Bevista trimestral
miicrográflca, tomo II, 1897.
CAPÍTULO Xlir
SEMBLANZA. DE ALGUNAS NOTABILIDADES NACIONALES;. GASTELA», SALMERÓN', .
GINER DE LOS RÍOS, MORAYTa, ETC..
PARA romper la relación monótona e insufrible de mis trabaios (no ignora
que escribo para dos públicos diferentes), voy a comunicar a mis lectores
las impresiones, un poco fugaces y superficiales, recogidas de algunas nota¬
bilidades de la Corte, allá por los años de 1892 a 96. Comprenderá el lector que,
en un apasionado de las obras y discursos de Castelar (casi todos lo éramos du-
ranté^y después de la Gloriosa), el primero de mis anhelos fué conocer de visu al
gran tribuno de la Revolución.
Satisfacción indecible fué para mí ser presentado en la tertulia del gran pa¬
triota por un condiscípulo mío, J. Gimeno Vizarra, a la sazón catedrático de la
Universidad de Zaragoza y director de un diario posibilista (Diario de Avisos). Al
pronto, contemplando al grande hombre en su tertulia íntima, no me produjo la
impresión de un tribuno de la plebe, sino más bien la de un aristócrata altivo y
refinado. Una ojeada por el salón ratificó este primer juicio. Colgaban de las pare¬
des numerosas placas honoríficas, áureas coronas y cuadros de gran precio, ofren¬
das de reverentes admiradores o de Corporaciones agradecidas. Multitud de obje¬
tos de arte dispersos acá y allá, testimoniaban el gusto acendrado y señoril del
dueño, y la veneración y generosidad de sus adeptos.
Como casi todos los grandes talentos, Castelar era exiguo de estatura. Mos¬
traba obesidad de gourmet, esférica y calva la cabeza, morena la color, grandes y
dominadores los ojos, tonsurada la faz, salvo imponente mostacho a lo Víctor
Manuel, voz robusta y atiplada; mas al hablar se transfiguraba, adquiriendo in¬
sospechada elegancia y distinción. Conforme recordarán cuantos le oyeron. Cas-
telar no era sólo el orador artista, solemne y algo teatral de los grandes debates
parlamentarios; era tambiént^onversador facilísimo, delicioso y pintoresco. Podría
no convencer, pero fascinaba o embelesaba siempre. Sus correligionarios le oíam
embobados y, al parecer, plenamente convencidos. Es que la elocuencia tiene
siempre razón. Arrullado por sus trinos, el canario español, como le llamaba des¬
deñosamente Taine, inhibía todo conato crítico y casi hasta la facultad de
pensar.
Yo me extasiaba también ante aquel torrente de palabras sonoras que a veces,.,
al entrechocarse y combinarse en síntesis, comparaciones y antítesis, despedían
resplandores inesperados. Por aquella cabeza rebosante de imágenes, habíaiu
pasado las grandes figuras de la historia y de la literatura; pero habían pasado
RECinRDOS DE MI VIDA
281.
también, dejando imborrable huella, el aliento romántico de Chateaubriand, Vic-
tor Hugo, Lamartine y Michelet.
Presentóme Gimeno cual ferviente aficionado al estudio de las células del .
mundo, casi insondable, de lo infinitamente pequeño, y como un idólatra más de
sus grandes talentos de literato y estadista.
—Hace usted bien— me dijo— ; la vida es un arcano y la célula merece tanto
más nuestra atención, cuanto que la llevamos dentro e influye a menudo en nues¬
tros actos.
Blasonaba yo entonces, no sin cierta petulancia, de materialista irreductible; .
mas adivinando el sincero espiritualismo de Castelar, guardóme bien de expresar
una observación irreverente que me bullía en la cabeza. «No— hubiera yo repues--
to al incomparable orador, si el respeto y la veneración no me cerraran los la¬
bios—; esas diminutas células que en su pequeñez guardan esquivas el misterio
de la vida, son todo el hombre, en su doble aspecto de racional y fisiológico. Ellas,
solidarizadas por la división del trabajo, reaccionan contra los estímulos del am¬
biente, nos dan la ilusión del libre albedrío, y ejecutan, en fin, la totalidad de
nuestros actos.»
Generalizóse después la plática. Castelar, que se deleitaba conversando, reco- -
rría los grupos de sus incondicionales, daba a cada cual consejos y alientos, tenía
en fin, para todos la promesa anhelada y la advertencia leal. Pero, a veces, des¬
cendiendo de su cátedra augusta, bromeaba y satirizaba, no sin gracejo, y hasta
personalizaba acremente. ¡Con qué pena le oí criticar acerbamente a Salmerón,
una de mis admiraciones de entonces! Tengo aún estereotipadas en mi memoria
sus palabras, entre las cuales ha quedado una comparación, acaso poco respe¬
tuosa para el íntegro ex presidente de esa República, pero harto expresiva e inten- -
cionada.
—Supongan ustedes— dijo— que pongo veneno en esta copa: mientras esté allí
no corremos peligro; pero cuidado con ingerir el tóxico, porque sobrevendrá la
catástrofe. Ahora bien; Salmerón, el incorregible doctrinario, representa el tósigo
mortal del banquete republicano. En tanto permanezca alejado de nuestro partido, .
el riesgo es nulo; pero como tengamos la debilidad de acogerlo, despidámonos del
advenimiento de la nueva República, de esa República de orden que todos codi¬
ciamos .
Confieso que, a despecho de mi ingenua veneración por Castelar, el encono,
revelado contra Salmerón me decepcionó bastante.
Al abandonar la tertulia, acompañado de mi amigo, exterioricé la admiración
que sentía por el mago de la palabra y el insuperaj^le patriota, a quien conside¬
raba también como un carácter superior, depurado, salvo alguna pasioncilla per¬
sonal, de miserias e incorrecciones. Mas Gimeno, después de sonreírse socarro¬
namente, atajóme con esta observación descorazonadora:
—Amigo Ramón: comparto tus ardorosos entusiasmos por el político y el pa¬
triota. Todos le reverenciamos y todos confiam os en que, con su habilísima táctica .
para atraerse las simpatías del Ejército y de las clases conservadoras, lograremos
en breve el advenimiento de una República seria y estable. En cuanto a lo de¬
más... no te hagas ilusiones. Aquí nadie juega completamente limpio, ni siquiera
nuestro jefe, que, por; vivir de su trabajo, pasa por ser délos menos contaminados
por las flaquezas del compadrazgo y del favoritismo. Castelar — duéleme recono¬
cerlo — es derrochador irrestañable, vive roído de deudas y asediado por gentes -
sin escrúprJos. Hace! poco, para cancelar un fuerte débito, interpuso su valiosa .
S. RAMÓN Y CAJAL .
i-influencia, cerca de las autoridades, para que cierto acreedor, dueño de suculenta
chirlata y acusado de homicidio, pudiera fugarse impunemente al extranjero (1).
Y callo otrás cosas, por no desalentarte por completo.
Estupefacto quedé al conocer tales miserias. No acertaba a comprender cómo
un hombre cuyos libros se pagaban espléndidamente y cuyos correligionarios le
colmaban la casa de regalos de toda especie, que carecia de familia (vivia, solte¬
ro, en compañía de una hermana), aceptara las dádivas o préstamos, más o menos
interesados, de un vividor sin escrúpulos.
Al político-filósofo Salmerón, a quien no tuve el gusto de ser presentado, le
-conocí solamente en su cátedra. Era alto, enjuto, cenceño, un poco cargado de
■ espaldas, de nobles facciones, con ojos ardientes y escrutadores, que parecían
mirar hacia adentro; su cráneo abovedado y capaz carecía de cabello, como si el
fuego de las ideas hubiera calcinado los bulbos pilosos. Y en toda su persona
resplandecía cierta ingenuidad atrayente y una bondad y rectitud a prueba de
tentaciones.
En su cátedra, a la que asistí cerca de un mes, disertaba «con elocuencia so¬
berana», (según el dicho de Castelar, que hacía gala en el Congreso de exquisita
cortesía hasta para sus mayores adversarios). Empleaba con sus discípulos el
método socrático. Nada de erguirse sobre el estrado con ademán dogmático; nada
tampoco de latiguillos oratorios.
Cada día dilucidaba sencilla y paternalmente, con sus alumnos, un tema de
Lógica, de Etica o de Metafísica. Parecía preocuparle singularmente la teoría del
conocimiento y el problema crítico. Pero en estos diálogos, el principal disertante
solía ser el auditorio. Por lo común, limitábase el maestro a oponer objeciones, o
a disipar equívocos y obscuridades. El propósito deliberado del profesor, a lo que
yo pude entender, se encaminaba a constreñir a sus discípulos a discurrir por
cuenta propia. Por donde, más que un curso de metafísica, la enseñanza adquiría
el c-arácter de una esgrima dialéctica, y, sobre todo, de una incitación apremiante
a meditar ahincadamente sobre los grandes problemas del espíritu y de la natura¬
leza. Cuando un alumno sobrado ingenuo o algo presuntuoso defendía calurosa¬
mente alguna proposición discutible, le recordaba bondadosamente las soludo-
-nes más o menos probables, propuestas sobre el tema por las diversas escuelas
fllosóficas. Oíanle todos con profundo respeto; más aún, con unción casi religio¬
sa. Recogíanse por escrito las idéas escapadas al pensador durante sus elocuen¬
tes improvisaciones, con tanto más motivo cuanto que no había libro de texto ni
programa concreto.
¿Cuál era la filosofía de Salmerón? Confieso que, en un mes de oyente, no
pude averiguarlo; es más: tampoco lo sabían de fijo muchos de sus discípulos. Con
todo, después de conferenciar en los pasillos con uno de los más despejados y
juiciosos, vine a sacar en limpio que el antiguo krausista, el de las enrevesadas y
laberínticas definiciones a lo Sanz del Río, se había hecho positivista o acaso ag¬
nóstico. Los libros de Compte, Littré, Huxley, Darwin, Haeckel, Herbert Spencer
y, sobre todo, las vivificadoras lecciones recibidas directamente de Claudio Ber-
(1) No garantizo la exactitud de este suceso, cuyo relato, por lo demás, corría de boca en boca.
Acaso fuera un rumor calumnioso recogido inocentemente por Gimeno, engañado por algunos ma-
• ici osos.
RECUERDOS DE MI VIDA
283
• nard, durante su estancia en París, habían operado tan increíble revolución. El
Tesplandor de la ciencia había disipado las nebulosidades de la metafísica, que en
-el magisterio de Salmerón me pareció contraerse a mera historia crítica del pensa¬
miento humano.
Esta vez el hombre valía lo que el orador y el pensador. ¡Lástima grande que
-Salmerón no escribiera ningún libro! Los que le queríamos y venerábamos, podría¬
mos justificar con sus obras — séame lícito presumii lo— la sabiduría y la profundi¬
dad del maestro. Para mí, aparte otros méritos, poseía el privilegio de todos los
probos talentos: cambiar desinteresadamente de opinión. Evolucionar y depu¬
rarse: he aquí la piedra de toque de los elevados caracteres y de los magnos y
-iionradps entendimientos.
Excelente impresión produjéronme asimismo las sabias lecciones de Giner de
los Ríos, el gran pedadogo, cuyo talento sólo competía con su modestia. Explica¬
ba Filosofía del Derecho. Era tan iníelectualmente escrupuloso y vivía tan alejado
de la presunción pueril de esos profesores para quienes no más la asignatura que
explican tiene capital importancia, que todavía al m^es de curso discutía con sus
■discípulos si era legítima y aceptable la concepción de una Filosofía de las leyes.
Como prueba de su extensa cultura, vaya un recuerdo: Entremezclado en la
numerosa escolta de sus admiradores que después de salir de clase seguían oyén¬
dole, osé yo tratar incidentalmente del insondable problema de la herencia y de
las causas biológicas de la muerte en la serie animal. Quien esto escribe, había
leído recientemente a Gotte y Weissmann, sin contar los tan sugerentes libros de
Darwin, Herbert Spencer, cuyos principios de Biología me sedujeron; y natural¬
mente, quise lucirme en el corro, defendiendo la tesis de que la muerte natural,
fenómeno desconocido en los protozoarios y microbios, constituía en los meta-
jzoarios y vertebrados progreso soberano, condicionado por la federación de las
-unidades vivientes, la división del trabajo y la separación del soma o conjunto de
-las células de tejido, del corpúsculo germen, virtualmente imperecedero y portador
de los earacteres de la especie.
Esta concepción, hoy muy vulgar, pero novísima entonces, expuesta ante abo¬
gados, ofrecía todo el picante sabor de las paradojas científicas. Según era de pre¬
sumir, mis condiscípulos de ocasión oyéronme con asombro. Parecían decirse con
la mirada: «¿quién será este audaz que se atreve a desarrollar ante el maestro
proposiciones tan absurdas o aventuradas?» Pero Giner, no obstante desconocer
■al presuntuoso entrometido, con una calma y discreción admirables, defendióme
de mis recelosos y hoscos camaradas, y expuso en forma nítida y atrayente las
atrevidas concepciones de Weissmann, ilustrándolas con datos frescos y de prime¬
ra mano. En suma: saqué la impresión de que de todos los grandes problemas de
la herencia, de la vida y la muerte, el anciano profesor había leído mucho más
que yo.
En la cátedra del insigne educador, presencié cierto día el acto de modestia y
de sinceridad intelectual más notable de que tengo noticia.
Trataba Giner de no sé qué asunto. La profusión de opiniones expuestas y el
orden y la clarividencia expositivas (no hay que olvidar que Giner era gran ora¬
dor, pero de la madera, rara entre nosotros, de los oradores sobrios, precisos y
lógicos) mostraban bien a las claras que el maestro había preparado concienzuda¬
mente la lección. Transcurrido un cuarto de hora, echamos de ver con extrañeza
284
S. RAMÓN Y CAJAI,.
que su palabra diáfana y siempre dócil al pensamiento, se tornaba poco a poco-
premiosa, y que las ideas perdían vigor y claridad. Hubo un momento en que sus
admiradores temimos que, presa acaso de algún estado patológico, el profesor
cayera en la incoherencia. Consciente de su estado, Giner, sin inmutarse en lo
más mínimo, interrumpió su lección con este comentario que a mí, acostumbrado
a las frondosas e inextinguibles peroratas de algunos catedráticos, llenóme de
asombro:
—Me es imposible continuar la conferencia. Existe, señores, una casi incom¬
patibilidad entre el acopio excesivo de datos, abrumador de la memoria, y la ex¬
pedición y justeza de la expresión. Nunca hablamos mejor que cuando hemos es¬
tudiado poco, ni peor que cuando hemos consagrado muchas horas matinales a.
preparar escrupulosamente una lección. Dejemos, pues, el asunto para otro día...
Los que, durante muchos años, hemos vivido amarrados como galeotes al
remo de la lección cuotidiana, sabemos hasta qué punto es exacta la precedente
observación. De mí sé decir que jamás estoy más afluente y verboso que cuando,
tras sueño prolongado y reparador, improviso una lección sin haber consultado un
texto ni conversado con nadie. Naturalmente, los insomnios tenaces y la prolija y
concentrada lectura provocan el efecto contrario. Sólo que casi todos los profe¬
sores nos consideraríamos deshonrados si diésemos el espectáculo de nuestra in¬
capacidad para colmar con creces la hora reglamentaria, aunque el conseguirlo
nos obligara a perprar a tontas y a locas, desoyendo el clamor doloroso de un ce¬
rebro fatigado, que repite giros y expresiones vulgares, o salta a campo traviesa»
sobre ios asuntos más interesantes.
De mis excursiones por otras cátedras guardo recuerdos menos precisos.
Rememoraré solamente a Menéndez Pelayo, tartajoso como Cervantes, pero
tan erudito y elocuente que sus alumnos olvidaban su tartamudez para recoger,
la rica miel de sus concienzudos y vastísimos estudios literarios; y a Morayta,
profesor de Historia, que sin alcanzar la riqueza de léxico y de imaginación de
Menéndez Pelayo, exponía con claridad y método la historia de Grecia, fulminan¬
do anatemas contra los aristocráticos, engreídos y antipáticos ladecemonios y en¬
tonando cánticos fervorosos en loor de la democrática Atenas, foco donde se
concentró la cultura antigua y cuyos rayos iluminan 'todavía la civilización
europea (1).
En todas las precedentes excursiones al través de la Universidad, del Ateneo
y de algún Círculo político y literario, conseguí algo precioso e inestimable: la
medida del talento y las normas del buen método expositivo. Comprenderá fácil¬
mente el lector que, educado yo en un rincón provinciano y sin grandes aptitudes
para el arte del buen decir, dicha medida, sin transformarme ni mejorarme esen¬
cialmente, fué bastante provechosa para mis ulteriores tareas de profesor.
(1) En las precedentes descripciones he procurado revivir las impresiones recibidas en mis primeros-
años en Madrid, sin añadir ninguna apreciación actual. Claro es que hoy, transcurridos treinta y un años
(escribo en 1923), tendría que modificar algún juicio y aun poner sordina a algunos entusiasmos.
CAPITULO XIV
CAS TEORÍAS y LOS HECHOS.— FIRMEZA V CONSTANCIA DE LOS HECHOS HISTOLÓGI¬
COS.— CARÁCTER instrumental de la hipótesis.— conviene de CUANDO EN
CUANDO CULTIVARLAS, PERO SIN FIARSE MUCHO DE ELLAS.— INDUCCIONES FISIO¬
LÓGICAS SACADAS DE LA MORFOLOGÍA NEURONAL.— EXPLICACIÓN HISTOLÓGICA
DEL HÁBirO, DEL PROGRESO MENTAL EN LA ESCALA ZOOLÓGICA, DEL TALENTO Y
DEL GENIO.— CONJETURAS SOBRE EL MECANISMO DEL SUEÑO, ATENCIÓN Y ASO¬
CIACIÓN.— EXQUISITA ECONOMÍA REINANTE EN LAS CREACIONES DE LA VIDA; LE¬
YES DE AHORRO, DE ESPACIO, DE MATERIA Y DE TIEMPO DE CONDUCCIÓN.
CUANTOS cultivan, con más o menos fortuna, la histología, o sus ramas afi¬
nes, la bacteriología y la embriología, habrán oído alguna vez, atajando
entusiasmos expositivos, comentarios tan desalentadores como los si-
,guientes:
«¡Magnífica lucubración! Pero, ¿será verdad tanta belleza? Eso afirma la histo¬
logía de hoy; ¿lo mantendrá también la histología de mañana? En plena evolución
la biología, ¿quién se acordará, dentro de un siglo, de las actuales doctrinas his¬
tológicas?»
Respondamos con franqueza. Quienes profieren tales frases, además de mos¬
trar supina ignorancia acerca del carácter esencialmente objetivo de las ciencias
micrográficas, confunden lastimosamente el hecho de observación, noción fija y
perenne, con la interpretación teórica, esencialmente mudable y acomodaticia.
Desconfiar de la realidad de las adquisiciones histológicas vale tanto como
suponer que la especie nueva descubierta por el naturalista corre riesgo de inme¬
diata desaparición; que el ganglio, la glándula o el vaso discernidos por el anató¬
mico, están en trance de evaporarse; o que, en fin, el astro sorprendido por el
astrónomo, hállase amenazado de súbita extinción. La naturaleza del instrumento
de observación, ¿puede cambiar la realidad de los hechos?
Se argüirá acaso que, a pesar de todo, en las ciencias histológicas los hechos
se discuten alguna vez. Ciertamente, Ja actitud revisionista y un poco escéptica
-hallábase plenamente justificada hace cincuenta o sesenta años, cuando la fina
autonomía, aún en ciernes, carecía de métodos de coloración precisos y terminan¬
tes. Mas hoy, por fortuna, las cosas han mejorado radicalmente. Sobre que la crí¬
tica científica se ha hecho más exigente y escrupulosa, no concediendo su exe¬
quátur sino a los datos estructurales conjunta y concordantemente revelados
por técnicas muy diferentes, los métodos actuales de coloración, los llamados
métodos selectivos, proporcionan imágenes tan claras, nítidas y enérgicamente con-
286
S. RAMÓN Y CAJAL
trastadas con el fondo incoloro, que fuera absurdo abrigar la menor duda acerca ¬
do su preexistencia.
Naturalmente, andando el tiempo, podrá variar su perspectiva, asi como el
alcance fisiológico de los mismos, pero sin menoscabo de su objetivismo. A la.
hora presente discútense de preferencia (y se discutirán mientras la ciencia déla,
vida no alcance la plenitud ideal de sus datos ni se remonte a la esfera de las cau¬
sas eficientes) las hipótesis fisiológicas y las teorías biológicas generales (meca¬
nismo de la herencia, de la adaptación y variación, de la sexualidad, del pape-
fisiológico de los órganos y tejidos, etc.). Pero, repito, el dato histológico de pri¬
mera mano, bien descrito y presentado, constituye algo fijo y absolutamente esta¬
ble, contra lo cual ni el tiempo ni los hombres podrán nada.
Para dejar bien sentada esta doctrina, citaré un ejemplo concreto tomado de -
mis modestas investigaciones neurológicas. Aludo a la concepción neuronal defen¬
dida actualmente por la gran mayoría de los histólogos.
Imagine.mos que se descubre un método de coloración exquisitamente selec- -
tivo, en cuya virtud aparece tendido entre mis nidos, fibras trepadoras o musgosas,
de una parte, y el cuerpo y dendritas neuroñales, de otra, un sistema sutilísima de
hebras anastomóticas absolutamente invisibles con los procederes actuales. En tal
supuesto, las hojas no representarían las últimas proyecciones del árbol; las arbo-
rizaciones nerviosas y espinas dendríticas señaladas por mí resultarían, en vez de
terminales, preterminales,
¿Habríase perdido algo con este transcendental progreso? ¿Convertiríanse en
entes de razón por eso los nidos, las plácalas y cálices finales, las ramificaciones
de los axones, las espinas de las dendritas y otras muchas disposiciones de con¬
tacto? De ninguna manera. Dichas formas conservarían íntegramente su valor
objetivo y su carácter de hechos anatómicos generares. Sólo una cosa debería sen
corregida: la interpretac ión fisiológica. Desde el punto de vista utilitario, tales
disposiciones no podrían justificarse ya por la necesidad de asegurar el paso de -
las corrientes, multiplicando las superficies de contacto. Por consiguiente, la hipó¬
tesis de la transmisión por contigüidad sería reemplazada por otra: la de la pro¬
pagación por continuidad. Y se impondría la averiguación, siguiendo otros derro¬
teros, de la significación dinámica de las susodichas estructuras. Una vez más<
haríase patente el carácter provisorio de nuestras interpretaciones teóricas y la
necesidad inexcusable de renovarlas y períeecionarias al compás de los nuevos -
descubrimientos.
Precisamente por temor a estas posibles decepciones (la historia de la biología
está llena de ellas), soy adepto ferviente de la religión de los hechos. Se ha dicho -
infinitas veces, y nosotros lo hemos repetido también (1), que »los hechos quedan ,
y las teorías pasan»; que todo investigador que, confiando harto en la solidez y
excelencia de las concepciones generales, desdeña la contemplación directa de la .
realidad, corre riesgo de no dejar huella permanente de su actividad; que los he¬
chos constituyen exclusivamente nuestro haber positivo, nuestros bienes raíces y
nuestra mejor ejecutoria; que, en fin, en la eterna mudanza de las cosas, ellos sólo .•
se salvarán— y con ellos acaso una parte, la mejor, de nuestra propia personali¬
dad— de los ultrajes del tiempo y de la indiferencia o de la injusticiade los hombres. ..
Todo esto es evidente; pero también es cierto que, sin teorías e hipótesis, nues--
(1) Cajal; Reglas y consejos sobre la investigación. biológica. Discurso de recepción de la Acaderaiai.»,
<je Ciencias, ISQÍ.
RECUERDOS DE MI VIDA
287
tro caudal de hechos positivos resultaría harto mezquino, acrecentándose muy len- -
tamente. La hipótesis y el dato objetivo están ligados por estrecha relación etioló-
gica. Aparte su valor conceptual o explicativo, entraña la teoría valor instrumen¬
tal. Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar. Ella es núes- -
tra mejor herramienta intelectual; herramienta, como todas, susceptible de me¬
llarse y de enmohecerse, necesitada de continuas reparaciones y sustituciones,...
pero sin la cual fuera casi imposible labrar honda brecha en el duro bloque de
lo real.
Para el anatómico, el histólogo y el embriólogo, amarrados al duro banco det
análisis, la elaboración doctrinal obedece además a tendencias lógicas y sentí- -
mentales casi irrefrenables. Dificilísimo es contrarrestar el impulso de la imagina¬
ción postergada, que reclama a gritos su turno de acción. Nos la impone además
el juego mismo de nuestro mecanismo pensante, esencialmente práctico y finalista, ..
el cual nos plantea a diario el problema de las causas mecánicas y de los móviles
utilitarios. Reconocida una disposición estructural o morfológica, surge invariable¬
mente en nuestra mente esta interrogación: ¿Qué servicio fisiológico o psicológico
presta al organismo? En vano el buen sentido, en pugna con las citadas tenden¬
cias, ataja nuestra curiosidad, advirtiéndonos que el problema ha sido planteado
prematuramente, mucho antes de allegados todcs los datos indispensables. Tan
discreta reflexión, si nos vuelve acaso más circunspectos, no paraliza, empero, el •
proceso teórico. Sigue impertérrita la fantasía, construyendo sobre arena, como si
ignorase lá irremediable caducidad de su obra. Y no vale afirmar, con Goethe y
muchos pensadores modernos, que la indagación de las causas finales carece de -
sentido; que nuestra tarea consiste en resolver el cómo y no el porqué. Nuestro
espíritu, que durante millares y acaso millones de años, sólo ha interrogado a la
naturaleza con fines utilitarios y egoístas, no puede cambiar de repente su modo -
de considerar el mundo. Ni debemos olvidar que en las ciencias biológicas, para
llegar al CÓ/7IO, esto es, al proceso físico-químico modelador délas disposiciones :
orgánicas, es preciso pasar por el preliminar para qué de la curiosidad inexperta .
e insaciada.
Todo esto es notoriamente contradictorio, pero es fatalmente humano. Nunca .,
fueron buenos amigos la razón y el sentimiento. Quienes sienten tales anhelos
especulativos, conocen de sobra cuán efímera suele ser, en biología, la obra de ;
los grandes sistematizadores finalistas. Y no obstante...
Todo el precedente preámbulo, del cual pido perdón al lector, se encamina a
disculpar, en lo posible, mis escarceos especulativos— pocos por fortuna— y expli- -
car el cómo un fanático irreductible de la religión de los hechos, cayó, de vez en
cuando, en la debilidad de sacrificar al ídolo de la teoría deslumbrante y fascina- -
dora, no obstante hallarse intimamente persuadido de su irreparable fugacidad, y
a despecho de haber declarado repetidamente «que, si por impulsos incoercibles .
forjamos hipótesis, procuremos al menos no creer demasiado en ellas». Nada de .
embriagarnos con el vino propio o ajeno.
Desahogada un poco mi conciencia con esta espontánea confesión, pasaré bre¬
vemente a relatar algunas dé las lucubraciones imaginadas durante el trienio
susodicho. Y vaya por delante la declaración de que entre las conjeturas e hipó¬
tesis de mi cosecha las hay que me parecen estimables, y cómodamente defendi¬
bles aún hoy, después de veinticinco años de progresos incesantes; y las hay, en ..
288
S. RAMÓN Y CA3AL
■ cambio, francamente inverosímiles, temerarias e inaceptables. Sobre las primeras
-insistiré, naturalmente, más que sobre las segundas, merecedoras sólo de olvido.
En fin, algunas pocas pertenecientes a la primera categoría entran, a juicio mío,
en la jerarquía de leyes empíricas sólidamente fundadas.
Mi primer trabajo de tendencia teórica fué el que, con el título de Considera¬
ciones generales sobre la morfología de la célula nerviosa, fué enviado al Congreso
internacional de Medicina, celebrado en Roma (1894).
Tratábase, sobre todo, en esta comunicación, de indagar las leyes de la evolu¬
ción del sistema nervioso en la serie animal, y de marcar, en lo posible, cuáles
■ centros, durante los innúmeros incidentes del desarrollo, han conservado poten¬
cialmente la prístina plasticidad, siendo capaces de adaptarse estructuralmente a
las de cada vez más variadas y complejas condiciones del Cosmos, y cuáles son los
• centros, propiamente animales, como anquilosados por un automatismo milenario
y que, rebeldes a toda acomodación, cancelaron casi definitivamente su historia.
En obsequio a la brevedad enumeremos rápidamente las principales conclu-
: siones de esta comunicación (1).
a) La ontogenia del tejido nervioso reproduce, de modo abreviado, con algu¬
nas simplificaciones y saltos, la filogenia del mismo, y eso tanto con relación a la
: reuroglia como a la célula nerviosa.
b) Desde el punto de vista del desarrollo filogénico, se advierte en todo ver¬
tebrado la presencia simultánea de dos sistemas nerviosos: el sensorial y sensitivo
(ganglios periféricos, retina, bulbo olfatorio, médula espinal, cerebelo, tálamo,
cuerpo estriado, etc.), que ha terminado su desarrollo por diferenciación, progre¬
sando sólo por extensión; y el sistema nervioso cerebro-cortical (corteza gris y cir¬
cunvoluciones cerebrales), que continúa perfeccionándose en la serie animal,
tanto por extensión como por diferenciación estructural y morfológica de sus
•elementos.
. c) La ley del progreso morfológico, asociada a creciente adaptación funcio¬
nal, se traduce en las neuronas por la creación y estiramiento de nuevos apéndi¬
ces, y, por consiguiente, por la multiplicación y diversificación de las conexiones
intercelulares.
d) Afirmación, sobre la base de numerosas observaciones comparativas, de
que la dimensión del cuerpo de la célula nerviosa y el diámetro del axon no guar¬
dan relación con la especialización fisiológica, sino que son proporcionales a la
riqueza y extensión de la arborización nerviosa terminal, y por consiguiente, a la
amplitud y diversidad de las conexiones.
e) Comparatido la morfología y la abundancia relativa de colaterales nervio¬
sas y protoplásmicas de las pirámides cerebrales en la escala de los vertebrados,
llégase a este resultado: la excelencia intelectual, y sus más nobles expresiones,
el genio y el talento, no dependen de la talla o del caudal de las neuronas cere¬
brales, sino de la copiosidad de sus apéndices de conexión, o en otros términos,
de la complejidad de las vías de asociación a cortas y a largas distancias. Que la
abundancia de la substancia blanca denota riqueza de conexión y, por tanto, su¬
perior jerarquía intelectual, fué tesis defendida ya hace tiempo por Meynert y
Flechsig, quienes, naturalmente, no pudieron fundarla, en ausencia de métodos
selectivos de las expansiones celulares, sino en la grosera estructura de la subs¬
tancia gris y blanca, mostrada por procederes poco eficaces (métodos al carmín,
hematoxilina, el de Weigert, etc.).
f) Explicación de la adaptación y destreza profesional, o sea del perfecciona¬
miento funcional acarreado por el ejercicio (educación física, operaciones de hablar,
escribir, tocar el pianOj maestría en la esgrima, etc.), tanto por el robustecimiento
(1) Cajal: Consideraciones generales sobre la morfología de la célula nerviosa. Comunicación en¬
viada al Congreso médico internacional ceiebrádo en Roma en. 1894. Publicado en las Actas del Congre¬
so y ea la Veterinaria española, núm. S, 2 de junio de 1894.
RECUERDOS DE MI VIDA
progresivo de las vías nerviosas (conjetura sugerida por Tanzi y Lugaro) excitadas
por el paso de la onda, como por la creación de nuevos apéndices celulares (cre¬
cimiento de nuevas dendritas y alargamiento y ramificación de colaterales nervio¬
sas, no congénitas), susceptibles de mejorar el ajuste y la extensión de los cori-
íactos, y aun de organizar relaciones absolutamente nuevas entre neuronas primi¬
tivamente inconexas.
Esta última hipótesis, bastante verosímil, y que se presta, según adivinará el
•lector, a desenvolvimientos retóricos y psicológicos interesantes, fué también
enunciada, y decorada con algunos ejemplos y comparaciones, en nuestra confe¬
rencia de Londres del mismo año (1).
Naturalmente, al interpretar psicológicamente los rasgos de la morfología
celular, no excluíamos, ni mucho menos, la parte que, andando el tiempo, habría de
ser atribuida, a los efectos de explicar histológicamente el hábito, el talento y el
genio a la sutilísima urdimbre del protoplasma nervioso, cuya complejidad, siem¬
pre en aumento, no había llegado aún a la suprema culminación de hoy. (Ignorá-
tianse entonces las neurofibrlllas, el aparato endocelular de Golgi, y estaba muy
iresco todavía el descubrimiento de los grumos de Nissl.)
Animado de igual espíritu, lancé en 1897 a la publicidad otro trabajo sintético,
•encaminado a inquirir los postulados de carácter utilitario que parecen regir las
infinitas variantes de forma, tamaño, posición y dirección de las neuronas y de
las fibras conductrices. Digarños de pasada que sobre el mismo asunto tuve la
honra de pronunciar una conferencia en el Ateneo de Madrid (2).
El trabajo aludido (3), que lleva por título: Leyes de la morfología y dinamismo
de las células nerviosas, contiene, además de la nueva fórmula de la polarización
dinámica, de que hemos tratado ya en el capítulo IX, una indagación acerca del
porqué utilitario de esas curiosas variantes, al parecer caprichosas, del punto de
'emergencia del axon (recuérdese que éste brota, en ocasiones, de una dendrita, a
más o menos distancia del soma). En sus páginas procúranse también dilucidar
los móviles utilitarios perseguidos por el organismo con la dislocación o emigra¬
ción del soma, durante la ontogenia y la filogenia. Sabido es que, al estudiar com¬
parativamente un tipo celular en la serie animal, sorpréndense, no sólo variaciones
•de conformación, dependientes de la diversa riqueza de sus conexiones, sino no¬
tables mudanzas de posición estratigráfica (dislocación de las células gangliona-
res raquídeas, emigración hacia adelante o hacia atrás de los elementos bipolares,
amacrinos y gangliónicos de la retina; alteraciones topográficas de ciertos cor¬
púsculos de la corteza cerebelosa, del bulbo olfatorio, etc.). A excepción de la si¬
tuación de arabos factores de la articulación interneuronal (dendritas y arboriza-
iCión nerviosa final), que representa algo fijo y constante, cabe afirmar que todo
•es variable y acomodaticio en la actitud y topografía de las células nerviosas.
Ahora bien; todas las referidas libraciones de situación y morfología, y hasta la
fórmula misma de la polarización axipeta, parecen ser regidas, desde el punto de
vista teleológico, por estos tres postulados económicos:
(1) Cajal; Croonian Lectura, 1894.
(2) Por cierto que, como premio a esta disertación, así como a un curso completo explicado en
1897 y 1898, sobre mis modestas investigaciones científicas, el ilustre Presidente del Ateneo, don Segis¬
mundo Moret, que siempre me distinguió con sus bondades, y la Junta directiva, celosa en estimular y
honrar a todo entusiasta cultivador de la ciencia o del arte, otorgáronme el título de socio de mérito.
(3) Cajal: Leyes de la morfología y dinamismo de las células nerviosas. Revista trimestral micro,
gráfica, núm. 1, marzo de 1897. Con 14 grabados.
19
290
S. RAMÓN Y CAJAL
a) Ahorío de materia (construcción de la via más corta entre dos territorios
asociados).
b) Ahorro de tiempo de conducción (consecuencia dinámina de la ley an¬
terior).
c) Economía de espacio. Evítanse todos los huecos inútiles, situándose eí
núcleo y, por tanto, el soma neuronal, allí donde hay escasez de arborizaciones
protoplásmicas o nerviosas.
Con ayuda de estos principios compréndense también muchas singularidades
de la posición y dirección de las vías nerviosas (diversa topografía de la substan¬
cia blanca en la médula y cerebro, forma y orientación de las bifurcaciones axóni-
cas, marcha de las colaterales, etc.). Excusado es decir que, lejos de excluirse, los
precedentes postulados combínanse entre sí. He aquí el problema arquitectónico'
que parece haberse planteado el organismo: construir, con el mínimo de materia y
el menor espacio posible, la máquina nerviosa más ricamente diferenciada y de re¬
acciones más súbitas, enérgicas y eficaces: caso particular, en suma, de la ley física
tan conocida, del efecto máximo con el esfuerzo mínimo.
En los trabajos anteriores, la elaboración especulativa sigue muy de cerca af
hecho de observación. Los mencionados conceptos generales (ley del progreso
morfológico neuronal, hipótesis acerca de la adaptación funcional, normas econó¬
micas reguladoras de la disposición del soma, etc.), representan legítimas indüC'
ciones o hipótesis plausibles. Todas ellas son susceptibles de corroborarse a pos-
teriori, confrontándolas con la infinita variedad de las formas neuronales.
Esta severa y saludable adaptación al dato empírico no resplandece, por des¬
gracia, en otra comunicación publicada en 1895 acerca del mecanismo histológica
de la asociación, ideación y atención (1). Salvo algún concepto que considero ati¬
nado, en toda esta aventuradísima lucubración campea , muy a su sabor y talante, -
la loca de la casa.
Las ideas aprovechables son: la noción de unidad de impresión y muy particu¬
larmente la ley del alud nervioso, que se formula así: toda impresión periférica,
recogida por la arborización protoplásmica (sensitiva o sensorial) de una sola
célula, propágase en avalancha hacia los centros; o, en otros términos, el número
de neuronas interesadas en la conducción crece, progresivamente desde la perife¬
ria hasta el cerebro, en cuyas circunvoluciones (focos sensoriales terciarios) xtsiá&-
la base del cono de afluencia general y el arranque de nuevas vías de conexión.
De esta ley anatomo-fisiológica, basada en numerosas investigaciones sobre la
organización de las vías visual, acústica, olfativa, etc., sacaron excelente partido
Tanzi y Lugaro para esclarecer el mecanismo probable de la alucinación, asocia¬
ción de ideas y otros procesos psicológicos importantes.
Por lo contrario, estimo hoy, de acuerdo con el juicio de muchos autores de
antaño, como conjetura francamente inadmisible la pretendida participación de la
neiiroglia en los actos mentales de la atención y asociación de ideas (en la faz-
fisiológica o somática, naturalmente, de estos procesos).
Para admitir esto fuera necesario que las células de la glía recibieran termi¬
naciones nerviosas por nadie observadas aún. Además, los procesos de la aten ción*
asociación de ideas, emoción, fenómenos intelectuales, etc., son tan enormem ente-
complejos y tan enigmáticos hoy, desde el punto de vista histológico, histoquí-
(1) Cajal: Algunas conjeturas sobre el mecanismo anatómico de ia asociación, ideación y atenc ión.
Revista de Medicina y Cirugía prácticas. Madrid, 1895.
Se trata de probar en este opúsculo la posibilidad de explicar, por cambios morfológicos de las célu¬
las neuróglicas, el mecanismo (en lo orgánico) de algunos actos mentales.
Se expone, además, la teoría del alud nervioso y la de la unidad de senaactón.
RECUERDOS DE MI VIDA
291
mico y energético, que toda indagación conducida en este sentido nos parece
hoy pura temeridad. Pasarán siglos, y acaso millares de años, antes que el hom¬
bre pueda entrever algo del insondable arcano del mecanismo no sólo de nuestra
psicología, sino hasta de la más sencilla de un insecto.
Tales concepciones caen rápidamente en merecido olvido, porque la ciencia
sólo se interesa por las ideas susceptibles de contraste experimental y sugerentes
de acción.
Para cerrar este capítulo, mencionaré dos sucesos fecundos en consecuencias
para el estímulo y prosecución de mi obra científica.
Fué el primero la creación, a costa de no pocos sacrificios pecuniarios, de mi
Revista trimestral micrográfica (1), al objeto de publicar rápidamente, ly sin hacer
antesala en las Redacciones de las revistas nacionales y extranjeras, los trabajos
micrográficos del Laboratorio de la Facultad de Medicina, y de estimular al mis¬
mo tiempo los ensayos de mis discípulos. En dicha publicación vieron la luz varias
de las comunicaciones enumeradas en el presente capítulo y casi todas las apare¬
cidas después, fiasta 1901, fecha en que, con recursos oficiales, fundé el Anuario
titulado Trabajos del Laboratorio de investigaciones biológicas.
Los primeros fascículos de dicha Revista fueron casi exclusivamente redacta¬
dos por su director. Poco después, creado un germen de escuela, ayudáronme efi¬
cazmente, entre otros discípulos entusiastas, mi hermano Pedro Ramón Cajal, a
la sazón catedrático de Histología de Cádiz, que contribuyó nada menos que con
ocho extensas monografías, recaídas sobre variados temas de neurología compa¬
rada (peces, reptiles, aves y batracios); el malogrado alumno interno R. Terra¬
zas (2), con sus interesantes estudios de neurogénesis cerebelosa y los referentes
al tejido cartilaginoso; el joven mallorquín Blanes Víale, alumno aventajadísimo
(muerto también en flor, antes del término de la carrera), con cierta concienzuda
indagación acerca del bulbo olfatorio; Sala Pons, antiguo discípulo de Barcelona
con sus estudios relativos a la corteza cerebral de las a\es y médula espinal de los
batracios; Olóriz Aguilera, cuya colaboración en mis indagaciones sobre la estruc¬
tura ganglionar ya consignada; Carlos Calleja, por entonces ayudante de la
Facultad, y autor de valiosa comunicación acerca de la corteza cerebral olfativa;
y, en fin, Isidoro Lavilla, actual catedrático de Valladolid, que aportó dos estu¬
dios importantes: uno sobre el gran simpático intestinal y otro concerniente a los
focos acústicos de los mamíferos.
El segundo acontecimiento, muy lisonjero para mí, fué mi elección espontánea
de miembro de la Real Academia de Ciencias, de Madrid. Esta designación Tiene
su anécdota, que referiré, porque honra mucho al patriotismo e independencia de
la sabia Corporación.
Uno de los más conspicuos académicos, a la sazón recién llegado de Berlín
contó a sus compañeros que el gran Virchow, entonces en todo el esplendor de
su gloria, habíale sorprendido con una pregunta a que no pudo responder: «¿En
qué se ocupa ahora Cajal? ¿Continúa sus interesantes trabajos?»
Confuso y algo avergonzado nuestro prócer académico de que en Berlín ins-
(1) El primer fascículo vio la luz en marzo de 1897.
(2) Este brillante discípulo murió, apenas graduado de doctor, a consecuencia de una fiebre tifoi¬
dea contraída en el primer partido de que fué médico titular.
292
S. RAMÓN Y CAJAL
pirara interés la labor de un español de quien él no sabía palabra, procuró, de
regreso a la Península, satisfacer su curiosidad. Y de sus conversaciones con el
sabio astrónomo D. Miguel Merino, el inolvidable secretario perpetuo, surgió el
acuerdo de iniciar y defender mi candidatura para cierta vacante, a la sazón en
litigio. Tengo, pues, el singular privilegio de ser académico a propuesta de R. Vir-
chow y de D. Miguel Merino.
La redacción del discurso de ingreso, ocurrida en 1857 (1), dióme ocasión de
exponer, ex abundantia coráis, algunas reglas y consejos destinados a despertar
en nuestra distraída juventud docente el gusto y la pasión hacia la investigación
científica. Puse especial empeño en hacer amables y atractivas las tareas del labo¬
ratorio, y para lograrlo empleé un lenguaje llano, sincero y rebosante de entusias¬
mo comunicativo y de ferviente patriotismo. Y el éxito superó a mis esperanzas.
Tan lisonjera acogida halló mi fogosa arenga en el público universitario y en la
prensa, que, agotada rápidamente la tirada oficial del discurso, mi excelente ami¬
go el Dr. Lluria, supliendo mi dejadez, estimó necesario reeditarla por su cuenta,
destinando generosamente Ja nueva y copiosísima tirada a ser gratuitamente dis¬
tribuida entre los estudiantes y diversos centros de enseñanza.
Ya en vena de enumerar distinciones y honores, recordaré también que en 1897
fui elegido numerario de la Real Academia de Medicina, de Madrid; que esta mis¬
ma ilustre Corporación me galardonó, meses antes, con el premio Rubio (1.000 pe¬
setas), a causa de la publicación de una obra de texto, entonces reciente, Elemen¬
tos de Histología; que en 1896 la Société de Biologie, de París, recompensó espon¬
táneamente mis trabajos, adjudicándome el premio Fauvelle (1.000 francos); que
por la misma época, la famosa Universidad de Würzburgo (2), con ocasión de la
inauguración del nuevo Palacio Universitario, me otorgó, en compañía de algunos
profesores ilustres, el grado de doctor honoris causa; que años antes (1895), la
Sociedad Fisico-Médica de la misma ciudad bávara, por iniciativa, sin duda, de mi
ilustre amigo el Dr. A. Kolliker, nombróme miembro corresponsal; que, en fin, con
igual distinción honráronme, por entonces, la Academia de Medicina de Berlín, la
Sociedad de Psichatria de Viena, la Sociedad de Biología de París, la. Sociedad
Frenática Italiana, la Academia de Ciencias de Lisboa, etc.
(1) Cajal; Reglas y consejos sóbrela investigación biológica. Discurso d« era la Real Aca¬
demia de Ciencias, etc., 5 de diciembre de 1897. Este discurso incluye la contestación del doctor Calleja,
decano de la Facultad de Medicina, quien, aparte elogios exagerados y amables de ritual acerca de mi
obra científica, expone en brillante forma algunas atinadas y prudentes reflexiones sobre el tema. Por lo
demás, mi discurso, convertido en libro, ha alcanzado la 5.» edición, En él se han introducido nume¬
rosos capítulos nuevos, entre los cuales merecen citarse los tocantes a las causas de nuestro atraso cul¬
tural y la terapéutica adecuada para remediarlo.
(2) Según registra la Nene Würzburger ¡íeítung, diario que dió cuenta detallada de la fiesta, la cere¬
monia de la inauguración del suntuoso edificio del Alma Julia fué muy solemne. Asistieron varios mi¬
nistros de la Corona, el rector, los decanos de las cuatro Facultades y representantes de todas las Uni¬
versidades alemanas. Pronunciáronse muchos discursos, entre ellos uno muy elocuente del rector, pro-
. fesor von Léube. Al final del acto, fueron proclamados los doctores honorarios, compartiendo conmigo
esta honra, por la Facultad de Medicina, el ilustre maestro de Estocolmo Dr. G. Reízius y el gran reno¬
vador de la Química orgánica Dr. Fischer, de Leipzig.
CAPITULO XV
MI PRODUCCIÓN EN 1896 Y 1899.— ABATIDO POR EL DESASTRE COLONIAL, AMENGUA
MI FUERZA PRODUCTIVA.— literatura DE LA REGENERACIÓN: SU INFECUNDIDAD
EN LA CORRECCIÓN DE LOS VICIOS NACIONALES.— TEORÍA DE LOS ENTRECRUZA-
MIENTOS NERVIOSOS Y ESTRUCTURA DEL «KIASMA ÓPTICO» EN LA SERIE ANI¬
MAL.— OTROS TRABAJOS MENOS IMPORTANTES
MI obra científica durante el año de 1898 fué bastante parca y pobre en
hechos nuevos. Compréndese fácilmente: Fué el año de la funesta y ve¬
sánica guerra con los Estados Unidos; guerra preparada por la codicia
de nuestros industriales exportadores, la rapacidad de nuestros empleados ultra¬
marinos y el orgull o y cerril egoísmo de nuestros políticos. A ella dieron ocasión
sin duda, defectos hereditarios del carácter nacional, entre otros, un errado sen¬
timiento del honor y cierta puntillosidad caballeresca, excusable en los individuos,
absurda y antinacional en los pueblos; pero más que nada nos arrastró a la catás¬
trofe la vergonzosa ignorancia en que vivían nuestros partidos de turno de la mag¬
nitud y eficiencia reales de las propias y de las ajenas fuerzas. Porque, aunque
parezca absurdo, por entonces, diputados, periodistas, militares, etc., creían de
buena fe que nuestros instrumentos bélicos en Cuba y Filipinas— buques de ma¬
dera y ejército de enfermos— podían medirse ventajosamente con los formidables
de que disponía el enemigo. Que lo malo de un país no consiste en su debilidad,
sino en que ésta sea ignorada de quienes tienen inexcusable obligación de co¬
nocerla.
Justo, sin embargo, es reconocer que tan peligroso desconocimiento de la rea¬
lidad internacional tuvo excepciones. Prescindiendo del pueblo— quien, por haber
vertido estérilmente su sangre en dos cruelísimas campañas, anhelaba la paz a
todo trance— existían, hasta en el Ministerio, hombres, como Sagasta y Moret,
que vieron el abismo a que la concupiscencia ciega de los plutócratas y la in¬
consciencia de las autoridades militares nos conducían. Y, sin embargo...
¡Pena da recordar cómo a políticos tan perspicaces y cultos como Moret, Sa¬
gasta y Canalejas, penetrados de la salvadora verdad (1), faltóles en la hora supre¬
ma el valor cívico necesario para proclamarla, imponiéndose enérgicamente a las
(1) El tan elocuente como malogrado estadista D. José Canalejas acababa por entonces de regre¬
sar de un viaje de estudio por los Estados Unidos, de cuyos increíbles progresos, asombroso poder y
prosperidad industrial y financiera, Jiablaba en privado como de algo insuperable y monstruoso; y, sin
embargo, llegada la hora del conflicto, inspirándose acaso en los escrúpulos de Moret, reservó juicios y
avisos que, proclamados viril y solemnemente en la prensa,' hubieran quizás logrado modificar los
extraviados sentimientos de la opinión.
294
S. BAMÓN Y CAJAL
opiniones y sentimientos de la Corona, del Ejército y de la Prensa! ¡Tan peligroso
y arduo resultaba patentizar a los ojos del pueblo, como lo hizo austeramente Pí
y Margal!, que una nación de 90 millones de habitantes, con riquezas inmensas,
recursos industriales y aprestos bélicos inagotables, habla de aplastar irremedia¬
blemente a un país pobrísimo, de 17 millones de almas, y anemiado, además, por
cuatro asoladoras guerras civiles!
Pero no renovemos tristes memorias y volvamos a nuestro asunto.
El recuerdo del desastre colonial hállase vinculado en mi memoria, por asocia¬
ción cronológica, con la redacción de un trabajo de tendencias filosóficas acerca
de la organización fundamental de las vías ópticas y la probable significación de
los entrecruzamientos nerviosos (1), una de las disposiciones anatómicas más sin¬
gulares y enigmáticas de los vertebrados.
Estábamos a la sazón veraneando en compañía del inolvidable Olóriz, en el
pintoresco pueblo de Miraflores de la Sierra. Vecinos eran los pequeños hoteles
en que nos albergábamos, y así, nuestras familias formaban como una sola. A me¬
nudo, fatigados de paliquear o de leer, nos entregábamos al juego del ajedrez, al
que D. Federico era muy aficionado. (En recuerdo del llorado maestro, inserto
aquí una fotografía íntima, sacada por uno de mis hijos durante una partida em¬
peñadísima) (fig. 69). Al atardecer, ahitos de lecturas o vibrantes con las peripe¬
cias del juego, solíamos descongestionar el cerebro paseando por la carretera que,
serpenteando al pie de la Najarra, remóntase a la Marcuera, para morir en el ma¬
ravilloso Monasterio del Paular. Durante tan saludables correrías, placíame comu¬
nicar a mi compañero el fruto de mis meditaciones. Y alentado y autorizado con
la aprobación del amigo, estaba a punto de terminar la redacción de mi trabajo,
cuando en nuestro apacible retiro cayó como una bomba la nueva horrenda y
angustiosa de la destrucción de la escuadra de Cervera y de la inminente rendi¬
ción de Santiago de Cuba.
La trágica noticia interrumpió bruscamente mi labor, despertándome a la
amarga realidad. Caí en profundo desaliento. ¿Cómo filosofar cuando la patria
está en trance de morir?... Y mi flamante teoría de los entrecruzamientos ópticos
quedó aplazada slne die.
Aquel desfallecimiento de la voluntad— que fué general entre las clases cultas
de la nación— sacóme del laboratorio, llevándome meses después, cnando la con¬
ciencia nacional sacudió su estupor, a la palestra política. La prensa solicitaba
apremiantemente la opinión de todos, grandes y chicos, acerca de las causas pro¬
ductoras de la dolorosa caída, con la panacea de nuestros males. Y yo, al igual de
muchos, jóvenes entonces, escuché la voz de la sirena periodística . Y contribuí
modestamente a la vibrante y fogosa literatura de la regeneración, cuyos elocuen¬
tes apóstoles fueron, según es notorio, el gran Costa, Maclas Picavea, Paraíso y
Alba . Más adelante sumáronse a la falange de los veteranos algunos literatos
brillantes: Maetzu, Baroja, Bueno, Valle Inclán, Azorin, etc.
Creo sinceramente que mis declaraciones de El Liberal, Vida Nueva y de otros
diarios (2), contenían algunas censuras justas y apuntaban tal cual remedio ati-
(1) Cajal; Estructura del quiasma óptico y teoría general de los entrecruzamientos nerviosos. Re¬
vista trimestral micr ográfica, tomo III, 1898, con 13 grabados.
(2) Como remedios morales apuntábamos: renunciar al matonismo internacional, a la ilusión de
tomar por progreso real lo que no es más que reflejo pálido de la civilización extranjera ; desterrar el
empleo de adjetivos hiperbólicos, de que tan pródigos fuimos siempre con nuestras medianias; y, en fin,
crear a todo trance cultura original. En el orden pedagógico, proponíamos: el pensionado de profesores
RECUERDOS DE MI VIDA
295
jiádo. Sin embargo, hoy, a la distancia de diez y ocho años, no puedo releer aque¬
llas ardientes soflamas sin sentir algún rubor. Me disgustan algunas recriminacio¬
nes exageradas o injustas, el tono general declamatorio y cierto aire patriarcal y
autoritario impropio de un humilde obrero de la ciencia. ¿Qué autoridad tenia un
pobre profesor, ajeno a los problemas sociales y políticos, para censurar y corregir?
Fuera de que la retórica no detuvo nunca la decadencia de un país. Los rege¬
neradores del 98 sólo fuimos leídos por nosotros mismos: al modo de los sermo¬
nes, las austeras predicaciones políticas edifican tan sólo a los convencidos. La
masa permanece inerte. ¡Triste es reconocer que la verdad no llega a los ignoran¬
tes porque no leen ni sienten, y deja fríos, cuando no irritados, a los vividores y
logreros !
Advierto que recaigo en enfadosas digresiones. Anudando el hilo de mi narra¬
ción, repito que el desenlace de la tragedia colonial interrumpió mis meditaciones
sobre la significación del kiasma de los vertebrados. Mas, al fin, las aguas volvie¬
ron a su cauce. Y recobrando el equilibrio me incorporé al tajo con el antiguo ardor.
Humillado mi patriotismo de español, quedó vivo y pujante, y aun diré que exal¬
tado, mi patriotismo de raza. Y di cima, al fin, al aludido trabajo, sin perjuicio de
planear nuevas labores para lo futuro.
Encierra la susodicha Memoria sobre el kiasma dos partes: la primera, exclusi¬
vamente anatómica, conservará siempre su valor; la otra, de tendencias psicoló¬
gicas, sustenta concepciones que fueron blanco, y lo son aún, de vivas discusiones.
La indagación anatómica fué motivada por dos Memorias, radicalmente revo¬
lucionarias, entonces recientes, de Michel y de Kólliker. Prodúcese a veces entre
los científicos algo así como cansancio de la verdad consagrada. El furor icono-
<:lasta y revisionista gana hasta a los viejos. ¡Es tan tentador para el amor propio
dejar mentirosas varias generaciones de sabios!... Algo de esto debió pasar por el
espíritu de Michel cuando proclamó, contra lo que desde la época de Newton era
general creencia, e imponen además-postulados fisiológicos indeclinables, que el
kiasma óptico del hombre y vertebrados superiores (visión binocular de campo
común) consta exclusivamente de fibras ópticas entrecruzadas; en consecuencia, el
clásico cordón óptico homolateral, que junta cada ojo con el hemisferio cerebral
de su mismo lado , sería una mera ilusión anatómica (1).
A pesar del aparato de pruebas histológicas con que el citado sabio autorizó
sus osadas afirmaciones, la tesis de Michel causó general estupefacción. Pero lo
más grave fué que algunos investigadores de renc^bre, y sobre todo el venerable
Kolliker (2), la ampararon con su prestigio y hasta procuraron fortalecerla con nue¬
vas demostraciones anatómicas. , Los dibujos del maestro de Würzburgo, calcados
sobre irreprochables preparaciones del método de Weigert, parecían concluyentes.
De prevalecer esta hipótesis, quedábamos, pues, cuantos creíamos en la doble vía
óptica, indeclinable postulado fisiológico, incapacitados para explicar cómo, reci¬
biendo el cerebro dos imágenes visuales casi idénticas (exigencia de la visión del
relieve), sólo percibimos una.
Ocupado yo entonces en el análisis de los centros visuales de los mamíferos,
tan insólita conclusión prodújome invencible repugnancia. Ello no podía ser, no
y doctores aventajados en el extranjero; la incorporación a nuestros claustros de investigadores de
renombre mundial; el abandono del régimen enervador del escalafón, sustituido por el sistema alemán
de reclutamiento del profesorado, etc., etc.
(1) Michel: Lehrbuch der Augenheilkun de 2 Auf., 1890.
(2) A, Kolliker: Handbuch der Gewebelehre des Menschen. Bd. II, 1896.
296
S. RAMÓN Y CAJAL
debía ser; a menos que la naturaleza, divorciada de toda ley de superior armonía,,
se complazca en lo superíluo o en lo absurdo. Y, acudiendo a la observación,
me propuse estudiar a fondo el asunto, abordándolo con los métodos más apro¬
piados; cuanto más, que por entonces me rondaban por la imaginación algunas-
conjeturas encaminadas a esclarecer el enigma de los entrecruzamientos nervio¬
sos. Claro es que antes de hilvanar mi teoría necesitaba saber, a punto fijo, si
existían o no en el kiasma del hombre y primates fibras homolaterales.
Puse, pues, manos a la obra, auxiliándome de copioso material de estudio (pe¬
ces, batracios, reptiles, aves y mamíferos). Y, en sustitución del método de Wei-
gert usado por Kólliker (cortes finos seriados en donde las fibras aparecen trunca¬
das y difícilmente perseguibles), me serví del de Ehrlich, al azul de metiléno, y def
de Marchi (degeneraciones secundarias tras la ablación de un ojo).
El resuítado de tales pesquisas fué absolutamente conforme con la doctrina
tradicional. Entrambos recursos demostraron en los mamíferos de visión binocu¬
lar la existencia de robustísima vía óptica homolateral; en los animales donde- se
indica apenas dicho campo visual común (conejo, cavia, ratón, etc.), la presencia
de algunas fibras homolaterales, predominando enormemente las cruzadas; y, en
fin, en los vertebrados de campo visual diferente (peces, batracios, reptiles y aves,
doiide la visión es panorámica), la existencia de un entrecruzamiento total. El
error de Michel y de Kólliker nació, como nacen siempre los errores histológicos,
de haber exigido del método (el de Weigert) más de lo que buenamente podía dar,
completando lo truncado de sus revelaciones con interpretaciones aventuradísi¬
mas. Exactos eran ios dibujos, pero erradas las conclusiones.
De pasada y para hacer bueno el adagio de que en las ciencias experimentales
cuando se busca con fe y perseverancia siempre se encuentra algo fuera de pro¬
grama, tropecé con un hecho interesante. El kiasma de algunos roedores (conejo,
por ejemplo) encierra, además de los conocidos conductores cruzados y directos,
ciertos tubos bifurcados, esto es, fibras que, brotadas en la retina (células gan-
gliónicas), divídense en dos ramas (fig. 70), destinadas a entrambas cintas ópticas.
Para Kólliker (que en vista de mi trabajo rectificó después noblemente su opinión)
y para otros autores que trataron de interpretar fisiológicamente el inesperado
hallazgo, la citadas fibras bifurcadas provendrían de la región retiniana llamada
mácula lútea, territorio correspondiente a la f oseta central del hombre y primates.
Por lo demás, tales dicotomías fueron confirmadas ulteriormente en el gato y cier¬
tos animales por el maestro bávaro.
Fijado ya el primer punto importante, o sea la realidad indiscutible de cruce
parcial de las vías ópticas primarias, era llegada la hora de ver cuál de las conje¬
turas imaginadas acerca de la significación de los entrecruzamientos cuadraba me¬
jor con las variantes de organización del kiasma y retina en la serie animal, y con
los datos y postulados de la fisiología de la visión.
Planteemos el problema tal como lo planteaba entonces mi curiosidad. Note¬
mos de pasada que para la ciencia anatómica de entonces— cerrada de horizontes
y atenida a la mera descripción morfológica—, no había tal problema. El anatómi¬
co puro, como el zoologista descriptivo, es ajeno a toda inquietud filosófica. Con
proclamar que el cruzamiento óptico constituye ley anatómica de los vertebrados
queda plenamente satisfecho. Inercia mental incomprensible, porque si la anato¬
mía y la histología deben aspirar a la jerarquía de verdaderas ciencias, es fuerza
que, al modo de la Química o de la Astronomía, se preocupen de la evolución de
los fenómenos y se tornen de cada vez más dinámicas y más causales.
RECUERDOS DE MI VIDA
297
Por sentir yo de esta suerte pude abandonar esa conformidad pasiva y como
beatifica, obra del hábito y apagadora de toda curiosidad etiológica. Sorprendíme
profundamente de una cosa de que nadie se mostraba al parecer sorprendido. Y
el kiasma óptico se me presentó como algo absurdo o inútil, que agravia nuestro
sentido de la simetría y del ahorro, puesto que merced a aquél los conductores
ópticos alargan inútilmente su trayecto y crean en los centros infinitas complica¬
ciones compensadoras.
«¿No fuera más sencillo— me preguntaba— que cada cordón óptico desemboca¬
ra directamente en los centros cerebrales de su lado, ya que la impresión recibida
por cada retina provoca predilectamente reacciones motrices en ias regiones co¬
rrespondientes de la cabeza, tronco y extremidad superior?»
Pero las incongruencias aparentes continúan en el encéfalo y bulbo. También
la Via pitamidal del cerebro o de los movimientos voluntarios, los cordones sensi¬
tivos llegados de la médula y del bulbo, los manojos centrífugos nacidos en el ce^
rebelo, se entrecruzan total o casi totalmente.
¡Y luego, la absoluta generalidad, la irreductible pertinacia de tales decusacio-
nes, iniciadas en los peces y proseguidas tenazmente hasta el hombre!... En reali¬
dad, no faltan en ningún animal de visión lenticular, es decir, provisto de ojos sen¬
cillos, en los cuales la imagen sintética es proyectada por una lente convergente.
Recientemente, hemos reconocido dicho cruce, aunque con asiento diferente, en
los insectos y cefalópodos, cuyo ojo obedece también a la norma estructural del
vertebrado.
«Quizás— me decía— el cruce fundamental de las vías ópticas está fatalmente
ligado al mecanismo físico de la visión. Busquemos, pues, en este mecanismo la
razón lógica de tal organización. Una vez averiguada, nada será más fácil que ex¬
plicar, a título de disposiciones compensadoras y correctoras, las decusaciones
primordiales de las vías motrices y sensitivas.»
Y dando de mano a otras conjeturas, se apoderó de mí, obsesionante, el si¬
guiente pensamiento: Todo tendría llana explicación, admitiendo que la percepción
correcta de un objeto implica la congruencia de las superficies cerebrales de pro¬
yección o representativas de cada punto del espacio. Por tanto, para que la percep¬
ción mental se unifique y concuerde exactamente con la realidad exterior, o, en
otros términos, para que la imagen aportada por el ojo derecho se continúe con la
aportada por el ojo izquierdo, es de todo punto necesario el entrecruzamiento la¬
teral de las vías ópticas; cruce íoto/ en los animales de visión panorámica; cruce
parcial en los animales dotados de campo visivo común.
Los siguientes esquemas explican claramente la precedente teoría.
El primer esquema (fig. 71) muestra la forma y dirección de la imagen óptica
mental, en el supuesto de que no hubiese cruzamiento de los nervios ópticos. La
incongruencia de ambas imágenes salta a la vista: la proyectada por el ojo dere¬
cho no conviene con la del izquierdo, y sería imposible que el animal pudiera sin¬
tetizar ambas imágenes en una representación continua. El horizonte se le presen¬
taría como una vista panorámica formada con dos fotografías: derecha e izquierda,
invertidas lateralmente.
Exaihinemos ahora la imagen mental resultante del entrecruzamiento de los:
nervios ópticos, entrecruzamiento adoptado por la naturaleza en los ojos lenticu¬
lares. La figura 72, C revela con la mayor evidencia que, gracias a: dicho cruce,
ambas imágenes, derecha e izquierda, se corresponden, componiendo un panora¬
ma continuo y desapareciendo la inversión lateral.
Las cosas pasan algo diversamente en los. mamíferos, en donde la doble pro-_
298
S. RAMÓN Y CAJAL
yección visual copia la misma región del espacio. En dichos animales existe, se¬
gún es sabido, el cordón homolateral (fig. 73, d). A causa de esta via óptica, la
íiuplicidad de la sensación visiva, inevitable á priori dado el campo visual común,
ha sido ingeniosamente eludida, gracias a la concurrencia en el mismo grupo de
pirámides cerebrales, de aquellas fibras ópticas homolaterales y oposito-laterales,
correspondientes a puntos homólogos de ambas retinas, y portadoras, por consi¬
guiente, del mismo detalle de la imagen.
En todo caso, según aparece en la figura 73, la aparición del haz directo no su¬
pone abandono de los beneficios del entrecruzamiento; éstos subsisten, porque
decusada la vía óptica principal, siempre resulta que la imagen proyectada en el
cerebro derecho se continúa con la dibujada en el izquierdo (Rv).
En fin, en la figura 72, M mostramos que el reparto en ambos cerebros de la
representación visiva mental (el izquierdo donde se proyectan los objetos situa¬
dos a nuestra derecha, y el derecho donde se pintan los de la izquierda), ha moti¬
vado correlativamente el entrecruzamiento de la vía motriz principal voluntaria,
así como el de las vías sensitivas y sensoriales primarias de la médula y bulbo (S).
En la aludida Memoria sobre el kiasma óptico se desarrollan también, por inci¬
dencia, algunas consideraciones sobre ciertas condiciones de la percepción del
relieve; y a título de aplicación de las mismas, descríbense algunas pequeñas in¬
venciones estereoscópicas, tales como; cierto aparato destinado a contemplar a
distancia el relieve de la doble imagen proyectada por la linterna (aparato fundado
en el principio de los prismas de Nicol y de la polarización por reflexión); y deter¬
minada disposición mecánica, con igual fin concebida, y destinada a producir
eclipses alternativos de la imagen estereoscópica, proyectada en un telón.
Mis ideas sobre el móvil utilitario de los entrecruzamientos alcanzaron éxito
lisonjero de publicidad. Extractadas o reproducidas íntegramente por muchas re¬
vistas extranjeras, merecieron además la honra de una buena traducción alemana,
bajo la forma de libro, del Dr. Bressler; versión amablemente prologada por el cé¬
lebre profesor Pablo Flechsig, de Leipzig. No obstante sus defectos, que no des¬
conozco (1), mi teoría sugirió interesantes trabajos. Entre otras investigaciones,
provocó la ya mentada de Kólliker (2)^ rectificadora de anteriores errores; la de
Havet (3), francamente confirmatoria, recaída en el kiasma de los crustáceos, y la
muy interesante del Dr. Márquez (4), donde los postulados de mi concepción fue¬
ron ingeniosa y afortunadamente aplicados al esclarecimiento de los cruces de
algunos nervios motores del globo ocular.
Conforme era de presumir, los hechos positivos consignados en mi trabajo
acogiéronse con aplauso y apreciáronse en todo su valor por los sabios especia¬
listas. Mas en cuanto a la teoría propiamente dicha, los dictámenes discreparon.
Lugaro y otros sabios opusieron algunas objeciones ingeniosas y propuesto otras
explicaciones histológicas. Creemos sin jactancia que ninguno de mis impugnado¬
res antiguos o modernos ha logrado imaginar explicación utilitaria más sencilla y
natural del cruce fundamental de las vías ópticas en los vertebrados inferiores y
del cruce parcial de las mismas en el hombre y mamíferos.
(1) La slticeridad me obliga a confesar que en mi trabajo se contienen doctrinas de valor muy des¬
igual. Hoy, a la distancia de veinticinco afios y aparecidas numerosas investigaciones sobre el tema,
estimo como concepción bastante fundada la explicación del cruce fundamental de los nervios ópti¬
cos; probable y plausible nada más el corolario relativo a la decusación compensadora de las vías mo¬
trices y sensoriales, y francamente aventurados ciertos análisis y conclusiones tocantes a las condiciones
histológicas de la percepción del relieve, etc.
(2) Kólliker: Neue Beobachtungen zur Anatomie des Chiaama vpticum. Würzburg, 1899.
(3) Havet: Revista trimestral micrográflca, tomo IV, 1899.
(4) Márquez: Nuevas consideraciones acerca de los entrecruzamientos motores del aparato de la vi¬
sión. Revista trimestral micrográflca, tomo X, 1900.
RECUERDOS DE MI VIDA
299
Algunos autores modernos critican esta teoría por excesivamente finalista.
Para ellos, el esclarecimiento del cruce óptico no implica ningún designio o inten-
cióri utilitarios, sino que depende de las condiciones mecánicas del desarrollo onto¬
génico y filogénico. Los que así discurren no me han entendido. En ninguno de
inis escritos afirmo yo que dichos cruces sean la encarnación de una idea utilita¬
ria impuesta por un principio rector orgánico inmanente o trascendente; antes
bien, de acuerdo con los postulados del evolucionismo, doy a entender que, habién¬
dose aquéllos originado por causas físico-químicas, han prevalecido y se han per¬
petuado hereditariamente, precisamente por ser provechosos. Si no lo fueran, care¬
cerían de constancia (hay cfuzamientos ópticos hasta en los cefalópodos, insectos
y crustáceos) o hubieran desaparecido en los animales superiores. Importa no
confundir el concepto de utilidad, innegable en la inmensa mayoría de nuestros
órganos y tejidos, con el de finalidad, concepción puramente metafísica, sobre
cuya realidad el biólogo no tiene para qué ocuparse. Por lo demás, sobre este
como sobre otros muchos problemas dificilísimos, la ciencia no ha dicho todavía
la última palabra.
De los demás trabajos del año 1898, me contentaré con exponer los títulos y
las conclusiones:
Algunos detalles más sobre la anatomía del puente de Varolio (1). - Contiene
nuevos pormenores sobre las colaterales y bifurcaciones pontales de la via pirami¬
dal, y cierta teoría poco feliz acerca del modo de acción de este sistema vector de
los movimientds voluntarios.
La estructura del cono terminal de la médula espinal (2) encierra multitud de
detalles descriptivos nuevos tocantes al comportamiento de la substancia blanca,
raíces posteriores, substancia gris, etc., al nivel del extremo caudal del eje cerebro-
raquídeo de los mamíferos, detalles en cuya exposición no podemos entrar.
La red superficial de las células nerviosas centrales (3) confirma en los mamífe¬
ros a favor del método de Ehrlich modificado, el encuentro de Golgi, reivindicando
de pasada la prioridad esencial del hecho y añadiendo algunas minucias descrip¬
tivas, etc.
(1) Algunos detalles más sobre la anatomía del puente de Varolio y consideraciones acerca de la do¬
ble vía motriz. Revista trimestral mierográfica, núm. 2, Junio de 1898. Con una figura.
(2) Estructura fina del cono terminal de la médula espinal. Revista trimestral micrográflea, sep¬
tiembre de 1898. Con tres grabados,
(3) La red superficiai de las células nerviosas centrales. Revista trimestral micrográ-flca. Con un
grabado.
CAPITULO XVI
MI LABOR DURANTE LOS AÑOS 1899 Y 1900.— NUEVOS ESTUDIOS SOBRE LA COR¬
TEZA CEREBRAL, EN LOS CUALES SE ABORDA EL ENCÉFALO HUMANO. ELE¬
MENTOS CARACTERÍSTICOS DEL ENCÉFALO DEL HOMBRE. — ESTRUCTURA DE LA
REGIÓN VISUAL.— ESTUDIOS SOBRE LA CORTEZA ACÚSTICA, TÁCTIL Y OLFA¬
TIVA. — CREACIÓN POR EL DR. CORTEZO DEL INSTITUTO NACIONAL DE HIGIENE, DE
QUE SOY NOMBRADO DIRECTOR.
Dejo mencionados, en anteriores capítulos, algunos análisis afortunados de
la corteza cerebral de los mamíferos inferiores. Marchando por este cami¬
no, natural era que, tarde o temprano, abordase la fina anatomía del ce¬
rebro humano, con razón considerado como la obra maestra de la vida.
Sentía yo entonces vivísima curiosidad — algo novelesca— por la enigmática
organización del órgano del alma. «Reina el hombre— me decía — sobre la Natura¬
leza por la excelencia arquitectónica de su cerebro. Tal es su ejecutoria, su indis¬
cutible título de nobleza y de dominio sobre los demás animales. Y si mamífero
tan ruin como el roedor — el ratón, por ejemplo— ostenta corteza cerebral de fino
y complicadísimo artificio, ¿qué imponderable estructura, qué asombroso meca¬
nismo no deben de ofrecer las circunvoluciones del encéfalo humano, singular¬
mente en las razas civilizadas?»
En mis pesquisas guiábame también cierta hipótesis directriz. Parecíame im¬
probable, y hasta un poco atentatoria a la dignidad humana, la opinióii general¬
mente aceptada por entonces de que entre el cerebro de los mamíferos (gato,
perro, mono, etc.) y el del hombre medien solamente diferencias cuantitativas.
En tal supuesto, la excelencia del encéfalo humano consistiría exclusivamente
en el mayor número de pirámides y en la superior copiosidad de fibras asociativas.
Pero el lenguaje articulado, la capacidad de abstracción, la aptitud de forjar con¬
ceptos y, en fin, el arte de inventar instrumentos ingeniosos, especie de prolonga¬
ción de la mano y de los aparatos sensoriales, ¿no parecen anunciar, aun admi¬
tiendo coincidencias fundamentales de estructura con los animales, la existencia
de resortes originales, de algo, en fin, cualitativamente nuevo y justificativo de la
nobleza psicológica del homo sapiens?
Microscopio en ristre lancéme, pues, con mi habitual ardor a la conquista de
la pretendida característica anatómica del rey de la Creación, a la revelación de
esas enigmáticas neuronas estrictamente humanas, sobre que se funda nuestra
superioridad zoológica.
A decir verdad, y dada la insuficiencia de los métodos en boga, la empresa se
presentaba árdua y difícil, aun poniendo en ella paciencia y perseverancia infati-
RECUERDOS DE MI VIDA
301
gables. Además, era preciso vencer o burlar prejuicios morales y sociales, harto
difundidos y arraigados.
Sabido es que los métodos de coloración más exquisitamente selectivos, como
. el proceder de Ehrlich y el de Golgi, rinden solamente buenos resultados cuando
se aplican sobre piezas nerviosas fresquisimas, casi palpitantes. Y por exigencias
de la ley, consagradora de añejos infundados temores, el cadáver humano no
entra en la jurisdicción del anatomista sino veinticuatro horas después de la muerte
cuando las delicadísimas y susceptibles neuronas y células neuróglicas han su¬
frido graves alteraciones y perdido, por ende, su preciosa apetencia por los citados
reactivos (azul de metileno y cromato de plata).
A pesar de todo, recordará el lector que el método de la coloración negra había
sido ya aplicado con éxito en el hombre por Golgi y sus discípulos. Es fuerza con¬
venir, sin embargo, que tales ensayos, si acrecieron singularmente nuestro patri¬
monio neurológico, no fueron poderosos, acaso en virtud de las consabidas limi¬
taciones, a esclarecer los rodajes más importantes déla máquina cerebral humana,
a saber: la determinación de sus tipos celulares específicos en cada provincia
encefálica, la forma general de las conexiones interneuronales y, en fin, el modo
. de terminar de los conductores sensitivos y sensoriales arribados de la periferia,
. etcétera.
Mas por aquellos tiempos arredrábanme poco los obstáculos. Decidido a supe¬
rarlos busqué material para mis trabajos en la Inclusa y Casa de Maternidad,
dominios donde, por razones obvias, la tiranía de la ley y las preocupaciones de
las familias actúan muy laxamente. Gracias a los buenos oficios del Cuerpo facul¬
tativo de los citados Establecimientos benéficos, y sobre todo al decidido con¬
curso del Dr. Figueroa (médico eminente, arrebatado prematuramente a la ciencia),
amén de la complacencia con que me favorecieron las buenísimas hermanas de la
Caridad (quienes llevaron su amabilidad hasta convertirse en ayudantes de autop-
sia), mis investigaciones marcharon como sobre ruedas. Puedo afirmar que durante
una labor de dos años dispuse libremente de cientos de fetos y de niños de diver¬
sas edades, que disecaba dos o tres horas después de la muerte y hasta en caliente.
Mi tesón alcanzó al fin su premio, y a despecho de ios muchos fracasos técni¬
cos (determinadas infecciones impiden la reacción del cromato argéntico), la
colecta de hechos nuevos fué exuberante. Ante mi insistente curiosidad, el cere¬
bro humano comenzaba a balbucear algunos de sus secretos. Por desgracia, estas
confidencias. resultaban todavía harto fragmentarias. Mas por algo se empieza.
Sólo a grandes rasgos haré el balance de mis ganancias dé entonces. Citaré,
entre otros hechos de carácter general, el encuentro de varios tipos nuevos de
neuronas de axon corto, característicos del cerebro humano; la averiguación, según
yo deseaba, de las arborizacíones terminales de los conductores sensitivos y sen-
' soriales; el hallazgo de cestas pericel ulares legítimas comparables a los elegantes
nidos del cerebelo y asta de Ammon; la discriminación de las varias especies
neuronales de la capa molecular, etc. Pero mi principal objetivo consistió en des¬
entrañar la estructura, de los centros perceptivos o sensoriales (centros áe proyec¬
ción de Flechsig). En cada uno de ellos, mis preparaciones mostraron, con clari¬
dad absoluta, una urdimbre específica y absolutamente inconfundible, quedando
así asentada sobre bases histológicas inconmovibles la doctrina, a la sazón muy
discutida, de las localizaciones cerebrales.
Claro es que el análisis de los citados centros efectuóse por etapas. Era labor
de muchos años, la cual resultó muy incompleta, a pesar de mi perseverancia.
302
S. RAMÓN Y CAJAL
Primeramente exploré la anatomía de las circunvoluciones visuales (1) (fisura cal-
carina y iemtoúos vecinos del lóbulo occipital), parajes cerebrales donde son
proyectadas las imágenes recogidas por la retina. Tiempo después, escudriñé las
esferas auditiva (1), motriz (3) y olfativa (4). Y por causas que expondré oportu¬
namente, sólo puse el pie en el umbral de las esferas conmemorativas (centros de
asociación de Flechsig), no obstante mi ardiente curiosidad alimentada y sobre¬
excitada por el éxito.
En la figura 75 presento los tipos neuronales específicos recogidos por mí en
casi todas las provincias cerebrales del hombre. Estos son: a, cierto corpúsculo
diminuto (A), bipenachado, cuyo axon se descompone en plexos apretados de
sentido radial, compuestos de hebras finísimas; b, un elemento enano, también de
axon corto, de brevísimas y delicadas dendritas, y cuya arborización nerviosa
apenas perceptible a causa de su extrema sutilidad, construye urdimbre tupidísi¬
ma (B, B‘); c, otra célula (C), provista de soma más robusto, y cuyo cilindro-eje
genera cestas que rodean el soma de las pirámides; d, cierta pequeña pirámide (E),
caracterizada por exhibir un axon consumido casi del todo en generar larguísimas
colaterales arciformes y recurrentes; e, determinado corpúsculo de talla exigua,
cuyo axon ascendente se arboriza como en zarzal en los confines de la zona mo¬
lecular; f, en fin, numerosas variedades neuronales relativamente robustas, de ex¬
pansión funcional ascendente, generadoras, en diversos pisos de la corteza, de
larguísimas ramas horizontales (F).
Los referidos elementos, singularmente el primero, segundo, cuarto y sexto,
son sumamente numerosos y pueden estimarse privativos del cerebro del hombre.
Con lo cual no excluyo en absoluto la posibilidad de que algunos de ellos inicien
ya su aparición, aunque afectando formas y tamaños más groseros, en la corteza
de los mamíferos superiores, singularmente en la del perro y del mono. En todo
caso, mis investigaciones demostraron que la excelencia funcional del encéfalo
humano está Intimamente ligada a la prodigiosa abundancia e inusitado lujo de
formas de las llamadas neuronas de axon corto.
Para los técnicos a quienes interesen algo estas cosas, referiré brevemente al¬
gunos de mis hallazgos más importantes en los centros perceptivos, ilustrándolos
con esquemas.
Esfera visual.— a) Descubrimiento de las arborizaciones terminales de las
fibras de la vía óptica central (las llegadas del cuerpo geniculado externo). En la
figura 76, b, d, mostramos una representación del conjunto del plexo terminal.
b) Hallazgo, en la zona en que acaban dichas fibras, de unas células especia¬
les, desprovistas de tallo radial y con figura estrellada. El axon de tales elemen¬
tos va a la substancia blanca después de suministrar robustas colaterales ascen¬
dentes (fig. 76, C).
c) Encuentro, en las zonas profundas de la corteza visual, de ciertas diminu¬
tas células (granos profundos), cuyo axon descendente recoda bruscamente, for¬
mando arco, para distribuirse en las zonas superpuestas (figs. 76, F, y 75, E).
d) Descubrimiento de un tipo menudísimo de célula de axon corto (células
(1) Cajal; Estudios sobre la corteza cerebral humana. I. Región visual. Revista trimestral micro-
gráfica, tomo IV, 1899. Con 23 grabados.
(2) Cajal; II. Estructura de la corteza acústica y circunvoluciones de la Insula. Rov. trim. mic..
tomo V, 1900. Con 12 figuras.
(3) Caial: III. /íeáfiííre moíWs del hombre y mamíferos superiores. Rev. trim. mic., tomo ÍV, 18QQ,
Con 31 grabados. ’
(4) Cajal: IV. La corteza olfativa. Rev. trim. mic., tomo V, 1899. Véase el trabajo más extenso ea
Trab. del Lab. de Inv. biol., tomo I, 1901.
RErX’ERDOS DE MI VIDA .
303
bipenachadas), cuya expansión funcional, delicadísima, se descompone en haceci¬
llos radiales de hebras que se aplican al tallo y cuerpo de las pirámides (figu¬
ras 76, e, y 75, A).
Continuación de la anterior fué la siguiente monografía, donde se persigue más
de cerca la resolución del problema estructural de la corteza visual, añadiendo:
a) Una nomenclatura y división racionales de las capas de la substancia gris
cerebral.
b) El estudio detallado de las células horizontales ( Cajalche zellen de Retzius)
de la zona plexiforme (fig. 76, A).
c) Demostración de la existencia en esta capa de numerosos elementos de
axon corto.
d) Hallazgo en las zonas segunda y tercera de varios tipos de corpúsculos de
axon corto, peculiares del cerebro humano (células de asociación vertical, hori¬
zontal a pequeñas distancias, etc.). De ellos damos esquemas en la figura 75.
e) Señalamiento de ciertas células cuyo axon fino y ascendente genera plexos
tupidísimos pericelulares en la zona segunda.
f) Análisis detallado de ¡a estría de Gennarí y capa de las células estrelladas^
y demostración de que en esta zona habitan varios tipos celulares de axon largo
y de axon corto. {Subzona externa o de las células estrelladas gigantes; subzona
interna o de los corpúsculos estrellados enanos; células de axon corto ascendente;
células de axon resuelto en arborizaciones próximas y delicadísimas, etc., etc.)
g) Descubrimiento de arborizaciones pericelulares o de cestas semejantes a
las que rodean las células de Purkinje del cerebelo, en los cuerpos de pirámides
de la corteza motriz y visual.
h) Análisis detallado del compartimiento de las fibras componentes del plexo a
estria de Gennari, en cuya formación participan: a) un plexo en donde se patentiza
la existencia de varias especies de fibras terminales o fibras ópticas; b) axones de
los granos de la zona de las células estrelladas pequeñas; c) axones ascendentes
de los elementos de cayado de las capas subyacentes, etc.
De esta Memoria hay una buena traducción alemana, en forma de folleto, del
Dr. Bressier (1).
El trabajo sobre la corteza motriz encierra:
a) Un análisis detallado, a favor del método de Nissl, de las circunvoluciones
centrales con determinación de sus analogías y diferencias y exposición de una
nomenclatura racional de sus capas. Se demuestra, contra el sentir general, que
la circunvolución parietal ascendente carece de función motriz, perteneciendo es-
tructuralmente al sistema de asociación (dictamen confirmado por todos los auto¬
res modernos) (fig. 78).
b) La afirmación de que las gruesas' fibras tangenciales meduladas represen¬
tan axones de células horizontales.
c) Demostración de los fenómenos de atrofia acaecidos en las dendritas as¬
cendentes de estas últimas células después del nacimiento.
d) Hallazgo de diversos tipos de corpúsculos de axon corto, habitantes tanto
en la capa plexiforme como en las zonas segunda y tercera, y descripción de un
elemento nervioso menudísimo, parecido a las células de neuroglia, de las cuales
se distingue por exhibir un axon delicadísimo y arborizado a cortísima distancia,
e) Demostración de que todas las pirámides y células de tallo radial, aunque
residan en las zonas más profundas, envían un penacho o fibra protoplásmicos a
la zona plexiforme.
f) Hallazgo de varias células, cuyo axon forma, en torno de las pirámides, ni¬
dos nerviosos terminales.
(1) Cajal: Studien über die Hirnrinde des Menschen. Ubersetzt. von Dr. J. Bressier, Leipzig. Ver-
lag von A. Barth, 1900.
304
S. RAMÓN y CAJAL
P-) Descripción detallada de la morfología de las pirámides gigantes.
% Encuentro en la corteza rnotriz de granos o elementos pequeños semejan¬
tes a los propios de la región visual. _
i) Descubrimiento de las fibras sensitivas terminales, cuyas arborizaciones
forman un plexo tupidísimo alojado en la zona de las medianas pirámides (fig. 77).
i) Señalamiento de estas mismas fibras terminales en la corteza de los ma¬
míferos de pequeñatalla y demostración de su continuidad con tubos perforantes
del cuerpo estriado.' . ^ .
k) Adopción de un nuevo criterio para la determinación de las esferas senso¬
riales de la corteza: la característica de éstas no sería, como se ha considerado
tiasta aquí, la presencia de fibras de proyección, sino la existencia de plexos cons¬
tituidos por fibras exógenas, llegadas del cuerpo estriado y continuadas con Jas
vías sensoriales de segundo orden.
l) Se hace una crítica de la conocida clasificación de las circunvoluciones en
centros de asociación y de proyección, y se defiende también para los pequeños ma¬
míferos la existencia de regiones de asociación o conmemorativas.
De este trabajo existe una traducción alemana del Dr. J. Bressler.
En otra comunicación, aparecida en Marzo de 1900 (1), prosigo mis exploracio¬
nes sobre la corteza motriz del hombre y mamíferos superiores, y añado algunos
datos relativos a las fibras callosas, de asociación y proyección, etc.
Después abordé la corteza acústica y las circunvoluciones de la Ínsula de
i?e//(2).
Como rasgos peculiares de la corteza acústica señalamos aparte la existencia
de pormenores estructurales imposible de resumir: a, la presencia constante de
ciertas células gigantes estrelladas de axon largo (fíg. 79), y b, la íorma específica
de las pirámides (fusiformes, bipenachadas, etc.) (fig. 80).
Séame permitido completar esta serie sistemática de trabajos mencionando ,
todavía, no obstante haber sido publicadas en 1900 y 1901 (3), dos extensas mo¬
nografías concernientes a la corteza olfativa del hombre y mamíferos. Citemos los
hechos esenciales en ellas contenidos:
1. ° Confirmación y ampliación de algunos hallazgos hechos antes en la cor¬
teza olfativa frontal (región subyacente a la raiz externa del nervio olfatorio), sin¬
gularmente en lo tocante a la manera de terminar las fibras olfativas de segundo
orden dentro de la zona molecular del cerebro. En la figura 83, A, que reproduce
un corte de la ra/z olfativa externa átl g&io y á&\di substancia gris subyacente,
aparece este interesante plexo terminal, en contacto con el penacho periférico de
las células piramidales (fig. 83, D).
2. ° Demostración de la existencia de tipos piramidales característicos (pro¬
vistos de penacho o borla descendente) en la circunvolución del hipocampo y
lóbulo piriforme del hombre (fig. 81, G), y señalamiento en otras regiones de la
citada circunvolución de variedades rieuronales específicas, así como de sistemas
peculiares de agrupación de pirámides enanas, alternando con elementos asteri-
formes gigantes (fig. 82 A).
3. ° Descubrimiento, en lo alto del lóbulo olfativo o piriforme de los mamífe¬
ros leiencéfalos y girencéfalos, de un foco especial (fig. 84), de textura singular, al
(1) Cajal: Estudios sobre la corteza cerebral humana. II. Corteza motriz. Revista trimestral micro-
grá^ca, tomo V, marzo de 1900.
(2) Estructura de la corteza acústica, etc. Revista trimestral micrográflca, tomo V, núm. 2.° y 3.o,
septiembre de 1900,
(3) Cajal: Estructura de la corteza olfativa del hombre y de las mamíferos superiores. Revista tri¬
mestral micrográfica, núm. A, diciembre de 1900. A esta monografía siguió, eti 1901, otra complemen¬
taria, aparecida en mi nueva revista Trabajos del Laboratorio de Investigaciones biológicas, tomo I.
RECUERDOS DE MI VIDA
305
.Cual viene a parar importante vía olfativa, y del cual emana la corriente principal
de fibras exógenas destinada al asta de Ammon. En virtud de este hallazgo, quedó
.establecida la existencia de tres focos olfativos escalonados; el foco olfativo pri¬
mario o corteza esfenoidal inferior (fig. 83, A), donde se terminan las fibras de la
,raiz externa del bulbo olfatorio; el foco olfativo secundario (que hemos llamado
angular o esfeno-occipitat), donde acaban fibras nacidas en el núcleo precedente;
y el foco olfativo terciario, representado por el asta de Ammon y fascia dentata,
¡punto de arborización final de las fibras emanadas del citado núcleo angular.
4 ° Se reconoce que la corriente importante brotada de este último foco y
desembocada en el asta de Ammon, consta de varias vías, y principalmente de
estas dos:
a) Haz esfeno-amónico cruzado o psalterio dorsal de los autores, el cual, diri¬
giéndose al rafe por debajo del cuerpo calloso, se arboriza en el asta de Ammon y
fascia dentata del lado opuesto, después de suministrar nb pocas fibras al pre-
' sublculo.
b) El haz esfeno-amónico directo o via perforante, cuyos axones distribuidos
en hacecillos escalonados de arriba abajo, cruzan el subículo y se reparten por las
capas moleculares del asta de Ammon y /flsac dentata del mismo lado, ponién¬
dose, respectivamente, en contacto con el penacho de las pirámides y granos de
■estos centros. En la figura 85 mostramos un corte transversal del foco esfeno-
occipital o angular {k) y déla región contigua del asta de Ammon y subículo.
Adviértase en B, D, E la importantísima corriente de fibras que enlaza aquel gan¬
glio con la capa molecnlar del asta de Ammon y la de la fascia dentada.
5. ° Diferenciación de varias regiones de la corteza esfenoidal dotadas de
peculiar estructura y en conexión con particulares sistemas de fibras . Tales son
el /oco presuúícü/cr, situado por fuera del svLhícvi\o,\a región esfenoidal central o
principal y la región esfenoidal externa.
6. ° Descripción en cada uno de estos focos de numerosísimos tipos de neur
íTonas, y examen de sus plexós específicos y vías aferentes y eferentes. Muchos
de estos estudios se refieren al hombre, habiendo sido utilizados al efecto los mé¬
todos de Nissl, Golgi y Weigert
, 7.° Descripción de la textura de la corteza interhemisféripa o región próxima
al cuerpo calloso, esfera cortical cuya textura contrasta con la del resto de la re¬
gión fisural.
8. ® Determinación precisa del origen y terminación de las fibras del ángulo,
vía de proyección anteroposterior, provista de colaterales de asociación.
9. ° En fin, análisis estructural de las estrías longitudinales y supra-callosas,
-de los nervios de Lancisio y áelfornix longus de Forel, con muchos detalles nue¬
vos referentes al origen y marcha de las fibras.
La reunión de las citadas monografías constituyó un libro que tradujo al ale-
imán el Dr. Bressler, y que me valió halagüeños elogios de las grandes autorida¬
des de la neurología.
Quien desee conocer los detalles descriptivos, abrumadores por lo prolijos y
-variados, recogidos pacientemente por mí en él dominio de la corteza cerebral
durante los años 1899, 1900 y .1901, debe consultar dicha traducción alemana, o,
.mejor aún, mi Tratado en tres gruesos volúmenes; Textura del sistema nervioso
del hombre y de los vertebrados, en cuyo tercer tomo expongo más ceñida y orde¬
nadamente y con esquemas y figuras aclaratorias no contenidas en las memorias
-correspondientes, mis ideas y hallazgos sobre el plan estructural del encéfalo del
hombre y mamíferos afines. Pero de este extenso libro— la obra de mi vida— co¬
menzado en 1899 y terminado en 1904, me ocuparé oportunamente.
Allá por el año 1900, don Garlos M.^ Cortezo, cuyas iniciativas en la Dirección
. de Sanidad nunca serán bastante encomiadas, fundó el Instituto nacional de Hi¬
giene de Alfonso XIII. Y tuvo conmigo la gentileza y la generosidad de nombrarme
Director. No le arredró lo modesto de la cantidad consignada en presupuestos
rpara la magna empresa, ni. la ausencia de local apropiado, ni siquiera la penuria
20
306
S. RAMÓN y CAJAL
de especialistas españoles coasagrados a los estudios bacteriológicos y seroterá-
picos. Pensó, quizás, que creada la función surgirian los órganos adecuados. Y no-
se equivocó en sus previsiones.
Mi primera intención fué dimitir el honroso nombramiento. Mas por entonces,.,
la peste asolaba Portugal y podia invadir España. En tales circunstancias pare¬
cióme pusilanimidad antipatriótica declinar un cargo que me imponía graves res¬
ponsabilidades, y celo y actividad perseverantes. Debía, además, organizar a toda*
prisa las diversas secciones del Instituto, elaborar un reglamento y, sobre, todo,^
arrostrar el delicado cometido de nombrar los jefes de sección, aun a sabiendas de¬
que, por el momento, y a despecho de la excelente voluntad del insigne Dr. Cor-
tezo, no podía ofrecérseles remuneración com pensadora de sus tareas. Acepté,..
pues, el arduo cometido.
Cuando se procede de buena fe y se prescinde de amistades y favoritismos,,
hay mucho adelantado para acertar. Inspirándome, pues, en la conocida máxima-
de que «los cargos deben adjudicarse a las aptitudes y capacidades demostradas
por anteriores trabajos», puse al frente de \z. Sección ae Seroierapia al Dr. Murillo^.
persona para mí desconocida, pero de quien me constaba sU competencia en ios
problemas de la inmunización, por haber trabajado en Alemania al lado de sabios
ilustres. Con igual anhelo de acertar y de corresponder dignamente a la confianza-*
depositada en mí por mi admirado amigo el Dr. Cortezo, propuse, respectivamen¬
te, para las jefaturas de las Secciones de Bacterio logia, de Análisis químico peri¬
cial y de Veterinaria, al Dr. Mendoza, encargado del laboratorio del Hospital
provincial; al Dr. Gómez Pamo, catedrático de Farmacia, y al señor García Izcara-
profesor de Veterinaria; personas todas de competencia notoria, con quienes ni
tenía el menor trato ni me ligaban, por tanto, sentimientos de amistad, tan incom¬
patibles a menudo con la justicia. A estas secciones quedó incorporado el antiguo
Instituto de vacunación, dirigido a la sazón por el Dr. Serret.
Andando el tiempo, y gracias al apoyo decidido de los Gobiernos y al celo y
las gestiones perseverantes de los directores de Sanidad, (el entusiasta higienista-
Dr. Pulido, el benemérito Dr. Cortejarena y, más modernamente; el fervoroso, culto
y bien orientado Inspector general Dr. Martín Salazar) la naciente Institución sa¬
nitaria creció notablemente en importancia científica y en eficacia social. Muchos
años después— pasada la inevitable fase de penuria económica— organizáronse
tres nuevas secciones: la de Epidemiología, la de Parasitología y la del Parque-,
sanitario, a cargo de sendos y bien preparados especialistas.
Hoy (1923), tanto por su acertada organización como por la multiplicidad y
eficiencia de sus servrcios sanitarios, puede afirmarse que el Instituto nacional de.-
Higiene honra a la nación y puede parangonarse con los mejores del extranjero.
Mas en la apreciación de las colaboraciones hay que evitar olvidos e injusticias. La-
referida Institución no habría nacido sin la iniciativa audaz y clarividente del doc¬
tor Cortezo, ni alcanzado el esplendor actual si un ministro de la Corona, don Juanu.
de la Cierva, con la energía y decisión que suele poner en toda empresa patriótica,-,
no hubiera consignado de una vez en el presupuesto la cantidad necesaria para
construir el suntuoso edificio de la Moncloa.
En cuanto a mí, sólo puse las interminables y enfadosas gestiones oficiales, mi -
buena voluntad, y el designio irrevocable de que la actuación del Instituto se des¬
envolviera en un ambiente de probidad científica y de austeridad económica. Y
cuando muchos años después (1920), fatigado y enfermo, advertí con satisfacción,
que la obra común tenía raigambre en la opinión pública, y había alcanzado vigor*
RECUERDOS DE MI VIDA
307
y estabilidad, dimití, entregando a un sucesor joven, competente y capaz, y a unas
manos fuertes y expertas, la Dirección de un Instituto al que, si podía aún rendir
el amor y el entusiasmo de otras veces, no me era ya dable atenderlo como en
mas felices tiempos. Que es máxima discreta, según decía Gracián, atener un buen
de]o^ es decir, abandonar los cargos antes que los cargos nos abandonen.
uue para mi un placer y un consuelo el que dicha dirección pasara, en virtud
V dkertn dp'i^ discípulos y el más capacitado
y diserto de les bacteriólogos españoles.
CAPITULO XVII
CON OCASIÓN DE CONMEMORAR EL DECENARIO DE SU FUNDACIÓN LA UNIVERSIDAD
DE CLA5K (ESTADOS UNIDOS), CENTRO DE ESTUDIOS SUPERIORES, SOY INViTADO»
tontamente CON OTROS PROFESORES EUROPEOS, A DAR ALGUNAS CONFEREN¬
CIAS-TÓRRIDO CALOR DE NUEVA YORK— MI VIAJE A BOSTON Y WORCESTER
(MASS.), donde SE CELEBRÓ LA FIESTA UNIVERSITARIA.-EL PATRIOTISMO ANGLO¬
SAJÓN.— ALGUNAS CAUSAS MORALES DE LA GUERRA SUSCITADA ENTRE LOS ESTA¬
DOS UNIDOS Y ESPAÑA. -LAS INSTITUCIONES DOCENTES DE BOSTON Y DE NUE¬
VA YORK
Hallábame, allá por junio de 1899, enfrascado en las antedichas explora¬
ciones del cerebro humano, cuando llegó a mis manos una cortés invita¬
ción de la Universidad americana de Worcester (Clark University),Ctráxo
de investigaciones superiores, comparable con el Colegio de Francia, para dar va¬
rias conferencias acerca de mis investigaciones sobre la corteza cerebral.Tratábase
de celebrar cierta fiesta académica solemne, con asistencia de muchos sabios ame¬
ricanos y europeos, al objeto de conmemorar el X año de la fundación de la citada
Universidad, obra de la generosidad privada, como suelen serlo entre los yanquis
las escuelas profesionales y los Establecimientos de alta cultura. Para costear
, gastos de viaje, el oficio de invitación incluía un cheque de 600 dólares.
Profundamente sorprendido y perplejo quedé al recibir semejante mensaje. No
me explicaba cómo en los Estados Unidos habíanse acordado de un humilde inves¬
tigador español, de un profesor perteneciente a la raza vencida y humillada.
Asaltóme una duda. ¿Podía yo, razonablemente, pocos meses después de la
guerra, vibrantes todavía en España la indignación y el encono por el inicuo des¬
pojo colonial, aceptar tan comprometida misión?
Consulté el caso con el ministro de Fomento, Marqués de Pidal, y con algunas
personas cuyas advertencias tenía en mucho; y contra lo presumible, el Gobierno,
ios amigos y hasta la Prensa política (que comentó el suceso con palabras iríuy
halagadoras para mí), aconsejáronme unánimemente la aceptación del delicado y
difícil cometido.
De buena gana lo habría declinado. Cuanto más que mi salud distaba mucho
de ser por aquella fecha floreciente. De resultas de gripe tenaz o acaso por con¬
secuencia de las emociones excesivas del laboratorio (cada descubrimiento inte¬
resante, o que me lo parece, cuéstame noches de insomnio), padecía de palpita¬
ciones y arritmias cardiacas, con las consiguientes preocupaciones e inquietudes.
Dócil, sin embargo, a los ruegos de los amigos y alentado por el ministro, que me
señaló decoroso viático, póseme en camino, acompañado dé mi esposa, para que
cuidase de mis achaques.
RECUERDOS DE MI VIDA
Después de pasar por París, donde tuve el gusto de saludar a los profesores
M. Duval y M. Dejerine, y de abrazar a mis buenos amigos M. Azoulay y M. Na-
geotte, nos embarcamos en el Havre con dirección a Nueva York, en un buque de
la Compañía Transatlántica francesa. A bordo tuve la grata sorpresa de encontrar
al ilustre Dr. A. Mosso, profesor de Fisiología de Turín; ai gran matemático fran¬
cés M. E. Picard, profesor del Colegio de Francia, y al famoso Dr. A. Forel, con¬
sagrado por entonces a interesantes estudios sobre la psicología de las hormigas.
Todos estos sabios habían sido invitados como yo para la Clark Celebration.
Excusado es decir que, en tan selecta compañía, se nos hicieron brevísimos
los doce días de travesía. Los profesores Mosso y Forel, con quienes intimé mucho
durante el viaje, se me revelaron como personas agradabilísimas, al par que con¬
versadores deliciosos. En riuestros gratos coloquios de a bordo discurrimos sobre
todo lo divino y lo humano: filosofía, ciencia, artes, política, etc.
Mediado el mes de julio, arribábamos a Nueva York, la estupenda ciudad de
los rasca-cielos, de los multimillonarios, de los trusts avasalladores y del calor
sofocante. Esto último fué para mí desagradable sorpresa. Creía que los países de
hierba y las ciudades marítimas poseen el privilegio de gozar durante la canícula
de moderada temperatura. Y yo, que en nuestro Madrid, la típica ciudad del sol y
del cielo azul, siéntome enervado cuando el termómetro marca en las habitacio¬
nes 27° y 35° en la calle, tuve, mal de mi agrado, que soportar 32° ó 33° centí¬
grados en el hotel y 45° ó 46° en las rúas.
Y no obstante, los yanquis lo soportan como si tal cosa. Aunque sudando la
gota gorda, veíanse por las calles trajinar afanosamente faquines y albañiles. ¡Oh,
la fibra acerada de la raza anglo-sajona!...
Con aquel sol de fuego y con la profusión de instalaciones domésticas de gas
y electricidad, compréndese que los incendios sean allí el pan nuestro de cada
día. Mal de mi grado, hube de presenciar uno de estos terribles siniestros.
Cierto día, y a deshora, inicióse el fuego en el cuarto de un huésped del prin- .
cipal. Cundió súbitamente la alarma erí los hombres y la' nerviosidad y el terror
en las mujeres. Algunos huían despavoridos hacia la escalera principal, intercep¬
tada por densa y asfixiante humareda. Otros, más avisados, nos dirigimos a los
balcones, donde la previsión americana, aleccionada por trágica experiencia, ha
dispuesto ciertas grandes escaleras de salvamento. Pero ¿quién hace bajar a una
señora tímida y nerviosa, como buena española, por aquellos aéreos peldaños? Por
suerte, los bomberos acudieron a tiempo, sofocando rápidamente el incendio.
Pasado el susto, consideré los curiosos incidentes provocados por el terror.
Desde el punto de vista de la psicología individual, nada hay más instructivo que
un siniestro. Al huir, cada cual abraza a su ídolo: las madres a sus hijos, los re¬
cién casados a sus esposas, las cómicas a sus joyas y preseas, los comerciantes y
banqueros a sus carteras y maletines. No hay como el espanto para denunciar el
verdadero carácter y valorar rápidamente los bienes de la vida.
No caeré en la tentación de describir la gran metrópoli americana. Me limitare
a expresar que admiré la famosa estatua de la Libertad de Bartholdi, el barrio co¬
mercial de Brooklyn, el puente audaz sobre el East River, los suntuosos palacios
de la V Avenida, la famosa catedral de San Patricio, de que tomé por cierto exce¬
lentes fotografías, los colosales buildings albergadores de fábricas, sociedades in¬
dustriales y grandes rotativos, las deliciosas playas de Brighton y de Manhatan»
el incomparable parque central salpicado de alcores coronados de rocas y cubierto
de magníficos árboles, y, en fin, los espléndidos comercios donde todo se sirve a
310
S. RAMÓN Y CAJAL
máquina y en los cuales, a favor de ingeniosos artificios, la mercancía demandada
circula por carriles aéreos, al través de inacabables corredores y pisos, llegando
en pocos segundos, convenientemente empaquetada, a las manos del cliente. En
la figura adjunta copio una fotografía que da idea de lo enorme de las construc¬
ciones de muchos pisos.
Por cierto que, con ocasión de estos curioseos por los grandes almacenes,
hube de comprobar, con pena, cierta sospecha que yo tenía sobre los sentimien¬
tos instigadores de la agresión de los Estados Unidos a España. Por consecuencia
de la cruel, impolítica y contraproducente medida de concentrar en campamentos
toda la población rural de la Gran Antilla, los cubanos supervivientes que, por
falta de ánimos, no engrosaron las huestes de Maceo, huyeron en masa a los Es¬
tados Unidos (Cabo Hueso, Tampa, Nueva Orleans, Nueva York, etc.), buscando
trabajo en campos, fábricas y comercios. Algunos de estos desventurados, hem¬
bras en su mayoría, con quienes conversamos en los obradores y tiendas de
Nueva York, nos refirieron miserias y crueldades desgarradoras. Huelga notar que
las lamentaciones de tantos millares de prófugos, pregonando y agravando hasta
lo inverosímil la vieja leyenda anglosajona de la crueldad española, crearon en los
Estados Unidos un estado emocional, que fué hábilmente explotado por los labo¬
rantes cubanos y por el partido imperialista o intervencionista (1).
Aproximábase la fecha de la fiesta académica de Worcester. Di, pues, de mano
a mis callejeos y visitas a Institutos científicos y Museos— algo inferiores enton¬
ces a los similares de Inglaterra y Alemania— y póseme en camino para Boston,
ciudad no lejana del término del viaje. Durante todo el trayecto, hecho en tren
expreso, me acompañó el nysmo sofocante calor de Nueva York. Dicho sea en
alabanza de la cultura yanqui, las empresas de ferrocarriles hacen lo posible para
mitigar las molestias del viajero. A este propósito, y entre otras comodidades, cada
coche dispone de un gran depósito de agua helada, servida gratuitamente a los
pasajeros, por camareros negros, muy amables y solícitos.
A nuestro arribo a Worcester la ola de calor, lejos de ceder, habíase hecho in¬
tolerable. El hálito abrasador de la atmósfera, apenas mitigado durante la noche,
según ocurre en los climas muy húmedos, no dejaba respirar. Yo estaba febricitan¬
te y semi congestionado. Por tal motivo y por haber llegado a deshora, no osé
avisar al rector. Y así pasé la noche— toledana, en verdad— tratando de aliviar mi
angustiosa cefalalgia con compresas de agua fría.
Para colmo de contrariedad, celebrábase aquel día la Fiesta de la Independen¬
cia, y un estruendo ensordecedor subía de las calles. Oíanse himnos patrióticos,
vivas estentóreos, estallido de cohetes y, sobre todo, tiros, ya sueltos, ya en des¬
carga cerrada. Asomadas a las ventanas y azoteas, descubrí muchas personas
como frenéticas, disparando al aire sus rifles. En la calle, hasta las mujeres enar¬
bolaban banderas y gritaban desaforadamente. Dulces expansiones monjiles son
nuestras castizas broncas de la Plaza de Toros, comparadas con la frenética y
(1) En descargó de esta inhábil conducca de las autoridades cubanas, se ha dicho que también fué
empleada por la cultísima Inglaterra en su contienda con los boets. Pero sobre que una crueldad no se
justifica jamás con otra crueldad precedente y eficaz, quienes así discurren parecen olvidar que sólo
las naciones fuertes pueden cometer impunemente ciertos excesos . Nuestro Gobierno, autorizando en
Cuba las referidas medidas, procedió como si España viviera sola en el planeta, o como si las naciones
poderosas y dominantes, vecinas de los Estados débiles, no hubieran en todo tiempo invocado para sus
expoliaciones pretextos de humanidad y civilización. Que ya entonces era notorio el imperialismo yanqui
y su anhelo de anexionarse los países limítrofes. En cnanto a la catástrofe del Maine, fiié un pretexto
más, habilísima y pérfidamente aprovechado.
-RECUERnoS DE MI VIDA
311
t)ullanga del pueblo americano durante el famoso Independence day, en el cual, di-
,cho sea de pasada, ocurren siempre lamentables desgracias. ¡Triste cosa es que los
Jhombres sólo acierten a mostrar su júbilo haciendo estruendo! A propósito de lo
cual, cabria preguntar: ¿Alborota el pueblo porque está alegre, o alborota para ale¬
grarse? Lo segundo paréceme más cierto que lo primero. Porque, dígase lo que se
jquiera, el trabajador manual— y aún más el intelectual— son en el fondo animales
tristes y soberanamente aburridos. Pero descartemos reflexiones impertinentes.
Con el alba pasó, al fin, aquella racha de locura y desenfreno. Ya entrada la
imañana, y aliviado un tanto de los efectos del insomnio, participé mi llegada al
honorable rector de la Clai^k University, el ilustre psicólogo y educador G. Stam-
ley Hale. Poco después vino a saludarme y a ponerse a mis órdenes el simpático
secretario y profesor de la Universidad, mozo de tanta cultura como bríos, según
demuestra el suceso siguiente:
Encargada la busca de un carruaje y avisado el cochero para que, conforme a
usanza americana, transladára el equipaje al vehículo, atajóme cortésmente el
«legante secretario con estas inesperadas frases:
— ¡No vale la pena de molestar al cochero!... Aquí estoy yo para cargar con
«1 baúl.
y sin oir nuestros ruegos, el flamante funcionario ladeó garbosamente su in¬
maculada chistera, y haciendo alarde de vigor y agilidad insospechables, bajó en
un santiamén el baúl-mundo y la maleta (en junto pesaban cerca de 90 kilos) y los
acomodó diestramente en el coche.
Azorada quedó mi mujer al contemplar las manchas de polvo y los inelegantes
pliegues que tan precipitada y ruda faena habían producido en la irreprochable
levita académica. Y exclamó:
— ¿Por qué se ha molestado usted? Eso es cosa del camarero...
—No— replicó el atildado gentleman—-, esto es obligación de todos. Vivimos
«n América, patria de la democracia, donde nadie toma a bochorno o a deshonra
«1 trabajo manual. Aquí sólo reconocemos la nobleza del talento y del saber...
He aquí una excelente lección de legítima y sana democracia. Convengamos,
•empero, en que tan persuasiva propaganda no está al alcance de todo el mundo.
No basta abandonar aristocráticos humos y señoriles melindres; hacen falta tam¬
bién músculos de acero.
Guiados por el secretario, el carruaje nos condujo a casa del huésped, opulen¬
to prócer, entusiasta protector de la Universidad y prototipo de esa especie de
filántropos patriotas de que solamente en Inglaterra y en los Estados Unidos se
dan perfectos ejemplares, quiero decir limpios de egoísmo confesional y de secta¬
rismo político.
Nuestro patrón, M. Stephen Salisbury, vivía casi modestamente, si se tiene en
■cuenta su gran fortuna, que consagraba a obras de civismo, cultura y beneficen¬
cia. Inspirándose en sentimientos de tolerancia y altruismo que sorprenderían a
nuestros orondos y fanáticos ricachos, fundó dos hospitales con sendas iglesias:
uno para protestantes (él profesaba la religión reformada) y otro para católicos.
Además, para deleite y enseñanza de sus conciudadanos, erigió un suntuoso Mu¬
seo de Arte, cuyo palacio, así como la mayoría de los cuadros, regaló al Municipio;
donó también al pueblo cierto parque valuado en millones, y, además, pasaba por
ser, según dejo dicho, rmo de los más devotos y generosos protectores de la Clark
University, donde costeaba cátedras e instituía premios. ¡Qué hombres!...
El benemérito Mr. Salisbury descendía de im noble inglés arribado a América
312
S. RAMÓN Y CAJAL
con los primeros conquistadores, y moraba en cómoda villa, donde, ocioso es de--
cirlo, nos alojó y trató a cuerpo de rey. Frisaba nuestro huésped en los sesenta y
cinco, y permanecía soltero, por horror, nos decia, a la mujer americana, cuyas
tendencias varoniles y excesiva libertad de movimientos (la locura feminista cul¬
minaba entonces) repugnábanle invenciblemente.
Había viajado por España y chapurreaba algo el español. Por cierto, que al re¬
cordar las picantes aventuras de sus viajes por Andalucía y encarecer la gracia y-
donaire délas hembras de Cádiz, Sevilla y Granada, solía decirnos que en España
«sólo las mujeres tienen talento». A sus ojos, nuestros hombres eran deplorable¬
mente ineptos e insignificantes.
—Me complazco— exclamaba a veces— en alojar en mi casa a un español do¬
tado de sentido común... (1).
En el adjunto grabado (fig. 85) reproduzco la fotografía de Mr. Salisbury y de¬
sús dos huéspedes españoles, hecha por un ayuda de cámara aficionado al arte
de Daguerre.
En su afán de sernos agradable y de que mi esposa pudiera penetrar en la
grata intimidad del home americano, Mr. Salisbury tuvo la bondad de presentar¬
nos a una de sus amigas, Mistress Lawton, señora viuda (uno de sus hijos se ha¬
bía batido en Cavite contra España), dotada de. positivos talentos musicales. Co¬
nocía algo el español, y para poder intimar con mi mujer, reforzó aquellos días su;.
escaso léxico merced a trabajo suprainíensivo. Juntas y convertidas en cordiales
amigas, visitaron asilos, iglesias católicas y hospitales (a uno de los cuales la ma--
dre de Mrs. Lawton, con ese noble altruismo tan general en América, había legado
la renta necesaria para costear una sala), el Club de las señoras, con magníficos
salones de conversación y lectura, ios grandes bazares de la ciudad, etc. Como
muestra de los deliciosos y cómodos hoteles habitados por la clase media ameri¬
cana, reproduzco en la fig. 86 la mansión de la citada señora.
Yo encontré también para mis correrías artísticas y pintorescas mentor muy
amable y solícito en cierto ruso profesor de matemáticas, algo estrafalario, que
lucía espléndida melena rubia tendida hasta la cintura. Enamorado de España, se
perecía por hablar nuestra lengua, de la que hacía calurosos elogios. Su facilidad
para los idiomas era portentosa. Con sólo dos meses de estancia en Granada, había
aprendido el español sin olvidar el francés, el ruso, el polaco, el alemán y el italiano,
que hablaba a la perfección. Su indumentaria, algo estrambótica, corría parejas con
su fluvial y romántica melena; pero en aquel ambiente de amable tolerancia nada-
chocaba. Le amparaba, además, su gran competencia en la teoríade los números-
(í) Por desgracia, este juicio despectivo hacia ios españoles no puede considera rse como chuscada
de comensal amable y chancero. Traduce un sentimiento real, sumamente generalizado entre los pue¬
blos anglosajones, sobre el cual debieran meditar muchos peninsulares e hispano- americanos. De mis-
conversaciones con yanquis, ingleses y alemanes, he sacado la convicción — no descubro ningún secre¬
to— de que, a juicio de los enérgicos y laboriosos hijos del Norte, las naciones mediterráneas, y singular¬
mente la portuguesa y la española, están formadas por razas decadentes, degeneradas moral y iisica-
mente, a quienes debe tratarse sin ninguna contemplación. «Hacia los americanos del Sud no sentimos
ninguna especie de simpatía», decíame confidencialmente cierto profesor yanqui, poniendo en su pensa¬
miento velos de eufemismo.
Creo sinceramente que somos calumniados; pero creo también que españoles, portugueses e hispano-
americanes, con nuestras grotescas asonadas y pronunciamientos, nuestro desdén por la ciencia y las
glandes iniciativas industriales— qué sólo prosperan cuando se apoyan en descubrimientos científicos
originales—, nuestra secular ausencia de solidaridad política (rodeados de naciones de fuerza poderosí¬
sima y unificadas vivimos fragmentados en 21 estaditos que se miran con recelo o se odian cordialmente)
hacemos cuanto es posible para justificar el desprecio y la codicia de las grandes nacionalidades.
RECUERDOS DE MI VIDA
31B'
Los días 4 de julio y siguientes hasta el 10, fueron consagrados a las fiestas de^
la Decennial Celebration. Consistieron en recepciones oficiales, banquetes, jiras a
los Establecimientos docentes y a los alrededores pintorescos de la ciudad y, en
fin, en las Conferencias científicas a cargo de profesores americanos y extranje¬
ros. Un público selecto, llegado de todos los Estados de la Unión, congregóse en
la Clark Uníversity, asistiendo asiduamente a las lecciones.
Las mías, en número de tres, versaron sobre la Estructura de la corteza cerebral
del hombre y mamíferos superiores, tema que, según dejo apuntado, había sido ob¬
jeto de mis investigaciones durante los años 1898 y 1899. En mi público figuraban
principalmente médicos, naturalistas y psicólogos. Deseando demostrar gráfica--
mente mis recientes hallazgos en tan difícil dominio, ayudóme, según costumbre
de grandes cuadros murales policromados. Paira los iniciados en la técnica neuro-
lógica, reservé algunas sesiones de exhibición de preparaciones micrográficas^
Creo que acerté a-satisfacer la expectación de mis oyentes; en todo caso, fui bas¬
tante aplaudido.
El texto de las citadas Conferencias, reunido con el de todas las pronunciadas ■
durante las fiestas, imprimióse a exjiensas de la Universidad, en lujosísimo volu¬
men, primorosamente encuadernado (1). Al frente de cada serie de lecciones figu--
raba el retrato del profesor.
La Sesión de clausura, celebrada el 10 de julio, fué muy solemne. Leyéronse en
ella expresivas cartas de congratulación del Presidente de la República, Mr.' Mac
Kinley, de varios conspicuos miembros del Senado y, en fin, de muchos sabios
ilustres nacionales y extranjeros; pronunció el rector, G. Stanley Hale, elocuente
oración, en la cual, después de narrar la historia de la Universidad, enumeró Ios-
trabajos científicos realizados y trazó el programa de las futuras investigaciones.
Siguió luego una especie de sermón de tonos elevados, pronunciado por el reve¬
rendo Dr. De Vinton; y, por último, previos los sendos encomios de ritual, fuimos
los cinco profesores extranjeros investidos ceremoniosamente del grado de doctor
honoris causa (doctor en Derecho, según re za el diploma), acabando el acto con
breves discursos de gracias.
El papel de huésped, más o menos ilustre, resulta en América singularmente
comprometido. Los yanquis'no se contentan con aprender del forastero; desean
además ser juzgados por él. Velis nolis, no tuvimos más remedio que improvisar
respuestas a las siguientes delicadas interrogaciones:
¿Qué defectos halla usted en nuestras Instituciones docentes? ¿Tendría usted
la bondad de señalar las reformas urgentes o las medidas encaminadas a perfec¬
cionar la obra de nuestra Universidad?
Claro es que, rindiendo culto a la cortesía y a impulsos de la gratitud, nuestros
juicios fueron incondicionalmente encomiásticos; sin embargo, al través del folla¬
je retórico, apuntaban también algunas reformas útiles. Yo propuse para el cua¬
dro de enseñanza de la Universidad dos novedades: la creación de un laboratoria
de Investigaciones bacteriológicas y la de otro de Histología y Patología experi¬
mentales.
Mas en esto de las encuestas tuve peor suerte que mis compañeros. Mi cali¬
dad de español me convertía en blanco preferente de los reporteros políticos. LaS'
periodistas, sobre todo, me asediaban día y noche. Querían saber de mí— ¡ahí es
(1) Clark University, ISSa-lS-Sg. Decenial Celebration. Worcester Mass. Printed for the Uaiver
®Uy, 1899.
■s. BAMÓN y CAJAL
5-Í4
iiada!--los inconvenientes o las ventajas que para los Estados Unidos podríau
derivarse de la anexión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. ¡Era como mentarla
soga en casa del ahorcado!
Salí del paso como pude de tan inoportunos entrometimientos, no sin incurrir,
ja causa quizás del mal humor, en bastantes ligerezas. ¡Espantado quedé al leer
en los periódicos locales mis declaraciones politicas!...
Y menos mal que conseguí evitar a mi esposa los asaltos de aquellas implaca¬
bles reporteras (solteronas típicas y genuinos representantes de lo que Perrero
llamó el íercer sexo), resueltas a sonsacar a ultranza la opinión de Mistress Cajal,
tanto sobre el feminismo teórico, como sobre el estado en que se encontraba en
nuestra patria la campaña de la emancipación de la mujer.
— En nuestro país— les respondí— vivimos por desgracia tan atrasados, que
Jas mujeres se contentan todavía con str femeninas y no feministas. Y al parecer,
ello les basta para su felicidad y la dicha del hogar.
Por no abusar de la paciencia del lector, omitiré los festejos, recepciones, fes¬
tines y agasajos de todo género de que fuimos objeto, tanto los huéspedes ex¬
tranjeros como los representantes de las Universidades americanas, de parte del
ilustre rector y de los simpáticos profesores de la Ctor/r í/uívers/fy. Por lo que a
mí toca, fuera, empero, ingratitud no consignar las atenciones y delicadezas que
merecí a Mr. A. Gordon Webster, ilustrado profesor de Física, en cuya casa tuve
el honor de conocer a la genuina mujer americana, culta, fuerte, hacendosa y exen¬
ta de enfadosos feminismos; y al Dr. A. Mayer, ferviente admirador y compatriota
de A. Forel, en compañía del cual gusté el placer de visitar los principales esta¬
blecimientos de beneficencia, y particularmente un magnífico Hospital consagrado
al tratamiento de las enfermedades nerviosas y mentales; Hospital donde, por
cierto, pude apreciar los inestimables servicios prestados por las señoritas enfer-
rrieras, jóvenes bien educadas, instruidas en los elementos de la medicina, y que
sustituyen allí ventajosamente a nuestras hermanas de la Caridad.
Mi despedida de Worcester fué precedida de un episodio, vulgar sin duda en
toda fiesta celebrada por jóvenes en tierras anglosajonas, pero que a mí me pro¬
dujo profunda impresión.
Habíamos pasado un día en el campo, a la orilla de un lago pintoresco que
sirve de depósito a las aguas potables de la ciudad; y al final de un banquete, a
que asistieron profesores y estudiantes, para poner remate a los brindis entusias¬
tas, todos los comensales ingleses y americanos— pasaban de 100— pusiéronse de
pie y, con voz robusta y vibrante, entonaron acordes, primero el himno americano
y después el inglés God save ihe Quen. En el silencio y la obscuridad de la noche,
.aquellas estrofas alzadas briosamenre de todas las gargantas, sonáronme a subli¬
me cántico religioso. ¡Profundamente conmovido, mi corazón latía con violencia,
un calofrío sacudió mi piel y mis lágrimas estuvieron a punto de correr!...
El espectáculo era tan emocionante como instructivo. Aquellos mismos hombres
-que momentos antes charlaban y reían con esa plácida alegría, inequívoco signo
-de fortaleza y optimismo, acordáronse todos, antes de separarse, de que eran hijos
de una misma madre, la noble Albión, y de que debían, por tanto, sentirse herma¬
nos en espíritu y corazón... ¿Quién conoce el himno patriótico de la raza hispana?
Entonces comprendí muchas cosas. Y mejor que en el decantado libro de Des
Moulins, advertí en qué consiste la decantada superioridad del pueblo anglosajón.
Artífices de su grandeza son, ciertamente, la robusta mentalidad y la rectitud y
-energía de carácter. Considero, sin embargo, como principales resortes dos cosas
RECUERDOS DE MI VIDA
315
totalmente descuidadas en España y en los países de nuestra estirpe: la educación
del patriotismo y la inoculación intensiva del espíritu de solidaridad.
Ciencia, cultura superior, austeridad administrativa, orgullo ciudadano, heroís¬
mo militar, etc., representan transformaciones de una misma energía primordial:
-el amor de la raza. En los felices países de lengua inglesa aparece el patriotismo
como algo espontáneo, profundamente místico, como un fanatismo inconstrastable
inoculado en la niñez y fortalecido después por la educación política.
Antes de mi regreso a España visité algunas ciudades americanas, e hice tam¬
bién, a título de turista y de cultivador del Kodak, la inevitable excursión a las
maravillosas cataratas del Niágara. Narradas, encomiadas y fotografiadas hasta la
saciedad, fuera ahora imperdonable detenerme a describirlas.
Para amenizar y adornar el texto, doy aquí dos de las instantáneas de mi co¬
piosa colección (figs. 90 y 91).
Entre las grandes urbes visitadas durante mi estancia en América, guardo,
sobre todo, vivo recuerdo de Boston, capital del Estado de Massachusets, la región
más poblada y exquisitamente culta de los Estados Unidos.
Sincera admiración y noble envidia prodújome la visita a la Harvard University.
Cautiváronme sus maestros, alguno tan preclaro como el profesor S. Minot, de
■renombre mundial y de quien, dicho sea de pasada, tuve el honor de ser guiado al
través del inacabable dédalo de los palacios universitarios. Estos espléndidos
edificios ocupan área enorme de la populosa barriada de Boston, llamada, en
recuerdo de la célebre Universidad inglesa, barrio de Cambridge.
Imposible describir aquí estas admirables Instituciones, casi todas fundadas y
sostenidas por los donativos de hijos preclaros de la ciudad o de discípulos agra¬
decidos a las enseñanzas del Alma maten Me limitaré a citar: la magnífica Facul¬
tad de Medicina con sus ricas colecciones anatomo-patológicas ( Warren Anat.
Museum) y sus excelentes Laboratorios de investigación; la Facultad de Ciencias,
con el bien organizado Jefferson Pkysical Laboratory; el Museo de la Universidad,
enorme construcción que contiene las colecciones donadas por los célebres natu¬
ralistas Agassiz, padre e hijo; el Peabody Museum, inestimable colección arqueo¬
lógica; el Hemenway Gymnasium, suntuosa construcción regalada a los estudian¬
tes por un acaudalado ciudadano de Boston; la Biblioteca de la Universidad (Uni¬
versity Library), palacio grandioso donde estudiantes y profesores se reúnen para
consultar no sólo los libros científicos, sino ¡as revistas más importantes publica-
-das en el mundo; los numerosos y suntuosos Colegios (pasan de 70), donde, a
usanza inglesa, moran los estudiantes, vigilados por profesores e instructores
■especiales; los extensos campos de instrucción militar, de juegos de tennis, de
balompié, etc., destinados no tanto a la formación física de los colegiales, cuanto
a la educación de la energía. Y, en fin, para acabar la lista (completa ocuparía
varias páginas), citemos el soberbio Memorial Hall, artístico y monumental pala¬
cio cuajado -de estatuas de hombres célebres, adornado con retratos de bienhe¬
chores de la Universidad y de inscripciones clásicas griegas, latinas e inglesas,
edificado en memoria de los estudiantes muertos en la terrible guerra de Sece¬
sión: en sus dilatadas salas celébranse ias Juntas de estudiantes, adquieren éstos
por módico precio sus refrigerios y reciben — y esto es lo más delicadamente espi¬
ritual — con la contemplación de los héroes legendarios de la raza y la meditación
de sus dichos y máximas, lección permanente de elevado y confortador patriotismo.
316
S. RAMÓN y CAJAL
Particularmente instructiva fué también mi visita a la Biblioteca de la ciudad'
de Boston, acaso la más copiosa y mejor organizada del mundo. A pesar del dédalo
inacabable de salas, corredores, ferrocarriles aéreos por donde circulan los librosj.
no obstante la legión de empleados, linotipistas, impresores y encuadernadores,
etcétera; a despecho, en fin, del ímprobo trabajo que supone disponer, clasificar
y catalogar varios millones de libros, folletos y periódicos, el servicio resulta tan
rápido y bien ordenado, que pocos minutos después de haber hecho un pedido,-
llega el volumen a las manos del lector. A ruegos de mi acompañante hice la prue¬
ba, demandando cierto ejemplar de las primeras ediciones del Quijote, conservado
allí cual joya inestimable. Transcurridos apenas tres minutos, entregáronme el
precioso ejemplar. Advertí también, contia mis presunciones, que dicha Biblioteca^
es muy rica en libros españoles, antiguos y modernos, conservándose hasta colec¬
ciones de nuestros principales periódicos.
Y a propósito de la Prensa española, y aunque amargue algo el recuerdo, apun¬
taré cierta observación del amable Bibliotecario , por cierto persona cultísima.,,
conocedora del español y del tesoro de nuestros clásicos (había estado dos años
pensionado en Madrid, escudriñando nuestros archivos y bibliotecas), que tuvo la
bondad de mostrarme todas las dependencias del famoso Establecimiento.
Llegados a la sala de los periódicos extranjeros, detúvose de pronto, y haciendo
una mueca de disgusto, señalóme dos diarios españoles de gran circulación y
cierto periódico satírico, extendidos sobre una mesa.
- ¡Esos periódicos— exclamó— son responsables de la mitad de la culpa de la
pasada guerra! ¡Nos provocaron imprudentemente, calificándonos de mercachifles,
choriceros y cobardes!... ¡Telegrafiados, traducidos y comentados tan soeces insul¬
tos por nuestra Prensa, causaron profunda indignación hasta en los amigos y
admiradores de España, entre los cuales tenia yo la honra de contarme!...
¡Qué pena oir tales censuras y tener que reconocer su justicia!...
Terminadas mis excursiones, tomé la vuelta de Nueva York, a fin de disponer
el viaje de regreso. Debiendo aguardar algunos días la llegada del vapor, procuré
aprovecharlos, estudiando mejor las Instituciones docentes y curioseando las no¬
vedades y atracciones industriales de la grandiosa urbe neoyorquina.
Mi primera visita fué para la Columbia University, enorme agrupación de mag¬
níficas y amplias construcciones donde, aparte los edificios destinados a la ense¬
ñanza, figuran; copiosa biblioteca, situada en el centro, según aparece en el dibujo
adjunto; la capilla, el gimnasio, el teatro académico, salones de lectura, colegios
Museo de Historia natural, campos de juegos, etc. En otras barriadas de la ciudad
álzanse la Facultad de Medicina y la de Farmacia, con admirables Laboratorios,
bibliotecas, colegios, y, en fin, la Universidad de Nueva York o University Heights,.
como allí la llaman, ilustrada por el célebre profesor Morse, inventor del telégrafo
de su nombre. Fuera interminable describir estas admirables fundaciones, debidas,
como la mayoría de las Instituciones docentes americanas, a la munificencia
particular.
Objetos de mi atención fueron también los pintorescos alrededores de Nueva
York, y muy singularmente la famosa Escuela militar de West Point, edificada en
una altura, con espléndido panorama sobre el Hudson. En esta Academia modelo,
aislada y alejada de las distraceiones y vicios de la ciudad, llevan los cadetes
austera vida conventual, de estudio intensivo y de recia vigorización muscular;,
austeridad mitigada por la visita de sus familias y las de muchas personas de la
bueña sociedad neoyorquina, que, en determinados días del mes, toman parte en
nF, CUERDOS DE MI VIDA
317
fiestas íntimas de la Escuela, conversan amablemente con los jóvenes oficia¬
les y les dan la impresión halagadora de que son los hijos predilectos de la patria
y la esperanza de su futuro engrandecimiento.
Quise conocer también las nuevas invenciones industriales del pueblo más
genialmente dotado para el cultivo de la mecánica, y comprobar de paso los nue¬
vos perfeccionamientos át\ fonógrafo y grafófono, con las mejoras introducidas
en el genial invento de Edisson por el italiano Bettini. Según se verá, mi curiosi¬
dad en este punto envolvía algún interés personal. Aunque ello' parezca extraño,
quien esto escribe incubaba también, por entonces, cierto perfeccionamiento de
la máquina parlante. Según achaque de todos los inventores, seres radicalmente
•egoístas, deseaba yo que el instrumento se mantuviera invariado e inmóvil sobre
los principios propuestos por el célebre mago de Mungo-Park.
Mas para justificarme, necesito retroceder en mi relato y hacer una digresión
que sabrá dispensarme el l'ector en gracia déla moraleja que encierra. Allá por los
años 1895 y 1896, el fonógrafo de Edisson y sus variantes (el grafófono de cierta
casa de Washington y los famosos diafragmas amplificadores de Bettini), hacían
furor en Madrid. Gracias a la propaganda activa del francés M. Hugens, y sobre
todo a las facilidades de venta de la casa Aramburo, que era como el casino de
los cultivadores del cilindro, la afición, a la fonografía cundió cual epidem.ia, ata¬
cando aun a los que, como yo, fueron siempre refractarios a los encantos de la
música. El invento dé Edisson nos proporcionó, sin duda, deliciosas veladas in¬
vernales; pero nos llevó también a cometer muchos abusos. Sin la menor apren¬
sión acometíamos a los artistas eminentes^ cuya bondad poníamos a prueba obli-
-gándoles a impresionar romanzas, canciones y parlamentos cómicos. Recuerdo
que en compañía del simpático Pepe Zahonero— un águila en el arte de seducir
cómicos, poetas y parlamentarios — , llevamos nuestra impertinencia hasta abordar
al famoso Romero Robledo, quien lleno de bondad honró nuestra bocina decla¬
mando trozos de sus discursos, entre otros, uno pronunciado en defensa de la
Duquesa de Castro-Enríquez, considerado por él como el mejor de sus éxitos par¬
lamentarios (1).
Pero las máquinas parlantes de entonces adolecían de un grave defecto. Los
aficionados al fonógrafo recordarán que, cuando se imprésionaba débilmente la
cera del cilindro receptor, la voz se reproducía con timbre y modulación casi natu¬
rales, pero con gran tenuidad de volumen, justificándose la frase de Letamendi,
que llamaba al fonógrafo el conejo parlante. Si, . por el contrario, deseando intensi¬
ficar la impresión, se cantaba o hablaba cerca de la bocina, la voz resultaba chi¬
rriante, estridente e insoportable para todo oído delicado.
Previo análisis minucioso de las condiciones físicas de tan desagradable de¬
fecto (2), ocurrióserae la idea de que si. el zafiro grabador, en vez de inscribir la
ondulación sonora en el se ntido de la profundidad, pudiera desarrollarla en plano
(1) Por cierto que habiendo cierto médico iorenre oído en mi casa este elocuente alegato, exclamó: ;
— ¡Así se escribe la historia!... • ‘
— ¿Cómo?.... ¿Soy>echa usted acaso que la Duquesa maltrató realmente a la infeliz niña?
— De ello tengo absoluta certidumbre. Hice el examen de la victima, cuya piel estaba salpicada de
-cardenales y contusiones En un rapto de cólera la tal Duquesa la golpeó y pateó horriblemente.
¡Vaya con los políticos desaprensivos!... jPor a'gc decía Homero que el tal discurso, por cuya virtud
quedó la Duquesa absuelta y limpia de toda sospecha de sevicia, fué el más resonante de sus triuníos!
(2) La causa del estridor es, según es sabido, puramente mecánica. Conforme revela la más somera
exploración microscópica de los surcos, depende de que el estilete grabador, en vez de labrar en la Ccra
a:anal continuo, ondulado en el sentido de la profundidad, esculpe fosetas aisladas y profundas, separa- ,
318
S. RAMÓN Y CAJAL
trazando sobre placa de cristal o metal raya continua o sinuosa, seria dable inten¬
sificar poderosamente el sonido, mejorar la pureza del timbre y, en fin, descartar
o aminorar al menos el desapacible estridor.
Entusiasmado con la idea, encargué a un maquinista inhábil (a falta de mecá¬
nico de precisión) la construcción de mi fonógrafo de disco, mientras ensayaba,
métodos prácticos dé moldear en gelatina, cera o celuloide. Por desgracia, el apa¬
rato, si confirmó plenamente el nuevo principio de inscripción y las ventajas pre¬
supuestas, funcionaba deplorablemente. Y soHcitado por más apremiantes ocupa¬
ciones, olvidé el desdichado artefacto, que arrumbé en el d esván en espera de uti
mecánico capaz de comprenderme (1).
Pues bien; el aparato imaginado por mi, y en parte construido durante los
años 1895 y 1896, me lo encontré flamante y recién lanzado al público con el nom¬
bre de gramófono en cierto comercio de Nueva Yoik. Divulgado después por e^
mundo entero y explotado por la Sociedad Americana del Gramophone y sus hijue¬
las de Europa, dicho aparato sirvió de base a un negocio espléndido, cifrado ea
muchisimos millones.
No por vanidad pueril refiero estas cosas, sino para que mis lectores biólogos»
médicos o naturalistas, aprendan a mi costa a no malgastar el tiempo persiguiendo-
invenciones fuera del círculo de los propios dominios. Al abandonar el tajo ha¬
bitual chocamos siempre con el escollo de ignorar o de conocer somera o incom¬
pletamente los antecedentes bibliográficos e industriales (patentes de invencióa
registradas, etc.) del asunto, así como la labor intensa y sigilosa desarrollada por
hábiles ingenieros a sueldo de los grandes establecimientos industriales de Europa,
y de América.
En condiciones tales — agravadas todavía en nuestro país por la casi imposibi¬
lidad de hallar talleres donde se construyan instrumentos delicados y de gran pre¬
cisión — , el invento acariciado, caso de realizarse plenamente, suele llegar al
mercado con deplorable retraso, y siempre con mengua de nuestras energías e
intereses.
das mediante espacios limpios de toda impresión. De dcnde se infiere que el diafragma, durante su enér¬
gico vaivén, graba exclusivamente la mitad, y a veces menos, de la ondulación sonora, sin las curvas se¬
cundarias de las notas armónicas indispensables a la buena traducción del timbre. Y tal defecto resulta-
irremediable a causa de la dureza del material de inscripción. El empleo de amplio cilindro atenúa algo,
pero no corrige, el referido defecto.
(1) Sólo en disposiciones cinemáticas accesorias y en el material usado para el moldeamiento de Ios-
discos (ebonita) difería mi aparato del lanzado por la Gramophone Company. Yo comenzaba por grabar
sobre metal o cristal recubiprtos por capa de cera, y procedía después-a obtener un galvano del que to¬
maba copias en gelatina o celoidina. El movimiento del diafragma reproductor, inclinado naturalmente
en ángulo recto sobre el disco impresionado, era movido, no por el disco mismo según ocurre en el gra¬
mófono de aguja, sino mediante mecanismo de relojería; disposición sin duda menos elegante y sen¬
cilla, pero que tiene la ventaja de conservar mejor los finos trazos de la inscripción.
Posteriormente, imaginé otro invento fonográfico más complicado y de difícil ejecución, ol fotofonó-
grafo amplificador, cuya descripción podrá ver el lector curioso en La Naturaleza, año 1903. El registro
de la ondulación del sonido hacíase sobre placa fotográfica merced a doble espejo fijo en membrana vi'
brante. Y de esta especie de prueba negativa se sacaba una positiva sobre cristal gelatinado y sensibili"
zado, siguiendo el proceder clásico de Poitevin para la obtención de pruebas al carbón dotadas de relie¬
ve. La sensibilidad del diafragma era tal (el rayo de luz hacía veces de palanca), que podían registrarse
a distancia normal discursos y obras musicales.
Disponíame ya a ejecutar este nuevo aparato, cuando llegó a mi noticia que el mismo Edisson habla
obtenido patente, poco tiempo antes, para un invento, si no igual, fundado también en el mismo prin¬
cipio. Mi mala estrella, o por mejor decir, mi crasa ignorancia de las patentes fonográficas registradas
durante los últimas años, me arrebataron, sin remedió, 'el mérito de la prioridad.
REClirRDOS DE MI VlDí-
319*
Por otra parte, conviene desconfiar mucho de las invenciones dé sentido co-^
mún. ¡La lógica es don tan corriente, tan generosamente repartido! Y aunque sea^
humillante para el orgullo del investigador, fuerza es confesar que sólo los hallaz¬
gos casuales son completa y absolutamente nuestros^ ¡Precisamente aquellos en
que menos paite hemos tomado!...
¡Oh, el azar venturoso, la musa de los perseverantes y pacientes!... ¡Cuánto®
que pasan por genios te deben sus mejores conquista® y eli halago embriagador
<ie la notoriedad!...
CAPITULO XVIII
,JiQUEJADO DE UNA CRISIS CARDÍACA, RESUELVO VIVIR EN EL CAMPO, DONDE ORGA¬
NIZO MI LABORATORIO.— EN MI CASITA DE AMANIEL SORPRÉNDEME LA NOTICIA
DELA CONCESIÓN DtL «PREMIO INTERNACIONAL» LLAMADO «DE MOSCOU». —
; FELICITACIONES CALUROSAS DE LOS AMIGOS Y COMPAÑEROS, HOMENAJES ENTU¬
SIASTAS DE LOS DISCÍPULOS Y FIESTA CONMEMORATIVA EN LA UNIVERSIDAD.—
m DISCURSO A LA JUVENTUD EN LA SOLEMNIDAD ACADÉMICA.— POR INICIATIVAS
DE LA PRENSA, EL GOBIERNO ACUERDA CREAR UN LABORATORIO DE INVESTIGA¬
CIONES biológicas.— algunos trabajos EMPRENDIDOS DURANTE EL BIENIO
DE 1900 Y 1901
El año de 1900 ocurrió un suceso que tuvo capital influencia en mi porvenir
científico. El Congreso internacional de Medicina, reunido en París, tuvo la
bondad de adjudicarme el importante y codiciado premio internacional {6. QDii
írancos). Instituido por la ciudad de Moscou para conmemorar el Congreso médi¬
co celebrado pocos años antes en tal ciudad, dicho galardón debía otorgarse al
trabajo médico o biológico más importante publicado en el mundo entero, durante
cada trienio o intervalo entre dos Asambleas médicas. Y a propuesta del doctor
Albrecht, de Viena, y con el voto unánime de los miembros del Comité directivo,
.reconvino en galardonar con él mis modestas investigaciones. En la misma se¬
sión acordóse también celebrar en Madrid el siguiente Congreso de 1903.
Según refirieron testigos presenciales, el entusiasmo de los delegados y congre
sistas de los países latinos fué grande y sincero. Los plácemes a nuestros repre¬
sentantes Oiiciales y los vivas a España atronaban la sala. En nombre de nuestro
país y de la ciencia española, el Dr. Calleja, balbuciente de emoción, pronunció
elocuente y sentidísimo discurso de gracias. Fué casi-permítaseme lo excesivo
.del comentario-una fiesta cordial de la raza hispana; porque del inesperado
triunfo se congratularon, con noble y profunda emoción, todos los congresistas de
España y de las Repúblicas híspano-americanas.
Cuando, allá por el mes de agosto de dicho año, sucedía esto en París, hallába¬
me yo veraneando en mi recién construida casita de los Cuatro Caminos, prosi¬
guiendo tranquilamente mis atrayentes exploraciones sobre la estructura cerebral.
Aunque el hecho carezca de importancia, permítaseme explicar por qué escogí
para la edificación de mi casa de campo un barrio pobre, habitado casi exclusiva¬
mente por obreros.
Durante el otoño e invierno de 1899, mi salud dejaba harto que desear. Inva-
.diome la neurastenia, acompañada de palpitaciones, arritmias cardíacas, insom¬
nios, etc., con el consiguiente abatimiento de ánimo. Semejantes crisis cardíacas
Lámina XX.
Fig. 1. — Corte transversal de una lámina cerebelosa. Figura semiesquemática.— A y B, cé¬
lulas estrelladas de la capa molecular (células de cesta), cuyo axon (a) genera nidos terminales en
torno de las células de Purklnje (C); b, axon de estos últimos corpúsculos,
las c^I
mgitudinal de una circunvolución cerebelosa. — A
ije; C, capa de los granos; D, substancia blanca; a, i
células de Purkinje; c, fibrillas paralelas; d, grai
ton. (Figura semiesquemática.)
, capa molecular; B, (
rosáceas de las fibras
capa de
mufgo-
mdente
Lámina XXL
Ws Jmiios- C cérulas®de Purkinje; a, arborización trepadora; 6, ‘axon de Purkinje; c, cilindro-eje
Ifegid "de la substancia blanca y ramificado sobre las dendritas de las células de Purkinje.
Fig. 4. — Corte transversal semi-esquemático de una circunvolución cerebelosa de mamífero.
A. zona molecular; B, zona de los granos; C, zona de la substancia blanca; a, célula de Purkinje
vista de plano; ó, células estrelladas pequeñas de la zona molecular; d, arborizaclones finales des¬
cendentes que rodean tas células de Purkinje; p, células estrelladas superficiales; g, granos con sus
cilindros-ejes ascendentes bifurcados en i; h, fibras musgosas; J, célula neuróglica de penacho;
n, fibras trepadoras; m, célula neuróglica de la zona de los granos; f, células estrelladas grandes
de la zona de los granos.
Lámina XXII.
Fig. 5. — Esquema de la estructura de la substancia gris de la médula espinal, según los auto¬
res de la época pregolgiana. - A, raíces anteriores; B, raíz posterior; C, red intersticial déla substancia
gris; D, surco anterior de la médula; E, cordón de Goll; F, cordón de Burdach; H, célula motriz;
I, Via piramidal cruzada; Q, columna de Clarke; J, ganglio sensitivo.
7. — Esquema donde se muestran las conexiones entre las diversas neuronas de la retina de
las aves y la marcha del impulso nervioso. — A, células bipolares.
Lámina XXIII.
Fig. 9. — Esquemas destinados a comparar la concepción de Qolgi acerca de las comunicaciones
sensitivo- motrices de la médula espinal (I) con el resultado de mis investigaciones (II). — A, raíces
anteriores: B. raíces posteriores: a. colateral de las radiculares motrices: b, células de axon corto que
intervendrían, según Qolgi, en la formación de la red: c. red difusa intersticial: d, nuestras colatera¬
les largas en contacto con las células motrices: e, colaterales cortas.
Lámina XXIV.
Fig. 10. - Esquema de la disposición de las células nerviosas de la médula espinal y fibras cola¬
terales" dé la substancia blanca; a, colateral cruzada de la comisura posterior; b, colateral del asta
posterior; c, colateral larga del cordón posterior;/, fibra radicular motriz; r, radicular sensitiva; «, co¬
lumna de Clarke; f, colaterales de la comisura anterior; m, célula comisural; n, célula cardonal; k, cé¬
lula motriz. (Esta figura es copia de una de las tablas murales que sirvió para mis conferencias
de 1894.)
B B
Fig. 11. — Aspecto generas de las colaterales en un corte transversal de la médula espinal. _
A, surco anterior; B, plexo (íe colaterales del asta anterior, C, comisura anterior de colaterales;
G, colaterales para el asta poaerior; H, colaterales largas o sensitivo-motrices; J, plexo de colatera¬
les de la columna de Clarke;, E, colaterales cruzadas de la comisura posterior. (Todas estas fibras
eran consideradas como axones terminales antes de aparecer nuestros trabajos, y además se igno¬
raba la existencia de la arboiización final de las mismas.)
Lámina XXV.
Fig. 12. — Corte longitudinal de los cordones posterior y lateral de la médula espinal, a fin de
mostrar el comportamiento de las ralees posteriores y el origen de las colaterales. — A, radiculares
sensitivas. (Adviértase la bifurcación d,e las ralees posteriores o sensitivas, desconocida délos sabios )
Fig. 13. — Diminutas células nerviosas de la substancia de Rolando (A, B, F, etc.). — J, región
del cordón lateral adonde van los finísimos axones. (Estos corpúsculos pequeñísimos, antes de nues¬
tras investigaciones, considerábanse como neuróglicos.)
Lámina XXVI.
Fig. 14. — Evolución de las células neuróglicas de la médula espinal del embrión ;de pollo. —
A , epéndimo; ay b, células epiteliales de los surcos anterior y posterior; g, célula neuróglica produ¬
cida por emigración y transformación de una célula epitelial.
Fig. 15. — Corte donde aparecen un trozo de médula (A), un ganglio raquídeq (P) y otro simpá¬
tico del embrión de pollo. — B, raiz anterior de la médula espinal; h, i,j, gradaciones entre la forma
bipolar y monopolar; C, raiz posterior; E, nervio raquideo; F, adviértase cóma los elementos simpá¬
ticos poseen dendritas y axon (a), éste incorporado al nervio raquideo.
Lámina XXVII.
Fig. 17. — Esquema donde apare¬
ce el enlace entre las arborizaciones
de las fibras ópticas y cierto elemen¬
to de axon arciforme. (Lóbulo ópti¬
co del pájaro de pocos dias.) Las fle¬
chas señalan la marcha del impulso
nervioso.
Fig. 18. — Morfología de las células nervio¬
sas bipolares de la mucosa olfativa del ratón
de pocos dias. — a, axon; d, nerviecitos que
cruzan el dermis de la mucosa y van al bul¬
bo olfatorio.
Lámina XXVIII.
Fig. 19. — Hipótesis de Hensen
acerca del desarrollo de las fibras
nerviosas y aparatos sensitivos pe¬
riféricos. — A, neuroblasto en vias de
estiramiento; B, cadena de núcleos
unidos por puentes protoplásmicos;
a, célula central; b, célula periférica.
Fig. 20. — Hipótesis catenaria defendi¬
da por Beard. Dohrn, etc. — C, serie de
neuroblastos independientes; D, los neu-
roblastos elaborarían trozos de axon
nervioso que acaban por juntarse entre
sí y con la célula central (a); b, ele¬
mentos constructores de la ramificación
periférica.
A Jí": "*• ~ P'íf.'tiva de la fibra nerviosa, según las observaciones de His y nuestras -
A, célula germm^; b. fase bipolar con iniciación de la maza de crecimiento; C. fase de neuroblasto
propiamente dicho; D, apanoon de las dendritas: E. modelamiento de éstas y formación délas ra-
y terminales. (Nótese la maza o cono de crecimiento (¿T descubierto por
Lámina XXIX.
Desarrollo de las arborizaciones trepadoras a lo largo del tallo y ramaje del corpirsculo
de Purkinje,
Fases de la sucesiva complicación del ramaje de la célula de Purkinje. — a, dendritas pro
visionales: c, colaterales nerviosas exuberantes.
Lámina XXX.
Fig. 24. — Emigración y transformación sucesiva de los granos del cerebelo. — 1, célula germi¬
nal; 2 y 3, aparición de expansiones polares; 4, formación de la bipolar horizontal; 5 y 6, aparición de
una expansión descendente; 7 y 8, fase de la bipolaridad vertical; 9 y 10, creación de dendritas pro¬
visionales o de tanteo; 11 y 12, modelamiento de las expansiones definitivas.
Fig. 25. — A, redes intersticiales situadas en
el sarcoplasma de las fibras musculares de las
alas de los insectos; B, dobles redes horizontales
en los músculos de las patas; d, linea de Krause;
a, tráqueas; c, hilos de la red. (Investigaciones
posteriores de Veratti y Fusari han probado que
estas redes constituí en el retículo de Golgi, de
la fibra muscular, hallado varios años después
por Golgi en la célula ner-.’iosa.)
Fig. 26. — Figura'semiesquemática destinada a
mostrar las articulaciones interneuronales en el bul¬
bo olfatorio de los mamiferos. — A, mucosa olfati¬
va; B, lámina cribosa del etmoides; D, fibra olfativa;
C, célula mitral; a, glomérulo o territorio de encuen¬
tro de las arborizaciones de las fibras olfativas y del
penacho dendritíco de las células mitrales; /, célula
bipolar olfativa; d, axon dirigido a la región esfe-
noidal del cerebro.
Lámina XXXI,
Fig. 27. —Esquema destinado a mostrar
la dirección dei impulso nervioso en la reti¬
na de los vertebrados. — A, retina; B, cuerpo
geniculado externo: a, célula bipolar para
bastones; b, célula bipolar para conos;
e, d, células gangliónicas; e, cono; f, bas¬
toneaos.
Fig. 28. — Esquema destinado a mostrar la
dirección de la onda nerviosa en la mucosa
y centros olfativos. — A, mucosa olfativa;
B, bulbo olfatorio del cerebro; C, lóbulo es-
fenoidal del cerebro, donde acaban las vias
nacidas del bulbo.
Fig. 29. — Esquema destinado a
mostrar la marcha de las corrientes
en el cerebelo, en el supuesto de que
la ley de polarización dinámica ten¬
ga carácter general. — a, grano; b, fi¬
bra musgosa; c, corpúsculo de Pur-
kinje; d, fibra paralela.
B
6
Fig 30. — Esquema destinado a mostrar los cambios de
Situación y morfología sufridos por las células sensitivas
en la serie animal. — A, células sensitivas de la lombriz de
tierra (el cuerpo celular, como demostró Lenhossék. reside
en el epidermis); B, células sensitivas de los moluscos (según
Retzius); C, células sensitivas de los peces inferiores; D, cé¬
lulas sensitivas de los mamíferos, aves, reptiles y batracios.
Lámina XXXII.
Fig. 32. — Esquema de la marcha de
las corrientes en las vías sensitivo-mo-
trices. Admitiendo la fórmula de la po¬
larización axípeta, evitamos la suposi¬
ción, contrmia a la teoría, de que el pe¬
dículo de la célula sensitiva posea con¬
ducción celulipeta y celuUfuga a la vez.
A, piel; B, ganglio raquídeo; C, médula
espinal.
Fig. 33. — Esquema destinado a mos¬
trar la marcha de las corrientes en las
células de cayado del lóbulo óptico de
peces, batracios y reptiles, donde el axon
surge de una dendrita a gran distancia
del cuerpo celular. Esto se explica bien
por la teoría de la polarización axípeta.
Lámina XXXIII.
Fig. 34. — Esquema destinado a mostrar los cauces separados al través de la retina del impulso
recogido por los conos y bastoncitos de los mamíferos. - a, bastoncitos; b, conos; é, células bipola¬
res para bastón; f, células bipolares para conos; r, h, g, z, células gangliónicas. ^
Lámina XXXIV.
Fig. 36. — Doble esquema donde mostramos la evolución filogénica y ontogénica de la célula
psíquica o pirámide cerebral. — A, célula piramidal de un batracio; B, de un reptil; C, del conejo;
D, del hombre; a, b, c, d, fases evolutivas de la célula psíquica en el embrión de los mamíferos.
Fig. 37. — Esquema de una sección de la corteza cerebral de un mamífero de pequeña talla (co¬
nejo, ratón, etc.). En esta figura se han reunido algunos de mis hallazgos de 1890 y 1891. — a, células
estrelladas pequeñas de la capa plexiforme o superficial; b, corpúsculos fusiformes horizontales;
c, elemento de axon ascendente arborizado en la zona de las medianas pirámides; d, neurona situa¬
da en la capa de corpúsculos polimorfos, cuyo axon se arboriza en la capa molecular; h, colaterales
de la substancia blanca; f, ramificación terminal de las fibras sensitivas; g, colaterales de los axones
de las pirámides destinadas al cuerpo estriado; A, zona plexiforme; B, de las pequeñas pirámidef ;
C, de las medianas pirámides; D, de las pirámides gigantes; E, de los corpúsculos polimorfos; F, subs¬
tancia blanca; Q, cuerpo estriado.
Lámina XXXV.
- Varias células del gran simpático del perro. El axon único ma
de ramiHcaciones; A, B, D, F, G, diversos tipos morfológicos de :
„ . .39. — Corte de la retina de la perca. Figura semiesaue-
ííSttScionM^'^^A R P^ncipales resultados de mis in¬
vestigaciones. — A, B, C, cauces específicos de la impresión reco¬
gida por los bastoncitos; D, E, F, cáuces de la excitación°eco\ec-
ts H. morfología de las células hoSta:
les, a, i, elementos especiales de la retina de los peces.
Fig. 39 bis. — Para comparar
reproducimos aquí la doble vía
visual de la retina de los mami-
feros; a, bastoncitos; d, e. r, ca¬
mino recorrido por la excita¬
ción visual.
Lámina XXXVI.
Fig. 40. — Esquema de los cauces de conducción de la impresión cromática en la retina de los
pájaros. A la derecha aparecen las vías de la loseta central, y a la izquierda, las homónimas del
resto de la retina. A, conos; B, célula bipolar para cono;'C, corpúsculo ganglionar; a, células ama-
crinas; b, articulación entre el cono y bipolar en la foseta; c, articulación entre el cono y las bipola¬
res en los territorios periféricos de la retina; d, f, articulación entre una célula gangliónica y varias
bipolares.
Fig. 41. — Esquema de la arquitectura del asta de Ammon y fascia denfafa, tal como aparece
en los cortes transversales; en esta figura se han reproducido los principales tipos neuronales descri¬
tos por Qolgi y Sala. — A, asta de Ammon; B, cuerpo abollonado o fascia denfafa; D, subiculo-
C, fimbria; a, pirámide superior; b, pirámide de la región inferior. ’
Lámina XXXVII.
Fig. 42. — Esquema encaminado a presentar la conexión establecida entre el axon de los éranos
de la fascia dentata y las gruesas pirámides del asta de Ammon (región inferior de ésta) - A cana
inolecular de la fascia dentata; B, axon de los granos; C, pirámides grandes; D, fimbria; c b fibras
aferentes llegadas de los centros olfativos secundarlos; a, axon. Las flechas señalan la dirección de
)S principales hallazgos en la
uyo axon (a) se termina, me-
molecular; F, capa de los gra-
fascia
diante
Fig. 44. — Mis principales hallazgos en el asta de Ammon (región superior),
mostrados esquemáticamente. — A, B, neuronas cuyo axon ascendente se des¬
compone en ramas arciformes, formadoras de nidos para los somas más profun¬
dos de la capa de las pirámides; D, C, neuronas de axon tangencial construc¬
tores de nidos destinados a ios cuerpos de las neuronas piramidales más superfi¬
ciales: E, célula de axon ascendente (a); F, K, G, células de axon corto distribuido
por ei stmtum radiatiim; J, H, pirámides disiocadas cortas. La figura actuai
corresponde al cuadrado grande del esquema 41.
Fig. 45. — Tipo especial de neurona multipolar exenta de cilindro-eje, que
habita en torno de los ganglios de Auérbach y Meissner, entre las capas de fi¬
bras musculares y circulares del intestino, en la túnica externa de las arterias, y,
en fin, alli donde existe tejido muscular de fibra lisa.
Lámina XXXVIII.
Lámina XXXIX.
Fig. 46. — Conjunto de neuronas asteriformes. generadoras de plexos en la zona glandular del in¬
testino (B) y en el interior de las vellosidades (A).
Fig. 47. — Trozo de n
los cerebelosos medios,
pófisis.
in corte de protuberancia de
— A, vía motriz; C, células
ratón, donde aparece el origen de los pedúncu-
protuberanciales; E, porción epitelial de la hi-
Lámina XL.
Fig. 48. — Corte longitudinal de la vía piramidal (gato) al cruzar la protuberancia donde apare¬
cen las ramas colaterales que dicha vía envía a las neuronas protuberanciales, con las cuales entran
en íntimo contacto.
e axon largo
en el curso
Fig. 49. — Corte longitudinal del cuerpo estriado del ratón. — A, células nerviosas d-
descendente; B, células de axon corto; D, colaterales para el cuerpo estriado, nacidas
de fibras motrices bajadas de la corteza cerebral. Representación semiesquemática
Lámina XLII.
Fig. 52 — Arborizaciones terminales (A) de las fibras ópticas (fibras llegadas de la retina) en la
corteza del tubérculo cuadrigémino anterior. — B, plano de las fibras ópticas; C, D, arborizaciones
visuales profundas. (Gato de pocos dias.)
Fig. 53. — Corte longitudinal y lateral de la protuberancia y bulbo raquídeo del ratón. — A raiz
sensitiva del trigémino; a, conjunto de sus ramas ascendentes; b, ramas descendentes; O, oliva ’cere-
belosa; C, pedúnculo cerebeloso superion c, colaterales descendentes nacidas de este pedúnculo-
B, nervio vestibular con su bifurcación. ’
Lámina XLIII.
Fig. 54.— Corte transversal déla porción posterior subventricular del bulbo raquídeo del ra¬
tón. — A, foco comisural, a cuyo nivel se cruzan las fibras de ambos fascículos solitarios; B, núcleo
del hipogloso con las colaterales sensitivas ramificadas en él; D, fascículo solitario, es decir, la por¬
ción descendente de las raíces sensitivas del vago y glosofaringeo.
Lámina XLIV.
Fig. 56. — Algunos elementos de la retina de las aves con la marcha probable de las corrientes.
a, fibra centrifuga llegada de los centros nerviosos; b, céiula amacrina o espongioblasto de asocia¬
ción; c, axon horizontal de estos elementos, relacionado, mediante extensa arborización, con el tallo
de las células amacrinas comunes.
Lámina XLV.
Fig. 59. — Células cianófilas de los tumores con sus fases de multiplicación. (Confirmadas por Unna
y numerosos autores, que las designan células del plasma.)
Fig. 60. — Espinas colaterales de las den¬
dritas (b) tenidas por una modificación del
método de Ehrlich. — a, pirámides cerebra¬
les del conejo.
Fig. 61. — Nidos formados en torno de las
grandes células del asta posterior por las co¬
laterales sensitivas. (Método de Ehrlich.)
Lámina XLVL
Fig. 63. — Presentación en la substancia blanca del cerebro, cerebelo, etc, de las estraneulacion
de la mieUna y detalles de la forma variable del forro de cemento. (Método de E^uíh )
Lámina XLVII.
Fig. 64. — Pirámides grandes del asta de Ammon (método de Ehrlich). — e, axon; 6, .colaterales
viosas recurrentes. (La morfología coincide exactamente con la mostrada por el cromato de
Fig. 65. — Tipos de células de
corto de la capa molecular del cerebro.
Lámina XLVIII.
Fig. 66. — Células de axon corto de la corteza
cerebral. — a, red superficial situada sobre la
membrana protoplásmica (azul de metileno de
Ehrlich).
Fig, 67. - Corpúsculos satélites
dispuestos alrededor de las célu¬
las ganglionares sensitivas del
gato. (Método de Ehrlich.)
Fig. 68. — Arborizaciones periglomerulares de las células ganglióidcas del gato. (Método de Ehrlich.)
Lámina XLIX.
Fig. 69. — El Dr. Olóriz y el
juego del ajedrez (verano de 189
fesor.
jue escribe estas líneas, distrayendo
3). Publico esta figura en memoria del
sus ocios 'veraniegos con [el
admirable y malogrado pro-
Lámina L.
Fig. 72. — Esquema destinado a mostrar el efecto del entrecruzamiento total de los nervios óp¬
ticos en un vertebrado inferior (pez, anfibio, reptil, ave o mamífero de visión panorámica). Ob¬
sérvese que, gracias a este cruzamiento, las dos imágenes mentales forman un todo continuo. —
O, nervios ópticos cruzados; C, centros ópticos primarios y secundarios; M, vía motriz cruzada;
S, Via sensitiva central cruzada; R, raíces motrices de la médula espinal; G, ganglios raquídeos y
raíces sensitivas.
Fig. 73. — Esquema destinado a mostrar en el hombre y mamíferos de campo visual común la
imagen mental, formada por síntesis de Jas dos representaciones del objeto, transmitidas por ambos
nervios ópticos.— d, fascículo óptico homolateral; e, fascículo cruzado; g, ganglio geniculado exter¬
no y pulvinar; Ru, región visual del cerebro, con la forma de la proyección mental.
Lámina LI.
Lámina LII.
Fig. 77. — Conjunto de las atborizaciones
terminales de la vía sensitiva en la corteza
motriz del gato.
S'
ii'-ílL
i'víy
‘-h'y-
v.rrá
sura de Rolando. Adviértase que mien¬
tras la figura de la derecha, correspon¬
diente a la corteza frontal ascendente,
posee tipo motor, la de la izquierda, co¬
rrespondiente a la circunvolución parie¬
tal ascendente, afecta estructura y estra¬
tigrafía de corteza conmemorativa o
asociativa.
Fig 79. — Células estrelladas gigantes con
axoii- serpenteante dirigido a la substancia blan¬
ca, situadas exclusivamente en el centro acústi¬
co del cerebro. — a, axon.
Lámina LUI.
Fig. 80. — Tipos de células pitamidales características de la ínsula de Reil, territorio que pasa por
acústico.
corteza olfativa del hombre, residen¬
tes en el lobulo piriforme y en la circunvolución del hipocampo.
Lámina LIV.
Fig. 82. — Trozo de un corte de la región olfativa central o principal de la circunvolución del
hipocampo humano. Repárense islotes de células menudas separadas por fajas de neuronas gigantes.
Lámina LV.
Fig. 84. — Corte del fo¬
co esfeno- occipital del
gato. Coloración de
Nissl. (Descrito muchos
años después por Brod-
mann, Rose y otros des¬
conocedores de nuestros-
trabajos.)
Fig. 85. — Corte horizontal del asta de Ammon y corteza esfenoidal
vecina - A, núcleo esfeno-occipital o angular; R, subiculo; J, asta de
Ammón; F, capá molecular de la fascia dentata; B, sección de la vía
esfeno-amónica cruzada; vía esfeno-amónica directa.
Fig. 86. — Algunos rasca-cielos de la calle ancha o Broadwau, de Nueva York
(De mi visita a los Estados Unidos.)
87. Mr. Stephen Salisbury y
Lámina LVII
■ig. 90. - Las cataratas del Niágara vistas desde la orilla yanqui.
El brazo principal de la catarata contemplado desde la orilla canadiense
Fig. 89. — Edificio central
)s del gato. ■
Lámina LXI.
Fig. 99. — Sección en el cavia del lóbulo olfativo accesorio. — D, cordón especial destinado a este
núcleo; a, arborizaciones- de estas.flbras olfativas; 6 y e, células especiales de dicha región del bulbo
SiS taiamo-corUcal o
Lámina LXII.
del .tálamo. — A, foco mamilar ¿femó- B conexiones de algunos foc(
E, cuerpo mterpeduncular; f. haz de Vicq d’’Aror. « S^ngEo de l?habénul
mamilar; h, fascículo de la ¿alota de Quddei^sVwn ‘Í? «. Pedúnculo* del cueri
uuuen, i, stria thalami; F, núcleo segmental dorsal
Lámina LXIII.
~ células de la médula espinal del conejo de pocos dias. Adviértanse en a v 6 in-
.ntoproloplásmlcos y legltto.s disposiciones L^ted.
nenro^bril^s defe“repm«\^édiüa neur¿Sa^motri * ‘’a Jdlídvecnaclón en las
por el frió; B, la misma céiula después de la excitación tomada del lagarto entorpecido
TeUo. efectuadas con el método del nitrato de píite (Preparaciones..de
Lámina LXIV.
Fig. 105 - Efectos de la temperatura en la disposición del retículo de las células nerviosas (mé¬
dula espinal) del conejo de pocos dias. — A, temperatura de 25»; C, temperatura de 10° mantenida
algunas horas; B, temperatura de 15°
Ies libres reveladas ¿n el cerebelo” oHa nuev^ técnic” aruéntír® las arborizaciones termina-
molecular;B, cestas pericelulares; D e fibras ' estrellada de la capa
Purkmje. (Repárese cómo se confirman con el colaterales de los axones de
Qolgi y Ehrlich.) i-umirman con el nuevo método los hallazgos de los procederes de
Lámina LXV.
K-aíif
Lámina LXVIII.
_Fig. 117. — Cabo central y comienzo de la
cicatriz intermediaria del nervio ciático sec¬
cionado y examinado tres días después de la
operación, uato de pocos días. — F, fibra
del cabo central; a, rama terminal nacida
del axon preexistente: .
[! Fig. lis. — Cabo central del nervio ciá¬
tico del gato, donde aparecen los restos
del axon necrosado, recubiertos por ra¬
mas nacidas de la porción vivaz del
axon; estas ramas no aciertan, a veces, a
emerger rápidamente hacia la cicatriz y
generan ovillos complicados (B, C.)
Lámina LXIX.
, Fig- llp- — Trozo de cicatriz y cabo periférico del gato joven, cuyo nervio ciático fué seccionado
setenta y dos días antes. Adviértase cómo los retoños llegados a dicho cabo no forma^cldena" oe-
netrando ya entre, ya dentro de los estuches del segmento periférico (vainas viejas de SchwaM? a
lo largo dejas cuales crecen rápidamente <f).- a, b^Hbras neoformadS que caKn pm la c^^
S 52 ;juS
a causf de°íos ^*s?áculos quL°p¿l destL’bocM f central o dentro de éste
tos siguen trayectos retróg%do*f trazIndS esolms retoños. Muchos de és-
membranadeSchwann,fxhibiendorS=1obXnf¿Trev"^^^^^^^^^
Lámina LXX.
Fig. 121. — Fenómenos de reteaiamiento abortado de los axones del cabo central. Gato de va¬
nas semanas, siete días después de la operación. — A, tubo con brotes abortados; B, axon varicoso
con bola Iinal; G, tubo dentro del cual los retoños han producido haces y ovillos complicados.
riférico de un nervio cortado. Nótese en
la zona próxima a la herida fenómenos
de supervivencia y regeneración de las
neurofibrillas (C, D). (Gato, cuarenta y
ocho horas después de la operación.)
Fig. 123. — Fenómenos de retoñamien-
to mtraaxónico de las neurofibrillas en
axones mortificados por la presión de
as pinzas (a, b d. c). - D. porción cen¬
tral de un axon de que emanan retoños,
en ef gato^) ^ operación
Lámina LXXI.
Fig. 124. -
los axones soi
anterior; 6, d.
páresíenm auSncfa de ca^denas'^celularM*— ^hoWn^H® al través del mesodermo. Re¬
pollo a los tres días y medio de la incubación.) ’ crecimiento; b. bifurcación. (Embrión de
Lámina LXXII.
Fig. 126. — Anverso de la gran medalla de Helmholtz.
Fig. 127. Reverso con el nombre del recipiendario.
Lámina LXXIV.
Fig. 131. — Trozo de médula espinal primitiva (A) y de tejido mesodérmico vecino, tomado de
un embrión de pato de tres dias. Nótese cómo en los neuroblastos más jóvenes los conos de cre¬
cimiento marchan siempre entre las células, tanto dentro como fuera de la médula.— E, F, conos
que cruzan libremente el espacio perimedular; D, f, conos cuya posición libre en el mesodermo es
Lámina LXXV.
Fig. 133. —Corte de la retina del embrión de pollo de cuatro días. Se demuestra en esta fisura
que la primera forma del neuroblasto es frecuentemente bipolar (C, B) y no siempre monopolar -
a, b conos de crecimiento cuya posición intercelular es indiscutible y que antes de correr tansén-
cialmente chocan con la membrana interna de la retina. . . ®
Fig. 134. — Corte de la retina d
conejo adulto, cuyo nervio óptii
rae cortado. Nótese un robusto ret
ño (A) que, extraviado, atravie
por propio impulso y sin vainas c
lulares, todo el espesor de la mer
brMa, desde la capa de las fibr
del nervio óptico.
esDirmi ® Penetración en la médula
i sensitivas (C); D, ganglio raquídeo,
os refutan la teoría de Hild, según el cual,
estabíec^dos™^"^*^^^*^*^” dentro de conductos celulares pre-
Lámina LXXVI.
Fig. que el retículo neurofibrill^ de las células refinianas del /
j loiaimente independiente, sin constituir jamas puentes intercelulares.
Lámina LXXVIII.
_ Fíg. 135. — Detalles del modo de conexión, por cóntacto, del nervio vestibular con las células
-Foco intersticial de las aves, Sus axones espesos marchan
en el fascículo longitudinal posterior.
aescendentes e
Lámina LXXXI.
Fig. 139. — Esquema de las estaciones y vías acústicas del bulbo de las aves. — A, foco angular;
B, núcleo de gruesas células; D, foco laminar; C, nervio coclear o acústico; V, nervio vestibular;
T, ganglio tangencial; E, cuerpo trapezoide o via acústica secundaria; F, oliva superior; VI. motor
ocular externo. ^
desdiente dtí wKno ° al fascículo solitario (G); I, via
Lámina LXXXII.
Fig. 141. - Esquema de la estructura del
núcleo de las neuronas. — a, nucléolo con
sus esferas argentófilas; b, cuerpo accesorio;
c, casquete cromático; e, grumo hialino;
f, granitos basiófilos; g, armazón fibrilar.
cerebra-
j, nucléo¬
lo; c, grumos hialinos. Nótese que, usando cier¬
tos fijadores, el proceder argéntico tiñe exclusi¬
vamente el cuerpo accesorio.
Fig. 143. — Formas celulares retoñantes, halladas en
dias y embebido en el líquido cefalorraquídeo. —
un ganglio puesto en estufa durante dos
a, axon; e, f, g, ramas recién formadas.
Lámina LXXXIII.
Fig. 144. — Trozo del cordón posterior de la médula espinal de gato joven, cuyas meninges su¬
frieron un traumatismo seguido de producción cicatricial exuberante. — A, cicatriz embrionaria;
B, retoño penetrado en>lla; D, fibras longitudinales de la substancia blanca en fase de irritación
productiva.
Fig. 145. — Corte longitudinal del cordon antero lateral del gato de pocos dias, en que se seccio
no la niedula lumbar. — A, borde de la herida del cordón antero-lateral; B, C, raíces anteriores de
generadas e medidas por ramas cardonales neoformadas; a, b, fibras funiculares que daban rama
Lámina LXXXIV.
Lámina LXXXV
Lámina LXXXVI.
Fig. 150. — Trozo del cabo central de la herida medular del gato joven, tres dias después de la
operación. — A, colaterales espesadas que se transformarán en terminales; a, b, c, trozo longitudinal
de los axones destinados a desaparecer; B, mazas de retracción.
desp^ul deVtraumatíFmf Purkmje del cerebelo del gato de veinte dias. dos dias
Lámina LXXXVII.
Fig. 152. — Corte|del cerebro motor del gato de veinticinco días, sacrificado veinticuatro horas
después de la operación. — A, D, pirámides medianas con coiaterales arciformes hipertróficas y cabo
axónico fino y atrófico (a, b); C, F, G, pirámides arciformes cuyo trozo axónico periférico ha des¬
aparecido; 8, pirámide cuyo axon se resuelve en dos arcos recurrentes; H, herida.
Fig. 153. — Cerebro de perro. Retoños brotados de las varicosidades del cabo central de las pirámides
cerebrales.
Lámina LXXXVIII.
Fie 154 - Cerebro de perro. Axones del cabo central con segmentos necrosados (bj, dentro de los
que penetran bouqaets de neurofibrillas retoñantes (a)..
Fig. 155. — Cerebelo del gato de pocos días.
Células de Purkinje, excitadas por el trauma¬
tismo, de cuyo soma surgen brotes descenden¬
tes (a).
Fig. 156. — Pirámides cerebrales del
perro. Cerca de la herida" los axones in¬
terrumpidos (cabo central) muestran ro¬
sarios de bolas (B, C); D, bolas sueltas
cerca de la herida.
Lámina LXXXIX.
Fig. 157. Fenómenos de metamorfosis neurof ¡brillar en las mazas terminales de axones cere-
la?n“ur«L^ y de sus^á^^^^^ ‘‘^muestra la supervivencia temporal de
Fig. 158. Ocho días después de la lesión, los axones de las células de Purkinje (cerebelo del conejo
adulto) presentan bolas de retracción (B). ^
metamorfosi'? neurofibrillar
ofibrillas perinucleares vivac
, estado fusiforme.
Fig. 162. -
Lámina XCII.
_ Fig. 163. — Intercalación de un trozo ner¬
vioso en la herida del ciático. Nótese cómo
los retoños del cabo central son atraídos por
los dos extremos del injerto (B), dentro del
cual caminan superficiales. — A, cabo cen¬
tral; C, cabo periférico; d, fibras que, des¬
pués de recorrer el injerto, ¡penetran en di¬
cho cabo degenerado.
Fig. 163 bis. — Demostración de que un injerto
muerto de nervio. (B) no atrae los retoños (C) del
cabo central, circulantes por la cicatriz.
Lámina XCIIl.
Fig. 164. — Cabo periférico de un nervio cortado.
En dicho cabo, y no lejos de la herida, se hizo una
ligadura apretada para impedir el paso de ios reto¬
ños invasores. — A, cicatriz internerviosa; B, ligadu¬
ra; a, c, retoños insinuados en el cabo periférico de¬
generado; C, porción situada debajo de la ligadura,
con axones agónicos (d) en vias de degeneración;
b, bola atascada de que brota una proyección explo¬
radora. (Figura sémiesquemática.)
Fig. 165. — Nervio ciático mul-
tiseccionado . — A, cicatriz princi¬
pal, frontera del cabo vivaz o cen¬
tral; B, C, hemisecciones nerviosas
destinadas a crear estrechas fajas
cicatriciales; a, b, c, ramificaciones
de los retoños al nivel de las cicatri¬
ces. (Figura semiesquemática.)
Lámina XCIV.
Fig. 166. — jTubos nerviosos del conejo joven. — A, B, C, aparato reticular de Golgi, teñido por el
método urano-plata; a, cisura de Lantermann; trabéculos del retículo.
Lámina XCV,
168. - Variedades morfológicas y cuantitativas del retículo de Goigi de las células motrices de
la médula espinal, dependientes, con toda probabilidad, de estados fisiológicos diferentes.
Fig. 169. — Tubos del cabo central deTciá-
tico del conejo, tres dias después de la. sec¬
ción. — A, región normal) alejada de la
herida.
Fig. 169 bis. — Cabo periférico de un ner-
0 cortado. Degeneración del aparato re-
ular de la célula de Schwann. — E, D, re-
ulos atrofiados y pulverizados. (Región
Lámina XCVI.
Fig. 169 tripl. — Algunas vesículas tomadas de la glándula
submaxilar de un conejo de pocos días envenenado por la pilo-
carpina. — A, B, células con aparatos de Qolgi esponjosos y gra¬
nulosos; C, células cuyos retículos parecen resueltos en gru¬
mos (a); D, vesículas donde se han teñido exclusivamente los
granos de secreción.
Fig. 169 cuadrupl. — Vesícula del pán¬
creas donde aparecen teñidos a la vez
los condrocontes y el aparato de Qolgi.
(Método del urano-formol).
vesícula ocular y rudimento de un embrión de pollo de las cua-
D cristalino; B, piel; C, retina; F, capa pigmentaria de ésta;
D, ganglio oftálmico. Adviértase que los aparatos de Gol|i mir¿n al mimdo Lterior.
Lámina XCVII.
_ _ ^ ^ _ méduIaFrnn sus rnnpvin-
nes con los demás factores protoplásmicos. — A, contenido del aparato reticular; B, tubos de
Holmgrem; D, grumos de Nissl; C, neurofibrillas.
Lámina XCVIII,
Fig. 171 A. — Células neuróglicas del cerebro del perro teñidas por el método del formol-urano.
A, corpúsculo que muestra el aspecto de los teñidos por el cromato de plata; B, pareja neuróglica,
cuyas expansiones exhiben ciertos granos glandulares (gliosomas).
. del nervio ciático (gato adulto). Impregnación argénticEft. —
r Xecma del núcleo; D, tubo grueso almivel de una estrangulación;
I lon^tudmal notablemente aumentada; a, aros al nivel de las cisuras de
arranque de los filamentos transversales del velo tubular; e, gran
vacuola; e, núcleo; t, trabecula longitudinal.
Lámina XCIX.
Lámina C.
Fig. 172 bis. — Corte de la capa molecular y zona de las pequeñas pirámides del -
gato de quince días. — A, zona molecular; B, de las pequeñas pirámides; C, espacio plasmático peri-
Fig. 173. — Trozo de un corte de la substancia gris del cerebro de un hombre a
por el cloruro de oro. — A, tipo neuróglico grande; B, tipo neuróglico más pequeí
en un capilar; D, pirámide cerebral; a, capilar sanguíneo; b, pequeiios pedicuh
d, células satélites no neuróglicas.
Fig. 174. — Células adendriticas de la subs¬
tancia gris del cerebro del perro (tercer ele-
rnento de los centros).— A, astrocito ordina¬
rio; a, b, e, d, etc., diversas formas de la
célula adendritica; J, aparato de Golgi de
estos elementos.
Fig. 175. — Substancia blanca del ce¬
rebro humano. Método del sublimado
oro. — A, corpúsculo adendritico; B, cé¬
lula neuróglica ordinaria, intensamente
tenida en violado purpúreo.
Lámina CII.
Fig. 176. — Células satélites neuróglicas en torno _de gruesas pitárnides. Cerebro motor del gato
adulto. — A, B, astrocitos laterales; C, astrocito fusiforme apoyado sobre el origen de la expansión
radial; D, astrocito basal; a, b, corpúsculos satélites adendríticos.
a substancia gris próxima al rafe posterior y cordón sensitivo. Gato de
epiteliales dislocadas en fase de división; C, a, colaterales creadas en el
^ dirigidas a, un capilar; F, rafe; Q, células epiteliales exentas todavía de aparato
chupador y cuya expansión radial es delgada. ’ ’
Lámina CIII.
- Fig. 177 bis. — Trozo de la substancia gris del asta anterior del gato de ocho dias. — A, células
en que casi todas las expansiones son granulosas, menos una (d), donde aparece la fibra; B, C, as-
trocitos provistos de robusta fibra cortical; D, otro con varias fibras diferenciadas; F, células de que
emanan expansiones rudimentarias; H, elementos adendriticos; a, expansiones granulosas; b, ex-
pansiones fibrosas; c, fibras helicoidales. (Esta figura tiene por objeto mostrar cómo se inicia en la
gha de la substancia gris y blanca de la médula, la formación de las fibrillas de Weigert (b, D), como
una diferenciación intraprotoplásmica.)
Lámina CIV.
Fig. 178. — Esquema de la retina de la mosca azul. — I, retina periiérica; II, retina intermediaria;
in, retina profunda; IV, Lóbulo óptico. Este esquema y el siguiente han sido hechos por D. Domin¬
go Sánchez combinando mis dibujos de la memoria origina).
Nota. — Por errata se señala en el texto esta figura (pág. 399) con el núm.1173, debiendo ser 178.
Lámina CV.
T<^m'
nes; Tcm, su terminación en la retina profunda; Cg, terce?a^neu^ona
Lámina CVI.
'' Fig. 179 bis. — Esquema cuyo objeto es comparar las neuronas homologas de la retina de los
mamíferos (figura de la derecha), insectos (figura de la izquierda) y cefalópodos (figura del centro).
A, bastones con sus núcleos (B); C, articulación de los bastones con las bipolares (D); G, tercera
neurona o neurona ganglionar; E, células amacrinas.
corrientes: tipos morfológicos de la retina de los insectos, con la mancha de las
cada- Ri ■tr' R2 ^ neuronas con una sola arborización; C, neurona de espansión bifur-
y , enronas con dos arborizaciones, una superior o axipeta, y otra terminal.
Lámina CVIII.
Fig. 181. — Esquema de la estructura y de las conexiones probables de las células de la retina de
los cefalópodos. — A, retina con los bastones; B, cordón kiasmático; C, retina profunda; D, ganglio
Optico; E, granos externos; F, granos internos; a, bastón o primera neurona visual; ó, célula bipolar
o segunda neurona visual; c, célula gangliónica o tercera neurona visual; h, corpúsculo del ganglio
Optico (cuarta neurona visual); e, fibra centrífuga cuya arborización concurre en el pie de los basto¬
nes y penacho de las amacrinas; g, centrífuga para los elementos colosales de axon ascendente (f).
Fig. 183. — Interpretación probable de la forma y significación fisiológica del kiasma retinianc
del calamar. — A, ojo; B, kiasma; C, lóbulo óptico; D, pedúnculo visual. Las flechas marcan la dife^
rencia de orientación entre la imagen pintada en la retina y la proyectada en el lóbulo óptico.
Fig. 182. — Cor
esouemática. — A,
trapuesto; C, via
radiante destinada
F, corteza del
algunas semanas. Figura semi-
dón en el foco peduncular con-
lúcleo peduncular; D, manojo de la corona óptica
cerebroide; E, cordón destinado al lóbulo medio;
Lámina CXI.
Lámina CXIL
Lámina CXIII.
Fig. 189. — Células horizontales de la retina del ratón blanco recién nacido. — a, a^, a^,a% tipos bi¬
polares; b, b, tipos de grueso tallo dendritico ascendente, ramificado.
Fig. 190. — Corte de la retina de ratón recién nacido. Proximidad de la ora serrata — A célu¬
las pigmentarias; a, nivel donde abundan las células horizontales; B, amacrinas; C, pléxiforme in-
terna; p, células gangliónicas; E, fibras del nervio óptico; ñ, f, neuronas horizontales dislocadas o en
Mansito emigratorio; g, h, i, amacrinas bipolares; m, n, axones extraviados de la capa de fibras óp¬
ticas; p, una que parece incorporarse a su destino.
Lámina CXIV.
Fis 191 - Corte déla retina del ratón de seis días. - a, b. c, células horizontales embriona¬
rias; n, axones con arcos de rectificación; e, células amacrinas; f, amacrinas con expansiones ascen¬
dentes; C, zona plexiforme externa.
Fig. 19?. — Las células horizontales comienzan a orientarse formando un plano por debajo de
la zona de los granos externos. Algunos como b y a, poseen todavía axones extraviados. Se ve que
el modelamiento de aquellas células es función de la previa diferenciación de las prolongaciones
inferiores de conos y bastones. Ratón de doce dias.
Lámina CXV.
Fig. 193. — Un trozo de la pared epitelial del epéridimo del gato de mes y medio.— A, célula
pluriflagelada con retículo perinuclear tupido; D, otra con retículo flojo; B, célula ependimal mono-
flagelada, provista de cordón lateral de sostén; c, fibra radial nacida del retículo; C, célula cuya red
de epitelio-fibrillas carece al parecer de filamento radial; a, flagelos nadando en el líquido céfalo-ra-
quideo; b, pincel de flagelos de un corpúsculo pluriflagelado; e, cordon fibrilar radial de un cor¬
púsculo de esta misma especie.
Fig. 194. — El segundo tipo de células ependimales de la médula espinal del gato (A), que está des¬
provisto de retículo perinuclear y posee un haz lateral de gliofibrillas.
Lámina CXVII.
Fig. 197. — Corte de la vesícula acústica del embrión de pollo del tercer día de incubación. —
A, interior de la vesícula; B, rudimento del ganglio de Scarpa; C, haces cortados de.través por de¬
bajo del epitelio. Ninguna fibra ha penetrado en el epitelio.
Fig. 198. — Corte de una cresta de un conducto semicircular. Embrión de pollo del quinto día de
la incubación. — A, fascículos del nervio vestibular; B, epitelio de la cresta; o, fibra que llegaba a la
superficie; b, fibra que retrocedía formando arco. Las fibras son atraídas por el epitelio; mas no es¬
tando diferenciadas las células ciliadas, la arborización terminal no está formada aún.
Lámina CXVIII.
SSSSn 3.t n-olélalse .i cWa tamm.l.
aparato nervioso en el embrión de'gato de 28 mili-
lermo: C, plexo nervioso expectante; B, robusto cor-
Lámina CXIX.
Fia. 200 bis. — Corte longitudinal del epitelio germinal de la vaina externa de la raíz del pelo.
A pelo táctil del ratón de ocho dias; B, pelo táctil del ratón de cuatro días; a. fibras nerviosas que
Ominan sobre la vitrea; b, c, colaterales acabadas en la región de las células germinales; d,e,f, fa¬
ses de la evolución del menisco terminal.
Fig. 200 trip. —
A, cubierta conectiv
donde se formarán los tuturos meniscos lacmcs.
del pelo táctil en el ratón de dos dias.
colaterales penetrantes en el epitelio
Lámina CXX.
Lámina CXXIL
atón recién nacido. — A, haces prima-
C, bulbos pilosos embrionarios; a, b c.
Fig. 202 bis. — Corte del labio inferior (borde interno) del
5; B, fascículos secundarios sepáranos en ángulo casi recte
las intra- epidérmicas.
Fig. 203. — Células neuróglicas heíerotipicas halladas eventualmente en la substancia blanca.
Cerebro de hombre adulto. — a. célula grande pálida;f), e, f, corpúsculos enanos con núcleo al pare¬
cer atrófico. (Estas células corresponden a las que, posteriormente, describió Río Hortegaconsu
método especial del carbonato de plata amoniacal).
Lámina CXXIII.
Fig. 204. — Microglía o mesoglia del cerebelo (capa molecular), a, b, c, etc, corpúsculos mesoglla-
les. Proceder de Blelschowsky modificado.
Fig. 205. — Microglía de la substancia gris de la médula espinal. Método de Bielschowky, modi¬
ficado. — a, b, c, d, microglía: B, célula neuróglica ordiiíaria; C, corpúsculo nervioso con los gru¬
mos de Nissl.
Lámina CXXIV.
Fig. 20o. — Microglía de la corteza cerebral del hombre normal. — A, satélites enanas globulo¬
sas; a, b, o, r, s, tipos enanos esteroidales incoloreables por la plata; E, microglia bacilar; G, D, mi-
croglia satélite; F, P, H, G, m, variedades microgliales triangulares y de otras formas; n, microglia
perivascular. (Método de Bielschowsky con mordiente al acetato de cobre, conforme a la práctica
de Achúcarro que tiñó esporádicamente estas células en el asta de Ammon.
Lámina CXXV.
Lámina CXXVI.
Lámina CXXVII.
Fig. 211. — Corte déla corteza visual del gato. Ala izquierda aparecen las capas teñidas por
método de Nissl; a ia derecha, ias revelaciones del proceder de Golgi. — A, zona plexiforme; B, zo
de las pequeñas pirámides; C, zona de las grandes pirámides superficiales; D y E, capas de ’los gi
nos o células estrelladas con sus dos subzonas; F, capa de las grandes pirámides solitarias; Q, zo
de ios grandes corpúsculos polimorfos; H, zona de los elementos fusiformes; I, substancia blanca.
111. Repáres
Lámina CXXIX.
Fig. 214. — Coloración de la corteza retro-esplenial por el nitrato de plata reducido Nótense los
plexos superficial A, y profundo CS excepcionalmente ricos en fibras meduladas v ameduladas. -
A, capa plexiforme; B. de las células estrelladas grandes; C, de las neuronas fusiformes- C^, del plexo
intermediario; E, de las pirámides medianas y grandes.
Fie 215. -Detalles de las capas I,II, III ylV de la corteza reír
axones.
RECUERDOS DE MI VIDA
321
atacan frecuentemente a las personas nerviosas fatigadas, sobre todo durante esa
fase de la vida en que declina la madurez y asoman los primeros desfallecimien¬
tos precursores de la vejez.
Naturalmente, mis dolencias agriaron aún mi natural triste e hipocondríaco. Y,
por reacción fisiológica y moral, acometióme violenta pasión por el campo. Todo
mi afán cifrábase en disponer de quinta modesta y solitaria, rodeada de jardín, y
de cuyas ventanas se descubrieran, de día, las ingentes cimas del Guadarrama, y
de noche, sector celeste dilatadísimo, no mermado por aleros ni empanado por
chimeneas. Aparte la ansiada ración de infinito, deseaba oponer a mi spleen, a
guisa de contraste sentimental, la oleada de bulliciosa alegría que se desborda
los domingos y tardes soleadas desde las guardillas de Madrid hasta los demo¬
cráticos merenderos de Amaniel. Allí, lejos del tumulto cortesano, trabajaría a mi
sabor durante los meses estivales, rodeado de árboles y flores y en medio de un
vivero de animales de laboratorio. Allí, en fin, sumergido en aquella calma sedan¬
te, aplacaríanse mis nervios y tejería en paz la tela de mis ideas.
Poco hay que escoger en los alrededores de Madrid para nido de un espíritu
romántico, enamorado de cuadros pintorescos. Sólo las frondosas hondonadas y
las vertientes vecinas del puente de Amaniel, con espléndidas vistas a la Mon-
cloa, al Guadarrama y a El Escorial, prometían adecuado marco a mi casita.
Compré, pues, en dicha barriada de los Cuatro Caminos huerta no muy exten¬
sa, y mandé construir modesta quinta, circundada de jardín, emparrado e inverna¬
dero liliputienses, escalonados en cuesta y expuestos al sol del Mediodía. Y pro¬
cediendo a lo temerario, puse todos mis ahorros en la obra.
Mi curación honró poco a la Farmacopea. Una vez más triunfó el mejor de los
médicos: el instinto, es decir, la profunda vis medicatrix. Porque luego de insta¬
lado con la familia en la campestre residencia, mi salud mejoró notablemente. Al
fin alboreó en mi espíritu, con la nueva savia, hecha de sol, oxígeno y aromas sil¬
vestres, alentador optimismo. Y, por añadidura, llovieron sobre mí impensadas
satisfacciones y venturas.
Fué, pues, como decía antes, en mi modesto cigarral de Amaniel, situado en la
calle de Almansa y frontero del canalillo, donde me sorprendieron el sentido tele¬
grama de felicitación del doctor Calleja y las benévolas y generosas ampliaciones
noticieriles de la Prensa.
Grande fué mi alegría al recibir la fausta nueva, y más al advertir que la hon¬
ra venía acompañada de algunos miles de francos, dádiva no despreciable para un
bolsillo exhausto. Y quedaran colmadas las medidas del deseo, si deberes ele¬
mentales de cortesía no me hubieran obligado a contestar a miles de telegramas
de felicitación, tarjetas postales y cartas congratulatorias. Aquel chaparrón de
plácemes —cordialmente agradecidos, naturalmente— duró más de un raes, obli¬
gándome a aplazar sine die mis favoritas ocupaciones y a exprimir mi pobre ma¬
gín — casi vacío de fórmulas corteses— en aderezar, variar y matizar en lo posible
las obligadas expresiones de agradecimiento y los inevitables alardes de mo¬
destia.
Entre las felicitaciones, debo recordar, por la calidad de sus autores, el sentido
telegrama de S. M. la Reina Cristina; la carta afectuosa del Presidente del Conse¬
jo de Ministros, D. Francisco Silvela; la no menos cariñosa del Aiinistro de Fo¬
mento, el Mensaje del Ainintamiento de Zaragoza, etc., etc. Ni es licito pasar por
alto los artículos encomiásticos de la Prensa política y profesional. En mi memoria
viven, con rasgos indelebles, la elocuente biografía escrita para el Heraldo por mi
21
322
S. RAMÓN Y CAJAL
eminente compañero el Dr. Amaño Gimeno; la primorosa crónica de El Imparcial
ofrendada por Mariano de Cavia, el maestro del buen decir y del patriótico pensar;
los artículos laudatorios de El Liberal, La Epoca y La Correspondencia, etc.; y, en
fin, cierto panegírico, tan entusiasta como cariñoso, inserto por mi amigo el doctor
Márquez en un pertódico médico.
Y om-ito la visita de Comisiones, los banquetes oficiales, los homenajes priva¬
dos (1), los ágapes de los amigos.
Aun pecando de prolijo, séame permitido mencionar todavía algunas distincio¬
nes y consagraciones oficiales.
S. M. la Reina me agració, por iniciativa del Gobierno, con la Gran Cruz de
Isabel la Católica, cuyas insignias costearon generosos los estudiantes de la Fa¬
cultad de Medicina, en la cual, dicho sea de pasada, se celebró solemne sesión
conmemorativa. Meses después se me concedía la Gran Cruz de Alfonso XII y se
me nombraba Consejero de Instrucción pública.
Pero el homenaje de que guardo más profundo agradecimiento fué la fiesta
académica celebrada, meses después, en el paraninfo de la Universidad, con asis¬
tencia de los profesores y alummos. En ella pronunciaron elocuentes y sentidísi¬
mos discursos el Ministro de Fomento, que se dignó honrar el acto con su presen¬
cia; el Rector, Sr. Fernández y González; y, en fin, D. Julián Calleja y D. Alejandro
San Martin.
. Mi ingénita cortedad sufrió entonces durísima prueba. Aquel chaparrón de
elogios exagerados, en cuyo fondo latía noble sentimiento de patriótico regocijo,
me emocionó profundamente. Previendo que, en tan arduo trance, mi corazón ha¬
bría de paralizar mi pobre palabra, di las gracias en discurso escrito, que fué bas¬
tante celebrado y mereció la honra de ser reproducido, acompañado de agradables
coi^ntarios, por la Prensa política y profesional.
m aquí los principales párrafos de esta oración, que reproduzco porque, ade¬
más dVcontener algunos datos autobiográficos (motivos de mi actuación cientí¬
fica, etc.\ reflejan con bastante fidelidad los anhelos fervientes de resurgimiento
intelectual que el reciente infortunio nacional había despertado en la juventud
universitaria española:
«Señores: El homenaje tan cariñoso como sincero que el Claustro de la ilustre
Universidad de Madrid, presidido por el jefe supremo de la enseñanza y dignísimo
representante del Gobierno de S. M., ha querido rendirme en el día de hoy me co¬
loca en un trance apuradísimo,. La más elemental cortesía me obliga a mostrarme
agradecido a la inusitada honra que me dispensáis; pero me impone también, con
la obligación de contestaros, un sosiego de espíritu y una quietud del corazón, de
todo punto incompatibles con la solemnidad del acto y su extraordinaria signifi¬
cación en mi vida profesional. Permitidme, pues, que en esta ocasión, rompiendo
con la costumbre, para evitar la emoción paralizante de la palabra hablada, recu¬
rra a la palabra escrita. El cerebro turbado por la emoción es como el lago agitado
por la tormenta: éste no refleja bien las estrellas del cielo y los árboles ribe¬
reños; aquél no acierta a traducir las ideas y los sentimientos surgidos en la
mente. Existen, sin duda, ánimos de tal temple, que saben sentir y pensar a un
tiempo; yo tengo, desgraciadamente, el cerebro esclavo del corazón, y sólo me
permito pensar a hurtadillas de éste.
(1) No quisiera dejarme en el tintero el delicado y tiernís'mo rasgo de los esposos Tolosa Latour,
ángeles tutelares de la infancia, quienes, después de consultar los gustos de mis hijos, obsequiáronles
con lindos juguetes y hasta con objetos de valor (un hodak, las obras de Campoamor, caja de música
etcétera), para que asociaran en su memoria el recuerdo del impensado triunfo del padre con las dulzu¬
ras de un deseo satisfecho.
P.ECX'ERDOS DE MI VIDA
323
Sírvanme, pues, estas cuartillas de antifaz que oculta semblante demudado o
-descompuesto. Parapetado tras de ellas, os diré sin más preámbulos, que vues¬
tros sinceros y entusiastas plácemes me llegan a lo más vivo e íntimo del alma, y
-que los inusitados testimonios de consideración y simpatía con que os habéis
..complacido en enaltecerme y confundirme, quedarán grabados perennemente en
mi memoria, en el archivo de los recuerdos sagrados, junto a las placenteras me¬
morias de la edad juvenil, y entretejidos con la imagen adorada de mi madre.,
... Exageráis sin duda el alcance de mis trabajos y la fortuna de mi obra cien¬
tífica. No rayan tan alto ni van tan lejos como vuestra benevolencia imagina.
Aunque bien se me alcanza que lo extremado de vuestros encomios encaminase a
-fin más alto: al premiar al modesto investigador de hoy, habéis querido, sobre
todo, estimular la investigación científica del mañana. Con patriótica previsión os
proponéis, sin duda, lo que podríamos llamar la ejemplarídad del aplauso.
Habéis- cariñosamente aludido a lo singular de mis facultades y a lo peregrino
. de mis aptitudes para el cultivo de la Ciencia; y en todo ello habéis mostrado más
bondad que justicia. No soy, en realidad, un sabio, sino un patriota; tengo más de
obrero infatigable que de arquitecto calculador... La historia de mis méritos es
muy sencilla; es la vulgarísima historia de una voluntad indomable resuelta a
triunfar a toda costa. Al considerar melancólicamente, allá en mis mocedades,
cuánto habían decaído la Anatomía y Biología en España y cuán escasos habían
sido los compatriotas que habían pasado a la historia de la Medicina científica,
formé el firme propósito de abandonar para siempre mis ambiciones artísticas,
dorado ensueño de' mi juventud, y lanzarme osadamente al palenque internacional
.de la investigación biológica. Mi fuerza fué el sentimiento patriótico; mi norte, el
enaltecimiento de la toga universitaria; mi ideal, aumentar el caudal de ideas
españolas circulantes por el mundo, granjeando respeto y simpatía para nuestra
Ciencia, colaborando, en fin, en la grandiosa empresa de descubrir la Naturaleza,
que es tanto como descubrirnos a nosotros mismos .
... Harto modestos son los lauros conquistados; mas si en algo los estimáis,
brindólos de todo corazón a la Universidad española, como ofrenda del discípulo
reverente al alma matar, y con ese noble orgullo con que el soldado consagra a la
Virgen, que le amparó en trances difíciles, el humilde trofeo ganado en playas,
remotas.
Y bien miradas las cosas, os devuelvo lo que en justicia os pertenece. Hijo soy
de la Universidad; a ella le debo lo que sé y todo lo que valgo; ella me enseñó a
amar la Ciencia y a reverenciar a sus cultivadores; ella me guió y alentó en mis
primeros ensayos experimentales, ofreciéndome generosamente, eñ la medida de
sus pobres recursos, los medios materiales para mis trabajos; ella, en fin, al mos-
• trarme un pasado espléndido y glorioso al través de un presente poco consolador,
sugirióme la inquebrantable resolución de consagrar mi vida a las tareas redento¬
ras del Laboratorio, para reanudar, en suma, hasta donde mis fuerzas alcanzaran,
la casi olvidada tradición de originalidad de la Medicina patria.
Afortunadamente, la Universidad española de hoy siente ya ansias de vida y de
renovación, y desea caminar resueltamente por la via del progreso. Revélase en
algunos de sus maestros, atenidos antes a su misión meramente docente, loable
. emulación por sacudir la tutela intelectual extranjera, y por cooperar, con propio .
y personal esfuerzo, a la conquista pacifica de la naturaleza y del arte. Por fortu-
- qa, nuestras aulas, calificadas más de una vez de fortalezas de la tiranía de los
textos y de la rutina del pensamiento, se han abierto ya al oreo vivificador del
espíritu crítico y del pensar universal, y en ellas brilla con luz propia lucida plé-
■ yade de estadistas, científicos, humanistas y literatos ilustres.
Prosigamos todos con ardor creciente en esta tarea salvadora; trabaiemos para
que la Universidad sea lo que debe ser: tanto fábrica de ideas como foco de edu-
. cación y cultura nacionales.
Hoy más que nunca urge este supremo llamamiento al heroísmo del pensar hon¬
do y del esfuerzo viril. Me dirijo a vosotros, los jóvenes, los hombres del mañana.
En estos últimos luctuosos tiempos la patria se ha achicado; pero vosotros debéis
. decir: «A patria chica, alma grande». El territorio de España ha menguado; jure¬
mos todos dilatar su geografía moral e intelectual. Combatamos al extranjero con
meas, con hechos nuevos, con invenciones originales y útiles. Y cuando los hom-
i.bres de las naciones más civilizadas no puedan discurrir ni hablar en materias
324
s. ramón y CAJAL-
filosóficas, científicas, literarias o industriales, sin tropezar a cada paso con ex-
presiones o conceptos españoles, la defensa de la patria llegará a ser cosa super-
flua; su honor, su poderío y su prestigio estarán firmemente garantidos, porque-
nadie atropella a lo que ama, ni insulta o menosprecia lo que admira y respeta.
He nombrado a la patria y deseo que, en tan solemne ocasión, sea ésta la ul--
tima palabra de mi desaliñado discurso. Amemos a la patria, aunque no sea mas¬
que por sus inmerecidas desgracias. Porque «el dolor une más que la alegría», ha<
dicho Renán. Inculquemos reiteradamente a la juventud que la cultura superior, la
producción artística y científica originales constituyen labor de elevado patriotis¬
mo. Tan digno de loa es quien se bate con el fusil como ef que esgrime la pluma
del pensador, la retorta o el microscopio. Honremos al guerrero que nos ha con¬
servado el solar fundado por nuestros mayores. Pero enaltezcamos también aV
filósofo, al literato, al jurista, al naturalista y al médicorque defienden y afirman
enérgicamente en el noble palenque de la cultura internacional el sagrado depó¬
sito de nuestra tradición intelectual, de nuestra lengua y cultura, en fin, de nues^-
tra personalidad histórica y moral, tan discutida y a veces tan agraviada por Ios-
extraños.»
En aquella ocasión, la prensa, siempre bueiiísima conmigo, prestóme servicio*
inestimable. En sus bondadosos elogios, exageró, sin duda, la penuria de mis me¬
dios instrumentales, y la desproporción entre mis recursos económicos y los re¬
sultados obtenidos. En todo caso, sus campañas, tanto más agradecidás cuanto*
más espontáneas, qrearon cierto estado de opinión, recogido diligente y generosa¬
mente por el Gobierno de D. Francisco Silvela, quien propuso al Consejo de Mi¬
nistros, después de consulta deferente con el interesado, la fundación de un Institutff
de Investigaciones científicas, donde el humilde laureado de París pudiera desarro¬
llar ampliamente y sin cortapisas económicas sus trabajos biológicos. Singular¬
mente entusiastas del pensamiento mostráronse, y así me lo manifestaron, el mi¬
nistro de Instrucción pública. García Alix, y F. Villaverde, a la sazón encargado-
de la cartera de Hacienda.
Decidido el Gobierno a realizar prontamente el pensamiento, tramitóse inme¬
diatamente la indispensable consulta al Consejo de Estado— las Cortes estabam
cerradas — y se consignaron para la compra de material e instalación del Laborato¬
rio 80.000 pesetas, dejando para las Cortes la legalización del proyecto, así como*
la aprobación de los créditos de material y personal. Con verdadera munificencia-
fijó el Sr. Silvela la gratificación del director en 10.000 pesetas, cifra excesiva que,
a mis ruegos, fué rebajada por el conde de Romanones, sucesor del Sr. García
Alix, cuando en 1901 subió al Poder la situación liberal. Obtenida la sanción de
los Cuerpos Colegisladores, el nuevo Centro de estudios, designado Laboratorio
de Investigaciones biológicas, instalóse provisionalmente en un hotel de la calle
de Ventura de la Vega. Meses después, y por iniciativa del nuevo ministro dé-
instrucción pública, trasladóse definitivamente al Museo del Dr. Velasco.
Excusado es decir que la creación del referido Laboratorio satisfizo plenamen¬
te mis aspiraciones. Sobre proporcionarme instrumental copioso y modernísimo,,
enjugó el déficit que, no obstante los recursos de la Facultad y la generosidad
del Dr. Busto, me ocasionábanla compra de libros y Archivos científicos, y sobre¬
todo la publicación de mi Revista trimestral, de que vino a ser continuación el'
nuevo Anuario titulado Trabajos del Laboratorio de Invesfígaciones biológicas. Ex--
celente papel, grabados y litografías sin tasa, extensión flimitadk del texto en pro¬
porción con el original disponible, fueron las ganancias materiales logradas, y
como provechos docentes la colaboración de cada día más intensa y reiterada de-
algunos ayudantes y discípulos. Séame lícito notar que en los citados. Trabajos,.
recuerdos de mi vida
325
/Creados en -1902, han visto la luz hasta hoy (1923) más de 350 monografías origi-
■nales, lo que me da el derecho y la satisfacción de pensar que el sacrificio hecho
por el Estado no ha sido estéril para el progreso de la Ciencia y el crédito de Es-
,paña en el extranjero.
Durante el bienio de 1900 y 1901, di a la estampa algunos trabajos dignos de
ser notados, además de las ya mentadas comunicaciones sobre la corteza aciisti-
xa y olfativa. He aquí algunos de ellos:
1. ° Disposición terminal de las fibras acústicas o del nervio coclear (1) (figu-
• ra 97).— Se demuestra en este trabajo que las fibras del coclear exhiben dos cla¬
ses de arborizaciones: las terminales o conos de Held, espesas y pobres en ramas,
que se aplican sobredas células del foco ventral; y las colaterales, representadas
por ramitas finas, que constituyen plexos delicados, situados entre Jas células. Se
•señalan, también, diferencias en la disposición de las ramas terminales, según_ la
profundidad en el foco ventral (B y C), y se consignan álgunas inducciones fisio¬
lógicas sacadas de los nuevos hechos de estructura de los ganglios acústicos.
En la figura 97 puede verse el conjunto de la arborización terminal del citado
nervio.
2. ° Contribución al estudio de la via sensitiva central y de la estructura del tá¬
lamo óptico (2).— Algunos autores (Monakoy, Dejerine, Mahaim, etc.) habían sos¬
pechado que las fibras del lemnisco interno o vía sensitiva poseían una estación
intermediaria en el tálamo; pero la existencia de semejante interrupción no había
podido ser anatómicamente .demostrada.
Nuestras observaciones en ei tálamo de ratas y ratones probáron definitiva-
«mente que las fibras del lemnisco interno se terminan todas, a favor de arboriza¬
ciones libres complicadas, en el espesor del /oco talámico ventral (Nissl) o núcleo
lateral (Kolliker) (A). Dentro de cada arborización yace un islote de células, cuyos
axones dirigense hacia el cerebro^ engendrando la vía sensitiva superior o talámi-
£0-cortical. En la figura 98, A, B, mostramos estos interesantes hallazgos.
Por primera vez se demuestra también en este trabajo la presencia de fibras
centrífugas o córtico-talámicas, que, naciendo en la corteza cerebral y cruzando el
-cuerpo estriado, se arborizan en los susodichos islotes talámicos.
Otro hecho nuevo se consigna además: La mayoría de los autores que se han
ocupado del cordón de Forel lo reputan nacido en el cuerpo estriado (Deje-
■^rine, etc.) o de procedencia óptica (Kolliker). Nuestras investigaciones probaron
incontestablemente que sus fibras representan colaterales de la vía piramidal, na¬
cidas detrás del cuerpo de Luys, y dirigidas, por encima de la substancia nigra y
xn sentido anteroposterior, a la región de la calata (véase la fig. 98, F).
En fin, se precisa además el origen y la terminación de las fibras exógenas del
.núcleo de Luys, señaladas por Mirto y Kolliker (E).
Textura del lóbulo olfativo accesorio (3J.— Gudden, Cansen y Kolliker descu¬
brieron en los roedores un departamento superior del bulbo olfatorio que consi-
ideraron como un lóbulo peculiar de este centro, pero sin asignarle propiedades
estructurales específicas.
Nuestras investigaciones probaron que dicho foco posee una estructura propia
distinta de la del resto del lóbulo y que en él penetra un manojo particular de
.fibras olfativas. Prescindiendo de pormenores descriptivos, nos concretaremos a
decir que dicho lóbulo, por lo fino y delicado de su organización, podría compa-
jarse con la foseta central de la retina; es decir, que representaría el lugar de la
maxima acuidad olfativa 'de los roedores. En la figura 99, D, reproducimos un cor¬
te donde se ve penetrar el fascículo olfativo especial.
(1) Cajal: Disposición terminal de las fibras del nervio coclear. Revista trimestral micrográflca, nú-
^ero 2, 3 y 4. Con dos figuras, 1900.
(2) Cajal: Contribución al estudio de la vía sensitiva central y de la estructura del . tálamo óptico.
(Con cuatro grabados.) Revista trimestral micrográilca, tomo V, 1900.
(3) Cajal; Textura del lóbulo olfaüvo accesorio. (Con cinto figuras.) Trab. del Lab de iv.
^est. biól., tomo l, 1901,
326
S. RAMÓN Y CAJAL
Significación probable de las células de axon corto (1).— Después de revisar la ’
repartición y conexiones de tales neuronas en los diversos focos nerviosos, se
concluye que no pueden estimarse como anillos intercalares obligados entre las
fibras aferentes y las neuronas de axon largo, sino como cadenas laterales
a las vías principales, a quienes proporcionarían energía nerviosa almacenada, tn
suma, tales elementos vendrían a ser algo así como condensadores de potencial
destinado a aumentar la tensión del impulso nervioso en las vías principales afe¬
rentes y eferentes. Trabajos ulteriores recaídos sobre la retina de vertebrados e
invertebrados (insectos, cefalópodos, etc.) nos confirman en tal opinión.
Estructura del tubérculo cuadrigémino posterior (2).— Entre los hallazgos comu¬
nicados en este trabajo, tengo por más importantes los siguientes;
1. ° La demostración de que, en los roedores, una buena parte de las fibras-
del lemnisco externo o vía acústica central se bifurcan, suministrando una rama
posterior arborizada en el núcleo del tubérculo distal y otra anterior ramificada en
el cuerpo geniculado interno o posterior (fig. 100, A, a, b.)
2. ® Descubrimiento de que la via acústica central descripta por diversos auto--
res, y sobre todo por Held, no marcha directamente al cerebro, sino que se termi¬
na en el cuerpo geniculado interno, a favor de arborizaciones libres en contacto
con neuronas, cuyos axones forman la vía acústica superior o tálamo cortical
(fig. 100, C).
3,0 Aportación de nuevos datos estructurales acerca del cuerpo geniculado^
interno y corteza del tubérculo cuadrigémino posterior (núcleo, corteza lateral, co¬
misuras, etc.). Imposible dar aquí detalles de estas aportaciones. En lá figura lOO’
reproducimos cierto esquema donde aparecen las vías esenciales del cuerpo geni¬
culado interno, tubérculo cuadrigémino posterior y otros centros del tálamo.
En fin, en 1901 di ala estampa otras comunicaciones de menor envergaduras
una de carácter técnico (3), en donde se describen varios métodos destinados a
teñir el disco de cemento de los tubos nerviosos centrales, la mielina y los cilin¬
dros-ejes; y otra de asunto fotográfico, con la presentación de dos aparatos este»
reoscópicos imaginados para el examen de grandes pruebas panorámicas (4).
Las investigaciones efectuadas durante el bienio 1900-1901 tuvieron ampliación
y complemento en las emprendidas en 1902 y 1903. Preocupado con la organización '
de los ganglios centrales del cerebro, y codicioso de aumentar mi haber con nue¬
vos hallazgos en esta térra ignota, proseguí con mi habitual ardor la tarea analíti¬
ca, que recayó muy señaladamente sobre la textura del septum lucidum (5), la fina
anatomía del tálamo óptico (6), con particular consideración de la estructura de
los cuerpos de Luys, tubérculos mamilares y tuber cinereum, y en fin de cierto foca
enigmático anejo de la cinta óptica (7).
Corrió mi actividad después por los dominios de los pedúnculos cerebelosos^
dilucidando algunos puntos obscuros de sus conexiones y vías secundarias (8),-
abordé, mediante los métodos de Marchi y Golgi, las relaciones entre el cerebro y
(1) Cajal: Significación probable de las células de axon corto. Trab. del Lab. de invest. biol.,.
tomo I. (Con 3 esquemas.) 1901.
(2) Cajal: Estructura del tubérculo cuadrigémino posterior, cuerpo geniculado interno y vías acús¬
ticas centrales. 2rab. del Lab. de invest. biol., tomo I. (Con 6 grabados.) 1901 .
(3) Cajal: Pequeñas comunicaciones técnicas. Revista trimestral micrográfica, tomo V, fase. 3, 1301’.-
(4) Cajal: Recreaciones estereoscópicas y binoculares. La Fotografía. 1901. (Con S grabados.)’
(5) Cajal: Estructura del septum luctdum . Trab. del Lab. de invest. biol., tomo I fCon 19 eraba-
dos.) 1902. ■ *
(6) Cajal: Estudioá talámicos. Trab. del Lab. de invest. biol., tomo II. (Con 20 grabados.) 1903.
(7) Cajal: Sobre un foco gris especial relacionado con la cinta óptica. Trab. del Lab. de invest:
biol., tomo II. (Con 2 grabados.) 1903.
(8) Cajal: La doble vía descendente nacida del pedúnculo cerebeloso superior. Trab. del Lab. de-
invest. biol., tomo II. (Con 4 grabados.) 1903.
becuehdos de mi vida
327
el tubérculo cuadrigétnino anterior y tálamo óptico (1) (existencia de una vía espe¬
cial llamada córtico-bigeminal), y aporté, finalmente, algunas menudas contribu¬
ciones metodológicas tocantes a la coloración de los tubos nerviosos medula-
dos (2) y manipulación de los cortes (3).
Haré gracia al lector del contenido de estos trabajos, que dada su aridez des¬
criptiva, ni aun en resumen me atrevo a referir. Baste, por ahora, declarar que las
citadas comunicaciones sobre el septo lucido y regiones básales del tálamo, esto
es, los cuerpos mamilares, el tuber cinereum, etc., contienen la descripción de nu¬
merosos focos y vías nerviosas inadvertidos de los neurólogos, amén del esclare¬
cimiento de bastantes problemas de conexión interfocal. Uno de ellos aparece di¬
lucidado en la figura 101, B, donde mostramos que el pedúnculo del cuerpo ma¬
milar (B) no nace, sino que se termina mediante arborizaciones libres en ambos
focos mamilares.
El conjunto de las conexiones de los cuerpos mamilares (A) con los demás nú¬
cleos del tálamo y bulbo, así como las relaciones del núcleo dorsal del tálamo (B)
con el cerebro {m,n) y el bulbo olfativo {b, i) han sido reproducidos en la figu¬
ra 102.
Con el análisis de los focos centrales del cerebro puse remate a lo que podría¬
mos llamar mi programa de morfología neuronal y de roturación de las tierras en¬
cefálicas y medulares, más o menos cultivadas. En la segunda mitad de 1903
abrióse para mí nuevo ciclo de investigaciones. En adelante, mi atención fué atraí¬
da, de manera predilecta, por el seductor problema de la organización íntima de
la célula nerviosa y del cilindro-eje.
(1) Cajal; Las fibras nerviosas de origen cerebral del tubérculo cuadrigémino anterior y tálamo óp¬
tico. Tráb. del Lab. de invest. biol., tomo II. (Con 10 grabados.) 1903.
(2) Cajai; Método para colorear la mielina en las preparaciones del método de Marchi. Trab. del
Lab. de invesí. biol., tomo II, 1903.
(3) ' Cajal; Un consejo útil para evitar los inconvenientes de la friabilidad y arrollamiento de los
cortes en los preparados de Golgi y Marchi. Trab. del Lab. de invest. biol., tomo II, 1903.
CAPITULO XIX
PARTICIPACIÓN DE LOS HISTÓLOGOS ESPAÑOLES EN EL CONGRESO MÉDICO INTERNA¬
CIONAL DE 1903 CELEBRADO EN MADRID.— COMUNICACIONES DE ALGUNOS PRO¬
FESORES EXTRANJEROS Y NACIONALES.— DEMOSTRACIÓN HECHA POR SIMARRO DE
UN MÉTODO NUEVO DE COLORACIÓN DE LAS NEUROFIBRILLAS.— PARTIENDO DE
ESTE INTERESANTE PROCEDER, DOY CASUALMENTE COn UNA FÓRMULA SENCILLͬ
SIMA Y CONSTANTE DE LMPREGNACIÓN DE LAS NEUROFIBRILLAS, DE LOS AXONES
Y TERMINACIONES NERVIOSAS CENTRALES Y PERIFÉRICAS. — HISTORIA DE LAS
TENTATIVAS ENCAMINADAS Au HALLAZGO DE LA NUEVA FÓRMULA Y ULTERIORES
PERFECCIONAMIENTOS DE LA MISMA.— GRACIAS AL NUEVO RECURSO TÉCNICO,
CONSIGO CONFIRMAR Y CONSOLIDAR DEFINITIVAMENTE DESCUBRIMIENTOS ANTE¬
RIORES Y COSECHAR NUMEROSOS HALLAZGOS
FuÉ el año 1903 uno de los de mayor actividad del recién creado Laboratorio
de Investigaciones biológicas. Una fiebre de trabajo, sólo comparable con la
sufrida en 1889 y 1890, se apoderó de mí, embargando todas mis facultades.
Nada menos que 14 comunicaciones, algunas equiparables por su volumen a
libros, di a la estampa en dicho año, cuya segunda mitad considero como la cús¬
pide de mi actividad inquisitiva. Y todavía pude, durante la canícula, disponer de
tiempo bastante para emprender, en compañía de mí mujer y hermanas, un viaje
de turista por la encantadora Italia, con acompañamiento del indispensable apa¬
rato fotográfico, y haciendo escala en Génova, Milán, Turín, Pavía, Venecia, Flo¬
rencia, Roma, Pisa, Nápoies y otras admirables ciudades de la patria del arte. A
tan inusitado alarde de energías contribuyeron poderosamente dos sucesos afor¬
tunados: primeramente, las sesiones del Congreso Internacional de Medicina, ce¬
lebrado. en Madrid durante ia primavera del citado año; y después, allá por el mes
de octubre, el encuentro fortuito de cierta fórmula de impregnación de las células
y fibras nerviosas, singularmente fecunda en nuevas revelaciones.
El mencionado Congreso internacional obligó, naturalmente, a movilizar todas
las fuerzas de los aficionados españoles a las tareas del Laboratorio. Importaba
desempeñar un papel lo menos desairado posible y hubo de «echarse el resto»
como suele decirse. » ’
A. de Madrid concurrieron numerosos sabios extranjeros (Behring,
Metchnikoñ, Waldeyer, Fmnk, Veratti, Van Gehuchten, Henschen, Unna, Do-
naggio, etc.) y no pocos médicos nacionales e hispano-americanos.
Encargado de la presidencia déla Sección de Anatomia y AntropologiaAm^
harto trabajo, durante aquellos días de incesante ajetreo, con organizar y dirigir
as sesiones, ultimar las comunicaciones de los discípulos y mías, disponer vela-
RECUERDOS DE MI VIDA
32[>
das de demostraciones microscópicas, concurrir a banquetes y otros festejos ofi¬
ciales, etc. Procuramos todos, en fin, hacer grata a los forasteros ilustres la estan¬
cia entre nosotros.
Entre los congresistas eminentes que tomaron parte en los trabajos de mi sec¬
ción, merecen mención especial, no sólo por su renombre^jnundial, sino por el in-
i:erés de sus comunicaciones, Mr. Henschen, profesor de Estocolmo, que disertó
en una de las cátedras de San Carlos, sobre casos clínicos de ceguera mental y las
íesiones concomitantes del lóbulo occipital (tema íntimamente relacionado con
mis estudios histológicos acerca de la fisura calcarina); el profesor Unna, de Ham-
burgo, dermatólogo insigne, creador de notables métodos de coloración de los te¬
jidos epitelial y conjuntivo, el,cual en brillante conferencia pública tuvo la galan¬
tería de atribuirme la prioridad del descubrimiento de las células del plasma (mis
corpúsculos cianófilos hallados en los sifilomas); él maestro de Lovaina Mr. A. Van
Gehuchten, antiguo amigo, que presentó al Congreso las primicias de cierto pro¬
ceder de demostración del trayecto de las raíces motrices (proceder de la degene¬
ración retrógrada tardia); el Dr. E. Veratti, joven de mucho talento, discípulo y
ayudante de Golgi, de cuyas ideas y métodos se confesó en varias notas y discu¬
siones entusiasta defensor; el joven profesor de Módena A. Donaggio, que impre¬
sionó agradablemente en las sesiones demostrativas, exhibiendo bellísimas pre¬
paraciones del armazón interior de las neuronas (las neurofibrillas de Bethe) colo¬
reado mediante técnica de su invención, que no creyó oportuno divulgar; y, en fin,
otros varios concurrentes distinguidos de que no guardo memoria.
Entre los congresistas españoles— aludo, naturalmente, a la Sección anatómica
y antropológica— mtrecen mención especial; el profesor Antón, que pronunció elo¬
cuente conferencia acerca de algunos problemas antropológicos; y muy señalada¬
mente el- Dr. L. Simarro, quien en presencia de numerosos sabios extranjeros
mostró, én el Laboratorio de Investigaciones biológicas, excelentes preparaciones
de la red neurofibrillar impregnadas con un método original de que trataremos ul¬
teriormente. De menos interés fueron las comunicaciones presentadas por otros
congresistas, incluyendo las mías, una de las cuales (1), de índole polémica, versó
sobre las aventuradas teorias reticularistas de A. Bethe (cuyo método acababa yo
de ensayar). Cbn ella me propuse, sobre todo, promover y animar la discusión so¬
bre el importante problema de las conexiones interneuronales y la fina estructura
del protoplasma nervioso, cuestiones por entonces de palpitante actualidad.
En las sesiones de demostración exhibí muchas preparaciones escogidas, con¬
cernientes a la estructura de la médula espinal, cerebro y cerebelo; preparaciones
concordantes, no obstante estar teñidas por los métodos de Golgi y Ehrlich (cestas
nerviosas pericelulares, colaterales y bifurcaciones nerviosas, etc.) Con ello me pro¬
puse persuadir a los congresistas de la absoluta objetividad de mis interpretaciones
referentes al modo de terminar las fibras nerviosas en la substancia gris. .
En fin, para ser completo, por lo que hace a mi personal intervención en dicho
(1) Cajal; Consideraciones críticas sobre la teoría de Bethe acerca de la estructura y conexiones de
las células nerviosas. Trah. del Lab. de invest. hiol., tomo II, 1903. (Con ocho figuras.)
En esta comunicación se exponen (y los trabajos posteriores de numerosos sabios nos han dado ia
razón) dos asertos críticos de cierto interés, a saber:
a) Que, dadas las conexiones reales y la morfología de las neuronas, las neurofibrillas no pueden
Ser estimadas, según piensan ■ Bethe y Apatby, como la única substancia conductriz del protoplasma
nervioso.
b) Que el método de Bethe, por no colorear las arborizaciones pericelulares y colaterales nerviosas,
¿esimprocedente para el estudio délas conexiones interneuronales.
330
S. RAMÓN Y CAJAL
certamen, mencionaré todavía mi conferencia, pronunciada en el gran anfiteatro^
de San Carlos con asistencia de numerosos sabios extranjeros, y honrada, ademas,,
con la presencia del Presidente del Consejo de Ministros, Sr. Fernandez Villaver-
de. Versó mi lección sobre el plan estructural del tálamo óptico (1).
El segundo acontecimiento aludido no puede referirse sin retroceder algo en el
curso del tiempo y exponer algunos antecedentes técnicos.
Notorio es que, en ciencia como en arte, cada época tiene su preocupación^
dominante, a la cual pocos logran sustraerse. Ultimado, o al menos notablemente
impulsado, el conocimiento de la morfología neuronal y del comportamiento gené¬
rico de los apéndices axónicos y dendríticos, la mirada de la mayoría de los neuró¬
logos volvióse hacia la íntima estructura del protop^asma nervioso. Al par de otros-
observadores, yo fui también arrastrado por la corriente.
Ciertamente, el problema estructural y la solución propuesta por los años-
de 1900 a 1903 eran cosas viejas. Desde hacía muchos lustros, Max Schultze,
Schwalbe, Ránvier, y, en más recientes tiempos, A. Dogiel (1898), hubieron de¬
percibir, dentro del cuerpo de las células nerviosas, cierta enigmática urdimbre
compuesta de finas y granulosas hebras, prolongadas hasta las expansiones pro-
toplásmicas. Pero los métodos de la época eran insuficientes para esclarecer satis¬
factoriamente el comportamiento de dicho esqueleto intraprotoplásmico. Seme¬
jantes sutilísimos filamentos, ¿constituyen red o marchan independientes? ¿Pro-
lónganse dentro de los axones hasta las arborizaciones terminales mismas? En fin,
¿existen motivos para estimarlos como vías intracelulares, especialmente diferen¬
ciadas para la propagación del impulso nervioso?
La respuesta definitiva a estas preguntas implicaba inexcusablemente el en¬
cuentro de algún proceder de teñido intensamente selectivo del referido esqueleto.
Con relación a las células nerviosas de algunos invertebrados (hirudo, pontob-
della, etc.), un sabio húngaro, Mr. Apathy (2), de Clausenburg, tuvo la fortuna de
tropezar (1897) con este ansiado recurso analítico (fórmula especial de fijación
asociada al cloruro de oro) y de percibir, y demostrar por primera vez, intensa
y vigorosamente teñidas en violado, las consabidas neuroflbrillas o fibrillas ele¬
mentales conducir ices.
Desgraciadamente, el método complicadísimo imaginado por Apathy no era
aplicable a los vertebrados. Su inconstancia, además, dejaba tamañitas las fórmu¬
las más azarosas de la técnica histológica. Cuantos neurólogos lo emplearon fra¬
casaron lamentablemente.
Y cuando ya, en descenso la ola del entusiasmo, pensábase que aquellas ele¬
gantes redes intracelulares eran quizá algo privativo de los vermes, apareció en el
(1) Cajal: Plan de estructura del tálamo óptico. Conferencia dada en la Facultad de Medicina de
Madrid el 2Sde abril de 1903, con ocasión del Congreso médico internacional. Madrid, 1903. (Con cinco
esquemas, copias de las tablas murales dibujadas ai efecto.)
Contiene este trabajo una síntesis de nuestros estudios sobre el tálamo con la interpretación fisioló¬
gica general de los nuevos hallazgof.
Entre otros conceptos, se afirma que el tálamo encierra dos órdenes de focos nerviosos o estaciones
intermediarias: los focos «íoíoj-escewíHfüáros, residentes, por lo común, en el plano inferior {cuerpo de
Lmjs, substancia nigra, etc.), que reciben colaterales de la vía piramidai y cuerpo estriado; y los focos
sensoriales centripetos, situados en el piso superior y en relación con las vías sensitivas o sensoriales
aferentes, etc.
(2) S. Apathy: Das leitende Elemeat der Nervensystems und seine topographischen Beziehungen zu
den Zellen. Mitfíietl. a. d. Zool. Station su Neapel. Bd. 12. H. 4, 1897.
RECUERDOS DE MI VIDA
331
palenque otro investigador de grandes arrestos. Fué el fisiólogo A. Betlie (1), a la
sazón profesor de Strasburgo, quien puso la cuestión nuevamente a la orden del
día, sorprendiéndonos con importante Memoria, donde, auxiliado por un método
especial (combinación de un mordiente, el molibdato amónico, con un colorante,
el azul de tolaidina), demostró las fibrillas o neurofibrillas de los vertebrados, se¬
ñaladamente las contenidas en las voluminosas células de la médula, ganglios,
cerebelo, etc. Fascinados por la importancia y novedad de las revelaciones de
Bethe, todos quisimos colaborar en la empresa, esperanzados de nuevas y estu--
pendas conquistas.
Mas el sino adverso continuaba influyendo. El enrevesado proceder de A. Bethe
no estaba al alcance de todo el mundo. Como el de Apaíhy, sólo floreció en el La¬
boratorio de su autor o en las manos de poquísimos iniciados. En cuanto a mí,
logré a fuerza de paciencia algunas mediocres e insuficientes coloraciones. Y atri¬
buyendo el fracaso a le impericia del principiante, deqiandé cortésmente al
ingenioso creador del método alguna preparación típica para confrontarla con¡
las mías.
Semanas después recibía, cuidadosamente embaladas, cual objetos preciosos,
dos preparaciones: una, del cerebelo; otra, de la médula espinal del conejo.
«Estos preparados son excepcionalmente buenos— escribíame €l profesor de
Strasburgo—. Han sido ejecutados por el más aventajado de mis discípulos. Pon¬
ga usted cuidado en su manejo y devuélvamelos lo antes posible, porque no dis¬
pongo de otros por ahora.»
¡Oh decepción!... ¡Las joyas técnicas, aquellos preparados inestimables desem¬
balados con emoción y examinados con el corazón palpitante, no sobrepujaban a
los míos!... Ciertamente, dentro del protoplasma nervioso advertíanse las neurofi-
brillas impregnadas de violado; pero tan pálidas en el seno granuloso de la ganga
del citoplasma, que resultaba imposible reconocer netamente su disposición real
y sus conexiones con las demás texturas extracelulares. ¡Y sobre tales imágenes
había construido Bethe formidable edificio teórico! En vano me afanaba en buscar
el trayecto exterior de tan sutiles filamentos. Sin embargo de lo cual, el sabio de
Strasburgo nos hablaba, con sorprendente aplomo, del enlace substancial de
aquéllos con la red pericelularde Golgi (en realidad descubierta por mí, según dejo
apuntado más atrás), red a su vez caprichosamente interpretada (con olvido o
menosprecio de todas las terminantes revelaciones de los métodos de Golgi y
Ehrlich) como la porción terminal de las fibras nerviosas.
Ardía yo en deseos de contemplar las susodichas neurofibrillas en preparacio¬
nes irreprochables. Desilusionado de las técnicas aleatorias e insuficientes de
Apathy y Bethe; imposibilitado, además, de ensayar la de Donaggio, conservada
en secreto, y persuadido, en fin, de que para la coloración vigorosa de tan sutiles
hebras era inexcusable recurrir a las reducciones metálicas, entreguéme porfiada¬
mente, desde 1901, a numerosos ensayos de impregnación; aprovechando unas
veces la reacción del óxido de plata amoniacal, descubierta por Fajersztajn (1901);
otras, la del cloruro de oro en presencia del tanino y del ácido pirogálico; algunas,
en fin, las sales haloides de plata y los reductores fotográficos introducidos en la
técnica por Siraarro (1900). Fruto inicial, aunque poco importante, de aquella obs¬
tinada labor, fueron ciertas fórmulas de coloración de los cilindros-ejes y de la
Lf Neurofibrillen u. der Ganglienzellen von Wibelthieren und Beziehungen zu
lolginetzen. Arch. f. míkros. Anat., etc. Bd. 55, 1900. ' ^
332
S. RAMÓN y CAJAL
-mielina (1). Pero el esqueleto neurofibrillar y las terminaciones nerviosas centra¬
les, objetivo principal de mis afanes, resistíanse obstinadamente.
A tan empeñadas probaturas incitábame, no tanto la esperanza de topar con
-un proceder fácil de demostración de la urdimbre intraneuronal, cuanto el ansia
de descubrir fórmula de impregnación susceptible de provocar coloraciones inten¬
sas, al par que perfectamente transparentes, de las células y fibras nerviosas.
Anhelaba contrastar una vez más las bellas revelaciones del cromato de plata
.con las de otro recurso al que no pudiera reprocharse el defecto de traducir el
soma celular y sus expansiones en siluetas opacas, sin asomos de estructura,
ín fin, me ilusionaba la esperanza de procurarme un arma poderosa que esgrimir
contra muchos novadores técnicos, inclinados irresistiblemente al vicio anárquico
de negar, en nombre de una nueva verdad, las verdades descubiertas por otros.
Después de infructuosas tentativas con las técnicas precedentes, consagré
^n 1903 particular atención al método del Dr. Simarro (2), primer autor que logró
teñir las neurofibrillas mediante las sales de plata.
Consta la técnica del ilustre neurólogo español de seis operaciones esenciales:
,1.^ Envenenamiento de los animales, durante varios días, con dosis crecientes de
bromuro o de yoduro de potasio. 2.^ Inmersión por varios días (dos a diez) de
trozos de médula espinal en solución al 1 por 100 de nitrato de plata, al objeto de
provocar en los tejidos la formación de yoduro o bromuro argénticos u otras com¬
binaciones argéntico-orgánicas. Cuando los animales no son envenenados, el ni-
-trato sólo produce, naturalmente, cloruro argéntico y combinaciones argéntico-
proteicas de naturaleza enigmática. 3.^ Induración rápida de las piezas en alcohol
e inclusión subsiguiente en celoidina para efectuar secciones microtómicas, ope¬
raciones que se practican en la obscuridad. 4.^ Exposición de los cortes a la luz
como si fueran papeles fotográficos. 5.^ Revelación de las secciones en el cuarto
obscuro, mediante un reductor fotográfico, por ejemplo; el ácido pirogálico, la
hidroquinona, etc., adicionados de sulfito sódico y de un álcali enérgico. En fin,
fijado en hiposulfito de sosa.
El haloide argéntico (bromuro, yoduro o simplemente el cloruro), formado elec¬
tivamente por las células y fibras nerviosas, conviértese por reducción en depósito
metálico finísimo, de matiz pardo o rojo. Según el aútor del método, las neurofibri¬
llas aparecerían solamente en las piezas bromuradas o yoduradas. En las simple¬
mente cloruradas parece no haberlas visto.
Por desgracia, y por lo que toca a la presentación de las neurofibrillas, el inge¬
nioso método del sabio español dista mucho de ser constante. Y, cuando por raro
caso, lógranse resultados excelentes, el depósito argéntico escoge de manera casi
exclusiva el armazón de las grandes y medianas células de la médula espinal y
bulbo raquídeo. Imposible obtener coloraciones neurofibrillar es en el cerebro, ce¬
rebelo, ganglios y terminaciones nerviosas. Los axones mismos ímprégnanse frag¬
mentariamente y con gran irregularidad.
Antes de abandonar dicho método, resolví analizarlo escrupulosamente, va¬
riando sus momentos operatorios y determinando, si ello era posible, las causas
de su desalentadora inconstancia. A este propósito, comencé por modificar una de
las condiciones, o sea el envenenamiento de los animales. En vez de yoduros y
-bromuros, usé diversas sales metálicas, sólo venenosas a dosis casi masivas (fe-
rrocianuro de potasio, ferficianuro, sulfato de cobre, etc.); varié metódicamente el
tiempo de permanencia de las piezas en la estufa, así como la proporción del ni¬
trato de plata; prescindí de la acción de la luz y de los reveladores alcalinos,
-usando los llamados por los tratadistas de fotografía reductores físicos, etc.
(1) Cajal; Pequeñas comunicaciones técnicas, etc. Revista trimestral micrográfica. Tomo V, 1900.
(2) L. Simarro; Nuevo método histológico de impregnación por las sales fotográficas de plata. Revis¬
ita trimestral micrográfica, tomo V, 1900.
RECUERDOS DE MI VEDA^
De este esmerado análisis experimental obtuve ya dos enseñanzas valiosas^
1 « Que la coloración neurofibrillar no tiene riada que ver con el envenenamiento
de los animales, puesto que en los casos rarísimos en que se logra, se da lo mi^o
en los envenenados con sales de cobre y hierro que en los no mtoxicados. 2. Que
se precisa el concurso del calor, no bastando la inmersión de las piezas en ^1
trato de plata, por veinticuatro o cuarenta y ocho horas, sino el uso de la estuta-
a 37° durante cuatro dias, o con temperatura del verano (22° a 27°) por ocho o
Todos estos ensayos e inducciones produjeron un solo efecto: simplificar la-
técnica del sabio español, descartando la enfadosa operación dél envenenamiento
de los animales y evitando la acción perturbadora de la luz. Mas, a pesar de todo,,
malográronse mis esperanzas de prestar a la coloración neurofibrillar constancia,,
vigor y generalidad. Comparables en principio con las de Simarro, mis preparacio¬
nes no decían nada nuevo.
Por entonces (agosto de 1903) y a guisa de sedante del cerebro sobreexcitado,,
emprendi el citado viaje de placer por la seductura Italia. Aquellas nobles y ex¬
celsas visiones de arte causáronme vivo deleite; pero, de vez en cuando retorna¬
ban, distrayéndome de mis contemplaciones, inquietudes de Laboratorio. Ante Ios-
cuadros de un Museo o al pie de ruinas gloriosas, acometíanme obsesionantes
hipótesis necesitadas de contraste experimental, proyectos técnicos, al parecer,,
henchidos de promesas.
Cierto día, ya iniciado el viaje de regreso y vibrante el cerebro por el recio tre¬
pidar del tren, apoderóse de mi, con la obsesión de idea fija, cierta sencillisima
hipótesis que explicaba satisfactoriamente los fracasos del método de Simarro y
encerraba en germen, caso de confirmarse, un recurso analitico tan simple como
eficaz. Hoy no acierto a comprender cómo tan trivial pensamiento tardó tanto en
ocurrirseme. ¡Cuánta verdad es que las más sencillas soluciones acuden siempre
las últimas y que la imaginación constructiva, antes de hallar el buen camino, la
ansiada /dmu/a económica que diria Mach,. comienza- por perderse en lo com¬
plicado!...
He aqui la idea elemental y fecunda que tanto coqueteó antes de entregarse::
La substancia enigmática generadora de la reacción neurofibrillar, debe de ser pura >
y sencillamente el nitrato de plata caliente Ubre, susceptible de precipitarse, en vir¬
tud de procesos físicos, sobre el esqueleto neurofibrillar modificado por la acción de
/a /emperatorc. Los cloruros y bromuros argénticos no sólo no toman parte en
la reacción, sino que la dificultan. Si el depósito metálico proviene del nitrato ar¬
géntico incorporado a un medio coloidal^ resulta evidente que sólo una revelación
física (pirogálico o hidroquinina sin álcali, en vez dé los reveladores químicos
ricos en álcali usados por Simarro), puede precipitar dicho nitrato sobre las estruc¬
turas protoplásmicas, respetando los bromuros y cloruros perturbadores que, con
los nuevos reveladores serán incapaces de reducirse. Pero para retener el nitrato
de plata libre, eliminado en el método de Simarro (1), seria necesario sumergir, no
los cortes, sino los bloques de tejido nervioso- en el baño argéntico y aumentar-
notablemente la densidad de éste.
(1) Parecida opinión, con desarrollos y puntos de vista interesantes que- no puedo detallar aquí, sos--
üene Liesegang, gran autoridad en fotoquímica, quien ha consagrado dos profúndcs análisis al mecanis¬
mo físico de accción de mi formula de impregnación. En tales estudios, además de demostrar palmaria¬
mente que el principio de mi proceder nada tiene de común con el de la reacción de Simarro, expone
Cierta luminosa hipótesis sobre la acción de los que él llama gérmen^ de reducción. Con el concurso dg,.
.334
S. RAMÓN y CAJAL
Dejo, dicho que el precedente proyecto perseguíame como una obsesión. Devo¬
rábame la impaciencia. Y ansiaba hallarme en el Laboratorio para poner en prác¬
tica mis proyectos. Génova, Niza, Mónaco, Marsella, todas las rientes y luminosas
ciudades de la prestigiosa Cdte d’azur desfilaron por mi retina sin dejar huella
apenas en mi espíritu.
A mi llegada a Madrid caí sobre los animales de experimentación guardados
.en mi Laboratorio como el león sobre su presa.
Y ensayé la fórmula imaginada, cuyos resultados fueron admirables. Esta pri¬
mera fórmula se resume en las sencillas operaciones siguientes; a, inmersión
directa dé los trozos nerviosos en nitrato de plata; b, estufa cuatro días; c, reduc¬
ción, en bloque y en la obscuridad, de la sal argéntica mediante baño de ácido
pirogálico, con o sin adición de formol; d, lavad©; e, alcohol; encastramienío en
celoidina y, en fin, secciones microtómicas. En los cortes adicionados de nitrato
de plata no conseguí ningún resultado (1). (Recuérdese que en el método de Si-
marro, el teñido sólo se consigue operando sobre secciones.) •
Grandes fueron mi emoción y sorpresa. Desde los primeros ensayos, las neu-
rofibrillas de casi todas las células nerviosas de la médula, bulbo, ganglios, cere¬
bro y cerebelo, sin contar numerosos tipos de arborizaciones axónicas 'terminales,
aparecieron espléndidamente impregnadas con matiz pardo, negro o rojo ladrillo,
perfectamente transparente. Muchas dendritas perseguíanse a placer al través de
la enmarañada urdimbre de la substancia gris, gracias al intenso tono pardo obs¬
curo de sus hacecillos neurofibrillares. Según era de prever, la inoportuna reduc¬
ción de cloruros y albuminatos argénticos (estrías de Fromman, estrangulacio¬
nes, etc.) brillaba por su ausencia. En fin, y ésta era la más valiosa ventaja, dicha
coloración, además de lograrse en todos los centros nerviosos, resultaba constan¬
te a condición de ajustarse severamente a mi formulario.
Recuerdo todavía la exclamación admirativa con que, semanas después del
hallazgo, recién publicada una nota explicativa de la fórmula, me participaba van
Gehuchten el resultado de su primer ensayó sobre el cerebro del conejo. «Je n’ai
pas dormí !» Tampoco yo dormí en varios días, vibrante el cerebro con la concep¬
ción de nuevos planes de trabajo y afanado además con la ingrata tarea de preci¬
sar, a fuerza de experimentos, las condiciones óptimas de la reacción.
Cierta nota preventiva precipitadamente redactada (2) para unos Archi¬
vos médicos, recientemente fundados por el Dr. Cortezo y el Dr. Pittaluga,
completada después por extensa y reposada monografía cuajada de grába¬
los fijadores, ciertas substancias reductrices residentes en el prctoplasma nervioso, formarían, a expensas
dei nitrato de plata ambiente, gérmenes infinitesimales de plata reducida, ios cuales atraerían vivamente
el metal coloidal producido por la acción del revelador. Debemos también a dicho sabio la demostración
de que en la reacción desempeñan un papel importante los coloides del bloque de tejido nervioso.
Véanse los notables trabajos de Liesegang, singularmente el titulado: Die Kolloidchemie der Ifistologis-
'chen SilverfSrbungen. Scynderabdruckder KolloidchemiscTie Beiheften. Bd. HI. Dresden, 1911.
(1) Aún hoy (1917j, no obstante reiterados ensayos, no ha conseguido teñir regularmente las neuro-
fibrillss en las secciones, cualquiera que sea el fijador empleado, a menos de recurrir a la fórmula de
Eielschowsky. Modernamente, ha indicado Liesegang un medio— adición de un coloide (solución espesa
de goma, por ejemplo) al reductor físico— con el cual se obtienen algunos resultados, aunque de ningún
modo comparables a los conseguidos según el modm operandi común. Por lo demás, el proceder de
Liesegang, aunque basado en el principio del mío, debe considerarse como un método nuevo, ya que no
usa la estufa y para la reducción emplea, además de la goma, una mezcla a dosis masivas de hidroqui¬
nona y nitrato de plata que prepara en el acto mismo de la impregnación de los cortes.
(1) Cajal: Sobre un sencillo procedimiento de impregnación de las fibrillas in teiiores del protoplas-
ma nervioso. Archivos latinos de Medicina y Cirugía, uúm. 20. Octubre de 1903.
Ri'.Ct'ERDOS DE MI VIDA
333
dos (1), divulgaron rápidamente los resultados obtenidos, que fueron confirmados
y ampliados notablemente por multitud de sabios extranjeros. Entre los confirma¬
dores de la primera hora, a quienes el método rindió pingüe cosecha de hechos
nuevos, recordamos a van der Stricht, van Gehuchten, Michotte, Besta, Azoulay^
Nageotte, Lugaro, Holmgrem, Retzius, v. Lenhossék, Schaffer, Humberto Rossi,
Ottorino Rossi, Levi, Pighini, Legendre, Medea, Perroncito, London, G. Sala, et¬
cétera, etc.
Con singular fortuna ap licaron en España la nueva fórmula mi hermano,
R. Hiera, Dalmacio García y muy singularmente mi ayudante el Dr. Tello (2), quien
en la exploración a que sometió los centros de los vertebrados inferiores, a más
.de recoger copiosa cosecha de hechos nuevos, descubrió el curioso fenómeno de
Ja alteración neuroñbrillar por invernación {transformación fusiforme, tic.). Des¬
pués la han usado con éxito otros muchos, entre los que destacan Achúcarro,
Lafora, F. de Castro, D. Domingo Sánchez y Sánchez, Laura Forster, Lorente de
lió, Muñoz Urra, etc. De la susodicha fórmula han surgido multitud de variantes,
algunas de las cuales, como la de Levaditi, han servido para el descubrimiento
del microbio de la sífilis.
No obstante sus excelencias y su capacidad de revelar el retículo hasta en los
más pequeños elementos del cerebro y cerebelo, el método adolecía aún de algu-
,nas lagunas. El nitrato de plata posee mediana aptitud fijadora, y el modus ope-
randi primeramente adoptado tiñe, muy a menudo, pálida y desigualmente los axo-
nes. Pero, haciendo pi?eceder la nitratación argéntica de las piezas de un fijado,
:por veinticuatro horas-, en alcohol solo, en formol y mejor aún en el alcohol adicio¬
nado de algunas gotas de amoníaco, corrígese tan grave defecto, lográndose colo¬
raciones enérgicas y regulares de los cilindros-ejes gruesos y finos, así como de la
mayoría de las arborizaciones nerviosas centrales y periféricas. Esta nueva fórmu¬
la tiene, además, la ventaja de ser aplicable a todos los vertebrados y de producir
imágenes excelentes en los animales recién nacidos o en fase embrionaria.
He aquí una de las mejores fórmulas:
1.0 Fijación de las piezas en alcohol amoniacal. (Para 50 centímetros cúbicos
de alcohol de 40° añadíanse 3 a 8 gotas de amoníaco.)
2.0 Inmersión de las mismas, durante cinco a seis días, en nitrato de plata
al 3 por 100 (o al 1 */», según los casos) conservado en estufa a 37° y en la obscu¬
ridad durante cuatro a seis días.
3. ° Después de lavado superficial de los trozos nerviosos, reducción por vein¬
ticuatro horas, también en la obscuridad o bajo, luz tenue, en el siguiente reductor
.íísico^ (incapaz de desarrollarlos cloruros): ácido pirogálico, 1; agua, 90; formol, 10.
4. ° Lavado rápido de las piezas que se induran en alcohol. En fin, celoidina y
secciones microtómicas.
Más adelante aconsejamos todavía otras fórmulas, simples variantes de la an¬
terior, con aplicación a casos especiales.
(1) CAjALcUn sencillo método de coloración del retículo proloplásmico y sus efectos en diverso
centros nerviosos. Trab. del Lab. de Invest. Mol., 1903. (Con 38 grabados.)
.De este trabajo salió a luz, en fomia de libro, una traducción francesa del Dr. Azoulay, con algunas
adiciones importantes.
(2) Tello; Sóbrela existencia de neurofibrillas colosales en las neuronas de los reptiles. 2'rab. del
Lab. de Inveit. Mol., tomo II, diciembre de 1903.
Tello; Las neurofibrillas en los vertebrados inferiores. Trab. delLab. de Invest. Mol., tomo III, 1904.
(3) Cajal; Algunos méiodos de coloración de los cilindros-ejes, neurofibrillas y nidos nerviosos.
■Trab. del Lab. de Invest. Mol., lomo UI, 1904. Los trabajos de Achúcarro y de otros autores españoles
jserán citados al final de este libro.
S. RAMÓN y CAJAL
Confío en que perdonará el lector los prolijos detalles expuestos sobre las in¬
dagaciones metodológicas de 1903. Pero el asunto justifica la extensión. Sobre:
que la nueva técnica fué la señal de larga serie de trabajos de laboratorio publica¬
dos durante veinte años, al escribir estos recuerdos no puedo olvidar que soy
preferentemente leído por aficionados a las tareas del Laboratorio. Ellos sabrán
disculparme y acaso agradecerme ciertas minucias descriptivas. Creo, además,
que nada anima tanto al novel investigador como la narración sincera de las ten¬
tativas practicadas, de los titubeos, sinuosidades y extravíos de la labor experi¬
mental; en suma, de los ardides puestos en juego durante el largo proceso inquisi¬
tivo hasta alcanzar la solución anhelada. El novicio observará, en fin, que el éxito
representa casi siempre función y premio de la atención ahincada y del trabajo^
perseverante. Cuando enardecido por el fuego sagrado sepa hasta qué punto influ¬
ye el azar— el azar deliberadamente buscado y bien aprovechado, naturalmente—
en los venturosos hallazgos, repetirá sin duda, lleno de orgullosa confianza, la co¬
nocida exclamación de Corregió ante un cuadro de Rafael: «Anc/z’/o son’ pittore».
Singular coincidencia. Poco después de publicada mi fórmula, obtenida, según>
dejo dicho, partiendo del análisis del método de Simarro, el alemán Bielschows-
ky (1) arribaba a parecidos resultados, sirviéndose también del nitrato de plata,
pero tomando como punto de partida el método de Fajersztajn. En adelante, la téc¬
nica neurológica contó, pues, con dos recursos analíticos, igualmente fáciles y fe"
cundos: el de Bielschowsky, especialmente aplicable al encéfalo humano (cortes
por congelación de piezas induradas con formol) y señaladamente a sus lesiones
anatomo-patológicas, y el mío, singularmente apropiado para la exploración es¬
tructural de los centros nerviosos de los mamíferos y vertebrados inferiores, gan¬
glios sensitivos y simpáticos, terminaciones nerviosas y desarrollo embrionario.
Años después, los autores, apoderándose de mi proceder, transformáronlo, se¬
gún dejo apuntado, para adaptarlo a nuevos objetos de estudio. Hoy se conocen lo
menos 20 variantes de mi fórmula primitiva.
(1) Bielschowsky: Die Silberimprágnation der Neurofibrillen. Neurol. Centralbl. H. 22, l.° no¬
viembre 1903.
CAPITULO XX
¡MIS HALLAZGOS CON LA NUEVA fórmula DE IMPREGNACIÓN ARGÉNTICA DURANTE,
LOS AÑOS 1903, 1904 Y 1905.— REAL DISPOSICIÓN DE . ESQUELETO NEUROFIBRI-,
LLAR EN EL PROTOPlASMA NERVIOSO Y EN LAS aRBORIZACíONES PERICELULARES,.
CON LA COLABORACIÓN DE TELLO, SEÑALO CURIOSAS VaRI -CI' NES FISIOLÓGICAS
BEL RETÍCULO NEUROFIBRILLAR BaJO LA ACCIÓN DE LA TEMPERATURA; Y AYU¬
DADO DE D. D. García, las variaci nes neurofibrillares de la rabia.—
aplicación DEL MÉTODO a LOS EMBRIONES Y FETOS, Y ESTUDIO EN LAS AVES Y
MAMÍFEROS DE LA ESTRUCTURA DE LOS FOCOS BULBAVES Y ORIGEN DE LOS NER¬
VIOS ACÚSTICOS, MOTORES Y SENSITIVOS.— LAS NEUROFIBRILLAS DE LOS VERMES.
-SINGULARMENTE DEL «LUMBRlCUS».— ANÁLISIS ESTRUCTURAL DE Laí. P ACaS
MOTklCES, DE LAS NEURONAS DELA REUNA Y DE OTROS ÓRGaNOS SENSORIA. ES
PERIFÉRICOS.— interesantes R.-.Ví-LAHONES MORFOLÓGICAS CONSEGUIDAS EN
EOS GANGLIOS SENSITIVOS Y SIMPÁ ricos DEL HOMBRE, ETC.
Lugar común es que ios descubrimientos cientificos son función de los mé¬
todos. Aparecida una técnica rigurosamente diferenciadora, sígnense inme¬
diatamente, en serie lógica y casi de modo automático, impensados escla-
grecimientos a problemas antes inaccesibles, o insuficientemente resueltos. Y si
^sto es verdad con relación a todas las ciencias naturales, lo es de señaladísima
manera en los dominios de la histología Para el histólogo cada progreso de la
■técriica tintorial viene a ser algo así como la adquisición de nuevo sentido abierto
Siacia lo desconocido. Como si la naturaleza hubiérase propuesto ocultar a nues-
tr-as miradas el maravilloso artificio de la organización, la célula, el misterioso
^otagonista de la vida, se recata obstinado en la doble invisibilidad de lo peque¬
ño y de lo homogéneo. Texturas formidablemente complejas pieséntanse al mi¬
croscopio con la albura, igualdad de índice de refracción y virginidad estructural
de una masa gelatinosa. Más afortunadas, las demás ciencias naturales trabajan
con objetos de estudio directamente accesibles a los sentidos. Sólo la histología
y bacteriología deben cumplir, antes de lanzarse a la labor analítica, la previa y
ifícil tarea de patentizar su objeto propio. Y en tan rigurosa eampaña han de
¡luchar --lo hemos dicho ya— con dos grandes adversarios: lo pequeño y lo diáfano.
El histól 'go sólo podrá avanzaren el conocimiento de los tejidos incrustándolos
oÁinéndoIos selectivamente con matices variados, capaces de hacer resaltar lás
células con p-an energía del fondo incoloro. De esta suerte, la colmena celular se
nos ofrece sin velos; diríase que el enjambre de transparentes e invisibles infuso¬
rios se transforma en bandada de pintadas mariposas.
Por eso, cuando el azar permite a un investigador crear un nuevo método tin-
22
338
S. RAMÓN Y CAJAL
torial-selectivo, o perfeccionar felizmente alguno de los conocidos, la histología
ensancha su horizonte sensible. Y la cosecha de hechos nuevos y significativos,
la catalogación de formas y estructuras, efectúase llana y descansadamente, como
quien siega a placer en trigal sembrado por otros.
Algo de esto me ocurrió al explotar sistemáticamente la fórmula de impreg¬
nación del nitrato de plata reducido, cuyas principales ventajas son, según deja
dicho: la generalidad de sus efectos, la transparencia de la coloración, la exqui¬
sita selección neuronal y su extraordinaria simplicidad. Esta sencillez de manipula¬
ciones hizo posible concentrar formidable labor en brevísimo tiempo; con que lo¬
gré adelantarme a Bielschowsky, Donaggio y a otros ilustres introductores de téc¬
nicas valiosísimas, pero menos expeditas y cómodas para la colecta de hechos-
nuevos. Las preparaciones clarísimas y terminantes logradas a tan poca costa, so¬
bre revelar disposiciones morfológicas originales en diversas provincias nerviosas
y aun en tejidos de otra estirpe, me consintieron confirmar datos anatómicos an¬
tes inseguros, y fortalecer y consolidar doctrinas harto contf overtidas. Excusado
es decir que durante los últimos meses de 1903, y en los años siguientes, me en¬
tregué a la tarea, no ya con actividad, sino con ese celo impetuoso, acaparador y
absorbente, que me ha valido más de una antipatía entre mis émulos.
Ya en el primer trabajo aparecido en mi Revista (1), la cosecha de hechos nue¬
vos o de consolidación de los poco conocidos, fué considerable. Citemos aquí, lo.
más brevemente posible, las más salientes coriquistas:
1. Atañe la primera al problema general de la arquitectura neurofibrillar, al
que hemos aludido ya en el anterior capítulo, con ocasión de extractar las ideas
de Apathy y Bethe. Mi fórmula prestábase ventajosamente a ello, a causa de im¬
pregnar las neurofibrillas, sobre todo en los animales jóvenes, de intenso color
negro o café obscuro. Y con efecto, en la médula espinal, bulbo raquídeo, cerebro,
cerebelo, ganglios, etc., lo mismo en las neuronas voluminosas que en las pequen-
ñas, mostróse claramente la real configuración del esquCieto del protoplasma ner¬
vioso. '
Conforme, mostramos en la figura 103 y siguientes, dicho armazón se compo¬
ne, no de un conjunto de hilos independientes que pasarían desde el soma a las
expansiones, según pensaban Apathy, Bethe y Belschuwsky, y, en parte, también
Donaggio, sino de un retículo en dunde se destacan dos clases de hebras: las
gruesas o primarias (a), intensamente colureables en café o rojo pardo, y las finas,
y secundarias (]b), más débilmente teñid^ts y enlazadas entre sí y con las prece¬
dentes. Los detalles de las figuras ' 03 y 104 B, nos dispensan de entrar aquí en
proliiidades descriptivas. Por lo demás, la referida disposición reticular fué pron¬
tamente confirmada por buen número de autores, que emplearon asiduamente la
nueva fórmula de impregnación: van Gehucnten, Michotte, G. Sala, L. Azoulay,.
Nageotte, Dogiel, Marinesco, Medea,,Lugarü, Tello, R. Hiera, v. Lenhossék, etc.
Mis estudios mostraron,, además, que el ciiado esqueleto neurofibi illar exhibe,,
según los tipos celulares estudiados, algunas variantes dispositivas. D- nso y rico
en hebras dispuestas en haces apretados entre los gi unios de Nissl, en las colo¬
sales neuronas de la médula, buibo y ganglios, consta de e.'Casas hebras, separa¬
das por amplios espacios, en las diminutas células, nerviosas. En fin, en algunos
elementos de mediana talla se contienen dos redes intraprotoplásmicas: pcrinu-
clear b compacta, formada por las neurofibrillas centrales amibadas de las expan¬
siones; y cortical o fioja, generada por los filamentos supeificiales del axon y den¬
dritas (fig. 103, A).
2. Mis observaciones revelaron luego un hecho interesante a cuyo encuentro-
contribuyó también mi ayudante el Dr. Tello, a saber: que las neurofibrillas no
(l) Cajal: Un sancillo método di coloración del retículo protoplasmático y sus efectos en diversos,
centros nerviosos. Tmi. deí Lai. de Invest. biol., 1^03.
recuerdos de mi vida
33Í
forman un armazón estable y rígido, sino que representan algo vivo, mudable y
susceptible de reaccionar, cambiando de aspecto en presencia de estímulos fisiológi¬
cos y patológicos
Como prueba de esta transformación mostramos comparativamente los retícu¬
los de las neuronas espinales del lagarto en estado de entorpecimiento invernal
(acción de frío) y en estado de actividad (acción del calor de la estufa), ponién¬
dose de manifiesto que el frío produce coalescencia de las neurofibrillas, que se
funden en gruesos cordones, y aumento de la materia argentófila (fig. 104).
Más adelante apareció una extensa monografía (2), describiendo menudamente
las referidas variaciones, no sólo en los reptiles, sino muy especialmente en los
mamíferos jóvenes y hasta en el hirudo. En la figura 105 podrá notar el lector las
sorprendentes mutaciones que sufre el retículo en los mamíferos jóvenes (conejo)
cuando éstos son sometidos a la acción de bajas temperaturas.
3. Casi contemporáneamente descubrí que la nueva fórmula suministra tamr
bién, en determinadas condiciones, imágenes excelentes del llamado aparato
reticular de Golgi dé los epitelios (3). Este poder revelador, que se acreditó más
tarde en los invertebrados, me permitió discutir con datos objetivos terminantes
las teorías, a la sazón en lucha, de Holmgren, Golgi y otros acerca de la natura¬
leza y morfología del susodicho retículo.
4. En fin, cosa importante, el nuevo recurso técnico mostróse también propi¬
cio, impregnando con inesperado vigor las neurofibrillas de muchas arborizaciones
terminales de los centros (nidos de las células motrices, cestas periculares de los
corpúsculos de Purkinje, fibras musgosas y trepadoras del cerebelo, etc.) (fig. 106).
Esta propiedad resultó tanto más preciosa cuanto que carecíamos por enton¬
ces de método regular susceptible de comprobar y contrastar corrientemente en
el cerebelo y médula espinal las arborizaciones nerviosas pericelulares reveladas
por el cromato de plata. En presencia de las elegantísimas preparaciones del cere¬
belo, donde las cestas, las fibras musgosas y trepadoras aparecían nítidas, trans¬
parentes, con matices enérgicos y variados, y teñidas por completo sin la menor
laguna tintorial, mi alegría fué inmensa. Habían quedado para siempre pulveriza¬
das las objeciones de los adustos impugnadores del método de Golgi, siempre
recelosos de que las siluetas del cromato de plata no tradujeran disposiciones
preexistentes .
Según mostramos en la figura 106, la plata coloidal no sólo reproduce las for¬
mas clásicas de los preparados golgianos, sino que aporta por añadidura intere¬
santísimos e impensados detalles estructurales. Repárense los anillos terminales
de las colaterales recurrentes de los axones de Purkinje ( <); la estrangulación ini¬
cial del axon de las células de cesta (a); las cestas propiamente dichas (B;; la ar-
borización serpenteante de las fibras trepadoras (D), etc.
Como hallazgos accesorios mencionaré todavía:
5. Confirmación, con nuevos detalles, del sistema neurofibrillar hallado en los
invertebrados (hirudo) por Apathy, y refutación de la teoría de las redes interce¬
lulares de este autor.
6. Descripción de las fases evolutivas del retículo neurofibrillar en los em¬
briones y animales recién nacidos (células del cerebro, cerebelo, ganglios, etc.).
7. Encuentio y descripción por primera vez en los invertebrados (lumbricus)
(1) Caj Ai: Variaciones morfológicas normales y patológicas del retículo neurofibrillar. Trab. del
Lab. áeJnvest. biol.. tomo III, cuadernos 1 y 2. (Con 4 grabados.)
(2) Cajal. Variaciones morfológicas del retículo nervioso de vertebrados e invertebradí)s. Trab. de^
Z.o6, í/e/«ücgf. bíoí., tomo III, 1904 (Gon 5 grabados.)
De este principio de la variación del retículo, comprobado en diversos estados patológicos, han sacado
mucho pariido, aunque usando técuicas diferentes, Alzheimer, Bielschowshy, Schaíer y sus discípulos.
(8) Cajal: El aparato tubuliforme del epitelio intestinal de los mamíferos. Trab. del Lab. de ínvest-
tno lll, cuadernos 1 y 2. (Con 2 grabados.)
340
S. RAMÓN Y CAJAL
de] anarato reticular de Golgi, que aparece, tanto en las células nerviosas como en
fas efftelSerSza^^ en un polo del soma, no lejos del núcleo (f gs. 107 y 108).
8^ Descubrimiento en las células epiteliales del intestino del hirudo de un
sistema de fibras libremente terminadas y comunicantes con espacios úntaticos
subyacentes. Estos conductos constituyen una disposición aparte del aparato tu¬
bular de Golgi, Negri y Holmgren. Confirmado por Holmgren en el hjrudo, por
Sánchez en varios crustáceos y recientemente por Río Hortega, que anade inte¬
resantes detalles.
9. Mi ansiosa curiosidad llevóme después a ensayar reiteradamente el nuevo
recurso analítico en los embriones y animales recién nacidos; y advertí que la co¬
loración se obtiene en los elementos y fibras nerviosas en vías de evolución con
más constancia e intensidad todavía que en el adulto. Además, la relativa simpli¬
cidad estructural y brevedad de las distancias en los embriones permite resolver
problemas de organización casi inabordables en los animales llegados a pleno
desarrollo.
Entre los hechos recogidos en esta indagación (1) citaré los siguientes, refe¬
rentes a la organización fundamental del bálbo raquídeo, protuberancia, etc.:
a) Descripción exacta del foco superior o descendente del trigémino, en el
cual distinguí una porción superior de células multipolares y otra porción inferior
de neuronas piriformes voluminosas. (Confirmado por P. Ramón en batracios, rep¬
tiles y aves.)
b) Observación precisa de los núcleos motores oculares y singularmente el del
motor ocular común de las aves, con sus diversos subnúcleos, y la marcha de sus
axones.
c) Impregnación de los ganglios raquídeos embrionarios. En ellos se analiza la
transformación sufrida por el retículo protoplásmico durante el tránsito de la fase
bipolar a la monopolar. (Confirmado por Besta, que trabajó con este mismo
método.)
d) Descripción de los focos del coclear y vestibular en los embriones, donde se
manifiesta que la primera aparición del retículo diferenciado tiene lugar en torno
del núcleo.
e) Reconocimiento de las terminaciones nerviosas en las crestas acústicas de
los embriones de pollo (existencia de fibras colosales y fibras finas, terminaciones
en cabos y por ramas libres horizontales, etc.). Confirmado en diversos mamíferos,
y ampliado con la adición de hechos interesantes, por London, Kolmer y Biels-
chowsky.
f) Determinación en las aves del foco intersticial del fascículo longitudinal
posterior^ cuyos axones gigantes son descendentes, ingresando en dicha vía.
g) Localización del núcleo rojo de las aves, así como señalamiento del origen
y decusación del haz de Monakow, sólo conocido en los mamíferos.
h) Descripción del origen de la vía óptico-refleja descendente del tubérculo
cuadrigémino anterior, etc.
10. Con la esperanza de recolectar nuevos pormenores estructurales, abordé
más tarde el análisis de las placas motrices de los mamíferos y aves, y publiqué
cierta nota (2) acompañada de expresivos grabados.
(1) Cajal: Asociación del mé‘odo del nitrato de plata al embrionario para el estudio de los focos
motores y sensitivos- Trab. del Lab. de Invest. hiol., tomo III, fascículos 2 y 3, junio y septiembre. (Con
12 grabados.)
Sobre el mismo tema se exponen algunas consideraciones en una Revista estudiantil. Revista escolar
de Medicina, 15 diciembre 1903.
(2) Cajal: Contribución al estudio de la estructura de las placas motrices. Trab. del Lab. de Invest.
ol., tomo III, cuadernos 2 y 3, 1904. (Con 3 grabados.)
RECUERDOS DE MI VIDA
341
En este trabajo se señala por vez primera el armazón neurofibrillar de las pla¬
cas motrices de aves y mamíferos, reconociéndose la estmctura reticulada de
los ensanchamientos de la arborización nerviosa y la disposición ansiforme de las
neurofibrillas de las más finas ramificaciones. (Confirmado y ampliado por Dogiel,
Botezat (terminaciones sensitivas), y sobre todo por Tello y Boeke, que han hecho
un buen estudio de las placas motrices de los mamíferos.)
11. El descubrimiento de las cariosas transformaciones experimentadas por
las neurofibrillas bajo la acción de los estímulos fisiológicos, condújome al examen
del retículo en diversos estados patológicos. Esperaba hallar alguna variación
más o menos típica, de los procesos infecciosos del sistema nervioso,, susceptible
de ser aprovechada en el diagnóstico. Estas esperanzas confirmáronse plenamente
por lo que toca a los centros nerviosos de los animales rábicos (perro, conejo,
hombre, etc.), exploración en que fui celosamente ayudado por D. Dalmacio García,
Jefe de la Sección de Veterinaria del Instituto Nacional de Higiene.
En la extensa monografía (1) consagrada al referido argumento hago constar
que bajo la influencia del virus rábico, las células nerviosas de Iss ganglios, mé¬
dula, bulbo, cerebelo, cerebro, etc., del conejo, cavia, perro, etc , pasan por las
siguientes fases: a) aproximación de las neurofibrillas, que se disponen en haces
apretados, dejando libres grandes espacios; b) desaparición de los filamentos
secundarios y fusión de los haces en cordones macizos, sucesivamente más grue¬
sos y menos numerosos; c) en fin, vacuolización del protoplasma, lateralización
del núcleo, formación de nuevas dendritas (estado irritativo del retículo), multipli¬
cación de los corpúsculos satélites, alteración varicosa y destrucción de los axo-
nes, transformación de los nidos nerviosos (cerebelo, medula, etc.) (fig. 109).
Las citadas alteraciones del retículo se consideran como una reacción de este
órgano celular bajo el estimulo de las toxinas lísicas, reacción comparable a la
desarrollada por el retículo de los reptiles sometido a la acción del frío.
En fin, considerando la precocidad de dicha alteración neurofibrillar, la cons¬
tancia absoluta de su presentación en la rabia y su ausencia en otras enfermeda¬
des infecciosas, se estima la susodicha hipertrofia neurofibrillar como un seguro
signo diagnóstico de la hidrofobia del hombre y animales. (Confirmado por Mari¬
nesco, que estimó la mencionada lesión como excelente medio de diagnosticar
la rabia y más adelante por Achúcarro, que añadió nuevos detalles.)
12. En fin, citemos aún, para completar la serie de los trabajos de 1904, una
investigación sobre las neurofibrillas de la retina (2), de que se publicó traducción
alemana (3), y otra indagación, de igual Carácter, acerca de los ganglios de la lom¬
briz de tierra (4).
En este último trabajo se exponen dos métodos de impregnación aplicables al
estudio de los ganglios del Lumbricus. El primero, simple modificación del proce¬
der del nitrato de plata reducido (fijación en formol solo o con amoníaco), impreg¬
na exclusivamente la trama neuróglica de los invertebrados, de que se da sucinta
descripción. El segundo proceder, combihación de la impregnación argéntica y
(1) Cajal y D. García: Las lesiones del retículo de las células nerviosas en la rabia. Trab. del Lab.
de Invest. biol., cuaderno 4, 1904. (Con 2S grabados.)
(2) Cajal: El retículo neurofibrillar de las células de la retina. Tmb. dél Lab. de Invest. biol.,
tomo III, fascículo 4, 1904. (Con 1 grabado y 1 lámina litografiada.)
(3) Cajal: Das Neurofibrillennetz der Retina. Inter. Monatsch. f. Anat. u. Pysiol-, Bd. 21, H. 418.
Número extraordinario destinado a conmemorar el 50 aniversario del Doctorado del ilustre histólogo
W. Krause.
(4) Cajal: Neuroglia y neurofibrillas del Lumbriaus. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo III,
cuaderno 4. (Con 4 grabados.) La glia del Lumbricus ha sido enriquecida después con numerosos hechos
nuevos por Río Hortega:
342
S. RAMÓN y CAJAL
átirica tiñe de violeta o roio las neurofibrillas, que se presentan dispuestas en
redes tupidas, extendidas por todo el protoplasma, reproduciendo en princip
Hoi ormíi-7ñn npiirnfihrillar de los Vertebrados, etc.
No sería completo el inventario de la labor de 1904 si no se recordara que, en
dicho año, di feliz acabamiento a mi obra magna en tres volúmenes, titulada Hrs-
tologia del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados (Madrid, 1899 a
1904) (1). De la cantidad de trabajo puesto en ella, durante los cinco anos que
duró la impresión, darán idea sus 1.800 páginas de texto en 4.° mayor y sus 887
grabados originales, casi todos de gran tamaño. Comprenderá el lector que al
redactar tan voluminoso libro, donde se resumía y completaba una obstinada
labor de quince años, antes busqué honra que provecho. Y, sin pecar de inmodes¬
to o petulante, puedo decir que no erraron mis cálculos. Hay trabajos para los
cuales no existe más galardón que el sentimiento de la propia estima y la aproba¬
ción de los doctos. En aquella ocasión, mis esfuerzos y desvelos alcanzaron la
única recompensa a que yo aspiraba: los elogios respetuosos de la crítica y los
lisonjeros juicios de los sabios más prestigiosos.
Escrito en lengua poco conocida de los sabios, y presupuesto el carácter ori¬
ginal y abundancia de pormenores descriptivos, mi libro fué honrado con varias
solicitudes de traducción. Entre ellas, recuerdo la que fuéme dirigida por 1.a casa
J. A. Barth, de Leipzig, y la formulada por la casa A. Maloine, de París. Al fin,
accedí a una versión francesa, a cargo de mi amigo el Dr. León Azoulay, versión
que, por haber visto la luz en 1911, debe estimarse cual obra nueva (2), ya que en
ella incluí todo el fruto de las investigaciones realizadas hasta dicha fecha.
Lo he dicho en otra parte y me complazco en repetirlo, seguro de que el lector
benévolo disculpará mis debilidades. El objeto de mi obra fué, desde luego, crear¬
me permanente estímulo para el trabajo intensivo; en previsión de posibles horas
de desaliento y de fatiga, quise enajenar deliberadamente mi libertad mediante
formal compromiso de honor contraído con el público. Respondió, además, el citado
libro a un egoísmo harto humano para no ser excusable; temeroso del olvido y
poco seguro de dejar continuadores capaces de afirmar y defender ante los extra¬
ños mis modestas adquisiciones científicas, tuve empeño en reunir en un todo
orgánico las monografías neurológicas publicadas durante tres lustros en Revistas
nacionales y extranjeras, amén de rellenar, con nuevas indagaciones, los puntos
antes no tratados. Pero, ante todo y sobre todo, deseaba que mi libro fuera— y
perdónese la pretensión — el trofeo puesto a los pies de la decaída ciencia nacional
y la ofrenda de fervoroso amor rendida por un español a su menospreciado país!...
Durante el año 1905, mi actividad tuvo por cauce principal la arquitectura de
los ganglios sensitivos y simpáticos del hombre adulto y de algunos mamíferos de
gran talla. Hasta entonces, los dos métodos reveladores de la morfología de las
neuronas gangliónicas, es decir, el de Golgi y el de Ehrlich, apenas se habían
aplicado al hombre plenamente desarrollado. Por tanto, las descripciones clásicas
de Golgi, Ehrlich, de Retzius, Dogiel, etc., aludían casi exclusivamente a embrio-
(1) Para animar a los suscriptores, fijóse para los libreros el importe de los tres tomos en poco más
de 10 pesetas (15 para los abonados). Además, teniendo en cuenta el carácter esencialmente monográ¬
fico de la obra, sólo se tiraron 800 ejemplares. Al liquidar, y vendida la edición, hallé que mis pérdidas
excedían de 3.000 pesetas.
^ (2) Cajal: Histologie du Sysíeme 'nerveux de Vliomme et des vertebrés. Edition fran^aise revue et
misse a jour par l’auteur. Traduite de l'espagnol par le Dr. L. Azoulay, 1909 a 1911. Esta obra apareció
en dos gruesos volúmenes de cerca de 1.000 páginas cada uno.
RECUERDOS DE MI VIDA
343
nes o mamíferos jóvenes y de pequeño volumen (ratón, conejo, gato, etc., entre
los mamíferos; el pollo, entre las aves). Y al considerar las grandes mudanzas su¬
fridas por todos los centros nerviosos en su tránsito de la fase fetal al estado de
plena madurez, preguntábase uno si durante el desarrollo post-fetal no habrían
acaso los ganglios sensitivos y simpáticos humanos experimentado mutaciones
estructurales de importancia. Mas para esclarecer este punto, la técnica histoló¬
gica anterior a 1903, no ofrecía ningún recurso seguro y eficaz.
Esta laguna metodológica fué felizmente colmada por la nueva fórmula de im¬
pregnación, la cual posee la inestimable ventaja de colorear intensamente las cé¬
lulas sensitivas y simpáticas del hombre adulto, aun en cadáveres poco, frescos.
Tamaña excelencia, amén de la constancia y vigor del teñido, me permitieron,
en la primera tentativa exploratoria délos ganglios sensitivos (1), recolectarlos
siguientes datos originales:
a) Existencia, aparte los tipos monopolares conocidos, de neuronas sensiti¬
vas provistas de axon y de dendritas intracapsulares rematadas en abultamientos
libres (fig. lio, 6).
b) Hallazgo, relativamente frecuente en los viejos y frecuentísimo en deter¬
minados estados patológicos, de corpúsculos de cuyo soma o de cuya expansión
principal emanan hebras finísimas sucesivamente engruesadas y acabadas por
bolas capsuladas situadas sobre la célula, es decir, bajo la membrana endotelial.
c) Encuentro de neuronas análogas a las anteriores, pero cuyos filamentos,
provistos de gruesas esferas finales, se terminan fuera de la cápsula, entre los
manojos de tubos nerviosos intersticiales (fig. 111).
d) Descubrimiento, en los ganglios craneales (del vago sobre todo) del hom¬
bre y grandes mamíferos, de un singular tipo celular cuya expansión nerviosa, en
vez de poseer un glomérulo inicial intracapsular, exhibe cierto curioso sistema de
asas anastomóticas nacidas en diferentes puntos de la célula y con espacios o ma¬
llas rellenas por corpúsculos satélites (figuras 112 y 113). (Confirmado por infini¬
dad de sabios.)
e) Se demuestra que la morfología de este elemento singular, que llamamos
corpúsculo f enestrado, varía mucho, así en morfología como en abundancia, en las
diversas especies animales estudiadas (perro, gato, asno, caballo, buey, cerdo,
carnero, etc.) (Confirmado por Athias en el raposo y más tarde por Levi, Dogiel
Castro y muchísimos sabios, en gran número de vertebrados.)
/) Se describen las colaterales de la substancia blanca de los ganglios y los
nidos nerviosos pericelulares del hombre y mamíferos superiores.
. Se descubre en los ganglios de los ancianos un tipo especial de célula ave¬
jentada, la célula desgarrada, cuya superficie está erizada de apéndices neurofibri-
llares, en cuyos intervalos yacen infinidad de corpúsculos satélites (fig. 114).
J})., observan ciertos ovillos nerviosos situados en torno de células
satélites, reliquias de la escolta de una neurona desaparecida. (Estos acúmulos
fueron confirmados por Nageotte que los designó nodulos residuales.)
^ Los extraños tipos de neuronas y los curiosos fenómenos de retoñamiento des¬
critos en los ganglios humanos, llamaron poderosamente la atención de histólogos
y anatomopatólogos, singularmente de J. Nageotte, quien, merced a penetrantes
exp oraciones, efectuadas con el tantas veces aludido método, en los ganglios de
os tabéticos, advirtió, además de notable incremento de ciertas disposiciones se-
Higtoria Natural sesión del 1.° de marzo de 1905. Anales de la Sociedad española de
•del hombre y mamífíos TVab rfTf «‘“lado: Tipos celulares de los ganglios sensitivos
Un año después se 1 y 2- (Con 20 grabados.)
«nsiblen Ganglien di M^scheu^ importantes adiciones. Véase; Structur der
344
S. RAMÓN y CAJAL
ñaladas por nosotros en personas normales, nuevas formas de regeneración pato -
ógiea. Abierto el camino, avanzaron después por él con gran fortuna multitud de
neurólogos, entre los que citaremos a Levi, Marinesco, H. Rossi, L. Sala, Pacheco,
Besta- SchSfer, Dustin, Ranson, Minea, Bieischowsky, Achúcarro, Castro, etc.; ani-
mados unos del deseo de encontrar formas normales nuevas, instigados otros pol¬
la esperanza de sorprender alteraciones especificas concomitantes de determina¬
dos procesos patológicos. A la hora actual la bibliografía suscitada por la citada
comunicación alcanza más de un centenar de trabajos extranjeros.
13. No menos insólitos y desconcertantes fueron los hechos observados al
explorar los ganglios simpáticos humanos, según dan testimonio algunas de las
adjuntas figuras.
Resumiendo esta indagación, una de la más importantes de aquel año, recor¬
daremos aquí;
a) El descubrimiento, en las células simpáticas del homtore, de una categoría
especial de dendritas hasta entonces no vistas: las dendritas cortas o mbcapsula-
res, que proceden de todo el contorno celular y se terminan libremente entre los
corpúsculos satélites pericelulares. Estos singulares elementos se han llamado
después neuronas en corone. Garacterízanse, sobre todo, por carecer u ofrecer ex¬
cepcionalmente dendritas largas o extracapsulares. En cuanto al axon, responde a
los rasgos conocidos en las neuronas simpáticas de los mamíferos.
b) La presencia de corpúsculos que, a más de la corona de finas dendritas se¬
ñalada, ofrecen recias expansiones protoplásmicas descompuestas en un plexo di¬
fuso terminal. En la figura 115 presentamos dos de estos tipos simpáticos, que son
bastante abundantes. Algunas de estas células exhiben una moiíología especial
en zurrón o cometa sumamente característica. (Véase tan curioso tipo cometario
en la figura 116.)
c) , Descripción de glcmérulos de conexión, es decir, de plexos dendriticos
apretadísimos, perfectamente limitados, donde se entrelazan y convergen expan¬
siones 1 egadas de varias neuronas.
d) Reconocimiento en el hombre de nidos nerviosos pericelulares, extremada¬
mente complicados y en conexión quizás con las dendritas cortas o subcapsula¬
res. Las ramas finas de que tales nidos se engendran son continuación de tubos
mielinicos llegados de la médula espinal (fig. 1 16, 6).
e) Descripción de nidos nerviosos peridendríticosy etc., etc.
f) En fin, existencia en el hombre de la célala simpática común (1), es decir,
provista de axon y un solo sistema de largas y ramificadas dendritas.
Estos trabajos sobre la morfología de las células simpáticas fueron comproba¬
dos y ampliados por numerosos sabios que aplicaron nuestra técnica a gran nú¬
mero de vertebrados (Marinesco, Lenhossék, Biondi, Guido Sala, Müller, Pitzorno,
Riquier, Achúcarro, Arcante, Castro, etc.). Actualmente reseñar las investigacio-
nes a que ^ó lugar mi indagación sobre el simpático humano llenaría muchas pá¬
ginas. Sin jactancia, puedo afirmar que mis investigaciones sobre los ganglios soo
de lo mas afortunado de mi labor científica del decenio de 1903 a 1913.
14. Por último, para cerrar esta lista harto pesada de afortunados hallazgos,
mencionemos aún cierto trabajo sobre las neuroflbrillas del cerebelo (2) y un en¬
sayo sobre los efectos del nuevo método sobre la estructura de la fibra muscular
estriada (3).
, simpático del hombre adulto. Trab.del Lab. delnvest. biol
tomo IV, fascículos 1 y 2. (Con 14 grabados.)
(2) Cajal; Las células estrelladas de la capa molecular del cerebelo y algunos hechos con'rarios a
la función exclusivamente conductriz de las neuroflbrillas. Trab. delLab.de Ittvest. biol. tomo IV
fascículos 1 y 2, 1905. (Con 2 grabados.) ’ '
0) Cajal: Coloración de la fibra muscular por el proceder del nitrato de plata reducido. Trab del
Lab» de Invest. biol., tomo IV, fascículos 1 y 2, 1905.
recuerdos de mi vida
345.
En el primer trabajo, harto más interesante que el segundo, se da cuenta de:
las observaciones recolectadas con e. nuevo método §obre las células estrelladas:
de la capa plexíforme cerebelosa, cuyo axon y conocidas colaterales terminadas en
cesta pericelular, tíñense espléndidamente. Entre los datos más salientes cuén-
tanse los siguientes:
a) Que el axon de dichas células, compuesto en su cono de origen de algu¬
nas neurofibrillas, se condensa en una sola sumamente delgada, que ulteriormente
se multiplica hasta engendrar un robusto fascículo, repartido en las enlátenles de:
los nidos nerviosos. Semejante hecho milita en contra de la hipótesis de Bethe y
Bielschowsky, para quienes las neurofibrillas no se ramificarían nunca, mante¬
niéndose independientes. (Véase la fig. 103, a.)
b) Se descubren ciertas fibras horizontales de la capa molecular acabadas en
maza (fibras atascadas).
c) Se confirma con los nuevos métodos la existencia de determinadas fibras
ansiformes del cerebelo joven, hace tiempo descriptas por mí, y mal designadas.
fibras de Smirnow, que las vió muchos años después.
d) En fin, abordando el estudio del bulbo, se ponen de manifiesto errores de
itinerario de los nervios motores, incongruencias evolutivas especialmente signi¬
ficativas para la teoría del crecimiento de los axones (fibras radiculares extravia¬
das del patético en el conejo, etc.).
Estos errores evolutivos, no escasos en los centros nerviosos, pudieran tener
mayor alcance del que yo les atribuí. Parece probable que la singular idiosincra¬
sia de ciertos cerebros, obedece no sólo al aumento fortuito o al perfecciona¬
miento por el uso de ciertas células y vías, sino también a fracasos locales del*
crecimiento neuronal, merced a los cuales determinados sistemas de asociación»
aparecerían singularmente debilitados y aun abolidos.
CAPITULO XXI
=HSS====="“
relativamente autónomas
Coinciden los años de 1905 y 1906 con el cénit de mi carrera científica.
Durante ellos sonrióme la fortuna hasta el punto de alcanzar "las
altos galardones a que un hombre de ciencia puede aspirar; y, en dic o
periodo, aparte comunicaciones de menor cuantía, efectué observaciones decisi¬
vas para la consolidación de la concepción neuronal, a la sazón muy discutí .
Comencemos por referir sucintamente lo más granado de mi labor de Labora¬
torio durante el citado bienio. ' . ^
Cediendo a estímulos de que luego hablaré, consagré primeramente mi aten¬
ción a dilucidar el siempre controvertido problema del mecanismo regenerativo de
los nervios y vías nerviosas - centrales interrumpidas; y después (y ésta fue area
ejecutada en la segunda mitad de 1906) a explorar con la nueva técnica la génesis
de las fibras nerviosas del embrión, tema íntimamente relacionado con el pre¬
cedente. , . .. ry,
Ambos estudios respondieron a cierto estado circunstancial de opinión. Tras
largo período de plácido y casi indisputado señorío de la doctrina neuronal, cuyas
principales pruebas objetivas tuve, según recordará el lector, la fortuna de apor¬
tar, renació con increíble pujanza, en determinadas escuelas, el viejo y casi olvi¬
dado error del reticularismo y otras similares extravagancias especulativas {teoría
catenaria, etc.). Diríase que ciertos espíritus, propensos al misticismo, son moles¬
tados por las verdades sencillas y patentes. Temperamentos exageradamente alti¬
vos, parecen obstinados en conquistar la fama, no por el honroso y difícil camino
del hallazgo de nuevos hechos, sino por el harto más cómodo y expedito de ne¬
gar o desconceptuar, en nombre de prejuicios aventuradísimos, los hechos más
rigurosamente demostrados. Tan anárquica y desdichada pasión, nunca del todo
desterrada de los dominios biológicos, tuvo, según acabo de decir, su más eleva¬
da culminación allá por los años de 1900 a 1904. Pero entonces los fanáticos del
reticularismo adoptaron nueva táctica. Confiando poco, sin duda, en alcanzar la
victoria en el terreno franco de la morfología neuronal adulta, escogieron para im-
RECUERDOS DE MI VIDA
34.r
ípugnar el neuronismo el campo, al parecer más propicio, de \d. regeneración de los
.nervios y de la neurogénesis embrionaria.
Muchos fueron los arriscados aventureros deseosos de combatir a la sombra
.déla vieja bandera desplegada ya en 1867 por Gerlach y Meynert. Discordes, y
hasta antagónicos en muchas de sus afirmaciones, coincidían solamente en un
extraño y unánime sentimiento de aversión contra la doctrina del contacto y de la
= independencia de los corpúsculos nerviosos; doctrina demostrada hasta la sacie¬
dad, según es sabido, hacía lustros, por His, Forel, nosotros, Lenhossék, Retzius,
. Kolliker, van Gehuchten, Lugaro, Waldeyer, Harrison, etc., en el terreno de la
histología ehistogenia normales; y por Waller, Miinzer, Ranvier, Vanlair, Ziegler,
Stroebe, Forssmann, Marinesco, Langley, Mott, Halliburton, Segale, Purpura y
otros muchos, en la esfera de la degeneración y regeneración délos nervios. Ex¬
ceptuado el prestigioso profesor Nissl y algún otro, en las filas del reticularismo
figuraban jóvenes entusiastas, tan ansiosos de reputación como candorosos obser¬
vadores. Recordemos, entre ellos, a Büngner, Joris, Huber, Sedgwig, Ballance,
Wietting, Marchand, Galeotti y Levi, Monckeberg, Durante, O. Schültze, etc., al-
;_gunos de los cuales trabajaron en épocas anteriores a IVOO.
Caudillo y estrátega, por el doble derecho del talento y de la gallardía crítica,
de esta lucida hueste, vino a ser Alfredo Bethe, docente de la Universidad de Es-
^trasburgo, a quien hicieron justamente famoso sus impresionantes estudios sobre
las neurofibrillas de los vertebrados.
Tan fulminante y difusivo llegó a ser en 1903 el contagio del reticularismo,
gracias, sobre todo, a los fascinadores alegatos de A. Bethe, que titubeó en su fe
neuronista el ilustre Waldeyer, se pasó temporalmente al bando contrario el pro¬
fesor Marinesco, y flaqueó, ¡quién lo dijera!, hasta el ilustre van Gehuchten, una
de las columnas del neuronismo; el cual, sin renunciar enteramente a la doctrina
ortodoxa, hizo a los disidentes la siguiente humillante concesión: «En el adulto
la célula nerviosa representa individualidad perfecta, producto de un solo neu-
roblasto; mas en el estado patológico, por ejemplo durante el proceso de la rege¬
neración nerviosa, los nuevos cilindros-ejes resultan de la fusión y diferenciación
-de una cadena de neuroblastos periféricos»...
Lo expuesto hará ver al lector hasta qué punto arreciaba el peligro. Autor
hubo que dió por definitivamente enterrada la genial concepción de His y Forel.
En fin, la quimera reticularista mostróse tan invasora y empleó en sus objeciones '
inconsistentes lenguaje tan arrogante y descomedido, que la paciencia de los neu-
ronistas tocó a su límite. Era preciso poner un correctivo a la general aberración.
Algunos sabios, extrañados de mi silencio y considerándome acaso como el más
■ obligado a volver por los fueros de la verdad, escribíanme en son de reproche:
«¿Qué hace usted? ¿Cómo no se defiende?»
He sentido siempre invencible repugnancia hacia las polémicas. Con ello piér¬
dese un tiempo precioso que podría emplearse mejor en allegar hechos nuevos.
¿Quién ignora, además, que la verdad, aun indefensa, acaba por prevalecer? Mas
ante la arrolladora marea del error y ante los reiterados requerimientos de mis
.amigos, vime obligado a hacer alto en mi camino y descender a la palestra, do-
■liéndome mucho tener que gastar quizá dos o tres años en investigaciones anato-
.mo-patológicas, cuyo fruto no podía ser otro que confirmar verdades demostradas
-hacía tiempo por Waller, Ranvier, Vanlair, Stroebe y otros muchos sabios. Al final
.de la campaña tuve, sin embargo, el consuelo de ver que no se había perdido en¬
teramente el tiempo. Sobre fortalecer varias conclusiones clásicas, algo inseguras
S48
S. RAMÓN Y CAJAL
a causa de insuficiencias metodológicas, conseguí recoger bastantes observaciones
originales no desprovistas de valor. ^ .
Fuera injusto olvidar que en esta ruda batalla en pro de la verdad no fui un so¬
litario: acompañáronme también varios prestigiosos investigadores a quienes,
como a mí, soliviantaron las jactancias y temeridades de los reticul aristas. Men¬
cionemos en primer término a Perroncito, discípulo favorito de Golgi, que aplicó
también al tema el nuevo método; a Lugaro, neurólogo y psicólogo de gran talen¬
to; a Medea^ Marinesco y Minea, Tello, Nageotte, Krassin, etc., etc. Excusado es
decir que al triunfo de la buena causa contribuyó decisivamente el proceder del
nitrato de plata reducido, el cual, con relación al tema debatido, posee la inesti¬
mable ventaja de teñir total y vigorosamente los brotes o renuevos de los axoiies
mutilados (cabo central), brotes que es dable perseguir cómodamente en seccio¬
nes espesas al través de la cicatriz y dentro del cabo periférico hasta los mismos
aparatos terminales.
Recordemos ahora algunos antecedentes del problema de la regeneración de
los nervios.
Los patólogos y fisiólogos de la primera mitad del siglo pasado (Waller, Vul-
pian, Ranvier, Brown-Sequard, Münzer, etc.), pusieron de manifiesto el siguiente
hecho; cuando en un mamífero joven se corta un cordón nervioso, la porción de
éste situada más allá de la sección (el cabo periférico) degenera y muere rápida¬
mente, reabsorbiéndose progresivamente las reliquias del axon y míelina; mientras
que, meses después, tanto la cicatriz intermediaria o internerviosa, como el cabo
periférico, ofrecen numerosas fibras neoformadas que restabl ecen total o parcial¬
mente la sensibilidad y motilidad del miembro paralizado.
¿En virtud de qué mecanismo histológico se restaura el cabo periférico destrui¬
do y se regeneran las terminaciones nerviosas en músculos y superficies sensibles?
Las soluciones propuestas giraban todas en torno de estas dos: la teoria de la
continuidad o monogenisfa, sostenida por Waller, Münzer, Ziegler, Ranvier, Ván-
lair, Stroebe, Kolliker, Mott, Halliburton, Harrison, Lugaro, etc.; y la teoria de ta
discontinuidad o potígenista, proclamada por algunos fisiólogos (Vulpian, Brown-
Sequard, Bethe) y por buen golpe de anatomo-patólogos y patólogos (Büng-
ner, Wietting, Ballance, Stewart, Marchand, Medea, etc.).
Los mantenedores de la primera solución sostenían que las fibras neoforma¬
das del cabo periférico representan simplemente la prolongación, por vía de brote
y crecimiento progresivo, de los cilindros-ejes del cabo central, los cuales con¬
servarían plena vitalidad gracias a su continuidad con la neurona de origen o cen¬
tro trófico; mientras que los adeptos del poligenismo, o de la segunda teoría, afir¬
maban resueltamente que las fibras regeneradas resultan de la diferenciación y
sucesiva transformación de las células de revestimiento de los tubos nerviosos
viejos (núcleo y protoplasma en vías de división de los corpúsculos de Schwann).
Estas células dispondríanse al principio en cadena o cordón protoplásmico maci¬
zo, dentro de cuyos anillos surgirían progresivamente, por un acto de diferencia¬
ción, sendos trozos axónicos ulteriormente fundidos en filamento continuo y, al
fin, reunidos con los extremos axónicos libres del cabo central.
Entremos ahora en algunos desarrollos acerca de las pretendidas pruebas pre¬
sentadas por Bethe y sus principales corifeos.
mn„+oo D», ,• iitvcaugaciunes reproaucienrío íntegramente los experi-
ntos de Phyhppeaux y Vulpian, esto es, resecando en mamíferos de pocos días
RECUERDOS DE MI VIDA
349
trozos de nervio ciático y apartando y ocultando los cabos de suerte que toda
reunión y, por tanto, todo restablecimiento de la continuidad fisiológica, fuera
imposüile.ando referidas condiciones, declaró dicho sabio que en un cierto
número de casos (no en todos, limitación muy significativa), el examen macromi-
croscópico de la cicatriz reveló interrupción absoluta de los segnientos, al mismo
tiempo que una regeneración más o menos avanzada del peiiíéiicp, como lo de¬
notó el hecho de sn excitabilidad fisiológica. Estas observaciones, así como la
comprobación de todas las fases intermedias entre las células de Schwann y los
tubos nerviosos jóvenes, fases ya señaladas por Büngner, condujéronle a suponer,
a semejanza de éste, que los nervios separados radical y definitivamente de su
centro trófico son capaces de autorregenerarse. Cada axon, pues, representaría la
obra común de muchas células de Schwann, en cuyo protopíasma, arribado a ma¬
durez, se diferenciarían ulteiiormente las neurofibnllas, signo positivo de la apa¬
rición de la conductibilidad nerviosa. .
Fundaba Bethe tan radical poligenismo, más que sobre observaciones histológi¬
cas precisas, en los resultados de los experimentos fisiológicos. Así, cuando en
cualquiera de los casos de sección nerviosa citados se excita eléctricamente el
cabo periférico autorregenerado, el animal, insensible al dolor (indicio de incomu¬
nicación sensitiva), mueve los músculos de la pierna y pie; mientras que no se
obtienen contracciones musculares si el segmento estimulado es el central. Las
excepciones de esta regla interprétalas Bethe suponiendo que, a pesar de sus pre¬
cauciones, hanse creado comunicaciones eventuales entre los dos cabos.
Comprobaciones más o menos completas de estas conclusiones fueron publi¬
cadas no sólo por los afiliados al reticuiarismo, sino, según dejo apuntado, hasta
por neuronistas tan convencidos como Marinesco y van Gehuchten. Como se ve,
la epidemia cundía y amenazaba con infestar todos los espíritus.
En esta situación del ambiente moral emprendimos en 1905 nuestras investi-
,gaciones sobre la regeneración de los nervios (1). Duraron cerca de dos años, y re¬
cayeron sobre gran número de animales (conejo, gato, perro, etc.). Las principales
conclusiones de estos estudios van condensadas en las siguientes proposiciones:
1. Cuando se corta el nervio ciático de un mamífero joven y se sacrifica el
animal varios días después de la operación, adviértese en los preparados efectua¬
dos según el citado proceder de impregnación, que gran número de los cilindros-
ejes del cabo central son asiento de un fenómeno muy activo de retoñamiento.
Este retoñamiento se efectúa de dos maneras: a, la fibra o fibras nuevas poseen
carácter de terminales y brotan del cabo ensanchado del axon viejo; b, los nuevos
conductores representan ramas colaterales nacidas en ángulo recto o agudo del
antiguo cilindro-eje. En qmbos casos, las ramas neoformadas afectan aspecto se¬
mejante a las fibras de Remak, es decir, que carecen de vaina medular, invaden
el exudado interpuesto entre los cabos nerviosos,, se ramifican a m.nudo en su
camino, y, en fin, acaban libremente a favor de una maza o botón terminal, espe-
(1) Una extensa relación da nuestras observaciones, ilustrada con profusión de grabados, fué publi.
•cada, bajo el título de Mecanismo de la degeneración y regeneración de los nervios, en Trabajos del
í,ab. de Investig. biol., tomo IV, 1905. Bajo la forma de resumen, aparecieron también estos trabajos en
.«1 Boletín del Instituto de Alfonso XIII, números 2 y 3 de 1905. En fin, oirá comunicación complemen¬
taria cierra nuestra investigación sobre el argumento, a saber: Les metamorphoses précoces des neurofl-
■brilles dans la régénération et la dégénéraiion des nerfs. Trab. del Lab. de Investig. biol,, tomo V
dase 2, 1907. ’
Añadamos aún que de los referidos estudios salió a luz una traducción alemana, bajo la forma de
libro; y que, en fia, acerca del tema de la Regeneración de los nervios versó también nuestro discurso
-de ingreso en la Academ a de Medicina de Madrid. Esta o ación,' leída en 30 de junio de 1907, fué hon¬
dada y enaltecida con un bellísimo discurso de contestación de D. Federico Olóriz, el ilustie anatómico
ale San Carlos.
350
S. RAMÓN Y CAJAL
Cié de ariete, destinado a empujar las cédulas mesodérmicas y a fraguar una ruta.
'”t''I?íll^rev'iSe ciertf parala resolución del problema debatido, pues-
cilindfos-ejes neolormados. Esta tumefacción representa nuestro cono de creci-
las fibras nerviosas neoformadas. asi como sus-
bolones terminales, carecen de núcleos o de células de Schwann; pro desde el
terceOfo cumto día en adelante, los corpúsculos conptivos embrionarip son
atraídos v aparecen en torno de los axones desnudos núcleos marginalp. Esta pre¬
cedencia formativa de los axones regenerados sobre los corpúsculos de Schwann,.
SSromete singularmente la teoría catenaria, pues demuestra que durante as
primeras fases de la evolución de las fibras, faltan por completo las cadenas celu-
la.e^ (véa^e_ las figs ^ fibras neoformadas durante los seis días si¬
guientes a la interrupción nerviosa, reconócese fácilmente que los conos termina¬
les crecen al azar en el sentido de la menor resistencia: un gran numero de el os
retro^^rada, tanto dentro del cabo central, donde se remontan mucho, como en los
territorios perinerviosos; otra parte de estos conductores, desorientados y erran¬
tes, detiénense ante los obstáculos, trazan revueltas complicadas y se pierden, en
definitiva, para los efectos de la neurotización del cabo periférico. Tales axones-
extraviados, muy abundantes en los casos de resección de nervios o de aparta¬
miento intencional de los cabos nerviosos, caracterízanse por exhibir una maza o
esfera terminal gigantesca capsulada, frecuentemente en vías de degeneración..
Estas ^bolas finales enormes pertenecen a fibras detenidas en su crecimiento
(fig. 12u, c).
4. Transcurridos diez o doce días en los animales adultos, y seis o siete en;
los de pocas semanas, las fibras jóvenes no extraviadas, errantes por el tejido
cicatricial intercalar, asaltan los estuches del cabo periférico, dentro de los cuales -
caminan, apartando a su paso los detritus de mielina todavía no reabsorbidos. Al
nivel de los obstáculos, las nuevas fibras se dividen a menudo, y las ramas mai-
chan flexuosas, caminando indiferentemente, tanto por las bandas de Büngner,.
como por sus intersticios (fig. 119, é, c).
5. Cuando, repitiendo el experimento de Vulpian, Brown-Sequard, Bethe,.
etcétera, tras la interrupción traumática de un nervio se interponen obstáculos a
la reunión inmediata de los cabos nerviosos, obsérvase frecuentemente, dos o tres
meses después de la operación, una regeneración muy avanzada del segmento-
periférico. Examinado éste con ayuda de nuestro proceder de teñido, percíbense
en su interior numerosos axones jóvenes que se terminan constantemente, y 3l
niveles diferentes, dentro del cordón nervioso periférico, a favor de un menudo-
botón de crecimiento o de un espesamiento fusiforme tfig. lly, /).
La exploración de la extensa y accidentada cicatriz que junta los cabos ner¬
viosos distantes, revela, no la ausencia de fibras nerviosas unitivas, según admi¬
tían arbitrariamente los partidarios de la teoría catenaria, sino un plexo nervioso
complicado, formado por hacecillos de fibras am.eduladas, y extendido sin inte¬
rrupción desde el cabo central al periférico.
6. Las fibras nerviosas neoformadas dividense repetidamente en la cicatriz,,
y muy especialmente en la frontera del cabo periférico, donde, frecuentemente,
cada axon grueso se resuelve en un bouqaet de finas ramillas terminales. Las ramas-
generadas por cada axon no van consignadas a un solo tubo viejo, antes bien, se
reparten en varios de los vacíos estuches; de donde resulta que, un grupo relati¬
vamente pobre de axones aferentes, puede inervar buena parte del nervio dege¬
nerado (fig. 119, 6, d), Notemos que las consabidas ramas, siempre orientadas
hacia la periferia, así como sus mazas libres, son hechos absolutamente inconci¬
liables con la teoría catenaria.
- proceso de la multiplicación de las células de Schwann del cabo perifé¬
rico obedece, verosímilmente, no al fin de producir cadenas de elementos trans¬
formables por autorregeneración, según afirman Büngner y Bethe, en cilindros- ejes,.
recuerdos de mi vida
351
Salas «»«= i»''*'
nes errantes por la cicatriz.
Deio dicho va que un joven investigador italiano, Aldo Perroncito (1), discípulo
del ilustre histólogo de Pavía, sirvióse también del método de nitrato de plata
reducido (cuya utilidad para las investigaciones anatomopatologicas fué ya anun¬
ciada por mí en 1904), para el estudio de la regeneración de los nervios. Las
conclusiones a que llegó este sabio coincidieron casi exactamente con las mías,
salvo haber logrado sorprender la existencia de divisiones y de ramas neoforma-
das en el cabo central en fecha más temprana que yo, es decir, desde el segundo
día de la sección, y haber descrito perfectamente las formas iniciales de los haces
y ovillos nerviosos, señalados por diversos autores y detalladamente descritos
por nosotros (figs. 120 y 121, C).
Mi aludido trabajo sobre la Regeneración de los nervios tuvo por objetivo esen¬
cial conseguir la prueba objetiva de que las nuevas fibras aparecidas en el cabo
periférico de un nervio cortado representan incontestablemente brotes axónicos
del cabo central. En cambio, descuidamos algo el examen de los actos iniciales de
la regeneración misma (comportamiento de los axones del cabo central durante
los dos primeros días), tema muy ilustrado, según dejamos dicho, por Perroncito.
A subsanar esta falta se encaminó cierta comunicación publicada en 1907 (2). En
ella, además de comprobar algunos hechos interesantes señalados por el joven
discípulo de Golgi, pusimos de manifiesto:
1. Que los primeros retoños del cabo central brotan de preferencia al nivel
de los espesamientos axónicos vecinos del disco de soldadura (tubos medulados).
2. Que los cilindros-ejes del cabo periférico no mueren instantáneamente al;
ser bruscamente interrumpidos de su centro trófico; antes bien, pasan, señalada¬
mente en la vecindad de la cicatriz, por cierto proceso agónico, durante el cual
ensayan la formación de mazas de crecimiento, botones y ramificaciones, produc¬
ciones efímeras y frustradas por no ser influidas por efluvios vivificantes emana¬
dos del centro trófico (neurona con su núcleo).
3. Que cuando el axon muere súbitamente por aplastamiento u otras injurias^
traumáticas, el protoplasma necrosado, de aspecto pálido y granuloso, es frecuen¬
temente invadido por neurofibrillas aisladas, de reciente formación, las cuales
acaban mediante anillos, asas y otras figuras (véanse en la figura 123, a, c, d, los
curiosos retoñamientos intra-axónicos de las neurofibrillas nacidas en la porción
viva del axon). Semejantes fenómenos se desarrollan también en el cabo periférico^
de los nervios cortados (fig. 1 12, a).
4. En fin, que estos y otros actos vegetativos de neurofibrillas aisladas, así
como los fenómenos más atrás señalados de metamorfosis del esqueleto neurofi-
brillar del soma neuronal (rabia, acción del frío, etc.), implican la idea de que las
hebras del axon coloreables por la plata se componen de unidades vivientes infi¬
nitesimales, las neurobionas, capaces de crecer y multiplicarse con relativa auto¬
nomía en el seno del neuroplasma, y susceptibles de disponerse, según las cir¬
cunstancias, en colonias intra-axónicas de variable arquitectura. La mencionada
hipótesis de las neurobionas, explicativa de muchos cambios estructurales de las
neuronas, fué acogida simpáticamente por los autores.
(1) A. Perroncito: Sulla qnestione della rigenerazione autógena delle übre nervose. Nota preven¬
tiva. Boll.^ della Societá Medico chirurgica di Pavía. Seduta 19 Maggio, 1905 (Publicado en Septiem-
de 190d.) Un trabajo extenso y con grabados apareció en 1906. del cual se publicó traducción en-.
Bettrage zur pathol. Anat. u. zur Allgem. Pathologie v. Ziegler, Bd. XLII, 1907.
(2) Cajal: Les metamorphoses précoces des neuroflbrilles, &. Trab. del Lab., tomo V, 1907.
:352;
S. RAMQIi y CAJAL
A causa de estos trabajos, buen número de autores regresaron al neuronismo.
Entre los arrepentidos recordamos a Dorhn, Levi, Marinesco y van Gehuchten.
Siguieron luego los trabajos de confirmación de Guido Sala, Nageotte, Minea, Lu-
garo, Dustin, Sala y Córtese, Modena, y sobre todo de Tello, a quien debemos un
brillante estudio sobre la regeneración de las placas motrices y terminaciones sen¬
sitivas (1). Ni hay que olvidar aquellos que, sirviéndose de otros métodos, apoya¬
ron el monogenismo: Krassin, Mott y Halliburton, Stewart, Poscharisky, Edmont,
Etuart, etc. La opinión reaccionó, al fin, vigorosamente en favor de la doctrina clá¬
sica del desarrollo continuo o monogenista.
Hasta Alfredo Bethe, el batallador campeón del catenarismo, en sus réplicas,
no exentas de vivacidad y acrimonia, y señaladamente en cierto trabajo poléinico
aparecido en 1907, mostróse bastante conciliador, pues no negaba ya la capacidad
regenerativa de las fibras del cabo central ni la llegada de sus brotes hasta las fron¬
teras del cabo periférico; limitábase solamente a defender la necesidad del con¬
curso de las células de Schwann de este último segmento para hacer efectiva la
restauración nerviosa. Algún tiempo después, apremiado quizá por los argumentos
¡irrebatibles aducidos por Perroncito, Lugaro, Marinesco y nosotros, el inquieto
fisiólogo de Estrasburgo tomó el partido de abandonar el campo (2). ¡Victis honos!
Añadamos aún que autoridades tan prestigiosas como Retzius, v. Lenhossék,
Echiefferdecker, Edinger, Heidenhain, VerAvorn, Harrison, etc., que asistieron de
lejos, aunque con simpática atención, a los incidentes del debate, adoptaron explí¬
cita o implícitamente en sus escritos la doctrina monogenista o de la continuidad.
Huelga decir que la maltratada concepción neuronal salió de la prueba fortale¬
cida y subyugante. Lejos de hallar, según esperaban sus adversarios, en el tema
de la regeneración nerviosa insuperables dificultades, encontró, por el contrario,
nuevos argumentos, a cuya luz no pocos fenómenos enigmáticos de la estructura
y mecanismo vegetativo del protoplasma nervioso recibierori inesperados esclare¬
cimientos.
El otro trabajo aludido al principio del presente capítulo versó sobre la Géne¬
sis de los nervios y expansiones neuronales en el embrión (3). Según era de presu¬
mir, conseguí corroborar, con ayuda del nuevo método, todas las interesantes re¬
velaciones hechas de 1890 con auxilio de la reacción cromo-argéntica. Y después
'^e señalar e impugnar errores de interpretación en que, engañados por técnicas
imperfectas, cayeron Balfour, Beard, Dorhn, Patón, Capobianco, Fragnito, Besta,
J^ighini, O. Schulze, etc., logré sentar las siguientes conclusiones:
representa constantemente una prolongación primaria del
neuroblasto o célula nerviosa embrionaria, según descubrió His y confirmamos
nosotros, Lenhossék, Kólliker, Harrison, etc. (fig, 124, A, a).
(1) F. Tello: Dégénérationetrégéttération des plaques motrices aprés la sectíon des nerfs. Trdb.
•del Lab. de Invest. biol.,tomoV, 1^7.
F. Tello; La régénéraüón dans les fuseaux de Kühne. Trab. del Lab.de Invest. biol., fase. 4, vo^
lumen V, 1907.
(2) Así me lo anunció varios años después, no sin algún dejo de melancolía, al acusar amablemente
recibo de mi obra en dos volúmenes Begeneración y regeneración del sistema nervioso. Recientemente,
-con una nobleza de carácter que le honra, afirma ya que en la mayoría de los casos por lo menos las
-fibras del cabo periférico proceden del central. Vease: Libro en honor de S. R. Cajal. 1923.
(3) Cajal; Génesis de las fibras nerviosas del embrión y observáciones contrarias a la teoría catena*
^a. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo IV, 1906.
RECI^í-RDOS de mi vida
353
Ai Oiip todas las vías nerviosa. - primeramente aparecidas, desde el tercer día
<le liinXctón en ISo. e" el eje'^ cerebro-raquídeo constan exclusivamente
<ie axones continuos sin el menor rastro de núcleos ni de cadenas celulares.
c) Oue asimismo faltan dichas cadenas celulares en los nervios o vías nervio¬
sas extScentrales, siendo escasísimos al principio los núcleos de origen mesodér-
raico (del tercero al cuarto día de la incubación) intercalados en ellas.
d) Que el nervio óptico carece al prinapio de todo núcleo intercalar.^
í) Oue las dendritas se forman posteriormente al axon, resultando del estira¬
miento en direcciones múltiples del protoplasma neuroblástico, y no por oposición
<le materia diferenciada ni por fusión de senes celulares.
f) Que las neurofíbrillas se diferencian primeramente en la porción del neuro-
blasto donde surge el cono de crecimiento, extendiéndose después a lo largo del
-axon rudimentario y modelando dentro del cono mismo una especie de pincel o
-paquete fusiforme. . , ^ -j u-u
g) Que algunos axones, durante su marcha al través de los tejidos, .exhiben
nina maza terminal o hinchazón olivar libre, semejante a la peculiar de las fibras
aierviosas en vías de regeneración (más adelante interpretamos estas tumefacciones
finales corno conos de crecimiento de axones extraviados e hinchados por deten¬
ción en su marcha) (fig. 125, a). , ^ t •
Omitimos aquí la enumeración de muchos datos referentes a las metamorfosis
del armazón neurofibrillár de las neuronas, al crecimiento y complicación estruc¬
tural de los nervios, a la aparición de las terminaciones nerviosas sensoriales (re¬
tina y aparato acústico), a la diferenciación de las neuronas de los ganglios raquí¬
deos, etc., etc.
Un resumen de estas investigaciones (confirmadas en principio por Held, se-
•gún veremos más adelante) fué comunicado a la Sección anatómica del Congreso
internacional de Medicina celebrado en Lisboa en abril de 1906.
Ardía yo en deseos de ensayar la nueva fórmula en el análisis de las degenera-
idones y regeneraciones de las vias centrales, tema sobre el cual habíanse publicado
infinidad de monografías (Eichorst, Stroebe, Schiefferdecker, Kahler, Homen, Lo-
wenthal, Zieglér, Coén, Barbacci, Lugaro, Nageotte, etc.).
Aunque con algunas vaiiantes de apreciación, casi todos los autores conve¬
nían en que es imposible la regeneración de la substancia blanca de la médula es¬
pinal, cerebro, cerebelo, etc., acaso por ausencia de elementos orientadores o cé¬
lulas de Schwann. Mis observaciones, recaídas en el nervio óptico y médula espinal,
<;onfirmaron en principio la precedente conclusión; pero demostraron también que
la irreg -nerabilidad no es ley fatahe ineluctable, sino resultado secundario del am¬
biente físico o químico desfavorable al crecimiento de los retoños. En el cabo cen-
-tral de los axones cortados prodúcense también mazas y botones de crecimiento
•que penetran en la cicatriz; de estos conos emanan aveces proyecciones secun¬
darias prolijamente subdivididas. Mas, en virtud de causas desconocidas, días des¬
pués de la lesión, los brotes axónicos recién formados se marchitan sin cruzarla
•cicatriz, acabando por reabsorberse.
Durante el año de 1907 di también a la estampa otras monografías, sobre cuyo
contenido no puedo insistir aquí. Citemos un trabajo efectuado con la colabora¬
ción de Rodríguez Hiera (1) sobre lo estructura comparada del cerebelo- otro con¬
cerniente al aparato reticular interno de Golgí-Holmgrem (2). teñido mediante cier¬
ta vanante especial del método del nitrato de plata reducido; algunas notas ml-
l’écorce cérébelleuse.
sur la structure de ]
^ m Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo V, 1907
23
35-^
S. RAMÓN y CAJAL
en,/»» O, con
matográficade copias de las
exploración sobre la * reírncctón del cabo central del axon
belo (2) (descubniniento de tórrantos */iynddn (3) destinadas
y de otros curiosos fenómenos), alguna «n dos artículos de carácter
iTa.iécnica de las impregnaciones argénticas;^ dos
polémico publicados en el ^.^^cep-
Constituye el primero (,) ardoros y . ^ rnasa de pruebas corcor-
ción neuronal de His y Forel, ^gis y ¿el mecanismo de la regene-
dantes deducidas del proceso de .a n § publicado simultáneamente ea
ración dé los nervios. En el f *“"f H. Held, defensor de
Alemania y España se responde^ aer c significativas y convln-
lavieia y abandonada teoría de Hen^ „s„„i,tostos y la dlferendacoir
diremos algo más adelante.
(1) Cajae: Notes „slcrophotographi,ues. (Avec 6 gravares.) T.ab. Xa.. Xn.ea. Mol.,.
'°“(2)^cÍ!!L:Notesurladégénéresceacetraumatiquedesfibres nerveuses du cervelet et du cerveau.
boratorio de Invest. biol.,totnoV, 1907 . His iind Forel Mit. 24 abbiíd. .d.í2aí.^
(4) Cajal: Die histogenetische Beweise der Neurontheone.von Hi.s und Forel. mu.
«volrt» ”“7;'’““ “"Tm‘ “
l’hipothtseneurogéiiéiiquedeHenseii-Held.(Avecl6graviires.) Ti-afi, e a . e ne . ,
y A'iiat. Ameiger.Bá. ‘¿7,IQ0^.
CAPITULO XXII
DURANTE EL BIENIO DE 1905-1906, SOY FAVORECIDO POR HONORES Y RECOMPENSAS
INE PERADAS— LA MEDALLA DE ORO DE HEL^HOLTZ Y EL PREMIO NOBEL.— FElI-
CIT CIONES Y AGASAJOS A GRANEL.— INCONVENIENTES DE LA CELEBRIDAD.— MI
VIaJE a ESTOCoLMO: CEREMONIAS, FESTEJOS Y DISCURSOS. MISERIA DE NUESTRA
REPRESEN rACIÓN DIPLOMÁTICA.— MO^ET, QUE ME DISPENSÓ SIEMPRE ATENCIO¬
NES INMERECIDAS, PRETENDE HACERME MINISTRO.— ASOMBRO DE ALGUNOS PO¬
LITICASTROS AL SABER QUE RECHAZABA TAN CODICIADA PREBENDA
En febrero de 1905 recibí gratísima nueva. En recompensa de mis modestos
trabajos científicos, una de las Corporaciones científicas más prestigiosas
del mundo, la Real Academia de Ciencias de Berlín, por acuerdo tomado a
fines de 1904, tuvo la bondad de adjudicarme la medalla de oro deHelmholtz. Lle¬
góme tan lisonjera noticia por comunicación del Ministro de Estado, acompañada
de la comunicación oficial de la Embajada alemana en Madrid (1). Pocos días
después transmitíame esta Embajada, además del Reglamento de la Institución
del premio Helmholtz, dos enormes medallas: una de oro, de peso de 620 gramos^
y otra de cobre, copia de la anterior. Según nmestra el grabado adjunto, en el
anverso aparece la efigie del genial físico alemán, y en el reverso la inscripción:
Ramón y Cajal. Año 1904.
Al pronto no me di cuenta cabal de la importancia y alcance de tan honorífica
distinción. Adquiridos antecedentes por la lectura del citado Reglamento, quedé
pasmado al saber que la susodicha medalla se otorgaba cada dos años al autor
que hubiere dado cima a más importantes descubrimientos en cualquiera rama
del saber humano. Con asombro, y rubor leí la lista de los laureados.
Instituida la medalla en 1892, en vida del ilustre físico alemán, fué adjudicada
nada menos que a E. du Bois Reimond, Weierstrass, Robert Bunsen y Lord Kel-
Tq" o Helmholtz, siguió otorgándose a sabios del tenor siguiente: en
18.8, a R Virchow; en 1900, a Sir C. G. Stockes; en 1906, a H. Becquerel; en 1938,
a . Fischer; en 1910, a J. H. van Hoff; en 1912, a Schevendener, etc...; todos lum-
investigadores y creadores geniales. Sonrojado estaba al figu¬
rar en la lista de tan gloriosos iniciadores científicos.
modestia hasta considerarme exento de merecimientos-lo que
® doctísima Academia berlinesa-séame licito sospechar
q a propuesta de 1904 entró por mucho el cordial afecto y sincera estima-
di La comunicación oficial de la Academia lleva la fecha de 26 de enero de 1905,
356
S. RAMÓN Y CAJAL
ción con que me distinguía el ilustre Dr. Waldeyer, firmante, a título de Secretario
de la Presidencia, de la mencionada comunicación académica.
Divulgada la noticia por la Preiisa, que la aderezó con generosos y entusiastas
elogios tuve que hacer frente al inevitable alud de felicitaciones y mensajes con¬
gratulatorios, d:sde el enviado en nombre de S. M. el Rey por su Secretario señor
Merry del Val, hasta los recibidos de las más modestas Corporaciones populares.
Todos fueron fervorosa y cordialmente agradecidos (1).
Transcurridos algunos meses, y cuando el ánimo reposado y tranquilo volvia a
saborear las cautivadoras sorpresas del trabajo concentrado y lácim, cierta ma¬
ñana de octubre de 1906 sorprendióme, casi de noche, cierto lacónico telegrama
expedido de Estocolmo y redactado en alemán. El texto decía solamente:
Caiolinische Instituí verliehen Sie Nobelpreiss.
Firmaba mi simpático colega Emilio Holmgren, Profesor de la Facultad de Me¬
dicina. Poco después recibí otro telegrama de felicitación de mi entrañable amigo
el profesor G. Retzius. En fin, transcurridos algunos dias, llegó a mi poder la co¬
municación oficial i 2) del Real Instituto Carolino de Estocolmo, Corporación a cuyo
cargo corría la adjudicación del premio Nobel para la Sección de Fisiología y Me¬
dicina. Aparte la honra inestimable que se me dispensaba, el citado premio tenía
expresión económica nada despreciable. Al cambio de entonces, equivalía en es¬
pecies sonantes a uno? 23.000 duros. La otra mitad fué muy justamente adjudica¬
da al ilustre Profesor de Pavía Camilo Golgi, creador del método con el cual di yo
cima a mis descubrimientos más resonantes.
Si la medalla de Helmholtz, galardón puramente honorífico, causóme halagüeña
impresión, el piemio Nubel, tan universalmente conocido como generalmente co¬
diciado, prodújome un sentimiento de contrariedad y casi de pavor. Tentado estu¬
ve de rechazar el premio por inmerecido, antirreglamentario, y, sobre todo, por
peligrosísimo para mi salud física y mental. Interpretando a la letra el Reglamento
de la institución Nobel, parecía imposible otorgarlo por la Sección de Medicina y
Fisiología a los histólogos, embriólogos y naturalistas. Por eso, hasta entonces
habíanse solamente adjudicado a bacteriólogos, patólogos y fisiólogos.
Ante la perspectiva de felicitaciones, mensajes, homenajes, banquetes y demás
sobaduras tan honrosas como molestas, hice ios primeros días heroicos esfuerzos
por ocultar el suceso. Vanas fueron mis cautelas. Poco después, la Prensa vocin¬
glera lo divulgó a los cuatro vientos. Y no hubo más remedio que subirse en pea¬
na y convertirse en foco de las miradas de todos.
Metódica e inexorablemente se desarrolló el temido programa de agasajos:
(11 Mención especial merecen, entre otros obsequios. la artística placa conmemoraUva, ofrendada
por los alumnos de la Facultad de Medicina de Madrid (26 de enero de 1905), distinción que vino a ha-
car pendant en mi despacho con otra preciosa joya de la orfebrería catalana con que me agasajó en 1904
la Academia Médico-farmacéutica de Barcelona.
(2) He aquí el texto del documento, redactado, por cierro, en limpio castellano; «El Instituto Caro-
lino de Medicina y Cirugía, que en virtud del testamento otorgado el día 27 de noviembre de 1894 por
D. Alfredo Nobel, está facultado para recompensar, con el premio fundado por el citado señor el descu¬
brimiento científico más importante que durante los últimos tiempos haya venido a enriquecer la. Fisio¬
logía y la Medi ina, ha acordado ei día de la fecha conceder a D. Santiago Ramón y Cajal la mitad del
premio correspondiente al año de 19(16, en a>ención a sus meritorios trabajos sobre la estructura del siste
ma nervioso. Estocolmo, 25 de octubre de 1906. El Claustro de Profesores del Imtituto Carolino de Medi.
May Cirugía^.
recuerdos de mi vida
367
Telegramas de felicitación; cartas y mensajes congratulatorios; homenajes de
alumLs y profesores; diplomas conmemorativos; nombramientos
SrooracLLs científicas y literarias; calles bautizadas con mi nombre en c uda-
des V hasta en villorrios; chocolates, anisetes y otras pócimas, dudosamente hi¬
giénicas, rotuladas con mi apellido; ofertas de pingüe "" 3"/""
arriesgadas o quiméricas;demanda apremiante de pensamientos P^^ I
colecciones de autógrafos; petición de destinos y sinecuras...; de todo hubo y a
todo debi resignarme, agradeciéndolo y deplorándolo a un tiempo, con la sonrisa
en los labios y la tristeza en el alma (1). En resolución, cuatro largos meses gasta¬
dos en contestar a felicitaciones, apretar manos amigas o indiferentes, hilvanar
brindis vulgares, convalecer de indigestiones y hacer muecas de simulada satis¬
facción. ¡Y pensar que yo, para garantizar la paz del espíritu y huir de toda posi¬
ble popularidad, escogí deliberadamente la más obscura, recóndita y antipopular
de las ciencias!... . , j-
No incurramos, sin embargo, en exageraciones que en el caso actual pudieran
sonar a ingratitudes. Ni es licito extremar los fueros del egoísmo. Fuerza es reco¬
nocer que los honores rendidos a los hombres que por algún concepto persiguie¬
ron el enaltecimiento de su patria, son éticamente bellos y eficazmente ejemplares:
brotan de sentimientos de solidaridad y veneración harto nobles pa^a ser vitupe¬
rables. Toda alma bien nacida debe agradecerlos y rememorarlos. Pero las gentes
latinas somos extremosas en todo. En contraste con la moderación y frialdad de
los pueblos del Norte, carecemos del sentido del límite y de la medida. Y lo que
comenzó por ser ofrenda halagadora, acaba por resultar importunidad mortifican¬
te. En España— y díganlo si no los Echegaray, los Qaldós, los Benavente (2), los
Cávia y otros muchos ¡nsiamente homenajeados — , para salir con bien de los ob¬
sequios y agasajos de amigos y admiradores, hay que tener corazón de acero, piel
de elefante y estómago de buitre. Al dulzor de los primeros momentos síguese
cierta apacible amargura. Al modo de la amistad vehemente y ruda, entre nosotros
la fama estruja al acariciar: besa, pero oprime. Nos arrebata las suavidades del
hábito; turba la paz del espíritu; coarta el sacrosanto albedrío, convirtiéndonos en
blanco de impertinentes curiosidades; pone en riesgo la humildad, obligándonos
(1) No todos los agasajos se redujeron a corteses enhorabuenas y a efímeras efusiones de banquetes
conmemorativos. Algunos homenajes tuvieron valor material positivo, aparte su alta significación espi¬
ritual. Eecordemos la gran medalía de oro, esculpida por ei genial artista Mariano Benlliure, costeada
por suscripción entre los alumnos, profesores de San Carlos y muchos médicos de Madrid; el magnífico
Album, verdadera joya de arle, avalorado con primorosas acuarelas, ofrecido por todas las Corporacio¬
nes y fuerzas vivas de la cultísima Valencia; el diploma honorífico, admirablemente decorado, remitido
por los médicos españoles de Buenos Aires, los cuales, deseosos además de colaborar materialmente en
algunas de mis investigacianes lientíficas, abrieron suscripción pública para costearla publicación de
uno de mis libros (de esta obra, publicada en 1910, trataremos más adelante), etc.
Excusado es decir cuán vivo agradecimiento guardo de todos esos y otros generosos regalos, que con¬
servo orgulloso, no sólo como testigos de mi buena estrella, sino del fervoroso patriotismo de muchos
excelentes españoles de aquende y allende el mar, ios cuales, inspirados en nobilísima solidaridad espi¬
ritual, estiman como propia toda honra rendida en el extranjero a uno de sus hermanos.
(2) Cuando esto escribo he sabido que ha sido adjudicado a Benavente el premio Nobel de Literatura.
No es cosa de dar el pésame al ingeniosísimo dramaturgo, pero sí de rogar a Dios le otorgue la fortaleza
indispensable para resistir las caricias de sus entrañables cofrades, como se la concedió a Echegaray—
otro prernio Nobel— para soportar durante su melancólico atardecer la creciente marea de una crítica
apasionada, que se ensañaba con los defectos de la obra del maestro— en gran parte imputables a las
en encías románticas de la época— y callaba pérfidamente las incomparables bellezas de pensamiento
y de estdo que la esmaltan.
S. RAMÓN X CAJAL
3®
de continuo a pensar y hablar de nosotros; y, en fin, altera la trayectoria de nues¬
tra vida, torciéndola en caprichosos e inútiles meandros.
A fuer de sincero, debo confesar algo que acaso haga sonreír irónicamente al
lector. Como insinué hace poco, el premio Nobel prodújome más miedo que ale¬
gría. Medallas, títulos, condecoraciones, son distinciones relativamente toleradas
por émulos y adversarios. Pero un gran premio pecuniario!... La honra opulenta es
algo irritante y difícilmente soportable.
Hay, por otra parte, un gran fondo de verdad en el dicho vulgarísimo de que la
adversidad sigue a la ventura como la sombra al cuerpo. Ambas parecen, en efec¬
to, constituir fases alternativas déla irremediable ondulación del humano destino.
Y no por la influencia de los quiméricos hados, sino porque la fortuna excesiva
tiene la nefasta virtud de cambiar los sentimientos de los hombres. Ya lo dijo Sé¬
neca— y perdóneseme la pedantería— en forma insuperable: «Conforme crece el
número de los que admiran, crece el de los que envidian. Puse todo mi empeño en
levantarme sobre el vulgo, haciéndome notable por alguna particular cualidad, y
no conseguí sino exponerme a los tiros de la envidia y descubrir al odio la parte
en que podía morderme».
¿Cómo tomarán— me decía — mis contradictores extranjeros los dones de mi
buena estrella? ¿Qué dirán de mí todos esos sabios cuyos errores tuve la desgra¬
cia de poner en evidencia? ¿Cómo justificar a los ojos de tantos preclaros investi¬
gadores preteridos, cuyos superiores merecimientos me complazco en reconocer,
las preferencias del Instituto Carolino? En fin, y volviendo los ojos a nuestra que¬
rida España, ¿qué haría yo para consolar a ciertos profesores— algunos paisanos
míos—, para quienes fui siempre uná medianía pretenciosa, cuando no un mente¬
cato trabajador? Porque— ¡doloroso es reconocerlo!~los mayores enemigos délos
españoles son los españoles mismos. ;
Luego vetemos que mis recelos estaban justificados y que los disgustos co¬
menzaron ya durante mi estancia en la capital de Suecia. Y no ciertamente a causa
de los sabios suecos, modelo de cortesía y buen sentido, sino del extraño carác¬
ter del copartícipe del premio, uno de los talentos más engreídos y endiosados
que he conocido.
Pero, descartando comentarios prematuros, digamos algo de mi viaje. Ordenan
los Estatutos de la Institución Nobel que los laureados concurran personalmente
a la solemne ceremonia del reparto de los premios, que se celebra todos los años
el 10 de diciembre, aniversario de la muerte de Alfredo Nobel, y que, además, ex¬
pliquen y demuestren, en conferencia pública, lo más esencial de sus descubri¬
mientos científicos. Si a nuestro ilustre Echegaray y al altísimo poeta italiano Car-
ducci fuéles dispensado el viaje, en atención a su avanzada edad, yo no pude ni debí
sustraerme a la costumbre, que significa además obligado y cortés testimonio de
gratitud al Patronato de la Institución Nobel y a la generosidad del pueblo escan¬
dinavo.
Púseme, pues, en marcha, y llegué a Estocolmo el 6 de diciembre, días antes
del comienzo de las fiestas. Después de abrazar efusivamente a mis buenísimos
amigos y colegas del Instituto Carolino, doctor Retzius, G. Holmgrém y H. Hens-
chen, fui presentado al célebre C. Golgi, mi compañero de premio, y a los demás
profesores laureados arribados de Francia e Inglaterra. Eran éstos J. G. Thomson»
a quien se adjudicó el premio de Fislcá, por sus penetrantes investigaciones acer¬
ca de la naturaleza de la electricidad, y H. Moissan, que recibió el premio de Quí¬
mica, en consideración a su invención del horno eléctrico y a sus trabajos sobre eí
recuerdos DE MI VIDA
'859
íuor. Délo apuntado ya que el famoso O. Carduce!,
Poesía, excusó su ausencia por enfermo. En fin, el premio de la Paz fué otorgado
ai americano Teodoro Roosevelt. Esta decisión produjo asombro, sobre todo en
España. . j r
¿No es el colmo de la ironía y del buen humor convertir en campeón del paci¬
fismo al temperamento más impetuosamente guerrero y más irreductiblemente
imperialista que ha producido la raza yanqui? _
Importa consignar, en descargo del circunspecto pueblo sueco, que tan extraña
decisión fué tomada por el Storthing noruego^ a quien, según cláusula del testa¬
mento Nobel, incumbe conferir el premio de la Paz. ■ \
La ceremonia de la adjudicación de los premios fúé una fiesta pomposa y de
altísima idealidad. Celebróse, según costumbre, en el gran salón Real Acade¬
mia de Música, adornado al efecto con el busto de Nobel, aureolado de flores. Sobre
-el estrado presidencial flameaban las banderas y emblemas de Suecia y de las
naciones a que pertenecían los laureados. Presidió S. M. el Rey, acompañado de
•4os Príncipes y Princesas, con su brillante séquito, y asistieron el Gobierno, el
Cuerpo diplomático, los descendientes de la familia Nobel, altos funcionarios pa¬
latinos y militares, representación de las Cámaras suecas y del Ayuntamiento, pro¬
fesores y alumnos de la Universidad y, en fin, numerosas y elegantísimas damas.
Inició la fiesta el profesor Tórnebladh, miembro del Patronato Nobel, con un
«oble discurso, en el cual, después de trazar la historia de la fundación del pre¬
mio, hizo un elogio caluroso de la ciencia, que coronó repitiendo la conocida má-
-xima de Pastear: La ignorancia separa a los hombres, mientras que la ciencia los
-aproxima. (Lástima que esta bella máxima haya sido desmentida por la monstruo¬
sa guerra de 1914.)
Los diplomas y medallas fueron entregados personalmente por S. M. el Rey,
-que proclamó los candidatos- En cada caso, el presidente de la Academia promo¬
tora de la propuesta elogió en breve y sentida oración los méritos del recipienda¬
rio. Según era de presumir, el discurso encomiástico de los laureados de Fisiolo-
-gia y Medicina corrió a cargo del ilustre conde de Mórner, presidente del Instituto
Carolino.
Días después, celebráronse las conferencias de los candidatos premiados. En
-el día prefijado para la mía, y ante público selecto e imponente, expuse lo más
esencial de mi labor de investigador, ateniéndome estrictamente a los hechos y a
las inducciones naturalmente surgidas de los mismos. Conforme a mi costumbre,
y a fin de hacerme entender hasta de los profanos, hice uso de gran número de
cuadros policromados de grandes dimensiones. Mi lección fué, según creo, del
agrado del público. En todo caso, mereció benévolos elogios de los periódicos de
4a localidad.
De acuerdo con los precedentes, el texto de todas las conferencias fué publi¬
cado semanas después en lujosísimo volumen, adornado con bellísimos emblemas
en colores, con la copia de las medallas, los retratos de los laureados, y enrique¬
cido además con los sendos discursos de presentacíóh de los padrinos v del re¬
presentante oficial del Pafronc/o //oñe/ (1).
Impórtame hacer constar que en la susodicha conferencia hice de mi compa-
ma¿ficafcLtTrt“‘r «0^. Una tirada aparte de mi discurso, con
-tifias reprodujeron mi Z regalada por el.Patronato Nobel. Diversas Revistas cien-
fase. I, pLnze, 1907 * singularmente los ArcMmo di Fisiología, del Dr. Q. Fano, vol. V,
S. RAMÓN Y CAJAL
ñero el profesor C. Golgi el elogio cordial imperiosamente exigido por la justicia
y la cortesía. Siempre le rendí el tributo de mi admiración, y en todos mis libros
pueden leerse entusiastas encomios de las iniciativas del sabio de Pavía. Tenía,
pues, derecho a esperar de él un tratamiento igualmente amistoso con ocasión de
su discurso sobre La doctrine de neurones. Contra lo que todos esperábamos, tratO'
en ella, más que de puntualizar los valiosos hechos descubiertos por él, de sacar
a flote su casi olvidada teoría de las redes intersticiales nerviosas.
Estaba en su derecho al escoger el tema de su lección. Lo malo fué que al de¬
fender su estrafalaria lucubración — que pudo disculparse en 1886, cuando los da¬
tos básicos de la conexión interneuronal no habían sido señalados — , hizo gala de
una altivez y egolatria tan inmoderadas, que produjeron deplorable efecto en la
concurrencia. Ni por incidencia siquiera aludió a los casi innumerables trabajos
neurológicos aparecidos fuera de Italia, y aun en Italia misma, desde la remota
fecha de su obra magna sobre la fina estructura del sistema nervioso. Para el ana¬
tómico de Pavía, ni Forel, ni His, ni yo, ni Retzius, ni Waldeyer, ni Kolliker, ni van
Gehuchten, ni v. Lenhossék, ni Edinger, ni mi hermano, ni Tello, ni Athias, ni si¬
quiera su compatriota Lugaro, habíamos añadido nada interesante a sus hallaz¬
gos de antaño. Por lo mismo, se creyó dispensado de rectificar ninguno de sus
viejos errores teóricos y de sus lapsus de observador. Huelga decir que en sus di¬
bujos y descripciones del cerebro, cerebelo, médula, asta de Ammon, etc., no apa¬
recía ninguna de las disposiciones señaladas por mí y confirmadas por todosTos
autores; y cuando se columbraba alguna era artificiosamente disfrazada y falsea¬
da, a fin de adaptarla, velis nolis, a sus caprichosas concepciones. El noble y dis¬
cretísimo Retzius estaba consternado; Holmgren, Henschen y todos los neurólo¬
gos e histólogos suecos contemplaban al orador con estupor. Y yo temblaba de
impaciencia al ver que el más elemental respeto a las conveniencias me impedía
poner oportuna y rotunda corrección a tantos vitandos errores y a tantos inten¬
cionados olvidos.
No he comprendido jamás a esos extraños temperamentos mentales, consa¬
grados de por vida al culto del propio yo, herméticos a toda novación e im¬
permeables a los incesantes cambios sobrevenidos en el medio intelectual. Es
más: no acierto a concebir tampoco la utilidad positiva de semejante egocentris¬
mo. Porque todos están en el secreto y saben a qué atenerse. Para que, dentro de
lo humano, semejante actitud fuera personalmente provechosa, fuera preciso que
el progreso se paralizara, que los sabios renunciaran al privilegio de la crítica y
que el nivel mental de los investigadores descendiera tan bajo, que el talento en¬
soberbecido, en virtud de sugestión irresistible, impusiera dogmáticamente a todo
el mundo sus visiones personales. Mas como imaginar todo esto es desposarse
con. el absurdo, no concibo, repito, a menos de apelar a la psiquiatría en busca de
expresiones adecuadas, la psicología de los susodichos temperamentos. ¡Cruel
ironía de la suerte, emparejar, a modo de hermanos siameses unidos por la espal¬
da, a adversarios científicos de tan antitético carácter!
La misma olímpica altivez y pretencioso empaque mostró mi compañero en su
brindis del banquete oficial. Esta fiesta solemne fué ofrecida por los miembros de
la Institución Nobel, y a ella asistieron los Príncipes y magnates, el Cuerpo di¬
plomático y distinguidas representaciones de las Corporaciones populares y aca¬
démicas. (Por cierto que S. M., muy amable conmigo, me recordó sus viajes por
Andalucía, e hizo gentiles elogios de las bellezas de España y del carácter de sus
naturales.)
recxjerdos de mi vida
361.
A la hora de los brindis hablaron muy discreta y elocuentemente algunos Mi-
nistros, los ilustres Presidentes de las Academias y de la Institución Nobel y los.
representantes de los países a que pertenecían los pensionados (menos el encar¬
gado de la Legación de España, que excusó su asistencia). En mi honor, el pro¬
fesor Sundberg pronunció en francés un toast amabilísimo. Y después, en sendos
discursos de gracias, brindamos cortésmente todos los laureados.
Creo que no desentoné en aquel concierto de afable cortesanía y gentil con¬
fraternidad. En mi breve discurso, pronunciado en francés, puse especial empeno-
en consagrar sentido recuerdo a investigadores preclaros, tan merecedores o más.
que Golgi y yo del honroso galardón. He aquí el texto, que reproduzco para los
aficionados a la oratoria oficial, por necesidad ceremoniosa y ritualista:
Mesdames et Messieurs: Ces moments de profunde émotion ne sont pas les.
plus favorables pour extérioriser les sentiments que j’éprouve devant une aussi
brillante assemblée et dans une aüssi solennelle occasion. Je me bornerai done
tout simplement á exprimer á CInstitat Carolin ma profunde gratitude pour l’hon-
neur extraordinaire qu’il m’a fait en me décernant, conjointement ávec l’illustre
Golgi, le prix Nobel de Physiologie et de Médecine. Je dois aussi remercier de tout
mon cceur les bienveillantes et généreuses paroles que le savant président de
cette C<'rporation vient de m’adresser en son tres eloquent toast.
Les découvertes scientifiques sont presque toujours le résultat de l’ambiance
intelectuelle. C’est un labeur collectif dans lequel il est souvent difficile d’attri-
buer le mérite á un savant déterminé. L'Institut Carolin, s’inspirant d’un grand,
sentiment de justice et d’équité, a bien voulu qu’un des copartageants du prix
Nobel pour la Physiologie et la Médecine soit Tillustre Golgi, le prestigieux maitre
italien, qui par Tinvention de tres importantes méthodes de recherche et par l’es-
prit d’observation scrupuleuse et exacte, a le plus contribué á la connaissance
de la fine structure et du mécanisme fonctionnel des centres nerveux. Néanraoins,
d’autres savants ont aussi collaboré tres activement á l’ceuvre commune, et si
vous trouvez dans le réglement de l’Institution Nobel utíe borne infranchissable a.
votre génerosité et á vos sentiments d’équité, je croirais, moi, Commettre une
grave injustice si je ne rappellais pas á cette heure, les noms glorieux de His, le
génial et regretté embryologue de Leipzig; de Fore!, le savant naturaliste et neuro-
logue suisse; de v. Kolliker, le vénérable maitre, le Néstor de la micrographie á.
qui la rnort seule pút faire cesser le combat qu’il livrait á la nature vivante á la-
quelle il a arraché tant de secrets; de Ehrlich, Marchi et de Weigert, createurs des
importantes méthodes de recherches neurologiques. Je n’oublie pas non plus la
légion de jeunes et brillants professeurs tels que v. Lenhossék, Dogiel, Lugaro,
V. Gehuchten, Held, Edinger, Fusari, L. Sala, Holmgrem, etc., etc.; enfin, l’un de-
vos chercheurs des plus feconds et infatigables, l’illustre anthropologue, histolo-
systéme nerveux est rede-
vable de grandes et positives conquétes: j’ai nommé— vous l’avez tous devine
sans doute-le Professeur de Stockholm, G. Retzius.
Tous ces savants, rnéritent également le grand honneur que je suis heureux.
de partager aujourd’hui avec le maitre de Pavie, parce que, outre leurs recher¬
ches original^, tous ont contribué á suggérer, préparer et developper plusieurs
points irnportants de mes modestes décoiivertes.
ísvant mon verre pour proposer un toast á la confraternité des hom-
tí+¿ íaisant des voeux pour qu’en dépit des préjugés de nationa-
^ j s’inspirant tous du haut et géné'-eux exemple du grand
scandinave, ils se reconnaissent comme des fidéles-
voues a une oeuvre commune, qui ne peut s’affirmer et progresser
que dans un esprit collectif de justice et d’affection réciproque.
Aparte las magníficas fiestas oficiales, debemos mencionar todavía, para ser
completos, otras atenciones y finezas con que algunos sabios insignes y, en gene¬
ra , el cultísimo y hospitalário pueblo sueco, procuró amenizar nuestra estada eá
S. RAMÓN Y CAJAL
Estocolmo. Recordemos el' banquete ofrecido a los laureados por el Gonde de
JVLorner, Presidente del Instituto CaroUno, y cuya esposa e hijas, prototipos de la
espléndida belleza escandinava, hicieron a maravilla los honores de la casa; la
comida íntima con que me obsequió el Dr. Retzius, en cuyo hotel tuve ocasión de
conversar con su admirable compañera y de conocer la suave y elegante comodi¬
dad del hogar sueco; la iunción de gala ofrecida a los forasteros en el Teatro de la
Opera; la jira ala antiquísima Universidad de Upsala— el Oxford de Suecia—; la
visita al Skating-Ring, donde se cultiva el favorito deporte de los países hiperbó¬
reos; el paseo por la bahía, y, en fin, la jira al interesante Parque zoológico, donde,
entre otras curiosidades, se admira cierta colección de viviendas rústicas, con las
ingeniosas labores caseras a que, durante los larguísimos inviernos norteños, se
entrega la familia del campesino.
Para terminar el relato de mi viaje a Suecia, de cuyos habitantes guardo re¬
cuerdos gratísimos, referiré una anécdota y una observación.
Reciente la separación de Noruega, osé manifestar a un alto dignatario, a quien
tuve el honor de ser presentado, la extrañeza con que habíamos sabido en España
la impasibilidad de Suecia ante el desgarramiento de la patria común. Y el amable
-interlocutor, en vez de deplorar amargamente el hecho, según yo presumía, limi¬
tóse a contestarme, con la sonrisa en los labios; «Tontos de remate hubiéramos
-sido si, por mantener por la fuerza nuestra unión con el vecino país, hubiéramos
desnivelado nuestro presupuesto en superávit, y suspendido la triunfadora cam- '
paña emprendida en pro de la cultura general y en contra del alcoholismo».
La observación concierne a la sórdida miseria con que España costea los gas¬
tos de su representación en el extranjero. Mientras el Ministro de Suecia en Ma¬
drid y los representantes diplomáticos de Francia, Inglaterra, Italia, etc., en Esto¬
colmo se albergan en magníficos hoteles, con el decoro correspondiente a su rango,
el encargado de Negocios de España en dicha nación vegeta precariamente en un
piso segundo de modestísima casa de vecindad. Tan bochornoso contraste trajo
consigo cierta omisión, notada por muchos y poco halagadora para nuestra patria.
Rindiendo culto a la cortesía y a la costumbre, cada Ministro extranjero acredita¬
do en la corte sueca, festeja al compatriota laureado con un banquete íntimo, al
cual asiste lo más escogido ¿e colonia de la nación correspondiente. Todos
tributaron esta prueba de consideración al paisano honrado con el premio Nobel,
todos..., menos nuestro Ministro, que deplorando sin duda la falta de local deco¬
roso y de recursos suficientes, soslayó el consabido acto de cortesía. A bien que
la falta fué gentil y gallardamente compensada — no obstante la modestia de sus
medios -por el cultísimo Secretario de la Legación, Sr. R. Mitjana, quien, dicho
sea de pasada, me acompañó amablemente en mis paseos por la ciudad y en
mi visita a Upsala (hablaba el sueco) y se condujo conmigo como el más campe¬
chano y fraternal de los amigos.
Y el citado caso no es único, por desgracia. En todas las capitales visitadas
por mí (salvo París) he observado con pena que la Legación española es la más
lamentable y mezquina. Por decoro nacional, ¿no habría manera de remediar algo
i:an desairada situación?
El tercer suceso próspero — o que pudo serlo para mí — , anunciado en el suma-
■jio del presente capítulo, fué el empeño del ilustre Moret, a la sazón jefe del par-
4ido liberal, en hacerme Ministróle Instrucción pública. Ya en 1905, en alguna de
RECUERDOS DE MI VIDA
363
muestras conversaciones del Ateneo, me anunció sus deseos. Yo me limité a dar¬
le las gracias, esquivando mi respuesta con evasivas corteses. La verdad es que
ni yo me sentia político, ni estaba preparado para el arduo oficio de Ministro, ni
acertaba a descubrir en mí, al hacer examen de conciencia, las dotes en nuestro
'país indispensables para desempeñar dignamente una cartera.
Recordará el lector que cuando, en 1905, D. Antonio Maura derribó la situación
conservadora dirigida por Villaverde, subió al poder el partido liberal, bajo la pre¬
sidencia de D, Eugenio Montero Ríos. Desgraciadamente, la poderosa fuerza polí-
■tica acaudillada antaño por Sagasta, había perdido su cohesión, dividida en grupos
:atómicos. Y a la cabeza de cada fracción figuraba un prohombre aspirante a la su¬
prema jefatura.
Mientras tanto, ocurrían los vergonzosos sucesos de Barcelona (procacidad de
los catalanistas del Cut-cut e indignación patriótica, aunque inoportuna, del ejér¬
cito). Montero Ríos hubo de dimitir, y la jefatura fué transferida a D. Segismundo
Moret, leader de la más importante agrupación liberal. Preciso es reconocer que,
no obstante sus altos prestigios, el ilustre orador demócrata no dispuso nunca de
una mayoría disciplinada. Resuelto a restaurar a todo trance la unidad del partido,
concibió el plan, una vez terminados los festejos de la boda real, de disolver los
Cuerpos colegisladores y hacer nuevas elecciones. Deseaba acometer resuel¬
tamente la reforma constitucional y votar leyes de tendencia francamente demo¬
crática.
Fué por marzo de 1906 cuando, en una conferencia celebrada en su casa, me
comunicó el insigne político su pensamiento y me expresó el deseo de que le pres¬
tara mi insignificante concurso. Excusóme, como otras veces, escudado en mi
anexperiencia parlamentaria. Pero la elocuencia de D. Segismundo era terrible.
Con frase inflamada en s incero patriotismo, expuso las grandes reformas de que
estaba necesitada la enseñanza, encareciendo el honor reservado al Ministro que
las convirtiera en leyes; añadió que también los hombres de ciencia se deben a la
política de su país, en aras del cual es fuerza sacrificar la paz del hogar, cuanto
más las satisfacciones egoístas del laboratorio; y citóme, en fin, para acabar de
seducirme, el ejemplo de M. Berthelot y de otros grandes sabios, que no desde-
marón, para elevar el nivel cultural de su nación, la cartera de Instrucción pública.
Su cálidas exhortaciones hicieron mella en mi flaca voluntad. Y excitado a mi
vez por aquel verbo cautivador, tuve la debilidad de apuntarle algunas reformas
encaminadas a desperezar la Universidad española de su secular letargo: la contra¬
ta, por varios años, de eminentes investigadores extranjeros; el pensionado, en los
grandes focos científicos de Europa, de lo más lucido de nuestra juventud intelec¬
tual, al objeto de formar el vivero del futuro magisterio; la creación de grandes
Colegios, adscritos a Institutos y Universidades, con decoroso internado, jue¬
gos higiénicos, celosos instructores y demás excelencias de los similares estable-
'Cimientos ingleses; la fundación, en pequeño y por vía de ensayo, de una especie
de Colegio de Francia, o centro de alta investigación, donde trabajara holgadamen¬
te lo más eminente de nuestro profes orado y lo más aventajado de los pensionados
regresados del extranjero; la c reación de premios pecuniarios en favor de los cate-
'dráticos celosos de la enseñanza o autores de importantes descubrimientos cien¬
tíficos, a fin de contrarrestar los efectos sedantes y desalentadores del escalafón
etcétera. >
Y cuando esperaba yo que Moret se mostrara asustado ante un plan de refor¬
anas que implicaba la demanda a las Cortes de créditos cuantiosos, contestóme
364
S. RAMÓN Y CAJAL
jubiloso: —Estamos perfectamente de acuerdo. En cuanto se plantee la próxima
crisis, usted será mi Ministro de Instrucción pública.- Y embobado por la magia
de su palabra y por el ascendiente de su talento, me abstuve de contradecirle.
Semanas después (abril de 1906) asistí al Congreso médico internacional de
Lisboa. Allí, lejos de la fascinadora sirena presidencial, recapacité seriamente
acerca del arduo compromiso en que me había metido. Y acabé por advertir que,
desorganizado el partido liberal, era quimera esperar el logro del decreto de diso-^
lución e imposible, por tanto, acometer la magna obra de nuestra elevación peda¬
gógica y cultural. Ante mis compañeros de profesión, y, sobre todo, a los ojos de
los políticos de oficio, iba yo a resultar, no un hombre de buena voluntad vencido
por las circunstancias, sino un vulgar ambicioso más. Y esto repugnaba a mi con¬
ciencia de ciudadano y de patriota.
Y, bajo el peso de tales reflexiones, escribí a Moret retirándole mi promesa y
excusando lo mejor posible mi informalidad. El Presidente se enfadó mucho con¬
migo. Tuvo, sin embargo, la magnanimidad de perdonar mis veleidades; y meses
después llevó su benevolencia hasta el punto de elevar al Gobierno a uno de mis
amigos, D. Alejandro San Martín. El cultísimo profesor de San Carlos, con quien
había yo cambiado impresiones acerca de las reformas universitarias más urgen¬
tes, asumió el delicado encargo de defenderlas, sin abandonar, naturalmente, per¬
sonales iniciativas, algunas acaso demasiado atrevidas (aludo, sobre todo, a la su¬
presión indirecta de la bochornosa enseñanza libre, desconocida en el extran¬
jero).
Mis fáciles vaticinios cumpliéronse de todo en todo. La discordia que minaba
al partido esterilizó los patrióticos anhelos de Moret, quien no obtuvo el ansiado
decreto de disolución. Y conforme era de esperar, el Ministerio de que yo debía
formar parte (crisis de junio de 1906), vivió angustiosa y precariamente, entre intri¬
gas menudas y luchas intestinas. En fin, dos meses después cayó D. Segismundo-
con la amargura de no haber logrado la fusión del partido ni dado cima a ningunas,
de las grandes reformas democráticas que meditaba.
CAPITULO XXIII
JWIS POLÉMiCAS CON HELO Y APAXrY. -NUEVOS ESTUDIOS NEUROGENÉTICOS EN EL
BUuBO, MEDULA ESPINAL, RETINA, ETC.
SEGÚN recordará el lector, dejo apuntado más atrás que el premio Nobel, conce¬
dido por primera vez en 1906 a histólogos, causóme más miedo que satisfac¬
ción. ¿Cómo reaccionarán— pensaba— aquellos pocos sabios, no exentos de
mérito positivo, cuyos errores de hecho y de doctrina tuve la desgracia de poner
en evidencia?
Poco tardaron en darme una respuesta. En significativo contraste con las gran¬
des figuras de la neurología que, inspiradas en noble generosidad, se apresuraron
a felicitarme, algunos histólogos y naturalistas que me distinguieron siempre con
su desdén o su hosquedad, se exaltaron desaforadamente contra mi modesta per¬
sona. Era ya tiempo, según mis piadosos cofrades, de aplastar definitivamente el
neuronismo, soterrando de paso a su más fervoroso mantenedor. Había en sus in¬
vectivas tanta injusticia, acompañábanse de tan virulentas personalidades, resul¬
taban, en fin, tan desproporcionadas con la insignificancia de mis corteses reparos
de otro tiempo, que fuera candoroso excluir cierto vínculo etiológico entre ellas
y la concesión del premio Nobel.
No deja, en efecto, de ser significativo el que mí antiguo amigo H. Held, uno
de los detractores de entonces, a quien por cierto había yo tratado siempre con la
consideración debida a su incansable laboriosidad y relevantes méritos (había
sido fervoroso adepto del neuronismo y hasta traductor en 1894 de un libro
mío) (I), se indignara precisamente en 1907 (2), a pretexto de que en cierta comu¬
nicación de mi cosecha, relativa a la génesis de las neurofibrillas, no estimé perti¬
nente discutir ni aceptar la vetusta teoría neurogenética de Hensen, concepción
definitivamente rechazada, hacía la friolera ¿e diez y siete años, por eminencias
neurológicas del fuste de Kupffer, Ranvier, His, Golgi, Kolliker, Lenhossék, Retzius
Lugaro, Athias, etc. En cuanto a S. Apathy, el fogoso naturalista de Klausenburg,
esperó también hasta dicho año de 1907, para sentirse agraviado por las amistosas
objeciones que, de pasada, me sugiriera en 1903 su aventuradísima lucubración
acerca de la continuidad de las neurofibrillas en los vermes (3) .
(1) H. Held: Kritische Bemerkungen zu der Verteidigung der Neuroblasten und der Neurontheorie
durch R. Cajal. Anat.. Anseiger. Bd. XXX. 1907.
(2) S. Apathy: Bemeikungen zudtn Ergebnissen R. y Cajals hinsichtlich derfeineren Beschaffen-
heit des Nervensystems. Anat. Anzeiger. Bd. XXXI, 1907.
(3) Cajal; Un sencillo método de coloración colectiva del reUculo protoplásmico, etc. Trab del
Lab. de Inveat. biol., tomo U, 1903.
366
S. RAMÓN Y CAJAL
Penetrado harto bien de la psicología de ciertos sabios y de la intención de la-
nueva campaña, procuré conducirme en mis réplicas con perfecta ecuanimidad y
justicia, persuadido de que, en esta clase de lides, pasión y razón suelen estar
siempre en proporción inversa. Desentendíme, pues, de todos los ataques perso¬
nales y fuíme derechamente al terreno de la observación.
La tesis central de H. Held— simple modificación, por otra parte, de la vieja,
concepción de Hensen— consistía en admitir que el cono de crecimiento délos,
axones embrionarios no crece librernente hacia su destino por entre los elementos
extraños, según creíamos haber demostrado, entre otros, Lenhossék, Harrison,
yo, etc., sino que corre encauzado por el interior de un sistema de tubos comu¬
nicantes preestablecidos. En la medula primordial, tales conductos orientadores,
hallaríanse representados por las células ependimales o epitélicas; fuera de la me¬
dula, es decir, para los conos y axones aventurados en pleno mesodermo, los cita¬
dos estuches estarían constituidos por cadenas radiadas de corpúsculos conecti¬
vos primordiales. Notemos que, en su nueva investigación, Held hizo uso de mi.
proceder del nitrato de plata reducido, salvo que en lugar de fijar las piezas en.
alcohol, con o sin amoniaco, según hacía .yo, aplicó de preferencia la piridina, el
fijador del método de Donaggio. ,
Fácil fué para mí, después de estudiar nueva y esmeradamente el tema, de¬
mostrar en preparaciones irreprochables la sinrazón de mi colega de Leipzig (1)-
Entre otras observaciones incontestables, resueltamente favorables a la concep¬
ción de His, expuse las siguientes:
a) Los conos de crecimiento recién formados (embrión de pollo de dos días)-
crecen y marchan en la médula primitiva, no por dentro de las células epiteliales.
(que forman, según es sabido, un sistema de fibras radiadas a partir del epéndimo),.
sino entre dichas células, conforme lo persuade perentoriamente tanto la absoluta,
falta de forro exógeno en los axones cortados de través, como los frecuentes retro¬
cesos, revueltas y extravíos de los mismos antes de encontrar su camino (fig. 131,.
a, b, d). -
b) Los conos cruzan el espacio plasmático perimedular sin ayuda de ningún.
corpúsculo orientador (fig. 131, e, F).
c) En el seno del mesodermo resulta facilísimo reconocer axones absoluta¬
mente libres, es decir, alejados de toda célula conjuntiva embrionaria, los cuales
se orientan perfectamente al través de las lagunas intercelulares (fig. 131, D, /)v,
d) En ocasiones descúbrense en el bulbo conos de crecimiento caídos por
azar en el líquido ventricular, los cuales, después de una revuelta, vuelven a la
substancia gris, orientándose definitivamente (.fig. 132, A, E), sin ayuda de estu¬
ches celulares.
e) Con frecuencia se descubren en muchos nervios,, tales como el paté¬
tico, etc., revueltas iniciales incongruentes, denotadoras de extravíos que al fia.
son rectificados.
f) La sección transversal de las raíces nerviosas en sus más tempranas fases;.
no revela ningún forro celular, ni siquiera la presencia de núcleos marginales.
0 Los neuroblastos simpáticos y muchos elementos nerviosos de los centros,
emigran, en el curso del desarrollo, de su yacimiento originario, circulando libre¬
mente por entre otros corpúsculos hasta alcanzar su destino. Fuera absurdo supo¬
ner que un robusto neuroblasto Simpático es capaz de alojarse y correr por dentrá
de un corpúsculo mesodérmico, mucho más delgado que él.
h) En la regeneración patológica es comunísimo sorprender axones que cami¬
nan y se orientan al través de exudados serosos y hasta de coágulos sanguíneos
lejos, por tanto, del concurso de las supuestas Leitzellen de Held.
(l) Cajal; Nouvelles observations sur l'evolution des neuroblastes avec quelques remarques suc
l’hypothése ueurogénétique de Hensen-Held. Avec 18 figures. Anal. Anzeiger . Bd. XXXII, 1908.
recuerdos de mi vida
367
T os experimentos de Tello demostraron que, cuando se secciona el nervio^
óntico una pa^te de los brotes siguen dirección retrógrada, invad -n la retina y, a
iraoulso<í de^su potencia de crecimiento, barrenan las capas de esta membrana siu.
n^?esitar para ello de la preformación de estuches orientadores (fig. 134 A).
i) En fin los experimentos de cultivo artificial de los nervios embrionarios
íexíerimeXs de Harrison y de los s<.bios de su escuela efectuados en larvas de
SacS) deSiestran perentoriamente que los axones y conos de crecimiento soa
suSpt^les de crece^^^ marchar al través del plasma nutritivo, y cuando por azar
tropiezan en hih;s de fibrina o con elementos mesodérmicos, se deslizan sobre
eZs como una planta joven sob^ Loeb y Harnson,
los datos de alcance polémico, el citado trabajo encierraj también algu¬
nos hechos nuevos, en cuya reseña detallada es imposible entrar aquí. Mencione¬
mos solamente un estudio sobre la evolución de las células nerviosas de la retina;,
otro sobre la marcha de los neuroblastos en la médula espinal primitiva; y otro,,
en fin, sobre la génesis del gran simpático.
Particularmente interesantes son, con relación a la retina y a la médula espi- ■
nal, estos dos hechos; a, que el neuroblasto unipolar de His va precedido, según
señalé ya en 1890 (el hecho fué negado por His y otros), de una fase bipolar
(fig. 133, C, D, B), y b, que los conos trazan a menudo revueltas antes de orien¬
tarse, chocando con lá basal (fig. 133, a, b), por entre cuyos pilares se deslizan.
El escrito, o más bien diatriba, de Apathy, virulenta en el fóndo y descortés en
la forma, y reveladora, además, de una ignorancia casi absoluta de toda mi obra
cieritifica, encaminóse principalmente a refutar, en provecho de cierta singular
concepción tocante al origen y significación fisiológica de las neurofibrillas de los
vermes (hirudo, pontobdella, líimbricus, etc.}, mis ioeas sobre la disposición y co¬
nexiones de estos filamentos, ideas compartidas en principio por casi todos los.
histólogos investigadores del asunto (Donaggio, Lugaro, Michotte, van Gehurhten,.
Marinesco, Nageotte, Tello, Azouiay, H. Rossi, Levi, Perroncito y, en parte, hasta
el mismo Held, mi contradictor en otros respectes).
El punto sobre que Apathy hizo particular hincapié, fué su conocida teoría de
la cotiiinuidad neurofibriLlar. En sentir del sabio húngaro, las neurofibrillas y sus,
filamentos elementales representan el factor exclusivamente conductor del sistema
nervioso. Dispersas unas veces, reunidas otras en hacecillos compactos, las cita¬
das hebras cruzarían sartas de neuronas sin anast» mosarse entre sí, por lo menos
en los centros. Durante la época embrionaria, las neurofibrillas surgirían primera¬
mente en la extremidad de los nervios, para invadir secundariamente lus cor¬
púsculos gangliói líeos, verdaderas encrucijadas de aquellos conductores. En con¬
secuencia, el protoplasma neuronal gozaría exclusivamente de actividad trófica..
En fin, al nivel de las terminaciones nerviosas sensitivas, sensoriales o motrices,
las consabidas hebras elementales dispondríanse en asas de retorno o en redes
difusas perfectamente continuas. Tanto el remate como ti origen de las neurofi-
briilas constituiría, por tanto, pura ilusión. Todo comunica con todo.
^ Para sostener tan airiesga<ií-ima tesis y combatir el neuronismo, él sabio
húngaro apoyábase en sus excelentes y rarísimas preparaciones oe los ganglios
de la sanguijuela y de otros vermes A este mismo teireno acudí yo para refutar¬
le, abundantemente pertrechado de bien logradas preparaciones, cosa fácil, por¬
que precisamente ciertas fórmulas del nitrato de plata reducido colorean esplén¬
didamente las neurotibrillas del Hirudo y Alauston.um.
Para dar cima a mi empresa, sometí a severo análisis y escrupulosa revisión
todos los hechos de observación aducidos por Apathy. Y la confrontación de sus.
dibuios, harto esquemáticos y tendenciosos, con los míos, escrupulosamentf co¬
piados del natural, mostró bien a las claras que mi virulento contradictor había
contemplado la naturaleza a través de un prejuicio teórico. En efecto, ni en las
células de la retina, ni en los corpúsculos simpático^, ni en los sensitivos del hiru-
do.es dable percibir el menor indicio de que las neurofibrillas pasen de una célula
a otra. Ademas, mis preparados demostraron en el esófago y faringe de la sanguir
S. RAMÓN Y CAJAL
iuela la existencia indiscutible de neurofíbrillas sensitivas terminadas libremente
4)ajo la cutícula epitelial. Y, en fin, por lo que hace ai comportamiento de las
hebras elementales dentro del soma neurona!, mostré, con absoluta evidencia, que
al encontrarse en el protoplasma pierden su individualidad, generando redes per¬
fectas, Semejantes retículos aparecen claramente ¡quién lo creyera! hasta en los
dibujos de Apathy, ¿Qué más prueba de que su concepción de la independencia
meurofibrillar representa pura visión de un espíritu sediento de originalidad y
preocupado por una concepción apriorística?
Creo sinceramente, sin temor de incurrir en la nota de presuntuoso, que los
-argumentos de hecho esgrimidos por mí contra las teorías harto discordantes de
Held y de Apatliy, son en el estado actual de la ciencia irrebatibles. Al menos
hasta ahora nadie ha conseguido refutarlos. Por lo demás, en la reflexiva Alema¬
nia la teoría neurogenética del profesor de Leipzig tuvo muy escaso eco. Desapro¬
báronla resueltamente, o se mostraron esquivos hacia ella, los grandes maestros,
como Edinger, Waldeyer, .Heidenhain, Schiefferdecker, etc. Contra ella alzóse
también briosamente en América, sobre abrumadora masa de pruebas experimen¬
tales, el célebre Harrison y su escuela. En fin, en Italia y Francia, Holanda, Aus¬
tria, Suecia, etc., no granjeó, que yo sepa, un solo adepto (1).
En cuanto al violento Apathy, que me amenazaba al principio con no sé cuán¬
tos libros y folletos aplastantes, guardó en lo sucesivo un silencio que semeja a un
acto de contrición (2).
He aquí otra ruda batalla librada en favor del neuronismo. ¿Será la última?
Mucho lo dudo. El morboso afán de afirmar y destacar la propia personalidad,
de ser original a ultranza, hace estragos en nuestra época. Cediendo la juventud
a la ley del mínimo esfuerzo, gusta de revisar valores que reputa dudosos. Y pre¬
fiere, en el orden científico, en vez de descubrir nuevas verdades, destruir el pa¬
trimonio ideal del pasado. ¡Es tan cómodo edificar con materiales ajenos una
teoría personal aunque sea quimérica!...
¡Qué pena da luchar de continuo con los hombres para defender la verdad, en
~vez de combatir contra la naturalezá para arrancarle nuevas verdades!... ¿Pero
cómo evitarlo? ¿Quién ignora que cada conquista científica desaloja un error arrai¬
gado, y que detrás de él suele esconderse la soberbia irritada, cuando no el inte¬
rés exasperado?...
(p A H®''! solo le siguea hoy sus discípulos inmediatos. Porque en ciertas escuelas del extranjero
4a disciplina es tan terrea, que en las interpretaciones teóricas el discípulo no puede hacer más que una
de estas dos cosas: coincidir con el maestro o abandonar el laboratorio .
Según me informa v. Lenhossék el violento Apathy ha fallecido, sin que en estos últimos quince
-años haya dado muestras, que yo sepa, de la menor actividad científica.
CAPITULO XXIV
RELACIÓN ABREVIADA DE LOS TRABAJOS EFECTUADOS EN EL DECENIO (1907
A 1917).— ESTUDIOS DE ANATOMU COMPARADA SOBRE EL CEREBELO, BULBO
RAQUÍDEO Y ORIGEN DE LOS NERVIOS MOTORES Y» SE>«1S0RIALES DE PECES,
AVES Y MAMÍFEROS. ESTRUCTURA Dt-L NÚCLEO NEURONAL.— SUPERVIVENCIA
DE LAS NEURONAS FUERA DEL ORGANISMO.— NUEVAS INVESTIGACIONES SOBRE
LA DEGENERACIÓN Y REGENERACIÓN EN LA MÉDULA, CEREBRO Y CEREBELO.—
EXPERIMENT >S DE TRANSPLANTACIÓN DE NERVIO^.— HEcHOS FAVORABLES A LA
TEDRÍA NEUROTRÓPICA.— PRODUCCIÓN DE NERVIOS ARTIFICIALES EN LOS GAN¬
GLIOS TRANSPLANTADOS
VOY en el presente capítulo a dar cuenta sumaria de la labor desarrollada
durante los años posteriores a 1907. Esta labor fué casi tan intensa y va¬
riada como en las épocas de mayor acometividad inquisitiva. Trabajar
de conformidad con las adaptaciones del espíritu constituye placer y solaz
incomparables. Además, abomino del egoísmo antipatriótico de quienes, llegados a
la cima, no piensan sino en tumbarse a la bartola. Permítaseme la vanagloria de
decir que ni me enervan los triunfos ni me abaten injusticias; antes bien, después
de recibir un galardón, redoblo mi laboriosidad para merecerlo y, cuando incurro
ea error, me esfuerzo para hacérmelo perdonar. Y, por encima de todo, los aje¬
treos, revelaciones y emociones del laboratorio me cautivan y deleitan.
Referir en extracto el contenido de todas las monografías y libros publicados
en el referido- decenio, exigiría, no dos capítulos, sino otro tomo de regular dimen¬
sión. Empero me doy cuenta del cansancio del lector, que debe estar mareado si
ha tenido la paciencia de asistir al fastidioso desfile de tantas minucias descrip¬
tivas. Además— ¿por qué no confesarlo?—, los progresivos achaques de la edad
ponen freno a mi pluma, de cada día más rebelde al pensamiento. No en vano se
han pasado treinta y siete años arrebolado sobre las cuartillas o palideciendo
sobre el ocular. La emoción de lo inesperado fatiga el corazón y la atención ahin¬
cada y sin tregua labra en las vías cerebrales hondas rodadas; por ellas marcha
trompicando el pensamiento, que, al chocar con los obstáculos, produce menos
luz que calor.
En estilo casi telegráfico paso, pues, a enumerar la tarea experimental de los
últimos años. Propóngome, para restar prolijidad a mi relato, prescindir del índice
o suma io que vengo haciendo de las materias tratadas en cada monografía. De
algunas no diré nada. Mi plan consiste en escoger los hechos de que guardo
más agradable impresión o que prometen mayor rendimiento teórico.
24
370
S. RAMÓN y CAJAL
Y para proceder con algún orden, comenzaré por agrupar mis escritos en tres
<;lases: monografías descriptivas, comunicaciones técnicas y libros de conjunto.
Monografías histológicas.— Desarrollan diversidad de asuntos, dominando^
•empero, los temas de Anatomía comparada y de Anatomía patológica del sistema
nervioso.
1. La primera serie de comunicaciones, aparecida durante los años 1908
y 1909, enfoca la Histología comparada del cerebelo, át\ bulbo raquídeo, délos
ganglios acústicos y el modo de origen y terminación de los nervios sensoriales y
motores de mamíferos, aves y peces, etc. Semejantes preferencias obedecen a
mera razón de comodidad. Dejamos apuntado ya que, en los animales jóvenes y
■en los fetos avanzados, el método argéntico introducido por nosotros en la técnica
neutológica (fijación en piridina, en hidrato de doral o en alcohol amoniacal),
muéstrase superiormente expresivo. Con admirable limpieza y variedad de mati¬
ces revela tanto las neurbnas voluminosas como sus robustos cilindros-ejes, los
cuales cabe perseguir a placer al través de las masas de substancia gris retrasa¬
das en su evolución y, por tentó, apenas teñidas. De esta preciosa ventaja se
han aprovechado en sus investigaciones de anatomía comparada Tello, Beccari.
Mesdag, Lenhossék, Wincker, Castro, Dórente y otros muchos.
Prescindiré, conforme anuncié antes, de la mayoría de los, datos estructurales
recogidos en dos años de porfiada labor y mencionaré tan sólo los siguientes;
a) Encuentro en los peces, aves y reptiles de varios focos de terminación
riel nervio vestibular, singularmente uno situado lateralmente en el bulbo y suma¬
mente curioso, por ofrecer cierto modo de conexión por contacto, hasta entonces
inadvertido (1). Según mostramos en la fig. 135, las fibras de dicho nervio se ter¬
minan mediante recios conos o placas, íntimamente aplicados sobre la superficie
de los robustos elementos del foco generador de las vías secundarias del nervio
vestibular. Este hecho fué confirmado por Tello y por Beccari. También Lenhos¬
sék observó, tiempos después, placas análogas en ciertos ganglios simpáticos. Ex¬
cusado es decir que semejante disposición representa otra brillante confirmación
de la doctrina del contacto.
b) Demostración en los embriones humanos, de mamíferos y de ave de la po¬
sición y conexiones del /oco descendente {foco intersticial), ád fascículo longitudi¬
nal posterior, c(m numerosos detalles de los núcleos de origen de los nervios mo¬
tores oculares. Consta este núcleo de voluminosas neuronas esparcidas por de-
lante y encirna del nác/eo royo; sus axones de gran diámetro sígucnse a placer
hasta el fascículo longitudinal (fig 136). s e
Determinación en las aves de la posición y conexiones de los ganglios cen-
(1) í-a serie de trabajos a que aludimos en el texto son los siguientes-
bMog,..
Cajal: El ganglio intersticial del fascículo longitudinal oosterior en
dos. Con 5 grabados. Idem, 1908. ^ posterior en el hombre y diversos vertebra-
Cajal: Los ganglios centrales del cerebelo de las aves. Con 6 grabados. Idem IQoS
Cajal. Lesganglions terminaux du nerf acoustique des oiseaux Avpí- 7 ’ ' *
Jáem. 1908. ^ -^vec 7 gravures et une planche.
recuerdos de mi vida
371
trales del cerebelo (foco del lecho y núcleos olivares), con la indiscutible prueba de.
que el pedúnculo cerebeloso superior nace en la oUva cerebelosa.
d) Descubrimiento en la capa de los granos del cerebelo de los mamíferos, de
ciertos nidos pericelulares no descritos por los autores (1). Estos nidos, de que
damos copia en la fig. 137, están formados por colaterales de los axones de Pur-
kinie (principalmente). Las neuronas envueltas por ellos son fusiformes o estrella¬
das V probablemente envían un axon a la substancia blanca.
e) Análisis en las aves de las arborizaciones periféricas del nervio coclear y del
nervio veslibular. Comunícanse interesantes detalles sobre el modo de conexión
de la fibras acústicas con los corpúsculos ciliados del ganglio basilar, papila lage-
na/, etc., y las del nerño vestibular con las células de igual nombre de las crestas
acústicas (nidos nerviosos pericelulares en forma de cáliz, etc.) (fig. 138, E, F). Re¬
párese en que las crestas acústicas poseen fibras finas y gruesas y en que las
gruesas, además de formar con sus ramas un plexo horizontal, constituyen nidos
apretadísimos simples o múltiples para las células ciliadas.
f) Determinación en el bulbo de las aves de la posición y conexiones de los
ganglios acústicos primarios (homólogcfs del ventral y láteral de los mamíferos),
así como de sus vías de unión, cruzadas y directas, con oitxio foco laminar, qno.
representa verosímilmente la oliva superior accesoria de los vertebrados superio-
ues. Descríbese además el origen, posición y marcha del cuerpo trapezoide o vía
acústica secundaria (2).
En la imposibilidad de exponer detalladamente estas complejísimas conexiones,
damos en la fig. 139 un esquema de los ganglios acústicos primarios y de las vías
auditivas centrale.s de las aves. En dicha figura adviértese que el nervio coclear (C)
se divide en dos ramas: una superior, terminada en el núcleo angular [A), y otra infe¬
rior, acabada mediante elegantes cálices en contacto con los elementos del foco de
gruesas células (B), que coresponde, según dejamos dicho, al núcleo ventral acús¬
tico de los mamíferos. De esta última estación acústica primaria brota importantí¬
sima vía secundaria transversal que, después de cruzar la línea media por detrás
úolf asácalo longitudinal posfmor, se termina mediante arborizaciones difusas
sobre las células fusiformes áolfoco laminar á&l opuesto lado (D), en donde tiene
su origen el cuerpo trapezoide (E). Hago gracia al lector de multitud de focos y
de haces de fibras diferenciados en el espesor del cerebelo de las aves. El espe¬
cialista neurólogo consultará con provecho la Memoria publicada en el Journal
f. Psychol. u. Neurol. Bd. XIII, 1908.
g) Señalamiento en el bulbo de aves y mamíferos del origen y marcha de las
vías nacidas en los corpúsculos gigantes de la llamada substancia reticular.
h) Revelación de la presencia, en el bulbo de los mamíferos y aves, de cierta
importante vía sensitiva cruzada, perteneciente al dominio de las radiculares del
y glosofaringeo. Conforme mostramos en la fig. 140, E, esta vía transversal,
nacida en los correspondientes ganglios sensitivos, pasa por detrás del fascículo
longitudinal posterior, cercana al suelo del ventrículo, para tornarse, vertical y
descendente, en el fascículo solitario (fig. 140, F, G).
Las investigaciones emprendidas durante el trienio de 1910, 1911 y 1912, fueron
hastante heteróclitas, dispersándose por muchos y variados asuntos. Citemos: la
■estructura del núcleo, la autolisis y supervivencia de las neuronas, el problema del
■neurotropismo, la transplantación de nervios y ganglios, la técnica de la coloración
de las plaquetas de la sangre, comunicaciones metodológicas acerca de la demos¬
tración del aparato endocelular de Golgi y de la neuroglia del hombre, estructura
del cerebelo, etc. Pero el tema principal, al que consagré años de porfiada labor y
en donde recogí datos más valiosos y de superior alcance teórico, fué el concer-
aiiente a la degeneración y regeneración de las neuronas y axones de los ganglios,
InvZ. SX'tfmJxriTi? P«¡=e>ulares de la capa de los graaos del cerebelo. Trab. del Lai. de
con^ámfna^lLÍfí^ las terminaciones acústicas en las aves, publicóse una traducción alemana,
<on .amina, litografiadas, en el Joum. f. Psychol. u. Neurol. Bd. XIII. 1908.
372
S. RAMÓN Y CAJAL
cerebelo, cerebro y médula espinal. Como luego veremos, estos últimos estudios,,
que descorren un poco el velo déla íntima fisiología del retículo neurofibríllar, vi-
nieron a corroborar la vieja hipótesis neurotrópica formulada por mí en 1892 y
benévolamente acogida por numerosos autores.
Al pie de estas páginas daremos sucesivamente la lista de los principales tra¬
bajos aludidos. Aquí expondremos por orden cronológico las conquistas objetivas
o inducciones teóricas más valiosas.
2. Por lo que toca a la estructura íntima del núcleo de los corpúsculos nervio¬
sos (1), nuestros insistentes análisis revelaron (aparte la comprobación de muchos
datos referentes al núcleo, casquete cromático de Levi, granulaciones basiófilas y
neutrófilas del jugo nuclear, etc.) estas tres cosas:
a) La presencia de un corpúsculo especial de pequeña talla, yacente a cieita-
distancia del nucléolo (nuestro cuerpo accesorio) y cuyas afinidades tintoriaies le
separan abiertamente del nucléolo principal y nucléolos accesorios de los autores^
(figs. 14?, a, y 141, d).
h) La coloración mediante él método argéntico de determinadas redes inte¬
riores, que recuerdan el aparato de Golgi del protoplasma.
c) La determinación anatómica y microquímica de ciertos grumos recios, dis¬
persos por el jugo nuclear (fig. 142, c). En la figura 141 damos un esquema com¬
prensivo de todos los factores integrantes de la organización nuclear.
3. Interesante fué el resultado de mis experimentos de autolisis del 'tejido-
iiervioso y de los ensayos de supervivencia de los ganglios mantenidos fuera del.
organismo (2). Creemos haber sido los primeros en demostrar que el corpúsculo
nervioso, a despecho de sus exageradas exigencias de oxígeno y de ambiente ali¬
menticio renovado, es capaz de sobrevivir hasta dos días por lo menos fuera deh
cuerpo de los animales.
Nuestras observaciones recayeron en los ganglios sensitivos jóvenes (gato de
pocos días). Gomo terreno de cultivo hubimos de servirnos del líquido cejalorra-
quldeo mantenido en estufa a 38°. Desde las diez y seis horas de su separación las-
células sensitivas son asiento de un fenómeno de excitación formativa, traducido
por la proyección de largos apéndices ramificados y terminados a favor de mazas-
0 esferas voluminosas. Estas producciones nuevas, a veces muy complicadas,
constituyen excelente criterio de la supervivencia neuronal (fig. 143).
Después de nosotros, análogas y todavía más interesantes neoformaciones-
(provocadas con ayuda de métodos de cultivo mucho más perfectos), fueron,
observadas por Legendre y Minot y por Marinesco y Minea.
4. Copiosísima y altamente interesante fué la cosecha de adquisiciones en el
terreno de la degeneración y regeneración de la médula espinal (3 1. Algunos de los
(1): Cajal: El núcleo délas célulaa piramidales del cerebro humano y de algunos mamíferos. Con.
Ugrabados. Trab. del Lab. de Invest. Mol., tomo Vlil, IblO.
<2) Cajal; Algunos experimentos de conservación y autolisis del tejido nervioso. Nota preventiva.
Con 3 grabados. Trab. del Lab. de Inest. Mol., tomo VlIl, 1910.
Véase también el rfíscarso inaMfirtímí pronunciado en Madrid con ocasión dél IV Congreso dt la
Asociación Española para el progreso de las ciencias (1913), donde, aparte otros temas, se toca este-
punto interesante.
(3). Cajal: Algunas observaciones favorables a la hipótesis neurotrópica. Con 13 grabados. Trab. del'
Lab. de Invest. biol., tomo Vlll, 1910.
Cajal; Obsérváciones sóbrela regeneración de la porción intramedular de las raíces sensiUvas. Con
grabados. Idem, 1910.
Cajal; Algunos hechos de regeneración parcial de ia substancia gris de los centros nerviosos. Con 11
grabados. Idem, tomo VIH, 1910.
RECUERDOS DE MI VIDA
373
hechos de que brevemente vamos a dar cuenta representan, según dejamos apun¬
tado, argumentos de inestimable valor en pro de la doctrina neurotrópica. Ellos
prueban que la creación de retoños y su orientación al través de los. diversos teji¬
dos, hállase condicionada por la liberación, en torno de las fibras y células, de
fermentos activadores de la asimilación protoplásmica. Estos agentes catalíticos
.(substancias neurotrópicasj son fabricados por el tejido conectivo embrionario; pero
muy señaladamente por las células de Schwann de los tubos nerviosos ordinarios
en trance de regeneración.
En condiciones normales, los citados reclamos faltan en los centros, frustrán¬
dose por consiguiente la regeneración de las fibras de la substancia blanca inte¬
rrumpida. Mas en cuanto concurren circunstancias experimentales favorables, la
tendencia regenerativa, latente en las fibras de los centros, se despierta y alcanza
extraordinaria pujanza.
En la médula espinal, dichas condiciones favorables se establecen, a menudo,
•consecutivarnente a la sección simultánea de la substancia blanca y raíces sensi¬
tivas y motoras. Iniciada en estos conductores, con la degeneración de las células
de Schwann, la liberación de substancias neurotrópicas que se difunden hasta el
territorio de los cordones medulares mismos, los axones, antes morosos y como
inertes, crecen activamente; no es raro verlos invadir el espesor de las raíces,
progresando por ellas durante largas distancias. Esta paradójica invasión de las
rraíces anteriores por las fibras de los cordones sobreexcitadas por traumatismos
aparece en la fig. 145. Adviértase frecuentemente que la fibra atraída por algo di¬
fundido desde las raíces representa una colateral de nueva creación. En virtud
lie este hecho insólito, los axones cordonales se transforman provisionalmente en
axones motores.
Lq mismo ocurre en el cerebro. Si, conforme ha probado Tello (1) en sus bri¬
llantes experimentos, se introduce en una herida cerebral un segmento de nervio
(degenerado, los axones pertenecientes a las pirámides, conductores los más apá¬
ticos y rebeldes a todo proceso neoformador, sacuden su inercia, entran en tur-
.gescencia productiva y proyectan larguísimos retoños, que asaltan el secuestro
nervioso con la misma acometividad y potencia de crecimiento características de
4os renuevos del nervio ciático interrumpido.
En menor escala, gozan también de la propiedad de elaborar materias neuro¬
trópicas las células conectivas de las cicatrices durante sus fases iniciales (figu-
ías 144 y 146), según veremos luego.
Tales hechos, de gran transcendencia biológica, refutan definitivamente el dog¬
ma, generalmente admitido, de la irregenerabilidad esencial de las vías centrales,
amana incapacidad productiva constituye propiedad contingente y adventicia,
motivada, según dejamos dicho, por la ausencia irremediable, dentro de la subs-
^ ^^®*^tes secretoras de agentes catalíticos o materias orien-
nerviosos. Con 8 graba
se plrerin^Tcalión neurotrópica, con exposición de todos los argumentos en que
■en la reunión de la Asociación na ^ sesiones de la Sección de Ciencias Naturale-
tienden los sabios a complicar la accióÍa^ímT^" celebrada en Zaragoza (1911). Hoy
la que sea la hipótesis escogida sieraore influencias eléctricas. De todos modos, y cualquie-
cimiento y orientación de los réioñ ^ iacuesüonable el postulado fundamental de que el cre-
cron de los retoños nerviosos es función de las condiciones físico-químicas del medios
374
S. RAMÓN y CAJAL
Entre las pruebas de tan importante doctrina son singularmente expesivas
las siguientes, extraídas de.mis trabajos sobre la degeneración y regeneración de
la medula espinal y ralees nerviosas.
a) Cuando, por azar del manual operatorio, se hiere en cierta extensión la
p/a mcíery se crea, por tanto, cierta masa cicatricial perimedular, sorpréndense
muchas veces retoños colaterales brotados de conductores del cordón posterior,
y aun verdaderas fibras terminales que eme*-gen del territorio medular y se rami
fican prolijamente én el seno del tejido conectivo. Este se muestra, pues, capaz
de despertar, en cierta medida, la actividad neoformativa de los axones y . de atraer
los conos de crecimiento (fig. 144, B).
b) Cuando, consecutivamente a una herida de la medula y raíces, o por la
propagación a éstas de la inflamación traumática medular, degeneran las células,
de Schwann radiculares, éstas inducen la formación de brotes en la substancia-
blanca y ejercen violenta atracción de los mismos hacia sí.
En la fig. 145, e, c, que reproduce un corte longitudinal del cordón anterior,,
puede verse cómo los axones funiculares cercanos a la herida medular, influidos
por los reclamos llegados de las raíces anteriores degeneradas, emiten ramas que,
después de crecer pujantemente, penetran en dichas raíces, marchando ora por ef
interior de las células de Schwann, ora por sus intervalos, convertidas en conduc¬
tores motores aberrantes (B, C).
Instructivo es también el caso reproducido en la fig. 147, A, donde vemos
varios axones, recién formados, perdidos en la cicatriz (verosímilmente nacidos
del cabo periférico de una raíz sensitiva cortada), penetrar equivocadamente en
cierta raíz motriz degenerada (la cual es recorrida en sentido centrífugo), irresis¬
tiblemente atraídos por las substancias neurotrópicas elaboradas por las células
de Schwann. Lo mismo ocurre cuando las raíces, separadas y degeneradas, soa
las posteriores o sensitivas.
5. No todos los extravíos dé las fibras cordonales o de los retoños brotados-
en las raíces motoras y sensitivas lesionadas (cabo central, es decir, porción de
axon unido a la célula de origen) responden a procesos neurotrópicos . En las dis¬
locaciones de los retoños influyen también la ausencia de obstáculos en determi¬
nado sentido (la dirección de la menor resistencia) y cierto impulso de crecimiento
desbordante adquirido por las fibras neoformadas cuando se han nutrido algún-
' tiempo, o han nacido en terreno henchido de materias neurotrópicas.
a) Por ejemplo, conforme mostramos en la figura 148, B, G, renuevos exube¬
rantes, brotados colateralmente de los axones de raíces motrices lesionadas, inva¬
den retrógradámente la médula espinal para constituir fibras funiculares aberran¬
tes. El choque eventual con obstáculos invencibles tuerce a veces el curso de Ios-
retoños durante su trayecto intramedular, provocando su división en rama ascen¬
dente y descendente (fig. 148, A).
b) En este orden de fenómenos mecánicos entra, sin duda, el mostrado en la-
figura 149, A, B, que reproduce varias raíces sensitivas degeneradas juntamente
con un segmento de cordón posterior completamente necrosado. Adviértase cómo
los retoños surgidos en el cabo periférico de dichas raíces (lado del ganglio) pe¬
netran en la médula espinal en virtud del impulso inicial (vis a tergo) y organizan^
a modo de rudimento de cordón posterior. Las letras K, H, etc., señalan conos de
crecimiento, avanzando a guisa de ariete, a lo largo de las raíces y por el interior,
del cordón posterior.
6. Mis estudios en los centros traumatizados (médula, cerebro y cerebeIo>
revelaron además la existencia de notables fenómenos de compensación o, si se
quiere, de adaptación morfológica de las neuronas a las condiciones fisiológicas
artificiales provocadas por la mutilación. Cuando a una célula nerviosa se le
amputa un trozo axónico, no muere por ello necesariamente, como no sucumbe ua
eectjerdos de mi vida
375
individuo privado de un miembro; antes bien, procura sacar el mejor partido posi-
ble de su nueva situación, eliminando el segmento inútil del conductor (el calle]on
sin salida, como si dijéramos) y manteniendo y reforzando sus colaterales, la
última de las cuales se convierte en rama terminal. ^ .
He aqui algunos ejemplos instructivos de tan interesante y fundamental fenó¬
meno, ilustrados con dibujos semiesquemáticos;
a) Seccionadas las fibras de la substancia blanca medular Y ausentes los ca¬
talizadores neurocládicos, la porción axomca situada mas alia de la ultima colate¬
ral se atrofia y reabsorbe, después de constituir una maza de retracción (fig. 150,
b k). Repárese en la figura 150 A, cómo dicha colateral se hipertrofia, transfor¬
mándose en rama terminal,, a causa quizás de absorber ahora ella sola toda la
energía de la corriente antes diluida por dilatada arborizacion. . , , .
b) Casos todavía más sorprendentes de la citada adaptación morfológica en-
cuéntranse en el cerebelo y cerebro traumatizados, según comunicamos en vanas
extensas monografías (1). A, causa de este singular modas vivendi, es dable trans¬
formar experimentalmente una célala de axon largo en una célula de axon corto,
He aquí otro hecho que parecerá paradójico a cuantos suponen inmutable y pre¬
establecida hasta en sus menores detalles la arquitectura de los centros nerviosos.
Valgan los dos ejemplos siguientes: \
En la figura 151, E, G, perteneciente al cerebelo, mostramos como, rnerced a
la desaparición de la porción periférica del axon de Purkinje, la arborización ner¬
viosa ha quedado reducida a una o dos colaterales iniciales notablemente hiper¬
trofiadas. En adelante, pues, la neurona cerebelosa no podrá mantener comercio
dinámico sino con sus elementos congéneres vecinos, con cuyos tallos dendríticos
entran en contacto las referidas ramas (2).
La figura 152, A, D, C, copia el mismo fenómeno metamórfico con relación a
las pirámides cerebrales, cuyo axon fué interrumpido cerca de la substancia blan¬
ca. Adviértase cómo algunas colaterales próximas a la herida se han reabsorbido,
atacadas sin duda de degeneración traumática; en cambio, las indemnes, brota¬
das de la porción inicial del axon, han conservado su vitalidad, hipertrofiándose
notablemente y adoptando configuración arciforme (/). Las fases iniciales del
proceso adaptativo ofrécense en las células A y B, donde todavía subsiste cierto
segmento axónico (o, 6) en vías de atrofia.
Cuando la lesión interesa la región axónica de donde parten las colaterales
iniciales, éstas desaparecen del todo y el axon exhibe un cabo apuntado (figu¬
ra 152, e), que nosotros hubimos de designar punta de corrosión. Estas neuronas,
gravemente mutiladas, no tardan en degenerar y morir.
Los precedentes hechos enseñan que la morfología de las células nerviosas
no obedece a causa [inmanente y fatal, mantenida por herencia^ como ciertos auto¬
res han - defendido, sino que depende enteramente de las circunstancias actuales
físicas y químicas del ambiente.
7. Desde el punto de vista de la regeneración, el cerebro y cerebelo son in¬
comparablemente menos activos que los ganglios y médula espinal. Ningún his¬
tólogo consiguió demostrar con absoluta certeza la realidad de fenómenos rege-
(1) Cajal; Los fenómenos precoces de la degeneración neuronal en el cerebelo. Con 18 grabados
Trdb del Lab de Invest. Hol., tomo IX, 1911.
Cajal: Los fenómenos precoces de la Degeneración traumática de los cilindros-ejes del cerebro. Con
20 grabados. Idem, tomo IX, 1911.
(2) El primer autor que encontró en el hombre células de Purkinje reducidas a sus colaterales ini¬
ciales, fué H. Rossi. Sus estudios, verificados con mi técnica, recayeron en el cerebelo de un alcoholi¬
zado y sifilítico. Merced a mis investigaciones, quedó patente que dichas disposiciones pueden produ
cirse experimentalmente en los animales. El trabajo de Rossi, publicado en los Trah. del Lab. de
Invest. btol., tomo VI, 1908, lleva por título: Per la rigenerazione dei neuroni. Hechos semejantes fue.
on comprobados después en el hombre por Marinesco y otros varios sabios.
376
S. RAMÓN Y CAJAL
nerativos en la substancia blanca de dichos centros. Por nuestra parte, sólo a
fuerza de porfiadas exploraciones logramos, al fin, descubrir actos indiscutibles de
producción de fibras nuevas, bien que efimeras y, por consiguiente, frustradas.
Semejante precario retoñamiento obsérvase exclusivamente en animales jóvenes
(gato y perro de diez a veinte dias) y al nivel de las varicosidades de trayecto y
mazas finales de los cilindros-ejes interrumpidos dentro de la substancia blanca
(cabos centrales). Dos variedades principales se presentan:
a) De gruesa varicosidad terminal (bola de retracción) o de trayecto surgen
varias radiaciones, finas y pálidas, que se pierden en los territorios limitrofes,
donde se ramifican y acaban en punta pálida. Por evocar la figura de la tortuga,
designé tan singular disposición aparato testudoide (fig. 153, E, F, H).
b) En las fronteras de un segmento axónico necrosado, las neurofibrillas su¬
pervivientes de la vecina varicosidad entran en activa proliferación, generando
cierto penacho de ramúsculos que invaden el protoplasma muerto (fig 154, a),
donde acaban mediante botones o anillos. Por su figura, que recuerda algo la de
la sepia, bauticé tan insólita disposición con el nombre de aparato cefalopódico.
Las figuras 153 y '54 nos dispensan de entrar en más pormenores acerca de
estas neoformaciones fracasadas.
Actos eventuales de regeneración incipiente son rarísimos en el cerebelo. Con
todo eso, a fuerza de insistentes experimentos de irritación traumática de los cor¬
púsculos de Purkinje, y escogiendo al efecto mamíferos de pocos días (gato y pe¬
rro), conseguí percibir en dichos elementos indubitables señales de retoñamiento.
Séame permitido señalar, entre otras disposiciones de índole neoformativa frus¬
trada, estas dos:
a) Transformación (con creación de ramas abortivas) del ramaje protoplás-
mico de los elementos de Purkinje, en elegante bouquet, compuesto de finos pe¬
dículos coronados por botones reticulados (fig. 455, c). Para distinguirla de otras,
califiquemos pta singular modificación metamorfosis rosaliforme.
b) Emisión, al nivel del soma, de apéndices delgados laterales o descenden¬
tes terminados a corta distancia (fig. 155, a) níediante anillo, grumo o varicosidad.
Ciertas proyecciones parecen encerrar una sola neurof ibrilla.
8. Por lo que toca al proceso degenerativo de las fibras y células del cerebro y
cerebelo, provocado ora por sección, ora por contusión, bien por intromisión de
cuerpos extraños, la cosecha de disposiciones morfológicas recogidas fué tan co¬
piosa y variada que. sobrepujó a todas mis esperanzas. Relatarlas todas, aun con¬
cisamente, exigiría muchas páginas. Para no torturar demasiado al lector con in¬
terminables listas de cominerías descriptivas, me contraeré a exponer algunos
datos sobresalientes:
a) Corroborando y ampliando resultados, ya señalados en 1907 (1), pusimos
en evidencia que todo axon cerebral o cerebeloso, interrumpido a regular distan¬
cia de la célula de origen, reacciona vivamente, formando al nivel de su segmento
o cabo central, cierta bola o maza final, precedida de otras esferas o varicosida¬
des extendidas en forma de rosario hasta la última colateral inicial (fig. 156). Casi
todas estas bolas se separan del axon durante los días siguientes a la lesión
atrofiándose sucesivamente en el seno de la substancia gris, donde constituyen
colonias neurofibrillares agónicas. Transcurrida una o dos semanas del trauma¬
tismo, permanece solamente la varicosidad más próxima a la porción indemne del
(1) Cajal: Note sur la dégénérescence tranmatique des Abres nerveuses du cervelet et du cerveau.'
Avec4grab. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo V. 1907. Véase también: Los fenómenos precoces de la
degeneración neuronal en el cerebelo. Con 10 grabados. Idem, tomo IX, 1911.
RECUERDOS DE MI VIDA
377
axon afectando forma de maza o de botón terminal. Tal es la bola de retracción,
nue marca claramente en una preparación del cerebro y cerebelo la dirección en
que se encuentra la neurona de origen. Las precedentes mutaciones del axon, con
la susodicha autotomia o acto de eliminación en las esferas, corresponden genéri¬
camente al proceso comúnmente designado por los autores degeneración traumá¬
tica del cabo central y estudiado mediante técnicas insuficientes. En la figura 158, B,
mostramos varias mazas de retracción, pertenecientes a las células de Purkinje,
• ocho días después dé la sección; y en la figura 156 reproducimos el proceso de arro- .
rsariamiento y autotomia de los cilindros-ejes de las pirámides gigantes del cerebro.
b) Las grandes bolas desprendidas por auto iomia de robustos cilindros-ejes
conservan, durante mucho tiempo, cierta colonia central neurofibrillar, la cual en
citrtos casos excepcionales, de que damos copia en la figura 157, E,J, F, ofrece
señales evidentes de supervivencia y de retoñamiento intraprotoplásmico. Son las
.neurobionas, que, antes de perecer, intentan durante su agonía esfuerzos desespe-
¡rados por restablecer la ¡perdida continuidad con sus hermanas.
c) Mis observaciones revelaron también que las neuronas comprometidas
por presiones, conmociones o traumatismos, recaídos en la vecindad, no sucum¬
ben siempre súbitamente, presa de la desintegración granulosa, sino que se ne-
crosan por grados, propagándose el proceso (1) destructivo desde las capas pro-
toplásmicas superficiales hasta las profundas. En las figuras 159, A, E, y 160, A, E,
aportamos patentes ejemplos de esta gradual mortificación de las células de Pur¬
kinje del cerebelo. Adviértase en la figura 160 A, E correspondiente al cerebro
contusionádo, un fenómeno semejante dé persistencia de las neurofibrillas peri-
nucleares. Repárese cómo en torno del núcleo y en el eje de las dendritas sobre¬
vive tenazmente el armazón protoplásmico que, entrando en excitación formativa,
hipertrofia, a veces, sus neurofibrillas y afecta configuraciones sorprendentes y
variadísimas (fig. 159, D, E).
d) Entre las modalidades metamórficas del armazón neurofibrillar lesionado
por conmociones y presiones, obsérvase a menudo cierta alteración, en un todo
■comparable con la característica de los animales invernantes o délos atacados de
rabia (2). Muchas neurofibrillas han experimentado la hipertrofia fusiforme, mien¬
tras que otras han desaparecido enteramente. Transiciones variadas entre el mero
proceso hipertrófico y la producción de husos hallará el lector en la fig. 160, J, G,
que copia algunas pirámides cerebrales tomadas de la vecindad de una herida
-complicada con los efectos de enérgica contusión.
e) Los aludidos trabajos revelaron, asimismo, un hecho de cierto interés cri-
leriológico (,1), pues permite discernir fácilmente los axones muertos de los vil os.
Aludo a las llamadas /róras conservadas (fig. 161, d), segmentos de cilindros-ejes
bruscamente destruidos por el traumatismo, y como embalsamados por la acción
del exudado. Aparecen cerca de las heridas, afectando todos los atributos de los
axones normales, a quienes se asemejan por su perfecta colorabilidad, forma ci¬
lindrica, aspecto estriado y ausencia de bolas y varicosidades. A primera vista
contundense con los axones vivos. De ellos discrepan, sin embargo, por terminarse
en los bordes de la herida, y a veces en pleno exudado, mediante un gancho (c) o
algunas vueltas de espira, exhibir trayecto más o menos serpenteante, y, en fin,
uematar hacia lo profundo de la substancia gris a favor de punta de corrosión pro¬
gresivamente pálida (ó).
En la fig. 16 L D, presentamos los bordes de una herida cerebral donde apare¬
cen numerosas fibras conservadas. Repárese cómo ninguna de ellas ofrece bola de
retracción; al revés de los axones vivaces, los cuales, situados a mayor profundi-
•aaa, van todos provistos de varicosidades de trayecto y maza terminal (a).
9. Por lo que hace a las metamorfosis patológicas y actos regenerativrs sobre¬
venidos en los ganglios sensitivos, di a luz dos trabajos de investigación: uno refe--
(1) Cajal: Alteraciones déla substancia gris provocadas por conmoción y aplastamiento. Con 0
grabados. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo IX, 1911.
(2) Cajal; Loe. cit. Tfab. del Lab, de Invest. biol.', tomo III, 1904.
(3) Cajal: Fibras nerviosas conservadas y fibras nerviosas degeneradas. Con 9 grabados. Trab. del
Lab. de Invest.biol.
378
S. RAMÓN Y CAJAL
rente a los ganglios transplantados (1) y otro (en 1913) tocante a los fenómenos
reaccionales en ellos sobrevenidos consecutivamente al arrancamiento a distancia
de los nervios correspondientes.
Nuestros estudios sobre el fecundo tema de la injertación de los ganglios sen¬
sitivos, confirmaron, desde luego, los bellísimos y transcendentales experimentos
de Nageotte acerca de la metamorfosis de las neuronas neuropolares en multipo-
lares, amén de la aparición de nidos nerviosos, la necrosis celular del centro gan-
gliónico seguida de la formación de nódulos residuales, etc., añadiendo las siguien¬
tes observaciones:
a) Si en vez de transplantar ganglios grandes jóvenes bajo la piel de un ani¬
mal adulto, según hacían Nageotte, Marinesco, Rossi, Dustin, etc. (homotrans-
plantación), sé injertan pequeñísimos ganglios (los terminales déla cola de caba¬
llo) de mamíferos recién nacidos bajo la piel de animales hermanos (homoctono-
transplantación) el número de células nerviosas supervivientes es mucho mayor^
salvándose hasta las habitantes en el centro ganglionar, incluyendo sus axones.
De ordinario, en los experimentos de Nageotte estas prolongaciones aparecen ne-
crosadas. Adviértese también que los fenómenos de creación y proyección de nue¬
vos apéndices alcanzan inusitada energía (fig. 162).
b) Según notamos en la figura 162, A, la pujanza de crecimiento y progresión
de los citados brotes es tal, que a menudo barrenan la cápsula fibrosa del ganglin
injertado. Re inidos en manojos, que son verdaderos nerviecitos, y traspasada la
• barrera capsular, los citados retoños, solicitados sin duda por las substancias;
neurotrópicas del tejido cicatricial circunvecino, se derraman en la trama conec¬
tiva del huésped, marchando en desorden, como en busca de los desaparecidos
territorios terminales (fig. 162, D).
c) De parecida manera se conducen los axones subsistentes de las raíces
gangliónicas. Gracias a la pequeñez del injerto consérvanse vivaces casi todos
ellos y generan, principalmente del lado de la rama periférica, nerviecitos abe¬
rrantes que se pierden en los territorios vecinos del animal receptor.
10. Mis experimentos de arrancamiento de los nervios (2) por fuera y a dis¬
tancia dé los ganglios sensitivos, revelaron un hecho de cierto interés, a saber:
que es posible provocar en las neuronas gangliónicas, por simple conmoción o
vibración mecánica, todos los curiosos fenómenos de metamorfosis del soma y
producción de retoños observados por Nageotte en los ganglios injertados (crea¬
ción dé apéndices, formación de nidos pericelulares y de células desgarradas y
lobuladas, aparición de nódulos residuales, etc.) .
Cuando el arrancamiento recae en las raíces motrices, en paraje alejado de la
médula espinal, promuévese, entre otros efectos, ya señalados por Sala y Cortesse
(que trabajaron también con mi técnica), la formación de numerosos retoños, mu¬
chos de los cuales, retrogradando en el interior de la raíz, penetran en la médula
espinal, inundando de ramas nerviosas el territorio del cordón anterolateral.
Asimismo pusimos de manifiesto que las heridas de los ganglios o el aplasta-
rnientode sus raíces dan ocasión a fenómenos activos de retoñamiento en las
fibras y células sensitivas, con formación exuberante de nidos de extraordinaria
complicación.
11. Singularmente expresivos en favor de la teoría neurotrópica, fueron los
(1) Caial; Algunas observaciones favorables a la hipótesis neurotrópica. Trab. del Lab. de Jnveat.
btol., tomo VIII, 1910.
(2) Cajal: Fenómenos de excitación neurocládica en los ganglios y raíces nerviosas consecutiva¬
mente al arrancamiento del ciático. (Con 4 'grabados.) Trab, del Lab. de Invest. biol., tomo XI, 1913.
RECUERDOS DE MI VIDA
37&
resultados de mis experimentos de transplantación y reimplantación de los cordo¬
nes nerviosos (1) en el intervalo de los segmentos del ciático interrumpido. De
estos estudios, confirmatorios, en principio, de los efectuados por Lugaro, Mari¬
nesco y Dustin, despréndese una conclusión importante; que la acción trópica
atrayente de las células de Schwann del injerto hállase íntimamente vinculada
con la vitalidad de las mismas. Injertos muertos (descompuestos o alterados me¬
diante líquidos coagulantes, etc.) no ejercen influjo neurotrópico sobre los retoños
del cabo central del ciático cortado; gruesos y frescos injertos sólo atraen las fibras
por su capa cortical o subneurilemática, territorio donde las células de Schwann
se mantienen vivaces y activas; en fin, delgadísimos y fresquísimos injertos
(reimplantación), cuya trama conserva íntegramente sus propiedades fisiológicas,
son invadidos casi enteramente por los retoños circulantes por el ambiente. En
la figura 163 reproducimos el resultado de uno de nuestros experim.entos. Adviér¬
tase cómo los axones neoformados en el cabo central de un nervio seccionado
concéntranse en el extremo proximal del injerto (e), que recorren en toda su lon¬
gitud para emerger, en fin, por el opuesto lado e insinuarse en el cabo periférico
del ciático {d). Nótese, además, la preferencia de los retoños por las capas super¬
ficiales del nervio injertado, que son naturalmente las más vivaces-y las más acti¬
vas, por tanto, para la' elaboración de fermentos atrayentes. La citada convergen¬
cia axónica, denotadora de la sensibilidad exquisita de los retoños hacia. las subs¬
tancias liberadas por el injerto, resulta un hecho singularmente favorable para
teoría neurotrópica.
12. En diversos estudios sobre la regeneración habíamos anunciado el pen¬
samiento de que las bolas gigantes, observadas en el extremo libre de ciertos re¬
toños, tenían por causa el atasco o detención eventual de las mazas; que los re¬
trocesos se debían al choque contra obstáculos insuperables y, en fin, que las di¬
visiones, aparte la posible intervención de fuentes neurotrópicas múltiples, obe¬
decían también al topetazo del cono contra células o conglomerados celulares.
Tales interpretaciones parecían probables, pero no indiscutibles: faltábales la
prueba experimental decisiva.
A fin de aportarla, efectuamos en 1912 (2) algunos experimentos encaminados
a angostar gradualmente las rutas destinadas a recibir a los jóvenes axones y
establecer en ellas obstáculos invencibles. Bajo este aspecto, diónos plena satis¬
facción el conocido proceder de las ligaduras nerviosas, combinado con la sec¬
ción (fig. 164).
De nuestro trabajo, notablemente ampliado en el libro sobre la degeneración y
regeneración, extraemos dos figuras, altamente significativas:
a) La 164, que reproduce- esquemáticamente los efectos de una ligadura mo¬
deradamente apretada, prueba perentoriamente que toda detención del cono de
crecimiento da por resultado el modelamiento de una bola o maza de variable
espesor (o). A veces, cerca de la región de la ligadura, o sea de la máxima angos-
mra, las mazas emiten fibras finas exploradoras, a su vez prontamente atascadas.
En la misma figura se observa que, después de chocar con el obstáculo, unos
pocos apnes retroceden bruscamente, trazando asas, cuya convexidad señala la
presencia de aquél (a).
(1) Cajíl; Estudios sobre la degeneración y regeneración del sistema nervioso, tomo I, páginas 537
y siguientes, 1913.
(2) Cajal; Influencia de las condiciones mecánicas «obre la regeneración de los nervios. (Con 3 bií-
hados.) Trab. del Lab. de Inveat.biol., tomo X, 1912.
S. RAMÓN y CAJAL
h\ Fn fin la fisura 165, donde se copia un cabo periférico varias veces sec¬
cionado deníuestr^ que las divisiones de los axones asaltantes
vainas de Schwann (B) ocurren precisamente al nivel de las cicatrices interme-
Sfs es decir en territorios rellenos de células conectivas irregularmente dis¬
tribuidas aunque ricos en materias neurótrópicas. Abundancia de fermentos esti¬
mulantes del crecimiento axónico y presencia de obstáculos múltiples constitu¬
yen, pues, las condiciones determinantes de las ramificaciones axonicas.
La mayoría de las precedentes investigaciones sobre la regeneración y dege¬
neración fueron, segün hemos insinuado, réunidas en obra extensa en dos volú¬
menes, uno de los más importantes y minuciosos^ trabajos que nos ha sido dable
acometer. Pecaríamos de ingratos si no recordáramos que la impresión de esta
obra fué costeada por la generosidad de los médicos españoles de la República
Argentina, que tuvieron la gentileza de escribir un prólogo. Por hiperbólica¬
mente encomiástico para mi modesta persona, no lo reproducimos aquí.
¡Oh Jos nobles, los nostálgicos, los fervorosos compatriotas emigrados, flor de
ía raza y espejo de laboriosidad callada, perseverante y heroica!
En medio de vuestras tribulaciones, soñáis cón una España grande, redimi¬
da por la cultura y la tolerancia. Por decir estoy que sois los únicos grandes
y buenos españoles que nos quedan. La distancia, mitigadora del sentimiento, ha
exaltado en vuestro espíritu el santo amor de la patria. Apartada en el espacio,
cuanto cercana en vuestro corazón, España» aparece en vuestras retinas como una
estrella de primera magnitud; no como es, sino como anheláis que sea. He aquí,
una noble pasión al par que un magnífico programa; porque en cuanto todos lo
queramos con emoción cordial y profunda, España volverá a ocupar en el mundo
el rango que perdió.
CAPITULO XXV
OBTENIDOS EN LOS NERVIuS YXENTR06 CON ESTAS NUEVAS FÓRMULAS.-INVES-
TIGACIONES SOBRE EL OJO Y REI INADE LOS INSECTOS.- LA RET.NA DE LOS CE-
FALÓPODOS.-TRES LIBROS PUBLICADOS DURANTE LOS CITADOS ANOS.- ALGUNAS-
^ distinciones honoríficas recibidas de las CORPORACIONES EXTRANJERAS
INVESTIGACIONES TÉCNiCAS.-Sin olvidar mis favoritos estudios sobreseí impor¬
tante problema de la regeneración del sistema nervioso, fueron los años 1912 y
1913 preferentemente consagrados a investigaciones metodológicas. Estas,
exigen atención, paciencia y laboriosidad extraordinarias. Cuando aplicamos una
fórmula de teñido selectivo imaginada por cualquier sabio, no sospechamos si¬
quiera la cantidad formidable de labor experimental, los interminables tanteos y
.probaturas que exigió, primeramente, el encuentro fortuito de la reacción, nueva y
útil, y, después, la empresa de fijar exactamente las condiciones óptimas del éxito
favór^le. Compasión cordial, más que envidia ruin, debieran inspirarnos los raros
triunfadores en este orden de pesquisas. ¡Oh, las febriles e impacientes horas en
que se espera ansiosamente la reacción afortunada que coquetea sin entregarse!...
Porque lo más grave en esta clase de trabajos es que se pueden consumir en ellos,
años enteros sin tropezar con nada que valga la pena. Y nada digo de la decep¬
ción causada por el hallazgo eventual de reacciones interesantes que después, a
despecho de obstinadas probaturas, no se dignan reaparecer (11.
Sirvan esto.s comentarios de excusa a la escasez de comunicaciones de los
años 1913 y 1914, época del recrudecimiento de mis indagaciones técnicas, escasez.
(1) Como ejemplo de estas reacciones fugitivas, indicadoras de la variabilidad y delicadeza det
quimismo nervioso, refeiiré al lector una de mis más deploradas decepciones. Allá por los años de 1891
o 1892, se me ocurrió sumergir trozos de cerebro de conejo joven en cierta mezcla, a partes iguales, de
bicromato potásico al 3 por 100 y de solución de cloruio áurico al 1 por 100. Varios días después, los
cortes de las piezas mostraron espléndida reducción selectiva de la sal áurica, al nivel de! aparato dei
Golgi (entonces tío conocido) de las pirámides cerebrales. Admirado del peregrino resultado, entreguéme
ardorosamente a reiteradas probaturas encaminadas a fijar las conciciones de) éxito. Pues bien; la dichosa
eacción ¡no volvió a comparecer jamás!... Peq ué yo en aquel a ocasión de excesivamente escrupuloso y
timorato, pues no osé publicar mi raro hallazgo; parecióme abusivo dar cuenta de un hecho cuya con¬
firmación resultaba por entonces imposible. Sin tales miramientos, el llamado aparato reticular áe. Golgi,
que el neurólogo de Pavía descubrió en 1898 (por cierto mediante fórmula notablemente azarosa), figu-
taría hoy en mi .activo y a mi nombre.
S. RAMÓN y CAJAL
debida también, según relataré después, al hecho de hallarme a la sazón ocupado
en la redacción de dos libros de conjunto sobre materias muy diferentes.
Mi primera preocupación metodológica se enderezó al hallazgo de algún proce¬
der fácil y constante de impregnación argéntica del aparato reticular de Golgi, del
cual había yo encontrado en la fibra muscular de los insectos (1890) un probable
antecedente (1). Recordará el lector que dicho retículo intracelular fué señalado
por Golgi en las células nerviosas (1898) y observado después en otros tejidos por
sus discípulos Negri, Veratti, Pensa, Marcora, Vechi, etc. (y fuera de Italia por
Holmgrem, Retzius, Kopsch, Misch, Bergen, Weigl, etc.).
Pero la fórmula imaginada por Golgi y modificada por su discípulo Veratti era
Sumamente azarosa y difícil. Tampoco la de Kopsch (ácido ósmico al 2 por 100)
daba plena satisfacción. Algo más constante, aunque inaplicable a muchos tejidos,
se mostraba cierta variante del método del nitrato de plata reducido, con la cual
conseguí desde 1903 impregnar el citado retículo de los invertebrados y el de al¬
gunas células epiteliales de los mamíferos jóvenes. Animado, sin duda, por estos
relativos éxitos míos, Golgi, que laboraba en la misma dirección, modificó felizmen¬
te mi fórmula argéntica con la adición de un fijador: el ácido arsenioso. La reacción
parda recaída en las trabéculas de dicho aparato, resultó más rápida y constante
que en las fórmulas anteriores. Gracias a ella, la escuela de Pavía (Perroncito,
Verson, Riquier, etc.) y en el extranjero Deineka, Legendre y otros, ensancha'ron
nuestro concepto del comportamiento y significación del susodicho organito intra-
protoplásmico, permitiendo además abordar el. tema interesante de sus metamor¬
fosis durante la multiplicación celular (Perroncito y Deineka).
La nueva fórmula del sabio de Pavía adolecía aún de algunos inconvenientes.
Uno de ellos consistía en el depósito difuso de plata reducida, que enmascaraba
la reacción útil, obligando (Veratti) al empleo de reactivos aclaradores de acción
oxidante y de difícil manejo. En fin, el método fracasaba todavía en algunos órga¬
nos difíciles.
A fuerza de tanteos y exploraciones, vine a caer casualmente sobre un fijador
excelente: el nitrato de mano. Merced al empleo de este reactivo, la coloración
consíguese corrientemente en todos los tejidos, singularmente cuando se ensaya
en mamíferos jóvenes. En el nervioso, por ejemplo, lógranse espléndidas colora¬
ciones, donde el retículo destaca perfectamente, en color café o pardo negro, sobre
fondo amarillo limpio y transparente.
, La fórmula aludida es la siguiente:
1. Piezas de2 a 3 milímetros de espesor son fijadas de diez a doce horas en
este líquido;
Nitrato de Urano . . 1 gramo.»
Formol . . 15 cent. cúb.
Agua destilada. . . . 100 —
La adición al fijador de un 20 por 100 de alcohol puede convenir en algunos
casos para mejorar la fijación y af nar el precipitado metálico.
2. Previo rapidísimo lavado de las piezas, se sumergen por veinticuatro a
cuarenta y ocho hnras en nitrato de plata al 1,5 por 100.
3. Descartado el nitrato superficial mediante rápida enjuagadura, opérase la
reducción en este baño, que debe obrar de doce a veinticuatro horas:
(1) Véase la página 227. Estas redes, primero vistas por mí en los, insectos, confirmadas des >ués por
Fusari en los vertebrados, han sido estimadas por Veratti, ayudante de Golgi, como el aparato reticu^
lar interno de la célula contráctil. Igual opinión profesan otros autores.
recuerdos Í)E mi vida
383
_ 1 a 2 gramos.
Hidroquinona . j5 ^úb.
Forraol . Iqq _
sSd; so¿á knh¡dr¿: : : : : : '• '• ■ • ■ • : • • ■ • <>.20 a 0.» gramos.
4, Alcohol, celoidina, etc.
En ciertas condiciones, la citada fórmula impregna también la neuroglia (dos
días de fijación) y las mitocondrias o gmnos intraprotoplásmicos de Benda, Meves
V Duesberg (de seis a ocho horas de fijación). , .
Aprovechando el impensado hallazgo, emprendí varios trabajos (1), cuyos re¬
sultados más interesantes paso a consignar:
a) Demostración, por primera vez, del retículo endocelular en todos los ele-
inentos nerviosos de la retina, en cada uno de los cuales afecta aquel configura-
ción y citado aparato en la célula de Schwann, donde, conforme
aparece en la figura 166, ó, reside en la vecindad del núcleo, al cual rod^ea, cons¬
tituyéndole una especie de corona trabecular con predominio de los cordones lon-
¿itudinge^ostración, por primera vez, del susodicho aparato en las fibras de Re-
mak, osteoblastos, odontoblastos, corpúsculos neuróglicos y ependimales, adipo-
•blastos, fibras del cristalino, eritroblastos y leucoblastos, etc. , . . ,
d) Reconocimiento y estudio del mismo en todas lás células del embrión de
pollo (endotelios, piel e intestino, células mesodérmicas, glandulares primordia¬
les, neuroblastos motores, sensitivos y simpáticos).
e) Análisis de las fases evolutivas por que atraviesa el retículo de Golgi en
das neuronas, desde el estado de elemento germinal ala fase de célula nerviosa
adulta. En la figura 167 mostramos esquemáticamente estas curiosas mudanzas.
Reaparece, cómo la red, primeramente localizada en el cono de origen del axon (C);
se enriquece progresivamente, extendiéndose en torno del núcleo, invadiendo gran
parte del protoplasma (E, F).
f) Exploración escrupulosa de las variaciones fisiológicas sufridas por el re¬
tículo de las células glandulares (páncreas, salivales, corpúsculos caliciformes del
intestino, etc.), en los tejidos en vías de regresión (cartílago osificante, osteoblas¬
tos, células adiposas, etc.) y en las neuronas de los ganglios, médula espinal, cere¬
ro y cerebelo (fig. 168). Imposible dar cuenta de estas variaciones, cuya descrip¬
ción ocupa muchas páginas de extensa monografía (2) ilustrada con abundantes
•grabados.
g) Análisis de las conexiones del retículo con los grumos de Nissl, las neuro-
Jibrillas y los conductos de Holmgrem. Se demuestra, según aparece en el esquema
déla figura 169, que la materia granulosa constitutiva de las trabéculas del apa¬
rato en cuestión reside en el interior de los conductos de Holmgrem, entre mano¬
jos de neurofibrillas, siendo completamente extraña a los grumos de Nissl.
h) Exploración de las metamorfosis regresivas y progresivas experimentadas
•por el retículo en los tubos nerviosos degenerados (cabo central y periférico de los
•nervios cortados) y en 1 is neuronas cerebrales vecinas de las heridas. Durante la
-degeneración, la proliferación de la célula de Schwann del cabo periférico de un
nervio cortado, asóciase al aumento de la materia argentófila de su aparato reti¬
cular, cuyos trabéculos se estiran en sentido longitudinal para distribuirse al fin
(1) Cajal: Fórmula de fijación para la demostración fácil del aparato reticular de Golgi y apuntes
-so re la disposición de este aparato en la retina, en los nervios y algunos es'ados patológicos. Con tres
grabados. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo X, 1912.
Cajal: El aparato endocelul -ir de Golgi de la célula de Schwann y algunas observacfones sobre ía
.estructura de los tubos nerviosos. Con lo grabados. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo X, 1912.
T A variaciones fisiológicas y patológicas del aparato re.icular de Golgi. Con 55 grabados.
ra . e La de Invest. biol., tomo Xll, (Esta monografía, sumamente extensa, es sin duda ti
trabajo de investigación de mayor envergadura publicado hasta hoy sobre el argumento.)
Cajal: Loe. cit. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo XII, 1914.
384
S. RAMÓN Y CAJAL
en dos acúmulos, uno correspondiente a cada célula hija. En la figura 170 mostra¬
mos la disposición de dicho retículo de Golgi en las células del cabo central y en
las del periférico.
i) En fin, se formula cierta hipótesis sobre el significado y alcance de la posi¬
ción casi constante del retículo de Golgi en el polo mundial (el que mira o miró,
ontogénica y filogénicamente, al mundo exterior) de las células de abolengo ecto~
dérmico (piel, células nerviosas, glándulas cutáneas, etc.) y en las oriundas deíl
entodermo. Esta concepción puede formularse así: En el curso de la evolución on¬
togénica y filogénica, el retículo y la esfera atractiva de todas las células epitelia¬
les (ecto y entodérmicas) ocupan el polo orientado hacia el mundo exterior, es de¬
cir, el segmento protoplásmico intercalado entre el núcleo y el cabo celular libre;,
mientras que en las células de origen mesodérmico (glóbulos de la sangre, cor¬
púsculos conectivos, musculares, cartilaginosos, etc.), a causa sin duda de las fre¬
cuentes emigraciones, perdióse la orientación espacial primitiva de los citados,
organitos intracelulares, ocupando, de ordinario, el centro de la masa principal deh
protoplasma (1).
Interesantes investigaciones acerca del aparato de Golgi, de diversos tejidos,,
fueron efectuadas también, aplicando la técnica del nitrato de uranp, por Tello (cé¬
lulas de los íümores y elementos glandulares de la hipófisis), Del Río-Hortega
(ovario y fibras musculares lisas), Ramón Fañanás (células gigantes del tubérculo,,
mucosa y bulbo olfativos y diversos tejidos del embrión de pollo), Domingo Sán¬
chez (epitelios y neuronas de invertebrados), Sánchez y Sánchez {neuronas del ce¬
rebelo), Castro (botones gustativos), etc.
Dejo dicho ya que el proceder del nitrato de urano colorea también, modifican¬
do el tiempo de fijación o introduciendo variantes en la composición de la fórmula,,
ciertos factores extraños al retículo de Golgi. Merced a esta profusión de efectos
selectivos, conseguí los resultados siguientes:
a) Impregnación de la neuroglia de la substancia gris y blanca de los centros.. .
El depósito argéntico colorea no sólo el protoplasma de los apéndices radiados y
sus pies perivasculares, sino los gliosomas de Fieandt, que se presentan intensa¬
mente teñidos de negro o pardo, sobre fondo ocre claro. En cuanto a la configura¬
ción general del astrocito de la substancia gris, coincide exactamente con la hace
tiempo revelada mediante el método del cromato argéntico (fig. 171, A).
b) Cuando se ensaya el método en los tubos nerviosos modulados, la reacción
selectiva recae a menudo en los anillos de Segall, el aparato espiral de Rezzonico
y, sobre todo, en una especie dé esqueleto o armazón de fibras longitudinales,
contenido en el espesor de las células de Schwann. Acerca de la disposición de
este curioso armazón, señalado brevemente por mí en los nervios de los mamífe¬
ros, ha efectuado en los peces Sánchez y Sánchez (1917) interesantes investi¬
gaciones.
c) En fin, modificaciones especiales de la citada fórmula, en cuyo detalle no
podemos entretenernos, permiten impregnar a veces ciertos factores integrantes-
del tubo nervioso (cisuras de Lantermann, protoplasma del corpúsculo de
Schwann, doble brazalete de Nageotte, etc.).
Mis reiteradas inquisiciones técnicas sobre la coloración selectiva de la neuro¬
glia, estimuladas en buena parte por Jos interesantes trabajos de Achúcarro (2>
■ (efectuados en mi laboratorio) acerca de la estructura y conexiones de la glia hu-
(1) Esta hipótesis hállase expuesta y profusamente desarrollada en un trabajo intitulado: Considera¬
ciones generales sobre la polarización ontogénica y filogénica del aparato de Golgi. Boletín de la, Socie¬
dad española de Historia Natural, núm. 30, 1915.
(2) Sabido es que el método de este sabio y malogrado investigador español, consiste en someter los.
cortes efectuados por congelación a la influencia del lanino caliente. La impregnación de la glia se ob¬
tiene después, lavando los cortes y tratándolos con el óxido de plata amoniacal de Bielschowsky y, final-
RECUERDOS DE MI VIDA
385
mana, rae condujeron en 1913 (1) al hallazgo del método del oro-sublimado, pro¬
ceder sencillísimo que permite impregnar específicamente en violado purpureo los
dos tipos neuróglicos de la corteza cerebral, y muy especialmente la modalidad
protoplásmica o de cortas radiaciones, tan rebelde, según es notorio, a las labo¬
riosas coloraciones de Weigert, Fano, Alzheimer y otras corrientemente usadas
por los anatomo-patólogos.
De su utilidad para el estudio de las alteraciones patológicas de la glia huma¬
na, dan testimonio los interesantes trabajos de Achücarro y Gayarre sobre la de¬
mencia paralítica y senil; los de Lafora, sobre la neuroglia del perro viejo; los de
Achúcarro, sobre el asta de Ammon y acerca de la histología comparada de la
neuroglia; los de Río Hortega, recaídos en el reblandecimiento cerebral, etc.
El método es aplicable no sólo al hombre, sino, en cierta medida, a todos los
vertebrados. El Dr. Achúcarro logró en sus últimos años colorear satisfactoria¬
mente la neuroglia y células ependimales de los peces, reptiles, aves y pequeños
mamíferos, recogiendo copiosa cosecha de hechos nuevos. Ramón Fañauás ha te¬
ñido \a neuroglia cerebelosa del perro, gato y conejo. En fin, en nuestro Laborato¬
rio, el Dr. Havet, de Lovaina, ha logrado también estimables impregnaciones de
la. glia ganglionar áe. los invertebrados, singularmente del lumbricus, habiendo
conseguido demostrar la existencia constante de astrocitos protoplásmicos, ade¬
más de los astrocitos fibrosos.
A juzgar por los dibujos, descripciones y microfotografías publicados, en el ex“
tranjero el éxito ha sido también satisfactorio. Consúltense las com unicaciones
recientes de Scháffer (Hungría), Ziveri y Rossi (Italia), Marinesco y Minea (Ru¬
mania), etc.
He aquí la fórmula del sublimado-oro:
1. ^ Trozos de centros nerviosos, lo más frescos posible, son sometidos, entre
dos y diez días, a la acción del fijador siguiente:
Formol . . 15 cent. cúb.
Bromuro de amonio . . . . . . 1 ,5 a 2 gramos.
Agua destilada . . . . 85 —
2. ^ Mediante el microtomo de congelación, efectúanse secc iones que se reco¬
gerán en agua formólica. Estos cortes deben ser relativamente gruesos, por ejem-
mente, con el formol. Este método, modificado ligeramente por su autor y después por Ranke en Ale¬
mania y Río Hortega en España, fué el primero con el cual se consiguió teñir regularmente la glia de
la substancia gris del cerebro humano. Desgraciadamente, aun con todos los perfeccionamientos aporta¬
dos, el proceder del sabio español, constante cuando se trata de colorear la neuro glia de la substancia
blanca, resulta algo azaroso aplicado a la substancia gris. Por esta razón, Achúcarro. en sus últimos años,
se sirvió con gran provecho de mi fórmula al sublimado-oro, que resulta, cuando las piezas son frescas
singularmente expeditiva y constante. ’
(1) Cajal: Sobre ün nuevo proceder de iinpregnación de la itóuroglia y sus resultados en el cerebro
del hombre y animales. rrob. flfeZ iaó. iáe /«ütfsí. 6ÍOÍ., temo VI, 1913.^
Véase también: : : r
f omo”^!^” al conocimiento de lá neuroglia dél cerebro humano. Z>aó. del Láb. de Irivest. biol.
R^XXxTÍaÍ publicados también en Efeifseftr. /-. TEÍaaemcA. Mi.
íhod'; zu^ Fñrtung áeÍlSro^f y Ceñir óiUat.WiA ;(Eine nep Me-
En fln. íasmpfflficacionés de pura comodidad operatoria introducidas redénte'mente en él métorfá
25
386
S. RAMÓN Y CAJAL
olo de 20 a 25 U.. Semejante espesor, además de favorecer la reacción, tiene la
ventaja de mostrar más completamente las expansiones de los astrocitos.
3 a Previo rápido lavado en agua destilada para extraer el formol, son lleva¬
das ías secciones al líquido colorante siguiente que debe conservarse en la obs¬
curidad:
Agua destilada . cent. cúb.
Sublimado cristalizado . 0,5 gramos.
Solución de cloruro de oro pardo al 1 por 100. . . 10 cent. cub.
4. a Al cabo de cuatro o más horas, tíñense los cortes en tono purpúreo intenso
y se trasladan (manipulándolos con varillas de cristal) al fijador siguiente:
Hiposulfito de sosa .
Agua . . . . . .
Alcohol ordinario . . .
Solución concentrada de bisulfito sódico
En este baño permanecerán de seis a diez minutos.
5. a Lavado de los cortes en agua alcohólica ai 50 por 100; montaje en porta¬
objetos, donde se enjugará el líquido con papel chupón; en fin, alcohol absoluto,
esencia de orégano, xilol y bálsamo.
Gracias a la comodidad de manipulación y especificidad de resultados del
-nuevo recurso de impregnación, conseguí recoger algunos hechos nuevos y, sobre
todo, fijar y consolidar ciertas nociones fluctuantes y harto discutidas sobre la
estructura, evolución y comportamiento expansional de los dos tipos neuróglicos
del hombre y mamíferos. Mencionemos'rápidamente algunas aportaciones:
a) La demostración de que las expansiones neuróglicas del tipo llamado
prof oplásmico se ramifican prolijamente en el seno de la substancia gris, recorrien¬
do grandes distancias y generando cierto olexo difuso y denso, pero en todo caso
exento de esas redes admitidas, sin pruebas suficientes, por (muchos autores. Las
últimas ramillas neuróglicas acaban libremente, según puede advertirse en la
figura 171. , .
b) La prueba objetiva de que todo astrocito de la substancia blanca o gris
hállase provisto constantemente de uno o- varios pies insertos sobre los vasos ca¬
pilares (aparato chupador). Delicadísimos y aveces difíciles de sorprender en la
glia protoplásmica, afectan tales apéndices vasculares gran robustez en la fibro¬
sa (figura 172). En realidad estos pies perivasculares se conocían ya desde la
época de Golgi; pero sólo el método del oro permite observarlos con absoluta
constancia y reconocer la cantidad prodigiosa de los mismos (fig. 172).
c) El astrocito protoplásmico posee una estructura que recuerda mucho la de
las células glandulares. En el seno de cierto estroma tupido y como esponjoso
aparecen numerosas vacuolas claras donde sé alojan los gliosomas bien descriptos
por Fieandt, Eisath, Nageotte, Mawas y Achúcarro (fig. 173).
d) Conforme señalamos ya hace muchos años, es frecuente, encontrar en torno
de las neuronas cierta pléyade de astrocitos protoplásmicos, cuyos apéndices,
ricos en gliosomas, se apoyan sobre la membrana neuronal. Una disposición fre¬
cuente de la glia satélite reproducimos en la figura 176, A, C, tomada del cerebro
del perro adulto.
e) Ciertos autores habían sospechado, aunque sin aportar demostración pe¬
rentoria del hecho, la presencia en los centros nerviosos de cierto corpúsculo pe-
-queño, sin expansiones, quizá, de origen mesodérmico y tan extraño a las neuronas
como a la glia. Este íercer elemento- de los centros clarísimamente en nues¬
tros preparados, a causa de su absoluta incolorabilidad por el método áurico. Tes¬
timonio de este notable contraste es la.figura 175, donde presentadlos, a un tiempo
los aspectos que en los cortes dorados ofrecen. los.astrocitosneüróglLcos y el su¬
sodicho /cree/- e/emento.
5 gramos.
70 cent. cúb.
30 —
5 —
RECUERDOS DE MI VIDA
387
Por lo demás, la verdadera morfología de este singular corpúsculo eyidénciase
-solamente en los preparados teñidos por el método del urano-formol. Adviértase
(figura 174, a, b, c) su forma poliédrica, a veces irregularizada por excreencias
mfrginales, su proximidad a los vasos, la presentación de diminuto aparato de
gj tercer elemento, o corpúsculo enano adendrítico, congrégase también en
torno de las células nerviosas, singularmente por debajo de la base de las pirá¬
mides viniendo a constituir otra variedad de elementos satélites (fig. 173 aj. A
ella oertenecen casi todos esos diminutos corpúsculos que Nissl, nosotros, Luga-
ro Alzheimer, Marinesco y otros muchos autores, sorprendidos hace tiempo en
derredor de las neuronas, sin acertar por entonces a resolver si se trataba de célu¬
las de glia legítima, de leucocitos transmigrados o de corpúsculos de naturaleza
-especial. (Sobre las especies del tercer elemento véase más adelante.)
Con relación a la evolución ontogénica de las células de neuroglia, nuestras
Dbservaciories, efectuadas tanto en los fetos como en los mamíferos recién naci-
,dos, permiten afirmar:
a) Lo mismo las células epiteliales dislocadas (célula neuróglica primordial),
-que el astrocito joven, y aun el adulto, son capaces de proliferar en condiciones
normales (fig. 177, B). Es frecuente observar, aun en el cerebro adulto, parejas y
hasta tetradas de elementos neuróglicos.
, b) Astrocitos fibrosos y prDtoplásmicos representan la descendencia directa
de corpúsculos epiteliales primitivos del conducto medular del embrión; su diver¬
sidad morfológica y estructural prodúcese por adaptación del tipo primitivo a am¬
bientes diferentes. Estimamos, por tanto, inadmisible la hipótesis de la doble es¬
tirpe (ectodérmica y mesodérmica) de los, astrocitos, defendida por algunos histó¬
logos y anatomo-patólogos.
c) Durante la época enibriónaria, las células de neuroglia realizan actos de
emigración y de transformación que implican capacidad amiboide. Merced a los
efectos de lento amiboidismo, fórmase el pie perivascular o aparato chupador, el
cual, si representa a veces una proyección protoplásmica nueva, deriva otras de
la dislocación e hipertrofia deí apéndice radial o primordial (externo casi siempre)
del corpúsculo epitélico dislocado (fig.-177, a, b). Sin embargo. Castro, eh recien¬
tes trabajos efectuados sobre el bulbo olfatorio, ha probado que el pie perivascu¬
lar suele ser en la mayoría de los casos una colateral del tallo radial.
d) En armonía con los trabajos de varios autores, singularmente de Fano y
Achúcarro, las fibras de Ranvier-Weigert de los astrocitos de la substancia blan¬
dea representan el producto de una diferenciación intraprotoplásmica. En ningún
caso dichas fibras se emancipan, según creía Weigert, del cuerpo celular. Poco
después Del Río-Hortega (1917) ilustró esta doctrina con interesantes ejemplos
;de diferenciación fibrillar, tomados de la neuroglia de los vertebrados e inverte-
, brados.
e) La substancia gris del cerebro humano discrepa de la de los demás verte¬
brados superiores, no sólo por la cuantía considerable délas células neuróglicas
dedipo protoplásraico o glandular que contiene, sino por la relativa pequeñez de
. éstas, la imponente complejidad del plexo gliomatoso intersticial y la ninguna
-tendencia (en estado normal) a producir fibras protoplásmicas.
Algunos LIBROS PUBLICADOS. — Vaya por delante mi obra de conjunto sobre la
.Degeneración y regeneración del sistema nervioso (1). Esta voluminosa obra en dos
-volúmenes e ilustrada con 317 grabados, copia de mis preparaciones, constituyó
la pnncipql empresa acometida duránte los años 1912, 1913 y 1914. (A ella hemos
^udido mas a^as.) Tan considerable esfuerzo dejóme profundamente fatigado.
Porciue no se trataba solamente de compilar sintéticamente todas mis investiga-
rfoioll mu' degeneración y regeneración del sistema nervioso, lomo I. 1913;
388;
S- RAMÓN Y CAJAL
dones sobre el tenia, sino de hacer, ante todo, una obra nueva. Así lo expresé em
el prólogo, donde procuré justificar mi labor con los siguientes términos:
«El premio Nobel con que el Instituto Carolina de Estocolmo se dignó recom¬
pensar mis escasos méritos científicos, fué, entre los médicos de raza españolav
ocasión de patrióticos y entusiastas testimonios de afecto y consideración. Pero,,
entre los homenajes recibidos, ninguno más honroso, por su forma delicada y es¬
piritual, que el tributado al humilde hombre de ciencia por los compatriotas mé¬
dicos de la República Argentina. No creyeron suficiente, para exteriorizar su fer¬
vor, agasajarnos con artístico diploma avalorado con sus firmas autógrafas; sino
que, resueltos a que sus nobles sentimientos cristalizaran en algo útil y per¬
manente, acordaron imprimir a su costa un libro nuestro necesitado de publi¬
cación. , , . .
Tal fué el origen de la obra actual. Al emprenderla, pense que podría ser de¬
provecho resumir en un Tratado general los numerosos trabajos que mis discípu¬
los y yo (.sin olvidar los Valiosísimos aportados por ilustres sabios extranjeros)
hemos consagrado durante estos últimos años al arduo problema de la degenera¬
ción y regeneración del sistema nervioso. Pero, en cuanto puse manos a la obra-,-
eché de ver que si la empresa había de corresponder a la magnitud y nobleza del
homenaje, no podía consistir en mera compilación de datos publicados. Para hon¬
rar en lo posible la desinteresada iniciativa de mis compañeros ultramarinos, me
impuse, pues, la tarea de revisar, mediante pesquisas de .laboratorio, todos los
tenias anteriormente tratados y, además, la de investigar ex profeso muchos pun¬
tos obscuros o dudosos. El libro constituye, por tanto, extensa monografía, en-
•buena parte original.»
Los capítulos más enriquecidos con nuevas aportaciones son los que tratan d©
las /oses de la degeneración valleriana en nervios y vías centrales (mielina y
axon); los fenómenos de multiplicación y transformación de los corpúsculos de
Schwann; las alteraciones degenerativas de los d/scos de so/dodürc, embudos de'
Laniermann y anillos de Segall; la suerte corrida por las viejas vainas de Schwann
no neuro tizadas, del cabo periférico; la morfología y estructura del cono de creci¬
miento dentro de las bandas de Büngner del citado cabo; la medida de la velocidad:'
de crecimiento del axon en los diversos terrenos; las gradaciones de la atrofia de
los cilindros-ejes del cabo central, por debajo de los retoñ.js viables; el análisis
del paraje y forma precisas del nac/m/enío de /os renuevos; los experimentos to¬
cantes a los injertos nerviosos y gangliónicos; la prueba de que los ganglios sint-
páticos transplantados ofrecen también retoños invasores y nódulos residuales;,,
los efectos de la intercalación de obstáculos en las heridas nerviosas, al objeto de
-sorprenderlos cambios de dirección de las fibras neoformadas; los fenómenos de
proliferación de la neuroglia en las heridas cerebrales; metamorfosis del retícu¬
lo de Qolgi en las zonas degenerativas de la médula y cerebro, y, en fin, la expo¬
sición y discusión detenidas dé 1^ hipótesis imaginadas para explicarla génesis^
y orientación de las fibras nerviosas en el embrión y los brotes aberrantes áe las-
células gangliónicas sensitivas normales y transplantadas.
. Al texto precede entusiasta y sentida dedicatoria (probablemente escrita poir
el sabio médico y ardoroso patriota Dr. D. AVelino Gutiérréz' ^ofésór de la Uni-
"versidádide Buenos Aires), jñlrmada pór 4t simpátícbs compañei^^ esparcidos pon
‘todo ,el térfítorió de ia R^ública Argentina. E}femsadó és decir que a éada SuS-
crií)t0r fué' oportün^thente tepartido "(tn ' ejemplar, impreso en paper especiálSr
'afeétüósáínente dedicado." : .....
¡Qüémehorpodiarlracér yo; para pagar Tátí líobíe’ y teSpiritum agasajo, "qüe
ofrecer a mis compatriotas de allende el mar una obra original, seriamente medi—
tada'y'í^idídbsatneñteitusttádáy ésiáltá.;'
RECUEBDOS DE MI VIDA
El segundo libro (por tal lo tengo aunque se publicó en los Trabajos del La¬
boratorio) enfocó el tema interesante de la retina y centros ópticos de losinsec-
dos (1). En esta obra colaboró mi ayudante D. Domingo Sánchez,- contribuyendo,
^obre todo, con muerosas y admirablemente ejecutadas preparaciones.
Según recordará el lector, mis aficiones a la retina son historia antigua. El temq
me cautivó siempre, porque, en mi sentir, la vida no alcanzó jamás a forjar má¬
quina de tan sutil artificio y tan perfectamente adecuada a un fin como el aparato
visual. Por raro caso, además, la naturaleza se há dignado emplear aquí resortes
físicos accesibles a nuestro saber actual. No debo ocultar que en el estudio de
üicha membrana sentí por primera vez flaquear mi fe darwinista (hipótesis de la
selección natural), abrnmaáo y confundido por el soberano ingenio constructor
jque campea, no sólo en la retina y aparato dióptrico de los vertebrados, sino
hasta en el ojo más ruin de los insectos (2). Allí, en fin, sentí más profundamente
ijue en ningún otro tema de estudio, la sensación escalofriante del insondable
misterio de la vida.
Para contribuir siquiera con tenuísimo rayo de luz a iluminar el tenebroso
abismo, y al objeto, además, de completar mi antiguo libro sobre la retina de los
vertebrados con otro estudio de conjunto relativo a la retina y ojo de los inverte¬
brados, emprendí en 19;15 esta difícil investigación, que, con permiso de mis
achaques y decadencias, durará todavía muchos años.
La complicación de Ja retina de los insectos es algo estupendo, desconcertan-
wte, sin precedentes en los demás animales. Cuando se considera la inextricable
urdimbre de los qjos xompuestos o en facetas; cuando se interna uno en el labe-
.rinto de neuronas y fibras integrantes de los fres grandes segmentos retiñíanos
(capa de las ommatidias, retina intermediaria o pendpfíco, retina internao epióp-
Jico, etc.); cuando se sorprenden, no un kiasma, como en los vertebrados, sino
tres kiasmas sucesivos de significación enigmática, amén del inagotable caudal
.-de células amacrinas y de fibras centrifugas; cuando se medita, en fin, acerca del
.infinito número y primoroso ajuste de todos estos factores histológico?, tan suti¬
les, que los más potentes objetivos consienten apenas su percepción, queda uno
anonadado. ¡Y. yo que, engañado por el malhadado prejuicio de la seriación pro¬
gresiva de las estructuras zoológicas de función similar, esperaba encontrarme
xon un plan estructural sencillísimo y fácilmente abordable! Sin duda que zoólo-
.gos, anatómicos y psicólogos han calumniado á los insectos. Qomparada con ía
retina de estos al parecer humildes representantes de la vida (hímenópteros, lepi^
jdópteros y neurópteros), la retina del ave o del mamífero superior se nos apa¬
rece como algo grosero, basto y deplorablemente elemental. La comparación del
.rudo reloj de pared, con exquisita y diminuta saboneta no da exacta idea del con¬
traste. Porque él ojo-saboneta del insecto superior no consta solamente de más
, .:(!) S. R. Cajal y D. SáSchez: Coatribución al conocimiento de, los centros nerviosos de los insec¬
tos. Primera parte: Retina y centros ópticos. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo XIII, ,1915. (Con S5
.grabados y 2 láminas qromplitográfieas,) Véase también cierta nota publicada años antes: Nota sobre la
retina de la mosca. Trab. del Lab. de Investig. biol., tomo Vil, 1909.
*°®““°‘^*'*°®.l’*í“<:ipios de la variación lenta y selección ^de la modificación útil, no es
posible explicar saUsfactoriamente muchísimas disposiciones, a saber: el paso en los mamíferos de la
^J^onpa^amica&X^ visión de campo común, con súbita creación del corrfdw óptico homolateral, a.
1 abandono en los mamíferos inferiores de las excelencias de la fósela central
cin ^ las singulares coincidencias! estructurales del ojo y retina en animales
! filog^nico ípor ejemplo: cefalópodos.y mamíferos); y en general, todas las.bruscas y sor-
vine aciones de los centros nerviosos sobrevenidas a, cada nueva adaptación, al medio de
Uos Organos sensoriales y.motores-
390
S. RAMÓN Y CAJAL
tenues rodajes, sino que entraña además varios órganos complícadísíraós, sin re--
presentación en los vertebrados. Las figuras adjuntas son esquemáticas; sólo-
muestran tal cual elemento de cada capa, es decir, de los tres segmentos o retinas
superpuestas, que nosotros hemos designado: retina externa, retina intermediaria
Y retina interna. El órgáno ovoide más profundo debe estimarse homólogo del
lóbulo óptico de lós vertebrados (fig. 173). Este ovoide aparece segmentado en la
retina de la mosca.
Con arreglo a los mismos principios está organizado el cerebro— el cual, dicho
sea de pasada, si nuestra salud lo permite, pensamos escrutar prolijamente—,
asombro a la par de ingeniosa sutileza y maravillosa adaptación. Nunca mejor'
aplicado el conocido adagio latino: in teñáis labor. Penetrando con el microscopio
en esas liliputienses y, sin embargo, frondosísimas selvas neuronales del gánglio
cerebroide de la abeja, se siente la tentación de creer que lo desdeñosamente lla¬
mado por los psicólogos ciego instinto (la intuición de Bergson), es soberana ma¬
nifestación del genio, como afirmaba Fabre. Genio del conocer profundo e instan¬
táneo, surgido por primera vez en estos pequeños y antiguos seres, para apagarse;
después, durante miríadas de siglos, en las groseras construcciones cerebrales del
verme, del pez, del batracio y del reptil.
Renuncio al empeño de dar aquí idea del contenido objetivo del aludido libro.
Es preciso leerlo. Declaro confidencialmente para aquellos naturalistas o histólo¬
gos que no desdeñen el estudio anatómico de los más humildes seres, que los
hechos originales se cuentan por docenas y que muchos problemas de morfologíá-
y conexión neuronales son satisfactoria y— quiero creerío-definitivamente escla¬
recidos. Y esto no es sino empezar. En mi programa y en el de mi ayudante Sán¬
chez, late el empeño de no cejar hasta sorprender la característica anatómica deF
instinto. ¿Triunfaremos?... En la imposibilidad de reproducirlos cientos de graba¬
dos que ilustran las monografías de Sánchez y mías, doy aquí dos simples-
esquemas para que el lector juzgue de la sutileza y complicación de los animales-
cuya psicología, con un poco de desdén aristocrático, calificamos de instintiva. El
mismo Fabre, poco sospechoso en la materia, atribuía a los insectos, aparte el
instinto, que es como Un entendimiento innata, cierta dosis de discernimiento, a;
fin de triunfar de los accidentes imprevistos.
Vivo contraste con los anteriores libros forma otro publicado en 1912 sobre
La fotografía de los colores (1). Harto conoce el lector mis viejas aficiones al arte
de Daguerré. Y ahora confesaré, en el seno de la intimidad, que, a título de recreos
o descansos de más severa labor, me entregué de vez en cuando a algunas modes¬
tas investigaciones sobre la teoría y práctica del arte fotográfico (2).
Dos motivos, docente y patriótico el uno, y sentimental el otro, me inspiraron-
la redacción del citado libro fotográfico.
(1) Cajal: La fotografía de los colores. Fundamentos cientfacos y reglas prácticas. (Con 55 grabados.)’
Madrid, 1912.
(2) Citemosi entre otras, Cajal: Recreaciones estereoscópica y binoculares. La Fotoqrafia. Ma¬
drid, 19D1. ^ '
Cajal; La fotografía cromática de puntos coloreados. La Fotografía, 1914.
Cajal; Una modificación al proceder fotocrómico de LuraiSre a la fécula. La Fotografía, 1916.
y el ProWema de las copias- múltiples. La Fotografía, Ma-'
Cajal; Anatomía de la placa fotográfica. Madrid, 1903.
Cajal; Estructura de las imágenes fotocrómicas de Lippmann. Éevisía de la Real Academia de Cien¬
cias, etcétera. (Con 17 grabados.) Abril 1906.
RECUERDOS DE MI VIDA
ÍK)!
El primer motivo fué contribuir, con mi modesta iniciativa, a divulgar entre los
aficionados a la heliocromía los principios físicos fundamentales de esta maravi¬
llosa aplicación de la ciencia. Así lo expresaba en el prólogo que encabeza la obra.
«Privarse de la teoría -decíamos— es desdeñar la mitad del placer fotocrómico,
que consiste en comprobar experimentalmente la exactitud de los principios cien¬
tíficos. El devoto de la fotografía del color no debe ser rutinario practicón, atenido
meramente a recetas y formularios, al modo del carpintero, que, aguijado por lá
necesidad, abandona la garlopa por el objetivo. Sólo acierta quien sabe. La inter¬
pretación dejos resultados obtenidos y el remedio de los accidentes y fracasos,
encuéntrase exclusivamente en la clara comprensión del mecanismo físico-quími¬
co de cada operación fotográfica.» A la verdad, mi sentimiento patriótico irritábase
sobremanera al oir cómo desbarraban muchos aficionados de cierta cultura (abo¬
gados, médicos e ingenieros, etc.), en cuanto discurrían sobre las probables causas
de un tono falso en las autocromas, o sobre los hechos físicos en que se fundan
los diversos métodos tricrómicos. Bajo este aspecto de la difusión en nuestro
país de los principios rectores de los procederes fotocrómicos más usuales, creo
sinceramente que mi libro, redactado en lenguaje llano y sencillo, e ilustrado con
numerosos esquemas originales, satisfizo una verdadera necesidad (1).
El segundo motivo pertenece al dominio del corazón. Mentarlo renueva en mí
torturantes recuerdos. El mayor de mis hijos, precisamente el que más se parecía
a mí, así en lo intelectual como en lo físico, contrajo desde muy joven gravísima
enfermedad cardíaca. Desahuciado de los médicos e imposibilitado para seguir
carrera, pásele al frente de una librería, al objeto de entretenerle y de disipar en
lo posible su negra melancolía. Y para estimular iniciativas editoriales, base quizás
de futuros negocios, escribí los primeros capítulos del libro. Por desgracia, el
inexorable pronóstico médico se cumplió, y el autor tuvo a fortiori que convertirse
en editor. Mas no hablemos de cosas tristes. ¡A qué rememorar dolores cuyo leni¬
tivo sólo está en el olvido!,...
Para ser completo, debiera todavía mencionar aquí cierto librito, de sabor lite¬
rario, aparecido en 190-5 con el título de Cuentos de vacaciones, y firmado con el
pseudónimo Dr. Bacteria. Trátase de cinco narraciones, a modo de causeries
pseudo-filosóficas, donde con poca novedad y desmañado estilo se plantean y re¬
suelven algunos problemas de ética social. Conocedor de los defectos de la citada
obiita, no osé ponerla a la venta. Me limité a regalar algunos ejemplares a los
amigos de cuya bondadosa indulgencia estaba bien seguro. Si dispongo alguna
vez del vagar indispensable, quizás reimprima y ofrezca al público el citado libro,
previamente expurgado de empalagosos lirismos y de no pocas máculas de pen¬
samiento y de estilo.
Una traduccióa alemana, con nuevos experimentos y ri prácticas, vió la luz en el Zsilschrift If.
wissenchaflicTie Photographie. Bd. V, H. 7, 1907.
Cajal; -Reglas prácticas sobre la fotografía interferencia! de Lippmann. Ciencia, popular. Barcelona
noviembre 1916.
Cajal; Obtención de estereofotografías (proceder de Berthier-Ives) con un solo objetivo. Revista dp
Física y química. \%\0. ®
Cajal: Proceder heliocrómico por decoloración. A lales de la Sociedad Española de Física y
Química, tomo IX.
(1) Uno de los capítulos mejor trabajados del libro es el relativo a los principios y reglas prácticas
e proce er e Lipmann, donde se analiza mediante el microscopio la estructura de las láminas de
Zenker generadoras de los colores mezclados y singularmente del blanco.
S. RAMÓN y CAJAL
Durante los últimos diez años fui favorecido con numerosas distinciones. Ca¬
llarlas en una autobiografía, pudiera achacarse a orgullo o ingratitud; complacerse
morosamente en su puntual enumeración, parecería pueril vanidad. Adopto un
término medio recordando las más importantes. En 1906 fui designado Miembro
corresponsal de la famosa Academia de Roma {Regia Lynceotum Academia); en
1909, Fellow de la Real Sociedad de Londres; en 1910, Socio corresponsal de \a. Real
Academia de Ciencias de T urin; en 1912, Socio corresponsal de la Sociedad Italiana
de Neurología; en 1911, Doctor honorario de Medicina por la Universidad de Cris'
tiania;&al9l2, Miembro extranjero dtldL Real Academia de 7 urin; en el mismo
año, Miembro honorario de la Sociedad Real de Ciencias médicas y naturales de
Bruselas, y Profesor honorario de la Universidad de Dublin; en 1913, Asociado ex¬
tranjero de la Academia de Medicina de París; en 1916, Miembro corresponsal del
instituto de Francia, etc., etc. Añadamos que en 1914 el Gobierno francés me
honró otorgándome la condecoración de la Legión de honor ( Commandeur), y que
en 1915 el Emperador alemán me favoreció con la cruz de la Orden «pour le
merite». En fin, la Academia Española de la Lengua, necesitada de un técnico de
las voces y expresiones médicas y biológicas, tuvo la bondad de llamarme a su
seno, y años después (1910), el ilustre y malogrado Canalejas, a la sazón jefe del
partido liberal, me nombró Senador vitalicio. A todos la expresión de mi profundo
agradecimiento.
CAPITULO XXVI
EFECTOS DEPRIMENTES DE LA GUERRA MUNDIAL.— DESAPARICIÓN DURANTE LA GUE¬
RRA Y LA POSTGUERRA DE CASI TODOS LOS POCOS SABIOS EXTRANJEROS QUE
LEÍAN EL ESPAÑOL.— TRABAJOS DE LOS ÚLTIMOS AÑOS ACERCA DE LA RETINA DE
LOS CEFALÓPODOS Y LOS OCELOS DE LOS INSECTOS.— CONTRIBUCIÓN AL CONO¬
CIMIENTO DE LOS ERRORES EVOLUTIVOS INICIALES EN LA RE UNA DE LOS MAMͬ
FEROS.— OBSERVACIÓN DE LAS EPITELIOFIBRILLAS DEL EPÉNDIMO, ETC.
La perturbación producida en los espíritus por la horrenda guerra europea
de 1914, fué para mi actividad científica un golpe rudísimo (1). Alteré
mi salud, ya bastante quebrantada, y enfrió, por primera vez, mis entusias¬
mos por la investigación. Durante seis años quedé incomunicado con los labora¬
torios extranjeros y reducido a un monólogo donde la desgana,y el desaliento fue-
¡ron la tónica fundamental. Claro es que en mi laboratorio continuamos laborando.
Mis discípulos, sobre todo, realizaron descubrimientos importantes. Pero en mi
voluntad, sacudida por la catástrofe, surgió por vez primera ese terrible ¿paia
qué?, enervador de las voluntades mejor templadas. ¿Habrá-me decía— en estos
años monstruosamente trágicos, alguien que nos lea? Ante la formidable lucha
europea por la hegemonía mundial, ¿qué puede significar la porfiada labor de un
grupo de modestos biólogos españoles?
En estas cruentas crisis de la civilización sólo son apreciadas aquellas cien-
mas puestas, con vengonzósa sumisión, al servicio de los grandes aniquiladores
e pueblos. Ayer eran los aeroplanos, los descomunales cañones, los gases asfi¬
xiantes y lacrimógenos; mañana serán los microbios patógenos, las epidemias
inoculadas desde las nubes, el envenenamiento de los alimentos y de las aguas.
Aun desde el punto de vista económico, dificultóse enormemente el cultivo de
daSlcamnTh; ^ importados del extranjero
lief nan.i ^ precios. El de la impresión, asi como el importe
nacSe Tn inabordables para la pequeña conslg-
S^SalvatSla rlf '’23, un ministro, el si
ción tan ana„cf penuria de nuestros medios, ha puesto fin a sitúa-
Zta He ' “r bancarrota, si de ves en cuando la
Junta de Pensiones e Investigaciones cientfflcas no hubiera acudido a remediar
394
S. RAMÓN Y CAJAL
las más apremiantes necesidades materiales. Reciba el culto ministro el tributo de
mi cordial reconocimiento.
Para colmo de desgracia, iniciada la postguerra y reanudadas las comunicacio¬
nes internacionales, supimos con amargura que casi todos los sabios conocedores
del español y divulgadores de nuestros trabajos habían sucumbido. He referido
ya cómo Van Gehuchten falleció en Inglaterra durante la horrenda lucha interna¬
cional. Casi al mismo tiempo, desaparecieron el venerable Waldeyer, Ehrlich,
Nissl, W. Krause, Obersteiner, Dejerine, Brodmann, Alzheimer, Edinger y Retzius.^
Siguieron después Dogiel (acaso muerto de miseria en la ignominiosa Rusia de los
Soviets), Obersteiner, Holmgren (el sucesor de Retzius), Humberto Rossi, etc.
¿A qué seguir?... El cortejo de muertos ilustres sería interminable.
Rindo a todos ellos un sentido homenaje de admiración y de justicia; pero de¬
seo rememorar especialmente dos figuras ciéfitíficas cuyo recuerdo humedece to¬
davía mis párpados enrojecidos por la emoción: el laboriosísimo, el ecuánime, el
imparcial L. Edinger, famoso neurólogo de Frankfort, que con tanta diligencia y
buena voluntad propagó en Aleinánia, en libros y resúmenes, los trabajos de mis
discípulos y míos; y el eximio e infatigable investigador G. Retzius, alma antigua
en cerebro moderno, extralúcidamente abierto de par en par a todas las verda¬
des descubiertas por sus émulos y colegas, sin excepción de nacionalidad, de raza
ni de lengua. Descendía de Gustavo Wasa y, aparte dones intelectuales peregri¬
nos— de que ya hice mérito en otro lugar^, había heredado la nobleza y férrea
voluntad de su prosapia.
Quedan, por fortuna, en Europa y América algunas, aunque escasas, grandes-
capacidades entregadas al cultivo de la Histología y, singularmente, de la Neuro¬
logía; no las nombro, receloso de ser injusto al omitir nombres gloriosos. Mas para
España, la pérdida de algunos de los sabios precitados constituyó verdadero
duelo nacional; porque eran precisamente los que se tomaban la molestia de es¬
tudiar el español y se interesáron benévola y a veces ardorosamente por los des¬
cubrimientos surgidos en nuestro laboratorio. Los biólogos actuales desconocen,,
en su inmensa mayoría, el idioma de Cervantes. No es, pues, de extrañar que, al
consultar las obras más recientes de Neurología, reconozcamos, con pena, que las-
dos terceras partes de las aportaciones modernas de los españoles sean absoluta¬
mente desconocidas (1). Por donde una de las más urgentes tareas de nuestros-
jóvenes investigadores deberá consistir en traducir al inglés, francés o alemán lo
más esencial de los hechos descubiertos en nuestro país, muchos de los cuales
han sido redescubíertos, por autores exóticos desconocedores de nuestro idioma,,
diez, quince y hasta veinte años después de aparecidos en España.
A esta apremiante tarea responden las traducciones recientemente insertas por
mí en Revistas alemanas y el propósito, que cumpliremos en este mismo año, de
publicar en francés o inglés, a imitación de muchos sabios escandinavos, holan¬
deses, japoneses, húngaros y polacos, etc., los, Trabajos de nuestro laboratorio. Eff
(1) No estampo estas amargas consideraciones en son de crítica. Apresúreme a declarar que los ex¬
tranjeros tienen razón. Sólo hay tres pueblos que gozan del envidiable privilegio de usar, en sus comuni¬
caciones científicas, el náUvo idioma: el inglés, el francés y el alemán. Los hombres cultos de las demás
naciones no tienen más recurso, si desean de veras divulgar sus ideas, que traducir estas tres lenguas y
escribir en una de ellas. ¿Coa qué derecho, España, país de menguada producción intelectual, pretende¬
ría imponer al japonés, al sueco, al polaco, al ruso, al eslovaco, al húngaro, al holandés, al rumano, etc.
(que ya gastan lo mejor de su juventud en dominar los tres o cuatro idiomas sabios, y escriben en ellos),,
el estudio del castellano?
RECUERDOS DE MI VIDA
33S
muy significativo el hecho de que lo más conocido de mi labor personal corres¬
ponda precisamente a los años en que publicaba mis investigaciones en Revistas
francesas o alemanas. Un patriotismo más ardoroso que avisado, y la creencia
ilusoria de que el conocimiento del francés y del italiano— general en los sabios-
daría facilidades para leer el español científico, fueron la causa de este fundamen¬
tal error de táctica. A ello se añadió otra torpeza: la de resumir mis antiguas in¬
vestigaciones en un tratado francés enorme (Histologie da systéme nerveax de
rhotnme et des vertebrés) que, por su alto f recio— 60 a 70 francos— , sólo podía ser
adquirido por escasas blbliotécas extranjeras y poquísimos particulares.
Como un ejemplo típico de la ignorancia general de la copiosa bibliografía es¬
pañola, me limitaré a copiar este párrafo de la obra de Poirier traducida al espa¬
ñol y de texto en nuestras Facultades de Medicina, en donde— triste es confesar¬
lo— se conoce también muy poco la obra de los histólogos españoles. «Fundándose
en los resultados obtenidos por los métodos de Golgi y Ehrlich que coloran en
masa los elementos nerviosos hasta en sus más finas ramificaciones, Waldeyer,.
en 1891, fué conducido a considerar el sistema nervioso como formado en su totali¬
dad de unidades celulares independientes qne designó nenronas». Notemos: 1.°, que
no se noraibra a Hís y Forel, primeros autores que, a título de posibilidad plausible,
admitieron la independencia de las ramificaciones nerviosas, aunque sin conocer
su modo de terminar; 2.°, que tampoco se me nombra a pesar de ser el primero que,,
con independencia de las lucubraciones teóricas de los citados sabios, aduje las
pruebas objetivas indiscutibles del modo de terminación de las fibras nerviosas en
los centros, es decir: la formación á& nidos pericelulares, de excrecencias de engra¬
naje, de contactos por ramas trepadoras, etc.; y esto no sólo en una comunicación,,
sino en más de doscientas monografías que abarcan casi todos los vertebrados y
algunos invertebrados; 3.°, que son olvidados, asimismo, Kolliker, Van Gehuchten
Lugaro, Retzius, Lenhossék, Havet, P. Ramón, Athias, Edinger y otros innúmeros
sabios que confirmaron y ampliaron mis descubrimientos; 4.°, que Waldeyer, a
quien la histología debe en otros dominios cardinales revelaciones, no investiga .
personalmente el problema de las conexiones interneuro nales, limitándose a hacer
en un semanario alemán un resumen popular de mis trabajos, y a inventar la pa¬
labra neurona, etc., etc. (!!!).
Pero abándonando digresiones enojosas, paso a exponer sumariamente mi la¬
bor de los últimos años. Y para ser más breve, me contraeré a copiar, salvo alguna
ampliación necesaria, los resúmenes contenidos en el discurso del eximio natura¬
lista D. Ignacio Bolívar, con ocasión de la adjudicación de la medalla Eche-
garay(l).
Uno de los primeros trabajos del año 1915 se refiere al plan fundamental de la
retina de los insectos (2). Es un resumen, con algunas inducciones teóricas, de la
extensa memoria mencionada más atrás.
(1) La Real Academia de Ciencias acordó, con una generos’dad que nunca le agradeceré bastante,
discernirme la medalla Echegaray, instituida para honrar tan eminente sabio y escritor. Las oraciones
cambiadas con este motivo pueden leerse en los «Discursos leídos en la solemne sesión celebrada- bajo la
presidencia de S. M. Dpn Alfonso XUI, para hacer entrega de la medalla Echegaray al Señor don-
S. Ramón Cajal el día 7 de mayo de 1922». Al aficionado a los estudios histológicos acaso pueda intere¬
sarle la bibliografía muy completa, decorada con breves resúmenes, por que terminan los mencionados
discursos.
(2) Rían fundamental de la retina de los, insectos. (Bol. de la Soc. Esp. de Biología, sesión del 19-
de noviembre de 1915.)
.-396
S. RAMÓN Y CATAL
En él se enumeran los estratos o zonas que componen cada una de las tres ca¬
pas fundamentales en que se considera dividida la formación retiniana, denomi¬
nadas, respectivamente, retinas externa, intermediaria y profunda, según su situa¬
ción, señalando a grandes rasgos sus problables homologías con las zonas respec¬
tivas de los ojos de los vertebrados. Se hacen también algunas consideraciones
de orden comparativo sobre analogías y diferencias entre las formas neuronales
de los insectos, gusanos, moluscos y crustáceos.
Aceptada la teoría de la polarización axípeta, por nosotros expuesta en 1897,
fácil es explicarnos la marcha de las corrientes nerviosas en la retina de los insec'-
tos; pero quedaba pendiente el problema de la significación del mango o pedículo
finísimo que une el cuerpo celular al sistema conductor (axon y dendritas) (1).
Apoyándonos en multitud de consideraciones sugeridas por el examen de la
morfología celular en la serie animal, llegamos a la conclusión de que:
En los insectos, las dos funciones (trófica y de conducción) del cuerpo neuro-
nal se han separado; la primera queda localizada en el cuerpo, que aloja en su
interior el núcleo; mientras que las dendritas y axon conservan la segunda. A
causa de esta diversidad de funciones, ambas partes celulares ocupan lugares di¬
versos: él cuerpo está próximo a las cavidades nutricias; el sistema dendritas-axon
yace intercalado entre las fibras conductoras, y con objeto de transmitir el influjo
trófico, se ha creado el mango, refractario a la conducción del impulso nervioso.
Loque justifica esta interpretación es el hecho interesante de que mientras la
región de las dendritas y arborización nerviosa terminal exhiben un desarrollo hi¬
pertrófico, la porción intercalada entre las dendritas y el soma (mango) muestra
una atrofia extremada según puede verse en la adjunta figura, donde presentamos
de pasada diversos tipos de neuronas de los insectos. Excusado es decir que la
ley del contacto cúmplese en estos invertebrados lo mismo que en los mamíferos.
Con análogas inducciones como base, se emite la hipótesis de que la monopo-
laridad de las neuronas de los ganglios raquídeos (aparte del ahorro de tiempo
que representa, para la conducción del impulso nervioso, el sortear el cuerpo ce¬
lular) se debe, principalmente, a la emigración, durante la fase embrionaria, antes
de la aparición de los vasos intraganglionares, de los cuerpos celulares hacia la
periferia del ganglio en busca de oxígeno y materias nutrivas; tal dislocación del
cuerpo no seguida por las dendritas, acarrearía el paso de la forma bipolar o pri¬
mitiva a la monopolar o secundaria (íig. 180).
El proceder del oro-sublimado para la coloración de la neuroglia (con 3 mi-
crofotografías). Trab. del Lab. de Invest. biol, t. XIV, fascículos 3 y 4. Di¬
ciembre de 1916.
Se añaden nuevas reglas para la ejecución del método citado, precisando las
óptimas condiciones del baño colorante, temperatura, etc. En este artículo se
incluyen tres microfotografías de preparaciones teñidas con este proceder, hacien-^
do notar que para conseguir pruebas estimables se precisa el uso de placas pan-
cromáticas y la interposición de un filtro monocromático verde. En ulterior tra¬
bajo se preconiza el uso del sublimado absolutamente puro y cristalizado y la so¬
lución del oro en caliente en el precedente reactivo.
(If Significación probable de ía morfología de ias neuronas de los invertebrados. (Con 10 grabados.)
/Bol. de la Soc. Esp. de Biología, sesión del 17 de diciembre de 1915.)
RECUERDOS DE MI VIDA
397
Contribución at conocimiento de la retina y centros ópticos de los cefaló--
podos. Con numerosos grabados y microfotografías. Jrab. del Lab. de
Jnvest. biol. de la Universidad de Madrid, t. XV, 1917.
Existe en los invertebrados un ojo que posee singular parecido con el de los
mamíferos. Consta de córnea, cámara ocular, cristalino y una retina que exhibe^,
examinada con los métodos comunes, soprendente semejanza con la de los ver¬
tebrados. Aguijado por irresistible curiosidad, jme . propuse inquirir hasta qué
punto llegaba esta similitud estructural entre animales tan alejados en la serie
zoológica, y que, sin embargo, parecen haber resuelto el problema de la visión,
conforme a los mismos principios de óptica fisiológica.
En la monografía aludida, sumamente extensa y prolija en detalles descripti¬
vos, que no podemos exponer aquí, se comunican las investigaciones realizadas
sobre ejemplares jóvenes y adultos de la sep/a (Sepia offlcinalis), \a sepiola y el
calamar (Loligo valgaris), durante dos campañas llevadas a cabo en los Laborato¬
rios de Biología marítima de las estaciones de Palma (Baleares) y Santander.
Mediante el empleo del método del cromato de plata, se logró comprobar gram
parte de los hechos consignados en los trabajos clásicos de los autores, especial¬
mente los de Kopsch y Lenhossék, si bien, acaso por la diferencia de especies
sobre que han versado unos y otros trabajos, se hacen notar ciertas variaciones
estructurales y se completan las relaciones de algunos elementos retiñíanos. Se
efectúa un estudio minucioso de los pies terminales de los bastones, y por primera*,
vez se trata de los diversos tipos de la glía retiniana, tanto de la situada en la
capa de los granos externos como de la residente en el lóbulo óptico o retina pro¬
funda. Se descúbrela existencia de unkiasma intracerebral con manojos directos
y cruzados, y se interpreta racionalmente el cruce de las prolongaciones profun¬
das de los bastones señalado por Kopsch. (Este cruce tendría por objeto hacer
continuas y congruentes en un panorama las imágenes dé ambos ojos.)
El método del nitrato de plata reducido suministró buen número de hechos^
interesantes que completan detalles de estructura de innegable interés. Mas a*
pesar de los esfuerzos realizados, el estudio de esta cuestión reclama nuevas y
minuciosas investigaciones.
Sin embargo, con los hechos consignados, se hace al final del trabajo un in¬
tento, bastante razonado al parecer, de interpretación fisiológica general de la
-estructura de la retina de los cefalópodos, de la que se dedUce que la retina de*
esos animales acaso tiene mayores analogías con la de los insectos que con la de
los vertebrados. ^
Las figuras adjuntas darán alguna idea de la disposición de los bastones y de*
otros detalles estructurales de la retina y centros ópticos.
La microfotografía estereoscópica y biplanar del tejido nervioso (con 5 grá-
* bados y 22 fototipias). Trab. del Lab. de Invesí. bioL, t. XVI, 1918.
®xp®tten:y critican los diversos. métodos dq obtención de miQrofptografia^
estereoscópicas y; de; pruebas coloreadas supeipuestas correspondientes q varios
planos focales. Y se demuestra, mediante pruebas de diversos tejidos, las. venta¬
jas *9?e, ^ casosdeterminados, .ofrece la percepción precisa, del plano ¡donde, se
termina cada fibra nervi.i^a, para, la determinación^de .las-conexiones intetneu-
5-98
S. RAMÓN Y CAJAL
roñales. En fin, por primera vez se fotografían con claridad las neurofibrillas in-
toneuronales y diversas disposiciones histológicas rebeldes a la placa foto¬
gráfica. Añadamos aún la exposición de reglas prácticas para la pancromatiza-
ción y ortocromatización de las placas, los procederes para obtener copias colo¬
readas transparentes para su proyección, etc.
.Observaciones sobre la estructura de los ocelos y vías nerviosas ocelares de
algunos insectos. Irab. del Lab. de Invest. bioL, de la Universidad de
.Vadr/d, t. XVI, 1918.
Los temas que principalmente forman el objeto de este trabajo son: la estrac-r
tara de la retina ocular, la disposición de los bastones y plexos subretinianos, los
nervios ocelares y vías ópticas centrales, haciéndose, por último, breves considera¬
ciones sobre la probable significación fisiológica de los ocelos en los insectos.
Hállanse en él confirmadas las descripciones clásicas de Grenacher, Hesse y
JRedikorzew relativas a la estructura de la retina. Pero se añaden interesantes he¬
chos nuevos sobre la neuroglia y la conformación de los bastones, cuyo modo de
terminación y conexión con neuronas profundas se determina por primera vez.
En cuanto a los caracteres y disposición general de los nervios ocelares y sus ter-
jninaciones, los resultados que se consignan revisten más novedad y alcanzan
mayor fuerza expresiva. Se descubre, además, en las vías profundas iutracerebra-
les de la segunda neurona visual un cruzamiento parcial, susceptible de esclare¬
cer el problema planteado por Lubbok, acerca de la incongruencia entre las imá¬
genes ocelares y las del ojo de facetas. Porque mientras en éstos la representación
visiva es directa, en aquél, a causa del diverso principio en que se basan (los
ocelos poseen un cristalino, y dan imagen única) proyéctase una imagen invertida.
_ Por último, se procura sintetizar la significación fisiológica de los ocelos en
una hipótesis, expuesta todavía con carácter provisional, que puede resumirse en
los términos siguientes:
El ojo de facetas es el órgano de la percepción del color y de la visión diurna
precisa (relativa, naturalmente), tanto a pequeñas como a grandes distancias,
mientras que los ocelos representan aparatos hiperfotosensibles, destinados a tra¬
ducir los objetos en impresiones acromáticas imprecisas, solamente eficaces para
.orientar al animal durante la noche o en la penumbra de sus nidos o madrigueras.
Vienen a constituir algo así como un complemento de la información antenal, a cuyo
■campo de acción se refieren principalmente las imágenes (figs. 185, 186, 187 y 188).
Se recordará que en diferentes ocasiones hemos defendido la hipótesis quimio-
-táctica— o sus análogas— para imaginar en lo posible, y dado el estado actual de
^nuestros conocimientos, la orientación congruente de axones durante la fase em¬
brionaria y fetal, y su conexión invariable con determinadas células. Es este uno
de los más profundos arcanos del proceso evolutivo ontogénico y neurogénico.
Pero en nuestras antiguas investigaciones sobre, el embrión, confirmadas y per¬
feccionadas admirablemente por Tello, enfocábamos casi exclusivamente las cé¬
lulas de axon largo. Se recordará también que en dichas pesquisas se demostraba
que antes de que el axon camine derechamente hacia su destino, se da un período
.caótico de desorientación, y como de tanteo, durante el cual, el cono de creci¬
miento parece esperar impaciente los estímulos físico-químicos indispensables.
Ahora bien; gracias al método del nitrato de plata reducido, es posible reco-
P.ECUERDOS DE MI VIDA
39J
tiocer en la retina del ratón esta fase de titubeo, durante la cual el axon en vías
de crecimiento puede hasta extraviarse defioitiyamente. Mostrar estas extrañas
perplejidades, y el momento en que las influencias físico-químicas orientadoras
-entran en juego, constituye el objetivo del siguiente trabajo, cuyos detalles no
podemos reproducir aquí:
La desorientación inicial de las neuronas retinianas de axon. corto (Algunos
hechos favorables a favor de la concepción neurotrópica.) (Con 9 graba¬
dos.) Irab. del Lab. de Invest. bioL, t. XVII, fase. 1 y 2. Junio de 1919.
Contiene la descripción de las fases evolutivas de las células horizontales de la
íetina del ratón; estudio hecho a favor de la propiedad que posee el método del
nitrato de plata reducido de teñir, en la retina embrionaria, casi exclusivamente
las células del orden citado (neuronas de axon corto).
Las células horizontales, a partir de los últimos días de la vida fetal, empiezan
a teñirse con regularidad y constancia, siendo fácil su reconocimiento. Desde esta
•época hasta los diez y ocho días de vida extrauterina, en que pueden considerarse
totalmente evolucionadas, pasan por las siguientes fases de desarrollo: 1.^ Fase
inicial o de bipolaridad vertical. 2.^ Fase de células estrelladas, con dendritas di¬
vergentes y axon extraviado.- 3.^ Fase de orientación horizontal de las dendritas y
axon. 4.a Fase del modelamiento definitivo de la célula.
En la primera fase posee la célula dos expansiones: ascendente y descendente
(forma tal vez condicionada por la presión transversal de las células de Müller),
nacidas del polo mundial del protoplasma; es decir, de la región ocupada por el
aparato de Golgi.
En un segundo estadio crea la célula expansiones numerosas, en su mayoría
.aberrantes, que crecen adaptándose tan sólo a las condiciones mecánicas del
medio; pero, a no tardar, la aparición de fuentes neurotrópicas (seguramente los
cabos inferiores de conos y bastones, cuya modelación ocurre en esta época)
obliga al axon y dendritas a rectificar sus direcciones y a reunirse en la capa ple-
xiforme externa.
Según esto, las células, en sus primeros períodos de crecimiento, no están su¬
jetas a influjos neurotrópicos, que sólo tardíamente aparecen.
Se comprueban además dos hechos de alguna importancia, ya indicados en an¬
teriores trabajos: uno es la capacidad emigratoria del cuerpo y expansiones (las
-éélulas horizontales inicialmente ocupan planos diversos de la retina, reuniéndose
más tarde en un solo estrato (nuestra subzona de células horizontales de la capa
5.3), y otro la reabsorción de las prolongaciones que, excesivamente extraviadas,
no pueden ya adquirir conexiones normales. En las figuras 189, 190, 191 y 192,
pueden verse estas curiosas evoluciones de las células horizontales.
Nota sobre las epiteliofibrillas del epéndimo (con 2 grabados). Tro6. del Labo¬
ratorio de Invest. bioL, t. XVII, fase. I y 2. Junio de 1919. ,
Se señala la existencia de un retículo argentófilo en las células del murp epen-
dimario medular; las células plurifla^eladas poseen un nido o red perinuclpar,
compuesto de fibrillas argentófilas anastomosadas, mientras que las células uni-
Págeladas parecen privadas de este retículo, exhibiendo, en cambio, un cordal
400
S. RAMÓN Y CAJAL
fibrilar lateral característico. Las figuras adjuntas 193 y 194 darán idea de estos .
contrastes estructurales. Adviértase cómo del retículo perinuclear parte un fila¬
mento que se pierde en la expansión radial.
Acción neurotfópica de los epitelios. (Algunos detalles sobre el mecanismo ge¬
nético de las ramificaciones nerviosas intraepiteliales, sensitivas y sen¬
soriales.) Con 35 figuras. Trab. del Lab. de invest biol., t. XVII, 1919.
Se analizan las formas evolutivas de las terminaciones nerviosas sensitivas
sensoriales (intraepiteliales) en multitud de órganos (córnea, piel, pelos táctiles
cocleares, vestibulares, de la lengua, gustativos, etc.), añadiendo un copioso
caudal de hechos nuevos que no podemos puntualizar aquí.
El mecanismo genético, a poca diferencia, es el mismo para todas las termina¬
ciones estudiadas; desde que los nervios alcanzan el órgano a que van destinados,
hasta que queda definitivamente establecida la arborización terminal, se encuen¬
tran las disposiciones siguientes: a) fase de hacecillos aislados o poco anasto-
mosados, terminados por pinceles más o menos puntiagudos; b) fase de plexos
tangenciales primarios difusos; c) fase de hacecillos secundarios ascendentes y
fibras errantes exploradoras; d) fase del asalto de las formaciones epidérmicas*
Algunas de estas fases fueron ya notadas por Tello en su trabajo sobre la génesis
de las terminaciones nerviosas en los músculos.
Estas diversas fases parecen estar subordinadas a la influencia neurotrópica de
los epitelios; la forma de plexo expectante corresponde a una acción neurotrópica
global y difusa, propia de todo el epitelio, o acaso de los elementos de sostén;,
más tarde, una acción individual, radicante en determinados elementos (periféricos
del pelo táctil, corpúsculos ciliados del caracol, máculas y crestas acústicas,,
elementos bipolares de los elementos gustativos, etc.), provoca la emisión de
finas ramas que penetran en el epitelio y modelan su aparato terminal (cáli¬
ces, etc.).
En este trabajo se describen por primera vez las formas embrionarias de mu¬
chas terminaciones sensoriales y sensitivas.
Para no ser difusos y dar idea de algunosde los hechos evolutivos descubier¬
tos, reproducimos en las figuras 195, 196, 197, 198, 199, 200, 201 y 202, algunas-
copias de muestras preparaciones.
Una modificación del método de Bielchowsky para la impregnación de 1^
neuroglia común y mesoglia y algunos consejos acerca de la técnica-
á&A oto-svhlimsLáo. Trab. del Lab. de Invest. bioU, t. XVIII, fase. 2 y 3^
Diciembre 1920.
Contiene, la descripción dé la técnica dél método de Bielchowsky, modificado^*
al objeto de obtener tinciones selectivas de la glia protoplásmica, fibrosa y me¬
soglia.
La modificación estriba en sustituir el fijador formóIico corriente por élformQl-
bromtno atónsejado para él método déí oro-sublimado (v. 226), y en pasar ios;
cortes por el óxidb' de plata ámpñiacalj apqué se añaden unas gotas de piridina.
Este óxido debe actuar a la lámpára y en calienta durante algunos minútOs‘ líasta»
RECUERDOS DE MI VIDa
401
«que las secciones adquieran color de tabaco. Lavado rápido y formol al 5 por 100,
donde se opera la reducción. Este proceder impregna muy bien todas las varieda¬
des de la neuroglia, sobre todo si antes de la acción del óxido de plata se sumer-
-^en las secciones durante algunas horas en un mordiente formado por bromuro de
amonio, 3; formol, 30, y agua, 70. Antes de sumergirlos en la plata se lavarán los
.cortes rápidamente en agua destilada.
Algunas consideraciones sobre la mesoglia de Robettson (?) y Río-Hortega
(con 7 grabados). Trab. del Lab. de Invest. bioL, t. XVIII, fase. 2 y 3. Di¬
ciembre de 1920.
Al estudiar las condiciones de éxito del método descrito en el trabajo anterior,
-se recolectó cierto caudal de hechos’ nuevos que quedaron resumidos en este
artículo. A continuación consignamos lo más interesante:
a) Se completa la descripción de la neuroglia de la médula espinal, hecha
en 1913, con la adición de las satélites perineuronales, glia de la substancia blan¬
ca y mesoglia.
b) Se hace ver que nuestro «tercer elemento» dé los centros nerviosos, des¬
crito en Í913, corresponde en parte solamente a las células mesogliáles, puesto que
muchos de los elementos designados con tal nombre, situados en la vecindad de
-los vasos y, sobre todo, alrededor de las neuronas, son incolorábles y forman una
•categoría celular dotada de actividades enigmáticas: a dichos corpúsculos damos
■el ncriibre, para no prejuzgar su significación, át satélites enanos o globulosos.
c) Se describen por primera vez las células mesogliáles del cerebelo.
La niesqglia o microglia de los centros nerviosos constituye una de las adqui-
isiciones más valiosas de la escuela española. (Véase la figura adjunta.) De ellá no
' se tenía la menor idea hasta que Achúcarro la descubrió en la substancia gris,
presentándola bajo la forma de células'fusiformes o estrelladas, de escasas y poco
Tamificadas expansiones. Aunque el malogrado sabio español sólo las vió en cier¬
tos estados patológicos, anunció ya la posibilidád de que se tratara de un factor
normal de la constitución de los centros. Por nuestra parte, hace años (1903) topa¬
mos también en la substancia blanca del cerebro con un elemento especial, que
designamos neüróglico heterotípico, fusiforme, y con escasas expansiones. Pero es
preciso reconocer que la revelación de la generalidad de este corpúsculo microglial
y la descripción de las diversas formas que adopta en el cerebro, se debe a Río
Hortega, el cual ha puesto también de manifiesto sus fases evolutivas y su origen
leucocítico. Para ello se ha valido de su método especial del carbonato de plata.
Acaso algún autor extranjero, quizás Roberston, vislumbró, en preparaciones im-
‘perfectas, tan interesantes elementos; mas como ni los describió con precisión ni
lY ^ imposible decidirla ciencia cierta qué cosa sea lo que ca-
Algunas observaciones contrarias a la hipótesis «syncytial» de la regenera¬
ción nerviosa y neurogénesis normal (con 11 grabados). Trab. del
Lq6. de /nvesí. 6/0/;, t. XVIII, fase. 4. Marzo 1921.
-V tí ! opinión modernamente defendida por Nageotte
y, en parte, también por Marinesco, del crecimiento de los retoños nerviosos por
€l interior de vainas neuroglicas suministradas por las células de Schwann del
S. RAMÓN Y CAJAL
402
eábo central y periférico, añadiéndose cuantioso caudal de pruebas en favor -dej
crecimiento libre de los axones jóvenes (1).
Cito entre ellas la invasión, por los retoños de la médula espinal seccionada, de
las masas del tejido cicatricial vecinas (en la médula espinal no existen células,
de Schwann); la penetración en la médula de fibras neoformadas de las raíces an¬
teriores y posteriores (previa sección de éstas), sin escolta de ningún elemento-
envolvente ni orientador; el hecho descubierto por Tello y confirmado por Ortin
y Arcante de la dispersión y crecimiento al través de la retina de retoños nacidos
de la capa de las fibras del nervio óptico heridas; la indudable existencia en el
embrión (fase de la formación de los nervios) de axones independientes circulan¬
tes lejos de todo corpúsculo satélite; los experimentos de las escuelas de Harrison
y de Levi, Marinesco, etc., acerca del cultivo de los nervios en plasma donde crecens
desnudos o costeando hilos de fibrina o tal cual elemento mesodérmico, etc.
Una fórmula de impregnación argéntica especialmente aplicable a los cortes
del cerebelo y algunas consideraciones sobre la teoría de Liesegang
acerca del principio del método de nitrato de plata reducido. Traba¬
jos del Lab. de Invesf. bioL, t XIX, fases. 1, 2 y 3. Octubre 1921.
Se expone una nueva técnica de coloración de las fibras amielínicas y termina¬
ciones nerviosas, basada en la producción, en el seno de cortes de tejido nervioso,,
de un depósito coloidal de plata, mediante la acción de una disolución diluidísima
de hidroquinona, sobre el nitrato argéntico (solución) en que previamente se ba¬
ñan los cortes.
Se añaden numerosos experimentos destinados a esclafecer el proceso en vir¬
tud del cual se verifica la impregnación de los elementos nerviosos, con nuestra
método al nitrato de plata reducido, discutiéndose la teoría de Liesegang. Expon¬
gamos algunos detalles sobre la fórmula.
Es sabido que el proceder del nitrato de plata reducido es inaplicable a los cor¬
tes, a menos de emplear como vehículo de la reacción una solución de nitrato de
plata adicionado de hidroquinona y de gran cantidad de un coloide orgánico (va¬
riante de Liesegang); pero si los cortes calentados a la lámpara en nitrato de pla¬
ta piridinado, se tratan con una solución de formol al 30 por 100 y 0,30 gramos de
hidroquinona, entonces la reacción, en lugar de efectuarse brusca y tumultuosa¬
mente, se efectúa con lentitud, colorando enérgicamente las fibras nerviosas de
las secciones hechas por congelación. Condición indispensable para afinar el de¬
pósito argéntico es sumergir los cortes, durante dos o tres segundos, antes de
llevarlos al reductor, en un baño de alcohol a 96“. El órgano en que más brillantes
resultados da esta fórmula es el cerebelo (tiñe las células de Purkinje, las fibras
musgosas, las trepadoras, las cestas, etc.).
(1) Marinesco, en reciente Monografía, ha aceptado nuestra manera de ver expuesta en dicho artículo,
y ha abandonado la hipótesis “syncytial”. (Véase Marinesco: “Le róle des fermeiits oxidants pendant la
croissance et la régénérescence des nerfs”. Hev. gen. dea Sciencea, XXXII année. N.“ 17-18, Sep-
tembre 1921.)
RECUERDOS DE MI VIDA
403
Textura de la corteza visual del gato (con 14 figuras). Trab. del Lab. de Inves¬
tigaciones bibl., t. XIX, fases. 1, 2 y 3. Octubre 1921.
Se analízala textura de la corteza visual del gato, en la que se encuentran las
siguientes capas:
1. Zona plexiforme o molecular.
2. Zona de las pequeñas pirámides.
3. Zona de las medianas y grandes pirámides.
4. Zona de las células estrelladas grandes.
5. Zona de las pequeñas pirámides de axon arciforme. .
6. Zona de las grandes pirámides internas o corpúsculos solitarios de
Meynert.
7. Zona de los corpúsculos polimorfos.
8. Zona de la substancia blanca. •
Esto es, las mismas capas, mutatis mutandis, diferenciadas en la corteza visual
humana (1899). Son de notar las células estrelladas de la capa 4.^, cuyo axon se
persigue hasta la substancia blanca y los numerosos corpúsculos de axon arcifor¬
me ascendente, de cuyo arco brota una colateral continuada a veces con' un tubo
de aquella substancia. En la figura adjunta mostramos algunos de estos elementos
característicos de la corteza visual hace muchos años descubiertos por nosotros
en la figura calcarina del hombre.
En fin, se considera probable que la llamada estria de Gennari no sea más que
el plexo, en gran parte amielínico, constituido por la acumulación, en las capas
4 y 5, de las ramificaciones terminales de los gruesos axones prcoedentes del
cuerpo geniculado externo.
Las sensaciones de las hormigas. Real Sociedad Española de Historia Natural.
Tomo extraordinario publicado con motivo del 50.° aniversario de su fun¬
dación, 1921, páginas 555-572. Publicado además en Archivos de Neuro-
biologla, t. II, núm. 4. Diciembre 1921.
En este trabajo se estima como manifestación de la memoria de la direc¬
ción lo que Cornetz y Pieron llamaron sentido muscular y sentido de la dirección,
haciendo notar que si aun en el ftombre, donde la memoria muscular, si así
puede llamarse, está servida por aparatos receptores complicados, como los
husos de Kühne y los órganos musculo-tendinosos de Golgi, alcanza tan escasa
eficacia, ¿cómo ha de admitirse que en las hormigas, en donde faltan esos
órganos, pueda dicho sentido utilizarse para la retentiva de lugares y rutas y el
retorno al nido, problema a que el segundo de los autores citados atribuye tan
grande importancia? Se hacen experimentos numerosos para. deducir que en
las hormigas se da en pequeño algo de lo que ocurre con ciertos sordomudos,
compensándose la miseria sepsorial con una rica y finísima organización del ór¬
gano encefálico. En fin, se citan numerosos hechos demostrativos de la diversa
acuidad visual de las hormigas, que se clasifican en visuales, oligovisuales y olfa¬
tivas. Los datos del sentido predominante son decisivos para explicar el problema
tan debatido de la vuelta al nido; pero como este retorno se efectúa también en
las hormigas ciegas y en las que apenas ven (por ejemplo: en la Aphenogaster bár-
404
S. RAMÓN Y CAJAL
bata) es necesario invocar, además, como factores de orientación, las sensaciones
táctiles y la memoria de la dirección inicial intencionada. En realidad, la hormip,
como cualquier animal superior, combina para guiarse todos los datos sensoria¬
les de que dispone, sin contar los impulsos internos de apariencia espontanea, aso¬
ciados a impresiones anteriores conservadas por la memoria.
Desde el punto de vista histológico, se pone de manifiesto la escasez de om-
matidias; la falta de una retina intermediaria (o su notable atrofia) y la existen¬
cia exclusiva de los bastones largos, quizás afectos a la impresión imprecisa del
claro obscuro. La hormiga, pues, sería incapaz de percibir los colores. En cambio,
posee, un lóbulo olfati^vo robustísiipo de complicada textura.
Estudios sobre la fina estructura de la corteza regional de los roedores. Cor¬
teza suboccipital (retroespteniat de Brodmann). Trab. del Lab., Mar¬
zo de 1922, fase. 1.
Después de reclamar la prioridad del descubrimiento de este tipo muy origina
de corteza, ya dado a conocer por nosotros en 1893, en una Memoria desconocida
de los sabios (1), se añaden numerosos detalles relativos a la morfología de las
neuronas de cada capa, a la marcha de sus axones y a las conexiones establecidas
entre los citados elementos y las fibras endógenas y exógenas. Ilustran este tra¬
bajo, que por su carácter excesivamente analítico no podemos resumir aquí, diez
láminas y un grabado intercalado en el texto .
Lo más típico de esta corteza cerebral es, aparte una zona plexiforme intra-
gris muy rica en fibras, la existencia, en vez de la zona de pequeñas pirámides de
ciertos corpúsculos fusiformes, bipenachados, que ofrecen la singularidad de emitir
el axon, no del soma, sino del penacho dendrítico inferior. La adjunta figura dará
alguna idea de la extraña morfología de estos elementos.
Como muchos de mis trabajos sobre la textura regional de la corteza, esta Me¬
moria, en su redacción de 1893, pasó inadvertida, por no haber sido publicada en
una Revista neurológica conocida de los especialistas. ^
(1) Publicóse no sólo en espaffol sino en alemán. El célebre Kólliker nos honró haciendo personal
mente la traducción. Véase Oajal: Beitrage zur feinaren Anatomie des grossen Hirn. II Ueber den Bau der
Rinde des unieren Hinterhauptslappens. ifeífecA. f. wissensch. Zool.,LVlBd. 1893. (Traducción de A.
von KolIiker).
CAPITULO XXVII
MI ACTIVIDAD DOCENTE Y LA MULTIPLICACIÓN ESPIRITUAL— DISCÍPULOS AVENTAJA¬
DOS.— LA ESCUELA HISTOLÓGICA ESPAÑOLA.— REALIZACIÓN PARCIAL DE MI
IDEAL PATRIÓTICO-CIENTÍFICO.— APTITUD DE LOS ESPAÑOLES PARA LA INVESTI¬
GACIÓN CIENTÍFICA.— SENTIMIENTO DEL DEBER CUMPLIDO.— LISTA DE TRABAJOS
DEL AUTOR Y DE SUS DISCÍPULOS E INMEDIATOS CONTINUADORES
Tocamos al fin del presente libro. Con la mayor claridad compatible con la
brevedad, dejo expuesto lo fundamental de mi modesta labor y las condi- .
ciones que la motivaron.
Conforme he avanzado en la narración, mi autobiografía se ha despersonaliza¬
do. El trabajo regular y el espíritu de aventuras son cosas incompatibles. De cada
vez más pobre en episodios amenos, mi vida ha sido gradualmente absorbida por
mi obra. La abeja há sido olvidada durante la elaboración del panal.
Incompleta fuera la actividad del científico si se contrajera exclusivamente a
actuar sobre las cosas; opera también sobre las almas. Ello es deber primordial si
el investigador pertenece al magisterio. Todos tienen el derecho de esperar que
buena parte de la labor del maestro sea empleada en forjar discípulos que le suce¬
dan y le superen. El cumplimiento de tan capital función constituye la más noble
ejecutoria del investigador y el más preeminente título a la gratitud de sus her¬
manos de raza.
Conforme dejamos expresado en otro libro (1), importa mucho al cultivador de
la ciencia proceder a su multiplicación espiritual. De esta suerte la vida del maes¬
tro se hace plena y fecunda, ya que entraña en potencia nuevas existencias. «La
tarea es sin duda penosa- decíamos-. La actividad del profesor bíf árcase en las
comentes paralelas del laboratorio y de la enseñanza. Crecen así sus desvelos,
^ elevadas tendencias,
l paternidad ideal, y sentirá el noble orgullo de haber cum-
?a no Sr/r T investigador, de maestro y de patriota,
de un séaiitn melancólica soledad; antes bien, verá su ocaso rodeado
ceda, en lo posible, píomcayTerrn'ní. «^a y de ha
Excusado es decir que procuré, aunque sin la seguridad del éxito, inspirar mi
(1) Caja.: Reglas y consejos sobre la investigación biológica, 4.a edición, 1916.
406
S. RAMÓN Y CAJAL
conducta en este supremo ideal. Claro es que al alborear mi carrera hube de con¬
finarme, por imperio del hábito y la necesidad, en la categoría de los trabajadores
solitarios; mas siempre me preocupé, sobre todo después que el Estado puso en
mis manos decoroso y bien provisto laboratorio, de fundar una escuela genuina-
mente española de histólogos y biólogos. Y pese a los lúgubres voceros nacionales
y extranjeros de nuestra decadencia y a los aguafiestas para quienes la ciencia,
como la aurora boreal, sólo embellece el cielo de las regiones hiperbóreas, el ideal
soñado está en gran parte conseguido. La ansiada es'cuela de Histología y Neuro¬
logía españolas existe y es foco de actividad permanente. Sus descubrimientos
(excluyo los modestos míos) han traspasado las fronteras, y sus métodos e inven-
■ ciones aplícanse en los laboratorios extranjeros. Y se aplicarían más si, conscientes
de la casi total ignorancia del idioma español entre los sabios, publicáramos todos
nuestros trabajos en las Revistas exóticas. Porque hay que declararlo, aunque
esto pregone nuestra incurable desidia: Escasamente es conocida en el extranjero
la tercera parte de los trabajos histológicos españoles:
La pretendida incapacidad de los españoles para todo lo que no sea producto
de la fantasía o de la creación artística, ha quedado reducida a tópico ramplón.
Cuando durante la noche el tenebroso mar aparece tranquilo, basta agitar las
aguas para que nubes de noctilucos apagados enciendan su luz y brillen como es¬
trellas. De igual modo ocurre en el océano social. Es preciso sacudir enérgicamen¬
te el bosque de las neuronas cerebrales adormecidas; es menester hacerlas vibrad
con la emoción de lo nuevo e infundirles nobles y elevadas inquietudes. Ha sido
suficiente que dos o tres personas (una de ellas el ilustre Dr. Simarro) sacudiéra¬
mos la modorra de la juventud, para que surgiera entre nosotros una pléyade de
eméritos investigadores. Por afirmar estoy, sin temor a la nota de optimista, que
en orden a ciertos estudios, que exigen ingeniosidad, paciencia y obstinación,
nuestros compatriotas compiten si no superan a los más cachazudos e infatiga¬
bles hijos del Norte. Todo consiste en despertar el espíritu de curiosidad científica
adormecido durante cuatro siglos de servidumbre mental, y en inocular con el
ejemplo el fuego sagrado de la indagación personal. Vivimos en un país en que el
talento científico se desconoce a sí mismo. Deber del maestro es revelarlo y orien¬
tarlo.
Los jóvenes laboriosos a quienes aludo son ya legión, sobre todo si juntamos
los pretéritos con los presentes. Entre los antiguos (algunos fallecidos en plena
juventud y otros perdidos por desgracia para la ciencia patria en el desierto de la
clínica) citaré a Cl. Sala, Terrazas, C. Calleja, Olóriz Aguilera, Blanes Víale,
J. Bartual, 1. Lavilla, E. del Río Lara, Márquez, etc.
Y, entre los modernos, me es muy grato nombrar a mi hermano, P. Ramón Ca-
jal, a F. Tello, a N. Achúcarro, a Domingo Sánchez, a Rodríguez Lafora, a Del Río-
Hortega, a Federico de Castro y a Lorente de Nó. Este grupo de entusiastas traba¬
jadores acabaron ya su formación y saben caminar solos y triunfar en el terreno de
la investipción. Muchas de las indagaciones que luego citaré son fruto de su ex¬
clusiva iniciativa. En vías de formación, y con promesas de ópimos frutos, figuran
Arcante, Fortún, Sacristán, Calandre, Sánchez y Sánchez, Ramón Fañanás, Gil y
Gil, Luna, Gorriz y otros (1).
(1) En los últimos años l^sabundancia de aficionados y la angostura del local ha obligado a crear
nuevos laboratorios de Histología. La más activa de estas hijuelas del Laboratorio de Investigaciones
'o ógicas es la d.rigida por Rio Hortega. En ella se han ilustrado ya algunos discípulos sobresalientes,
tales como Giménez Asúa, Collado, etc.
recuerdos de mi vida
La lista abrumadora de monografías (y sólo incluyo las efectuadas en mi Labo¬
ratorio) de los citados investigadores, registrada al final de este libro, dará, idea de
la magnitud e intensidad relativa de la obra de cada uno. Se verá, además, que
■dentro del común fervor hacía la religión del Microscopio, cada iniciativa ha co¬
rrido por diferente camino.
Los arriba nombrados han sido mis discípulos, en el amplio sentido de la pa¬
labra. Todos han vivido algo mi vida y participado de mis emociones.- todos me
han oído pensar, con palabra entrecortada, durante el ensimismamiento de .la
:atención y en los breves paréntesis del trabajo febril.
Fuera, sin embargo, pueril vanidad e injusta pretensión atribuirme por entero
la paternidad espiritual de los actuales cultivadores de la histología española
Varios de ellos, singularmente Achúcarro (1), Tello, Rodríguez Lafora y Río Horte
ga han perfeccionado notablemente en el extranjero su educación técnica y su
formación intelectual. Y de los Laboratorios alemanes, franceses e ingleses, ha n
aportado a España, amén del dominio de los idiomas y de la bibliografía, novísi - .
mos métodos de investigación, y lo que vale más, la costumbre de la autocrítica
y la severa disciplina del trabajo metódico.
Mi papel principal ha consistido en fomentar el entusiasmo. Fué siempre mi
lema confortar e ilustrar la voluntad con pleno respeto a las iniciativas indivi¬
duales. Siempre procuré— y de ello me felicito — pesar lo menos posible sobre el
cerebro de mis discípulos. Toda opinión fruto de esfuerzo honrado de pensamien¬
to, sobre todo si ha surgido de hechos recién descubiertos, infúndeme simpatía y
respeto, aunque contradiga concepciones personales largamente acariciadas.
¿Cómo había de caer yo en la tentación de imponer mis teorías, cuando he dado
sobrados ejemplos de abandonarlas ante la menor contrariedad objetiva? Lejos de
mí ese prurito egolático, nuncio de senilidad irremediable.
Profundamente penetrado de estas ideas; deseoso de evitar que mis continua¬
dores vengan a ser lectores de un solo libro y oyentes de un solo maestro; resuelto
además, a descartar en lo posible deplorables polarizaciones ideológicas y meto¬
dológicas, puse especial empeño en que mis discípulos gozasen del beneficio de
una pensión en los Laboratorios más prestigiosos del extranjero. Injusto fuera
olvidar que, en esta obra de sano patriotismo y de confortador oreo doctrinal
ayudáronme solícitos mis dignos compañeros de la Junta de pensiones, de qué
soy indigno Presidente.
Y los resultados de semejante táctica han sido excelentes. A su vuelta, los
pensionados más sobresalientes no sólo han efectuado conquistas valiosas en los
dominios predilectamente explorados por mí, sino en otros terrenos apenas des¬
florados en mi Laboratorio, por ejemplo: en el de la Neurologia patológica del
hombre, donde Achúcarro, Lafora y Río-Hortega, han recogido datos de subido
valor. Excusado es advertir que los citados pensionados han desarrollado sus
trabajos en mi propio Laboratorio y que mi Revista se ha visto enriquecida y hon-
(1)^ La ciencia española ha sufrido pérdida irreparable con la prematura muerte de N. Achúcarro.
Trabajador infatigable, juntábanse en él el talento y la modestia, y lo que es más raro, un sentimiento
hidalgo de justicia hacia el ajeno-mérito. Tenía conciencia de padecer dolencia mortal y, sin embargo,
laboraba con el entusiasmo de quien tiene delante de sí perspectiva vital inacabable. Su última carta,
impregnada de viril, estoicismo, fué para mí dolor angustiosísimo. Amarrado a un sillón por la
parálisis, solo se lamentaba de no poder continuar sus investigaciones sobre la neuroglia. ¡Tortura in-
imapna e. enür en el alma el susurro de un enjambre de ideas y proyectos y ver sólo delante de sí las
tinieblas eternas de la muerte! Empero lo mejor de su obra persistirá; transfigurada y mejorada, conti¬
nuará inspirando la mente de sus amigos y discípulos.
S. RAMÓN Y CAJAL
rada con comunicaciones interesantes y variadas. Mención especial merece el
malogrado Achúcarro, quien, gracias al hallazgo de nuevo y fecundo método de
investigación (proceder del tanino-plata amoniacal) y a sus envidiables dotes do¬
centes, creó a su vez importante escuela anatomo-patológicá. A sus discípulos
inmediatos, Fortún, Gayarre, Sacristán, Del Río-Hortega, Calandre, etc., contém¬
plelos con orgullo de abuelo. La eclosión inesperada de esta segunda y tercera
generación intelectual demuestra que la semilla cayó en buen terreno. Todo ase¬
gura que la cosecha-de investigadores no se interrumpirá en adelante. En sus ma¬
nos está, y ellos lo saben, el porvenir de la histología española.
Debo ahora terminar. Lo exige la impaciencia del lector; lo impone mi fatiga.
He procurado que mi vida sea en lo posible, de ac uerdo con consejo del filósofo'
poema vivo de acción intensa y de heroísmo tácito, en pro de la cultura científica.
•Pobre es mi obra, pero ha sido todo lo intensa y original que mis escasos talen¬
tos consintieron. Para juzgarla con algún conocimiento de causa, bastará recordar
lo que era la histología hispana cuando yo empecé tímidamente en 1880 y lo que-
representa en la actualidad. Lejos estóy— lo he dicho ya — de excluir otras va¬
liosas colaboraciones: séame empero permitido pensar que mi obstinada labor ha
entrado por algo en el actual renacimiento biológico de mi país.
. Doy por seguro y hasta por conveniente que en el fluir del tiempo, mi insigni¬
ficante personalidad será olvidada; con ella naufragarán, sin duda, muchas de mis
ideas. Nada puede substraerse a esta inexorable ley de la vida. Contra todas las^
alegaciones del amor propio, los hechos vinculados inicialmente a un hombre
acabarán por ser anónimos, perdiéndose para siempre en el océano de la Ciencia
Universal. Por consiguiente, la monografía, impregnada todavía del aroma huma¬
no, se incorporará, depurada de sentimentalismos, en la doctrina abstracta del
libro de conjunto. Al sol caliente de la actualidad sucederá— si sucede— la fría-
claror de la historia erudita...
Mas no tengo el derecho de afligir al lector con reflexiones melancólicas. Re¬
chacemos la tristeza, madre de la inacción. Preocupémonos de la vida, que es-
energía, renovación y progreso. Y continuemos trabajando. Sólo la acción tenaz,
en pro de la verdad justifica el vivir y consuela del dolor y de la injusticia. Sólo
ella posee la peregrina virtud de convertir al obscuro parásito social en héroe de
leyenda.
Y cultivemos, repito, nuestro jardín— según decía Voltaire— , cumpliendo en
lo posible el doble y austero deber de hombres y patriotas. Para el biólogo el
Ideal supremo consiste en resolver el enigma del propio yo, contribuyendo
a esclarecer al mismo tiempo el formidable misterio que nos rodea. No importa
que nuestra labor sea prematura e incompleta; de pasada, y en tanto alborea el
ansiado ideal, el mundo se dulcificará gradualmente para el hombre. La naturale¬
za nos es hostil porque no la conocemos: sus crueldades representan la venganza
contra nuestra indiferencia. Escuchar sus latidos íntimos con el fervor de apasio¬
nada curiosidad, equivale a descifrar sus secretos: es convertir la iracunda ma¬
drastra en tiernísima madre.
¿En qué más noble y humanitaria empresa cabe emplear la inteligencia?...
POST SCRIPTUM
CAPITULO XXVIII
MI JUBILACIÓN DE CATEDRÁTICO.-CON TAL MOTIVO CAE SOBRE MÍ UN CHAPARRÓN
DE DISTINCIONES Y AGASAJOS. — LOS ESPAÑOLES DE AMÉRICA.— CONCESIÓN DE
LA MEDALLA ECHEGARAY.— EL LIBRO HOMENAJE.— LA GENEROSIDAD HIPERBÓLICA
DE ESPAÑA: CREACIÓN DEL INSTITUTO CAJAL Y REIMPRESIÓN DE MIS OBRAS AGO-
TAADS.
He vacilado algo antes de escribir este capítulo. Enemigo de vanas exhibi¬
ciones y modesto y obscuro por naturaleza, me avergüenzo de toda honra
desmedida o inmerecida. Pero caigo en la cuenta de que escribo para la
juventud y de que no tengo el derecho de ocultarle homenajes y distinciones que,
por ejemplares, pueden servirla de acicate. Además quien escribe una vida está
obligado a llegar hasta el fin para no defraudar al lector.
Animado por estas reflexiones, paso a relatar sucesos recientísimos.
Cumplidos los setenta años, la ley inexorable, pero, previsora, nos expulsa del
aula, cortando para siempre el diario coloquio con nuestros discípulos. Ello no me
pesa; encuéntrelo acertado y razonable. La fría vejez, con sus desilusiones y
achaques, es, salvo raras excepciones, incompatible con la buena enseñanza oral,
que pide expedición y agudeza de sentidos, palabra fácil, cálida y briosa, voz vi¬
brante y robusta, agilidad de memoria y de pensamiento y flexibilidad de atención
capaz de saltar instantáneamente desde la serena y elevada región de las ideas
hasta los vulgares y enojosos menesteres del mantenimiento del orden; empresa
esta nada fácil en clases donde concurren 400 mozalbetes cuya mayoría mira el
estudio cual enfadosa vejación y ansia impaciente calentarse antes que en la luz
del saber, en la luz del sol glorificadora de calles y jardines.
No puedo quejarme, sin embargo, de mis discípulos. Dentro y fuera del aula
me honraron siempre con inequívocas muestras de respeto y veneración, aun
acuciados por la loca de la casa y por el deseo de acción de músculos entumeci¬
dos e inquietos sobre los duros bancos escolares.
Menos puedo quejarme aún de los Gobiernos, de los amigos y de los compa¬
ñeros de profesión. Aiite mis anticipados achaques de viejo mostraron siempre un
ademán de generosa solicitud. Ultimamente y con ocasión de la cesación de mi
labor docente, estas simpatías, siempre gratísimas, han adquirido el carácter de
honrosísimos e hiperbólicos homenajes. Callar los sentimientos de cordial estima
410
S. RAMÓN Y CAJAL
-que los inspiraron, fuera, so color de discreción o de modestia, antipático despego
y negra ingratitud. De ellos hablaré después.
Vaya por delante un rasgo generoso de Gobierno: Estimulado por algunos
amigos presentó el Ministro de Instrusción pública, y aprobaron las Cortes, cuan¬
tioso crédito para la construcción de un Instituto biológico que, por la benevolen¬
cia de S. M. el Rey, fué bautizado Instituto Cajat. Las obras, bastante adelanta¬
das, álzanse ya en el cerro de San Blas, junto al Observatorio Astronómico. Cuando
56 inaugure el edificio, serán instalados en él, además del Laboratorio de Investiga¬
ciones biológicas, que desde hace veintidós años dirijo, todos los demás
Laboratorios biológicos costeados por la Junta de Pensiones e Investigaciones cien¬
tíficas. En vez, pues, del sórdido y angostísimo local donde mis discípulos trabajan,
dispondremos en lo porvenir de un magnífico palacio no inferior a los fastuosos
Institutos científicos extranjeros. Allí convivirán, comerciando espiritualmente
entre sí, cuantos entre nosotros se consagran a estudios similares. Espero que la
comunidad del local convidará a la solidaridad de aspiraciones y sentimientos, y
que al sentirse colaboradores del renacimiento intelectual de nuestra patria, todos
sabrán sacrificar nuestro funesto pandillismo y particularismo, gérmenes de ren¬
cillas, y enojos interminables. Este individualismo pertinaz representa— triste es
reconocerlo— una de las más graves lacras de la gente hispana.
Ignoro si lo precario de mi salud me consentirá asistir a la inauguración del
suntuoso Instituto. Acaso el flamante edificio sea para mí noble epitafio. Téngolo
descontado. Con resignación contemplo el negro túnel tras el cual nadie sabe si nos
espera floresta perenne y vivificante o trágico e interminable desierto.
He hablado antes de un chaparrón inacabable de homenajes, todos entusiastas,
cariñosos y reverentes, procedentes de España y de América. Con más razón que
Goethe, el sublime anciano que conservó sus envidiables dotes hasta el fin -de su
vida, podría yo preguntarme: ¿cómo hallar expresiones agradecidas para contestar
eon variedad y oportunidad a cientos de cartas, oficios y mensajes? ¡Es tan pobre
y monótono el lenguaje sentimental por comparación con el lenguaje de la inteli¬
gencia!
Poco importa, empero, la desmaña en fabricar retórica sentimental individuali¬
zada y como a la medida; lo que importa es mostrar el corazón sincero, vibrante de
simpatía, aunque esta vibración sea monorrítmica y se exteriorice bajo frases vul¬
gares y formas protocolarias.
Acaso los más fervorosos y exorbitantes plácemes llegados con ocasión de mi
jubileo universitario vinieron de esa América hispánica que no olvida nunca el
rancio solar de sus mayores y se apresura a honrar los prestigios, por modestos
^ue sean, surgidos en la raza. Pecaría de prolijo puntualizando aquí todos los aga¬
sajos inmerecidos tributados por nuestra América. Me limitaré a mencionar global¬
mente los casi incontables diplomas y mensajes anibados de México, cuyo inspi¬
rador principal ha sido, sin disputa, mi entrañable amigo el Dr. Perrín, catedrálico
de la Universidad mejicana; los bustos artísticos erigidos en la República Argen¬
tina; los admirables y prlicromados diplomas recibidos de todas partes, y, sobre
todo, la subscripción pública, inspirada en móviles altamente educadores, iniciada
por españoles y argentinos, para solemnizar mi jubilación, pensionando anualmen¬
te en el Extranjero y en España a varios alumnos y profesores sobresalientes. Ci¬
temos aún las casi incontables cartas de plácemes, noticias de sesiones honoríficas,
erección de bustos conmemorativos, etc.,ofrendados no sólo por muchas universi-
RECUERDOS DE Mi VIDA
411
dades americanas, sino por casinos y centros culturales y comerciales, totalmente
^’enos a la función docente (1). He aquí un síntoma altamente consolador. Porque
existe en la América ibérica tan precioso tesoro de veneración y amor hacia las
Daciones peninsulares; alienta un afán tan ardoroso y casi exasperado de mostrar
-ante el mundo la capacidad de progreso de la gente hispana; se siente, en fin, un
Dnsia tan viva de promover, descubrir y celebrar los sólidos valores intelectuales
de aquélla, que hay momentos en que se disipa mi relativo pesimismo sobre el
destino de España y de sus pueblos hermanos. Estos bellos rasgos abren el cora¬
zón a la esperanza. Ellos presagian una posible aproximación espiritual hispano¬
americana basada, huelga decirlo— y en esto coincido completamente con el
alustre escritor americano Blanco-Fombona— , en la absoluta reciprocidad de
derechos e intereses, y ajena a toda antipática y anacrónica pretensión de hege¬
monía. Semejante acercamiento, que podría revestir la forma de una alianza (in¬
cluyo también a Portugal y al Brasil), representa, a la hora presente, más que con¬
veniencia común, exigencia vital, cuestión de vida o muerte para nuestra estirpe.
Si algún día, deponiendo recelos y desdenes, denunciadores de recíproca incom¬
prensión, se plantea seriamente la mencionada alianza, dispondriamos, aparte de
na inestimable instrumento de paz y de prosperidad, de un dique acaso infran¬
queable contra las codicias insaciables y el imperialismo arrollador de ciertos pue¬
blos del Norte. Pero ¡ay!, temo que lleguemos demasiado tarde y que la concordia y
compenetración espiritual entre España y sus hijas surja solamente en Hispano-
América cuando se vea vejada, fraccionada, invadida y expoliada por sus formida¬
bles y previsores adversarios.
Mas pidiendo perdón al lector por estos desahogos digresivos, proseguiré mi
celato expresando que iguales y sentidas pruebas de consideración y estima he
recibido en la propia España de multitud de Academias (2), Universidades, Insti¬
tutos, Escuelas normales y de primera enseñanza. Diputaciones, Ayuntamientos,
Uaboratorios, Casinos, etc. La lista de tales distinciones inmerecidas llenaría varias
páginas de este libro. Algunas, sobre todo las rendidas por los niños de las es“
•cuelas, son tiernamente conmovedoras.
Detenerme morosa y complacientemente en la enumeración de todos los hon¬
rosísimos homenajes, fuera pueril alarde de vanidad presuntuosa. Aun a riesgo de
parecer hosco, despegado o negligente, debo, paes, pasarlos por alto, sin perjuicio
■de enviar a sus iniciadores la expresión de mi profundo reconocimiento, con un
abrazo impregnado en cordial emoción.
No me es lícito, sin embargo, omitir entre tantas demostraciones extremosas e
Tiiperbólicas, el homenaje extraordinario ofrendado por muchos compañeros de Ma¬
drid. Reunidos en Junta, acordaron abrir una subscripción nacional encaminada a
•costear la impresión de un libro honorífico redactado por mis discípulos y amigos
de España y del Extranjero; reimprimir además mis memorias agotadas, y, en fin.
t Férvido campeón, y acaso iniciador de este espiritual proyecto, ha sido probablemente el doc-
pL : ^ de la Universidad de Buenos Aires y Presidente de la Asociación
a, a quien nuestro país debe agradecer otros muchos testimonios morales y mate-
fas rrge“nSnas Universidades españolas y de su conjugación espiritual con
Echíarav “a^dTudSfi v'f ° mi ¡ubilación, pero coincidente con ella, recordaré aqui la medalla
-f M eÍ Re'v f en , f de Ciencias, en sesión presidida por
-te de la CofoLaciór, n' f ®®“dos y elocuentes discursos D. Alfonso XIII, el ilustre Presiden-
Bolívar ’ " ^ ^ querido y venerado amigo el sabio naturalista D. Ignacio
412
S. RAMÓN Y CAJAL
dispensarme otras atenciones y agasajos que, por excesivos y sonrojantes, no
acierto a referir. De todas estas gratisimas manifestaciones de afecto hacia el
profesor jubilado, ninguna supera, desde el doble punto de vista espiritual y utili¬
tario, al libro antes citado (1), en el cual han tenido la benevolencia y la generosi¬
dad de colaborar, con excelentes y originales comunicaciones, sabios extranjeros
tan prestigiosos como M. V. Lenhossék, Cecile y Oskar Vogt, Jaques Loeb,
Albrecht Bethe, P. Sherrington, A. P. Dustin, J. Boeke, Umberto Rossi, Ernesto
Lugaro,M. G. Marinesco, V. Babes, Max Bielschowsky y Richard Henneberg,
Karl Schaffer, Emil Holmgren, J. B. Johnston, I. Havet, M. Athias, C. V. Monakow,
Celestino da Costa, Pierre Marie, E. Veratti, A. Prenant, Cl. Regaud y A. La-
cassagne, B. A. Houssay, J. T. Lewis, R. Kraus, Chr. Jacob.
Entre los españoles figuran: P. Ramón, A. Pi y Suñer, R. Turró, G. R. Lafora,
P. del Rio Hortega, G. Pittaluga, J. Negrin, E Hernández Pacheco, G. Marañóri,
F. Giménez de Asúa, Domingo Sánchez y Sánchez, M. Sánchez y Sánchez, J. No-
nidez, A. de Gregorio Rocasolano, Fernando de Castro, Lorente de Nó, Manuel
Bordas, O. Fernández y T. Garmendia, J. Mouriz, J. Ramón Fañanás, G. Leoz
Ortin, Sadi de Buen y Miguel Fernández.
Huelga decir que he contraído deuda impagable con los iniciadores y gestores
de la subscripción para el citado libro homenaje, entre los cuales destacan el
Conde de Romanones, Dr. C. M. Cortezo, Dr. Amafio Gimeno, D. F. R. Carracido,
Dr. Recassens, Dr. Francos Rodríguez, D. M. Sotomayor, D. G. Marañón, D. Blas
Cabrera, Dr. G. Pittaluga, -y, singularmente, el Dr. Tello, sobre quien ha pesado el
abrumador trabajo de compilar las comunicaciones recibidas, corregir las pruebas
y redactar resúmenes en castellano de las monografías inglesas y alemanas.
Algunos de los veteranos colaboradores extranjeros han fallecido recientemente
antes de recibir los dos volúmenes del libro homenaje. Gran pérdida para la cien¬
cia. Aludo a los ilustres profesores E. Holmgren y a Humberto Rossi. Otros mucho
adelantados en una etapa, como Waldeyer, Edinger, V. Gehuchten, Retzius, etc.
me hubieran, sin duda, ofrecido un nuevo testimonio de su inquebrantable amis¬
tad si la Parca inexorable no les hubiera cerrado el paso durante la guerra o la
postguerra. ¡Gloria y honor a los caídos y albricias a los que viven aún, esforzán¬
dose, durante su gloriosa vejez, en pro del progreso de la ciencia y el enaltecimien¬
to intelectual de sus sendas naciones!...
Estos homenajes, casi póstumos, hacia un modesto obrero de la biología
tienen para el anciano un sabor agridulce. Nos dicen hidalga, suave y discreta¬
mente, que hemos terminado virtualmente nuestra carrera científica; que fran¬
queada la cima de la montaña, hay que rodár cuesta abajo arrastrados con veloci¬
dad vertiginosa por el huracán del tiempo en complicidad con las limitaciones y
dolores de la decrepitud. Faltos o premiosos en lo tocante al quid divinum creador,
surge en nosotros, henchida de melancólicas remembranzas, la conciencia de so¬
brevivimos. Hemos cometido el pecado de persistir demasiado, burlando las ase¬
chanzas de la enfermedad y los avisos del sobretrabajo. La flaqueza de la memoria,
cavando un abismo entre el presente y el pasado, nos obliga a objetivarnos, a con¬
templar nuestra madurez como la de un ser extraño casi incomprensible ’y her¬
mético. Perdido o atenuado el sentimiento de la continuidad, al leernos extraña¬
mos nuestros ingenuas y viejas ideas, orgullo y vanagloria de inexperta juventud.
(1) Libro en honor de D. Santiago Ramón y Oajal. Trabajos originales de sus admiradores y discí¬
pulos extranjeros y nacionales. 2 volúmenes publicados por la Junta para el homenaje a Cajal. 1922.
RECUERDOS DE MI VIDA
413
“Somos otros y acaso peores, porque lo ganado en experiencia lo hemos perdido en
'entusiasmo y fe.
Como todo anciano, siento yo también todas esas envenenadas mordeduras
del corazón y del cerebro. Son aldabonazos del tiempo, devorador implacable de
la vida. Pero ni quiero ni debo cejar en mis empeños. Y para no caer en la inercia
mental — especie de muerte anticipada — continúo laborando, aunque deba con¬
traerme modestamente al perfeccionamiento de antiguas investigaciones, que re-
ípresentan para el viejo la dirección de la menor resistencia. Tengo además el in¬
declinable deber de guiar a mis discípulos, infundiéndoles inquebrantable confian¬
za en sus propias fuerzas y fe robusta en el progreso indefinido. Que la ciencia,
como la vida, crece incesantemente, renovándose de continuo sin chocar, en
sü ímpetu creador, con el muro de la decrepitud. ¡Gran estímulo para los jóvenes
-el saber que el tajo es inagotable y que todos pueden, si lo desean firmemente,
transmitir su nombre a la posteridad y añadir un blasón al escudo de la raza.
A todos cuantos embelesa el hechizo de lo infinitamente pequeño, aguardan
en'elsenode los seres vivos millones de células palpitantes que sólo exigen,
■para entregar su secreto, y con él la aureola de la fama, una inteligencia lúcida y
4)bstinada que las contemple, las admire y las comprenda.
FÍN
TRABAJOS DEL AUTOR
LIBROS PUBLICADOS
1 Manual de Histología normal y técnica micrográflca. Obra ilustrada con
205 grabados óriginales, 1.^ edición, Valencia; 1889, 2.^ edición, 1893.
2 Manual de Anatomía patológica general, seguido de un resumen de Mi¬
croscopía aplicada a la Histología y Bacteriología patológicas (con
numerosos grabados originales, en negro y color), 1.^ edición, Bar¬
celona, 1890; 2.a edición, Madrid, 1896; 3.a edición, Madrid, 1900;.
4. a edición, 1905; 5.a edición, Madrid, 1909; 6.a edición, 1918; 7.a edi¬
ción, 1922.
3 Elementos de Histología normal y de técnica micrográflca. Madrid, 1897.
(Resumen con importantes mejoras y adiciones del Manual de His¬
tología.) Van publicadas siete ediciones ilustradas con numerosos
grabados originales: 7.a edición, 1921.
4 Les nouvelles idées sur la flne anatomie des centres nerveux. Con nu¬
merosos grabados y un prólogo del Dr. Mathias Duval. París, 1894..
5 Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados. Obra
extensa (3 volúmenes) donde se contiene un resumen de todos
nuestros trabajos sobre la estructura de los centros nerviosos..
Tomo 1, de 567 páginas y 206 grabados originales, en negro y color.
Madrid, 1897, 1899 a 1904.
5® Studien über die Hirnrinde des Menschen. Leipzig, J. Barth, 1906.
6 Die Retine der Wirbelthiere. Traducción alemana, con muchas adiciones
de mi extensa Monografía publicada en La cellule y titulada: La ré-
tine des vertebrés, 1892. Versión y prólogo del Dr. Greeff. Ber¬
lín, 1894.
7 Studien über Nervenregeneration. Leipzig, 1908. Ilustrada con 60 gra¬
bados.
8 Histologie du sistéme nerveux de l’homme et des vertebrés. (Traducción
del Dr. L. Azoulay), 2 vol. en 4.° mayor. París, 1909-1911.
Traducción de la edición española (núm. 3), ampliada en numerosos pun¬
tos, en especial en lo tocante a histogénesis medular, textura del tálamo
óptico, cerebro medio, corteza cerebral, etc. En realidad, es una obra nueva
con 925 grabados originales en negro y en color.
9 La fotografía de los colores: Fundamentos científicos y reglas’prácticas..
Madrid, 1912.
Mediante esquemas originales y dascripciones sencillas, se exponen en
este libro las bases científicas de todos los procederes cromofotográficos.
10 Reglas y consejos sobre la investigación biológica. Discurso leído con
ocasión de la recepción del autor en la Real Academia de Ciencias-
Exactas, Físicas y Naturales, en la sesión del 5 de diciembre de 1897;
5. ^ edición, notablemente aumentada.
11 Estudios sobre la degeneración y regeneración del sistema nervioso,.
Obra costeada por la generosidad de los médicos españoles de la
RECXJERDOS DE MI VIDA
415.
República Argentina. Madrid, 1913-14, 2 vol. en 4°, con más de 400
páginas cada uno, y 300 grabados. .
12 Recuerdos de mi vida. Tomo I. Mi infancia y juventud. Tomo II. Historia
de mi labor científica, 2 vol. en 4.° con numerosos grabados. Ma¬
drid, 1901-1917. ^ TT
13 Charlas de café (pensamientos, anécdotas, confidencias). Un vol. en 8.
Madrid, 3.^ edición, 1323.
14 Manual técnico de Anatomía patológica. (En colaboración del Dr. Tello, a
quien se debe lo más importante del libro.) 1918. Con 40 grabados-
MONOGRAFIAS CIENTIFICAS.
1880
15 Investigaciones experimentales sobre la génesis inflamatoria. Zaragoza^
Con dos láminas litografiadas, 1880.
1881
16 Observaciones microscópicas sobre las terminaciones nerviosas en los
músculos voluntarios de la rana. Zaragoza, 1881. Con dos lámi¬
nas litografiadas por el autor.
1885
17 Estudios sobre el microbio vírgula del cólera. Zaragoza. Septiembre
de 1885. Con ocho grabados.
18 Contribución al estudio de las formas involutivas y monstruosas del.
comabacilo de Koch. La Crónica Médica. Valencia, 20 de diciembre
de 1885. Con un grabado.
1886
19 Contribution a l’étude des cellules anastomosées des épithéliums pavi-
menteux stratiflés. Internationae Monatsschrift f. Anat u Histol
Bd. III. Heft. 7. Con una plancha litográfica (primer trabajo publica¬
do en el extranjero). ^
20 Estructura de las fibras del cristalino. Notas de laboratorio La Crónica
Medica Revista quincenal de Medicina y Cirugía prácticas. Valen¬
cia, 2U de marzo de 1886.
21
Tejido óseo ^ycolor^tón^e los cortes de hueso. Boletín Midko Valen-
Notas * I. Textura de la fibra muscular de los mamíferos.
„ tsolehn Medico Valenciano. Jumo de 1887.
II. ala de los insectos. Boleíin Médico Valenciano.
III. insectos. Boletin Médico Valenciano..
25 Crdn/cuMéd/ca-
24
S. RAMÓN Y CAJAL
'ál6
1888
26 Observations sur la textura des Abres musculaires des pattes et des
alies des insectes. Internationale Monatsschrift f. Anat. u. Physiol.
Bd. V. Heft 6 u. 7. Con cuatro planchas litograñadas que contienen
77 figuras originales.
27 Estructura de los centros nerviosos de las aves. Con dos láminas litográ-
ficas. Revista trimestral de Histología normal y patológica. Barcelo¬
na, l.“ de mayo de 1888. (Primer número de una Revista costeada
por el autor y creada especialmente para publicar los trabajos del
laboratorio de Histología de la Universidad de Barcelona.)
28 Morfología y conexiones de los elementos de la retina de las aves. Re¬
vista trimestral de Histología normal y patológica, número 1.® mayo
de 1888. Con dos láminas litográñcas ejecutadas por el autor.
29 Terminaciones nerviosas en los husos musculares de la rana. Revista
trimestral de Histología normal y patológica. Mayo de 1888.
30 Textura de la fibra muscular del corazón. Revista trimestral de Histología
normal y patológica. 1° de mayo de 1888. Con una lámina litográfica.
31 Sobre las fibras nerviosas de la capa molecular del cerebelo. Revista
trimestral de Histología normal y patológica. 1 ° agosto de 1888,
Barcelona. Con una lámina litográfica.
-32 Estructura de la retina de las aves (continuación del trabajo publicado en
el núm. l.° de la Revista trimestral de Histología normal y patoló¬
gica), agosto Con unalámínaVitográUca..
33 Nota sobre la estructura de los tubos nerviosos del órgano cerebral
eléctrico del torpedo. Revista trimestral de Histología normal y pa¬
tológica. Agosto 1888.
34 Estructura del cerebelo. Gaceta Médica Catalana, 15 de agosto de 1888.
1889
35 Coloración por el método de Golgi de los centros nerviosos de los em¬
briones de pollo. Gnceta Médica Catalana, 1.° de enero de 1889.
36 Nota preventiva sobre la estructura de la médula embrionaria. Gaceta
Médica Catalana, 15 de marzo de 1889.
37 Nota preventiva sobre la estructura de la médula embrionaria. Caceta
Médica Catalana, 3! de marzo de 1889.
38 Dolores del parto considerablemente atenuados por la sugestión hip¬
nótica. Gaceta Médica Catalana, 31 agosto 1889.
39 Estructura del lóbulo óptico de las aves y origen de los nervios ópticos.
Revista trimestral de Histología normal y patológica, 1.® marzo 1889
(números 3 y 4). Barcelona. Con dos litografías.
-40 Contribución al estudio de la estructura de la médula espinal. Revista
trimestral de Histología normal y patológica, marzo 1889. Con 4 cin¬
cografías y dos láminas litográficas .
41 Sobre las fibras nerviosas de la capa granulosa del cerebelo. Revista
trimestral de Histología normal y patológica, marzo 1889. Con una
lámina litográfica.
42 Conservación de las preparaciones de microbios por desecación. Revis¬
ta trimestral de Histología normal y patológica, marzo 1889 *
-43 Sur l’origine et la direction des prolongations nerveuses de la couche
moléculaire du cervelet. Intern. Monatsschrift. f. Anat. u. Phys.,
1889. Bd. VI, Heft. 4 u. 5. Con tres láminas litografiadas, que con¬
tienen muchas figuras.
-44 Sur la morphologie et les conexions des éléments de la rétine des
oiseaux. Anatomischer Anzeiger, número 4, 1889. Con cuatro figuras.
45 Nuevas aplicaciones del método de coloración de Golgi. Gaceta Médica
Catalana, 1889. Con cuatro grabados.
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65
Conexión general de ios elementos nerviosos. La Medicina Práctica. Ma¬
drid, 2 de üctuore de 1-89.
1890
Sur l’origine eí les ramifications des ñbres nerveuses de la moeíle eni-
bryonaire. Anaiomischer Anzeiger, núinero 3, 1890. Con ocho
figuras.
Traducción francesa, con algunas adiciones y retoques, de la Monografía
número 38.
Sobre ciertos elementos bipolares de! cerebelo y algunos detalles más
sobre el crecimiento y evolución de las fibras cerebelosas. Ga¬
ceta Sanitaria de barceluna, 10 de febrero de lb9u. Con seis gra¬
bados.
Sur les Abres nerveuses de la coucbe granúlense du cerveleí eí sur
revolution des éiéments cérébeíieux. Internationale Monatschrift
für Anal, u Physíol. Bd. Vií, H. I, 1890. Con dos liíog afías.
Traducción francesa, con algunas pocas adiciones, del trabaja número 39,
Nuevas observaciones sobre la estructura de la médula espinal de los
mamíferos. Barct lona, 1 o de abril de 1890. Con siete granados.
Sobre la terminación de ios nervios y tráqueas en los músculos de las
alas de ios insectos. Barcelona, l.° de abril de 1890. Con dos gra¬
bados.
Sobre las células gigantes de la lepra y sus relaciones con las colonias
del bacilo leproso. Gaceta Sanitaria de Barcelona, 10 de julio
de 1.S9.), núm. Tu 1 1 Con tres grabados.
Sobre la aparición de las expansiones celulares en !a médula embrio¬
naria. Gaceta 'sanitaria de Barcelona, lo de agosto de 1890.
Sobre las terinlnaciones nerviosas del corazón en los batracios y rep¬
tiles Gaceta ¿>anitaria de Barcelona, agosto 1 ^yr).
Sobre las finas redes termínales de las tráqueas en los músculos de las
patas y alas de los Insectos. Gaceta Sanitaria de Barcelona, 10 de
octubre de 1890. Con cuatro figuras.
Sobre un proceder de coloración de las células y fibras nerviosas por
el azul de Turnbull. Gaceta Sanitaria de Barcelona, del 10 de oe-
tui>rcd<' 1890
Reponse a M. Golgl h. propos des fíbrilles collaíérales de la moeíle épl-
niére et .a structare genérale de la subsíance grise. Anaiomischer
Anzeiger, n ¡m-ro /( ', r 90.
Á quelle époque. apparaissení les expanslons des cellules nerveuses de
la moeíle épiniére du poulet. Anaiomischer Anzeieen núme¬
ros 21 y 22, !89\ ^ '
Sobre la existencia de células nerviosas especiales en la primera capa
de las circunvoluciones cerebrales. Gaceta Médica Catalana 15
de diciembre de 890.
A propos de ceríains éiéments bipolalres du cerveleí avec quelques de-
taiis nouveaux sur Fevolution des Abres cérévelleuses. journal
International d’Anatomie et de Physiologie. Bd. Vil. H 11 1890
Con seis figuras.
Origen y terminación de las fibras nerviosas olfatorias. Barcelona, 11 de
octubre de 18m Con seis g-ab idos
Textura de las circunvoluciones cerebrales de los mamíferos inferiores.
1 Barcelona, octubre de 890. Con d.-s grabados.
Sobre ía existencia de terminaciones nerviosas pericelulares en los
refnna comu/ncflc/ones anatómicas. Bar-
° 2qde dici-mbre de 1819. Cun dos grabados.
Sobre la existencia de colaterales y bifurcaciones en las fibras de la
di 1890 corteza del cerebro. Barcelona, diciembre
Coloration par la méthode de Golgi des terminaissons des trachées et
27
418
S. RAMÓN Y CAJAL
des nerfs dans les máseles des ailes des insectes. Zeischrift f.
wissenschaftliche Micro^copie, etc. Bd. Vil, 1890. Con una lámina
litográfica y tres grabados.
Traducción francesa, con algunos retoques y adición de figuras, de los
opúsculos números 5 1 y 55.
1891
€6 Sobre la existencia de bifurcaciones y colaterales en los nervios sen¬
sitivos craneales y substancia blanca del cerebro. Oaceta Sani¬
taria de Barcelona, lO de abril de 1891.
Terminaciones nerviosas en el corazón de los mamíferos. Gaceta Sani-
ta: ia de Barcelona, 10 de abril de 1891 .
€8 Significación fisiológica de las expansiones protoplásmicas y nerviosas
de las células de la substancia gris. Mem* ria leída en el Congreso
Médico de Valencia. Sesión de 24 de junio de 189'. Con cinco gra¬
bados.
89 Sur la fine strucíure du lobe optique des oiseaux eí sur l’origine réelle
des nerfs optiques. yoürn. internat. d’r-natomie et de Physiol.,
tomo Vlíí. fase. 9, 1891 Con dos láminas litografiadas.
70 Pequeñas contribuciones al conocimiento del sistema nervioso (Varias
investigaciones sobre el gran sin. pático, retina, médula espinal y
Cürte7a cerebral). 20 de agos.o de 1891. Con 12 grabados.
/ parte: E'Truct r* y conexiones de los ganglios simpa i icos.
II parte: ESTRUCTURA fundamental de la co .teza cerebral de los.ba-
TRACIOS. reptiles Y AVES.
ni parte: Estructu a de la retina de los reptiles y batr cios.
IV parte: Estructura de la médula espinal de los reptiles.
V parte: La substanci=^ gelatinosa de Rolando.
71 Notas preventivas sobre la retina y gran simpático de los mamíferos.
Caceta Sanitaria de Barcelona, 10 de diciembre de 1891. Con siete
grabad' s.
72 Terminación de los nervios y tubos glandulares del páncreas de los ver¬
tebrados (en unión de Cl. Sala), 28 de diciembre de 1891. Barce¬
lona. Con finco grabados.
73 Sur la síructure de l’écorce cérébrale de queíques mammiféres. La Ce-
llule. Tomo Vil, 1 fascicuie, 1891. Con tres grandes láminas litogra¬
fiadas.
1892
74 Nota sobre el plexo de Auerbach de la rana. Barcelona, 13 de febrero
de 1892. Con di>s g abados.
75 Observaciones anatómicas sobre la corteza cerebral y asta de Ammon.
Actas de la Sociedad tspañ h de Historia Naturai. Segiinda serie*
tomo I. Sesión de diciembre de 189'L
76 La retina de los los teleósteos y algunas observaciones sobre la de los
vertebrados superiores. Trabajo leído ante la Sociedad de Histo¬
ria Natural en 1 ® de ionio de 1892. Con cinco cincografías.
77 Larétine des vertebrés fo CeZ/u/e. Tomo IX, ! « fase. Con siete grandes
láminas litografiadas, que comprenden más de 60 figuras.
1893
78 Estructura del asta de Ammon y fascia dentada. Anales de la Sociedad
h.spañola de Historia Nutural.Tnmo 1893 Con 22 grabados
79 Estructura de la corteza occipital de los pequeños mamíferos. Anules de
la Sociedad de Historia Natural. Tomo XXII, 18y3. Con cuatro gra¬
bados.
RECUERDOS DE MI VIDA
419
í80 Adenoma primitivo del hígado. Revista de Ciencias Médicas de Barcelona,
IQ de mayo de 1^93. Con 2 figuras. _ ...
;81 Beitrage zur feineren Anatomie des grossen Hirns. Traducción alemana,
dirigida por KoUiker, de nuestra extensa Memoria ya citada sobre
el asta de Ammon y fascia dentata
.82 Los ganglios y plexos nerviosos del intestino de los mamíferos, y peque¬
ñas adiciones a nuestros trabajos sobre la médula y gran sim¬
pático general, 23 de noviembre de l.b93 Madrid. Con 13 grabados.
.83 Sur les ganglions nerveux de l’intestin. Resumen y traducción del trabajo
anterior, hecho por el Dr. Azouiay, y leído en la Sociedad de Biolo¬
gía de París (sesión del 30 de diciembre de lí‘93).
.84 Pequeñas adiciones a nuestros trabajos sobre la médula y gran simpá¬
tico general. Noviembre de l893, Madrid.
1894
;.85 La fine structure des centres nerveux. T/ie Croon/an léctme. Conferencia
pronunciada ante la Sociedad Real de Londres el F de marzo de 1894,
y publicada en los Proceedings ( f the Royal Society. Vol. 55, 1894.
Con figuras copiadas de los esquemas que sirvieron para la confe¬
rencia..
,86 Notas preventivas sobre la estructura del encéfalo de los teleósteos.
Anales de la Sociedad bspañola de historia natural. Tomo 23, 894.
.87 Algunas contribuciones al conocimiento de los ganglios del encéfalo.
Anales de la Sociedad Española de Histoiia natural. Tomo 23, L 94.
Con 12 grabados.
:88 Le Pont de Varóle bibliographie anatomique, núm. 6, 1894. Resumen fran¬
cés del artículo 1 de la Monografía núm. 87.
89 Estructura del ganglio de la habénula de los mamíferos. Trabajo leido en
la Sociedad tspañola de Historia natural. Sesión del 4 de julio
de 189 1. Con 4 grabados Publicado en los Anales de la Sociedad Es¬
pañola de Historia natural. Toino 2 ', 1894.
;90 Consideraciones generales sobre la morfología de. la célula nerviosa.
Texto de la Conferencia enviada al Congreso médico internacional
de Roma de 1894. Publicada en La Veterinaria tspañola, números
5 y 20 de junio de 1894
1895
91 Ganglions cérévelleux. Bibliographie anatomique, núm. 1. Enero de 1895.
Resumen francés del artículo 11 de nuestra Memoria núm. 87.
92 Corps strié. Bibliographie anatomique, núm. 2. 18'!5. Con dos grabados.
93 Algunas conjeturas sobre el mecanismo anatómico de la asociación,
ideación y atención. Revista de Medicina y Cirugia prácticas. Ma¬
drid, 1895.
:94 L’anatomie fíne de la moelle épiniére. Atlas der pathologischen Histologie
des Nervensystems. (Con 8 grandes láminas cromolitográficas.) Ber¬
lín. 1H9S. ^ ’
95 Apuntes para el estudio del bulbo raquídeo, cerebelo y origen de los
nervios encefálicos. Trabajo leído ante la Sociedad tspañola de
Historia natural en la sesión de 6 de febrero de 1895, publicado en
los Anales de la Sociedad Española de Historia natural. (Con 31
grabados). ^
1896
96 Beitrag zur Studium der medula oblongata, des Kleinhirns und des
Ursprung des Gehirnnernem Iraducción alemana, con un prólogo
420
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105
108
del Dr. Mendel, de nuestro anterior trabajo- sobre el bulbo, Leipzig.,
Librería de Anibrosius Barth. 1896.
Nouvelles contributions a l’étude histologique de la r étine et á la ques-
tion des anastomoses des prolongements protoplasmiques.your-
nal de l" Anato mié et de la Ptiysiologie. i3 de noviembre de 1896.
Avec 4 planches litographiques.
Las defensas orgánicas en el epiteíioma y carcinoma, fio/ei/n oficial det
Co.egio de Médicos de Madrid, núni. 1896.
Las colaterales y bifurcaciones de las raíces posteriores de la médula
espinal demostradas por el azul de metileno. kevista de Clínica^
de terapéutica y Farmacia, lU octubre 1896. i orno X. Con 1 figura.
Métodos de coloración de las neoplasias. Revista de Ciencias Médicas de
Barcelona. 10 marzo 1896
Estructura del protoplasma nervioso. Revista trimestral micrográfica, nú¬
mero 1, marzo 1896. Con 6 figuras. (Leido arde la Sociedad españo¬
la de tiisiuria natural, el 8 de enero de 1896 )
La fagocitosis de las plaquetas, kevista trimestral micrográfica, núm. 4^.
1 marzo de 1896. Con 2 figuras.
Sobre las relaciones de las eéluías nerviosas con las neurógllcas. Revis¬
ta trin-estrol micrográfica, núm. 1, marzo l’^9( . Con 8 figuras.
Estudios histológicos sobre los tumores epiteliales. Revista trimestral mí¬
en grafic , núm. 2, junio dt- 1896. Con 3 figuras.
Las espinas colaterales de las células del cerebro teñidas con el azul de,
metileno. Revista trimestral micrográfica, núm. 2, junio 1896. Con
3 grabados.
E! azul de metileno en los centros nerviosos. Revista trimestral micrográ¬
fica, números 3 y 4, íS96. Con 4 láminas litografiadas y 15 grabados-
intercalados en el texto.
1897
107 Leyes de la morfología y dinamismo de las células nerviosas. Revista tri-^
mestral micrográfica. núm. 1, marzo de 1897. Con ¡4 grabados.
108 Algo sobre la significación fisiológica de la neuroglia. Revista trimestral
micrográfica. Con 9 figuras. Núm. 1, marzo de 1897.
109 Nueva contribución al estudio del bulbo raquídeo. Revista trimestral mi-
C'Ográfica, núm. 2, 1897. Con 12 grabados.
110 Las células de cilindro-eje corto de la capa molecular del cerebro. Re¬
vista trimestnl rnicrográfiea. junio 1897. Con 7 figuras.
111 Los ganglios sensitivos craneales de los mamíferos (en unión de D. Fede¬
rico Olóriz Oitega). Revista trimestral micrográfica Con 9 figuras.
112 Terminaciones nerviosas en los husos musculares de la rana, kevista tri¬
mestral micrográfica, diciembre 1897. Con 1 grabado.
113 Estructura del quiasma óptico y teoría general de los entrecruzamientor
nerviosos. Re Asta trimestral micrográfica, núm. 1, marzo 1898. Con
ISg'-abados.
114 Algunos detalles más sobre la anatomía del puente de Varolio y consi¬
deraciones acerca de la doble vía motriz. Revista trimestral micro-
gráfica, núm. 2. junio 18^8. Con 1 figura.
115 Estructura fina del cono terminal de la médula espinal. Revista trime.sírar
mi<r agráfica, septiembre 1898. Con 3 grabados.
116 La red superficial de las células nerviosas centrales. Revista irimestraP
micrográfica. Con 1 grabado.
•RECUERDOS DE MI VIDA
421
1899
^17 Apuntes para el estudio experimental de la corteza visual deí cerebro
humano. Revista ibero-americana de Liencias médicas, núm. 1, mar¬
zo 1»99. Con 7 grabados.
118 Estudios sobre la corteza cerebral humana.—!. Región visual. Revista tri¬
mestral micrográfica, núm. 1. 1 -'99. Con 23 grdbados.
119 Estudios sobre la corteza cerebral humana. - II. Zona motriz deí hombre
y mamíferos superiores. Revista trimestral micrugráfica. Con 31
figuras.
120 Comparative study of sensory areas of the human cortex. Con 31 figuras
y ei retrato de! autor. Worcester. Mass. (listados Unidos), 1899.
ISOO
121 Estudios sobre la corteza cerebral humana.— líl. Corteza motriz. Revista
trimestral micrográfica, tonio V, nú.M. 1, marzo de 1900.
122 Estructura de la corteza acústica y circunvoluciones de la ínsula. Revista
trimestral micrográfica, tomo V, números 2, 3 y 4. Diciembie de 1900.
Con 12 figuras.
123 Disposición terminal de las fibras deí nervio coclear. Revista trimestral
mict ográfica, torno V, números 2, 3 y 4. Con 2 figuras.
124 La corteza olfativa del hombre y de los mamíferos. Revista trimest/al mi-
crográfica, núm. 4. Diciembre de 1900.
125 Contribución al estudio de la vía sensitiva central y de la estructura del
tálamo óptico. (Con 4 grabados.) Revista trimestral micrográfica,
tomo V.
128 Pequeñas comunicaciones técnicas. Revista trimestral micrográfica, tomo V,
fascículo 3.°
1901
127 Estructura de la corteza olfativa de! hombre y mamíferos. (Con 72 gra¬
bados ) Trao. del ¡ ab. de Invest. bial, torno I.
Í2S Textura del lóbulo olfativo accesorio. (Con 5 figuras.) Trab. del Lab. de
¡nvest. bioL, tomo I.
129 Significación probable de las células de axon corto. Trab. del Lab. de
Invest. bioL, tomo í. (Con 3 esquemas.)
1902
130 Estructura del Septum lucidum. Trab. del Lab. de Invest. bioL, tomo I.(Con
19 grab-ados.)
431 Sobre un ganglio especial de la corteza esfeno-occipital. Trab. del lab. de
Invcst. biol.. tumo !. (Con 12 grabados.)
132 Recreaciones estereoscópicas y binoculares. La Fologrofia: Año 1901.
(Con 5 grabados.)
133 Estructura del tubérculo cuadrigémino posterior, cuerpo geniculado in¬
terno y vías ácústicas centrales, y rab. del Lab. de Invest. bioL,
tomo I. (Con 6 grabados.)
134 Die Endigung des ausseren Lemriiscus, &. Ehrenñummer des Deutsch. med.
Woch. zum 70 geburtstage Leyderís. Aprill902.
422
S. RAMÓN y GAJAI,.
1903
135 Sobre un foco gris especial relacionado con la cinta óptica. T¡ab. rlet
Lab. de invest bioL, tomo II. (Con 2 grabados.)
136 Anatomía de las placas fotográficas. La Potogiajía, núm. 17, febrero-
de )90 .(Con 3 grabados.)
137 Las fibras nerviosas de origen cerebral del tubérculo cuadrigemino an¬
terior y tálamo óptico. Trab. del Lab. de invest. biol., tomo II. (Con
10 grabados.)
138 La doble vía descendente nacida del pedúnculo cerebeloso superior.
Trab. del Lab. ae Invest. biol., tomo íl. (Con 4 grabados.)
139 Estudios talámicos.. Trab. del Lab. de Invest. bioL, tomo II. (Con 20 gra¬
bados.)
140 Plan de estructura del tálamo óptico. Conferencia dada en la Facultad de
Medicina de Madrid el 28 de abril de 1903, con ocasión del Congre¬
so médico imernacional. Madrid, 1903. (Con 5 esquemas, copias de-
las tablas murales dibujadas al efecto.)
141 Método para colorear la mielina en las preparaciones del método de
Marchi. Irab. del Lab. de Invest. biol., tomo II.
142 Un consejo útil para evitar los inconvenientes de la friabilidad y arro¬
llamiento de los cortes en los preparados de Golgi y Marchi.
1 rab. dei Lab. de Invest. biol., tomo II.
143 Consideraciones críticas sobre la teoría de Bethe, acerca de la estruc¬
tura y conexiones de las células nerviosas. Irab. del Lab. de
Invest. biol., tomo II. (Con 8 figuras.)
144 Sobre un sencillo método de impregnación de las fibrillas interiores del
protoplasma nervioso. Archivos latinos de Medicina y Biología,
núm. 20 de octubre de 1903.
145 Sobre la existencia de un aparato tubuliforme en el protoplasma de las
células nerviosas y epiteliales de la lombriz de tierra. Boletín de'
la Sociedad Española de Historia Natural. (Sesión de diciembre
de 1903.)
146 Algunas adiciones a nuestro artículo anterior sobre la estructura del
protoplasma nervioso. Revista escolar de Medicina, etc., 15 diciem¬
bre 1903
147 Un sencillo método de coloración selectiva del retículo protoplásmico y'
sus efectos en los diversos órganos nerviosos. Trab. del Lab. de
Invest. biol., tomo II. (Con 38 figuras.)
148 Sobre la estructura del protoplasma nerviosoi Reí isla escolar de Medici¬
na y Cirugía, 1 noviembre 1903. —Nota preventiva donde se coiisigr
nan los principales resultados expuestos en la anterior Memoria.
1904
149 Algunos métodos de coloración de los cilindros-ejes, neur ofibrillas y
nidos nerviosos. Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo III, fascículos
1 y 2. Marzo.
150 Ueber einige Methoden der Silberinprágnirung zur Untersuchung der
Neurofibrilíen der Achsencylinder und der Endverzweigungen.
Zeitsch. f. wissensch. Mikroskopie. u. mikrosk. T echnik. Bd. XX. 1904.-
151 Variaciones morfológicas normales y patológicas del retículo neurofi-
brillar. Trab. del Lab. de Invest. biol., Tomo III, cuadernos 1 y 2.
Con 4 grabados.
152 El aparato tubuliforme (red de Golgi) del epitelio intestinal de los ma¬
míferos. Trabajos del Lab. de Invest. biol., tomo III, cuadernos 1 y 2..
Con 2 grabados.
HECUí.RDOS DE MI VIDA
423
153 Un método de coloración de los cilindro-ejes y de las células nerviosas.
Revista de la Real Academia de Ciencias de Madrid, tomo I,,nurae-
ro 1, abril de 190^. ^ ,
154 Asociación del método del nitrato de plata al embrionario para el estu¬
dio de los focos motores y sensitivos. Trab. del Lab. de Investiga¬
ciones biol., tomo III, fasciculus 2 y 3. Junio y septiembre. Con 12
grabados. ■ . . on
155 La fotografía cromática de puntos coloreados. La Fotografía, numero 37
octubre 1904. •
156 Contribución al estudio de la estructura de las placas motrices. Traba¬
jos del Lab. de Jnvest. biol., tomo III, cuadernos 2 y 3. Con 3 gra¬
bados.
157 El retículo neuroñbrillar en la retina. (Ccn un grabado y una lámina lito¬
grafiada.) I raí. del Lab rfe /«vcsí. firo/., tomo Ilí, fascículo 4,
158 Das Neuroflbrillennetz der Retina. Inter. Monatsch f. Anat. u. Physiol.
Bd. 2!, H 418 Número extraordinario destinado a conmemorar el 50
aniversario del Doctorado del ilustre histólogo W. Krause.
158 Las lesiones del retículo de las células nerviosas en la rabia. (Trabajo
‘ hecho en colaboración con D. Dalmacio García.) 'Irab. del Lab. de
//zye?t. ó/o/, cuaderno 4. C<-n 28 grabados.
160 Neuroglia y neurofibriilas del Lumbricus. Trab. del Lab. de Jnvest. biológi¬
cas. t-mo Ilí, cuaderno 4. (Cim 4 grabados.)
161 Variaciones morfológicas del retículo nervioso de invertebrados y ver¬
tebrados. Trab. del Lab. de invest. biol, tomo íil, cuaderno 4. (Con
5 grabados.)
1905
162 Tipos celulares de los ganglios sensitivos del hombre y mamíferos. Tra¬
bajos del Lüb. de Invest. biol, tomo IV, fascículos 1 y A (Con 20
.grabados.)
163 Tipos celulares de los ganglios raquídeos del hombre y mamíferos. Nota
leída en la sesión dd l.° de marzo de 1905. Anales de la Sociedad
Española de Histona natural, ]Q0S.
164 Las células estrelladas de la capa molecular del cerebelo y algunos he¬
chos contrarióla la función exclusivamente conductriz de las
neufofíbrillas. i rab. del Lab. de Invest. biol, tomo iV, fascículos 1
y 2. (Con 2 grabados.)
165 Las células de! gran simpático del hombre adulto. Tr^b. del Lab. de In-
vesúgaciones biol , tomo VI, fascículos 1 y 2. (Con 14 g'^abados.)
166 Coloración de la fibra muscular por el proceder del nitrato de plata re¬
ducido 7 rab. del Lab. de invest. biol, cuadernos 1 y 2, tomo IV.
(Con una finura.)
167 Diagnóstico histológico de la rabia. Boletín del Instituto de Sueroterapia,
Vacunación, etc., de Alfonso Xlil, núm. 1, marzo.
168 Sobre la degeneración y regeneración de los nervios. Boletín del Insti¬
tuto de tiueroterapia, etc., 1.a parte, núm. 2, julio; 2.^ parte, núm. 3,
septiembre.
169 Mecanisme de la régénération des nerfs. Compt. rend. de la Société
de Biol. de París, Séance 1 1 noviembre 1905.
Mecanismo de la regeneración de los nervios. Discurso leído en la solem-
iie recepción de la Academia de Medicina, en marzo de 19C6. (Con
29 figuras.) Una copia de este extenso trabajo fué publicada tam-
bien en Tr.b. del Lab. de Invest. biol., tomo IV, cuaderno 3.®
Estructura de las imágenes foíocrómicas de G. Lippmann. Revista de la
424
S. RAMÓN Y CAJAL
Real Acad. de Cien. Exactas, Físicas y Naturales, tomo IV, núm. 4,
abril 906. , , rs» n a *
172 OueiQues aníécédenís historiques ignores sur Ies Plasmazellen. Anato-
. mischer Anzeiser,há.XX\X.\%m._ . , . . , .
173 Sobre ía policromía de los gránulos metálicos microscópicos. Anales de
la Sociedad Española de Física y Química, tomo IV, 24 de noviem¬
bre de 1906. , , X .
174 Génesis de las fibras nerviosas del embrión y observaciones contrarias
a la teoría catenaria. Irab. del Lab. de Invest- bioL, tomo IV, fas¬
cículo 4.” 1906. (Con 8 g-abad-'S.) .
175 Relación de méritos y trabajos científicos del autor. Resumen de mis inves¬
tigaciones hasta V 06. (Co:' un retrato.i ÍVladrid, 1906.
176 Síructure et connexions des neurones. Conference de Nobel faite a
Stockholm le 1 déccmhre J906. (Esta conferencia fué publicada
después en los Archivos de Fisiología, volumen V, fascículo 1.®, no¬
viembre 1907.) , r
177 Una modificación del proceder fotocrómico de Lumiére a la fécula. La
Fotografía, 1906. Se propone la obtención de la pantalla microscópi¬
ca tricró nica mediante ía sección microtómica de filamentos de seda
coloreados, previa inmersión en una solución de gelatina enne¬
grecida.
178 Regías prácticas sobre la fotografía ínterferenciaí de LIppmann. Ciencia
popular Barcelona. N"viembre de 1906.
179 Notas preventivas sobre la degeneración y regeneración de las vías ner¬
viosas centrales. Trab. del Lab. de Invest. biol, tomo IV, fascícu¬
lo 4.“, 1906.
180 Discurso leído ante la Real '‘Academia de Medicina, en ía recepción públi¬
ca de S. R. Caja!, el día 30 de junio de 1907.
181 Notes microphotograpbiques (avec 6 gravures). Trab. Lab. Recherches bio-
lOgiques, tomo V, fase. .° y 2.°, abril 1907.
182 Les raetamorphoses précoces des neuroflbrilles dans la régénération et
la dégénération des nerfs. Trab. Lab. Rech. bioL, t. V, fase. l.° y 2F,
abril 1907.
183 Note sur la dégénerescence traumatique des fibres nerveuses du cerve-
let et du cerveau. (Avec 4 gravures.) Trab. Lab. Rech. bioL, t. V,
fascículo S.'’, juiilet 1907.
184 Die Histogenetische'Beweise der Neurontheorie von His und Forel (mit
2 • Mbb ) Anatomischer Anzeiger. Bd. 3’, 1908.
185 Nouvelíes observations sur Fevoluííon des neuroblastes avec quelques
remarques sur l’hypothése de Hensen-Heíd (avec 16 gravures.)
Trab. Lab. Rech. biol., t. V, 1907.
186 Quelques formules de flxation destinées h ía méthode au nitrate
d’argent. Trab. Lab. inv. biol., t. V, fase, t.'^, decembre 1907.
187 L'apparei! reticulaire de Golgi-Holmgren coloré par le nitrate d’argent.
__ r-. ’ giavure.) Trab. lab. htch. biol., t V, fase. 3.°, juiilet 1907
188 El renacimiento de la doctrina neurona!. Gaceta Médica Catalana, t. XXXI, '
núm. 724. Barcelona, 31 de agosto de 1' 07.
189 Una hipótesis sobre la constitución del retículo de la célula nerviosa.
Revista escolar «Cq/o/», año II, núm. 8. Abril de 1907.
190 Las placas auíocromas Lumiére y el problema de las copias múltiples.
La Fotografía, Madrid, 1907.
1908
ino teorías sobre el ensueño. Revista escolar «Cajal», año II, 1908.
192 L.hypothése de la continuité d’Apathy; reponse aux objetions de cet
RECUERDOS DE MI VIDA
425
auteur coníre la doctrine neuronal. Trab. Lab. Rech. biol, t. VI,
fascículos 1 ° y 2.°, juin 1908. ¡Avec 12 gravures.)
193 Sur un noyau special du nerf vestibulaire des poissons et des oiseaux.
(Avec o gravures.) Trab. Lab. Rech. bivl., t. VI, fase. l.° y 2.°,
junio 1008.
194 Les conduits de Golgi-Holmgren du protoplasma nerveux eí íe reseau
périceliulaire de la membrane. (Avec 6 gravures.) Trab. Labora-
toire, Hech. t ioL, t. VI, fase. 3.^ aoút 1908.
195 Sur la significatlon des celluíes vasoformatives de Ranvier. (Quelques
aiitecedents bibliographiques ignorés des auíeurs ) Irav. du Labora-
toire de Rech. biol , t. VI, fase, r, 19n8 (Avec 1 gravure.)
196 Ei ganglio intersticial del fascículo longitudinal posterior en el hombre
y diversos vertebrados (con 5 grabados.) i rab. Lab. Inv. biol.,
t. VI, lfa08.
197 Terminación periférica del nervio acústico de las aves. (Con 8 grabados.
Trab. ¡ ab. inv. biol., t. VI, 19( 8.
198 Los ganglios centrales deí cerebelo de las aves. (Con 6 grabados.) Traba¬
jos Lab. inv. biol, t. Vi, 1908.
199 Les gangíions terminaux du nerf acoustique des oiseaux. (Avec 7 gravu¬
res et une planche.) Trab. Lab. J v. btoL, t. VI, 1908.
200 Iniluencia de la quimiotaxis en la génesis y evolución del sistema ner¬
vioso. Discurso inaugural de ia Sección de Ciencins Naturales de la
Asociación Española para el progreso de las Ciencias. Congreso de
Zaragoza, 1908.
1S09
201 Contribución al estudio de los ganglios de la substancia reticular del
bulbo (con algunos detalles concernientes a b s focos motores y
ví«s reflejas bulbares y mesoceíáücas.) Trab. del Lab. Inv. biol,
t VH, 19* 9 (Con 1 1 grabados.)
202 Nota sobre la retina de la mosca. (M. vomitori L.) Trab. del Lab. de
Inv. biológ. de la Univers. de Madrid, t. VII, fase. 4.°, diciembre
de 1909. (Con 12 grabados.)
1910
203 Obtención de estereofotografías (proceder de Berthier-íves) con un solo
objetivo. Con 3 grabados. Re isla de Física y Química. 1910.
204 Las fórmulas del proceder deí nitrato de plata reducido y sus efectos
sobre los factores integrantes de las neuronas, ¡rab. Laborato¬
rio Inv. biol., t. VIII fase. l.° y 2.°, s^ ptiembre 1910.
205 El núcleo de las células piramidales del cerebro humano y de algunos
mamíferos. Trab. Lab. inv biol, t. VIH, fase. l.“ y 2.°, septiem¬
bre 1910. (Con 11 grabados.)
.206 Algunas observaciones favorables a la hipótesis neuroírópica. Trabajos
Lab. inv. biol, t. VIH, fase. l.° y 2.°, septiembre 1910. (Con 13 gra-
bad"S.)
207 Algunos experimentos de conservación y autolisis del tejido nervioso.
(Nota preventiva), con 3 grabados. Trab. del Lab. de Invest biológi¬
cas, iomo V til, 1910.
208 Algunos hechos de regeneración parcial de la substancia gris de los
centros nerviosos. i Con 1 1 grabados). Trab. del Lab. de Invest. bio¬
lógicas, tomo VIH, fase. 2.° y 3.°, diciembre 1910.
209 Observaciones sobre ía regeneración de la porción intramedular de las
raíces sensitivas. - Con 5 grabados.) Trab. del Lab. de Invest. bioló¬
gicas, tomo VIH, fase. 2 ° y 3.°, diciembre 1910.
210 Las plaquetas de la sangre impregnadas dentro de los vasos por el pro¬
ceder del nitrato de plata reducido. (Con 1 grabado.) Trnb. del
Lab. de Invest. biol, tomo VIH, fase. 2.°, 3.° y 4.°, diciembre 1910.
426
S. RAMÓN Y CAJAL
191Í
211
212
213
214
215
216
217
Los fenómenos precoces de la degeneración traumática de las vías cen¬
trales. Bol. de la Soc. tsp. de BioL Sesión del 24 de febrero de 1911.
(Con 0 grabados.)
Reacciones degenerativas de las células de Purkinje del cerebelo bajo la
acción del traumatismo. Bol. de la Soc. Esp. de Biol. Sesión del 21
de abril de 1911. . . ^ ^
Transformación, por efecto traumático, de las células del cerebro en
corpúsculos nerviosos de axon corto. Bol. de ¡a Soc. tsp. de Bio¬
logía. Sesión del 16 de junio de 19) 1.
Los fenómenos precoces de la degeneración neuronal en el cereoelo.
(Con .8 grabados.) Trab. del Lab. de mvest. biol, tumo IX, fascícu¬
los 1 2 ° y 3.°, julio 1911.
Los fenómenos precoces de la degeneración traumática de los cilindro-
ejes del cerebro. (Con 20 grabados.) Trab. del Lab. de Invest bio¬
lógicas, tomo íX, fase. ).°, 2.° y 3.°, julio 1911
Fibras nerviosas conservadas y fibras nerviosas degeneradas. rCon 9 gra-
bado<!.) Trab. dei Lab. de invest. biol., tomo IX, fase. 4.°,' diciem¬
bre de 191).
Alteraciones de la substancia gris provocadas por conmoción y aplasta¬
miento. (Con 16 grabados.) Trab. del Lab. de Invest. biol., tomo IX,
fascículo 4.°, diciembre 1911.
1912
21S Proceder helicrómico por decoloración. Obtención de pruebas positivas
estables con el azul de meíileno. Anales de la Soc. Esp. de Física
y Química, año X, febrero de 19)2.
219 Fórmula de la fijación para la demostración fácil del aparato reticular
de Golgi. (Con 1 grabado.) Bol. de la Soc. Esp. de Biol. Sesión del
21 de junio de 1912.
220 Fórmula de fijación para la demostración fácil del aparato reticular de
Golgi y apuntes sobre la disposición de dicho aparato en la re¬
tina, en los nervios y en algunos estados patológicos (con 3 gra¬
bados*. Trab. del Lab. de Inv. biol , t. X, junio de 912.
221 El aparato endocelular de Golgi en la célula de Schwann y algunas ob¬
servaciones sobre la estructura de los tubos nerviosos (con 10 gra-
badus) Trab. del Lab. de Inv. biol., t. X, fase. 4 agosto de 1912.
222 Soore ciertos plexos pericelulares de la capa de los granos del cerebelo
(con 1 grabado). Trab. del Lab. de Inv. biol., t. X, fase. 4.o agosto
de 1912. > > . s
223 Influencia de las condiciones mecánica,s sobre la regeneración de los
nervios (nota preliminar). Trab del Lab. de Inv. biol, t. X, fase. 4,»-
agosto de 1912. (Con 3 grabados.)
1913
224 Fenómenos de excitación neurocíádica en los ganglios y raíces nerviosas
consecutivamente al arrancamiento del ciático (con 4 grabados).
Trab.^ del Lab. de Inv. biol., t. XI, fase. 2.°, julio de 1913.
225 El neurotfopismo y la transplantación de los nervios (con 12 grabados).
Trab. del Lab. de Inv. biol., t XI, fose. 2.°, \u\u* de ÍQ13.
226 Sobre un nuevo proceder de impregnación de la neuroglia y sus resul¬
tados en los centros nerviosos de! hombre y animales. Trab. del
no-, n ^ t- XI, fase. 3.", diciembre de 1913.
227 Contribución al conocimiento de la neuroglia del cerebro humano (con 27
grabados). Trab. del Lab. de inv. biol., t. XI, fase. 4.“
RECUERDOS DE MI VIDA
427
228 Asociación española para el Congreso de las ciencias. Congreso de Ma¬
drid. Discurso inaugural. (Se dt-muestra que se contienen en el pro-
toplasma nervioso, singularmente en el reiiculo, unidades ultrami-
croscópicas susceptibles de crecer y multiplicarse. (Con 10 gra¬
bados.)
1914
229 Algunas variaciones fisiológicas y patológicas del aparato reticular de
Golgi (Trabajo muy extenso ilustrado con 55 grabados). Trab. del
Lab. de Inv. biol., t. XII, 1914.
1915
230 Variaciones fisiológicas del retículo de Golgi en algunos elementos epi¬
teliales y mesodérmicos. Bul. de la Soc. tsp. de Biol. Núm. 30,.
marzo de 1915.
231 Consideraciones generales sobre la polarización ontogénica y fílogénica
del aparato de Golgi. Bol. de la Soc. hsp. üe Biol. Núm. 30, marzo
de 1915.
232 Contribución al conocimiento de los centros nerviosos de ios insectos.
Parte I, Retina y centros ópticos (con ia colaboración de don
D. Sánchez). Trab. del Lab. de Inv. biol.,t. XIII, 19i5. (Trabajo muy
ext<-nso ilustrada con 85 grabados y dos cromolitografías).
233 Pían fundamental de la retina de los insectos, (bol. de la Soc. tsp. de Bio¬
logía, ses. del 19 de noviembre de 1915.)
234 Significación probable de ia morfología de las neuronas de los inverte¬
brados (con 10 giabudosj. (Bol. de la Soc. tsp. de Biol., ses. del 17
de diciembre de 1915.)
Í916
235 El proceder del oro-subíimado para la coloración de la neuroglia (con 3
microfotografias). Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XIV, fascículos 3 y 4.-
Diciembre de 1916.
1917
236 Contribución al conocimiento de la retina y centros ópticos de los cefa¬
lópodos. Trab. del Lab. de Inv. biol. de la Universidad de Madrid,.
t. Xv, 1917. (Memoria muy extensa ilustrada con 42 grabados y
microfotografias.)
1918
237 La microfotografía estereoscópica y biplanar del tejido nervioso (con 5
grabados y 22 fototipias). Trab. del Lab. de In-. biol., t. XVT, 1918.
238 Observaciones sobre la estructura de los ocelos y vías nerviosas ocela¬
res de algunos insectos. (Con 24 grabados y microf*'ti>grafias.)
7 rab. del Lab. de Inv. biol. de la Unv ersidad de Madrid, t. XVI, 1918.
1919
239 La desorientación inicial de las neuronas retinianas de axon corto. (Algu
nos hechos favorables a la concepción neurotrópca ) (Con 9 gra¬
bados.) Trab. del I ab. de Inv. biol., t. XVII, fase. i y 2. Junio de 1919.
S. RAMÓN y CAJAL
240 Nota sobre las epiteliofibriílas del epéndimo (con 2 grabados). Trab. del
L ab. de mv. bioL, t. XVII, fase. í y 2 Junio de 1919.
24Í Acción neurotrópica de los epitelios. (Algunos detalles sobre el mecanis¬
mo genético de las ramificaciones nerviosas intraepiteliales, sensi¬
tivas V sensoiiales. Con 35 grabados.) Trab. del Lab. de Jnv. bioló¬
gica \.XV\\,\m.
1920
242 Una modificación del método de Bielchowsky para la impregnación de
la neuroglia común y mesogíia y algunos consejos acerca de la
técnica del oro-sublimado. (Trab. ael Lab. ae ínv. biol., t. XVIIl, fas¬
cículos 2 y diciembre 19i0.)
243 Algunas consideraciones sobre la mesogíia de Robertson y Río-Hortega
(con 7 g'abadnsi. Irab. del Lab. de Inv. biol., t. XVIII, fase. 2 y 3.
Diciembre de 1920.
244 Algunas observaciones contrarias a la hipótesis «syncytial» de la rege¬
neración nerviosa y neurogénesis normal icón 11 grabados).
7rí b. del i ab- de iny tiol., t. XVIII, fase. 4. Marzo 1921.
245 Una fórmula de impregnación argéntica especialmente aplicable a los
cortes del cerebelo y algunas consideraciones sobre la'teoría de
Liesegang acerca del principio del método de nitrato de plata
reducido, Trab. del Lab. de Inv. biol., t. XIX, fases. 1, 2 y 3. Oc¬
tubre 1921.
.246 Textura de la corteza visual del gato feon 14 figuras). Trab. del Lab. de
//?v. 6ío/., t. XIX, ffíses. 1, 2 V 3 Octubre 1921. Publicado también
enjontnal f. Neuroloyie el Pchairie, 1923.
247 Las sensaciones de las hormigas. Real Sociedad Española de Historia Na-
íu'al. Tumo extraordm.irio. publicado con motivo del 50 aniversario
de su fundación, !9'1, páginas 555-572. Publicado además en
Archivos de Neurobiologia, t. íí, núm. 4. Diciembre 19'21.
248 Estudios sobre la fina estructura de la corteza regional de los roedores.
Corteza suboccipital (retroesplenial de Brodmann). Irab. del Lab,,
t. XX, marzo d 1922, fase. 1. Publicado también en Journal f. Psy-
choLgie und Neurologie: Berlín, 1923.
1922
249 Discurso leído con ocasión de la entrega de la medalla Echegaray,
adjudicada por la Real Academia de Ciencias de Madrid. Abril
de 1922. (Contiene una extensa bibliografía de los trabajos del
autor, con resúmenes de cada uno de ellos.)
1923
250 Algunos métodos sencillos para la coloración de la neuroglia. Trabajo
en hf'nor del Dr Monakow con ocasión de su Jubileo Universitario.
251 Discurso leído con ocasión de la recepción del Dr. Tello en la Academia
de Medicina. (La quimiotaxis y las limitaciones y ventajas del cri-
A i.- 9uimico en las ciencias biológicas.) Enero dé 19‘¿3.
252 Autobiografía. Tercera edición, con adición de varios capítulos y nume¬
rosos grabados. Mayo de 1923.
TRABAJOS DE MIS DISCIPULOS, INSPIRADOS O DIRIGIDOS^
POR MI O QUE AMPLIAN, COMPLETAN O PERFECCIONAN MIS
INVESTIGACIONES
Pedro Ramón Cajai (Profesor de Histología y Anatomía patológica en la Univer-
dad de Cádiz). Investigaciones micrográficas en el encéfalo de los batra¬
cios y reptiles. Zaragoza, 1894.
— El encéfalo de los reptiu s (con 8 grabados). Zaragoza. 1891.
— Estructura dei encéfalo del camaleón (con 14 grabados). Rev. trun, microg.^,
1. 1,1896.
— Los corpúsculos nerviosos de axon corto en los vertebrados inferiores (con un
grabado). Rev. trim. microg., 1. 11,
— El fascículo longitudinal posterior en los reptiles (con 2 grabados). Rev. trim.^
mi rog., 1897.
— Centros ópticos de las aves (con 13 grabados). Rev. trim. microg., t. III, 1898,-
— La célula piramidal del cerebro de los reptiles (con un grabado). Rev. ¡rim.
microg., 1899.
— Adiciones a nuestros trabajos sobre los centros ópticos de las aves (con 4 gra-^
bados). Rev. trim. microg., 1899.
— El lóbulo óptico de los peces (teleósteos) (con 4 grabados). Rev. trim. mi¬
crog , ! 89 .
— Ganglio basal de los batracios y fascículo basal (con 3 grabados). Rev. trim.
microg.,
— Origen del nervio masbcador en las aves, reptiles y batracios (con 6 grabados),.
itab. del Lab. de Inv. bioL, t. Ili, ItOL
— Las fibras colaterí*les de la substancia blanca de la médula de larvas de batra¬
cio. Gaceta Sanitaria de Barcelona, octubre iB90.
— Algunas reflexiones sobre la evolución de los corpúsculos piramidales del ce¬
rebro. La Clinica Moderna, año 1, Zaragoza, 1 902.
— Algunos datos morfológicos sobre el epitelio folicular del ovario. Trab. del Lab..
de Inv. bioL, t. XVI, 1918.
— Nuevo estudio del encéfalo de los reptiles. Primera parte, Trab. del Lab. de
//2V. ó/cZ., t. XV, 19;7. Segunda paite, Trab. del Lab. de Inv. bioL, t XVI,
1918.
— El cerebro de los batracios (con 10 figuras). Libro en honor del Dr. Cajal.
Claudio Sala Pons.— La médula espinal de los batracios (con 7 grabados). Bar¬
celona, 189 .
— La corteza cerel'-al de las aves (con 7 grabados). Barcelona. 1893.
— La neuroglia de ios vertebrados. Tesis del Doctorado. Barcelona, 1894.
C. Calleja (Catedrático de Histología de la Universidad de Barcelona). — La región
olfatoria del cereb o (con 13 grabadi s). Madrid, 19 3.
— Histogénesis de ios centros nerviosos (con ll grabados). Tesis del Doctorado.
Madrid, ¡896.
— Método de triple coloración con el carmín litinado y el picrocarraín de índigo,
Rev. trim. microg., t. II, 1897.
I. Lavilla (Ayudante del Laboratorio de Histología). — Estructura de los ganglios^
intestinales (con 4 grabados). Rev. trim. microg., tomos II y III, 1887.
-430
S. RAMÓN y CAJAL
I LavilIa.--Algunos deta'les concernientes a la oliva superior y focos acústicos
(con 3 grabados). Rev. triin. microg,, t. III, 1898,
R. Terrazas — Métodos de coloración de la substancia fundamental del cartílago.
Rev. trim. m crog., t. il, 1896 .
— Notas sobre la neuroglia deUerebelo y crecimiento de los elementos nervio¬
sos (con 6 grabados). Rev. trim. microg., t. II, 1897,
T. Blanes.— Sobre algunos puntos dudosos de la estructura del bulbo olfatorio
(con 8 grabados). Rev. trim. microg., t. III, 1898.
F Olóriz Ortega.— La placa fotográfica como reactivo quimico. Rev. trim. mi¬
crog , t. IW, \891 .
— En unión de Cajal, el ya citado trabajo sobre los ganglios nerviosos craneales.
Rev. trim. microg., t. II, 1897.
J. Havet.— La structure du chiasma optique et des masses ganglionnaires de
l’Astacus fiüviatilis (avec 3 dessins). Rev. trim. microg., 18t.'8.
— Contribution á l’étude de la névroglie des invertebrés. 1 rab. del. Lab. de Inv.
bioL, t. XiV, 1916.
Eduardo del Río.— Un caso de neoplasia sarcomatosa humana provocada por
coccidias (con 2 grabadns). Rev. trim. microg., 1900.
— Algunas datos concernientf'S a la anatomía patológica del leproma. 'Lrab. del
Lab. de Inv. bioL, t. VIH, 1910.
Forns.— Terminaciones nerviosas en la membrana timpánica, lrab. del Lab. de
Inv. bioL, t. II, 1903.
Tello.— Sobre la existencia de neurofibrillas gigantes én la médula espinal délos
reptiles, 'lrab. del Lab. de inv. bioL, t. II, i903.
— Disposición macroscópica y estructura del cuerpo geniculado externo (con 7
grabados), lrab. del Lab. ae Inv. biol., t. III, 1904.
- — Las neurofibrillas en los vertebrados inferiores (con 20 grabados), lrab. del
Lab. 'le Inv. biol, t. III, 1904.
— Terminaciones sensitivas de los pelos, etc. (con 10 grabados), Lrab. del Lab.
de y/zv. 6/0/., t. IV, 905.
— Terminaciones en los músculos estriados, lrab. del Lab. de Inv. biol, t. IV, 1905.
(Con 8 figuras.)
— Dégénération et régénération des plaques motrices aprés la section des nerfs
(avec 16 gravures). lrab. del Lab de Inv biol , t. V, 1907.
— La régénération dans les fuseaux de Kühn (avec 2 gravures). Trab. del Lab. de
inv. hioL, t. V, 1907.
— La régénéraHon dans les voies optiques (avec 5 gravures). Trab. del Lab. de
in . biol., t V, 1907.
— Contribución al conocimiento del encéfalo de los teleósteos (con 1 1 grabados).
Trnb. del Lab. de Inv. biol , t. V I, 19 '9.
— La influt^ncia dc-1 neurotropismo en la regeneración de los centros nerviosos
(con 8 grabados). lrab. del Lab. de Inv. biol., t. IX, 19 1.
— Algunas observaciones con los rayos ultraviolados (con 8 grabados). Trab del
Lab. de Inv. biol, t. IX, 19i l
— Algunas observaciones sobre la histología de la hipófisis humana (con 14 gra¬
bados). lrab del Lab. de Inv. biol., t. X, ’912.
— Un curioso retículo de las células del lóbulo anterior de la hipófisis.' Boletín de
la Sociedad Española de Biología, 1. 1, 1912
— El retículo intracelular de Golg' en las células del lóbulo anterior de la hipófi¬
sis humana. Boletín de la Sociedad Española de Biología, 1. 1. 1912.
— El retículo de Gi>lgi en las células de algunos tumores y en las del granuloma
experimental producido por el Kieselgur (con 4 grabados), Trab. del Lab. de
Inv. biol, t. Xí, 1913.
~ Algunas experiencias de injertos nerviosos con nervios conservados in vitro
(con 2 grabados). Trab. del Lab. de Inv. biol., t. XII 1914.
REC-ULUDOS DE MI VIDA
431
'Tello.— Una variación más de los métodos de la plata para la rápida impregnación
del tejido conectivn. Irab. del Lab. de Inv. biol., t. Xll, 1914.
— Génesis de las terminaciones nerviosas motrices y sensitivas. Trab. del Lab.
de Inv. biol., t. XV, 1917.
— El retículo argentófilo de las células conectivas. Trab. del Lab. de Inv. biol.,
t. XIX, 1921.
— Ideas actuales sobre el neurotropismo. (Con varios grabados ) Discurso de
ingreso en la Real Acadtmia de Medicina . Enero de 1923.
_ Las diferenciaciones funcionales en el embrión de pollo durante los cuatro pri¬
meros dias de incubación (con 37 figuras). Libro homenaje al Dr. Lajal.
;D. Sánchez.— Un sistema de finísimos conductos intraprotoplásmicos bailado en
las células del intestino de algunos isópodos (Con 6 §f oh2.i.05). I rab. del
Lab. de Inv. biol, t. II 1, i904.
— El método de Cajal en el sistema nervioso de los invertebrados. Asociación
Española para el Progreso délas Ciencias. Congreso de Zaragoya, 1908.
— L’appareil reticulaire de Cajal-Fnsari des muscules striés (avec 3 gravures).
Trab. del Lab. de inv. biol., t. V, 1907.
— El sistema nervio-^o de los hirudineos (con 51 grabados y 7 láminas). l rab. del
Lab.de Inv ó/o/, t. VII, 1909, parte 1.^ Véase también parte 2.^ (con 44
grabados). Itab del Lab. de Inv. biol,t.X, 1912.
: — Sobre la estructura íntima de la fibra muscular de los invertebrados (con 2 gra¬
bados). Trab. del Lab. ríe Inv. biol., t. Xi, 19 3.
— Sobre las terminaciones nerviosas en los insectos (con 2 grabados). Trab. del
Lab. de inv. biol, t. XI. 1 13
— Contribución al conocimiento de los centros nerviosos en los insectos. Trab.
del Lab. de Inv. biol., t. Xill, ¡91'' (en colaboración con, Cajal).
— Datos para el conocimiento histogénico de los centros ópticos de ios insectos.
Evolución de algunos elementos retiñíanos del «Pieris brassicae, L» Irab.
dtl Lab.de Inv. biol , i.
— Sobre ciertos elementos aisladores de la retina del «Pieris brassicae, L». Trab.
del Lab. de inv. biol., t. XVI, 1918
— Sobre el desarrollo de los elementos nerviosos en la retina del «Pieris brassi¬
cae. L.» Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XVII, 1919.
— Sobre la existencia de un aparato táct.l en los ojos compuestos de las abejas.
Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XVIII, 1920.
— Sobre la evolución de las neuronas retinianas en los lepidópteros (con 7 gra¬
bados). Real Soc. F.sp de Hist. Nat , tomo extraordinario, publicado con
motivo del cincuentena io de su fundación. Madrid, 1921.
— Sobre la estructura de los centros ópticos de los insectos (con 2 láminas).
Revista Chilena de Historia Natural t. XXV. Número conmemorativo del 25
aniversario de su fundación. Santiago de Chile, 1921 (en colaboración con
Cajal).
— Investigaciones sobre la histolisis de los centros nerviosos de algunos insec¬
tos (con 14 grabados). Libro en honor del Dr. ojal Madrid. i922.
— Las dos clases de neur ñas bdosensibies de I-s ojos compuestos de los insec¬
tos y sus probables funciones (Con 4 grabados). Atchivos de Aeurolosia,
tomo IV, 1923. & >
— Histolisis e histogénesis de los centros nerviosos de los insectos (con 14 era-
hados). Trab - del Lab. de Inv. biol, t. XXI, 1923.
Influencia de la histolisis de los centros nerviosos de los insectos en las meta-
rnorfosis. Trab. del Lab de Inv. biol, t. XXI, i9¿3.
~ Laó ^ t*°X)a^lp23^‘^^ retiñíanos de los insectos. Trab. del
~ -o*»-
?900. “'‘ro-Americana
432
S. RAMÓN Y CAJAL
G. Lafora.— Nuevas investigaciones sobre los cuerpos amiláceos del interior de
las células nerviosas (con 3 grabados). Irab. del Lab. de Inv. biol., t. XI,,
1913.
— Neoformaciones dendríticas en las neuronas y alteraciones neuróglicas del
perro senil. Irab. del Lab. de inv biol, t. XII, 19 4.
— Sur la Karyorhexis neuroglique (avec 2 figures), 7ra6. del Lab.de Inv. biol. y
t. VII!, 1910.
— Sobre .algunas degeneraciones de las células nerviosas nuevamente conocidas.
Boletín de la Sociedad Española de Biología, í. 1, 1912.
— Sobre la anatomía patológica de la parálisis agitante. de la Sociedad
Española de Biología, 1. 1, 1912.
— Lesiones peculiares en un cerebro con encefalitis palúdica. Boletín de la So¬
ciedad Españoia de biología, t II, 1913.
— Nota para la histopatología de la poliomielitis endémica. Boletín de la Sociedad
Española de Biología, t. II, 19 3.
— Modifications des cellules néurogliques et des cellules nerveuses dans un,
gliome (avec 4 gravures). Trab. del Lab. de inv. biol., t. XIV. 1916 (1).
— Corea y atetosis experimental. Libro homenaje al Dr. Cajal, 1922.
Sánchez y Sánchez.— El esqueleto protoplásmico o aparato de sostén de las cé¬
lulas de S' hwann (c^n 6 grabados). Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XIV, 1916.
— Recherciies sur le réseau endocellulaire de Golgi dans les cellules de l’écorce
du cervelet. Trab. del ¡..ab. de Inv. biol, t. XiV, Í9i6w
— Estudios sobre la Histología de las actinias. Trab. del Lab. de Iny. biol,
t. XVI, 1918.
— Sobre la estructura del coriura de «Locusta visidissima». 7 rab. del Lab. de
Inv. biol, t. XVÍÍ, 1919.
Fernando de Castro.— Nota sobre la disposición del aparato reticular de Golgt
en los botones gustativos. Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XIV, 1916.
— Estudios sobre la neuroglia de la corteza cerebral del hombre y de los anima¬
les. Trab. del Lab. de Inv biol , t. XVIU, 19.¿0.
— Algunas observaciones sobre la histogénesis de la neuroglia en el bulbo olfa¬
tivo. Irab. del Lab. de inv. biol, t. XVílI, 1920.
— Nota sobre algunas terminaciones aberrantes de fibras trepadoras estudiadaa-
en el cerebelo de perro joven. Trab. del Lab. de Inv. biol., t. XVIIÍ, i920.
— Estud'O sobre los ganglios sensitivos humanos Trnú. del Lab. de Inv. biol,
t. XIX, 1921.
— Contribución ai conocimiento de la inervación del páncreas. Libro en honor al
Dr. Cajal, 1. 1, 1922.
— Estudio sobre los ganglios sensitivos del hombre en estado normal y patoló¬
gico. Formas celulares típicas y atípicas. Irab. del Lab. de Inv biol.,.
tomo XIX, 1921.
— Evolución de los ganglios simpáticos vertebrales y prevertebrales. Conexiones
y citoarcpitectónica de algunos grupos de ganglios en el niño y hombre
adulto. Trab del Lab. de Inv. biol, t. XX, 1923.
— Estructura de los ganglios simpáticos de los mamíferos de gran talla. Boletín
Süc. Esp. de Biol , 1 923.
— Estructura de los ganglios simpáticos de los primates. Bol Soc. Esp. de
Liol , 1923. ^ ^
— Estronm y neuroglia de los ganglios simpáticos. Irab. del Lab. de' Inv. bioU
t . aX.1j 1 923.
Textura de la corteza suboccipital de los roedores (foco angular, de Cajal:
a:ea 28 de Brodmann). Trab. Lab. Inv. biol, t. XXI, 1923.
N. Achucarro — Neuroglia y elementos intersticiales patológicos del cerebro im¬
pregnados por los métodos de reducción de la plata o por sus modificacio¬
nes (con 12 grabados). Irab. del Lab. de Inv. biol, t. IX, 1911.
(1) El Dr. Rodríguez Lafora ha dado a luz en mis «Trabajos» y algunas Revistas nacionales y ex_-
ranjeras otras i «vestigaciones interesantes, que no se citan aquí por haber sido efectuadas en Labora- -
torios exóticos .
RECUERDOS DE iVÍI VIDA
433
N. Achucarro.'— Algunos datos histopatológicos obtenidos con el procedimiento
del tanino y plata amoniacal. Trníi del Lab de /nv. mo/., t. IX, 19H.
— Histbpathologisches über Gefásverddung und über Ervikung m der Hirnrmde.
Trab. del Lab. de Inv. bioL, t. Vil, 1911.
-r- Alteraciones nucleares de las pirámides cerebrales en la rabia y en las esporo-
tiicosis experimentales. 7rod del Lab. de Inv. biol.,tlX, ÍQ\1
— Las células araiboides de la neuroglia teñidas con el método de la plata redu¬
cida. fioZe///z de /a Sodedad £spoño/a de 5/o/o^m, t. 1, 1912.
— Sobre los núcleos de las células gigantes en un glioma (con 6 grabados). Trab.
delLab.deJnv.bioL,tX,m2. . _ ^ ,
- — La membrana de la célula nerviosa. Boletín de la Sociedad Española de Biolo¬
gía. 1. 1, 1912.
— Nuevo método para el estudio de la neuroglia y tejido conectivo. Boletín de la
Sociedad Española de Biología, 1. 1, 19 2.
— Sur la formation des celluies á batonnet. Trab. del Lab. de Inv. bioL, 1908.
Cellules allongées et Stábchenzellen. Trab. del Lab. de Inv. bioL, 19u9.
■— Notas sobre la estructura de la neuroglia. Trab. del Lab. de Inv. bioL, 1913.
Alteraciones del ganglio cervical superior simpático en algunas enfermedades
mentales (con. 10 grabados). Trab. del Lab. de Inv. bioL, t. Xll, 1914.
— Nota sobre la estructura y funciones de la neuroglia y en particular de la neu¬
roglia de la corteza cerebral humana (con 9 grabados). Trab. delLab.de
/nv. ú/o/., t. XI, 1913.
— Contribución al estudio gliotectónico de la corteza cerebral. El asta de Ammon
y lafascia dentata (con 23 grabados en negro y color). Trab. del Lab de
Inv. bioL, t. XII, 1914.
— De Tevolution de la néuroglie et spécialement de ses rélations avec l’appareil
vasculaire (avec 24 gravures). Trab. del Lab. de Inv. bioL, t. XIII, 1915 (1).
JN. Achúcarro y Sacristán.— Zur Kenntniss der Ganglienzellen der menschlichen
Zirbt^drüse (con 4 grabados). Trab. del Lab. de Inv. bioL, t. XI, 1913.
— Investigaciones histológicas sobre la glándula pineal humana. Trab. del Lab.
deInv,biol.,X.X,l'é\2.
N. Achúcarro y Calandre. — El método del tanino y la plata amoniacal aplicado al
estudio del tejido muscular cardiaco del hombre y del carnero (con 6 gra¬
bados). Trab. del Lab. de Inv. bioL, t. XI, 1913.
N. Achúcarro y M. Gayarre.— La corteza cerebral en la demencia paralítica con
el nuevo método dél oro y sublimado de Cajal (con 15 grabados). Trab. del
Lab.de Inv. biol.,t.X\\,\9V2.
— Contribución al estudio de la neuroglia en la corteza de la demencia senil y su
participación en la alteración celular de Alzheimer (con 9 grabados). Trab.
del Lab. de Inv. bioL, t. XII, 1914. '
Kío-Hortega.— Details nouveaux sur la structure de l’ovaire (avec 8 gravures).
Trab. del Lab. de Inv. bioL, t. XI, 1913.
— Investigations sur le tissu musculaire lisse (avec 5 gravures). Trab. del Lab. de
Inv. biol., t. XI, 1913.
— Alteraciones del sistema nervioso central en un caso de moquillo (con 18 gra¬
bados). Trab. del Lab. de Inv. biol., t. XII, 1915.
— Contribución al estudio de la tina textura de las células cancerosas. Las epite-
liofibrillas (con 7 grabados). Trab. del Lab. de Inv. biol , t. XII, 1915.
- — Contribution-á l’étude de l’histopathologie de la névroglie. Ses variations dans
le ramollisement cérébral. Trab. del Lab. dé Inv. biol., t. XI V, 1916.
Nuevas reglas para la coloración constante de las formaciones conectivas, por
el método de Achúcarro. Trab. del Lab. de Inv. biol., t. XIV, 1916.
— Estudios sobre el centrosoma de las células nerviosas y neuróglicas délos
.(I) ElDr. Achúcarro ha publicado otros muchos e importantes trabajos que no se citan aquí por
áiaber sido efectuados en Laboratorios extranjeros.
28
434
S. RAMÓN Y CAJAE.
vertebrados, eii sus formas normales y anormales. Trab. deli Lab., de Inw.-
Río-Hortega. - Sobre la banda de cierre de los epitelios. Boletín de la Sociedad
Española de Biología, ry , ^ , o
Alteraciones renales en un caso de enfermedad bronceada. Bolelin de la 5o-
ciedad Española de Biología,
El conectivo inlerepitelial. Irab. del Lab. de Inv. biol , t. XIV, 191d.
— Estructura fibrilar del protoplasraa neurógiico y origen de las gliofibrillas.-
Trab. del Lab. de Inv. bicL, t. XIV, 1916. ^ . r-
— Sobre la naturaleza de las células epifisarias. Boletín de la Sociedad Española
de Biología, t. IV, 1916. ^ ,
— Sobre la fina textura del cartílago de los cefalópodos. Trab. del Lab. de Inv.-
biol., t. XVI, 1918. ^ ^
— Particularidades histológicas de la fascia dentata en algunos mamíferos. Trab.^
del Lab. de Inv. biol., t. XVI, 1918.
— Sobre las variaciones morfológicas del centrosoma. Trab. del Lab. de Inv. biol.y
t. XV J, 1919. .
— La microglia y su transformación en células en bastoncito y cuerpos granulo-
adiposos. Trab. del Lab. de Inv. biol.,t XVIII, 1920 (1),
— Constitución histológica de la glándula pineal. Libro homenaje al Dr. Cajal, 1922.-
J. Ramón Faflanás.— El aparato reticular de Golgi en la mucosa y bulbo olfativo'
(con 4 grabados). Trab. del Lab. de Inv. biol., t. X, 1912.
— El aparato endocelular de Golgi del embrión de pollo. Trab. del Lab. de Inv.
ó/o/., t. X, 1922.
— Alteraciones del aparato reticular de Golgi en las células gigantes y otros ele¬
mentos del tubérculo. Trab. del Lab. de Inv. biol., t.XI, 1913.
Contribución al estudio de ‘la neuroglia del cerebelo (con 3 grabados). 7roó.
delLab.deInv.biol.,tX\N,\%\6. ‘
— Alteraciones de la neuroglia en la rabia. Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XVI,
año 1918. •
— Alteraciones del retículo de Golgi en la rabia. Libro homenaje al Dr. Cajal, 1922..
Leoz Ortín y Arcante.— Procesos generativos del nervio óptico y retina con ocasión
de injertos nerviosos (con 4 grabados). Trab. del Lab. de Inv. biol., t. XI, 1913.
Acaute.— Sobre algunas alteraciones de la células de Purkinje del cerebelo en um
caso de sífilis hereditaria. Boletín de la Sociedad Española de Biología,
t. I, 19i2. '
— Alteraciones del cerebelo en la parálisis general. Boletín de la Sociedad Espa¬
ñola de Biología, t. 1, 1912.
Laura Forster.— La degeneración traumática en la médula espinal de las aves-
(con 6 grabados), Trab. del Lab. de Inv. biol, t. IX, 1911.
Lorente de ,Nó.— Nota acerca de las alteraciones de los centros nerviosos en la
coccidiósis hepática del conejo. Trab. del Lab. de Inv. biol., t., XViII, 1920.^
— La regeneración de la médula espinal en las larvas de batracio. Trab. del Lab
de /nv. ó/oó, t. XIX, 1921.
— La corteza acústica del ratón. Trab. del Lab. de inv. bíoL, t. XX, 1922.
— Contribución al conocimiento del nervio trigémino. Libro en honor de D. S. Ra¬
món y Cajal, i. l\,\Q22.
— SÓbré un nuevo sistema secundario del nervio acústico (ramo coclear) de Ios-
mamíferos inferiores. Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XX, 1922,
— Sobre uñ htrévo núcleo de células de axon centrífugo, del nervio cocleár, al*
parecer^desconocido. Idem, t. XX, 1922.
— Las conéxibnes bulbocerebelosas y cerebelobulbares. Idem, t. XXI, 1923.
— Distribuéión central y conexiones de las ramas amputares y maculares de
nervio vestibular. Idem, t. XXI, 1923.
■ <1)' .El Dr. Río-Horíega ha publicado otras muchas interesantes Comunicaciones que no se citan por
haber sido efectuadas en un Laboratorio especial dirigido pbr él y sostenido por la Junta de Pensiones/:
RECUERDOS DE MI VIDA
435
Lorente de No.— La vía piramidal eii el bulbo raquídeo (en especial en sus rela¬
ciones con los núcleos de grandes células de la substancia reticular).
Idem, t. XXI, 1923. -
— Sobre la existencia de fibras centrífugas en los ganglios primarios (núcleo ven¬
tral y tubérculo acústico) del nervio coclear. Idem, t XXI, 1923.
— A propósito de la homología entre la glía de escasas radiaciones y la célula de
Schwann y endocapsulares. Bol. Soc. Esp. Biol. Año X, fase. H, 1923 (en
colaboración con Castro). .
Manuela Serra.— Nota sobre las gliofibrillas de la neuroglia de la rana. Trab. del
Lab. de/nv. óío/., t. XIX, 1921.
M. Górriz.— Sobre un filamento espiral perinuclear de las fibras musculares es¬
triadas. Trab. de l Lab. de Inv. Mol, t. XIX, 1921.
— La aplicación del método de Bielchowsky-Cajal al estudio de las neoplasias.
Bol Soc. Esp. Biol. Año X, 1923.
L M. Vilíáverde.— Las degeneraciones secundarias consecutivas a lesiones expe¬
rimentales del cerebelo. Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XVIII, 1920.
— Contribución al estudio de la siringomielia y otros procesos patológicos afines.
Trab.delLab.de Inv. biol,
— Estudios anatómico-experimentales sobre el curso y' terminación de las fibras
callosas. Trab. del Lab. de Inv. biül., t XIX, 1921.
— Sobre el origen de las fibras callosas en el «Area giganto-pyramidalis» del co¬
nejo. Trab. del Lab. de Inv. biol, t. XIX, 1921.
— Las conexiones córtico-talámicas de algunas áreas del cerebro del conejo.
Libro homenaje a Don Santiago Ramón y Cajal.
— Conexiones de la zona motora del conejo con los ganglios centrales (en alemán).
Libro homenaje con motivo -del Jubileo del Profesor C. von Monakow.
— Las conexiones comisurales de las regiones posteriores del cerebro del conejo.
Trab. Lab. Inv. biol i. XX\.
— Contribución al conocimiento del sistema comisural del área motora del conejo.
Trab. Lab. Inv. biol. t XXll.
J. Gtttérrez Vadillo.— Las terminaciones nerviosas en las meninges. Trab. Lab. de
/nv. ó/o/., t. XXI, 1923.
Abelló Pascual.— Algunos detalles sobre el aparato de Golgí del hígado. Boletín
déla Soc. Esp. Biol Año X, 1923.
C. Estable.— Anotaciones sobre la estructura comparada de la corteza cerebe-
losa. Troó. Lcó. /nv. ó/o/., t. XXI, 1923.
C. Gil y Gil.— El aparato reticular de Golgi en el tejido fibroso (su disposición
en los tendones y en los órganos de Paccini). Trab. Lab. Inv. Mol, tomo
VTY 1090 . ’
TITULOS CONDECORACIONES, PREMIOS Y CARGOS
HONORIFICOS DEL AUTOR
I.— Distinciones obtenidas en España
Académico de número de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Natu¬
rales de Madrid (ll de diciembre de 1895).
Acaaémico electo de la Real Academia de Medicina de Madrid (sesión del 13 de
noviembre de 1897).
Académico electo de la Real Academia Española (22 de junio de 1905).
Individuo de la Sociedad Española de Historia Natural, de la que fué presidente
(1896), y Socio honorario úe. la misma desde 1898.
Socio de mérito del Ateneo de Madrid.
Miembro honorario de la Academia Médico -Quirúrgica Española (18 de abril
de 1897).
Socio de mérito del Colegio de Médicos de Madrid (l.° de enero de 1897).
Consejero de Instrucción pública (Real orden de 18 de mayo de 1900).
Gran Cruz de Isabel la Católica (Real orden de 29 de octubre de l900).
Catedrático de término {Rtdl orden de 2 de noviembre de 1900). Titulo fechado
en 3 de abril de 19 i5.
Gran Cruz de Alfonso XII (20 de junio de 1900).
Socio de mérito de la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País (9 de no-
■ viembrt- de 1906).
Presidente honorario de la Academia de Ciencias médicas de Bilbao (noviembre
de 1906).
Hijo ilustre y predilecto de ,1a provincia de Zaragoza (20 de agosto de 1900).
Socio correspondiente de la Real Academia de Ciencias y Artes de. Barcelona (19
de febrero de 1914).
Socio honorario de la Sociedad Española de Física y Química.
Académico de número de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Madrid (30
de junio de 1907).
Senador electivo por la Universidad Central.
Senador vitalicio.
Consejero de Sanidad, etc., etc.
Director del Instituto Nacional de Higiene de Alfonso XIIl (1903).
Director honorario de! Instituto de Alfonso XIII (Nacional de Higiene, 1920).
Catedrático honorario de la Universidad de Valladoiid (febrero 1922).
PREMIOS Y DISTINCIONES HONORÍFICAS NACIONALES Y EXTRANJERAS
Premiado por la Diputación Provincial de Zaragoza por los estudios publicados
sobre la etiología del cólera (17 de septiembre de 1885).
Premiado con medalla de oro como expositor de preparaciones micrográficas en la
Exposición universal de Barcelona.
Placa ofrecida por la Academia médico-farmacéutica de Roma en 1894.
RECUKRDOS DE MI VIDA
437
Premiado con medalla de igual clase por el Congreso internacional de Higiene
de 1879.
Agraciado con el premio Rubio (1.000 pesetas) por la publicación del libro Elemen¬
tos de Histologia .... o
Agraciado con el premio F amelle (1.500 francos), que le adjudicó la Societe de
Biologie de París
Designado pur la Sociedad Real de Londres para pronunciar la Croonian Leclure
o conferencia honorífica instituida por Croon y subvencionada con 60 libras
esterlinas (marzo de 1894).
Invitado (en unión de cuatro ilustres profesores extranjeros) por la Universidad
de Clark (Instituto de Estudios superiores fundado en Worcester, Massa-
chussets, Estados Unidos) para dar tres conferencias (subvencionadas
con 6o0 dollars) en conmemoración del decenario de la fundación de la
misma.
Agraciado en agosto de 1900 con e\ premio de Moscou, de 5X00 francos, que el
Comité directivo del Congreso niédico internacional de París debía adju¬
dicar al trabajo médico más importante publicado en los últimos tres anos.
Agraciado en 25 de enero de 190¿ con el premio de Martinez y Molina (de 4.000
pesetas) por un trabajo Sobre-Ios centros cerebrales sensoriales en el hombre
y animales, escrito en colaboración del Dr, Pedro Ramón.
Premiado eii 1905 con la medalla de oro de Helmholíz, adjudicada pov la Academia
Imperial de Ciencias de Berlín.
Placa ofrecida por los estudiantes de Medicina de Madrid para conmemorar la
concesión de la medalla Helmholtz.
Premio ¡sobel de Medicina, para el año 19)30.
Medalla de oro ofrecida por los estudiantes de Medicina de Zaragoza, en conme¬
moración del premio Nobel.
Medalla de oro ofrecida por los españoles amantes del progreso, en conmemora¬
ción del premio Nobel, etc., etc.
Comendador de la Legión de Honor. Paiís, 1914.
Cruz de la orden «^Pour le mérite». Berlín, 1915.
Medalla Echegaray, otorgada por la Real Academia de Ciencias, en abril de 1922
TÍTULOS HONORARIOS EXTRANJEROS
Doctor en Medicina , honoris causa, por la Universidad de Cambridge (14 de
marzo de 894).
Doctor en Medicina, honoris causa, por la Universidad de Würzburgo (28 de
octubre de 1896).
Doctor en Leyes, honoris causa, por la Universidad de Clark (Worcester, Mass.),
con ocasión de las conferencias dadas en esta Corporación (15 de julio
de 1899i. .
Doctor en Medicina, honoris causa, por la Universidad de Cristianía (1911).
Doctor en Medicina, ñonons cáüsa, por la Universidad de Lovaina (10 de mayo
de 1909).
Miembro corresponsal de la Sociedad Médico-física de Würzburgo (Physikalische,
medizinische Geselischaft in Würzburg (26 de enero de 1895).
Soc/o corresponda/ de la Sociedad de Medicina de Berlín (Der Verein für innerd
Medicin in Berlín) (25 de septiembre de 1895).
Socio corresponsal de la Sociedad de Ciencias Médicas de Lisboa (1 1 de julio
de 1896). ^
Miembro corresponsal de la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de Viena (Verein
í- Psychiatrie und Neurologie in Wien) (3 de junio de 1896).
Miembro honorario de la Sociedad Freniátrica Italiana, título otorgado con ocasión
del Congreso celebrado en Florencia en 9 de octubre de 1896.
Socio corresponsal de la Sociedad de Biología de París (13 de febrero de 1897).
Miembro corresponsal de la Academia nacional médica de Roma (mayo de 1897).
Socio conesponsal dé la Conimbricensis Instituti Socieías. Coimbrá (junio de 1898).
Académico honorario de la Academiae Scientiarium Ulisiponensis [marzo de 1897).
438
S. RAMÓN Y CATAL
Miembro honorario de la Sociedad de alienistas y neurólogos de Kazan (Rusia') (9
Miembro honorario de la Sociedad de Medicina de Gante (Bélgica) (3 de abril
Miembro fw^orario de la Academia de Medicina de Budapest (14 de diciembre
Miembro hon^orario de la Academia de Medicina de Yourief (Universidad de Dor-
part) (diciembre de 1902), ,
Socio honorario de la Academia de Medicina de Nueva York (4 de febrero de 1904).
Miembro honorario de la Imperial y Real Academia de Medicina de Viena (18 de
MiembTo^o^orario de la Real Academia de Ciencias de Lisboa (4 de marzo de 1897)
Miembro honorario de la Real Academia de Medicina de Roma (abril de 1905).
Miembro corresponsal extranjero de la Academia de Medicina de Turin (mayo
de 1903).
Associé étranger de la Academia de Medicina de París (23 de mayo de 1905).
Miembro honorario de la Sociedad Médico-Quirúrgica de Londres (1905).
Membre associé de la Sociedad de Biología de París (16 de diciembre de 1905).
Miembro correspondiente extranjero de la Academia Nacional de Medicina de
Venezuela (4 de enero de 1906).
Miembro corresponsal extranjero de la Sociedad de Neurología de París (6 de
diciembre de 1906).
Miembro corresponsal de la Academia de Roma (Regia Lynceorum Academia) (1906). .
Socio honorario de la Conimbricensis Instituti Societas. Coimbra (1913).
Miembro honorario de la Royal Irish Academy de Dublin (16 de marzo de 1907).
Corresponsal extranjero de la Academie Royale de Medecine de Belgique (20 de
julio de 1907) .
Académico honorario del Museo de Ciencias (sección de Ciencias biológicas) de
la Universidad de La Plata (14 de diciembre de 1907).
Miembro correspondiente extranjero de la Academia Nacional de Medicina de Ve¬
nezuela (4 de enero de 1906).
Fellow de la Real Sociedad de Londres (1^09).
Socio corresponsal de la Real Academia de Ciencias de Turin (1910) .
Socio corresponsal de la Sociedad Italiana de Neurología (1911).
Miembro extranjero de la Real Academia de Turin (1^12)
Miembro honorario de la Sociedad Real de Ciencias médicas y naturales de Bru¬
selas (1912).
Profesor honorario de la Universidad de Dublín (1912).
Asociado extranjero de la Academia de Medicina de París (1913).
Miembro honorario de la Universidad Imperial de St. Petersbourg (julio 1914),
Socio corresponsal de la Societas Regia Edinensis (1913).
Miembro honorario extranjero de la Academie Royale de Medecine de Belgique
(20 de enero de 1911).
Académico honorario de la Academia de Medicina de la Universidad Nacional de
Buenos Aires (14 de agosto de 1919).
Miembro corresponsal del Instituto de Francia (1916) .
Miembro de la Regia Taurinensis Academie (mayo de 1910).
Miembro honorario de la Sociedad Médica de Berlín (Berliner Medizinische.
Gesellschaft) (26 de octubre de 1910).
Miembro extranjero de la National Academie of Sciences of the United States of
America (abril de 1920).
Miembro extraordinario de la Academia Regia Scientiarium Neerlandica (Holanda)
(19 de mayo de 1920).
Miembro extranjero de la Regia Academia Scientiarium Suecica (abril de 1916),
etcétera, etc.
Doctor -honor is causa de la Universidad de México (1922),
Miembro honorario de la Academia .de Ciencias de Santiago (Chile), 1922.
Nota. — Omitimos, en gracia de la brevedad, otros muchos títulos extranjeros y
nacionales que conservamos en nuestro Archivo,
ÍNDICE
íPRÓLOGO
«GEÓLOGO
páginas.
LA SEGUNDA EDICIÓN . .
LA TERCERA EDICION.. . .
PARTE PRIMERA
MI 'INFANCIA Y JUVENTUD
I.— Mis padres, el lugar de mi uaeimienio y mi primera infancia. .
IL — Excursión tardía a mi pueolo natal. — La pobreza de mis pai¬
sanos. — Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de
España . . . — ;•••
. III.— Mi primera Infancia.— Vocación docente de mi padre.— Mi ca¬
rácter y.tendencias. — ^Admiración por la naturaleza y pasión
por los pájaros . . • . .
;IV.— Mi estancia en Valpalmas. — Los tres acontecimientos decisi¬
vos de mi niñez. — Los festejos destinados a celebrar nues¬
tras victorias de África^ la caída de un rayó en la escuela y
el eclipse de sol del año 60 . . .
.V.— Ay erbe.^ Juegos y trav suras de la infancia. — Instintos gue-
rreros^y artísticos, — Mis primeras nociones experimentales
sobre óptica, balística y el arte de la guerra . .
VI. — Desarrollo de mis instintos artísticos. — ^^Dict'men de un revo¬
cador sobre mis aptitudes.— ¡Adiós mis sueños de artista!
Uiilitarismo.e idealismo. — Decide mi padre hacerme estu¬
diar para médico y enviarme a Jaca . . .
WII.— Mi traslación a Jaca. — Las pintorescas orillas del Gállego.— Mi
lío Juan y el régimen vegetariano — El latín y los dómines.
Empeño vano de los frailes en domarme.— Retorno a los de¬
vaneos artísticos . .
, VIII.— El padre Jacinto, mi dómine de latín. — ^Cartagineses y roma¬
nos . — El régimen del terror . — Mi aversión al estudio.
Exaltación .de mi ñebre aitística y románica. — El rio Ara¬
gón, símbolo de un pueblo . .
JX.- Contitúan mis distracciones. — Los encierros y ayunos. — Ex-
. , pedientes usados para escaparme.— Mis exámenes.— Retor¬
no a Ayer be y vuelta a las andadas .
X. — Mi regreso a Ayerbe.— Nuevas hazañas bélicas. — El cañón de
madera.— Tres días de cárcel.— El mosquete simbólico .
^I* — Dispone mi padre llevarme a Huesca a coi tinuar mis estu¬
dios. — Exploración de la ciudad. — La Catfdral, San Pedro,
San Jorge y Monte Aragón. — Nuestros xjrofesores _ ......
XII.— Mis nuevos compañeros de algaradas.— Reyertas estudianti¬
les. — Graves consecuencias de llevar gabán largo. — Acci¬
dente en un estanque. — La fascinación del color y el diccio¬
nario cromático. — No hay rosas sin espinas .
'NUI. Las vacaciones. — Pinturas fúnebres. — Descubrimiento de una
biblioteca de novelas — Se recrudece mi furor romántico.
El Robinsóny el Quijote . . .
JÍIV,— En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre itié
acomoda de aprendiz en una barbería.- Mi hermano Pedro.
9
12
16
19
23
29
40
45
52
67
65
440
fNDlCE
Capítulo XV.-
XVí.-
, XYII.-
XVIII.-
XIX.-
XX.-
XXL-
xxn.-
XXIII.-
XXIV.-
XXV.-
XXVI.-
XXVII.-
Páginas.-
El señor Acisclo.-Matones y conspiradores.— Las pedreas.
Escaramuza con la fuerza púbhca.--El placer de los dioses.
Alarma del público con ocasión de las pedreas . . . .u
-Inquina de mi catedrático de griego.— Decide mi padre escar¬
mentarme convirtiéndome en aprendiz de zapatero. Mis
proezas en obra prima.— EL ataque de Linas.— Considera-
ci nes en torno de la muerte . -.•••••. . ; . ‘‘
-Retorno al estudio.- Matricúlome en dibujo.— Mis profesores
deretóiica y psicología. — Impre.'-ión caüsada por las ense¬
ñanzas filosóficas.- Una travesura desdichada.— En busca
de locas aventuras . . . . . . . • • —
-Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ierro-
carril y la fotografía.- Mi iniciación en los estudios ana¬
tómicos.- — Saqueo macabro. — La memoria de las cosas y la
de los libros.— La aurora del amcr . ; ' ‘ ‘
-Revolución de septiembre en Ayerbe.— Ruptura de las cam¬
panas. 1 1 odio riel pueblo a los guardas rurales.— Mis pro¬
fesores de física, matemáticas, etc.— Ulteriormente, me re¬
concilio con la geometría y el álgebra, aunque demasiado
tarde.— Concluyo el bachili erato . . . 96-
-Comienzo en Zaragoza la cañera médica.— El Ebro y sus ala¬
medas.— Mis profesores del preparatorio: Bailarín, Guallart
y Solano.- Cobro afición a la disección bajo la dirección
docente de mi padre . v . . - . . • 103-
-Mis catedráticos de medicina.— Don Manuel Daina y el premio
de anatomía topográfica. — Un singular procedimiento de
examen — Nuestro decano Don Genaro Casas. — Mis petulan¬
cias polémicas.— Notas breves acerca de algunos profesores
y ciertos incidentes ocurridos en sus clases- . . . 108^
-Continúo mis estudios sin grandes tropiezos. — Mis manías
literaria, gimnástica y filosófica. — Proezas musculares. — La
Venus de Mi¡o. — Un desafío a trompada limpia. — Competi¬
ciones de faquín. — Incomprensible capricho de una mujer. . 11^
-Recién licenciado en medicina, ingreso en el Cuerpo de Sani¬
dad Militar. — Mi incorporación al ejército de operaciones
contra los carlistas.— El españolismo de los catalanes. — Mi
traslación al ejército expedicionario de Cuba. — Coloquio en¬
tre dos camaradas ávidos de aventuras exóticas.— Mi embar¬
que en Cádiz con rumbo a la Habana. . . 123-
-Llegada a la Habana.— Soy destinado al hospital de campaña
de «Vista Hermosa».— Enfermo, al poco tiempo, de paludis¬
mo. — Aprovecho mi forzada quietud para aprender el in-
glés.— Mi dolencia se agrava y se me concede licencia para
convalecer en Puerto Príncipe — Iniciada mi mejoría, soy
destinado a la enfermería de San Isidro en la «trocha del
Este». — La vida en la trocha.— Mis cándidos quijotismos me
impulsan a corregir abusos adminisirativos, y sólo consigo
que me empapele el jefe de la fuerza . . . . I3í
—Mis distracciones en San Isidro. — La danza de negros y el
arpa del saboyano.— Se agrava mi .enfermedad y se denega
mi solicitud de abandonar temporalmente la trocha.— Pido
mi licencia absoluta. — Gracias a la supresión de la trocha
losro abandonar mi desrino.— Un mes en ei hospijal de San
Miguel . . 145.
—Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi dolencia. — Mi
regreso en el vapor España.— Cadáveres de soldados arro¬
jados al mar.— Tahúres trasat'ánticos.— El amor y el palu¬
dismo. — Vuelta al estudio de la anatomía . 149’
-Decidido a seguir la carrera del t)rofesorado,- me gradúo dé
doctor y me preparo para oposiciones a cátedras.— Inicia¬
ción en los es'udios micrográficos . -Fracaso previsto de
mis primeras oposiciones.— Los vicios de mi educación inte¬
lectual y social . —Corregidos en parte, triunfo alfln,obte-
niendo la cátedra de anatomía descriptiva de la Universidad
de Valencia . 1541
—Caigo enfermo con una afección pulmonar grave. — Abatimien¬
to y desesperanza durante mi cura en Tantico^ a.— Restable¬
cimiento de mi salud en San Juan de la Peñai — La fotogra-
ÍNDICE
4413-
Páginas.
fía como alimento de mis gustos artísticos contrariados.
Contraigo matrimonio y comienzan las preocupaciones de la
familia, que en nada menoscaban el progreso de mis estu¬
dios. — Vaticinios fallidos de mis padres y amigos con oca¬
sión de mi boda.— Mis primeros ensayos científicos. . . .
PARTE SEGUNDA
MI LABOR CIENTÍFICA
Capítulo I. — Mis ensayos de investigación. — Monografías sobre la infiama
ción y las terminaciones nerviosas.— Conocimiento de ml-
mismo y de los sabios.- Cobro confianza en mis modestas
aptitudes . . . 169^'
II. -Mi traslación a Valencia.— Mis jiras por la ciudad y sus alre¬
dedores. — Los oradores del Aten^-o Valenciano. — Epidemia
colérica de 1885 e inoculaciones profilácticas del doctor Fe-
rrán. — Encargado por la Diputación de Zaragoza del estudio
de la vacunación anticolérica, doy una confeiencia en la ca¬
pital aragonesa y la Diputación recompensa mi labor publi¬
cando mis estudios y rega ándome magnífico microscopio.
Resultados de mPs investigaciones sobre el cólera.— Publico
un libro de histología —Las maravillas dé esta ciencia y
mis transportes de lirismo científico . . . YV
III. — Decido publicar mis trabajos en el extranjero. — Invitación del
. profesor R. Krause, de Gotinga, de colaborar en su revis¬
ta. — ^Trabajos sobre los epitélios y fibrá muscular.— Mis pri¬
meras exploraciones sobre el s stema nervioso — Dificulta¬
des encontradas. — Excelencias del método de Golgiy exce¬
sivo nacionalismo de los sabios. — Mis distracciones en Va¬
lencia: Las excursiones del Gaster-Club y las maravillas de
la sugestión y del hipnotismo . . . . 186
IV. — Mi traslación a la cátedra de histología de Barcelona. — Los
nuevos compañeros de facultad — La peña delcafé de Pelayo.
Mis investigaciones sobre el sistema nervioso conducen a
resultadosinteresantes.— Mi excesiva fecundidad científica
durante 1888 me obliga a publicar una revista micfográfica.
Las leyes de la morfología y conexión de las células nervio¬
sas. — Me curo definitivamente del vicio del ajedrez . 195-
V. — Algunos detalles tocantes a mis trabajos de 1888. — Las «cestas»
del cerebelo, el axon de los «granos» y las -e-fibras musgo¬
sas» y «trepadoras». — Valor decisivo de estos encuentros
para la resolución del problema de la conexión intercelular.
«Teoría reticular» de Geriach y de Golgi. — Los astisbos ge¬
niales de His y Forel.- Confirmación en la. retina y lóbulo
óptico de las «leyes conectivas» inducidas del análisis del
cerebelo.— Plan estructural de la médula espinal.— Averi¬
guación del modo de terminar en los centros los nervios
sensitivos y sensoriales.— Otros trabajos menos importantes. 205-
VI. -Excesiva reserva dé los sabios acerca de mis trabajos.— Para
prevenir desconfianzas decido mostrar mis preparaciones
■ ante la Sociedad anatómica alemana .— En Berlín con¬
traigo relaciones personales con los célebres histólogos
Alberto Kolliker, His, Waldeyer y otros sabios tudescos.
Mi visita al laboratorio de histología de R. Krause en
Gottingen.— Breve jira por el norte de Italia.— Impresión
personal acerca de los sabios alemanes . 215>-
VIL — Mi actividad continúa en aumento. — Algunos estudios sobre
el desarrollo del sistema nervioso (médula y cerebelo). — Cu¬
riosa disposición en las fibras musculares de los insectos.
Mis exploraciones en el bulbo olfatorio justifican plenamen¬
te la doctrina del contacto.— Hallazgos interesantes en Ja
corteza cerebral de los mamíferos.' — Movimiento bibliográ¬
fico suscitado por mis investigaciones.— Sabeos insignes que
aprueban, confirman o divulgan mis ideas — Algunos con¬
tratiempos y pesadumbres . . . 222:
442
ÍNDICE
«Capítulo VIIL— Trabajos de 1891.— Con la colaboración de Van Gehuchten,
formulo el principio de la polarización dinámica de las neu-
roñas. — Completo mis anteriores observaciones sobre el
cerebro y la retina y acometo el análisis de los ganglios sim¬
páticos. — Inesperada fortuna de mis conferencias populares
acerca de la estructura fundamental del sistema nervioso .
Oposiciones a la cátedra de histología, de Madrid. — Mi tras¬
lación a la corte en 1892 . . .
IX.— Mi traslación a la corte. — Me domicilio en la calle de Atocha,
cerca de San Carlos — Semblanzas de algunos -de mis ami¬
gos y colegas de facultad, hoy desaparecidos: Calleja, Oló-
riz, Hernando, Letamendi, San Martín, etc .
X. — Peligros de Madrid para el hombre de laboratorio. — Tentacio¬
nes del diietanttismo científico, literario y artístico.- Wis
oreos espirituales; paseos por los alrededores de Madrid y
la peña del café Suizo.— Nuevas investigaciones sobre la es¬
tructura del cerebro. — Comienzo la publica< ión de mi obra
de conjunto sobre la Histología del sistema nervioso de los
tebradüs...., . .
XI. -La «Sociedad Real» de Londres me encarga la «Cioonian Lec¬
tura» . —Mi conferencia ante dicha Sociedad. — Banquetes ofi¬
ciales y otros agasajos. — Visita a los institutos científicos de
Londres y jira a las Universidades de Cambridge y Oxford.
Se me nombra doctor en ciencias, «honoris causa». — Impre¬
sión personal acerca de la ciencia inglesa y la organización
de sus centros docentes.. . . .
XII. — Mis trabajos durante los años 1894, 1895 y 1896. — Disposicio¬
nes nuevas obsérvadas en la est-uctura del «bulbo raquídeo,
protuberancia, tálamo óptico, cuerpo estriado, glándula pi¬
neal, cuerpo pituitario, retina, ganglios», etc. — Algunas ob-
■ servaciones sobre la textura del «protoplasma y núcleo».
Para eliminar posibles objeciones, consigo comprobar, con
el método de Ehrlich, al azul de metileno, los hechos más
importantes recogidos con ayuda del cromato de plata .
rXlIL— Semblanza de Jgunas notabiúdades nacionales: Castelar, Sal¬
merón, Giner de los Ríos, Morayta, etc .
.XIV. Las teorías y los hechos.— Firmeza y constancia de los hechos
histológicos.— Carácter instrumental de las hipótesis.— Con-
cuando en cuando cultivarlas, pero sin fiarse mu¬
cho de ellas. — Inducciones fisiológicas sacadas de la morfo¬
logía neuronal.— Explicación histológica del hábito, del pro¬
greso mental en la escala zoológica, del talento y del genio.
OoDjéturassobre el mecanismo del sueño, atención y aso¬
ciación.— Exquisita economía reinante en las creaciones de
de^onáueefóu*^^ ahorro, de espacio, de materia y de tiempo
-XV. -Mi PjQ|£Sn 189¿ y' ‘ibgg ' A^afido" ;pór‘eí desaVti-e' coló‘-
■SptZ® cf T productiva. Literatura de la rege-
' Saíes corrección de los vicios na-
^ entrecruzamientos nerviosos y es-
«hiasma optico» en la serie animal —Otros
vnr menos importantes . utros
y 19M.-N„eyo;'e¿tuaioV8o'-
?S± «"'■«nal de Hlgleoe, de aue ,ov nombrado
ÍJIrSo. . «Maoynoiibrado
'XTII.-COT™a,ló,,deco'nm'emór¿reÍ'deó^^^^^^^ 300
sunlrioi-M Unidos), centro de estudios
euroneos ’a l’^^^^mente con otros profesores
Nueva York fjg.'mas conferencias. -Tórrido calor de
se cIlel^Th; viaje a Boston y Worcester <Mass.), donde
fin i A.:' loe universitaria. -El patriotismo anglosa-
los Estart^^ morales de la guerra suscitada entre
d°e‘lo1?ory"d°ctfJ,vSr;V^ -SOS
ÍNDICE
443
•Capítulo X VIII.— Aquejado de una crisis cardíaca, resuelvo vivir eu el campo,
donde organizo mi laboratorio. — En_mi casita de Arnaniel
sorpréndeme la noticia de la concesión del «premio inter-
- nacional» llamado «de Moscou». — Felicitaciones calurosas
de los amigos y compañeros, homenajes entusiastas de los
discípulos y fiesta conmemorativa en la Universidad.— Mi
discurso a la juventud en la solemnidad académica.— -Por
iniciativas de la prensa, el gobierno acuerda crear un labo¬
ratorio de investigaciones biológicas.— Algunos trabajos em¬
prendidos durante el bienio de 1900 y 1901 . ••••
XIX.— Participación de los histólogos españoles en el Congreso Mé¬
dico Internacional de 1903 celebrado en Madrid. Comuni¬
caciones de algunos profesores extranjeros y nacionales.
Demostración hecha por Simarro de un método nuevo de
coloración de las neurofibrillas. — Partiendo de este intere¬
sante proceder, doy casualmente con una fórmula sencillísi¬
ma y constante de impregnación de las neurofibrillas, de los
axones y terminaciones nerviosas centrales y periféricas.
Historia de las tentativas encaminadas^ al hallazgo de la
nueva fórmula y ulteriores perfeccionamientos de la misma.
Gracias al nuevo recurso técnico, consigo confirmar y con¬
solidar definitivamente descubrimientos anteriores y cose¬
char numerosos hallazgos . . . . •
XX. — Mis hallazgos con la nueva fórmula de impregnación argénti¬
ca durante los años 1903, 1904 y 1905.— Real disposición del
esqueleto neurofibrillar en el protoplasma nervioso y en las
arboñzaciones pericelulares. Con la colaboración de Tello,
señalo curiosas variaciones fisiológicas del retículo neuro¬
fibrillar bajo la acción de la temperatura; y ayudado de Don
D. García, las variaciones neuroflbrillares de la rabia. — Apli¬
cación del método a los embriones y fetos, y estudio en las
aves y mamíferos de la estructura de los focos bulbares y
origen de los nervios acústicos, motores y sensitivos. — Las
neurofibrillas de los vermes, singularmente del «lumbri-
cu8».— Análisis estructural de las placas motrices, de las
neuronas de la retina y de otros órganos sensoriales peri¬
féricos. — Interesantes revelaciones morfológicas consegui¬
das en los ganglios sensitivos y simpáticos del hombre, etc.
XXI. — Trabajos del trienio 1905,-^06 y 190-7.— Investigaciones sobre
la regeneración d^fe^tí^^os y las vías centrales. — Con¬
troversia entre Ifi^fonogeni&tas y poligenistas . — El neuro-
nismo sale triuE^mte de la p^eba a que fué sometido por
los adeptos de
la génesis de lal*^^^s:^n
talecedores de
tivos de que la^^urqr
de uáidádes viví
XXII. — Durante el bienio
La.— Nuevos estudios sobre
¡n el embrión, también for-
ironal -Hechos demostra-
la célula nerviosa constan
fíente autónomas . .
^soy favorecido por honores
, La medalla de oro de Hel-
■Felicitaciones y agasajos a gra-
-luconvenientes de la celebridad. — Mi viaje a Estocol-
mo: ceremonias, festejos y discursos. — Miseria de nuestra
representación diplomática. — Moret, que me dispensó siem¬
pre atenciones inmerecidas, pretende hacerme ministro.
Asombro de algunos politicastros al saber que rechazaba
tan codiciada prebenda .
XXIII.— Mis polémicas con Held y Appaty. — Nuevos estudios neuro-
genéticos en el bulbo, médula espinal, retina, etc . .
XXIV. -Relación abreviada de los trabajos efectuados en el decenio
(1907 a 1917). — Estudios de anatomía comparada sobre el
cer jbelo, bulbo raquídeo y origen de los nervios motores v
sensoriales de peces, aves y mamíferos . —Estructura del
núcleo neuronal. — Supervivencia de las neurona» fuera del
organismo.— Nuevas investigaciones sobre la degeneración
y regene ación en la médula, cerebro y cerebelo — Experi¬
mentos de transplantación de nervios.— Hechos favorables
a la teoría neurotrópica. — Producción de’nervios artificiales
en los ganglios Iranspiantadosj . " .
444
ÍNDICE
Capítulo XXV.— Continúa la exposición de los tralaajos de 191.2 a 1917. Algu¬
nos métodos nuevos de investigación: el del formol-urano
para la coloración del aparato endocelular de Golgi y el del
sublimado-oro para la impregnación de la neuroglia de tipo
protoplásmico. -Principales resultados obtenidos en los
nervios y centros con estas nuevas fórmulas.— Investiga¬
ciones sobre el ojo y retina de los insectoo. — La retina de
los cefalópodos.— Tres libros publicados durante los cita¬
dos años. -r Algunas distinciones honoríficas recibidas de las
corporaciones extranjeras . . .
XXVI. — Efectos deprimentes de la guerra mundial. — Desaparición du¬
rante la guerra y la postguerra de casi todos los pocos sa¬
bios extranjeros que leían el español — Trabajos de los úl¬
timos años acerca de la retina de los cefalópodos y los oce¬
los de los insecto^. — Contribución al conocimiento de los
errores evolutivos iniciales en la retina de los mamíferos.
Observación de las epiteliofibrillas del epéndimo, etc. . 393
XXVII.— Epílogo.-Mí actividad docente y la multiplicación espiritual.
Discípulos aventajados.— La escuela histológica española.
Eealización parcial de mi ideal patriótico-científico. — Apti¬
tud de los españoles para la investigación científica.— Senti¬
miento del deber cumplido. — Lista de trabajos del autor y
de sus discípulos e inmediatos continuadores . 40á
XXVIII.— PosT scRiPTUM.— Mi jubilación de catedráiico.— Con tal motivo
cae sobre mí un chaparrón de distinciones y agasajos. — Los
españoles de América. — Concesión de la medalla Echega-
ray. — El libro homenaje.— La generosidad hiperbólica de
España: Creación del Instituto Cajal y reimpresión de mis
obras agotídas . . . 409
Trabajos del autor y de sus discípulos y continuadores españoles . 414
Títulos, condecoraciones, premios y cargos honoríficos del autor . 436
Fe de erratas . . 445
FE DE ERRÍlTaS
^Bastantes descuidos y erratas se han deslizado en el texto, cuya enmien¬
da QUEDA AL BUEN JUICIO DEL LECTOR. HE AQUÍ ALGUNOS;
Páginas.
Línea.
Dice.
Debe decir.
13
47
adjunto
adjunta
26
47
^aun
ni aun
26
49
casada
casados
30
44
pretensiosos
pretenciosos
31
46
oso mi padre replicar
Mi padre osó replicar
32
48
Reus pormenores
Reus. Pormenores
41
23
Scipion
Escipion
50
3
Jungando
Juzgando
53
46
franquea
flanquea
80
31
Mrillo
Murillo
.221
26
Halgremd
Holmgren
380
25
eaccióii -*
reacción
387
10
sorprendidos.' ' ■
sorprendimos
401
29
1903 "
1913.